FEDOR DOSTOIEWSKI. LOS HERMANOS KARAMAZOV


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La joven hablaba con acento compasivo, como le habría hablado una persona de la familia que compartiera su pesar.

-Es sangre, Fenia, sangre humana... ¿Por qué la habré derramado, Dios mío?... Allí hay una barrera -dijo, mirando a la muchacha como si le planteara un enigma-, una barrera alta y temible. Pero mañana, al salir el sol, Mitia la franqueará. Tú no sabes, Fenia, de qué barrera te hablo. No importa. Mañana lo sabrás todo. Ahora, adiós. No seré un obstáculo para ella: sé retirarme a tiempo... ¡Vive, adorada mía! Me has amado durante una hora. Acuérdate siempre de Mitia Karamazov.

Salió como un rayo, dejando a Fenia más asustada que poco antes, cuando se había arrojado sobre ella.

Diez minutos después estaba en casa de Piotr Ilitch Perkhotine, el funcionario al que había empeñado las pistolas por diez rubios. Eran ya las ocho y media, y Piotr Ilitch, después de haber tomado el té, acababa de ponerse la levita para ir a jugar una partida de billar. Al ver a Mitia con la cara manchada de sangre, exclamó:

-¡Dios mío! ¿Qué quiere usted?

-Se lo diré en dos palabras -farfulló Dmitri-. He venido a desempeñar mis pistolas. Gracias. Démelas en seguida, Piotr Ilitch. Tengo mucha prisa.

Piotr Ilitch estaba cada vez más asombrado. Mitia tenía en su mano derecha un fajo de billetes. Lo hacía de un modo insólito, con el brazo extendido, como para mostrarlo a todo el mundo. Sin duda, lo había llevado así por la calle. Esto se deducía de lo dicho después por la joven sirvienta que le había abierto la puerta. Los billetes que exhibía con sus dedos ensangrentados eran de cien rublos. Piotr Ilitch explicó algún tiempo después a los curiosos que no pudo calcular con una simple ojeada cuántos billetes eran, que la suma lo mismo podía ser de mil que de tres mil rublos. Y de Dmitri dijo que "aunque no bebido, no se hallaba en estado normal. Daba muestras de agitación y estaba distraído, absorto, como si tratase de resolver algún problema sin conseguirlo. Todo lo hacía apresuradamente y sus respuestas eran rápidas y extrañas. En ciertos momentos no mostraba la menor aflicción, sino que, por el contrario, su semblante irradiaba alegría."

-¿Pero qué le ha pasado? -repitió Piotr Ilitch, que seguía mirándole con estupor-. ¿Cómo se ha ensuciado de ese modo? ¿Se ha caído? Mire cómo va.

Lo llevó ante un espejo. Al ver su sucio rostro, se estremeció y frunció el entrecejo.

-¡Esto me faltaba!

Pasó los billetes de su mano derecha a la izquierda y sacó el pañuelo. La sangre se había coagulado y pegado, de modo que el pañuelo era una bola compacta. Mitia lo arrojó al suelo.

-¿Puede darme un trapo para que me limpie la cara?

-¿De modo que no está herido? Lo mejor que puede hacer es lavarse. Venga; le daré agua.

-Buena idea. ¿Pero dónde dejo esto?

Y señalaba, turbado, el fajo de billetes, como si Piotr Ilitch tuviera la obligación de decirle dónde debía ponerlos.

-Guárdeselos en el bolsillo. O déjelos en la mesa. Nadie los tocará.

-¿En el bolsillo? Es verdad... En fin, esto no tiene importancia. Ante todo, terminemos el asunto de las pistolas. Devuélvamelas: aquí tiene el dinero. Las necesito. Y tengo mucha prisa.

Separó del fajo el primer billete y se lo ofreció.

-No tengo cambio -dijo Piotr Ilitch-. ¿No lleva los diez rubios sueltos?

-No.

Pero, de pronto, tuvo un gesto de duda y empezó a repasar los billetes del fajo.

-Todos son iguales -dijo mientras dirigía a Piotr Ilitch una mirada interrogadora.

-¿De dónde ha sacado usted esa fortuna? -preguntó el funcionario. Y añadió-: Enviaré al muchacho a casa de los Plotnikov. Cierran tarde. Allí nos darán cambio. ¡Micha! -llamó, dirigiendo su voz al vestíbulo.

Mitia exclamó:

-¡Buena idea! ¡A casa de los Plotnikov!

Y, encarándose con el muchacho, que acababa de llegar, continuó:

-Mitia, corre a casa de los Plotnikov. Diles que Dmitri Fiodorovitch les envía un saludo a irá en seguida. Otra cosa. Di que me preparen champán, tres docenas de botellas, embaladas como la otra vez, cuando partí para Mokroie... Entonces me llevé cuatro docenas -continuó, dirigiéndose a Piotr Ilitch-. De modo que ellos están al corriente, Micha. Que pongan también queso, pastas de Estrasburgo, tímalos ahumados, jamón, caviar y, en fin, todo lo que tengan. Un paquete de cien o ciento veinte rublos. Que no se olviden de poner bombones, peras, dos o tres sandías..., no, con una habrá bastante...; chocolate, caramelos...; en fin, como la otra vez. Todo esto y el champán debe de subir unos trescientos rublos... No te olvides de nada, Micha... Se llama Micha, ¿verdad? -preguntó a Piotr Ilitch.

-Oiga -dijo el funcionario, inquieto-, será mejor que vaya usted mismo a hacer esos encargos. Micha se armará un lío.

-Tengo miedo... ¡Micha, te ganarás una buena propina! Si me haces bien el encargo, te daré diez rublos... Anda, ve en seguida... Que no se olviden del champán y que pongan también coñac, vino tinto y vino blanco..., en fin, todo como la última vez... Ellos ya saben lo que pusieron.

-Escuche -dijo Piotr Ilitch, perdida la paciencia-: el muchacho irá sólo a cambiar y a decir que no cierren. Después irá usted a hacer. sus encargos. Déle el billete. ¡Anda, Micha; ve a cambiarlo!

Piotr Ilitch tenía prisa en que se marchara, pues el muchacho miraba a Mitia con la boca abierta y los ojos más abiertos aún, al ver las manchas de sangre y el fajo de billetes en las manos temblorosas de Dmitri. Seguramente, apenas había comprendido las instrucciones de Mitia.

-Y ahora va usted a lavarse -dijo enérgicamente Piotr Ilitch-. Deje el dinero en la mesa o guárdeselo en el bolsillo... Asi. Quítese la levita.

Le ayudó a quitársela y exclamó:

-¡Mire! Su levita está manchada de sangre.

-¡Bah! Una manchita en la manga y otra aquí, en el sitio del pañuelo. La sangre habrá atravesado el forro del bolsillo; al sentarme en casa de Fenia. Sin duda, me he sentado sobre el pañuelo.

Mitia hablaba en tono confiado. Piotr Ilitch lo escuchaba, ceñudo.

-Pronto se le ha pasado a usted el disgusto. Porque ha habido pelea, ¿verdad? -preguntó el funcionario.

Tenía en la mano un jarro de agua que iba vertiendo poco a poco. Mitia se lavaba precipitadamente y mal. Sus manos temblaban. Piotr Ilitch le dijo que se volviera a enjabonar y que se frotara bien. Había cobrado sobre Mitia un ascendiente que aumentaba por momentos. Debemos advertir que el funcionario no tenía temor a nada ni a nadie.

-Lávese bien las uñas... Y ahora la cara... Aquí, cerca de la sien... Y la oreja... ¿Con esa camisa va a salir a la calle? Tiene manchada toda la manga derecha.

-Es verdad -dijo Mitia, mirándola.

-Póngase otra.

-No tengo tiempo... Pero verá lo que voy a hacer.

Dmitri hablaba en el mismo tono confiado. Se secó y se puso la levita.

-Me doblaré el puño... Así. ¿Ve usted? Ya no se ve la mancha.

-Ahora dígame qué le ha pasado. ¿Se ha vuelto a pelear en la taberna? ¿Ha vuelto a pegarle al capitán?

Piotr Ilitch dijo esto último en un tono de reproche. Añadió:

-¿A quién ha vapuleado ahora?... ¿O ha matado?...

-Eso no tiene importancia.

-¿Usted cree?

Mitia se echó a reir.

-No vale la pena. Acabo de liquidar a una vieja.

-¿A una vieja? ¿Dice usted que la ha... liquidado?

-No, a un viejo -rectificó Mitia, que miraba a Piotr Ilitch, riendo y gritando como si hablara con un sordo.

-Sea viejo o vieja, el caso es que ha matado usted a una persona.

-Después de luchar, nos hemos reconciliado. Hemos quedado buenos amigos... ¡Qué imbécil! Seguramente, a estas horas me ha perdonado. Si se hubiera vuelto a levantar, no me habría perdonado nunca.

Mitia guiñó un ojo y exclamó:

-¡Que se vaya al diablo! ¿Oye, Piotr Ilitch?

Y terminó con acento tajante:

-Dejemos esto. No quiero hablar por ahora de este asunto.

-Permitame que le diga que usted está siempre dispuesto a pelearse con cualquiera, como se peleó aquella vez, por cosas insignificantes, con el capitán. Acaba usted de librar una de sus batallas, y sólo piensa en pasar una noche de jarana. Eso lo retrata... ¡Tres docenas de botellas de champán! ¿Para qué tanta bebida?

-¡Bueno! Déme usted las pistolas. El tiempo apremia. Me encanta hablar con usted, querido, pero se me ha echado el tiempo encima... ¿Dónde he dejado el dinero, qué he hecho de él?

Se registraba los bolsillos.

-Lo ha dejado en la mesa. ¿Ya no se acuerda? ¡Qué poca atención presta usted al dinero! Aquí tiene sus pistolas. Es extraño: a las cinco las empeña por diez rublos, y ahora tiene en su poder dos o tres mil.

-Tres mil -dijo Mitia riendo. Y se guardó los billetes en un bolsillo.

-Si los lleva ahí, los perderá. ¿Acaso ha encontrado usted una Mitia de oro?

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