Елена Гарро. Во всем виноваты тлашкальтеки. Elena Garro. La culpa es de los tlaxcaltecas


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Елена Гарро. Во всем виноваты тлашкальтеки (тласкальтеки)
Elena Garro. La culpa es de los tlaxcaltecas

Елена Гарро. Во всем виноваты тлашкальтеки (тласкальтеки)
Elena Garro. La culpa es de los tlaxcaltecas

Nacha oyу que llamaban en la puerta de la cocina y se quedу quieta. Cuando volvieron a insistir abriу con sigilo y mirу la noche. La seсora Laura apareciу con un dedo en los labios en seсal de silencio. Todavнa llevaba el traje blanco quemado y sucio de tierra y sangre.
—ЎSeсora!... —suspirу Nacha.
La seсora Laura entrу de puntillas y mirу con ojos interrogantes a la cocinera. Luego, confiada, se sentу junto a la estufa y mirу su cocina como si no la hubiera visto nunca.
—Nachita, dame un cafecito... Tengo frнo.
—Seсora, el seсor... el seсor la va a matar. Nosotros ya la dбbamos por muerta.
—їPor muerta?
Laura mirу con asombro los mosaicos blancos de la cocina, subiу las piernas sobre la silla, se abrazу las rodillas y se quedу pensativa. Nacha puso a hervir el agua para hacer el cafй y mirу de reojo a su patrona; no se le ocurriу ni una palabra mбs. La seсora recargу la cabeza sobre las rodillas, parecнa muy triste.
—їSabes, Nacha? La culpa es de los tlaxcaltecas.
Nacha no contestу, prefiriу mirar el agua que no hervнa.
Afuera la noche desdibujaba a las rosas del jardнn y ensombrecнa a las higueras. Muy atrбs de las ramas brillaban las ventanas iluminadas de las casas vecinas. La cocina estaba separada del mundo por un muro invisible de tristeza, por un compбs de espera.
—їNo estбs de acuerdo, Nacha?
—Sн, seсora...
—Yo soy como ellos: traidora... —dijo Laura con melancolнa.
La cocinera se cruzу de brazos en espera de que el agua soltara sus hervores.
—їY tъ, Nachita, eres traidora?
La mirу con esperanzas. Si Nacha compartнa su calidad traidora, la entenderнa, y Laura necesitaba que alguien la entendiera esa noche.
Nacha reflexionу unos instantes, se volviу a mirar el agua que empezaba a hervir con estrйpito, la sirviу sobre el cafй y el aroma caliente la hizo sentirse a gusto a cerca de su patrona.
—Sн, yo tambiйn soy traicionera, seсora Laurita.
Contenta, sirviу el cafй en una tacita blanca, le puso dos cuadritos de azъcar y lo colocу en la mesa, frente a la seсora. Esta, ensimismada, dio unos sorbitos.
—їSabes, Nachita? Ahora sй por quй tuvimos tantos accidentes en el famoso viaje a Guanajuato. En Mil Cumbres se nos acabу la gasolina. Margarita se asustу porque ya estaba anocheciendo. Un camionero nos regalу una poquita para llegar a Morelia. En Cuitzeo, al cruzar el puente blanco, el coche se parу de repente. Margarita se disgustу conmigo, ya sabes que le dan miedo los caminos vacнos y los ojos de los indios. Cuando pasу un coche lleno de turistas, ella se fue al pueblo a buscar un mecбnico y yo me quedй en la mitad del puente blanco, que atraviesa el lago seco con fondo de lajas blancas. La luz era muy blanca y el puente, las lajas y el automуvil empezaron a flotar en ella. Luego la luz se partiу en varios pedazos para convertirse en miles de puntitos y empezу a girar hasta que se quedу fija como un retrato. El tiempo habнa dado la vuelta completa, como cuando ves una tarjeta postal y luego la vuelves para ver lo que hay escrito atrбs. Asн lleguй en el lago de Cuitzeo, hasta la otra niсa que fui. La luz produce esas catбstrofes, cuando el sol se vuelve blanco y uno estб en el mismo centro de sus rayos. Los pensamientos tambiйn se vuelven mil puntitos, y uno sufre vйrtigo. Yo, en ese momento, mirй el tejido de mi vestido blanco y en ese instante oн sus pasos. No me asombrй. Levantй los ojos y lo vi venir. En ese instante, tambiйn recordй la magnitud de mi traiciуn, tuve miedo y quise huir. Pero el tiempo se cerrу alrededor de mн, se volviу ъnico y perecedero y no pude moverme del asiento del automуvil. “Alguna vez te encontrarбs frente a tus acciones convertidas en piedras irrevocables como йsa”, me dijeron de niсa al enseсarme la imagen de un dios, que ahora no recuerdo cuбl era. Todo se olvida, їverdad Nachita?, pero se olvida sуlo por un tiempo. En aquel entonces tambiйn las palabras me parecieron de piedra, sуlo que de una piedra fluida y cristalina. La piedra se solidificaba al terminar cada palabra, para quedar escrita para siempre en el tiempo. їNo eran asн las palabras de tus mayores?
Nacha reflexionу unos instantes, luego asintiу convencida.
—Asн eran, seсora Laurita.
—Lo terrible es, lo descubrн en ese instante, que todo lo increнble es verdadero. Allн venнa йl, avanzando por la orilla del puente, con la piel ardida por el sol y el peso de la derrota sobre los hombros desnudos. Sus pasos sonaban como hojas secas. Traнa los ojos brillantes. Desde lejos me llegaron sus chispas negras y vi ondear sus cabellos negros en medio de la luz blanquнsima del encuentro. Antes de que pudiera evitarlo lo tuve frente a mis ojos. Se detuvo, se cogiу de la portezuela del coche y me mirу. Tenнa una cortada en la mano izquierda, los cabellos llenos de polvo, y por la herida del hombro le escurrнa una sangre tan roja, que parecнa negra. No me dijo nada. Pero yo supe que iba huyendo, vencido. Quiso decirme que yo merecнa la muerte, y al mismo tiempo me dijo que mi muerte ocasionarнa la suya. Andaba malherido, en busca mнa.
—La culpa es de los tlaxcaltecas —le dije.
El se volviу a mirar al cielo. Despuйs recogiу otra vez sus ojos sobre los mнos.
—їQuй te haces? —me preguntу con su voz profunda. No pude decirle que me habнa casado, porque estoy casada con йl. Hay cosas que no se pueden decir, tъ lo sabes, Nachita.
—їY los otros? —le preguntй.
—Los otros salieron vivos andan en las mismas trazas que yo —vi que cada palabra le lastimaba la lengua y me callй, pensando en la vergьenza de mi traiciуn.
—Ya sabes que tengo miedo y que por eso traiciono...
—Ya lo sй —me contestу y agachу la cabeza. Me conoce desde chica, Nacha. Su padre y el mнo eran hermanos y nosotros primos. Siempre me quiso, al menos eso dijo y asн lo creнmos todos. En el puente yo tenнa vergьenza. La sangre le seguнa corriendo por el pecho. Saquй un paсuelito de mi bolso y sin una palabra, empecй a limpiбrsela. Tambiйn yo siempre lo quise, Nachita, porque йl es lo contrario de mн: no tiene miedo y no es traidor. Me cogiу la mano y me la mirу.
—Estб muy desteсida, parece una mano de ellos —me dijo.
—Hace tiempo que no me pega el sol —bajу los ojos y me dejу caer la mano. Estuvimos asн, en silencio, oyendo correr la sangre sobre su pecho. No me reprochaba nada, bien sabe de lo que soy capaz. Pero los hilitos de su sangre escribнan sobre su pecho que su corazуn seguнa guardando mis palabras y mi cuerpo. Allн supe, Nachita, que el tiempo y el amor son uno solo.
—їY mi casa? —le preguntй.
—Vamos a verla —me agarrу con su mano caliente, como agarraba a su escudo y me di cuenta de que no lo llevaba. Lo perdiу en la huida, me dije, y me dejй llevar. Sus pasos sonaban en la luz de Cuitzeo iguales que en la otra luz: sordos y apacibles. Caminamos por la ciudad que ardнa en las orillas del agua. Cerrй los ojos. Ya te dije, Nacha, que soy cobarde. O tal vez el humo y el polvo me sacaron lбgrimas. Me sentй en una piedra y me tapй la cara con las manos.
—Yo no camino... —le dije.
—Ya llegamos —me contestу. Se puso en cunclillas junto a mн y con la punta de los dedos acariciу mi vestido blanco.
—Si no quieres ver cуmo quedу, no lo veas —me dijo quedito.
Su pelo negro me hacнa sombra. No estaba enojado, nada mбs estaba triste. Antes nunca me hubiera atrevido a besarlo, pero ahora he aprendido a no tenerle respeto al hombre, y me abracй a su cuello y lo besй en la boca.
—Siempre has estado en la alcoba mбs preciosa de mi pecho —me dijo. Agachу la cabeza y mirу la tierra llena de piedras secas. Con una de ellas dibujу dos rayitas paralelas, que prolongу hasta que se juntaron y se hicieron una sola.
—Somos tъ y yo —me dijo sin levantar la vista. Yo, Nachita, me quedй sin palabras.
—Ya falta poco para que se acabe el tiempo y seamos uno solo... por eso te andaba buscando —se me habнa olvidado, Nacha, que cuando se gaste el tiempo, los dos hemos de quedarnos el uno en el otro, para entrar en el tiempo verdadero convertidos en uno solo. Cuando me dijo eso lo mirй a los ojos. Antes sуlo me atrevнa a mirбrselos cuando me tomaba, pero ahora, como ya te dije, he aprendido a no respetar los ojos del hombre. Tambiйn es cierto que no querнa ver lo que sucedнa a mi alrededor... soy muy cobarde. Recordй los alaridos y volvн a oнrlos: estridentes, llameantes en mitad de la maсana. Tambiйn oн los golpes de las piedras y las vi pasar zumbando sobre mi cabeza. El se puso de rodillas frente a mн y cruzу los brazos sobre mi cabeza para hacerme un tejadito.
—Este es el final del hombre —dije.
—Asн es —contestу con su voz encima de la mнa. Y me vi en sus ojos y en su cuerpo. їSerнa un venado el que me llevaba hasta su ladera? їO una estrella que me lanzaba a escribir seсales en el cielo? Su voz escribiу signos de sangre en mi pecho y mi vestido blanco quedу rayado con un tigre rojo y blanco.
—A la noche vuelvo, espйrame... —suspirу. Agarrу su escudo y me mirу desde muy arriba.
—Nos falta poco para ser uno —agregу con su misma cortesнa.
Cuando se fue, volvн a oнr los gritos del combate y salн corriendo en medio de la lluvia de piedras y me perdн hasta el coche parado en el puente del Lago de Cuitzeo.
—їQuй pasa? їEstбs herida? —me gritу Margarita cuando llegу. Asustada, tocaba la sangre de mi vestido blanco y seсalaba la sangre que tenнa en los labios y la tierra que se habнa metido en mis cabellos. Desde otro coche, el mecбnico de Cuitzeo me miraba con sus ojos muertos.
—ЎEsos indios salvajes!... ЎNo se puede dejar sola a una seсora! —dijo al saltar de su automуvil, dizque para venir a auxiliarme.

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