Fedor Dostoiewski. Crimen y Castigo


79 262 views

-No lo crea -respondió con toda calma Svidrigailof-. En lo que concierne a Marfa Petrovna, no disputaba casi nunca con ella. Vivíamos en perfecta armonía, y ella estaba satisfecha de mí. Sólo dos veces usé el látigo durante nuestros siete años de vida en común (dejando aparte un tercer caso bastante dudoso). La primera vez fue a los dos meses de casarnos, cuando llegamos a nuestra hacienda, y la segunda, en el caso que acabo de mencionar... Y usted me considera un monstruo, ¿no?, un retrógrado, un partidario de la esclavitud... A propósito, Rodion Romanovitch, ¿recuerda usted que hace algunos años, en el tiempo de nuestras felices asambleas municipales, se cubrió de oprobio a un terrateniente, cuyo nombre no recuerdo, culpable de haber azotado a una extranjera en un vagón de ferrocarril? ¿Se acuerda? Me parece que fue el mismo año en que se produjo "el más horrible incidente del siglo". Es decir, Las noches egipcias, las conferencias, ¿recuerda...? ¡Los ojos negros...! ¡Oh, tiempos maravillosos de nuestra juventud!, ¿dónde estáis...? Pues bien, he aquí mi opinión. Yo critico severamente a ese señor que fustigó a la extranjera, pues es un acto inicuo que uno no puede menos de censurar. Pero también debo decirle que algunas de esas extranjeras le soliviantan a uno de tal modo, que ni el hombre de ideas más avanzadas puede responder de sus actos. Nadie ha examinado la cuestión en este aspecto, pero estoy seguro de que ello es un error, pues mi punto de vista es perfectamente humano.

Al pronunciar estas palabras, Svidrigailof volvió a echarse a reír. Raskolnikof comprendió que aquel hombre obraba con arreglo a un plan bien elaborado y que era un perillán de clase fina.

-Debe usted de llevar varios días sin hablar con nadie, ¿verdad? -preguntó el joven.

-Algo de eso hay. Pero dígame: ¿no le extraña a usted mi buen carácter?

-No, de lo que estoy asombrado es de que tenga usted demasiado buen carácter.

-Usted dice eso porque no me he dado por ofendido ante el tono grosero de sus preguntas, ¿no es verdad? Sí, no me cabe duda. Pero ¿por qué tenía que enfadarme? Usted me ha preguntado francamente, y yo le he respondido con franqueza -su acento rebosaba comprensión y simpatía-. Ahora -continuó, pensativo- nada me preocupa, porque ahora no hago absolutamente nada... Por lo demás, usted puede suponer que estoy tratando de ganarme su simpatía con miras interesadas, ya que mi mayor deseo es ver a su hermana, como le he confesado. Pero créame si le digo que estoy verdaderamente aburrido, sobre todo después de mi inactividad de estos tres últimos días. Por eso me he alegrado tanto de verle... No se enfade, Rodion Romanovitch, pero me parece usted un hombre muy extraño. Usted podrá decir que cómo se me ha ocurrido semejante cosa precisamente en este momento, pero es que yo no me refiero a ahora, sino a estos últimos tiempos... En fin, me callo; no quiero verle poner esa cara. No soy tan oso como usted cree.

Raskolnikof le dirigió una mirada sombría.

-Tal vez no lo sea usted nada. A mí me parece que es un hombre sumamente sociable, o, por lo menos, que sabe usted serlo cuando es preciso.

-Sin embargo, a mí no me preocupa la opinión ajena -repuso Svidrigailof en un tono seco y un tanto altivo-. Por otra parte, ¿por qué no adoptar los modales de una persona

mal educada en un país donde esto tiene tantas ventajas, y sobre todo cuando uno se siente inclinado por temperamento a la mala educación? -terminó entre risas.

-Pues yo he oído decir que usted tiene aquí muchos conocidos y que no es eso que llaman "un hombre sin relaciones". Si no persigue usted ningún fin, ¿a qué ha venido a mi casa?

-Es cierto que tengo aquí conocidos -dijo el visitante, sin responder a la pregunta principal que se le acababa de dirigir-. Ya me he cruzado con algunos, pues llevo tres días paseando. Yo los he reconocido y ellos me han reconocido a mí, creo yo. Es natural que sea un hombre bien relacionado. Voy bien vestido y se me considera como hombre acomodado, pues, a pesar de la abolición de la esclavitud, nos quedan bosques y praderas fertilizados por nuestros ríos, que siguen proporcionándonos una renta. Pero no quiero reanudar mis antiguas relaciones; hace ya tiempo que estas amistades no me seducen. Ya hace tres días que voy vagando por aquí, y todavía no he visitado a nadie... Además, ¡esta ciudad...! ¿Ha observado usted cómo está edificada? Es una población de funcionarios y seminaristas. Verdaderamente, hay muchas cosas en que yo no me fijaba hace ocho años, cuando no hacía otra cosa que holgazanear e ir por esos círculos, por esos clubes, como el Dussaud. No volveré a visitar ninguno -continuó, fingiendo no darse cuenta de la muda interrogación del joven-. ¿Qué placer se puede experimentar en hacer fullerías?

-¡Ah!¿Hacía usted trampas en el juego?

-Sí. Éramos un grupo de personas distinguidas que matábamos así el tiempo. Pertenecíamos a la mejor sociedad. Había entre nosotros poetas y capitalistas. ¿Ha observado usted que aquí, en Rusia, abundan los fulleros entre las personas de buen tono? Yo vivo ahora en el campo, pero estuve encarcelado por deudas. El acreedor era un griego de Nejin. Entonces conocí a Marfa Petrovna. Entró en tratos con mi acreedor, regateó, me liberó de mi deuda mediante la entrega de treinta mil rublos (yo sólo debía setenta mil), nos unimos en legítimo matrimonio y se me llevó al punto a sus propiedades, donde me guardó como un tesoro. Ella tenía cinco años más que yo y me adoraba. En siete años, yo no me moví de allí. Por cierto, que Marfa Petrovna conservó toda su vida el cheque que yo había firmado al griego con nombre falso, de modo que si yo hubiera intentado sacudirme el yugo, ella me habría hecho enchiquerar. Si, no le quepa duda de que lo habría hecho. Las mujeres tienen estas contradicciones.

-De no existir ese pagaré, ¿la habría plantado usted?

-No sé qué decirle. Desde luego, ese documento no me preocupaba lo más mínimo. Yo no sentía deseos de ir a ninguna parte, y la misma Marfa Petrovna, viendo cómo me aburría, me propuso en dos ocasiones que hiciera un viaje al extranjero. Pero yo habia ya salido anteriormente de Rusia y el viaje me había disgustado profundamente. Uno contempla un amanecer aquí o allá, o la bahía de Nápoles, o el mar, y se siente dominado por una profunda tristeza. Y lo peor es que uno experimenta una verdadera nostalgia. No, se está mejor en casa. Aquí, al menos, podemos acusar a los demás de todos los males y justificarnos a nuestros propios ojos. Tal vez me vaya al Polo Norte con una expedición, pues j'ai le vin mauvais y no quiero beber. Pero es que no puedo hacer ninguna otra cosa. Ya lo he intentado, pero nada. ¿Ha oído usted decir que Berg va a intentar el domingo una ascensión en globo en el parque Iusupof y que admite pasajeros?

-¿Pretende usted subir al globo?

-¿Yo? No, no... Lo he dicho por decir -murmuró Svidrigailof, pensativo.

"¿Será sincero?, pensó Raskolnikof.

-No, el pagaré no me preocupó en ningún momento --dijo Svidrigailof, volviendo al tema interrumpido-. Permanecía en el campo muy a gusto. Por otra parte, pronto hará un año que Marfa Petrovna, con motivo de mi cumpleaños, me entregó el documento, como regalo, añadiendo a él una importante cantidad... Pues era rica. "Ya ves cuánta es mi confianza en ti, Arcadio Ivanovitch", me dijo. Sí, le aseguro que me lo dijo así. ¿No lo cree? Yo cumplía a la perfección mis deberes de propietario rural. Se me conocía en toda la comarca. Hacía que me enviaran libros. Esto al principio mereció la aprobación de Marfa Petrovna. Después temió que tanta lectura me fatigara.

-Me parece que echa mucho de menos a Marfa Petrovna.

-¿Yo...? Tal vez... A propósito, ¿cree usted en apariciones?

-¿Qué clase de apariciones?

-¿Cómo que qué clase? lo que todo el mundo entiende por apariciones.

-¿Y usted? ¿Usted cree?

-Si y no. Si usted quiere, no, pour vous plaire... En resumen, que no lo puedo afirmar.

-¿Usted las ha tenido?

Svidrigailof le dirigió una mirada extraña.

-Marfa Petrovna tiene la atención de venir a visitarme -respondió torciendo la boca en una sonrisa indefinible.

-¿Es posible?

-Se me ha aparecido ya tres veces. La primera fue el mismo día de su entierro, o sea la víspera de mi salida para Petersburgo. La segunda, hace dos días, durante mi viaje, en la estación de Malaia Vichera, al amanecer, y la tercera, hace apenas dos horas, en la habitación en que me hospedo. Estaba solo.

-¿Despierto?

--Completamente despierto las tres veces. Aparece, me habla unos momentos y se va por la puerta, siempre por la puerta. Incluso me parece oírla marcharse.

-¿Por qué tendría yo la sensación de que habían de ocurrirle estas cosas? -dijo de súbito Raskolnikof, asombrándose de sus palabras apenas las habia pronunciado. Estaba extraordinariamente emocionado.

Fedor Dostoiewski. Crimen y Castigo
Tagged on:                                                                                                                     

Залишити відповідь

17 visitors online now
17 guests, 0 members
All time: 12686 at 01-05-2016 01:39 am UTC
Max visitors today: 27 at 12:07 am UTC
This month: 199 at 07-04-2018 02:24 am UTC
This year: 254 at 02-02-2018 01:06 am UTC
Read previous post:
Víctor Hugo. LOS MISERABLES

Víctor Hugo. LOS MISERABLES.

FEDOR DOSTOIEWSKI. LOS HERMANOS KARAMAZOV

FEDOR DOSTOIEWSKI. LOS HERMANOS KARAMAZOV

Close