DIEGO FERNÁNDEZ, VECINO DE PALENCIA. PRIMERA PARTE DE LA HISTORIA DEL PERÚ. Libro 2.

DIEGO FERNÁNDEZ, VECINO DE PALENCIA. PRIMERA PARTE DE LA HISTORIA DEL PERÚ. Libro 2.
Диего Фернандес, житель Пласенсии. Первая Часть Истории Перу. Книга 2.

PRIMERA PARTE DE LA

POR

DIEGO FERNANDEZ

VECINO DE PALENCIA

II

EDICIÓN REVISADA

LUCAS DE TORRE

CAPITÁN DE INFANTERÍA, DIPLOMADO, C. DE LA ACADEMIA DE LA HISTORIA

BIBLIOTECA HISPANIA

CALLE DE SAN LORENZO, NÚM. 10, MADRID

I9I4

HISTORIA

Es propiedad.

Queda hecho el depósi-

to que marca la ley,

Imprenta de Prudencio Pérez de Velasco, Campomanes. 4.

COMIENZA EL LIBRO SEGUNDO EN EL CUAL SE PROSIGUE

LA TIRANÍA DE GONZALO PIZARRO Y CRUELDADES

DE FRANCISCO DE CARVAJAL CON LOS TRABA-

JOS DE DIEGO CENTENO. Y SE DA RELA-

CIÓN DE LA CONQUISTA Y DESCUBRI-

MIENTO DEL CAPITÁN DIEGO DE

ROJAS -Y DE LA IDA DEL PRESI-

DENTE GASCA AL PERÚ CON

EL CASTIGO QUE HIZO

DE GONZALO PIZA-

RRO Y DEMÁS

ALTERADOS

197Í373

LIBRO SEGUNDO

CAPÍTULO PRIMERO

Cómo Francisco de Carvajal salió de Quito contra Diego

Centeno robando la tierra y en Piura mató d Francisco

Hurtado, y la carta que de Lima escribió á Gonzalo Piza-

rro, y de tina conjuración que se hacia en Lima, y los que

sobre ello fueron justiciados y cómo en el Cuzco ahorcó

Carvajal cuatro vecinos.

Pártese Carvajal de Quito para ir contra Diego Centeno.—Lo que hizo

Carvajal en Piurá.—Cuento de Carvajal y muerte de Francisco

Hurtado.—Lo que hacía Carvajal en los lugares por do pasaba.—

Carta de Carvajal á Pizarro.—Parte Carvajal para el Cuzco.—Con-

júranse para matar á Lorenzo de Aldana.—Dase garrote á Francisco

Girón y á otro.—Córtase la mano á Juan Velázquez.—Valentía de

Perucho de Aguirre.—Sentenció el Alcalde á Francisco de Guzmán

que se meta fraile y ejecutóse.—Sale Carvajal de los Reyes para

Arequipa.—Ahorca Carvajal cuatro vecinos del Cuzco.—Dicho de

Carvajal.

Ya en el primer libro desta historia se hizo mención

cómo Gonzalo Pizarro, después que por carta de Alonso

de Toro, Teniente de la ciudad del Cuzco, supo que Die-

go Centeno había muerto al capitán Francisco de Almen-

dras en la villa de Plata y reducido la provincia de los

Charcas al servicio de su Magestad, envió desde la ciu-

dad de Quito, do entonces estaba, á Francisco de Carva-

jal, su maestro de campo, contra Diego Centeno, para

hacer el castigo y recoger gente y dineros y otras cosas

10

HISTORIA DEL PERÚ

para gastos de guerra. Tomando, pues, Francisco de Car-

vajal los recados y despachos necesarios, partióse de la

ciudad de Quito con algunas personas de confianza que

escogió y que Gonzalo Pizarro le señaló para hacer la

jornada. Y como llegó á la ciudad de San Miguel de Piurá

hizo muestra de querer matar algunos principales de aquel

pueblo, y, admitiendo ruegos, les otorgó las vidas y des-

terró de aquella provincia, quitando los indios que tenían,

condenándolos asimismo en mucha cantidad de pesos

que luego cobró, que era su final pretensión. Estaba en

esta sazón preso en la cárcel pública de la ciudad Fran-

cisco Hurtado (vecino de Santiago de Guayaquil) que

había sido Capitán del Virrey; y, al tiempo que Juan de

Acosta le dio el alcance en el asiento de Cajas, había

huido y los alcaldes de Piurá, que fueron puestos por

Gonzalo Pizarro, proveyendo alguaciles que buscasen los

del Virrey, le habían traído presó, y por ser (como era)

Francisco Hurtado bien quisto, no le habían justiciado ni

tampoco le habían osado soltar por miedo de Gonzalo

Pizarro. Entendiendo, pues, Francisco Carvajal esta pri-

sión, le mandó soltar libremente reprendiendo á los al-

caldes porque tanto tiempo le habían tenido en la cárcel.

Los cuales le soltaron luego^y fué á dar las gracias de

su libertad á Francisco de Carvajal, y él le recibió amoro-

samente, mostrando pesarle mucho de su larga prisión,

porque la verdad, de muy atrás habían sido amigos, é

hízole quedar consigo á comer con todo regalo y buen

tratamiento, haciéndole muchas ofertas y ofrecimientos.

Después que hubieron comido, Francisco de Carvajal en-

vió á llamar al Cura del pueblo, y siendo venido, dijo:

"Señor Francisco Hurtado, yo he sido siempre amigo y

servidor de Vm., y así como tal amigo, y como Francisco

de Carvajal, yo le saqué de la prisión, haciéndole aquel

tratamiento que Vm. ha visto; y hasta aquí yo he cumpli-

do con la obligación que en amistad debe Francisco de

Carvajal á Francisco Hurtado; ahora es menester que yo

cumpla también con lo que debo al servicio del Gober-

nador, mi señor, y así yo no puedo dejar de matar

á Vm. Aquí está el padre cura. Vm. se confiese, porque yo

HISTORIA DEL PERÚ

11

no puedo hacer otra cosa,,; y habiéndole desta suerte,

luego le hizo dar garrote; y cobrado que hubo brevemen-

te las penas y repartimiento que había hecho, partióse

para Trujillo, recogiendo siempre por donde pasaba la

más gente que podía, sin dar otra paga más de los caba-

llos que robaba, usurpando para sí todo el dinero que en

cualquier manera podía haber, así de los empréstidos y

penas que echaba como del robo que hacía de la caja del

Rey y de los difuntos y depósitos públicos, lo cual todo ro-

baba y cohechaba diciendo que era para gastos de la gue-

rra. Desta suerte, pues, llegó á Lima, do habían llegado á

la sazón Alonso de Monroy y Antonio de Ulloa, que ve-

nían de Chile; y, entendido por Carvajal á lo que venían,

estando ya de partida con ciento y noventa hombres, es-

cribió una carta á Gonzalo Pizarro, en que, por su acostum-

brado estilo, con presuntuosas y locas desvergüenzas,

decía desta manera:

"Muy ilustre señor: Yo me partiré de aquí mañana, si

Dios quisiere, y llevo conmigo cerca de doscientos con

todos, y entre ellos los diez que V. S. me dio en Quito, y

los que he allegado en el camino y los que salen desta

ciudad. Alonso de Monroy, capitán del capitán Valdivia,

vino aquí de Chile en la nao de Baptista, criado del co-

mendador Hernando Pizarro, en que fué Calderón de la

Barca, y venía por socorro de gente con buenas nuevas

de aquella tierra y algunos dineros, aunque bien pocos; y

habiéndole yo encaminado á V. S., y estando de partida,

le dio una enfermedad que en tres días se murió. Dicen

los médicos que fué ramo de pestilencia; yo digo que ellos

le mataron no sabiéndole curar ni entendiendo su enfer-

medad. Ahora queda aquí el capitán Baptista, que es el

que digo, señor de la nao en que vinieron y un hidalgo de

¿áceres que llaman Ulloa, que vino con ellos de Chile,

con poderes de Valdivia para negociar en Castilla sus co-

sas; y porque me ha parecido que él no vaya á Castilla ni

á Borgoña sin dar razón á V. S., se le envío para que del

se informe y vea todo lo que trae, y, después de bien infor-

mado, no le deje ir á ninguna parte sino téngale consigo,

porque no es menester que por parte de Valdivia se negó-

12

HISTORIA DEL PERÚ

cié nada con el Rey sino con V. S., y que no haya otro que

le pueda ayudar ni valer, sólo porque siempre Valdivia

tenga fin de servir por los beneficios y socorro que de las

gobernaciones de V. S. cada día recibirá. Esto que he di-

cho lo digo para grandes efectos y fines que no son para

escribir y bien sé lo que digo; pero si V. S. fuere servido

de otra cosa y mandare que se socorra, envíeme á mandar

lo que fuere servido y yo les daré la gente que V. S. me en-

viare á mandar; y esto V. S. sólo lo podría mejor entender

que otro ninguno, porque sabe la confianza que tiene de

Valdivia y la que se puede tener. Pero á mí me parece que,

habiendo de ir socorro, vaya un Capitán de V. S. para que

aquella gobernación se comunique y se ate con ésta; y si

acaso mañana se muriese Valdivia quede todopordeV.S.,

como lo es, en poder del Capitán con quien V. S. le en-

viare el socorro. Y así tememos reparado lo del estrecho y

serán estos mundos todos término de V. S. El Capitán es

mucho mi amigo y conocido, hombre de bien y humilde,

pero crea V. S. que, con todas estas buenas costumbres,

cuando ya está en aire de gobernador, siempre lo querrá

ser antes que dejar que lo sea San Pedro de Roma; y así

por esto, como por lo que podría venir por el estrecho, es

bien que V. S. mire lo que sobre esto de Chile se hubiere

de proveer, porque es un negocio muy hondo.

Entretanto que este Ulloa va á V. S. y vuelve, queda

aquí el capitán Baptista, señor desta nao, y procurará

aderezalla de algunas cosas para su navegación; V. S. le

escriba y favorezca diciendo que le entiende honrar y

aprovechar mucho, así en cargos honrosos de capitanías

de la mar y de tierra como de otras cosas que se onezcan,

porque es honrada persona y tiene plática de la tierra y

de los aguajes y puertos de la costa de Chile. La nao de

Pero Díaz, que lleva estos despachos, lleva también mu-

cha pólvora para la armada y doscientos veinte quintales

de bizcocho. V. S. mire mucho por la armada y su salud,

que estas dos cosas nos ternan en pie de aquí á mil años,

á pesar de reyes y aun de papas. Nuestro Señor la muy

ilustre persona de V. S. conserve con el contentamiento,

prosperidad y salud, que V. S. desea. Destos Reyes á 25

HISTORIA DEL PERÚ

13

de Octubre 1545 años. Las manos de V. S. besa su criado

Francisco Carvajal.

Despachada esta carta, luego Francisco de Carvajal

partió de Lima para el Cuzco con ciento y noventa hom-

bres; y pocos días después de su partida se descubrió en

los Reyes cierta conjuración, en la cual se trataba de ma-

tar al capitán Lorenzo de Aldana y al alcalde Pero Martín

de Sicilia y á otros amigos de Gonzalo Pizarro, con in-

tento de alzar la ciudad por el Rey y juntarse con Diego

Centeno, sobre que fueron presas muchas personas y se

huyó Pedro Manjares, vecino de los Charcas, que era el

principal movedor. Averiguado el negocio, dieron garrote

á dos de los presos, llamado el uno Francisco Girón, y,

queriéndosele dar á Juan Velázquez, por ruego de muchos

le cortaron la mano derecha, y á otros dieron tan bravos

tormentos, que perpetuamente quedaron mancos y tulli-

dos. El alcalde Pero Martín insistió mucho, en el tormen-

to que dio á Francisco de Guzmán, que declarase si un

Perucho de Aguirre (que era su enemigo) y otros cuatro

ó cinco de los que iban con Carvajal, eran en este motín,

é iban también conjurados de matar en el camino á Fran-

cisco Carvajal. Francisco de Guzmán, conociendo el in-

tento del Alcalde, por evadirse del tormento, declaró ser

verdad lo que se le preguntaba, no sabiendo, en realidad

de verdad, cosa alguna. Hecha esta declaración, antes que

se ratificase en ella, el alcalde Pero Martín pidió á Diego

Gutiérrez, escribano del Cabildo (ante quien pasaba la

causa) le diese un traslado autorizado, el cual luego envió

á Francisco de Carvajal con mucha presteza, y fué proce-

diendo en la causa; y, al tiempo de la ratificación, declaró

Guzmán no saber cosa alguna de aquel negocio, y que la

confesión que había hecho había sido por miedo del tor-

mento. Advirtiéndose Diego Gutiérrez de su yerro de

haber dado el testimonio antes que la ratificación, sacó

luego un traslado signado de la confesión y ratificación

contraria, lo cual luego envió á Francisco de Carvajal.

aunque cuando llegó fué de ningún efecto, porque una

jornada antes de Guamanga había Francisco de Carvajal

recibido los primeros despachos del Alcalde, y luego hizo

14

HISTORIA DEL PERÚ

prender los contenidos y colgarlos de unos árboles. Pe-

rucho de Aguirre, al tiempo que le quisieron prender, de-

terminó valerosamente antes morir que ser preso, y casi

hecho pedazos le llevaron á colgar con Zambrano y Pine-

da y otros dos.

Pareció cosa de misterio y de juicio este caso; por-

que en efecto, Francisco de Guzmán no sabía cosa al-

guna, y es cierto que Perucho de Aguirre y Zambrano,

con otros, iban conjurados de matar á Francisco de Car-

vajal, y para esto había Perucho salido con él, y otro día

siguiente que había de entrar en Guamanga, le habían de

matar dentro el pueblo; y sin duda salieran con ello,

porque Perucho de Aguirre era valiente y de mucho ánimo

y de grande determinación. Sabidas después por Diego

Gutiérrez (escribano de la causa) estas muertes, que se

causaron por su inadvertencia, mostró grandísimo arre-

pentimiento de su yerro y determinó dejar el mundo y

tomar hábito de religión^ y le tomó, y dentro del año le

dejó. Condenó el Alcalde á Francisco de Guzmán que se

metiese fraile, y luego lo ejecutó, haciéndole tomar el há-

bito en el Monasterio de la Merced.

Prosiguiendo Francisco de Carvajal su camino, le die-

ron nuevas que, rehusando Diego Centeno de dar batalla

á Alonso de Toro, se había retraído por el despoblado; y,

por tanto, le pareció su ida no ser necesaria, y determinó

volverse á Lima, donde, pocos días después de llegado,

tuvo nueva que Diego Centeno revolvía contra Alonso de

Toro, y así tornó á apercibir y juntar su gente, y salió de

los Reyes la vía de Arequipa. Donde, llegado, recibió carta

de Alonso de Toro y del Cabildo del Cuzco para que fuese

al castigo de Diego Centeno, y, habiendo robado la ciudad

de Arequipa, salió della con doscientos hombres camino

del Cuzco; y, sabiendo Alonso de Toro que para otro día

entraba, apercibió todos los de la ciudad para que á punto

de guerra saliesen con él, y púsose al través del camino

por donde Carvajal había de pasar; y, aunque no lo había

comunicado con persona alguna, hubo sospecha que se

quería satisfacer del rencor y enemistad que tenía con

Carvajal, por razón del cargo de Maestre de campo, que

HISTORIA DEL PERÚ

15

por él se le había quitado, y por otros pundonores que

entre los dos había; y, siendo avisado desto Carvajal,

mandó apercibir su gente y cargar los arcabuces, y fué

marchando en orden para la ciudad. Alonso de Toro salió

de donde estaba, y fueron marchando los unos contra los

otros, y, como nadie acometió, juntáronse en uno y salu-

dáronse cortesmente, y puesto que Francisco de Carvajal

sintió mucho este ademán, disimuló por entonces y dio

muestra de no haber mirado en ello. Empero, de ahí á

pocos días que entró en la ciudad, prendió cuatro vecinos

della, y luego los ahorcó sin dar parte á Alonso de Toro,

que lo sintió mucho, aunque lo disimuló por la necesidad

del tiempo; y estando Carvajal mirando los que había

ahorcado dijo por vía de amenaza á Alonso Alvarez de

Hinojosa (que era de los principales del pueblo y le tenía

por sospechoso): "Señor Alonso Alvarez, roguemos á

Dios muy de corazón que se contente con aquella miga-

jita que le hemos ofrecido,,, mostrando y apuntándole los

ahorcados. Los vecinos se atemorizaron mucho, y, de mie-

do, nadie rehusó de ir con él. Salió Carvajal del Cuzco, de

ahí á pocos días, con trescientos hombres la vuelta de los

Charcas en demanda de Diego Centeno, habiendo primero

robado la ciudad de dineros, armas y caballos y otras

cosas.

CAPÍTULO II

Cómo Francisco de Carvajal sigue á Diego Centeno y le

desbarató, y Lope de Mendoza, huyendo de Carvajal en

el despoblado de la entrada del Río de la Plata, encontró

con Gabriel Bermúdez.

Llega Carvajal á vista de Diego Centeno.—Retírase Diego Centeno.—

Alza Diego Centeno su real y retírase.—Ahorca Carvajal doce

hombres juntos. — Escóndese Centeno en una cueva. — Vuélvese

Carvajal á la villa de Plata.

Caminando Francisco de Carvajal por el Collao ade-

lante para la provincia de Paria, donde ya sabía que esta-

ba Diego Centeno con doscientos y cincuenta hombres;

llegado que fué cerca, alzó Diego Centeno su real y fuese

á poner junto al río (por le parecer mejor sitio) con deter-

minación de dar allí la batalla. Francisco de Carvajal se

puso con los suyos una legua del enemigo, y se vieron y

hablaron los corredores de entrambos campos. Era esto

viernes de la cruz del ano de mil y quinientos y cuarenta

y seis. Luego Francisco de Carvajal, puesta su gente á

punto, fué marchando contra Diego Centeno, el cual, ha-

bido consejo con los capitanes y vecinos, fué acordado

que se retirasen aquella noche donde el enemigo no los

pudiese alcanzar, y que de noche, les diesen armas y asal-

tos, porque, desta suerte, inferían que la gente se les pa-

saría, que venía muy descontenta; aunque es cierto que

TOMO II. 2

18

HISTORIA DEL PERÚ

este acuerdo fué contra el parecer y consejo de Diego

Centeno, porque él quisiera mucho dar allí la batalla.

Aquel día y noche caminaron catorce leguas, siguién-

doles siempre Francisco de Carvajal, el cual asentó su real

cerca de los contrarios; y, pasada la media noche, vinieron

ochenta soldados de Centeno á dar armas á los de Carva-

jal, y les tiraron muchos arcabuzazos, con pensamiento

que en la revuelta se les pasaran algunos. Mas Francisco

de Carvajal ordenó su gente y la tuvo toda la noche en

escuadrón, sin consentir que nadie se desmandase, por-

que también él tenía temor que alguna gente se le huyese,

y así estuvo toda la noche en vela sin haber novedad. A

la mañana, Diego Centeno alzó su real y fuese retrayendo

más de otras diez leguas, siguiéndole siempre Carvajal

sin le perder punto, y desta suerte fué caminando á doce

y catorce leguas hasta Hayohayo, donde Carvajal, alcan-

zando doce hombres de Diego Centeno y todos juntos los

ahorcó, y los más dellos sin confesión, y luego pasó ade-

lante.

Viendo, pues, Diego Centeno, que ya no era parte

para resistir su enemigo, tomó la vía de la mar para Are-

quipa, y envió delante al capitán Diego de Rivadeneyra

con quince soldados á buscar algún navio por la costa, y

dióle la seña y contraseña que habían de tener para rece-

bille en el navio. Rivadeneyra vio un navio que iba á

Chile, y de noche le tomó fácilmente con balsas. Llegó en

este tiempo Diego Centeno á Arequipa y Francisco de

Carvajal venía en su seguimiento. Viendo, pues, Diego

Centeno, que el navio no venía y que el enemigo se le

acercaba, determinó de esparcir hasta ochenta hombres

que consigo traía como se pudiesen escapar, y él se quedó

solo con un su criado y con Luis de Rivera, y, metiéndose

por los montes, se escondió en una cueva en el reparti-

miento de Miguel Cornejo, vecino de Arequipa, donde el

cacique principal le dio siempre, él solo, de comer por su

mano, hasta que se tuvo nueva de la venida del presidente

Gasea.

Llegó Carvajal en este tiempo á la costa de Are-

quipa, y sabiendo que Diego Centeno era desaparecido y

HISTORIA DEL PERÚ

19

su gente derramada, envió un Capitán con gente en se-

guimiento de Lope de Mendoza, que supo que iba cerca

de allí con hasta siete hombres, con los cuales, Lope de

Mendoza, se dio tanta priesa, que en ochenta leguas que

le siguieron no le pudieron dar algún alcance, y así se

volvieron los de Carvajal sin haber hecho efecto alguno.

Lope de Mendoza fué siguiendo el camino de la entrada

del Río de la Plata. Otro día después de llegado Carvajal

pareció por la costa el navio del capitán Rivadeneyra; y

sabido el efecto para que se traía y la seña, quiso Carva-

jal engañar á Rivadeneyra, mas, siendo discretos los del

navio, entendieron el engaño, y haciéndose á la vela se

fueron la mar adelante. Viendo Carvajal que de Diego

Centeno ni de los suyos ya no había de qué temer, dio

luego la vuelta y fuese para la villa de Plata. Lope de

Mendoza caminó con sus compañeros la costa arriba, de-

terminado de meterse la tierra adentro á la gobernación

de Diego de Rojas; y, caminando por aquel despoblado,

toparon con Gabriel Bermúdez, que era uno de los que

habían ido á la entrada con Diego de Rojas, cuando fué á

la conquista del Río de la Plata por comisión del licen-

ciado Vaca de Castro. La causa de su venida y lo que allá

sucedió contará ahora la historia.

CAPÍTULO III

En que se da relación de la conquista y jornada de Diego

de Rojas al Río de la Plata, de donde había salido Ga-

briel Bermúdez, y de la manera que murió Diego de Rojas.

Proveyó Vaca de Castro que Diego de Rojas y Felipe Gutiérrez y Ni-

colás de Heredia vayan á descubrir.—La entrada de Diego de Rojas.

Llega Diego de Rojas á Tucumán.—Propiedad de hierba de los in-

dios.—Pelea Diego de Rojas con los indios y desbarátalos.—Fué

herido Diego de Rojas con hierba.—Muere Diego de Rojas.—Muere

Mercado herido de hierba.

-Año de mil quinientos cuarenta y dos, habiendo el

licenciado Cristóbal Vaca de Castro vencido y justicia-

do á don Diego de Almagro y reducido el Perú al servicio

de su Magestad. pareciéndole que no había con qué gra-

tificar toda la gente de guerra, ni tampoco donde cómoda-

mente pudiese esparcirla, acordó dar algunas conquistas

y entradas; y, allende otras que dio, proveyó que los capi-

tanes Diego de Rojas, Felipe Gutiérrez y Nicolás de He-

redia fuesen en compañía á descubrir delante de Chile el

río de Arauco; fué Diego de Rojas con nombre y título de

Gobernador, Felipe Gutiérrez de Capitán general y Nicolás

de Heredia de Maestro de campo. Contenía la provisión

que si el uno muriese quedase el cargo en los dos, y si

los dos, en el uno, y que, muriendo el tercero, quedase la

persona que nombrase. Siendo, pues, estos capitanes, ri-

cos y principales, hicieron su compañía en que gastaron

22

HISTORIA DEL PERÚ

mucha suma de dinero, y, á la fama que estos tres arma-

ban, movióse gente principal, y aun vecinos que tenían

indios de repartimiento en el Cuzco y otras partes los de-

jaron por ir á esta jornada, y fueron en ella más de dos-

cientos hombres muy bien aderezados y apercibidos de

armas y caballos y servicio de negros é indios yanaconas.

Y, para poder mejor y más cómodamente pasar los despo-

blados, entró cada uno por sí, repartida entre todos tres la

gente.

Entró Diego de Rojas el primero pasada la Villa de

Plata, y llegado que fué este Capitán á la provincia de

Chicoana (que son indios de guerra) hallaron allí gallinas

de Castilla, y preguntando á los indios que de dónde las

habían habido, dijeron que las había pasadas las monta-

ñas. Era el camino que habían de tomar para Chile por el

río Daule á dar en la ciudad de Santiago; empero las ga-

llinas fueron causa de torcer el camino creyendo Diego de

Rojas hallar mejor tierra; y pasaron las montañas con gran-

dísimo trabajo por ser tierra muy áspera, y luego dieron en

provincias de grandes poblaciones. Fué la primera Tucu-

mán, donde le salió al encuentro un cacique principal lla-

mado Canamico, con mucha cantidad de indios, y venía

en unas andas por tener una pierna cortada. Eran estos

indios gente alta, bien dispuesta, y traen conforme á su

estatura los arcos con que pelean. Las flechas que tiran

llevan ponzoña que mata rabiando en ocho ó diez días, y,

desde que comienza á obrar, los heridos se dan de golpes

y de cabezadas.

Viendo Diego de Rojas tanta multitud de indios y

que tenía tan poca gente, envió mandado al capitán

Felipe Gutiérrez para que se diese priesa á caminar, y

púsose en orden y á punto para pelear con ellos; y con

un clérigo que consigo llevaba, llamado fray Galán (fraile

de la orden de San Juan) envió á requerir al cacique. El

clérigo fué luego con una cruz alta en la mano, teniendo

gran temor de los indios, y habló á Canamico, y no sien-

do bien recibido, se volvió luego, y dijo á voces: "Ea, se-

ñores caballeros, Santiago y á ellos, que encaran los

arcos,,; y como estaban ya puestos á punto y en orden,

HISTORIA DEL PERÚ

23

arremetieron con grandísimo ánimo y determinación y los

desbarataron y prendieron al cacique. Después desto

llegó Felipe Gutiérrez, y, viéndose juntos, pasaron adelan-

te á la provincia Salabina, donde hubieron muchas refrie-

gas y escaramuzas, y fué herido Diego de Rojas de una

flecha con ponzoña, y la herida no era más que un rascu-

ño; empero á tercero día obró la hierba y comenzó á

darse de golpes y cabezadas; y como no se sabía de la

hierba, dijéronle algunos (especialmente' Mercado, su

maestresala) que Enciso, amiga de Felipe Gutiérrez, le

había dado ponzoña porque Felipe Gutiérrez y Heredia

quedasen en el mando, y persuadíanle que bebiese aceite.

Lo cual, venido á oídos de Felipe Gutiérrez, visitó y

habló á Diego de Rojas, dándole satisfacción de la sospe-

cha que se publicaba.

Habíansele hecho muy amigos áDiego de Rojas, en esta

jornada, Francisco de Mendoza, natural de Medellín y Rui

Sánchez de Hinojosa,y, viéndose de tal suerte, acordó dejar

por su hijo adoptivo á Francisco de Mendoza, y que suce-

diese en el cargo de Teniente de gobernador; y estando ya

muy al cabo y sin esperanza de vida, tratólo con FelipeGu-

tiérrez, el cual, por razón de la sospecha, lo aprobó y se

hizo. Muerto Diego de Rojas, Francisco de Mendoza é Hi-

nojosa, procuraron de hacer y ganar amigos con los bienes

heredados, dando liberalmente á unos y á otros, con que

casi toda la gente se les llegó; de manera que Felipe Gu-

tiérrez no era ya tanta parte. Estando las cosas en estos

términos, y no sabiendo aún de la ponzoña de las flechas,

diéronle un bravo asalto los indios y en él fué herido Mer-

cado, el que había sido maestresala de Diego de Rojas,

y, haciéndole la yerba su efecto comenzó á darse de gol-

pes y cabezadas con gran desasosiego, como lo había he-

cho Diego de Rojas; y viéndose ya en lo último de su vida

importunó que le llamasen la Enciso; y, siendo venida, la

rogó que por amor de Dios le perdonase el levantamiento

que había hecho en ser el primero que había publicado

haber ella muerto á Diego de Rojas y dádole bebedizos.

Ella, aunque con dificultad y muchos ruegos, le perdonó,

y murió luego Mercado.

CAPITULO IV

Cómo Francisco de Mendoza prendió d Felipe Gutiérrez é

hizo que Nicolás de Heredia desistiese del cargo, y cómo,

después de muchos trabajos, halló el Río de la Plata y la

fortaleza de Sebastián Gaboto; y de los trabajos y necesi-

dades que todos las de la conquista pasaron y el remedio

que tuvieron para la hierba.

La manera como se supo la contrahierba.—Prende Francisco de Men-

doza á Felipe Gutiérrez.—Entrada de Nicolás de Heredia.—Mari-

López se ofrece de guardar los caciques.—Acometen los indios á

los cristianos.—Huida de los indios.—Prende Juan García á Nicolás

de Heredia.—Hace Francisco de Mendoza que Heredia desista el

cargo.—Provincia de indios y su manera y traje.—Pasa la gente

una ciénaga.—Pasan otra ciénaga con mucho trabajo.—Vuelve la

gente á pasar las ciénagas.—Susténtase la gente con huevos de

aves.—Otra provincia de indios y su manera.—Llegan al Río de la

Plata.—Ofrécese un soldado de tomar un indio para guía.—Toma

Soleto el indio.—Carta de Domingo de Irala.—Grandeza y manera

del río de la Plata.—Muerte de Francisco García.

Pasando adelante en su descubrimiento Felipe Gutié-"

rrez con Francisco de Mendoza (que Nicolás de Heredia

aun no era venido) dieron en la provincia de Soconcho,

donde hubieron hartas escaramuzas y refriegas con los

indios é hirieron á muchos con las flechas, y ellos toma-

ron algunos indios. Y teniendo ya noticia de la ponzoña

(después de la muerte de Mercado) tomaron un indio y

flecháronlo entrambos muslos y dijéronle que se fuese á

curar (porque saberlo de los indios de otra manera ya

26 HISTORIA DEL PERÚ

sabían que era excusado). El indio se fué así herido, que

apenas podía andar, y junto al pueblo cogió dos hierbas y

majólas en un mortero grande, y de la una bebió luego

el zumo, y con un cuchillo que ie dieron se dio una cu-

chillada en cada pierna do era la herida, y buscó la púa

de la flecha y sacóla, y puso en las heridas el zumo de la

otra hierba que había majado, y estuvo después con mucha

dieta y sanó prestamente. Desta manera, pues, se curaron

después todos y se supo de la contrahierba, puesto que

algunos murieron por no poder hallar las púas de las fle-

chas que son á manera de agujas.

Estando así en Soconcho Francisco de Mendoza y Fe-

lipe Gutiérrez, acordaron pasar adelante con la mitad de

la gente y que los demás se quedasen. Francisco de Men-

doza y Rui Sánchez de Hinojosa, andando descubriendo,

apercibieron muchos de sus amigos, y una madrugada, es-

tando Felipe Gutiérrez descuidado, dieron sobre él Fran-

cisco de Mendoza y sus amigos y prendiéronle, publican-

do que trataba de matar á Francisco de Mendoza y alzarse

con el campo; y, habiéndole tenido preso algunos días,

acordó Francisco de Mendoza echarle fuera de la tierra

nueva, y, para este efecto, envió á Juan García de Alma-

dén que le llevase con treinta arcabuceros.

En esta sazón, Nicolás de Heredia, maestre de campo

(que era el postrero y tenía menos gente) entró ade-

lante de la villa de la Plata con mucho trabajo, así por

necesidad de comida como por muchos rebatos y asal-

tos que de continuo los indios le daban desde Totora

(tierra del Perú) y por ser en tiempo de invierno y no

hallar rastro alguno de los compañeros, ni indios para

guías, aunque después con maña y ardid que tuvieron to-

maron guía que les guió á los Andes, donde hallaron in-

signias de los compañeros; y, siendo llegados, Heredia,

con parecer de veinticinco compañeros que llevaba, hizo

un poblezuelo de casas para aguardar allí el mandado de

los que iban delante, por no se volver atrás; donde estu-

vieron muchos días padeciendo harta necesidad y traba-

jo, y con peligro de los indios que de continuo les daban

asaltos al cuarto de la modorra.

HISTORIA DEL PERÚ

27

Juntáronse una noche más de seis mil indios para dar

sobre el pueblo, y, siendo sentidos por las velas y por el

grande alarido y sonido de bocinas que traían, dieron arma

y luego se apercibieron y pusieron todos á punto; y, tra-

tando sobre la defensa, acordaron de salir al campo secre-

tamente, entendiendo que los indios creerían que eran

huidos ó estaban descuidados, y que desta suerte se es-

parcirían por el pueblo, y que siendo desmandados les

podrían mejor ofender. Tenían en aquella sazón cuatro

caciques presos en collera, y, tratando sobre la guarda,

acordaron que se quedasen con ellos algún soldado, y un

Juan Gil se ofreció de guardarlos, lo cual entendiendo

Mari-López (amiga de Balboa, que después se casó con

ella) dijo que no era tiempo de tener los hombres las ma-

nos quedas, y que en tal sazón el oficio de guarda á ella

le pertenecía, y ofrecióse de guardarlos con su espada y

rodela, y que daría buena cuenta dellos; y así se quedó

en su guarda en la parte más segura del pueblo y toda la

gente salió luego secretamente á un llano. Venían en este

comedio los indios marchando con sus arcos y porras y

medias lanzas, y estando'ya cerca de los bohíos del pue-

blo, viendo que no había rumor ni resistencia alguna, con-

sideraron que ios cristianos habían huido, é invistieron

con el pueblo y comenzaron á robar las casas y desbara-

táronse. Luego salieron por las espaldas los de caballo y

algunos rodeleros tras ellos apellidando: Nuestra Señora,

Santiago y á ellos; y fué tanto el pavor y miedo que los

indios tomaron de asalto tan repentino, que estuvieron

como atónitos; y andando en la pelea, cayó uno del ca-

ballo abajo, y á otro se le quebraron las cinchas y cayó

también, y los caballos se metieron luego entre los indios

relinchando y rifando, que fué muy grande ayuda para

mejor y más prestos desbaratarlos y haber la victoria; y fué

de manera que luego huyeron sin alguna orden, matando

é hiriendo en ellos, y tomando presos algunos; y mirando

por los caciques presos, hallaron que la Mari-López los

había muy bien guardado con su espada y rodela. Venido

el día, fueron en procesión á una iglesia que tenían hecha,

y dieron gracias á Nuestro Señor por tan gran merced

28

HISTORIA DEL PERÚ

como los había hecho; y de allí adelante hicieron de ma-

dera atalayas altas alrededor del pueblo de donde vela-

ban y atalayaban la tierra.

Habiendo, pues, estado con este trabajo más de seis

meses, día de señor San Marcos, después de haber hecho

una procesión, divisaron de las atalayas gente de á caba-

llo, de que todos recibieron gran contento y alegría, que

eran los treinta de caballo que traían á Felipe Gutiérrez y

á Enciso, su amiga, para los echar de toda la tierra nueva

en término del Perú; y Juan García de Almadén (que era el

caudillo) dejando bien atrás y á buen recaudo el preso,

pasó adelante con la mayor parte de los compañeros; y

llegado al pueblo (de do le habían salido á recibir Here-

dia y los demás) se apeó y abrazó á Nicolás de Heredia,

diciéndole que venía por él para le llevar por Capitán y se-

ñor; y fuéronse así juntos al bohío do se había de apo-

sentar Juan García; y, siendo dentro, contó á Heredia las

cosas pasadas,%y por remate de todo le dijo que fuese

preso, poniéndole guardas, y quitó las armas á los que

tuvo por sospechosos de los que con él estaban. Luego

envió desde allí seis de caballo con Felipe Gutiérrez y su

amiga, para echarlos fuera de la tierra, y de allí se volvió

con Nicolás de Heredia á Francisco de Mendoza, el cual,

en llegando Heredia, hizo que desistiese del cargo de

Maestre de campo y le jurase por su Capitán, y otro

día siguiente nombró en su lugar á Hinojosa.

Luego dio órdenes de proseguir el descubrimiento, y

fueron adelante con mucho trabajo, y descubrieron una

gran provincia de tierra muy poblada, y á media legua

los pueblos unos de otros, de á ochocientas á mil casas

puestas por sus calles, cercados los pueblos de paliza-

das, y tienen hechos sus terreros donde tiran al arco.

Tienen sus corrales de ovejas como las del Perú; es gente

limpia y bien dispuesta; los bohíos que tienen son muy

grandes. Andan los hombres atados por la cintura con una

cuerda llena de plumas de avestruces muy largas que les

llegan á las rodillas, con que cubren sus vergüenzas, y

otras plumas también por encima de los hombros que lle-

gan hasta la cintura, de manera que todo su vestido es

HISTORIA DEL PERÚ

29

de pluma. Cúbrense con unas mantas en que traen cha-

quira de huesos de buitres. Las mujeres traen mantas de

la cintura abajo y otra por debajo de un brazo y un ñudo

al hombro, á manera de las mujeres de Egipto. La tierra

es muy llana, y, porque en tiempo de aguas crece el río,

porque no se aneguen, tienen hecho los pueblos una hoya

muy honda y grande, de anchor de un gran tiro de pie-

dra y el largo más de treinta leguas, de manera que cuan-

do crece el río vacia en esta hoya y al verano sécase y

entonces toman los indios de todos los pueblos mucho

pescado; y en secándose siembran maíz y se hace muy

alto y de mucha cosecha; de suerte que todo el largo des-

ta hoya es chacarra de todos los pueblos ribera del río;

tienen mucho maíz y algarroba y un fruto como azofeifas

de España. Tienen mucho pescado muy bueno, avestru-

ces, liebres muy grandes, perdices y otra mucha diversi-

dad de aves.

Salieron desta provincia á otra de mucha comida y

poblazón, de donde Francisco de Mendoza salió con la

mitad de la gente en demanda de otra provincia, de que

un indio muchacho le dio relación que era de mucha co-

mida y de muy buena gente, y prometió de se la mostrar;

y llevando este indio por guía pasó adelante guiándoles á

una grande ciénaga diciendo que por allí habían de pa-

sar. Francisco de Mendoza dio treinta soldados á Pero

López de Ayala y mandó que pasase la ciénaga, que sería

trecho de una legua, la cual pasaron á pie con harto tra-

bajo; luego caminaron otra legua de tierra seca y comen-

zaba otra ciénaga. El indio decía que entrasen por ella

que él les daría mucha comida y gente, pero López dio

luego aviso á Francisco de Mendoza diciendo que aquel

indio los debía llevar engañados á morir donde jamás sa-

liesen. Francisco de Mendoza vino luego con otros cua-

tro ó cinco, y, por su mandado, todos comenzaron á cami-

nar por la ciénaga, poco á poco, con mucho afán y traba-

jo, y siendo bien adentro les fué necesario descalzarse y

tomar los caballos de diestro, y desta suerte anduvieron

seis días con grandísimo molimiento. Acabadas de pasar

estas ciénagas dieron en unos salitrales por donde cami-

30

HISTORIA DEL PERÚ

naron otras ocho ó nueve leguas, y por la falta de agua y

comida yno hallar camino, y también porque el indio mos-

traba ir desatinado, se volvieron atrás á pasar la ciénaga,

muy fatigados, y los pies aplagados porque iban des-

calzos.

Pero Ortiz y Holguín dijeron que quien en tanta mi-

seria y trabajo les había puesto, no era posible ser in-

dio sino demonio; y diciéndolo arremetieron al indio y

le mataron en presencia de Francisco de Mendoza; y lle-

garon á pasar las ciénagas sin comida alguna, y un mes-

tizo halló una manada de huevos de aves de los cuales

comió algunos y llevó los demás, y fué Dios servido que

en tanta necesidad hallaron tanta multitud de huevos,

que cómodamente se sustentaron y pasaron las ciénagas

con este mantenimiento hasta juntarse con los demás que

atrás de las ciénagas habían quedado. Donde, llegados,

fué acordado que todos los que habían pasado las ciénagas

se fuesen á reformar al real, y que los que habían queda-

do fuesen á descubrir por otro cabo, los cuales pasaron

los Andes de Tucumán hasta el pie de la sierra, la cual

después pasaron, y hallaron que los indios de aquella co-

marca eran morenos, altos, con barbas como los cristia-

nos, y no tienen ponzoña en las flechas, y aquel río de

Soconcho se consume en unas ciénagas que no parece

más. Viven estos indios en cuevas debajo de tierra, de

suerte que, aunque lleguen á los pueblos, no se parecen

sino por los maizales.

Descubierta la provincia desta nueva gente barbuda,

volvieron á dar dello noticia al real y todos se apercibie-

ron y pasaron por el río en balsas de enea, y de la otra

parte pusieron el real en un sitio que después llamaron la

Mala Ventura, de donde Francisco de Mendoza salió con

la mitad de la gente y fué hasta la provincia que llaman

Talamochita, y de allí prosiguió adelante con mucha ne-

cesidad y trabajo hasta dar en el Río de la Plata y forta-

lezas de Sebastián Gaboto, y vieron por el río muchos

indios en canoas, y algunas dellas se llegaron á la orilla

saludando á los cristianos y preguntaron por el Capitán

en lengua española; Francisco de Mendoza se puso luego

HISTORIA DEL PERÚ

31

á la lengua del agua, y viéndole dijo un cacique ladino:

"Muy mozo eres para Capitán),, y volviendo el rostro á los

demás cristianos, les dijo: "¿Dónde vais, ladrones, desue-

lla-caras, malos cristianos, robando todo el mundo?, los

otros cristianos buenos son; vosotros sois bellacos; los

, otros decir á nosotros: Daca pescado, toma tijeras; daca

maíz, toma bonete; toca chaquira; y vosotros: Daca comi-

da, daca indios, daca todo, y toma lanzada; anda, anda,

para bellacos,,; y con estas palabras y otras tales los indios

les daban la vaya jabonándolos desta suerte.

Los conquistadores, con buenas palabras, los persua-

dían que saltasen en tierra, haciéndoles grandes salvas y

promesas, pero jamás lo quisieron hacer ni darles indios

para guía ni otra cosa alguna. Estaba entre la gente uno

que se decía Soleto y dijo que él se quería quedar allí

solo á la orilla del río, fingiendo que se moría de hambre,

y que todos se fuesen caminando, y detrás de una coste-

zuela se escondiesen dos hombres con los caballos mejo-

res de la compañía para socorrerle, y que, desta suerte,

él daría indio para guía. Lo cual así hicieron, y quedóse

Soleto á la orilla del río, y ya que la gente iba lejos,

comenzó á llamar los indios y decir que se moría de

hambre, que le diesen comer. Los indios, creyendo tener

presa, vinieron en las canoas, y por caudillo el indio

ladino, diciendo que le darían de comer. Soleto, fin-

giendo tener miedo dellos, se apartó un poco del río,

y llegados á él los indios, abrazóse fuertemente con el

indio ladino, y túvole de tal suerte asido, que jamás

se le pudieron quitar, é incontinenti llegaron luego á

más correr los de caballo blandiendo sus lanzas, y hu-

yeron los indios, quedándose Soleto con el indio entre

los brazos. Luego se ofreció si le soltaban, que les daría

una carta de otros cristianos, y diciendo que le solta-

rían, hizo que luego los indios fuesen por la carta y la

trujeron, que era de Domingo de Yrala, que la había de-

jado en la fortaleza metida en un calabozo, en que decla-

raba los puertos que por allí había, y de qué indios se

debían guardar y recatar, y de cuáles se podían confiar.

La cual dejó allí escrita para este efecto, que, si algunos

32

HISTORIA DEL PERÚ

cristianos aportasen, pudiesen ser avisados de la calidad

de la tierra y gente della. Mas, aunque recibieron la carta,

no por eso soltaron el indio, antes le llevaron por guía,

considerando que se podían ir á juntar con los cristianos

de aquel río, porque decía el indio ladino que estaban

casi en un paraje; mas por las grandes ciénagas y es-

teros, y por la mucha necesidad de comida, no pudieron

pasar.

Era este río (á lo que parecía) tan caudaloso, que juz-

gaban tener siete y aun ocho leguas de ancho; salían del

muchos brazos, y tiene el mejor y más sano pescado que

puede ser en el mundo, y lo fríen con la enjundia del

mismo pescado. Rogaron mucho los indios por el preso,

y dieron por su rescate mucha cantidad de pescado y

treinta ollas de manteca y una carga de maíz con que se

reformaron algún tanto. Fué tanta la necesidad de comi-

da, que tres negros y cinco yanaconas se fueron de pura

hambre con los indios, y los llevaron consigo en las ca-

noas: y con tanto, Francisco de Mendoza se volvió para

el real de sus compañeros, habiendo descubierto la for-

taleza de Sebastián Gaboto y Río de la Plata, donde tam-

bién le dieron relación del Brasil de los portugueses sin

haber hallado oro, ni plata, ni otro metal alguno.

Viniendo, pues, por su camino, sucedió cuestión entre

dos soldados que se desafiaron, el uno se decía Moreno

y el otro Francisco García de la Cueva, el cual dio una cu-

chillada por encima de la rodilla al Moreno que murió della

de ahí á cuatro días. Francisco de Mendoza disimuló con

Francisco García (que había sido muy su amigo y halládose

en la prisión de Felipe Gutiérrez) y á dos jornadas del real

le llamó y le mandó confesar; Francisco García se discul-

paba diciendo (como era verdad) que el Moreno le había

afrentado y desafiado. Mas no aprovechando disculpa al-

guna, y viendo Francisco García la determinada voluntad

que Francisco de Mendoza tenía en le matar, dijo: "Pues

yo os digo, señor Francisco de Mendoza, que no os lle-

varé mucha ventaja en esta partida, porque, en compara-

ción, será tan poca que aun no será carrera de caballo,,.

Notaron y consideraron algunos estas palabras y á Fran-

HISTORIA DEL PERÚ

33

cisco García le fué dado garrote. Francisco de Mendoza

fué siguiendo su camino, que estaba ya cerca de la com-

pañía; al cual dejaremos agora por contar lo que sucedió

en este tiempo á los que se quedaron en el real y sitio de

la Mala Ventara.

TOMO II.

CAPÍTULO V

De los trabajos que los del Real pasaban y de los asaltos

que les daban de noche los indios, y la orden que tenían

para buscar comida y cómo se mudaron d otro sitio.

Indios que habitan en cuevas y tienen barbas.—Astucia de los indios.—

Vienen indios con gran pujanza sobre los cristianos.—Pelean los

cristianos por salvar la vida.—Dan gracias á Dios los cristianos por

la victoria.

Partido que fué Francisco de Mendoza, quedó Hinojo-

sa en el real con la demás gente, y, puesto que él era

Maestro de campo, todos respetaban á Nicolás de Heredia,

el cual é Hinojosa se llevaban mal y teníase cuenta con

ello. Era esta tierra do estaban frígidísima, por lo cual los

indios habitan en cuevas, cuyas entradas y puerta son

chicas y están muy calientes, y ellos crían barba. Ido,

pues, Francisco de Mendoza, deste asiento, dieron entre sí

orden que la mitad de la gente fuese á ranchear y buscar

comida y los demás quedasen en guarda del real. Los in-

dios tenían astucia que, cuando se dividían, daban de no-

che en los unos ó en los otros; y desta manera les dieron

en los primeros cincuenta días cuatro ó cinco asaltos, vi-

niendo siempre de noche puestos en escuadrón, trayendo

lumbre muy escondida. Habiendo ido una vez, entre otras,

á buscar comida, Diego Alvarez y Lope Rejas, Guillada y

Pero González de Prado con otros compañeros, vinieron

al cuarto de la modorra gran multitud de indios á la ran-

chería donde estaban, y, como siempre se velaban, toca-

36

HISTORIA DEL PERÚ

ron arma Pero González de Prado y otro compañero. Lue-

go hicieron su escuadrónenlo y se defendieron valerosa-

mente y los desbarataron, puesto que los indios pelearon

bien, y les mataron un compañero y seis caballos, que los

dos eran de Diego Alvarez, y algunos soldados quedaron

heridos; y, si no fuera gente tan escogida, todos murieran

sin falta. Sintieron mucho esta pérdida en el real, por-

que, á la verdad, en tanto tenían faltarles un caballo como

un español.

Salieron otra vez después desto á buscar comida, y

fué por caudillo Lope Sánchez de Valenzuela, y, trayén-

dola, dieron de noche sobre él los indios. Lope Sán-

chez se puso luego en orden, y con veinte de caballo

no les pudo romper su escuadrón, y los indios flecha-

ron casi todos los caballos é hirieron algunos españoles,

los cuales se retrajeron trayendo alguna comida consigo;

de que asimismo se recibió descontento y tristeza en el

Real, y también por no saber cosa alguna de Francisco

de Mendoza; sentían mucho que los indios estuviesen

gozosos destos dos sucesos, y estaban dello corridos.

Por lo cual Gabriel Bermúdez, con Guillada y otros treinta

compañeros, se partieron luego por la parte donde había

sucedido lo de Lope Sánchez, y dieron con tanto ánimo

y tan de rebato sobre los indios, que, sin haber contraste

ni desmán, trajeron mucha comida. Lo cual, sintiendo

mucho los indios, de ahí á dos días, se juntó toda la tie-

rra y vinieron en orden de guerra con gran pujanza de

gente; traían unos collares de cuero alrededor del pes-

cuezo y las caras pintadas la mitad negra y la mitad co-

loradas; y vinieron á dar de rebato por cuatro partes del

Real, repartidos en cuatro cuadrillas; y la que primero

acometió, fué donde velaban Diego Alonso, P.ero Gonzá-

lez, Francisco Gallego y Herrera, poniendo fuego en al-

gunos bohíos, y dieron por aquella parte con gran ímpe-

tu y furia de flechazos, y mataron el caballo á Pero Gon-

zález. Luego acudieron á esta banda Francisco Rengifo,

Pero Barba, Miranda y otros buenos soldados, y rebotaron

de aquella parte los indios y los desbarataron. Vinieron

los demás indios por las otras tres partes, donde acudie-

HISTORIA DEL PERÚ

37

ron valerosamenteNicolás de Heredia, Diego Alvarez, Gui-

llada, Pantoja, Lope Rejas, Bermúdez y los demás, y cada

uno peleaba en esta coyuntura por salvar la vida.

Habiendo, pues, peleado gran rato, fueron muertos y

heridos gran parte de los indios y huyeron, quedando he-

ridos algunos cristianos, los cuales dieron gracias á Dios

por la victoria. Habíanles muerto y herido en este sitio

más de cuarenta caballos y muértoles dos hombres, y es-

taban heridos quince; y habiéndoles así sucedido tan mal

determinaron pasarse á otra parte, y luego partieron de allí

y descubrieron la provincia de los Chinchagones, donde

asentaron real y su ranchería; y trayendo mucha rama y

madera hicieron una cerca á la redonda, dejando sola-

mente cuatro puertas. Hecha la cerca hicieron también

sus bohíos y dejaron dos calles en cruz que saliese á cada

puerta la calle, y los ranchos de los yanaconas y negros

arrimados á la palizada. Estando el real asentado comen-

zaron por su orden ir los unos á buscar comida y los otros

quedar en guarda. También hubo aquí algunos rebatos y

escaramuzas de los indios, empero siempre se traía co-

mida y se tomaban indios, los cuales daban nuevas de los

cristianos de Chile y de las grandes provincias de Ungu-

lo y de otras que estaban en las cordilleras de las sierras.

Estaba la mayor parte con determinación de ir en deman-

dare Chile y al río de Arauco, porque en tres años que

andaban descubriendo no habían hallado oro ni plata, ni

otro metal alguno; y, preguntando á los indios por oro,

apuntaban hacia las sierras, y estaban en este paraje ade-

lante de Chile.

CAPÍTULO VI

Cómo los del real tuvieron grandes refriegas y asaltos de

los indios, y cómo vino al real Francisco de Mendoza y dio

relación de lo que había descubierto y de las revoluciones

que hubo entre los principales y toda la gente, y cómo Die-

go Alvarez y otros mataron á Francisco de Mendoza y á

Hinojosa, y Nicolás de Heredia fué obedeci[d]o de todos

por Gobernador y Capitán general.

Arremeten los indios al real de los cristianos por cuatro partes.—Son

los indios como las ovejas que huyendo unos huyen todos.—Viene

Francisco de Mendoza y da relación de lo que ha descubierto.—

Enójase Francisco de Mendoza con Heredia.—Trata Heredia de

matar á Francisco de Mendoza y á Hinojosa.—Muerte de Francisco

de Mendoza.—Muerte de Hinojosa.—Nómbrase Nicolás de Heredia

Gobernador y Capitán general.

Sabido por los indios que el Pucará ó fuerte de los

cristianos tenía cuatro puertas, acordaron de acometer por

todas ellas; y, sabiendo ya que la mitad dellos eran idos á

buscar comida, vinieron con gran pujanza al cuarto de la

modorra. Las dos puertas del pueblo estaban cerradas y

las otras dos se velaban á pie, de dos en dos, porque no

había caballos. La una puerta velaba Barbosa con otro

compañero, y la otra Pero Barba y Mansilla. Arremetien-

do, pues, los indios, á todas cuatro puertas abrieron las

dos que estaban cerradas, quitando la fajina y ramada que

tenían. En las otras dos hallaron resistencia de espadas y

40 HISTORIA DEL PERÚ

rodelas de hasta veintiséis hombres que estaban para pe-

lear. A la puerta que más apretaron fué donde estaba Bar-

bosa, al cual hirieron de dos flechazos. Luego acudieron

Diego Alvarez, Pero González, Espinosa, Juan Vázquez,

Pero Barba, Hinojosa, Heredia y los demás, y defendieron

valientemente las puertas y no había en todos más de

cinco de caballo.

Estando esta pelea entraron por el fuerte los dos es-

cuadrones ó cuadrillas de indios abriendo las dos puer-

tas que estaban cerradas, y como no había más de la

ronda y las cuatro calles, entrábanse por los ranchos ro-

bando la ropa y andaban discurriendo por las calles; y dos

mujeres que había, que la una se llamaba Leonor de Guz-

mán, mujer de Hernando Carmona, y la otra Mari López,

amiga del Balboa, viendo los indios dentro del fuerte to-

maron sus espadas y rodelas y varonilmente se fueron á

favorecer á las puertas. Los indios que andaban por el

pueblo viendo la gran grita y alarido que había á las puer-

tas, quisieron acudir á ellas. Los de caballo andaban por

las calles á lanzadas tras ellos. Los indios arremetieron

huyendo y corriendo á las puertas y siempre los de caba-

llo tras ellos; y, viéndolos venir desta suerte, los indios

que estaban peleando á las puertas, creyendo que venían

huyendo, huyeron ellos también inconsideradamente, por-

que en tal caso, casi todos los indios son de tal calidad,

que huyendo uno le siguen todos, así como hacen las

ovejas, que siempre siguen á la primera. De manera que

ellos mismos se vencieron, quedando muertos allí muchos

dellos; y como la tierra es muy fría y estos indios barbu-

dos son grandes y andan desnudos, tienen muy gruesos

los cueros de las carnes, que son como armas defensivas.

Habida esta victoria, dieron muchas gracias á Dios, y, ve-

nido el día, hicieron procesión, teniendo gran pena por

los compañeros que eran idos á correr, los cuales vinie-

ron de ahí á dos días con alguna comida, y de los indios

que traían presos supieron que venía muy cerca Francis-

co de Mendoza con su compañía, que había más de ocho

meses que se habían apartado y dividido.

Venido Francisco de Mendoza, les dio luego particu-

HISTORIA DEL PERÚ

41

lamiente relación de lo que había descubierto, mostrán-

doles la carta que había dejado Domingo de Irala, y dio

muestra tener intento de ir adonde estaba Domingo de

Irala y no á Chile, que se tenía por cierto estar cerca.

Hubo sobre esto gran murmuración y descontento, dicien-

do que había tres años que padecían conquistando y que

los indios les habían muerto más de cuarenta compañeros

y de cien caballos, estando al terrero de la muerte los

que se quedaban en guarda del real, sin esperanza de te-

ner socorro de alguna parte, y sin jamás haber podido ha-

ber oro ni plata ni otro metal, y así parecía á muchos que

sería mejor ir hacia la mar sobre Chile y por Ungulo. De-

cían asimismo que Francisco de Mendoza andaba huyen-

do. Traían también á la memoria la muerte de Francisco

García de la Cueva que había justiciado sin culpa.

Estando las cosas en este estado,vinieron á tratarFran-.

cisco de Mendoza y Nicolás de Heredia sobre lo que se

debía hacer, y díjole Heredia que le parecía que sería bien

salir á dar noticia del descubrimiento del Río de la Plata y

de lo demás al Gobernador del Perú; y ofrecióse de ir á

este negocio y hacer gente y volver con el socorro, dicien-

do asimismo que si esto no le placía se fuese en busca de

Ungulo y que saldrían á dar por encima de Chile á la tie-

rra que descubrieron los que fueron en el navio del estre-

cho, pues tenían allí cuatro buenos soldados de los que

entonces en él habían ido, que los dos dellos eran Guz-

mán y Francisco Manuel. Sobre estas pláticas se enojó

Francisco de Mendoza, y dijo á Heredia: "No me hable en

eso, señor Capitán, que juro á Dios que le ahorque,,. Sin-

tiólo mucho Nicolás de Heredia, mas disimuló lo mejor

que pudo por la necesidad del tiempo, y respondió á Fran-

cisco de Mendoza blandamente, diciendo que se templase

é hiciese lo que mejor le pareciese. En este tiempo al-

gunas personas hablaron á Francisco de Mendoza y le ro-

garon, que pues Diego Alvarez estaba en pie y era perso-

na de autoridad, que le diese un caballo de los que ha-

bían quedado de Francisco García y que no mirase á que

había sido amigo de Felipe Gutiérrez; á esto Francisco de

Mendoza respondió con alguna manera de desdén, y dijo:

42

HISTORIA DEL PERÚ

"Diego Alvarez duerme mucho,,. Lo cual fué dicho á Die-

go Alvarez y lo sintió demasiado, y lo tomó por injuria,

y luego comenzó á tratar con sus amigos la venganza, y

de matar á Francisco de Mendoza y á Rui Sánchez de Hi-

nojosa.

De ahí á tres días que esto hubo pasado, estando en

el asiento de los Comechingones, Diego Alvarez se con-

juró con Pero Barba y Bernardino de Balboa y otras per-

sonas amigos suyos (hombres de hecho) para matar á

Francisco de Mendoza y á Hinojosa. Y la noche de Nues-

tra Señora de Septiembre, estando ya de acuerdo, se jun-

taron secretamente hasta veinte de los conjurados en un

bohío, de donde á la media noche salieron repartidos en

dos cuadrillas. Diego Alvarez, natural del Almendral, sa-

lió con cuatro ó cinco compañeros para donde estaba

Francisco de Mendoza, y los demás fueron á matar á Hi-

nojosa, y estaba cerca el uno del otro. Entró, pues, Die-

go Alvarez con sus compañeros en el bohío de Francisco

de Mendoza, quedando de fuera algunos para asegurar

su hecho, y sintiendo Mendoza entrar gente, dijo: "¿Quién

anda ahí? ¿Quién está ahi?n Luego Diego Alvarez respon-

dió: "¿Quién ha de ser? Diego Alvarez que no duerme

cuando es menester.,. Y diciendo esto arremetió á la cama

do estaba echado y le mató á puñaladas. En esta sazón

entraron también los demás á Hinojosa, el cual no los

sintió hasta que le comenzaron á dar de puñaladas, y en-

tonces procuraba defenderse, llamando á voces á Francis-

co de Mendoza, mas luego fué muerto, y Balboa salió

herido en una mano. Muerto, pues, Francisco de Mendo-

za, como Diego Alvarez era hombre de buenas fuerzas.

asió del pescuezo á Francisco de Mendoza, y llevóle

arrastrando al bohío del capitán Heredia (porque Heredia

no se halló en este hecho, puesto que bien lo sintió y en-

tendió) y díjole: "Señor Capitán, veis aquí quién os tenía

opreso á vos y á todos estos caballeros, y no hemos te-

nido poca pena que éste nos haya así sujetado y preso á

Felipe Gutiérrez,,. Asimismo trujeron allí muerto á Hino-

josa. Luego salió Nicolás de Heredia de su bohío, y man-

dó dar un pregón, que decía: "Manda el señor Gobernador

HISTORIA DEL PERÚ

43

y Capitán general Nicolás de Heredia, por su Magestad,

que ninguna persona sea osado salir de su rancho y apo-

sento, so pena de muerte,,. Lo cual habiendo hecho, man-

dó llamar los principales, y venido el día, hizo pregonar

la provisión del licenciado Vaca de Castro, y luego fué obe-

decido por Gobernador y Capitán general. Nombró á

Diego Alvarez por su Maestre de campo, y dello pesó á

muchos que lo pretendían, especialmente á Pero López

de Ayala. Esto hecho, luego se hizo proceso contra Fran-

cisco de Mendoza é Hinojosa, haciéndoles cargo de la

prisión y destierro del capitán Felipe Gutiérrez, y prisión

y opresión de Nicolás de Heredia y de otras cosas, sobre

que-luego fueron sentenciados á muerte y se pregonó la

sentencia. Después de lo cual, fueron enterrados honra-

damente.

CAPÍTULO VII

Cómo después de muertos Francisco de Mendoza é Hinojosa,

salió la gente del asiento de los Comechingones, y Heredia

envió á descubrir á Diego Alvarez, y descubrieron indios

que traían coronas como frailes y comían carne humana,

y de las revueltas que hubo entre toda la gente, sobre que

Pero López de Ayala y otros se apartaron y fueron la vía

del Perú, donde se encontraron con Lope de Mendoza, el

cual los hizo d todos amigos, y á él alzaron por Capitán

general contra Gonzalo Pizarro.

Indios que comen carne humana y traen coronas como frailes.—Río que

lleva el agua colorada —Dan los de la entrada en tierras del Perú.—

Hallan un español que les da nuevas de los sucesos del Perú.—To-

man los de la entrada la voz de su Magestad.—Apártase de la com-

pañía la mitad de la gente.—Encuétrase Gabriel Bermúdez con

Lope de Mendoza y sus compañeros.—Reconcílianse en amistad los

de la entrada.—Eligen todos por General contra Pizarro á Lope de

Mendoza.—Valor y fama de los soldados que hicieron esta entrada.

Después que fueron muertos Francisco de Mendoza y

Rui Sánchez de Hinojosa, luego se comenzó á tratar lo que

debrían hacer. Sobre esto hubo contrarios y diversos pa-

receres, y resumiéronse en que volviesen á las provincias

de Soconcho, y se procurase poblar en Tucumán ó en otra

parte; y que el capitán Heredia fuese ó enviase á dar re-

lación de la conquista al Gobernador del Perú y le pidie-

se socorro de gente y trajesen á Felipe Gutiérrez y mu-

chos caballos; y con esta deliberación, de ahí á veinte

46

HISTORIA DEL PERÚ

días, salieron del asiento de los Comechingones y pasa-

ron las provincias de los indios barbudos y de la sierra; y,

dando en lo llano, tomaron los maizales en berza, no pu-

diendo hallar otro mantenimiento alguno; y por estar

todos los pueblos despoblados, padecieron grandísima

necesidad, tanto que no comían sino tallos de maíz coci-

dos, que es cosa muy amarga; tomaron aquí algunos in-

dios, que les dieron relación de otra provincia hacia un

río que llevaba el agua colorada, y decían que los indios

de aquella provincia les hacían guerra, y que los que lle-

vaban cautivos los comían. Lo cual oído por el capitán

Nicolás de Heredia, proveyó que Diego Alvarez, Pero

González de Prado, Diego Maldonado, Baltasar Hernán-

dez y Diego Hernández y otras personas fuesen á recono-

cer aquella provincia; y, después que fueron idos, algunos

insistieron en que el capitán Heredia fuese por gente ó

que saliesen con brevedad, sobre lo cual Diego Gallego

(que era tesorero de su Magestad) y otros, requirieron en

forma al capitán Heredia.

Estando, pues, en este estado los negocios, y con mu-

cha necesidad de comida, llegó Diego Alvarez con sus

compañeros, y dio nueva que habían hallado una provin-

cia de indios que comían carne humana y traían coronas

en la cabezas como frailes; y con esto cesó la salida por

entonces, y, buscando comida, dieron en unos pueblos de

muchas chácarras en sazón, de que todos se alegraron mu-

cho, y se reformó la gente. Luego se proveyó de ir á des-

cubrir adelante, y hallaron indios que entendían la lengua

del Cuzco, de que los yanaconas y negros se regocijaron,

y vieron un río que llevaba el agua muy colorada, como

los indios lo habían dicho; tomáronse en este río muchos

pescados y barbos muy grandes; andando en estas ran-

cherías, se vinieron á hallar cerca de los Andes, y hubo

entre todos muchas diferencias, unos decían que se estu-

viesen, otros que saliesen, de suerte que todos estuvieron

puestos en bandos para matarse, y estuvieron puestos en

arma á punto para romper. Lo cual Nicolás de Heredia

apaciguó con buenas palabras, sin muerte de nadie ni es-

cándalo alguno.

HISTORIA DEL PEEÚ

47

De ahí á pocos días, se dio orden, que pues estaban

cerca de los Andes, que saliesen y se reformasen, y que

Heredia fuese á dar noticia del descubrimiento. Así fueron

adelante, y, abriendo camino por las montañas, dieron en

tierra del Perú, saliendo cien leguas más abajo de por do

habían entrado la cordillera de las sierras abajo, donde

tornó á haber otra revolución entre la gente. El capitán

Heredia hizo dar garrote á un Sayavedra, mancebo, que

había sido grande amigo de Francisco de Mendoza. Fué

esto en la provincia de Quiriquire, y poco adelante topa-

ron un español llamado Amador que les dio nuevas del

Perú y de la venida y suceso de Blasco Núñez Vela y de

Diego Centeno y Lope de Mendoza; lo cual entendido^

todos juntos determinaron tomar la voz de su Magestad,

especialmente Nicolás de Heredia que siempre había sido

de la parcialidad de don Diego de Almagro. Luego man-

dó poner toda la gente por la costa de la mar diciendo

que allí estarían fuertes, y que, entendiendo después quién

sustentaba la voz del Rey, se juntarían con él. Muchos

hubo que no fueron deste parecer, sino que luego fuesen

en demanda de Diego Centeno y de Lope de Mendoza, y

decían que no era justo estarse quedos. Finalmente, mu-

chos dellos se amotinaron diciendo que Nicolás de Here-

dia ya no era su Capitán; y madrugando al cuarto del alba

hasta treinta soldados cercaron los toldos do estaban Ni-

colás de Heredia y Diego Alvarez, y dijeron: "Señor ca-

pitán Heredia, nosotros nos queremos ir muy de priesa á

buscar el servicio de su Magestad; Vm. no nos estorbe ni

vaya á la mano á los que se quisieren ir, pues Vm. ya no

es nuestro Capitán ni justicia, sino el Gobernador del

Perú,,. Y desta manera se apartaron y salieron la mitad de

la gente, y más con todo su servicio que serían más de

setenta, llevando por su caudillo á Pero López de Ayala.

Los demás que quedaron se ofrecieron servir á Heredia y

obedecerle como su Capitán y justicia. Luego se pusieron

á punto en orden de guerra y enviaron sus corredores de-

lante, y los que primero iban caminaban asimismo con

recato dejando atrás sus corredores; de manera que todos

iban con mucho cuidado.

48

HISTORIA DEL PERÚ

Caminando, pues, los unos y los otros, desta suerte,

iba delante Gabriel Bermúdez, por corredor de los alte-

rados, y así encontró con Lope de Mendoza y Alonso Ca-

margo, vecinos de los Charcas, y con los demás sus com-

pañeros, y, dándoles relación de lo sucedido, se volvió con

Lope de Mendoza á Pero López y su compañía, y habién-

dose dado noticia los unos á los otros de sus acaecimien-

tos y sucesos, Lope de Mendoza envió mensajero á Ni-

colás de Heredia, que luego vino y se confederaron en

uno, y por medio de Lope de Mendoza se reconciliaron

en buena amistad todos los de la entrada; y los alterados

pidieron perdón á Nicolás de Heredia, el cual dijo á to-

dos que él era soldado de Lope de Mendoza y que todos

le tuviesen en tal posesión. Luego fué Lope de Mendo-

za, de común consentimiento, elegido por Capitán gene-

ral, en nombre de su Magestad, contra Gonzalo Pizarro;

y comenzaron á tratar y dar orden para seguir la guerra.

Desta suerte, pues, se quedó Lope de Mendoza con los

del Río de la Plata, que serían ciento y cincuenta hom-

bres de la mejor gente y más famosa de todas las Indias,

soldados de gran pundonor y valientes, y ha durado hasta

hoy día tanto su fama en el Perú, que, puesto que ha habi-

do otras muchas conquistas y entradas, con ninguna se

tiene la cuenta que con ésta y con los que á ella fueron, y

por excelencia, hablando generalmente de entradas, se

entiende ser ésta, y lo mismo se entiende por los que á ella

fueron; y así como por blasón, á algunos destos se les ha

dado y puesto renombre de la entrada, como decir Diego

Pérez de la Entrada, Pero Hernández de la Entrada, y se-

mejantemente á otros. El cual sobrenombre á ningunos

otros descubridores se ha dado hasta agora.

CAPÍTULO VIII

Cómo Lope de Mendoza se fué con la gente de la entrada á

Pocona, y Carvajal fué para allá, y de la pelea que hubo

de noche, y cómo Lope de Mendoza y su gente tomaron la

ropa, oro y plata que Carvajal había dejado siete leguas

antes de Pocona, y con la presa se fueron retrayendo.

'Quiere Lope de Mendoza repartir cincuenta mil pesos entre la gente y

nadie quiere paga.—Es costumbre de los pretensores del Perú no

recibir paga ni socorro.—Tiene nueva Carvajal de Lope de Mendo-

za y su gente y marcha para ellos.—Mensaje de Francisco de

Carvajal á Lope de Mendoza.—La respuesta que da Lope de Men-

doza.—Sitia su campo Carvajal.—Sitio de Lope de Mendoza.—Mar-

cha Lope de Mendoza contra Carvajal.—Con mañoso ardid engaña

Carvajal á Lope de Mendoza y su gente.—Otro ardid forjado por

Francisco de Carvajal.—Sale herido Carvajal y disimula.—Toma

Lope de Mendoza la ropa y fardaje de Carvajal.

Siendo, pues, Lope de Mendoza, elegido por Capitán

general, alzó de nuevo su bandera, que traía en nombre

de su Magestad, y dio las gracias con mucho comedi-

miento á todos los que le habían elegido y dado el cargo

para el castigo de Gonzalo Pizarro, diciendo cuan bien

cumplían con lo que eran obligados al servicio de Dios y

del Rey, encareciéndoles mucho el servicio que en ello á

su Magestad hacían, ofreciendo y prometiéndoles que

por ello el Rey los gratificaría y daría lo mejor de la tie-

rra. Luego fueron guiando al valle de Cotabamba, de

TOMO II. 4

50

HISTORIA DEL PERÚ

donde Lope de Mendoza envió sus corredores delante, y

fueron á Pocona (cuarenta leguas de la villa de Plata) y

de Pocona envió algunas personas á lugares ocultos,,

donde él y Diego Centeno habían enterrado más de cin-

cuenta mil pesos en barras de plata, y, siendo traídas,

queriéndolas repartir entre la gente, casi no hubo quien

quisiese recibir cosa alguna, por ser (como eran) los de la

entrada, personas de mucho punto y pretensión, y traían

buenas armas y caballo, y en el Perú, siempre ha sido cos-

tumbre, personas semejantes, rehusar de recibir paga ó

socorro pudiéndolo excusar, á causa de pretender después

grande gratificación de sus servicios.

Venía, en esta sazón, Francisco de Carvajal, de Are-

quipa, para la villa de Plata (según está ya referido) á

quien ya Gonzalo Pizarro había escrito el próspero suceso

de la batalla de Quito y muerte del Virrey; y, en llegando

á Paria, tuvo nueva cómo Lope de Mendoza revolvía con

la gente de la entrada; y también supo cómo no habían

salido conformes sino divididos y en cuadrillas; lo cual

considerando Carvajal, comenzó de apresurar su jornada y

caminar para ellos, para acometerlos antes que se confir-

masen en amistad, llevando consigo hasta trescientos hom-

bres, y así llegó cerca de Pocona(ochenta leguas de Paria)

donde supo su venida al tiempo que Lope de Mendoza

rogaba con la plata á los soldados. Luego vinieron Ios-

corredores de Lope de Mendoza tocando arma, diciendo

que Francisco de Carvajal venía por una quebrada abajo

con banderas tendidas, por lo cual se apercibieron todos.

y se allegaron ochenta de caballo, y de los bohíos de los

indios habían sacado varas largas y hecho dellas algu-

nas lanzas y veinte picas para veinte soldados de pie, y

ataron dagas á las puntas de las picas, y dieciocho arca-

buceros con arcabuces mal encabalgados, y poca pólvora

y munición, y dos ballestas y diez negros.

Estando, pues, en esto, envió Carvajal mensaje con un

clérigo que llamaban el Padre Márquez á Lope de Men-

doza, diciendo que bien sabía ser tanto el valor de las

personas que con él se habían juntado, que, aunque no

fueran sino sólo diez, entendía que le habían de esperar

HISTORIA DEL PERÚ

51

y dar batalla; mas que le rogaba mucho quisiese hacer lo

que todo el reino había hecho y obedeciese á Gonzalo

Pizarro por Gobernador, el cual le gratificaría grandemen-

te por ello y daría de comer á todos los que con él venían.

La respuesta fué, que la pretensión de Gonzalo Pizarro era

contra el servicio de Dios y de su Magestad, y que, pues

era así, Francisco de Carvajal se pasase á ellos, y que, no

solamente le serían perdonadas las cosas pasadas, empe-

ro se le harían grandes mercedes por su Magestad; lo cual

siendo referido á Francisco de Carvajal vino á sitiar su real

á vista(de Pocona en un grande y espacioso llano y puso

allí sus toldos. Luego ordenó su gente y, puesta bien en

orden y á punto de guerra, fué marchando hacia Pocona

dando muestra de quererlos acometer en su fuerte, que

era una plaza cercada de altas paredes, y sus portillos en

convenientes lugares, y por de fuera muchas casas, sitio

bien acomodado para defensa.

Viniendo, pues, desta suerte Francisco de Carvajal,

Lope de Mendoza entró en acuerdo con los principales y

personas de consejo y acordaron que, porque Francisco de

Carvajal estaba en aquel llano donde la gente de caballo

(de que más era su pujanza) podría mejor pelear, que salie-

sen al campo y les diesen allí la batalla, teniendo también

atención á que Carvajal no les cercase en aquella plaza

como no pudiesen salir á buscar comida. Asimismo los

movió determinarse en esto que en aquel gran sitio ten-

drían lugar de se pasar mejor los que quisiesen reducir al

servicio del Rey, y, con esta determinación, dejando todo

su fardaje en el pueblo, y al rincón de un bohío más de

veinticinco mil castellanos, se pusieron luego á punto y

salieron de su fuerte marchando derechos al real de Carva-

jal, el cual, viéndolos venir, luego se imaginó que había

engañado á su enemigo con el ardid de haber tomado

aquel sitio teniendo designio á lo que sucedió, y continuó

su camino marchando los unos para los otros. Mas al

tiempo que Lope de Mendoza era ya más cerca, Francisco

de Carvajal le dio lado y tomó la delantera para entrarse

en Bocona sin que se le pudiese poner estorbo, escarne-

ciendo y mofando de sus contrarios por haber dejado y

52

HISTORIA DEL PERÚ

perdido su fuerte; y, á la verdad, este hecho fué juzgado

por uno de los principales y en que más Francisco de Car-

vajal se mostró sagaz y prudente Capitán.

Tomado, pues, el fuerte, teniendo ya la gente noticia

que los contrarios habían dejado allí su ropa, luego se

esparcieron y dividieron por diversas partes del pueblo

de tal manera, que, si Lope de Mendoza revolviera en-

tonces sobre ellos, fácilmente los desbaratara. Salió en

esta sazón Carvajal á la plaza, y viendo la gente divi-

dida y desmandada, tocó luego un arma falsa y pro-

curó con gran diligencia ayuntarla. En este ínterin ha-

bíase alojado Lope de Mendoza en el real y toldos

de los contrarios, trocando los sitios el uno con el otro.

También se envió en este tiempo á Lope de Mendoza

un indio ladino con una carta, por algunos de los de

Carvajal (al parecer) en que le avisaban que aquella no-

che viniesen á dar en el fuerte, y que matarían á Carvajal

y se le pasaría casi toda la gente; y, por lo que adelante

sucedió, se tuvo entendido ser esto otro segundo mañoso

ardid, forjado por Francisco de Carvajal para del todo

engañar y desbaratar á Lope de Mendoza; el cual, dando

crédito á la carta, puesto que estaba determinado retraer-

se de allí (y que fuera cosa acertada) se apercibió para

les dar asalto aquella noche después de puesta la luna.

Carvajal, como debió ser el autor de la carta, puso

gran recado en su fuerte, encomendando la primera puer-

ta de la plaza al capitán Alonso de Mendoza, y las otras

dos puertas, una al capitán Castañeda y otra á la compa-

ñía del capitán Morales. Lope de Mendoza y los suyos, al

tiempo que la luna se quería poner, comenzaron á cami-

nar para el fuerte, y, siendo ya bien cerca, hicieron devo-

tamente su oración y fueron derechos para la plaza. Los

treinta y ocho de pie, arremetieron con gran denuedo á la

puerta que guardaba Alonso de Mendoza y Pedro de So-

ria y otros, y pelearon tan valerosamente que se la ga-

naron. Fué Lope de Mendoza á la puerta que guardaba

Castañeda, y acometió con grande ánimo con los ochenta

de caballo; y como los arcabuceros de Carvajal dispara-

ban y ondeaban las mechas, los caballos se espantaban y

HISTORIA DEL PERÚ

53

atemorizaban y no querían llegar; de suerte que los de

Carvajal defendieron desta manera aquella puerta, y ma-

taron de un arcabuzazo á Pero López Ayala é hirieron

otros, algunos de los de la entrada. También fué herido

de un arcabuzazo Francisco de Carvajal en un muslo, que

se le pasó sin tocarle en el hueso; y, dado que fué grande

la herida y que salió mucha sangre, nunca dejó de andar

y proveer lo que convenía; y aunque entendió haber sido

de los suyos el que le hirió, lo disimuló, dando á enten-

der que los enemigos le habían herido; pareciéndole que

no convenía á su reputación entenderse que los suyos se

le atrevían.

Visto, pues, por Lope de Mendoza, la resistencia que

había y que los caballos no querían pasar adelante,

ni aun ellos divisaban la puerta, y que ninguno de

los de Carvajal se les pasaba, túvose por engañado y vol-

vióse al sitio do había salido. Los de pie, que habían ga-

nado la otra puerta y apoderádose della, viendo cargar

sobre sí toda la gente, procuraron de retraerse con harto

peligro y riesgo de sus vidas. Había sabido Lope de Men-

doza, de un soldado que había tomado los corredores, que

Francisco de Carvajal había dejado todo el fardaje siete

leguas de Pocona, por lo cual dijo á su gente, que pues

Carvajal y los suyos los habían saqueado y robado sus

ropas, que ellos hiciesen lo mismo de las suyas, y que

serían iguales, y habrían mucha pólvora y municiones que

con la ropa habían dejado por venir á la ligera; y puestos

en orden para lo poner en efecto, dieron de rebato en el

fardaje sin ser sentidos, y hallaron mucha ropa, comida

y pólvora, y aun también cantidad de oro y plata de

Francisco de Carvajal y de otros. Lo cual habiendo

hecho, considerando Lope de Mendoza no ser parte para

resistir á Carvajal por haber perdido parte de la gente la

noche de la refriega, prosiguió su camino á gran furia; y,

por no le poder seguir, se le quedaron muchos en el ca-

mino por falta de las cabalgaduras, que, como venían de

la entrada, venían faltos de herraje. ,

CAPÍTULO IX

Cómo Francisco de Carvajal mandó malar dos soldados

de los de la entrada, y fué siguiendo d Lope de Mendoza y

su gente y los alcanzó y desbarató, y fueron muertos Lope

de Mendoza y Nicolás Heredia y otras personas.

Dicho de Francisco de Carvajal—Llega Carvajal y no es sentido.—Valor

y constancia de Lope de Mendoza—Dase garrote á Lope de Men-

doza y á Nicolás de Heredia.—Dase garrote á otros seis.—Dicho

de Carvajal.—Buena ventura de Morales de Abad.—Usar de piedad

era contra condición de Carvajal. •

Otro día siguiente después de este rebato de Pocona

mandó Francisco de Carvajal á Cantillana, su alguacil,

que matase á Juan García de Almadén (que de dolor de

costado allí había quedado enfermo) y á otro llamado Po-

rras, que había quedado mal herido de la noche pasada,

á los cuales dio garrote sin aguardar á que se confesasen,

y, pidiendo confesión, Carvajal les dijo que no se les die-

se nada que él sobre sí tomaba sus pecados, y dende á

poco llegaron las nuevas á Carvajal cómo su fardaje era

saqueado, y dijo: "Mal se entiende Lope de Mendoza,

pues lleva consigo el cuchillo de su muerte,,. Dióse, pues,'

Lope de Mendoza gran priesa á caminar, y habiendo an-

dado más de catorce leguas y pasado una sierra muy

agria, como iban cansados y fatigados, fuéronse á poner

junto á un grande arroyo de agua que estaba bien cerca,

después de pasada la sierra, creyendo que aquella noche

HISTORIA DEL PERÚ

podían allí estar seguros, porque Francisco de Carvajaí

juzgaban'que no sería posible sino quedarse atrás de la

sierra.

Mas como Carvajal tenía bestias mulares y llevaba

su gente á la ligera y asimismo tenía grande ansia por

sus tejuelos de oro, fuéles siguiendo siempre sin les per-

der punto. Hacía la noche muy oscura y hacía gran ne-

blina, y el arroyo, con la rauda corriente, hacía gran rui-

do. Llegó, pues, Carvajal, media hora después que Lope

de Mendoza y los suyos se habían apeado, y con el

ruido del arroyo no le sintieron hasta que fué encima de-

llos con la mayor parte de su gente y entraron por medio

dellos á cuchilladas y disparando "arcabuces. Lope de

Mendoza y Nicolás de Heredia con otros algunos se qui-

sieron poner en defensa y comenzaron á pelear, mas lue-

go fueron presos y Lope de Mendoza herido mortalmen-

te, porque se determinó antes morir hecho pedazos que

verse preso. Carvajal le hizo traer ante sí y le habló pre-

guntándole algunas cosas, empero no fué posible hacer que

respondiese ni hablase alguna palabra, y así lo había antes

prometido, jurando que, ya que le tomasen vivo, no había

de hablar ni responder cosa alguna, porque no se dijese

del que aun en la palabra había comunicado con traidores.

Carvajal le hizo luego dar garrote, y lo mismo á Nicolás

de Heredia; y mandó traer ante sí todos los heridos, y

mandólos también matar, diciendo que el herido era no-

torio que le había de ser enemigo después de sano; y

aquella noche hizo dar garrote á otros seis. Trajéronle

entre los demás un soldado de la entrada, que se decía

Morales de Abad (natural de Cuenca) que estaba herido

en el muslo de un arcabuzazo, y sabiendo que á todos los

heridos mataba, viéndose ante Francisco de Carvajal,

dijo: "Señor, yo estoy sano, porque mi herida no es

nada,,. Díjole Carvajal: "Señor Morales, vos estáis, por

cierto, mal herido, y así no podéis dejar de morir,,. El

soldado afirmaba todavía que estaba bueno. Díjole Car-

vajal que anduviese, mas no se pudo menear, y mandó á

Cantillana que le matase. Rogó Morales á Carvajal que,

ya que había de morir, le dejase confesar sus pecados,

HISTORIA DEL PERÚ

57

empero no quiso, diciendo: "¿Seguís al traidor de Lope

de Mendoza y no andáis confesado? Pues así habréis de

ir„. Cantillana le dio garrote, y como era el postrero de

los muertos, dejóle puesto el garrote y la cuerda, y así le

llevó arrastrando con sus yanaconas hasta le echar en el

arroyo.

Carvajal y su gente se alojaron en aquel sitio, ri-

vera del arroyo, con grandísimo placer de la victoria y

de haber cobrado toda su ropa, y mucho más Carvajal,

por haber cobrado sus tejuelos de oro, puesto que algu-

nos le faltaron, y tenía grande ansia por ello. Morales de

Abad, después de haberle echado en el río, tuvo tal ven-

tura, que volvió en sí, y con las manos desató el garrote

de la cuerda, y herido como estaba, salió á gatas y fuese

al primer rancho que topó, que era el de Diego López de

Zúñiga (natural de Talavera) y contóle cómo Dios le

había librado de tanto peligro, rogándole que le ampara-

se. Diego López le consoló, y fuese á Carvajal y contóle

el sucedido. Carvajal llamó luego á Cantillana y pregun-

tóle por Morales. El respondió: "Señor, dile garrote y

échele en el río,,. Mandóle Carvajal que fuese por él y se

le trajese, y como dijo que no le hallaba, dijo Carvajal:

"Habéis de saber que ha resucitado, y por amor del señor

Diego López le he perdonado. Por tanto, buscad indios,

y llévenle á Pocona para que se cure,,, é hízolo llevar á

á Pocona en una hamaca; que, cierto, para la condición y

humor de Francisco de Carvajal (no interviniendo inte-

rese) fué cosa digna de ponerla en historia, aunque poco

después le hizo cuartos. Perdonó Francisco de Carvajal á

Alonso Camargo y á Luis Perlomo, y llevólos consigo

porque le descubrieron más de cuarenta mil pesos que

Diego Centeno había dejado enterrados en Paria en barras

de plata.

CAPÍTULO X

Cómo Francisco de Carvajal se fué á Cotabamba llevando

la cabeza de Lope de Mendoza, y de lo que allí pasó Car-

vajal con dos soldados, y se fuéd la villa de Plata y envió

d las minas de Potosí d Pedro de Soria y Santa Cruz que

trajeron cantidad de plata.

Asiento de Francisco de Carvajal.—Otro cuento de Carvajal.—Entra

Carvajal en la villa de Plata.—Cuento de Carvajal y muerte de Ma-

tamoros.—Descúbrense en este tiempo las minas de Potosí y envía

Carvajal á ellas.

Otro día siguiente, después que Francisco de Carvajal

hubo este venturoso suceso, mandó salir la gente de aquel

sitio llevando consigo la cabeza de Lope de Mendoza, la

cual envió con Bobadilla (que fué después Sargento ma-

yor de Gonzalo Pizarro) para que la pusiese en la picota

de Arequipa, porque en aquel pueblo Diego Centeno y

Lope de Mendoza habían alzado bandera por su Mages-

tad; y fué caminando por el valle de Cotabamba (que es

fértil y abundoso) donde hizo recoger los de la entrada,

y, traídos ante sí, les hizo un parlamento diciendo que no

se maravillaba que hasta allí hubiesen seguido á Lope de

Mendoza no sabiendo el estado de la tierra, mas, pues ya

sabían que todo el reino, hasta el Nombre de Dios y

Tierra Firme, estaba por el Gobernador su señor, les roga-

gaba le fuesen buenos amigos porque les iría bien dello.

Estando Carvajal aquí, en Cotabamba, llegó á él un

60

HISTORIA DEL PERÚ

hombre tratante á quien los soldados de la entrada habían

topado, que iba con unos carneros de la tierra, y habíanle

traído á Lope de Mendoza cuando iban á Pocona y él le

había ofrecido servir á su Magestad en su compañía; y,

estando en Pocona, cuando supo que Carvajal venía, hu-

yóse y estuvo á la mira, y como vio que Lope de Mendoza

fué desbaratado, salió á Carvajal en este valle de Cota-

bamba y díjole: "Señor, por no deservir á Vm. y al señor

gobernador Gonzalo Pizarro, yo no me quise hallar con

el traidor de Lope de Mendoza aunque me traía consigo,,.

Respondióle Carvajal: "¡Oh, bellaco, gallina, los hombres

á un cabo ó á otro se han de hallar! Ven acá, gallina; si

estos caballeros de la entrada del Río de la Plata no se

hubieran hallado con Lope de Mendoza, ¿cómo Francisco

de Carvajal y estos paladines que andan conmigo hubié-

ramos ganado tanta honra? ¡Anda, bellaco, gallina, asen-

taos en la compañía del capitán Castañeda!,, Respondió

el hombre: "Señor, suplico á Vm. no me lo mande porque

yo prometo á Vm. que en toda mi vida jamás maté cosa

viva,,.

Pasaban estas pláticas en medio de la plaza de Cota-

bamba y en presencia de mucha gente, y como ésto oyó

Francisco de Carvajal, llamó á un criado suyo, que se

decía Pueyes, á grandes voces, y como fué venido, le

dijo: "Toribio Pueyes, tráeme acá presto mis coracinas,,;

y traídas que fueron, dijo á Pueyes y á otros que estaban

presentes: "Ármame presto esta gallina,,, y como le fue-

ron puestas le dijo Carvajal que menease los brazos y

bracease, y preguntóle cómo se hallaba, él respondió que

muy bien. Carvajal echó mano de una daga y dióie tres ó

cuatro cancharazos con ella, diciendo: "Así, bellaco, ga-

llina, sabréis matar cosa viva, y mirad que mientras fué-

redes vivo no os quitéis esas corazas; si no, por vida del

Gobernador, mi señor, que os tengo de ahorcar,,. Y dio

cargo á algunos que le velasen y requiriesen siempre.

Trájolas el buen hombre muchos días, que no se las quitó

de día ni de noche, y traíanle todos muy corrido y afren-

tado, hasta que, á ruego de algunos soldados de los de la

entrada, Francisco de Carvajal se las mandó quitar.

HISTORIA DEL PERÚ

61

Ponía Francisco de Carvajal gran diligencia por saber

de su ropa y oro que le habían tomado, y traía espías aquí

en Cotabamba para ello; y fué avisado secretamente cómo

en un toldo estaba un soldado de la entrada jugando un

tejuelo de oro. Carvajal fué luego para allá y entróse de

presto y vio que estaban jugando á la dobladilla,y díjoles:

"Jueguen y huelgúense los caballeros y estése queda la

moneda que es muy buena,,, y tomó un tejuelo de oro de

más de ochocientos castellanos que jugaba Pero Hernán-

dez, y díjole: "¡Ah!, señor Pero Hernández, quiérole con-

tar un cuento. Habrá de saber que una buena dueña que-

ría mucho á su marido y muriósele, y un día, barriendo

la casa, topó con unas calzas viejas suyas y quitando de-

llas la bragueta púsola dentro en un agujero, y cada día

barría su casa, y cuando llegaba al agujero comenzaba á

cantar y decir: "¡Ay, cuitada, y guay de lo que aquí an-

daba!,,; y así Carvajal tomó su tejuelo en las manos y re-

plicábale cantando: "¡Y guay de lo que aquí andaba!,,

Luego se volvió al soldado y díjole: "Así, que, señor Pero

Hernández, ¿qué es de una carga de oro que estaba con

este tejuelo, que me faltan más de otros veinte como

éste?,, Respondió Pero Hernández: "Señor, yo no lo sé,

y ese tejuelo yo lo gané,,. Dijo Carvajal: "Pues, señor.

búsqueme luego los otros y quédense con Dios,,; y llevó-

se el tejuelo en la mano. Pero Hernández lo tuvo por bien

porque se temió que Carvajal le mandara ahorcar.

Proveyó en este asiento Carvajal que fuesen treinta

arcabuceros á los Andes de la Coca y á otras partes, á bus-

car los que se habían huido del desbarato la noche que

mató á Lope de Mendoza, y él fuese con toda la gente á

la villa de Plata, do fué recibido con mucha ceremonia, y

entró en orden tendidas sus banderas. Estaba á la sazón

un'Fulano Ramírez por Alcalde en la villa, y como le

vio Carvajal con la vara, le dijo: "¡Ah, señor Ramírez!,

haga Vm. una punta á esa vara y tírela á un perro,,. Ra-

mírez dejó luego la vara, y otro día dio Carvajal las varas

de alcaldes á Alonso de Mendoza y á Juan Vázquez de

Avila. Había ido por caudillo de los treinta arcabuceros

un Sierra, y trajo preso á la villa á Pero González de

62

HISTORIA DEL PERÚ

Prado y Julián de Humarán y á otros algunos, á los cuales

perdonó Carvajal, y los hizo buen tratamiento.

Informaron en este tiempo á Francisco de Carvajal que

el soldado que en Pocona le había herido era de los suyos,

y se llamaba Matamoros, á lo menos que éste le había ti-

rado para matarle. Luego que le fué dicho, mandó á un

sargento que enviase ciertos soldados para estorbar que

unos que iban á Chile no hiciesen daño en la tierra, y que

Matamoros fuese uno dellos. El cual dijo al sargento

que, siendo posible, le escusase, porque tenía cierta

plata y no tenía en qué llevarla, y que dejándola se le

perdería. El sargento lo hizo, creyendo que no iba nada

que fuese otro en su lugar; y como Carvajal buscaba oca-

sión de matarle, preguntó al sargento si Matamoros había

ido, y diciendo el sargento que aún no eran partidos los

soldados, y que Matamoros no iba por no perder la

plata, mandóle luego llamar, y díjole: "Señor Matamoros,

yo quisiera que fuérades con vuestros compañeros, y veo

que vos no queréis ir; pues ni sea lo que yo quiero, que

es ir, ni lo que vos queréis, que es quedar, sino que,

como entre amigos, se tome un medio, que ni vayáis ni

quedéis, y este medio será que os ahorquen,,; y luego lo

mandó efectuar, diciendo que lo hacía porque todos en-

tendiesen que en lo que él mandaba no había de haber

réplica; y jamás mostró haber entendido que Matamoros

le había herido. Habíanse descubierto pocos días hacía las

minas de Potosí, y era grande la fama de su riqueza, y en-

vió allá Carvajal á Pedro de Soria (mayordomo de Gonzalo

Pizarro) y á Santa Cruz y á otras personas de recado, para

se apoderar de aquellas minas, y trajéronle en breve tiem-

po tanta plata, que tenía rimeros grandes en su cámara de -

barras, en cantidad de más de quinientos mil pesos.

CAPÍTULO XI

Cómo se descubrieron las minas de Potosí, y de la forma

que se tuvo para que el metal corriese con la materia

del fuego.

Riqueza de Potosí.—Cosa maravillosa que este metal no corre con fue-

lles.—La manera como corre este metal.

En tiempo desta rebelión de Gonzalo Pizarro, y poco

antes que Francisco de Carvajal subiese á los Charcas,

andaba un español, llamado Villarroel, con algunos yana-

conas buscandomet al, y, á dieciocho leguas de la Villa de

Plata, en un grande y alto cerro asentado en un llano,

descubrió un yanacona una vena de metal bien cerca de

haz de la tierra; y porque los indios á los cerros y colla-

dos y á todas las cosas altas llaman potosí, así le pusie-

ron el nombre; y lo mismo llaman ya al oro y plata, y así

acostumbran á decir, cuando tienen necesidad y están po-

bres, que no tienen potosí. Hallado, pues, el venero po-

blóse luego este asiento y descubriéronse por lo alto del

cerro cinco vetas muy ricas que luego nombraron Veta

rica, Veta de Centeno, de Mendieta, de Oñate y Veta del

estaño; y fué tanta la riqueza deste cerro que sumaban

más de ciento veinte mil castellanos en cada mes los

quintos reales que pertenecen al Rey, allende que muy

gran cantidad se lleva sin registrar ni quintar, y que tam-

bién los indios encubren y ocultan mucha plata. Parece

64

HISTORIA DEL PERÚ

también cosa de admiración y oculta, que el metal deste

cerro no puede correr con fuelles ni quedar con la mate-

ria del fuego convertido en plata, aunque muchos y gran-

des maestros lo han procurado, lo cual algunos juzgan

causarse por la dureza del metal, y hasta agora la causa

no se sabe. El remedio fué, que, como á los señores ingas

les traían algunas veces metal de plata que no quería co-

rrer con fuelles (como ésta de Potosí) para aprovecharse

del metal, hacían unas formas de barro á manera de alba-

haqueros de España, agujereados por algunas partes, y

en éstos ponían carbón y el metal encima, y puestos por

los cerros ó laderas donde el viento más señoreaba saca-

ban la plata, la cual después apuraban y afinaban con

fuelles. Así, pues, imitaron los indios semejantemente

para se procurar deste metal de Potosí, y á las formas de

barro llamaban Guayras, y hay de noche tantas dellas por

los campos y collados que parecen luminarias; y de que

hace recio viento se saca gran cantidad de plata, y si fal-

ta el viento no se puede sacar cosa alguna.

ir

»

CAPÍTULO XII

Cómo en la Villa de Plata se conjuraron muchos soldados

para matar á Francisco de Carvajal, y, siendo auxiliado,

los prendió y mató dieciséis dellos, y procuró echar de sí d

los de la entrada.

Conciértanse de matar á Carvajal.—Tiene aviso Carvajal de la conjura-

ción.—Cuento de Carvajal.—Hace cuartos Carvajal á Alonso Ca-

margo y á Balmaseda.—Cuento de Carvajal y muerte de Balboa.—

Comieron los tigres á Luis Perdomo.—Dicho de Carvajal.—Hace

cuartos á Morales de Abad y á otros muchos.—Echa de sí Carvajal

los de la entrada.

Grande era la codicia de Francisco de Carvajal en alle-

gar y juntar plata, mas no por tanto daba cosa alguna á

los soldados de que muchos estaban desabridos, así por

esto como por su áspera y cruel condición. De suerte que

1 vinieron á conjurarse para le matar Luis Perdomo, Alonso

Camargo, Pero González de Prado, Diego de Lujan, Ju-

lián de Humaran, Balboa, Morales de Abad (el Resucita-

do que llamaron) Llantadilla y otros, que serían todos

hasta veinte y seis soldados; y era el concierto, que una

noche que fuesen de guarda Diego de Balmaseda y otros

que Francisco de Carvajal tenía por amigos, le diesen de

puñaladas y matasen también á Alonso de Mendoza y al

capitán Castañeda y otros tres ó cuatro; y estando con-

certado para lo efectuar, víspera de San Miguel, se jun-

taron en casa de Luis Perdomo, Julián de Humaran, Pero

TOMO II. 1 5

66

HISTORIA DEL PERÚ

González de Prado, Balboa, Llantadilla y otros cuatro ó

cinco, y en casa de Alonso Camargo se juntaron Diego

de Balmaseda, Morales, Diego de Lujan y otros tantos

como en casa de Luis Perdomo, y los demás conjurados

estaban por espías para darles aviso al tiempo que Car-

vajal estuviese menos acompañado, por razón que cada

noche le tenía palacio más de dos horas de la noche la

mayor parte de la gente, y Carvajal los entretenía en bue-

na conversación contando cuentos muy donosos; yaque-

lia noche acudió mucha gente, y Francisco de Carvajal

se despidió luego diciendo que se sentía mal dispuesto y

fuese á acostar. De lo cual, siendo avisado Alonso Camar-

go, fué con sus compañeros á Luis Perdomo y los demás

y díjoles lo que pasaba, y tratando del negocio algunos

dijeron que si aquella noche no se efectuaba todo era

perdido, y que pues Francisco de Carvajal dormía con

tanto recato que no se podía entrar en donde estaba, que

le pusiesen fuego al galpón de su morada y voceando que

era muerto alzasen bandera por el Rey y apellidasen su

nombre. Otros contradecían esto diciendo que lo dejasen

para el día siguiente; y luego trajeron allí un crucifijo

donde todos juraron de guardar secreto, quedando acor-

dado que otro día siguiente (que era de Señor San Mi-

guel) se juntasen para lo poner por obra, y con esto se

despidieron; y de ahí á hora y media, teniendo Carvajal

aviso de la conjuración, puso gran diligencia para prender

los conjurados, poniendo guardas alrededor de la villa

para que no se huyesen.

El primero que prendió fué á Alonso Camargo, y que-

riendo prender á Luis Perdomo se huyó que no le pudie-

ron haber; prendió algunos sospechosos aquella noche,

y después casi todos los de la entrada, y luego que fué

de día, mandó hacer cuartos á Alonso Camargo, y que-

riéndole ya sacar, llegó un fraile de Santo Domingo con

una mujer de amores, llamada doña María de Toledo, y

dijo á Carvajal: "Señor, por amor de Nuestro Señor,

que Vm. me oiga,,. Respondió Carvajal: "Diga su reveren-

cia,,. Dijo el fraile: "Señor, ya sabe Vm. que Alonso Ca-

margo es de la tierra del señor gobernador Gonzalo Pi-

HISTORIA DEL PERÚ

07

zarro, y que es muy servidor de su casa, y que esto que

agora se dice sin falta se le ha levantado porque él no se

hallaría en ello habiéndole ya Vm. perdonado. Pero Gu-

tiérrez de Zafra daba á la noche á Vm. seis mil pesos por-

que le perdonase; suplico á Vm. le perdone, y dárselos ha,

y él se casará con esta mujer. En lo cual Vm. hará

buena obra y la sacará de pecado,,. Carvajal le respondió:

"Padre, padre; á eso que su reverencia dice, quiérole

contar un cuento; ha de saber que en un pueblo sucedió

un negocio á un hombre muy honrado, sobre que si quiso

matar al Corregidor de aquel pueblo él y otros. Sabido por

el Corregidor, prendióle, y, sabida la verdad, condenóle á

muerte, y sacándole á ajusticiar los alguaciles, salió una

putaña feona, muy bellaca, con unacuchilladaza por la cara

y muy sucia, dando gritos: "Señores, señores, no matéis al

señor Fulano, dádmele por marido,,, y en aquella tierra era

ley (como en otras) que cuando una mujer que está ga-

nando con su cuerpo, pidiese por marido á uno que estu-

viese condenado á muerte, que, si aquél quisiese casar

con ella, no le matasen; y, á los gritos que daba la mujer,

pararon los alguaciles, y como llegó diciendo dádmele

por marido, dijeron los alguaciles: "Señor fulano, casaos

con ésta y no moriréis,,. El volvió la cabeza, y como la vio

que debía de ser del arte de esa mujer, y como él era hom-

bre honrado y de tanta presunción, dijo: "Señores, ande

el asno, ande el asno, que no quiero tal mujer,,. Así que

padre reverendo, el señor Alonso Camargo, vecino y re-

gidor desta villa, ha de decir lo que dijo aquel buen hom-

bre, y él sin falta morirá, y el señor Balmaseda y oíros

muchos caballeros de la entrada del río de la Plata, que

me querían matar sobre tratarlos bien y hacerlos más

honra que á los servidores del gobernador Gonzalo Piza-

rro, mi señor,,. Con esto se fueron el padre y la mujer muy

desconsolados, y luego sacaron á cuartear á Alonso Ca-

margo y á Balmaseda, día de Señor San Miguel; y envió

á Diego Caballero con diez arcabuceros á Paria y otros

tantos á Chuquiabo, para buscar algunos que se habían

huido y ausentado, echando asimismo gente de caballo

por los alrededores de la villa, y puso chasquis por los

68 * HISTORIA DEL PERÚ

caminos (que son indios que corren á legua y legua y me-

dia á manera de postas).

Había sido Bernardino de Balboa en esta conjuración,

y habíase casado pocos días hacía con Mari-López, su

amiga, y fuese á Carvajal una mañana y pidióle licencia

para irse. Díjole Carvajal: "Señor Balboa, ¿sí que también

querrá Vm. llevar consigo á la señora, su mujer? Pues

vuélvase después de comer, que para todo se dará bas-

tante recado,,. Fuese con esto Balboa, y volvió á la hora

que se le mandó por la licencia; y en viéndole Francisco

de Carvajal, le dijo: "Señor Balboa, éntrese Vm. en aque-

lla cámara, porque ha de morir, y llámenle un clérigo si

le hubiere,,. Luego vino un clérigo, que le confesó (que

para Carvajal no era poca caridad) y luego le hizo dar ga-

rrote y cortar la cabeza é hízola llevar á la plaza, y el cuer-

po mandó que le llevasen á su mujer.

Supo en esto Carvajal que Luis Perdomo y .Espinosa

estaban escondidos en el campo y envió un yanacona que

los llevaba de comer con gente para que los buscasen, los

cuales fueron al monte con el yanacona y hallaron á Espi-

nosa, con el cual se volvieron á Carvajal, no pudiendo

hallar á Luis Perdomo (que después se supo haberle co-

mido los tigres). Trajeron también los que fueron á Chu-

quiabo á Morales de Abad y otros cuatro ó cinco, y

como pusieron á Morales muy atado ante Francisco

de Carvajal, arrodillóse para besarle los pies; Carvajal

le dijo: "Pues, ¿cómo, señor Morales, no me pudisteis

matar y queréisme agora morder? Decidme una verdad

y no moriréis: ¿dónde está vuestro amigo Pero Gon-

zález de Prado, el de la entrada, que fué en este motín?,,

Morales respondió que era verdad que había sido Pero

González de los principales, y que la noche víspera

de San Miguel, había sido de parecer que se pusiese

fuego al galpón de su estancia y que dijesen que era

muerto; mas que ciertamente no sabía del. Díjole Car-

vajal: "Señor Morales, pues no me decís del, yo os pro-

meto que habéis de morir y que no resucitéis agora,

porque le harán cuartos y ninguno llevarán al agua,,. Lo

cual fué luego ejecutado y lo mismo en Espinosa.

HISTORIA DEL PERÚ

69

De ahí á poco trajeron presos á Castillo, vecino de la

villa de Plata, y otros cinco ó seis, y luego asimismo los

mandó ahorcar y hacer cuartos; y, habiendo hecho justicia

de dieciséis personas, perdonó á Julián de Humaran y á

Llantadilla y otros algunos; y por muchos ruegos que inter-

vinieron é importunación de Zamorano, clérigo, perdonó

también á Pero González de Prado. Después de esto Fran-

cisco de Carvajal trataba mejor á su gente y daba algunas

pagas y socorros para vestirse y otras necesidades, y á los

de la entrada procuró echarlos de sí, y envióles de tres en

tres y de cuatro en cuatro al Cuzco y á Arequipa y á Gua-

manga, pareciéndole que así convenía para el seguro de

su persona y por otros motivos que para ello tuvo. Lo

cual agora deja la historia por contar lo que Gonzalo Pi-

zarro hizo después de la batalla de Quito y muerte del

virrey Blasco Núñez Vela.

CAPÍTULO XIII

Cómo Gonzalo Pizarro vivía viciosamente en Quito des-

pués del vencimiento de la batalla, y cómo se partió de allí

para la ciudad de los Reyes dejando d Pedro de Puelles

por su Teniente y Capitán general, y de las cosas que pro-

veyó y las pláticas que por el camino trataban.

Envía Pizarro un vecino á las minas por gozar de su mujer.—Concierta

Pizarro de matar al marido de su amiga.—Fué justiciado en Castilla

Vicencio Pablo.—Hinchazón de Gonzalo Pizarro.—Sale de Quito

Gonzalo Pizarro.—Lo que proveyó Pizarro en el camino.—Lisonjea

Cepeda á Gonzalo Pizarro y arguye pertenecerle los reinos del Perú.

Todos los hombres desean mandar y se arrojan á la ambición.

Después que Gonzalo Pizarro venció la batalla de Qui-

to, que fué á los diez y ocho de Enero del año de cuaren-

ta y seis, estuvo en aquella ciudad muchos días con su

gente en fiestas y regocijos y banquetes, y cometiéronse

íeos casos. Especialmente que había allí en Quito un ve-

cino, que él y su mujer habían sido criados de Gonzalo

Pizarro, y le habían servido mucho tiempo é ido con él á

la entrada de la Canela, donde sirviéndole pasaron mu-

chos trabajos, y tenían una hija casada con otro vecino de

Quito; y, como pareciese bien á Gonzalo Pizarro, mandó

al marido (para mejor gozar della) que se fuese á las

minas, y, estando ausente, la mujer se hizo preñada de

Pizarro, y porque ella temía que el marido la mataría

72

HISTORIA DEL PER Ú

hallándola así, se concertó con un extranjero, llamado

Vicencio Pablo (que siempre había seguido á Gonzalo Pi-

zarro) que fuese á las minas do estaba el marido y lo ma-

tase. Llegado, pues, éste, á las minas, pareciéndole el caso

muy grave, lo comunicó con un amigo suyo, que se lo

reprendió y disuadió para que no lo hiciese, y descubrió

el secreto al marido (que se llamaba Frutos). El cual,

oyéndolo, se afligió mucho, diciendo que no bastaba que

Gonzalo Pizarro le tenía su mujer, sino que, por tenérse-

la, le quería matar en pago de su buen servicio, y rogó

ahincadamente al amigo persuadiese al griego que se vol-

viese sin efectuar á lo que venía, el cual así lo hizo. Vuel-

to á Quito, Vicencio se excusó con los que le habían en-

viado, diciendo que no lo había podido efectuar por

ciertas excusas que puso. Increpáronle mucho por ello, y

aun le quisieron matar; y, desta suerte, le mandaron luego

volver, dándole una carta para el Frutos, en que Pedro

de Puelles le escribía que luego viniese á Quito con la

cuenta del oro que estaba sacado, porque Gonzalo Piza-

rro la pedía; y mandaron al griego que en el camino le

matase, lo cual Vicencio de Pablo puso por obra y le

mató.

Muchos fueron de opinión que esto fué y pasó sin que

Gonzalo Pizarro lo supiese, y que Pedro de Puelles y el

padre de aquella mujer lo trataron, mas el vulgo siempre

tuvo que esto se hizo por orden y mandado de Gonzalo Pi-

zarro; y, como quiera que ello haya sido, después de haber-

se cometido este delito, dio mil pesos Gonzalo Pizarro al

griego para que se fuese á su tierra, y por ventura fué por-

que no descubriese habérselo él mandado; y escribió á

Pedro de Hinojosa que de Tierra Firme luego le enviase á

España, y de allí á su tierra; y después que éste fué parti-

do, le pareció á Pizarro que también en España podría

decir algo que no estuviese bien á su honra y reputación,

y volvió á escribir á Pedro de Hinojosa que luego le hi-

ciese matar. Mas, cuando llegó esta carta, ya Vicencio

era embarcado para España. El cual, muchos días des-

pués, fué justiciado en Castilla, en la villa de Valladolid,-

por este delito.

HISTORIA DEL PERÚ

73

Asimismo el licenciado Carvajal trató amores con una

su huéspeda, y porque los tomó el marido un día juntos,

el licenciado le quiso matar y le amenazó, y de miedo dejó

su casa y se fué á sus indios. De donde, entendiendo tam-

bién que allí trataba de hacerle matar, se huyó á la go-

bernación de Popayán, y porque éste había sido el prin-

cipal vecino de los que habían procurado engañar al

Virrey y á Benalcázar para que viniesen á Quito, enten-

diendo que era ido Gonzalo Pizarro á Lima, el goberna-

dor don Sebastián de Benalcázar le ahorcó.

Volviendo, pues, á la historia, después que Gonzalo

Pizarro estuvo enQuito regocijándose algunos días, por el

mes de Julio se determinó de ir á la ciudad de los Reyes,

dejando en Quito por su Teniente y Capitán general á Pe-

dro de Puelles con trescientos hombres, con larga instruc-

ción de loque estando allí había de hacer. Allende de otros

motivos que se platicaban haber tenido para salir deQuito,

se decía haber sido por razón de tener alguna sospecha

del capitán Lorenzo de Aldana que estaba en Lima, y

también porque Francisco de Carvajal, estando tan lejos,

se temía no hiciese alguna novedad, poniéndole algunos

temores sobre este caso á Gonzalo. Pizarro el licenciado

Cepeda y Juan de Acosta, que eran enemigos de Fran-

cisco de Carvajal. Porque, aunque estos no deseaban ver

presente á Carvajal, se entendía trataban deste negocio

por indignar á Pizarro contra él para que le matase ó le

quitase el cargo, y, sobre esto, por algunos que lo enten-

dían, se echaban diversos juicios. Había Gonzalo Pizarro

quedádose en Quito, después de la muerte del Virrey, con

las personas que más le agradaban, despidiendo la demás

gente, dando á unos indios y á otros entradas y descu-

brimientos, y había dado licencia á algunos vecinos para

irse á sus casas, y había proveído de tenientes en todos

los pueblos; y viendo cuan señor estaba de todo el Perú

y del mar del Sur, se comenzó á tratar con más reputa-

ción que hasta allí lo había hecho, y á todos daba la mano

para se la besar.

Determinado, pues, en su partida, envió delante con

Lucas Martín Vegaso á Vela Núñez, hermano del Virrey,

74

HISTORIA DEL PERÚ

que después de su muerte le habían traído preso, y salió

luego Pizarro con gran compana la vuelta de los Reyes,

y llegado á Piurá, como en aquella comarca había indios

de guerra, mandó al capitán Mercadillo poblase allí un

pueblo, en parte conveniente para el seguro y reparo de

los que hiciesen entradas para conquistar los indios que

por allí había, y dióle ciento y treinta hombres para ha-

cerlo, y pobló á par del río que llaman Catamayo la ciu-

dad de Loja ó la Zarza, en parte bien acomodada. Tam-

bién envió al capitán Porcel con sesenta hombres á la con-

quista de los Bracamoros; y, hecho esto, prosiguió su ca-

mino para la ciudad de los Reyes, tratando y platicando

su'gente de continuo entre sí, unos que su Magestad no

trataría de cosas pasadas y que sin falta confirmaría la

gobernación á Gonzalo Pizarro; otros había que hablaban

más desenvuelta y desvergonzadamente, y decían que

aunque su Magestad quisiese hacer otra cosa no habría

efecto; y aun el licenciado Cepeda (como en todo quería

aplacer y lisonjear á Pizarro) pasaba más adelante, apro-

bando con él Hernando Bachicao y otros tales, y decía

que los reinos del Perú le competían por justos y dere-

chos títulos, trayendo y alegando á su propósito ejem-

plos de reinos, tierras y provincias que después de su

origen y principio habían sido tiranizadas y por discurso

de tiempo el título se había hecho bueno y habían que-

dado por señores y reyes los que lo habían tiranizado.

Traía á consecuencia la diferencia sobre el reino de Na-

varra y la razón y forma y manera cómo los reyes se un-

gían, y otras cosas semejantes, atrayendo, persuadiendo

é inclinando á Gonzalo Pizarro á que pretendiese y pasa-

se más adelante que ser Gobernador, afirmando que ja-

más hombre que al principio hubiese pretendido ser

Rey había tenido tanto derecho como él á la tierra que

gobernaba.Todo esto oía Gonzalo Pizarro de buena gana

por razón que todos los hombres, generalmente, desean

mandar y señorear y se arrojan á la ambición; cuanto más

que Gonzalo Pizarro era de entendimiento algo grosero y

no sabía aún leer y era hombre que miraba poco los in-

convenientes; y como el licenciado Cepeda era tenido por

HISTORIA DEL PERÚ

75

letrado y muy leído, de buen juicio y entendimiento, to-

dos aprobaron lo que él decía y les parecía bien y nadie

le contradecía; y todas las veces que estaban despacio

y en conversación no se trataba de otra materia. Platican-

do, pues, en estas cosas y otras semejantes, llegaron á la

ciudad de Trujillo, do vino el licenciado Carvajal,á quien

Gonzalo Pizarro había enviado con algunos soldados á

recorrer la costa, y salió con él de Trujillo con doscientos

hombres la vuelta de Lima.

CAPÍTULO XIV

Cómo Diego Alvarez Cueto y Francisco Maldonado lle-

garon á España,y habiendo dado su embajada se trató que

fuese al Perú el licenciado Pedro de la Gasea, y sobre ello

enviaron correo d su Magestad.

Muerte del doctor Tejada.—Llegan á la Corte Maldonado y Diego Al-

varez.—Los que entraron en la consulta.—Resolución de la con-

sulta.—Fundamento y razón en que se funda la resolución de la

consulta.—Señálase el licenciado Gasea para la reducción del Perú.—

Cosas principales que en Castilla había hecho Gasea.—Despáchase

correo para la magestad del Emperador.—Pártense también Maldo-

nado y Cueto.

En el ínterin que estas cosas habían sucedido en el

Perú, el doctor Tejada y Francisco Maldonado, que se ha-

bían embarcado en el nombre de Dios, procuraron con

toda diligencia llegar á España tan presto como Diego Al-

varez Cueto, llevando solamente nueva relación como

Gonzalo Pizarro quedaba por Gobernador en Lima y Ba-

chicao en Tierra Firme, y de todo lo demás sucedido hasta

el tiempo que del Perú se habían partido, porque de todos

los demás sucesos no habían tenido noticia. Continuan-

do, pues, su navegación, llegaron á desembocar la canal

de Bahama, y, entrando en el golfo, murió el doctor Teja-

do, y fué echado en la mar. Por lo cual Francisco Maído-

78

HISTORIA DEL PERÚ

nado tomó los recados que llevaba de Gonzalo Pizarro y

del reino, y con ellos llegó á España, donde poco antes

había llegado Diego Alvarez Cueto con las cartas de Blas-

co Núñez Vela para el invictísimo César Carlos V, augus-

to Rey de España, que estaba en Alemania en aquel tiem-

po, asistiendo á la guerra que contra los rebeldes y lute-

ranos hacía.

Llegados, pues, á la villa de Valladolid, donde es-

taba el serenísimo ^Principe nuestro Señor don Felipe

de Austria con sus Consejos y corte, dieron los dos

relación del Estado en que dejaban las alteraciones del

Perú y Tierra Firme al tiempo que de allá partieron,

informando cada uno, por su parte, como á su embajada

mejor convenía y al despacho que pretendía. Dio, cierto,

mucha pena tal nueva, y para ver mejor lo que se debía

escribir á su Magestad acerca del remedio, se juntaron

con su Alteza los cardenales don Juan Tavera arzobispo

de Toledo, y don Fray García de Loaysa arzobispo de

Sevilla, y don Francisco de Valdés presidente del Con-

sejo Real y obispo de Sigüenza, el Duque de Alba, el

conde de Osorno, los comendadores mayores de León y

Castilla Francisco de los Cobos y don Juan de Zúñiga, y

:1 licenciado Ramírez obispo de Cuenca y presidente de

la Real Audiencia de Valladolid, y los del Consejo de In-

dias y otras personas que para ello llamaron; y conside-

radas las dificultades que el negocio tenía, pareciéndoles

que no bastaba fuerza, si no interviniese negociación para

reducir aquella tierra y gente della al servicio de su Ma-

gestad, todos se resumieron en que se debía enviar per-

sona que, con buenos medios y negociación, la redujese

y sosegase; y aunque algunos grandes (y de mucho con-

sejo) decían que parecía cosa fuera de todo buen juicio

creer que gentes que tanto se habían desvergonzado como

Gonzalo Pizarro y los del Perú, y que tan persuadidos

estaban y prendados para no confiar en cosa que se les

dijese, y que tan señoreados se veían de mar y tierra, se

pudiese esperar ó presumir que en ellos hubiese reduc-

ción si no fuese por fuerza de armas, y que, por tanto,

no se debía enviar sino hombre de guerra y experimen-

HISTORIA DEL PERÚ

79

tacío en ella, y con mucho poder; al fin se rindieron al

parecer de los demás.

Las razones que en esto militaban, era representar

la dificultad (ó, por mejor decir) la imposibilidad que

había en llevar gente, caballos y armas, y los bastimentos

necesarios más de mil y seiscientas leguas que de España

al nombre de Dios se navegan; y otra mayor, la que, lle-

gados á Tierra Firme había, para se poder allí sustentar

sin que muriesen de hambre ó pestilencia; y, finalmente,

la que había de no poder hallarse mantenimientos y

navios para poder llegar desde allí al Perú. Especialmen-

te teniendo (como tenía) Gonzalo Pizarro, la mar del Sur

y todos los navios. Representando, por el consiguiente,

la trabajosa y perezosa navegación del mar del Sur, los

importunos caminos estériles y de arenales, la mucha

falta de agua que en ellos hay, con la diferencia de los

aires y mantenimientos y mudanza de constelación y polo

que causa gran debilitación y fatiga á los que nuevamen-

te van al Perú, y otros muchos inconvenientes que se

trataron. Determinados, pues, en que se debía enviar

persona que por buenos medios procurase reducir aque-

llas provincias, fué la resolución que fuese á ellas el li-

cenciado Pedro de la Gasea (que á la sazón era del Con-

sejo de la Santa y general inquisición) de cuyas letras,

prudencia y rectitud y otras muchas buenas partes, ya se

tenía experiencia en diversos negocios de grande impor-

tancia que se le habían cometido; y, especialmente, en la

preparación que había hecho para la defensa y fortifica-

ción de la ciudad de Valencia y pueblos marítimos de

aquel Reino y de las islas Mallorca, Menorca é Ibiza. Lo

cual se le encomendó por su Magestad, que hiciese con-

tra la armada del turco que Barbarroja traía por la mar y

la de Francia. Donde también, en su primera comisión,

había sacado á luz negocios intrincados y escuros del San-

to Oficio que allí había. Y así luego con diligencia se des-

pachó correo para Alemania, con relación y parecer para

que su Magestad confirmase lo que en España se había

consultado, y diese el despacho necesario para ello como

más servido fuese; y por ser (como era) el negocio tan

so

HISTORIA DEL PERÚ

arduo y pesado y de tanta calidad, no pareció que se

debía proveer en Espaiia sin lo comunicar con su Mages-

tad. Asimismo Diego Alvarez Cueto y Francisco Maldo-

nado, pasaron á esta sazón en Alemania sobre su emba-

jada y procuración.

CAPÍTULO XV

Cómo llegado el correo en Alemania, su Magestad confir-

mó lo que en España se había ordenado, y escribió al

licenciado Gasea para que se partiese ai Perú.

Recibe pena el Emperador de la desvergüenza del Perú.—Consideración

de la temeraria desvergüenza de los del Perú.—Prudencia y virtud

de la sacra magestad del Emperador.—Confirma su Magestad lo

consultado en Castilla.—Carta de su Magestad al licenciado Gasea.

Llegado el correo en Alemania con la relación y pare-

cer que de España sobre el negocio se enviaba al invictí-

simo sacro Emperador, y asimismo, habiendo hecho sus

embajadas Diego Alvarez Cueto y Francisco Maldonado,

su Magestad recibió la pena y enojo que se debía recibir

de cosa tan desvergonzada y atrevida, como había sido la

de Gonzalo Pizarro y de los del Perú en ocuparle tierras

tan grandes y tan ricas, y quitar la Audiencia y prender

su Virrey y perseguirle, y, no contentos, ocupar la mar del

Sur y Tierra Firme. Porque, cierto, parece que aunque

Dios haya permitido (por mostrar más en el fin de que han

tenido las alteraciones de los vasallos de su Magestad lo

que á su Magestad ama y que es el valor de su persona)

que haya habido algunos levantamientos en sus Estados,

ninguno parece que ha sido de más sentimiento que éste

del Perú; porque al tiempo de las Comunidades de Espa-

ña, su Magestad, ni por su edad, ni por la experiencia de

reinar y gobernar en paz y guerra, ni por la grandeza de

su Estado estaba en tan grande autoridad y reputación

TOMO II. 6

82

HISTORIA DEL PERÚ

(aunque siempre fué muy grande) ni se tenía tanta noti-

cia del valor de su persona, como lo estaba y se conocía

al tiempo del levantamiento del Perú. Y así parece que

fué éste de mayor temeridad y atrevimiento que no el de

las Comunidades; porque en ellas, no así como en el Perú

se desacataron y desvergonzaron á usurpar y tomar la ha-

cienda real, antes con gran confusión y locamente quisie-

ron crecer el patrimonio real quitando para ello las ha-

ciendas que otros tenían, pretendiendo haberse de añadir

á la del Rey. Y, finalmente, ninguno en las Comunidades

osó jamás hablar en que la tierra se quitase al Rey ni se

ne ase su vasallaje, como en el Perú lo pretendió Gon-

zalo Pizarro, tomando loca y luciferina soberbia para ser

Rey de aquella tierra; y cuanto más bajo vasallo era de

su Magestad, cometían él y los que á él se allegaban ma-

yor desacato y ofensa á su Rey y Señor natural.

Empero, entendiendo su Magestad la dificultad que

había en la recuperación del Perú, si no fuese intervinien-

do buenos y blandos medios, con su madura prudencia y

peregrino entendimiento, templó la cólera de su ira y oyó

y respondió con la menos demostración que fué posible

á Francisco Maldonado; y con Diego Alvarez Cueto se

condolió de los trabajos delVirrey, usando de aquella be-

nignidad y amor que siempre tuvo á los que le desearon

servir; y luego con presteza despachó á España para que,

conforme á lo que allá les había parecido, se hiciesen los

despachos para que fuese al Perú el licenciado Gasea, al

cual escribió esta carta:

«EL REY:

Licenciado de la Gasea del nuestro Consejo de la In-

quisición: Ya debéis tener entendido lo sucedido en ,1a

provincia del Perú y el estado en que allá están las cosas;

y como quiera que vista la rebelión en que está Gonzalo

Pizarro y los que le siguen, y los alborotos y escándalos

que ha habido en aquella tierra de cuatro á cinco años á

esta parte, convenía usar de rigor, ha parecido que lo

mejor es llevarlo por el presente con blandura y modera-

HISTORIA DEL PEBÚ

83

ción para allanarlo y ponerlo en quietud, y que vaya una

persona de medios y experiencia y celoso de nuestro ser-

vicio; y teniendo por cierto que en vos hay estas cualida-

des, os habernos querido elegir y nombrar para ello, con-

fiando que lo haréis, y trataréis de tal manera que se con-

siga el fin para que os enviamos; y encargamos os mucho

que luego que ésta llegue á vuestro poder, os desemba-

racéis y dejéis lo que tenéis que hacer en ese otro nego-

cio en que estáis ocupado (pues, siendo necesario, se

podrá proveer de otra persona) y os partáis y vengáis sin

deteneros á la Corte del serenísimo Príncipe, mi hijo, á

quien escribimos lo que, sobre todo, es nuestra voluntad;

y por servirnos, aceptéis de ir este viaje; que yo envío á

mandar que se entienda en hacer los despachos necesa-

rios y que se dé priesa en aprestar las naos en que habéis

de pasar porque no se pase el buen tiempo; que, por

emplearos en ésto que tanto importa, y que vais más

libre, habernos dejado de proveeros en una de las igle-

sias que está el presente vacas. Pero de que, placiendo

á nuestro Señor, volváis, tememos memoria especial de

vuestro acrecentamiento y honraros y favoreceros como

será razón. De Colonia, á diez y seis de Agosto de mil y

quinientos y cuarenta y cinco.-—Yo EL REY.—Por mada-

do de su Magestad, Francisco de Eraso.»

Llegado, pues, el despacho de su Magestad á Valla-

dolid, donde el Príncipe nuestro señor estaba, luego su

Alteza y el comendador mayor Francisco de los Cobos,

enviaron al licenciado Gasea esta carta de su Magestad, y

le escribieron que con toda urgencia dejase en el Archivo

de Valencia los procesos de la visita, con relación del es-

tado en que cada uno estaba, y de aquello que á él le pa-

recía que se debía hacer en cada negocio; y que también

enviase memoria de algunas personas que á él le parecie-

sen convenientes para continuarlos; y, sobre todo, que

con la brevedad posible fuese á la Corte de su Alteza.

CAPÍTULO XVI

Cómo estando en Valencia el licenciado Pedro de la Gasea

recibió las cartas de su Magestad y del serenísimo Prínci-

pe su hijo, y se vino á Madrid, donde se trató sobre el po-

der y despacho que se le había de dar para el Perú, y lo

que pidió el licenciado Gasea que se le había de conceder

para hacer la jornada.

Recibe Gasea la carta de su Magestad.—Viene Gasea á la Corte.—Con-

sideración de Gasea.—Respuesta de Gasea y lo que pide para ir al

Perú.

Estando el licenciado Gasea en Valencia, entendiendo

con toda diligencia y cuidado en los negocios de su co-

misión, en diecisiete de Septiembre del año de cuarenta y

cinco recibió la carta de su Magestad y otra del serenísi-

mo Príncipe su hijo; y,en cumplimiento dellas,se dio toda

priesa á poner en orden los procesos y hacer la relación

que se le mandaban. Luego escribió á su Alteza como lo

quedaba haciendo, y, deteniéndose más de lo que reque-

ría la necesidad de su partida para las provincias del Perú

se le tornó á escribir que, dejándolo todo, se viniese; y

así lo hizo, que luego tomó su camino para la villa de

Madrid, donde á la sazón se había mudado la Corte; y

llegado que fué cada día se entendía en los negocios del

Perú; y diósele á entender al licenciado Gasea que las

voces que había de llevar era para mediar entre el Virrey

y Gonzalo Pizarro y los del Perú para reducirlos á paz, y

86

HISTORIA DEL PERÚ

volver al Virrey en su oficio y á la Audiencia como antes

había estado.

Consideró el licenciado Gasea que esto se le decía

para que él pusiese (como dicen) nombre á la cosa, y, di-

simulando no lo entender, dijo que se maravillaba enviar-

le con tan poca autoridad á negocio tan importante y tan

dañado y que tan lejos de su Magestad se había de tratar

para no recorrer por poder en las cosas que se podían

ocurrir y habían sucedido después de la partida de los

mensajeros, según la disposición en que dejaron las cosas

tan dañadas y con tan poca mano para atraer, ni por bien

ni por mal, á gente que tan levantada y desvergonzada

estaba como aquélla; y que él de cualquier manera tenía

ofrecido persona y vida al servicio de su Magestad; pero

que á él le parecía que, si su Magestad mandaba que él

fuese, le debía dar poder tan lleno y bastante como él en

las Indias tenía, para que en todas ellas le acudiesen con

la gente, dineros, navios, caballos, armas y bastimentos

que pidiese; y para poder en su Real nombre proveer to-

dos los repartimientos de indios vacos y los que vacasen

estando él allá, y los oficios de aquella tierra, y para dar

entradas y gobernaciones de lo que no estaba pacifica-

do ni descubierto; y para perdonar todo lo cometido en

aquella tierra y se cometiese hasta purificarla, y no sólo

para que contra los delincuentes y criminosos que se per-

donasen no se pudiese proceder en lo criminal de oficio,

pero ni aun á instancia de parte, quedando, cuanto al in-

terés de hacienda que hubiesen robado ó damnificado á

cada uno, su derecho á salvo, y que asimismo él pudiese

mandar volver á España al Virrey si le pareciese que

para la pacificación y reducción de aquella tierra convenía,

y para poder gastar de la Hacienda Real todo lo que con-

viniese para la pacificación; y después de pacificada en

la Administración de justicia y gobernación, y que él no

queria salario alguno, sino que se le diese lo que fuese

necesario para sustentación suya y de los que con él fue-

sen, así por excusar gastos como porque se persuadiesen

los de Pizarro que iban tan de paz que seguramente le

podían dejar entrar en la tierra y andar entre ellos, y que

HISTORIA DEL PERÚ

87

consigo llevaría bien pocos, de suerte que juzgasen que

la más fuerza que llevaba era su hábito de clérigo y bre-

viario; y que lo que para el gasto fuese necesario no ha-

bía de entrar en su poder, sino de una persona nombrada

por su Magestad que lo recibiese y gastase y estuviese

obligado á dar la cuenta dello, y que esto se había de

tener por averiguado que se había de hacer, porque él

por ninguna manera había de ir con salario alguno en

aventura si aquello no le bastase verse después en nece-

sidad, pues él, con lo poco que tenía, no lo podía suplir,

y que ya que algo cobrase, sería que ninguna persona

pensase que tenía en tan poco su persona y vida, y que

su codicia era tanta, que por aquello lo ponía en el peli-

gro y riesgo que en la jornada había y se esperaba.

CAPÍTULO XVII

Cómo habiéndose tratado y altercado sobre los capítulos y

cosas que pidió el licenciado Gasea se envió la relación á

su Magestad, y de una carta que á su Magestad escribió

el licenciado Gasea.

Lo que se trató en la consulta sobre lo que Gasea pide y lo que sobre

ello se proveyó.—Carta del licenciado Gasea para su Magestad.—

Consideración sóbrela respuesta del licenciado Gasea á suMagestad.

Mucho se trató y confirió en la consulta algunos días

sobre las cosas que el licenciado Gasea había pedido. Es-

pecialmente sobre el poder que pedía para perdonar el

derecho de tercero para no se poder proceder contra los

delincuentes á instancia de parte en lo criminal, porque

dado que en Consejo á todos pareció que (como el licen-

ciado Gasea decía) no bastaba para asegurar á gente que

tantos desacatos y delitos habían cometido perdonarles lo

criminal de oficio, pues podían esperar que á instancia de

parte serían castigados tan enteramente como si no les

fuera perdonado lo de oficio, y aunque para ello se podrían

solicitar las partes que tantas y tan injuriadas había, em-

pero dudóse si el Príncipe podría perdonar esto, y, sobre

bien altercado, fué la resolución que, por bien de paz (que

tan dificultosa era de haber como la que se procuraba) lo

podía hacer el Príncipe, que no reconocía superior, como

lo era el Rey de España. Habiéndose, pues, bien alterca-

do, sobre todo lo pedido por el licenciado Gasea, se le

90

HISTORIA DEL PERÚ

mandó que diese todo lo que pedía por escrito de su

letra; y así lo dio, poniendo y declarando especificada-

mente las causas y razones que le movían á pedir cada

cosa. Lo cual se envió á su Magestad originalmente, por-

que el Cardenal y Comendador mayor y los demás del

Consejo, consideraron podría parecer á su Magestad que

no se le debía de otorgar mucho de aquéllo; y tuvieron

consideración que su Magestad entendiese que el licen-

ciado Gasea lo pedía, y que no salía dellos.

También se trató sobre escribir á su Magestad que debía

de proveer de iglesia al licenciado Gasea para tener más

crédito con los alterados, y para efecto que advirtiesen me-

jor á lo que les dijese y persuadiese (entendiendo que im-

portaba para ello el crédito que el título de Obispo le po-

dría dar). Lo cual, entendido por el licenciado Gasea, con

instancia lo rebatió, pareciéndole que aquello no era cosa

que se debía suplicar á su Magestad, ni cosa justa proveer

su Magestad de iglesia á hombre que tan lejos como al otro

Mundo quería enviar. Teniendo asimismo por inconve-

niente dar con esto ocasión á que su Magestad creyese

que en él había tanta ambición que á su instancia aquello

se pidiese. Queriendo, pues, brevemente resumir el nego-

cio y acelerar la provisión, pues su calidad lo requería,

luego con diligencia se despachó correo á su Magestad,

con el cual el licenciado Gasea escribió la carta siguiente:

"S. C. C. M.:

Recibí la carta de vuestra Magestad, en que se man-

daba que fuese á entender en las cosas del Perú; y dado

que estando tan poco acostumbrado á largo camino (es-

pecialmente de mar en que hasta hoy nunca entré) me pa-

reció que era jornada trabajosa y peligrosa para salud y

vida; pero conociendo que los hombres, desde que nace-

mos, estamos condenados á la muerte y obligados al tra-

bajo, y cuan particular obligación tenemos á esto los va-

sallos de vuestra Magestad, viendo la determinación con

que todas las veces que dello hay necesidad, vuestra Ma-

gestad, por lo que á nosotros conviene, no rehusa de

HISTORIA DEL PERÚ

91

poner á todo riesgo y trabajo su persona, siendo la que

es. é importando su conservación tanto al bien universal

de la república cristiana, no me pusieron estas dos cosas

tanto temor para que desease que se me excusase esta jor-

nada cuanto conocer mis pocas fuerzas corporales y corta

industria, y que ninguna experiencia tengo de las cosas de

Indias; y que, conforme á esto, por faltarme vida ó salud

en el camino ó medios en los negocios, podría ser inútil

para servir á Dios y á vuestra Magestad en ellos, y ocupa-

ría lugar á otro, que enviándose á ello se consiguiese el

fin y pacificación que de aquella tierra se pretende. Mas

entendiendo la determinación con que esto vuestra Ma-

gestad manda, me pareció que sin réplica ni excusa algu-

na lo debía obedecer, y así me determiné de hacerlo;

considerando que con hacer yo lo que en mí fuese, sin

dejar nada de aquello á que mi poquedad bastase, tratan-

do los negocios con la fe verdad y limpieza que á Dios y

á mi Príncipe debo cumplía; y teniendo por cierto que

vuestra Magestad no es servido que esté desterrado y

fuera de mi naturaleza más del tiempo que fuere necesa-

rio para poner en sosiego aquella tierra, y que puesta, pla-

ciendo á Dios, en ella, llevo licencia para volverme á esta

sin aguardar otra, y cumpliendo el mandamiento de vues-

tra Magestad, llegué aquí á trece del pasado, y después

que el Príncipe mi señor y Comendador mayor de León y

los demás se juntaron en esta villa, se ha tratado y trata

en darme á entender las cosas de aquellas partes y en

ver lo que, para el remedio dellas, es necesario proveer.

No partí de Valencia á la hora que recibí la carta de

vuestra Magestad, así por dejar en buen orden y recaudo

los procesos y cosas de los negocios de aquel Reino, como

porque me pareció convenía que, antes que yo de allí sa-

liese, fuese la persona que los había de continuar y aca-

bar, para que en presencia dellos le pudiese informar del

estado en que los dejaba y del intento que tenía en lo que

quedaba por hacer. Lo cual pensaba se pudiera hacer en

ocho días que allí me alcanzara; y aunque me partiera el

mismo día que recibí la carta, no pudiera llegar á Valla-

dolid antes que su Alteza saliera de allí, ó ya que antes

92

HISTORIA DEL PERÚ

llegara (que á más fuera uno ó dos días) le hallaba

tan de camino que no se pudiera entender en cosa al-

guna.

Por el favor que vuestra Magestad me hace en la me-

moria que es.cribe, terna de mí cuando volviere desta jor-

nada, beso las manos á vuesta Magestad, que cierto todo

el caudal que della hago es servir á Dios y á vuestra Ma-

gestad, y con darme la divina bondad lumbre y gracias

para acertar á hacerlo y volverme á morir á mi naturaleza,

me temía por contento y pagado. Sólo suplico á vuestra

Magestad que informado qué cabe en la persona, rectitud,

entendimiento y letras del doctor Gasea, mi hermano,

Oidor que de cuatro años á esta parte es en la Cnancillería

de Valladolid, sea servido de hacer á él y á mí merced

de le pasar á la plaza que en el Consejo de Justicia ésta

vaca por muerte del licenciado Juan Sánchez Corral; que

para mí será muy grande, y, si no me engaño, suplirá en

aquel lugar la falta que con su fallecimiento hizo el Licen-

ciado. Porque ambos fueron de un tiempo de estudio y

residieron en un mismo colegio, y en su trabajo y habili-

dad (á lo que entiendo) hubo poca ó ninguna diferencia;

Nuestro Señor guarde la sacra é imperial persona de

vuestra Magestad por tantos y tan felices años como la

cristiana república ha menester y los vasallos de vuestra

Magestad deseamos, y en particular tenemos necesidad.

De Madrid, catorce de Noviembre de mil y quinientos y

cuarenta y cinco. De vuestra S. C. C. M. humilde vasallo

é indigno criado que sus reales manos besa, El licenciado

Gasea.,,

Respondió desta manera el licenciado Gasea á lo que

su Magestad le ofrecía, porque él daba á entender que

aceptaba la jornada con más certidumbre de acabar en

ella su vida que no con esperanza de poder volver á su

naturaleza; considerando su edad y el trabajo de tan largo

viaje y peligrosa navegación y diversidad de aire, manteni-

miento y constelación para tan largas tierras, reinos y pro-

vincias, por él jamás vistas ni conocidas, do había tan

dañadas y tan diferentes voluntades y condiciones; y sin

HISTORIA DEL PERÚ

93

tener esperanza que había de hallar persona alguna de

quien se pudiese confiar. Por lo cual, con sacramento,

afirmaba sólo haberlo aceptado por servir á Dios y á su

Rey y corresponder á su honor y concepto que algunos

de su ánimo tenían, y por no dar ocasión á que del se

pensase que tenía en más la vida que estas tres cosas.

CAPÍTULO XVIII

Cómo llegado el correo á su Magestad otorgó todas las

cosas que el licenciado Gasea había pedido en España, y

de los negocios y cosas que hizo antes de su partida, y cómo

se embarcó y salió de Sanlúcar en la flota y lo que en el

camino le acaeció.

Los despachos que su Magestad envió para Gasea.—Lo que hacía Gasea

en Toledo cuando llegaron los despachos de su Magestad.—Manda

su Alteza á Gasea que concierte los testamentarios de D. Juan Ta-

vera con la Cámara apostólica y efectúalo.—Muéstrase tener pena

porque su Magestad no dio Obispado á Gasea y lo que Gasea á

esto replica prudentemente.—Pártese Gasea para Sevilla y en lle-

gando hace las diligencias para su partida.—Embárcase Gasea.—

Hácese á la vela toda la flota.

Recibidos, pues, por su Magestad, los despachos que

de España se enviaban ordenados, los mandó ver y se des-

pacharon todos, juntamente con el poder de dar goberna-

ciones y descubrimientos. Lo cual fué en Venelo á diez y

seis de Febrero de mil y quinientos y cuarenta y seis, y

luego se enviaron á España con muchas cartas en blanco

para que el licenciado Gasea las pudiese henchir cuando

viese que era necesario. Iba una llena para Gonzalo Pi-

zarro y otra para Bachicao,^creyendo que aun se estaba

con la armada de Gonzalo Pizarro en Panamá; y otras, asi-

mismo llenas, para el Virrey de la Nueva España y Audien-

cias de Nicaragua y Santo Domingo, Gobernador del nue-

vo reino y Popayán, en que se les mandaba acudiesen

96

HISTORIA DEL PERÚ

con todo lo que de parte de su Magestad el licenciado

Gasea les pidiese y lo cumpliesen bien así como si su

persona Real se lo mandase.

Cuando estos despachos llegaron estaba el licenciado

Gasea en Toledo, donde, por mandado de su Alteza había

ido á tomar la posesión del arzobispado. Porque parecién-

dole al arzobispo don Juan Martínez Silíceo, que, de

cuando el licenciado Gasea visitó aquella iglesia y tribu-

nales eclesiásticos en tiempo de don Juan Tavera tenía

noticia de aquéllo y le podría hacer de provecho para se

lo dejar ordenado hasta que él se desembarcase y fuese,

suplicó á su Alteza se lo mandase. Venido, pues, que fué

de Toledo, asimismo le mandó su Alteza que antes que

se partiese procurase concordar los testamentarios de

don Juan Tavera con la cámara apostólica. Porque el

Consejo Real estaba en que ni de aquel espolio ni de

otro alguno en España se debía permitir que el Papa lle-

vase nada, pues era contra derecho é introducción que

de poco tiempo se había procurado poner en España; y

que aun en Portugal no se había consentido ni consentía;

y á su Alteza y al comendador mayor Cobos parecía que

no era sazón de removerse semejante humor, sino que

se concertase. Y así mandaron al licenciado Gasea que en-

tendiese en ello y lo efectuó. Y esto hecho se comen-

zó de aprestar para su viaje, y, al tiempo de su partida, el

Cardenal y Comendadores mayores mostraban tener pena

porque su Magestad no le hubiese proveído de iglesia. Y

pareciéndole al licenciado Gasea que se lo decían creyen-

do que por ello él tenía pena, y que semejante concepto

no era bien que de él se tuviese, procuró darles á enten-

der cuan de otra manera él lo entendía; diciendo que su

Magestad había hecho lo que á la conciencia de entram-

bos convenía, pues ya que su Magestad le proveyera

iglesia no la pudiera él aceptar sin gran cargo de su con-

ciencia y nota de mal cristiano; pudiendo tener tan poca

cuenta con ella en tan larga jornada de tiempo y tan lejos

de cualquier Obispado de España, y que, durante ella, en

nada le podría aprovechar sino de darle cuidado. Espe-

cialmente si allá muriese ó le matasen, que entonces de

HISTORIA DEL PERÚ

97

nada le podría ser buena sino para partir desta vida con

más congoja y pena de la poca cuenta que daba de la pro-

visión que había aceptado; y que aun para lo deste mun-

do no le convenía, porque si en el negocio á que iba no

hiciese nada habiéndole autorizado de Obispo, parece

que había más causa de decir que él era para tan poco

que con todo lo que le habían autorizado no había sido

para hacer efecto alguno; y que yendo así como iba, ha-

bía algo más ocasión de le disculpar; y que habiendo algo

que de momento fuese, se atribuiría á su persona y no á

otro adherente.

Mucho agradaron estas razones al Cardenal y Comen-

dadores mayores, de los cuales el licenciado Gasea luego

allí se despidió; y, habiendo tomado licencia de su Al-

teza, se partió para Sevilla donde llegó á los dieciséis

de Abril. Luego comenzó á entender á toda diligencia en

que se aprestasen los navios que allí había de la flota en

que él había de ir, y que el Maestre de campo se diese

priesa en poner á punto el matalotaje y las otras cosas

para el viaje, porque éste era la persona que se había se-

ñalado para su gasto y de los que iban en su compañía,

al cual se mandaron dar tres mil ducados para ello, y que,

llegado á Tierra Firme, diese cuenta á los Oficiales reales

de lo que, hasta llegar allí, hubiese gastado, y asimismo

de lo que de allí adelante se gastase, tomándole, en fin de

cada mes del tiempo que allí se detuviese, cuenta de lo en

él gastado, y dándole para el gasto del siguiente; y que

lo mismo llegado al Perú hiciesen los Oficiales reales de

aquella provincia, y así después siempre se hizo y guardó

esta orden, y porque en Sanlúcar estaban navios para car-

gar de los de la flota, porque en ninguna parte hubiese

descuido, dejó el licenciado Gasea en Sevilla á su hermano

Juan Jiménez de Avila para que se diese priesa, y él se fué

á darla en San Lúcar, pareciéndole que él ido no sólo se

darían priesa los de San Lúcar, pero que los que queda-

ban en Sevilla, viendo que los aguardaban en el puerto, se

aprestarían con más diligencia, como en efecto se hizo; y

aun por acortar las largas que la gente de mar suele tener

después de parecer que está todo á puntó; por tanto,

TOMO II. 7

98

HISTORIA DEL PERÚ

cuando el licenciado Gasea vio que ya lo estaban, se em-

barcó luego y estuvo tres días embarcado antes de se hacer

á la vela; y otro día hizo llegar la nao á la boca de la barra,

y otro día siguiente, veinte y seis de Mayo de mil y qui-

nientos y cuarenta y seis se hizo toda la flota á la vela y

salieron de la barra, y á cuatro de Junio llegaron á la Go-

mera, donde se detuvieron á tomar agua y algún refresco

y matalotaje, y estando, á las diez horas del día, levan-

tadas las áncoras para salir del puerto, vieron atravesar

cerca de la costa de la isla una nao y un pataje de fran-

ceses, y por descubrir lo que era antes de salir, se tor-

naron á poner en una áncora; y por tierra con gente de ca-

ballo, y por la mar con algunos bateles, envió el licen-

ciado Gasea á descubrir si había más naos; y entendido y

visto que no eran más, salieron ya tarde; y á la salida del

puerto dióles una refriega (que sobre noche ordinaria-

mente allí suele haber) que puso algunas naos en peligro

de zozobrar, especialmente en la que iba el licenciado

Gasea; salidos, pues, de la Gomera y engolfados cien le-

guas dentro en la mar, les dio buen tiempo á popa, y con

él y con las corrientes, que ya desde allí adelante van por

aquel camino, navegaron veintidós días sin ver tierra, y á

tres de Julio descubrieron las islas que atraviesan todo

aquel mar que hay desde Venezuela á Santo Domingo, es-

parcidas de tres y de diez en diez leguas, y de menos y

más distancia una de otra. Entre estas islas hay dos, que

la una llaman la Deseada y la otra la Antigua; y entre

estas dos islas es por donde se pasa de una parte del golfo

á la otra; y, creyendo los pilotos que iban á pasar entre

ellas, con un nublado muy cerrado que hacía, descono-

ciéronlas y erraron el camino, pensando que dos puntas

que hace otra isla que se llama de Guadalupe, eran aque-

llas dos islas, y enderezaron á meterse entre las dos pun-

tas; y fueron tan ciegos, que, hasta llegar una legua dellas,

no conocieron que iban fuera de camino.

Fué grande su turbación, porque iban tan metidos ya

en tierra, que les parecía no podrían doblar la una punta,

sino que habían de dar en tierra y perderse, y ya que las

doblasen, estaban otras islas que llaman Todos Santos,

HISTORIA DEL PERÚ

99

que no podían sino al entrar en medio de ellas dar- una

nao en otra; especialmente que era ya puesto el sol á boca

de noche; y demás de ochocientos marineros que iban en

el armada, ninguno había que allí se hubiese visto, si no

era un lombardero flamenco que decía que otra vez vi-

niendo en una nao por allí con otro semejante yerro,

habían sido forzados los que venían en aquella nao á en-

trar por medio de Guadalupe y Todos Santos; y que aun-

que era angosto el espacio, era limpio, y no habían en-

contrado en qué tocar. Luego, con gran diligencia y fuer-

za que se hizo, llevando las naos tan de lo (?) que no iban

en poco peligro á gran pena, y tan junto á la tierra que si

no fuera costa limpia sin falta se perdieran, doblaron la

punta y salieron al golfo por entre las islas de Guadalupe

y Todos Santos.

Están todas estas islas pobladas de indios flecheros

que tiran con hierba, y los heridos della mueren en vein-

ticuatro horas con grandes dolores y haciendo visajes

como los que rabian. Y, dejando por ahora al presidente

Gasea en su navegación, diremos lo que sucedió á Mel-

chor Verdugo en la provincia de Nicaragua y en Tierra

Firme.

CAPÍTULO XIX

Cómo Melchor Verdugo, partiéndose de Cartagena, salió á

la mar del Norte y combatió de noche la ciudad del Nom-

bre de Dios, y el capitán Hernán Mexia se huyó á Panamá

donde estaba el general Pedro Hinojosa.

Determina Melchor Verdugo ir al Nombre de Dios.—Desembarca Ver-

dugo sin ser sentido y pone fuego á las casas del capitán Hernán

Mexía.—Huye Hernán Mexia y escápase.—Causa de las avenidas

de los ríos que vienen de Panamá á Nombre de Dios.—Llega Hernán

Mexía á Panamá y da cuenta á Pedro de Hinojosa.

Ya en la primera parte desta historia contamos cómo

Melchor Verdugo, después que en Trujillo alzó bandera

por su Magestad, se fué á la provincia de Nicaragua, y

que el capitán Palomino vino por mar á echarle de allí, y,

no lo pudiendo hacer, se había vuelto á Tierra Firme y

Melchor Verdugo se quedó en Nicaragua. Pues es de saber

que después desto Melchor Verdugo, con la gente que

traía y que se le agregó, se hubo en aquella provincia tan

desordenadamente que la Audiencia tuvo necesidad de

procurar echarle de la tierra. Y así el licenciado Quiñones

(que era uno de los Oidores) con junta de gente vino con-

tra él y le puso en estrecho de tener por bien de se salir

con cerca de doscientos hombres que le siguieron y me-

tióse en barcas; y por el río que de la laguna de Nicara-

gua sale (que llaman el desaguadero) salió á la mar del

Norte con intento de ir dejando la costa de Tierra Firme

102 HISTORIA DEL PERÚ

á la mano derecha, y apartándose del Nombre de Dios á

Cartagena y desde allí á Popayán, donde creía que estaba

el Virrey, porque, aunque había cinco meses que era

muerto, él no lo sabía.

Salido, pues, á la mar del Norte, con este intento,

supo la muerte del Virrey de una fragata que venía del

Nombre de Dios, y cómo á aquel pueblo había llegado

Hernán Mexía, capitán de Gonzalo Pizarro, y que que-

daba con poca gente; lo cual sabido por Verdugo se de-

terminó ir al Nombre de Dios y hacer algún salto, consi-

derando que lo podía muy bien hacer á causa que Pedro

de Hinojosa estaría en Panamá con toda la gente. Y, con

este intento, con tres fragatas se fué por el desaguadero á

la mar del Norte, y, antes de llegar al nombre de Dios,

tomó un barco en el río de Chagre y de los que en él iban

supo todo lo que en el Nombre de Dios pasaba y los Capi-

tanes que allí había y sus moradas. De lo cual siendo bien

informado tomó algunos negros ladinos que iban en el

barco, y á los veinte de Junio de cuarenta y seis, á la me-

dia noche, llegó al puerto y se desembarcó sin que fuese

sentido; é informado bien dónde Hernán Mexía posaba

fué luego á su casa y cercóla apellidando: ¡viva el Rey y

Melchor Verdugo su Capitán, y mueran traidores! Her-

nán Mexía estaba á la sazón durmiendo con trece ó ca-

torce personas que consigo tenía; los cuales estaban tam-

bién durmiendo, y, despertados con el ruido de la gente y

armas, se pusieron en defensa é hiciéronlo con tanto áni-

mo que con toda la fuerza que puso Melchor Verdugo y

su gente no pudieron subir á un alto de la casa en que

estaba, por lo cual Verdugo acordó ponerles fuego; y

como las casas de aquel pueblo (especialmente los altos)

son de madera y tablas de cedro (que es una excelente

madera que en aquella tierra hay, así de grandeza como

de lustre, y color que tira á colorado) encendióse la casa

de manera que Hernán Mexía y los que con él estaban

tuvieron necesidad de arrojarse entre los enemigos y el

fuego; y esto hicieron con tanta presteza que, aunque al-

gunos dellos fueron heridos, se escaparon por medio de-

llos y huyeron á los montes que están junto al pueblo

HISTORIA DEL PERÚ

103

muy grandes y espesos; caminaron aquella noche y otro

día y parte del día siguiente dieciocho leguas que hay del

Nombre de Dios á Panamá, de muy áspero y mal camino;

y las seis leguas y más van continuamente por agua por

dos ríos, el uno como va el río arriba y el otro agua aba-

jo; y por bien que hombre quiere huir lo hondo del río

acontece yendo á caballo dar el agua á la rodilla del hom-

bre, y algunas veces tener necesidad de nadar la cabalga-

dura y acaece ahogarse cuando de presto viene alguna

avenida y los caminantes se hallan en parte do no pue-

dan tan presto salir del río. Esto viene de que la tierra es

tan áspera y que de la una y otra parte se levantan desde

la madre de aquellos ríos tantas sierras y tan llenas de

árboles y plantas que no queda por donde ir sino por la

madre del río, y cuando más se sale della es por algunos

pedazos pequeños de camino que en las vueltas el río deja

descubiertos; y así por gozar de aquella poca tierra que

atraviesa tantas veces el uno de aquellos ríos que Pero

Hernández Paniagua (Regidor de Plasencia) cuando des-

pués pasó con el presidente Gasea, quiso contar cuantas

veces atravesaban el río y contó noventa y tantas y enfa-

dado dejó la cuenta. Llegaron, pues, Hernán Mexía y los

que con él iban descalzos y muertos de hambre y muy

cansados y fatigados y dieron arma á Pedro de Hinojosa

y á los de Gonzalo Pizarro y al doctor Pedro Rivera, Go-

bernador que allí estaba por su Magestad.

CAPÍTULO XX

n

Cómo Melchor Verdugo se apoderó de la ciudad del Nom-

de Dios, y el Gobernador y Pedro' de Hinojosa vinieron de

Panamá sobre él, y hubo pelea entre ellos, y Verdugo se

fué á Cartagena.

Apodérase Verdugo del Nombre de Dios.—Viene el Gobernador y Pedro

de Hinojosa contra Verdugo.—Toma el capitán Mexía las espías de

Verdugo y un indio da aviso á Verdugo.—Apercíbese Verdugo.—

Mueren tres, encalmados, de los de Pizarro.—Acógese Verdugo á

la mar.

Viendo Melchor Verdugo que Hernán Mexía de Guz-

mán y los que con él estaban se habían huido, apoderóse

de la ciudad y de la gente, armas y caballos que allí había,

y como todas las cosas nuevas aplacen, y más el vivir li-

bremente entre gente perdida, como era la mayor parte

que en aquella tierra estaba, allegáronsele muchos, así de

los que estaban en aquel puerto como también de los que

había en el puerto y algunos mercaderes que con la fe

que á su Rey tenían les placía su real voz; y así se hizo

Melchor Verdugo poderoso en el pueblo y con las armas

y municiones que allí había, aderezó bien su gente; y te-

miéndose de los de Panamá, puso espía en diversas partes

del camino para que le diesen aviso si contra él viniesen.

Pedro de Hinojosa y la otra gente de Gonzalo Piza-

rro, habiendo sabido de Hernán Mexía lo que pasaba,

trataron luego de venir contra Verdugo, y pareciéndole

que se haría mejor, y en más gracia de los vecinos del

106

HISTORIA DEL PERÚ

nombre de Dios y de Panamá, si se hiciese á voz y en

nombre del Gobernador, procuraron persuadir al doctor

Rivera y darle á entender que Melchor Verdugo le hacía

grande injuria en su gobernación en ocuparle la jurisdic-

ción della, y así con esta persuasión determinó ir contra

Verdugo, y habiéndolo comunicado con los vecinos de

Panamá, á todos les pareció que lo debía hacer, porque

los más dellos estaban inclinados á Gonzalo Pizarro por

el interese que en sus tratos pretendían, y también porque

tenían en el Perú sus mercancías y haciendas y no osaban

enojar á Gonzalo Pizarro porque no se las tomase; y aun-

que algunos no deseasen, por alguno destos respectos,

complacer á Gonzalo Pizarro y á los suyos, no osaban

contradecir lo que ellos querían por estar sujetos y opri-

midos. Salió, pues, de Panamá el Gobernador acompaña-

do de Pedro de Hinojosa y de los otros Capitanes y gente

de Gonzalo Pizarro, yendo delante Hernán Mexía con

otros corredores para tomar las espías que Verdugo había

puesto (de que algunos del Nombre de Dios les habían

dado aviso) con intento de saltear á Verdugo sin que lo

sintiese hasta que estuviesen sobre él.

Caminando, pues, desta manera, Hernán Mexía, tomó

la primera espía, de la cual supieron qué tanto de allí y

dónde estaba la otra más cercana, porque, para que fuese

más breve el aviso, sabía cada una de las espías do esta-

ba la otra; y así fué Hernán Mexía tomando todas las

espías hasta la postrera que estaba cerca del Nombre de

Dios, que era un indio, que, con la ligereza que todos ellos

suelen tener, se les fué y dio mandado á Verdugo. El cual

luego procuró poner á punto su gente junto !a mar, alle-

gando á tierra sus barcos para que, viéndose en necesidad,

se pudiese acoger á ellos. El Gobernador y los de Pizarro,

con la priesa que se habían dado á caminar, después que

comprendieron que se había huido la espía y con el gran

calor de aquella tierra llegaron tales y tan perdidos que

luego aquel día murió dellos un capitán llamado Jerónimo

de Carvajal y un Alférez y un Sargento encalmados, que es

un encendimiento que muchas veces da en aquella tierra

á los que con sol trabajan demasiado; y es tan grande que

HISTORIA DEL PERÚ

107

les quema el pulmón y enciende tanto que, después de es-

tar uno así quemado, no aprovecha agua ni otra cosa para

que no muera en muy pocas horas con,grandes ansias y

congojas.

Llegada, pues, la gente, tan fatigada, al Nombre de

Dios, á gran trabajo y fuerza la podían sacar Pedro de

Hinojosa y los Capitanes de las casas do se entraban á

beber y á tomar la sombra; finalmente: ellos iban tales que

menos gente descansada de la que tenía Verdugo bastara

para los poner en aprieto si como puso gente entre el

pueblo y la mar la pusiera antes del pueblo saliendo á

recibir los enemigos al camino. Pero como del principio se

ensayó la huida, así comenzaron los de Pizarro [á] salir á

la marina y se trabó la pelea entre ellos y hubo algunos

muertos y heridos; los vecinos del Nombre de Dios, vien-

do á su Gobernador de la parte contraria se retrajeron, y

los soldados de Verdugo, por los detener, se desordenaron,

lo cual viendo Verdugo se arrojó á la mar y se acogió á

un barco, y con algunos que le siguieron se metió luego

en un navio de los que en el puerto estaban. Visto esto

todos desmayaron y unos se echaron al agua y otros hu-

yeron al monte. MelchorVerdugo artilló y pertrechó aquel

navio y comenzó de batir el pueblo. Mas, viendo el poco

daño que hacia y considerando que la mayor parte de su

gente se le quedaba y que le faltaban los bastimentos, se

retiró de allí al puerto de Cartagena, llevando aquel na-

vio y las fragatas que de Nicaragua había traído. Luego

el Gobernador hizo allí proceso contra Verdugo llamán-

dole á pregones y tomando información cómo había en-

trado en la tierra de su Magestad y usurpado la jurisdic-

ción y hecho otras exorbitancias. Y para cerrar este pro-

ceso se quedó allí, y Pedro de Hinojosa y los otros de

Gonzalo Pizarro se volvieron á Panamá, y el Gobernador

hizo lo mismo cerrado el proceso, dejando en guarda el

Nombre de Dios á Hernán Mexía de Guzmán con la gen-

te que había hecho y la que se le dio de la compañía del

capitán Jerónimo de Carvajal que allí murió encalmado.

CAPÍTULO XXI

Cómo prosiguiendo el licenciado Gasea su navegación, llegó

d Santa Marta, y allí tuvo nueva de la muerte del Virrey,

y lo que sobre esta razón dijo y demostró, y cómo por

razón del interese Gonzalo Pizarro era comunmente amado

de todos, y, por el consiguiente, Blasco Núñez Vela fué

de todos aborrecido.

Descripción de las sierras nevadas.—Tiene Gasea nueva de la muerte

del Virrey.—Disimulación y plática del licenciado Gasea.—Consi-

■ deración del licenciado Gasea.—Consideración sobre los negocios

del virrey Blasco Núñez.—Aborrecer al Virrey y amar á Gonzalo

Pizarro nació de tener más amor y obligación al interese que á la

virtud y pénense las causas y razones de esto.

Ya que había salido al golfo la flota en que iba el li-

cenciado Gasea por entre las islas de Guadalupe y Todos

Santos, á los diez de Julio tornaron á ver tierra en las

sierras nevadas, que comienzan á catorce ó quince grados

desta parte de la equinoccial, y corren hasta el estrecho de

Magallanes, que es hasta cincuenta y tres grados de la

otra parte de la equinoccial, y están todas cubiertas de

nieve perpetua, sin parecer que algún mes del año se

disminuya, excepto en las partes donde vienen á hacer

quebradas, porque allí muchas veces no hay nieve. Reco-

nocida, pues, la tierra, guiaron su derrota al puerto de

Santa Marta, donde tomaron tierra; porque puesto que

cuando la flota salió de San Lúcar había parecido á los

110

HISTORIA DEL PERÚ

Oficiales de la casa de la contratación que debían tocar

en Santo Domingo, habiendo juntado los pilotos en la

Gomera, y platicado la derrota que de allí habían de lle-

var, se entendió que se torcía algo el camino por Santo

Domingo, y que era pueblo de que no fácilmente se po-

dría sacar la gente de mar, por lo cual el licenciado Gasea

mandó que guiasen á Santa Marta, donde no había oca-

sión de parar más tiempo del que fuese menester para

tomar agua y lena de que tenían necesidad, y algún maíz

porque ya había falta de pan.

Hallaron en Santa Marta al licenciado Almendáriz,

Juez de residencia y Gobernador de aquella provincia y

del Nuevo Reino, que les recibió bien y fué el primero de

quien supieron la muerte del Virrey, que puso gran tur-

bación en todos los de la flota, pareciéndoles que, añadi-

do esto sobre los otros delitos pasados, se debía tener

poca esperanza de la reducción de los del Perú; y aunque

al licenciado Gasea dio pena esta nueva, procuró disimu-

larlo y dar á entender que por la muerte del Virrey le pe-

saba, empero no por lo que tocaba á la negociación. Pues

los del Perú se habían de reducir con la benignidad que su

Rey era servido usar con ellos perdonándoles sus culpas

cometidas hasta que se reduciesen; y así aquélla como las

otras caían debajo del poder que él traía para perdonar,

mayormente, que aun la data del poder era hecha después

de la muerte del Virrey; lo cual decía el licenciado Gasea,

no sólo para animarlos, empero aun para que lo publica-

sen y consiguiesen los culpados esperanza de ser perdo-

nados. Y no sólo esto que decía le ayudaba á no descon-

fiar de la religión, pero aun le parecía y consideraba que

la falta del Virrey podría ser que ayudase á la negocia-

ción, porque según la enemistad que con él tenían y el

miedo que él entendía habían concebido de la aspereza é

ímpetu del Virrey, daba á entender que, estando de por

medio el odio que le tenían y el temor de su condición,

había de ser causa de no se reducir quedando el Virrey

en la tierra; y que ya que fuese necesario sacarle della no

podía sino haber en ello gran dificultad, no siendo de su

voluntad; y ya que lo fuese parecía que se injuriaba y

HISTORIA DEL PERÚ

111

afrentaba criado de su Magestad que tanto celo tenía y

había mostrado á su real servicio y que tan afligido y per-

seguido por ello había sido de los alterados; que era, cier-

to, consideración discreta y piadosa, porque verdadera-

mente en él se había conocido grande ánimo y celo de

servir á su Rey, no tratando si fué con tanto tiento y cor-

dura como conviniera, aunque, la falta de estas dos cosas,

pudo ser que no procediese tanto de su condición y ta

lento cuanto de ser su negociación pesada y en tan gran

contradicción, que son dos cosas que grandemente des-

atinan y hacen perder todo buen tiempo, y especialmente

después que se comienza á errar, do pudo también ayudar

á la espereza y rigor del Virrey la prenda que había sa-

cado de España de ejecutar las ordenanzas, así de haber-

le elegido por hombre que lo haría como por lo que cer-

ca de la ejecución se le debería haber encargado, que

eran cosas que no así tenían prendados para la ejecución

dellas á los otros Gobernadores que en Indias estaban. Y

así como en todas las Indias no hubo en aquel tiempo

hombre más amado que Gonzalo Pizarro, por el consi-

guiente no le hubo más aborrecido que el Virrey; y lo

uno y lo otro manaba de tener más amor y mostrar ma-

yor obligación al interese que á la virtud. Porque como

todo el interés de los de las Indias consistiese en que se

encomendasen los indios y repartimientos dellos á par-

ticulares y que no se pusiesen en cabeza de su Magestad,

y mostraba defender esto Gonzalo Pizarro, y el Virrey

. había procurado ejecutar lo contrario, y había tenido tan-

^ ta inclinación á ello que aun antes que fuera recibido en

' Lima lo comenzó á efectuar, y desde Tierra Firme á pu-

blicar, y por causa que á él sólo su Magestad diese gracias

dello y se le atribuyese la gloria, lo quiso hacer por sí y

sin los Oidores, de donde tomaron todos tanto amor con

el uno y tanto aborrecimiento con el otro; y consistir en

esto el interese de todos los de las Indias es cosa mani-

fiesta: porque de los vecinos que tenían indios, está cla-

ro pues se les habían de quitar si concurrían en ello las

causas de privación contenidas en las ordenanzas, y ya

que algunos hubiese en quien no concurriesen, se les

112

HISTORIA DEL PERÚ

quitaba la sujeción en los indios que por cédula de su

Magestad tenían sus hijos y en defectos de ello sus muje-

res; y ansí en la Nueva España, Guatimala, Nicaragua y

las otras partes de las Indias, llamaban los vecinos á Gon-

zalo Pizarro padre suyo y de sus hijos y mujeres, porque

decían que les defendía sus haciendas; y de la gente que

aun no tenían indios, sino que los esperaban tener ó que

vivían con los vecinos, está asimismo claro el interese,

pues en los unos se quitaba la esperanza de haber indios

y á los otros toda manera de vivir en las Indias, pues

quitándose el arrimo de los vecinos, ninguno les quedaba.

Asimismo consistía el interés de los mercaderes y tratan-

tes en las Indias que hubiese vecinos de repartimientos,

porque aquestos son los que gastan las mercancías y la-

bran las minas de oro y plata con que las mercaderías se

compran y se hacen todos ricos, y esto se puede hacer

con el ayuda de sus indios y tributos que dellos reciben

y no sin ella; y quitarse los indios y ponerlos en cabeza

de su Magestad, no sólo cesaban los vecinos (que son el

fundamento de todas las Indias) pero, no se pudiendo

sustentar, se habían de venir á España, y ansí cesaba toda

contratación y labor de minas.

CAPÍTULO XXII

Cómo queriendo salir la flota del puerto de Santa Marta le

llegó nueva al Gobernador cómo Melchor Verdugo había

llegado á Cartagena y le pedían socorro, y cómo el licen-

ciado Gasea escribió á Verdugo y la flota siguió luego su

viaje para el Nombre de Dios.

Embárcase Gasea con la flota.—Viene nueva á Santa Marta de lo que

hace Verdugo.—Escribe Gasea á Verdugo.—Tormenta por causa

de un aguacero.—Por qué razón en la mar del Norte hay grandes

aguaceros.

Después que la gente de la flota hubo tomado en San-

ia Marta agua y leña y algún maíz y poca gente (porque

allí es todo poco lo que hay) y dejando el licenciado

Gasea escrito pliego para el Consejo Real de las Indias,

en que hacía relación de lo que allí había sabido y de

todo lo sucedido hasta llegar á aquel puerto, se embarcó

toda la gente á quince de Julio; y, estando levantando las

áncoras, descubrieron una fragata que venía de hacia la

parte de Cartagena; y aguardando á tomar nueva della

llegó Tobilla, Factor de su Magestad de aquella provin-

cia, y dio una carta de los de Cartagena al licenciado Al-

mendárez, y dijo cómo Verdugo había llegado á aquel

puerto, y que, con la nueva de lo que había pasado en

Nicaragua y después en el Nombre de Dios y de la toma-

da del navio, estaba aquel pueblo tan alterado y amedren-

tado que las mujeres, con el mueble que habían podido

TOMO II. 8

114 HISTORIA DEL PERÚ

llevar, se habían ido al monte, y los hombres quedaba'ií

todos en arma con intento de defender á Verdugo y á los

que con él venían la entrada en él, y que rogaba al Li-

cenciado fuese con toda brevedad á sacarlos de aquella-

necesidad. Y habiendo contado lo que Verdugo y el doc-

tor Rivera y Pedro de Hinojosa habían pasado en el Nom-

bre de Dios, luego el Gobernador rogó al licenciado Gas-

ea le diese alguno de los navios y gente dellos para ir á

estorbar que Verdugo no hiciese en aquel pueblo algún

desorden ó que él se fuese por allí y que él iría en su com-

pañía; el licenciado Gasea respondió que no era justo que

él enviase contra persona que traía voz de su Magestad,

ni convenía que habiendo tanta enemistad entre Verdugo

y los de Gonzalo Pizarro que estaban en el Nombre de

Dios, en Panamá, él se viese con él, porque de su odio se

resultaría desgracia contra él en los de Gonzalo Pizarro y

sospecha para no le dejar desembarcar ó no le querer oir

creyendo que se había concertado con Verdugo; empero-

que él le escribiría, y que creyese que hombre que se pre-

ciaba de servir de su Magestad no haría enojo ni daño en

el pueblo que estaba en su real servicio como lo estaba

Cartagena; y luego el licenciado Gasea le escribió enco-

mendándole no diese pesadumbre ni consintiese que su

gente hiciese daño á los vasallos de su Magestad que es-

tán en su servicio, y que el navio que había tomado le de-

jase libre á su dueño con todo lo que en él venía, pues

hacer otra cosa no sería servir á su Magestad, sino hacer-

le grande servicio, y que le parecía se debía volver á Ni-

caragua porque allí estaba á mano para lo que del hubiese

necesidad en servicio de su Magestad, y que no debía de

hacer (en tanto que otra cosa no se le escribiese) más de

estar apercibido con quietud y sosiego; porque su Ma-

gestad era servido que las cosas del Perú se asentasen y

pusiesen en orden con toda benignidad y blandura, usan-

do de clemencia con los culpados.

Con esta carta se volvió Tobilla y la flota se hizo á la

vela para el Nombre de Dios, y yendo una noche, día de la

Magdalena, sobre el Río Grande, les dio un aguacero tan

recio que todas las naos y los que en ellas iban andaban

HISTORIA DEL PERÚ

115

nadando en agua, y en la cámara en que iba el licenciado

Gasea entró tanta por la parte de la popa, que, no teniendo

desaguadero la cámara, se hinchó tan en breve, que es-

tando su cama levantada más de tres palmos cuando no

se cató estaban los colchones y él metidos en el agua:

y por presto que el licenciado quiso socorrer un escrito-

rio donde iban las provisiones de su Magestad, estaba ya

mucho del metido en el agua; y con este tan grande

aguacero se olvidaron algo los pilotos de meterse á la

mar y huir la corriente del Río Grande, que entra con muy

gran fuerza y resaca de árboles y leños seis leguas dentro

de la mar, y lo uno y lo otro les puso á todos en harta

confusión y necesidad, de que Dios fué servido escapar-

los; y aunque los truenos y relámpagos (que en aquel pa-

raje, ansí en la mar del Norte como la del Sur, son muy

grandes y de muchos rayos) les amedrantaban, también

les favorecían para poderse prever y marear las velas.

Estos aguaceros en la mar del Norte, desde Honduras

por toda aquella costa hasta pasado el golfo de Venezuela,

y en la mar del Sur, desde Nicaragua hasta cerca de Puerto

Viejo (especialmente cerca de las costas) son muy gran-

des y descargan tan de recio, que no parece sino que se

vierte agua á cántaros. Porque como aquella tierra á cau-

sa de estar entre dos mares sea tan húmeda, hay mucha

materia para humores acuosos, y como el sol tenga allí

tanta fuerza para levantarlo, y levantados en nubes para

derretirlos, caen muy de golpe como acá en Europa en el

estío cuando acontece llover y llueve muy de golpe por

la fuerza que el sol tiene para derretir las nubes de presto;

excepto que como acá haya poca materia en aquel tiempo

para humores acuosos, levántanse pocos, pero con la

fuerza que entonces el sol tiene, esos pocos derrítense

juntos y caen juntos, y ansí son acá las lluvias del estío,

recias, mas duran poco; pero allá como hay tanta materia

para causarse nubes de agua, y (como está dicho) el sol

tiene mucha fuerza, atrae muchos, y, aunque muy de gol-

pe, tienen materia para durar estos aguaceros medio día,

y algunas veces una noche, y asimismo la fuerza del sol

causa grandes exacciones de truenos y relámpagos.

CAPÍTULO XXIII

Cómo prosiguiendo la flota su viaje llegó al Nombre de

Dios y de la manera con que el Presidente fué recibido en

el pueblo, y Hernán Mexia le vino á ver de noche secreta-

mente, y la simulación y recato que el Presidente con todos

tenía.

Llega la flota al Nombre de Dios.—Escribe Hernán Mexía al Presidente.

Recibe la clerecía con ceremonia al Presidente.—Viene de noche

Hernán Mexía á visitar al Presidente—Lo que se entendía y juz-

gaba del presidente Gasea.

Navegando, como está dicho, la flota, llegaron hasta el

paraje del golfo de Acia, que es una ensenada puesta

la entrada al corriente de las aguas, y así hacen en aquel

seno un remolino continuamente. Y una mañana se halla-

ron algunas de las naos tan cerca de la boca, que, á gran

trabajo pudieron salir de la corriente para no entrar en

ella, y una carabela que entró estuvo cuatro días sin po-

der salir de aquel remolino, y si no fuera por un terral

que aquella mañana ayudó, tuvieran necesidad los que en

ella estaban de desampararla y dejar el casco. Hacen este

remolino aquellas corrientes en algunos senos de aquella

costa, y especial es uno en la de Venezuela donde, por

venir con más fuerza las corrientes, es tan grande que de

los navios que hasta ahora han entrado ninguno ha sali-

do. Y así entró en aquel golfo una nao en que iba un

Obispo de Santa Marta, fraile Jerónimo, con otros muchos

US

HISTORIA DEL PERÚ

pasajeros y anduvieron muchos días dando vueltas alre-

dedor de la costa de aquel golfo, y al fin, desconfiados de

poder salir, se aventuraron á saltar en tierra de indios fle-

cheros, y, como no les bastó el mantenimiento que saca-

ron para llegar á Santa Marta, murieron de las tres partes

más de las dos á manos de los indios, quedando desma-

yados de hambre y cansancio, y los que escaparon con-

tinuamente vivieron enfermos de la mucha hambre que

pasaron, porque vinieron á comer raíces y marisco crudo

como lo hallaban á la orilla del mar.

Llegó, pues, la flota, al Nombre de Dios á veintisiete

de Julio, y hallaron al pueblo y á Hernán Mexía y su gen-

te alterados creyendo que Verdugo volvía, y después que

entendieron que no venía allí, y que era el presidente Gas-

ea y la flota que de España venía, se sosegaron. Y aquella

noche Hernán Mexía de Guzmán escribió al Presidente

que él era servidor de su Magestad y que no le osaba ve-

nir á ver porque no se entendiese. También el Goberna-

dor envió un escribano á visitar las naos y ver de la ma-

nera que la gente venía; y, según venía apasionado contra

Verdugo y mostró ser aficionado á Pizarro, juzgóse que

lo mismo debía estar quien le enviaba, el cual entró muy

lieno de malla en las naos con espada y rodela; otro día

siguiente el Presidente desembarcó y recibiéronle con

muchas armas y arcabuces Hernán Mexía y sus soldados,

y los que del pueblo los acompañaban con el Goberna-

dor, sin le mostrar amor ni mucho respeto, especialmente

muchos de los soldados que estaban desacatados y de-

cían palabras feas y desvergonzadas, á lo cual el Presi-

dente (viendo que era necesario) hacía las orejas sordas;

pero los clérigos hicieron gran demostración de conso-

larse con su venida de la opresión é inquietud en que es-

taban, saliéndole á recibir revestidos y con la cruz, y me-

tiéndole en la iglesia cantando el Te Deum laudamus,

que al Presidente dio grandísimo contento y alegría; y

aquella mesma noche le vino á visitar encubiertamente

Hernán Mexía, y le mostró el borrador de una carta que

á su Magestad había escrito, y se ofreció mucho á su Real

servicio; y de allí en adelante siempre comunicó de noche

HISTORIA DEL PERÚ

119

con el Presidente, el cual, después que comenzó á tratar

*con todos, así soldados como los del pueblo, le fueron

mostrando mucha voluntad, é íbanse á comer y á estar

algunos ratos con el Presidente; y el Gobernador tenía

todo respeto de complacelle y de hacer lo que al Presi-

dente pareciese, y de las pláticas y conversación que con

él tenían y en los semblantes y ademanes y señas exte-

riores que en el Presidente veían todos, así los que con

él fueron como los que allá estaban, entendían y juzga-

ban que no iba más de á ponellos en paz por medios blan-

dos y sin rigor; y que, en caso que con esto no lo pudiese

efectuar, se había de volver á España sin hacer más fuer-

za, que fué cierto cosa que muchos les aseguró para no

se esquivar de su conversación, y así el capitán Palomino

vino allí, y habiéndole hablado, dijo después á Hernán

Mexía: "Si otro no envía el Rey más bravo, no habrá por

qué le debamos temer,,.

CAPÍTULO XXIV

Cómo estando el Presidente en el nombre de Dios vino Mel-

chor Verdugo y puso en rebato^tl pueblo, y el Presidente

dio orden para que se fuese, y lo que Hernán Mexia pasaba

con el Presidente, de lo cual, siendo avisado Hinojosa,

mandó que Hernán Mexia se fuese á Panamá.

Viene Verdugo al Nombre de Dios.—Escribe el Presidente á Verdugo.

Lo que, en secreto, envió el Presidente á decir á Verdugo.—Res-

puesta de Verdugo.—Replica el Presidente á Verdugo.—Pide Her-

nán Mexía licencia para hacer gente.—Disimula el Presidente con

Hernán Mexía.—Hace todavía gente Hernán Mexía mañosamente.

Espían á Hernán Mexia y avisan al general Espinosa.

Teniendo, pues, el Presidente, en la buena disposición

y sosiego que hemos referido, la gente del Nombre de

Dios, parecieron dos navios que surgieron una legua del

pueblo, y, entendido que en ellos venía Melchor Verdugo,

todos se alborotaron, y entre los soldados no se dejó de

sospechar (y aun decir) que Verdugo venía sobre con-

cierto del Presidente, que fué cosa que, para con ellos, le

causó desgracia; y, para sanearlo y sosegarlo, luego es-

cribió una carta á Verdugo diciéndole y encargándole que

luego (si gente alguna tenía) la deshiciese, y restituyese á

sus dueños los dos navios que traía, que era el uno el

que (como está dicho) había sacado de aquel puerto, y

otro el que después había cogido, y que pagase las mer-

cancías y cosas que dellos él y su gente habían tomado,

y él se fuese y no entrase en Tierra Firme, porque lo que

122

HISTORIA DEL PERÚ

él hacía no era conforme á la voluntad de su Magestad;

la cual era que las cosas se tratasen con benignidad y

mansedumbre, y que no interviniese rigor alguno, y que

por esto había enviado á entender en ellas á un clérigo,

teniendo tantos otros legos á quien lo pudiera mandar si

fuera servido que por otro camino se llevara. Esta carta

envió el Presidente públicamente, y, habiéndolo visto todo

secretamente, dijo á un clérigo muy amigo de Verdugo

que fuese á él y le dijese que aquello convenía al servicio

de su Magestad que así lo hiciese, y que se volviese á Ni-

caragua y aguardase allí á ver en qué paraban las cosas, y

que él tenía cuidado de le avisar de todo aquello en que

pudiese servir.

Luego Melchor Verdugo dejó los navios, y á la poca

gente que traía dio libertad para que se fuese, y así se vi-

nieron algunos al Nombre de Dios, con seguro que para

ellos sacó el Presidente del Gobernador y de los de Gon-

zalo Pizarro. Mas no pagó Verdugo lo que había tomado

de los navios, y envió á decir al Presidente con el clérigo

que él había quedado malquisto en Nicaragua, y que no

osaría volver allá, mas que él tenía que hacer en España

á donde se iría. El Presidente le tornó á enviar á decir con

Henao (que así se llamaba el clérigo) que mirase que de

nada podría servir su ida á España en aquella sazón, sino

de hacer relación de los desacatos y desventuras que ha-

bían pasado en deservicio de Dios y de su Magestad, que

eran cosas que ya, cuando él allá llegase, se sabrían y se

recibiría pesadumbre en tornarlas á oir, como cosas tan

poco sabrosas, y que si para pedir mercedes ó justicia (que

eran los dos géneros de negocios"porque los de las ludias

á España suelen recorrer) quería ir, le habían de respon-

der que ni había sazón ni las cosas habían tomado estado

para poner mano en nada dello; y que por esto le parecía

que ya que no quisiese ir á Nicaragua que se fuese á San-

to Domingo, que él escribiría al Audiencia que á su per-

sona se tuviese respeto, como á servidor de su Magestad;

y que hacer otra cosa era volver las espaldas al servicio

del Rey. Sin embargo de todo esto, Melchor Verdugo se

determinó de ir á España y se fué.

HISTORIA DEL PERÚ

123

Con esto que hizo el Presidente con Verdugo se sose-

gó lo del Nombre de Dios y se reconciliaron más las vo-

luntades, y Hernán Mexía pidió secretamente licencia

para hacer gente, diciendo que se quería hacer más parte

para si della tuviese necesidad para el servicio de su Ma-

gestad; y dado que al Presidente pareció que no podía

sino aprovechar, aunque no fuese sino para entretener

gente que no fuese al Perú, no queriendo dar á entender

sino que venía de paz, le dijo que aquello no se debía de

asentar sino por los medios de paz de que su Magestad

era servido, y que él no tenía con qué le poder ayudar á

hacer gente. Pero, al fin, Hernando Mexía se determinó

todavía de hacerla, pareciéndole (como á la verdad era

ansí) que los que habían venido en la flota eran aficiona-

dos al Presidente, y que dellos la podría hacer y tenellos

el Presidente á su mano, y tomó para ello tres mil duca-

dos prestados de un mercader; y con esto comenzó Her-

nán Mexía á hacer gente, y como algunos de los que con

el Presidente habían venido viesen que el nombre de

Gonzalo Pizarro se pregonaba, escandalizáronse mucho,

especialmente el adelantado Andagoya que, como hom-

bre que mucho amaba el servicio de su Magestad, con lá-

grimas dijo al Presidente que mirase lo que hacían aque-

llos traidores, y cuan en poco tenían la clemencia de su

Príncipe, y el bien que les enviaba, que de balde querían

hacer gente en desacato de su Magestad y del que en su

Real nombre venía. Esto pasaba á solas con el Presidente,

porque de otra manera en aquel tiempo no osara. Procu-

ró el Presidente sosegarlos con decirles que no tuviesen

pena, que aquello lo debían hacer por las diferencias pa-

sadas con Verdugo, del cual aun no se tenían por segu-

ros; pero que ya por otro respecto lo hiciesen, no había

para qué tener penas de aquéllo, pues de otros cabos más

importantes había de pender el buen fin de los negocios

•y respondencia que se debía á la fidelidad de su Rey; y

aunque en aquellos pocos días, que en aquel pueblo el

Presidente se había detenido, había crecido la voluntad

que tenían á su persona, no trataba de negocios tan abier-

tamente por no dar recato y qué sospechar á Pedro de

124

HISTORIA DEL PERÚ

Hinojosa y á los otros que en Panamá estaban con la ar-

mada (de donde dependía todo el negocio de Tierra Fir-

me); mas no faltó quien espió á Hernán Mexía (ó por la

mucha afición que tenía á las cosas de Gonzalo Pizarro ó

porque de Panamá se envió á decir) y vio cómo iba á

hablar al Presidente de noche, y avisó dello á Hinojosa,

el cual luego envió á mandar á Hernán Mexía que fuese

á Panamá, y don Pedro Cabrera le escribió que no hiciese

otra cosa, porque de hacerla corría peligro su vida, y así

se partió luego á Panamá.

CAPÍTULO XXV

Cómo el Presidente se fué d Panamá y la simulación y re-

cato con que habló á Pedro de Hinojosa y á la gente de

Gonzalo Pizarro para atraellos al servicio de su Mages-

tad, y Pedro de Hinojosa escribió á Gonzalo Pizarro la

venida del Presidente.

Consideración y prudencia notable del Presidente.—Habla el Presidente

á Hinojosa y persuádele al servicio del Rey.—Lo que Hinojosa es-

cribió á Gonzalo Pizarro.

Ido Hernán Mexía á Panamá, quedó el Presidente en-

tendiendo en despachar los navios que con él habían ve-

nido, y en hacer pagar los fletes, y sosegar y ablandar la

gente del pueblo y en escribir para España. Lo cual he-

cho, á los once de Agosto se fué á Panamá, donde Pedro

de Hinojosa le salió á recibir con sus capitanes don Pedro

Cabrera, Hernán Mexía, Pablo de Meneses y Juan Alon-

so Palomino, y con muchos arcabuceros que, puestos en

dos órdenes, hicieron una calle por donde el Presidente

pasase, disparando sus arcabuces; y el Presidente, con

toda su prudencia, dudaba y no sabía si aquello se hacia

por hacelle fiesta ó por ventura por mostrar lo que tenían 1

para recibir á quien no fuese su amigo; y llegando así

cerca de la iglesia salió el Provisor con sus clérigos y la

cruz con la misma solemnidad que en el Nombre de Dios

fué recibido.

Tenía entonces Pedro de Hinojosa una fragata á pun-

126

HISTORIA DEL PERÚ

to para enviar aviso á Gonzalo Pizarro de la venida del

Presidente, y no la había despachado aguardando á en-

tender qué traía, y así lo procuró saber por terceros, y

después él en persona lo trató con el Presidente y se lo

preguntó. Respondióle que él traía muy gran bien para

todos los del Perú, y, especialmente, para los que tenían

indios, porque su Magestad, informado que las ordenan-

zas no convenían (de que se había suplicado) las había

mandado revocar, y así traía la revocación y facultad de

poder ordenar (con parecer de los pueblos) lo que convi-

niese al bien de la tierra y beneficio de los pobladores, y

que, considerando los servicios que los del Perú le habían

hecho y la ocasión que les habían dado las ordenanzas y

rigor que el Virrey había tenido en no otorgar la suplica-

ción que para su Magestad se había interpuesto, había

sido servido de le dar poder para perdonar todo lo suce-

dido. Replicó á esto Pedro de Hinojosa que ya aquéllo él

lo sabía, mas que le penaba que no le dijese que traía la

gobernación para Gonzalo Pizarro, porque en Tierra Fir-

me y en el Perú lo tenían por cierto, y que así de Espa-

ña en diversas cartas se había escrito; y así era verdad;

que muchos habían escrito que el Presidente llevaba la

gobernación para Gonzalo Pizarro, y, entre otros, el con-

tador Diego de Zarate lo escribió á Tierra Firme á buen

fin y para efecto que por ello el Presidente fuese más bien

recibido y respetado.

Esta pregunta de si llevaba la gobernación para Gon-

zalo Pizarro se le había hecho al Presidente en Tierra Fir-

me por muchas personas y aun por los que de España

consigo traía, y éstos le habían puesto en perplejidad y

confusión de qué respondería, pero túvola mayor des-

pués que se vio entre los de Gonzalo Pizarro; porque, á

responderles que no la traía, juzgada que los indignaría y

haría odiosos con él, que era cosa que no convenía, pues

para su negociación importaba conservarse con ellos en

gracia, porque con ella los pudiese mejor conservar y

atraer; y, á decir que se la llevaba, no sólo mentía y no

trataba con la verdad que los hombres de bien deben tra-

tar (especialmente representando las veces que llevaba)

HISTORIA DEL PERÚ

127

empero autorizaba el negocio de Gonzalo Pizarro, nece-

sitando en alguna manera á los que en el Perú estaban,

que le deseasen más seguir y complacer, creyendo que

había de quedar debajo de su gobierno y mano; y para

huir estos inconvenientes, tomó el Presidente por reme-

dio de responder (especialmente á Pedro de Hinojosa) que

lo que traía era mandamiento de su Rey y se había de tra-

tar con la autoridad y reputación que se debía á quien le

enviaba, lo cual no haría si antes de tiempo y sazón lo

manifestase, y que solamente podía decir que el bien de

Gonzalo Pizarro y de todos los demás que en algo le hu-

biesen seguido, estaba en responder á la obligación na-

tural que de vasallos tenían y en obedecer (primero y ante

todas cosas) lo que su Rey les mandaba; y que, el que

dellos esto hiciese, allende de conservar su honra y ha-

cienda, sería favorecido como lo acostumbraban ser de su

Magestad todos los que le habían servido, como ellos lo

habían hecho, en la conquista, pacificación, población de

aquella tierra, sin que jamás hubiese memoria de los des-

cuidos que después de la venida del Virrey ni antes hu-

biesen tenido. Porque su Magestad tenía entendido la

ocasión que en no les otorgar la suplicación se les había

dado; y que el que no tuviese cuidado de responder á

estas dos cosas y á la fidelidad que á su Rey se debía, se

hacía indigno de ser favorecido y perdería su propia hon-

ra y oscurecería la de su linaje y al fin se perdería; y que,

pues, esto así se había de entender, que él, como caballe-

ro é hijodalgo había de responder á su suelo, no sólo en

su persona, pero aun representándolo en sus cartas á

Gonzalo Pizarro, y que esto sería verdaderamente obra de

amigo.

Desta manera, pues, habló y respondió el Presidente

á Pedro de Hinojosa, y, por el consiguiente, á los otros

capitanes y personas más principales que allí estaban por

Gonzalo Pizarro, persuadiéndoles que les convenía escri-

bir á este tino á Gonzalo Pizarro y atraelle á ello para que

todos pudiesen vivir en riqueza y reposo; y cerca desta

materia dio y tomó el Presidente todos los días que se di-

lató de partir la fragata, y porque en ella iba (y la llevaba

128

HISTORIA DEL PERÚ

á cargo) Diego Velázquez, Mayordomo de Hernando Pi-

zarro, el Presidente también le habló y trató con él sobre

lo que debía persuadir á Gonzalo Pizarro para que sus

cosas se hiciesen bien y saliese de aquello en que se ha-

bía metido con honor y reputación y con gracia de su

Rey; lo cual hizo el Presidente por entender de Diego

Velázquez que iba aficionado á servir á su Magestad y

que era hombre bien intencionado y de buen entendi-

miento.

Pedro de Hinojosa, con el deseo que tenía de dar

noticia á Gonzalo Pizarro de lo que el Presidente traía,

habló con todos los que con él habían venido, procuran-

do saber si traía la gobernación para Gonzalo Pizarro, y

como no supiese ni pudiese entender más de aquello que

en general el Presidente había dicho, determinó despa-

char la fragata y escribir solamente lo que había enten-

dido, diciendo se creía que no venía la gobernación para

él, y no escribiendo con mucho calor á Pizarro para que

se redujese al servicio de su Magestad, porque entendió

que, si lo escribiera con eficacia, sospechara Gonzalo Pi-

zarro que él no estaba ya tan firme en su amistad y ser-

vicio como antes; y por su carta dio noticia de la perso-

na y atavío del Presidente; empero loando su discreción

y prudencia, y que en todas sus pláticas y cosas era muy

avisado, y ofrecíase que, por muy sabio y recatado que

fuese, le sacaría del pecho todo lo que traía y pensaba ha-

cer y luego avisaría dello. Y á este tenor escribieron tam-

bién á Gonzalo Pizarro sus Capitanes y otros amigos su-

yos y aficionados.

CAPÍTULO XXVI

Cómo el Presidente tuvo manera que en la fragata en que

iba Diego Velázquez fuese fray Francisco de San Miguel,

con el cual escribió muchas cartas para los pueblos y Pre-

lados del Perú.

Carta del Presidente á los Prelados.—Carta del Presidente á los pue-

blos.—Consideración del intento de Gasea en las razones de la

carta pasada.

Cuando el Presidente llegó á Panamá halló que esta-

ba allí fray Francisco de San Miguel, de la Orden de San-

to Domingo, hombre de letras y de buen pulpito que su

Orden enviaba al Perú; y entendiendo el desasosiego que

allá había no había querido pasar, y como el Presidente

entendiese tener buen celo al servicio de su Magestad le

rogó secretamente que pasase en aquella fragata y pro-

curase en el Perú, con simulación (y sin dar á entender

que él se lo había encargado) favorecer el negocio que él

llevaba á cargo, y que para ello él le daría cartas y lo que

más menester fuese para su viaje, sin que de nadie se en-

tendiese que él le enviaba, y, puesto que á fray Francisco

se le hiciese cosa difícil y peligrosa, lo aceptó y se deter-

minó hacello; y así, mostrando ir á cumplir á lo que su

orden le había enviado, rogó á Diego Velázquez le lleva-

se consigo y á Pedro de Hinojosa lo tuviese por bueno, y

así se hizo sin que alguno dellos entendiese otra cosa; y

con esto dio el Presidente al religioso muchas cartas para

todos los prelados y pueblos del Perú deste tenor.

TOMO II. o

130

HISTORIA DEL PERÚ

COPIA DE LAS CARTAS QUE ESCRIBIÓ EL PRESIDENTE

Á LOS PRELADOS DEL PERÚ

"Reverendísimo señor:

A mí me envía su Magestad con la revocación de las

nuevas leyes, de que en esas provincias del Perú se agra-

viaron y suplicaron, y con poder para perdonar todo lo

sucedido en las alteraciones que hasta ahora ha habido

en esas partes, y á ponellos en paz y sosiego. De creer es

que se conseguirá este buen fin, pues que tanto importa

á las almas, honras, vidas y haciendas, y quietud de los

vasallos de su Magestad que en esta tierra viven; y pues

su Rey, con tanto amor y clemencia, les ha hecho justicia

en revocar las ordenanzas, confirmándoles sus haciendas

para que las tengan y gocen como antes que se hiciesen,

y con deseo católico que cesen las muchas muertes que

en esos reinos, de diez á doce años acá, ha habido, unas

en guerra y otras por justicia, es servido se haga nuevo

libro. Vuestra Señoría debe mandar encomendar en sus

sacrificios y oraciones, y de sus subditos y devotos, á

Dios, que por su inmensa misericordia alumbre á todos

para que conozcan tan gran bien que de su divina mano

viene, y no permita que, ó por lo poco que yo merezco

ser instrumento de tan buena obra, ó por las ofensas que

contra su Divina Magestad se hayan cometido, se deje de

entender y de recibir con la obediencia y gratitud que se

debe, pues, de lo contrario, tan gran mal y disturbio po-

dría redundar; y porque mi ida (placiendo á su divina

bondad) á ver y comunicar á vuestra Señoría, será en

breve, y no tener cosa otra que decir en ésta sino que

Nuestro Señor conserve y aumente vida y estado espiri-

tual de vuestra Señoría, con lo que para ello es menester

de lo temporal á su santo servicio y bien de su Iglesia,

como desea.

„De Panamá á 26 de Agosto de 1546. De vuestra Se-

ñoría servidor que sus manos besa, el licenciado Gasea.„

HISTORIA DEL PERÚ

131

COPIA DE LAS CARTAS QUE ESCRIBIÓ EL PRESIDENTE

Á LOS PUEBLOS DEL PERÚ

"Muy magníficos señores:

A trece del presente llegué á esta ciudad de Panamá,

con deseo de partirme luego á esa tierra, y, á causa de al-

gunos impedimentos, no lo he podido hacer hasta ahora, y

temo que, ansí porque éstos aun duran, como porque de

aquí adelante el tiempo no ayudará á la navegación, se

dilatará mi partida hasta fin de Noviembre ó principio de

Diciembre, que no poca pena me da; y pareciéndome que

dilatándose tanto la ida á esa tierra, era justo diese á

vuestras mercedes noticias de mi venida por carta, acordé

de escribir ésta, haciéndoles saber cómo su Magestad ha

sido servido de mandarme venir á sosegar esa tierra, con

poder de perdonar lo sucedido y con revocación de las

ordenanzas nuevas de que se suplicó, y facultad de poder

ordenar, con parecer de los pueblos, lo que más convenga

al servicio de Dios y bien de la tierra y beneficio de los

vecinos della; y porque esto y todo lo demás en que

nuestro Rey muestra la voluntad que al bien y sosiego de

vuestras mercedes tiene, entenderán por lo que su Ma-

gestad les escribe y por sus provisiones cuando nuestro

señor allá me llevare (que será cuan en breve pudiere),

sólo servirá ésta para que entretanto tengan sumaria noti-

cia de mi venida, y se sosieguen y reciban la alegría que

se debe recibir de cosa tan conveniente para vivir en es-

tado seguro á las almas, vidas y honras y conservación

de haciendas y para poder gozar dellas con descanso y

sosiego. Plega á Dios efectuarlo como á su santo servicio

y bien de todos los de esas provincias conviene, que cier-

to sólo lo que á Dios como cristiano y á mi Rey como va-

sallo y á vuestras mercedes como próximos debo, me han

necesitado á poner, en el postrer tercio de mis días, mi

vida en peligro, trabajo y desasosiego por quitar dellos las

132

HISTORIA DEL PERÚ

de vuestras mercedes, cuyas vidas y casa, Nuestro Señor

conserve y aumente.

„De Panamá, veinte y seis de Agosto de mil y quinien-

tos y cuarenta y seis. A servicio de vuestras mercedes,

el licenciado Gasea.,,

Dijo el Presidente en esta carta de los pueblos que su

fin y motivo de los escribir, había sido para que tuviesen

noticia de su venida yse sosegasen para efecto que cuando

Gonzalo Pizarro viese alguna de aquellas cartas (como

creía las había de ver) no pensase que el Presidente las

escribía para alterar los pueblos contra él, pues en la car-

ta mostraba querer su sosiego. Dadas, pues, estas cartas,

á fray Francisco, y traslados autorizados del poder y pro-

visiones del Presidente, con lo que escribieron el general

Hinojosa y los otros Capitanes se partió Diego Velázquez

en la fragata.

Excusóse el Presidente de escribir á Gonzalo Piza-

rro diciendo que, pues llevaba carta de su Magestad para

él, hasta dársela no debía prevenir con la suya; y así en-,

cargó á Diego Velázquez que lo dijese. Pero la verdad fué

que no le escribió, entendiendo la poca satisfacción que

su carta podía dar á su pretensión y el poco caso que ha-

bía de hacer della, con la grandeza en que le parecía que

estaba, á lo menos no se la enviando á sombra de la de

su Magestad.

CAPÍTULO XXVII

Cómo al tiempo que el Presidente estaba en Panamá llega-

ron muchos pasajeros del Perú y le dieron aviso del estado

de la tierra, y lo que Gonzalo Pizarro y los suyos trata-

ban, y las consideraciones que hacían ¿intentoque tenían.

Dan relación al Presidente de lo que pasa en el Perú.—Hechos y dichos

de Carvajal.—Dicen á Gasea que Pizarro trata de coronarse Rey

del Perú.—La causa por que se decía querer Pizarro coronarse.—

Lo que dicen á Gasea ser menester para allanar á Pizarro.—Por

qué r

COPIAS DE LAS CARTAS QUE SE ESCRIBIERON

• Á LOS PUEBLOS DEL PERÚ

"Muy magníficos señores:

„Por otras tres tengo dado cuenta á vuestras mercedes

cómo su Magestad me envió pacificar esta tierra con re-

vocación de las ordenanzas de que para él se suplicó, y

con poder de perdonar en lo sucedido, y de como, con el

amor que su Magestad tiene á todos sus vasallos y deseo

que se acierte á ordenar lo que más convenga al servicio

de Dios y buen estado de esas provincias y beneficio de

los vecinos y pobladores dellas, pareciéndole que esto se

acertaría mejor á hacer con parecer de los que más ex-

periencia y noticia tienen de las cosas de ese Reino, me

dio poder para que, juntos los pueblos, y con su parecer,

se ordenase lo que más conviniese al servicio de Dios y

bien de la tierra y vecinos y pobladores della. Y asimismo

hacía saber en aquellas cartas, cómo había llegado á esta

ciudad con propósito de pasar luego á esas partes, y que

no tanto por falta de tiempo como por otros impedimentos

me había sido forzado de detenerme. Y no dejó de ser uno

TOMO II. . 14

210

HISTORIA DEL PERÚ

dellos haber sentido que los que aquí tenía Gonzalo Piza-

rro no holgaban que pasasen hasta saber si él lo tenía por

bueno; y temí que si intentara partirme se desacatarían á

impedírmelo, y consoléme pareciéndome que podía ha-

cer de fruto mi detenida aquí para que hubiese habido

tiempo que cuando yo llegase á ellas estuviese allá en-

tendido el gran bien que para todos llevo, y no hubiese

quien lo impidiese por no lo entender, sino que todos es-

tuviesen deseando gozar dello, como de cosa que tanto

importa al servicio de Dios y de nuestro Rey, y bien de

las conciencias, honras y vidas y haciendas de vuestras

mercedes, como es el estado, paz y sosiego, sin el cual de

nada se goza, ni posee con seguridad, ni hay que fuera

deste aproveche ni entre en gusto, antes todo es lleno

de pena, congoja y zozobra, mezclada con continuo odio

y rencor.

«Después que esto, por la primera de aquellas tres,

les hice saber, envié con un caballero á Gonzalo Pizarro

una carta de su Magestad y otra mía, cuyos traslados

con ésta van, y ahora he recibido otra que de Lima

se me envió con Lorenzo de Aldana, firmada por muchas

personas (como por el traslado que dello envío podrán

ver) en que se me dice que no pase á esa tierra, porque

mi entrada en ella no es segura, sino que me vuelva á

España. Bien creo que, los que no tienen por segura mi

entrada en esta tierra, no es porque teman mi persona,

pues es de un clérigo harto poco que va con poco más de

dos criados ó compañeros metido en una loba vieja, sino

que les parece á los que no quieren mi entrada que la voz

de nuestro Rey y la paz están tan deseadas en esta tie-

rra, que piensan que si entrase alguno en ella, no serian

ellos parte para impedir que no se recibiesen y abrazasen

con la fidelidad y voluntad que se debe, especialmente

yendo con el gran bien que para todos llevo. Pero como

quiera que ello sea, tengo por cosa dura y recia que á

quien nuestro Rey envía no se consienta entrar ni hollar

su tierra ni meter en ella la merced que á los della se

envía; y porque entiendan cuan grande es, me pareció

enviarle traslados auténticos de algunas provisiones, de

HISTORIA DEL PERÚ

211

que, conforme á un poder que en Lima se dio por los que

dicen que allí están en esa ciudad y de los otros pueblos,

se me pidieron, sacados por dos Escribanos tan conocidos

en ese Reino, como sonPero López y AntónNieto. Vuestras

mercedes lo deben ver todo, y, entendido cual es, procu-

ren gozar dello y de la paz y sosiego que Dios y su Rey

les envía, que es cual lo han menester para salir del desa-

sosiego y continuo peligro en que están, para vivir con

la quietud de espíritu y cuerpo que es necesaria á la se-

guridad de las conciencias y conservación de las vidas y

haciendas, y para ser señores dellas y tener el reposo en

sus casas, con sus mujeres é hijos, que sus trabajos pasa-

dos piden. Si me dieran lugar holgara más de tratar esto

con vuestras mercedes y representar lo que en esto al-

canzo con palabras y en presencia, que no por carta y en

ausencia. Porque podrán bien creer que, pues he venido

tantas leguas y con tanto trabajo y riesgo de mi salud y

vida, en el postrer tercio de mis días con deseo de poner-

los en paz y sosiego y de quitarles la inquietud y desven-

tura que tan á costa de vidas en ese Reino ha habido y

hay, que de buena gana iría este poco camino que de aquí

á esa tierra me resta á efectuar este mi buen deseo, que

como cristiano próximo y natural de vuestras mercedes

me trae, y que, á medida del, sería tan largo en usar las

provisiones en bien de todos los de esas partes, cuanto lo

fué nuestro Rey en cometerme sus veces. De manera que

no se pudiese decir por mí el refrán: "Señores lo dan y

Nsiervos lo lloran,,. Plega á Dios guiarlo como conviene á

su santo servicio y cumple á vuestras mercedes, y que á

todos alumbre para que ninguno, con particular y no bien

ordenado respeto, quiera intentar á impedir tan común y

crecido bien como con paz, y lo que su Magestad envía á

todos viene. Pues al fin, el que esto quisiere, no podría

sacar otro fruto, sino perderse tomando contienda contra

Dios y Justicia y su Rey y el mundo. Guarde y conserve

las muy magníficas personas de vuestras mercedes en su

santo servicio.

„De Panamá á veintiocho de Noviembre de mil y cua-

renta y seis años. -El licenciado Gasea. „

212

HISTORIA DEL PERÚ

Parecióle al Presidente que en esta carta debía comen-

zar más abiertamente á indignar los pueblos contra la ne-

gociación de Gonzalo Pizarro, pero no tanto que pudiese

Pizarro certificarse por la osadía de su carta que tenía las

cosas de Panamá y Tierra Firme de su mano, y así le pa-

reció escribir escuro y cerrado.

CAPÍTULO XLI

De las pláticas que pasaron el Presidente y Pedro de

Hinojosa sobre y cómo se hablan de llevar los despa-

chos y caria, y si primero se enviarían á Gonzalo Pizarro,

y lo que el Presidente escribió al gobernador Benalcázar

y d otros.

Carta de Gasea al gobernador Benalcázar.

Insistió mucho Pedro de Hinojosa sobre que estos des-

pachos se enviasen derechos al Perú y que los mensaje-

ros los llevasen á Gonzalo Pizarro, mas el Presidente

procuró persuadirlo que aquello no convenía, así por el

peligro que los mensajeros corrían si á Gonzalo Pizarro

no agradase lo que llevaban y sospechase de lo que se

escribía á él ó á los pueblos lo que en Tierra Firme había,

como también por la necesidad en que los podría poner

para que dijesen lo que pasaba; y que, aunque de ellos no

sacase más que avisarle la conversación y juntas que entre

ellos había, bastaba para poder sospechar la reducción.y

hacer los apercibientos que se temían. Especialmente que

como para desmentir á los mensajeros y á todos los demás

que estaban en Tierra Firme se había dado á entender que

el capitán Palomino (por orden que había enviado Gonzalo

Pizarro) tomaba las velas á todos los otros navios no sien-

do así, y se habían hecho otras novedades debajo de este

color, diciéndolas los mensajeros á Gonzalo Pizarro, le ha-

rían más vehemente la sospecha; mas, sin embargo, todavía

214

HISTORIA DEL PERÚ

estuvo Pedro de Hinojosa en su parecer. Lo cual enten-

dido por el Presidente le pareció disimular con Pedro de

Hinojosa y ejecutar su intento enviando los despachos,

no á la costa del Perú, sino por la Buena Ventura á Cali,

para que desde allí los llevase al Perú un fraile del mo-

nasterio de la Merced que en aquel pueblo estaba, y die-

se los que iban para Quito á Pedro de Puelles, Teniente

de Gonzalo Pizarro en aquella provincia, y asimismo los

que iban para Gonzalo Pizarro en Lima, y procurase en-

viar los otros antes que llegase á Quito con indios á los

pueblos del Perú; y para que esto se efectuase mejor rogó

á fray Juan de Vargas, de la Orden de la Merced (que con

él había ido) llevase estos despachos á Cali y los guia-

se con el otro fraile de su Orden, que era muy su amigo.

Y escribió el Presidente al adelantado Benalcázar (en cuya

gobernación estaba aquel pueblo) la carta que se sigue:

DEL LICENCIADO GASCA AL GOBERNADOR BENALCÁZAR

"Muy magnífico señor:

«Diversas otras he escrito á Vm. haciéndole saber de

mi venida á esta tierra, y suplicándole me mandase escri-

bir dándome su parecer acerca de lo que se debía hacer

para la pacificación del Perú. Y así ahora lo torno á hacer;

y porque, entendiendo el estado que esta negociación tie-

ne, mejor me lo pueda dar, hago saber á Vm. cómo, des-

pués que la primera escrebí, envié un caballero á Gonzalo

Pizarro con una carta de su Magestad y otra mía cuyo tras-

lado con ésta va. Y que estos días recibí otra de Lima fir-

mada de muchas personas, cuyo traslado asimismo envío á

Vm., en que se me escribe que no pase á aquella tierra

sino que me vuelva desta á España, porque dicen que no

les es segura mi entrada en el Perú; debe ser porque los

que no quieren que yo entre conocen que hay tanto de-

seo de ver en aquellas partes la voz del Rey y paz y so-

siego, que creen no serían poderosas para estorbar que se

HISTORIA DEL PERÚ 215

l-ecibiese entrando yo con ellos, dado que fuese tan de

paz como podría ir un clérigo metido en una loba con

media docena de criados ó compañeros. Pero, como quie-

ra que sea, es la cosa más recia y dura que en nuestros

tiempos (ni en el de los pasados) se ha oído, que vasallos

de nuestro Rey se quieran alzar con la tierra de su Ma-

gestad, y ponerse á no consentir que la huelle ni entre en

ella quien su Magestad envía á sosegarlo y ponerlos en

paz y hacerles bien. Ya sé la pena que Vm. sentirá con-

forme al gran celo y fe que siempre ha tenido y tiene al

servicio de su Magestad; mas espero en* Dios que si en

esta negociación algunos insisten será materia en que Vm.

señaladamente sirva y merezca sobre lo merecido gran-

des favores y mercedes de su Magestad. Porque no será

cosa que se tomará tan remisamente como lo pasado de

que se informaba su Magestad, que eran más diferencias

con Blasco Núñez, y defensa que contra él hacía Gonzalo

Pizarro y los de su valía sobre el derecho de la suplica-

ción que tenían interpuesta de las ordenanzas, que no

desacatos ni rebelión contra nuestro Rey. Porque ya ce-

san el acedo contra Blasco Núñez (que Dios perdone) y

el agravio de las ordenanzas, pues él es muerto y ellas re-

vocadas; y porque, como su Magestad esto toma, verá Vm.

por sus provisiones (viniendo la cosa á rigor) no me alar-

go por ahora en esto más de que por ellas se entenderá

la gran confianza que su Magestad de Vm. hace. Para

mayor justificación yo envío á Gonzalo Pizarro y á los

pueblos del Perú traslados auténticos sacados ante dos

Escribanos de aquella tierra de las provisiones que los

Procuradores de los pueblos me vinieron aquí á pedir; y

ansí porque no había navio presto que fuese al Perú,

como porque me informaron que por esa tierra iría en

breve, como también por saber el favor y diligencia que

vuestra merced ha de mandar poner en las cosas que al

servicio de su Magestad importa, como ésta, acordé de

enviar estos despachos por ella. Suplico á Vm. le mande

dar orden y todo el favor necesario para que estos des-

pachos se lleven á los pueblos, y el que va á Gonzalo

Pizarro á Lima. Porque esto es cosa de grande importan-

216

HISTORIA DEL PERÚ

cia y de mucha justificación que los pueblos y Gonzalo*

Pizarro entiendan el bien que su Magestad les envía, y

conozcan que no sólo se muestra á sus Procuradores las

provisiones que piden serles mostradas, pero aun se les

envían los traslados por instrumento dellas.

„Y esto suplico cuan encarecidamente puedo se haga

con todo cuidado y buena mana, de manera que no haya

lugar que alguno con malicia pueda impedir esta justifi-

cación; y para que de todo se le dé á Vm. la cuenta que se

le debe, envío con ésta otros tales traslados cuales se en-

vían á los pueblos y á Gonzalo Pizarro; y para que su Ma-

gestad sea informado de lo mucho que Vm. me ayudó y

favoreció, le haré relación, en una nao que se partirá den-

tro de quince días, de como este despacho tan importante

se guía á Vm. y por su mano. Mandarme ha de todo lo que

se hiciere escribir largo y envíe el parecer que le tengo

suplicado, porque con enviar la carta de Vm. á su Ma-

gestad se le hará relación muy grata. Nuestro Señor con-

serve y aumente vida y estado de Vm. á su santo servi-

cio.—De Panamá 26 de Noviembre de 1546.—El licen-

ciado Gasea.,,

CAPÍTULO XLII

Cómo habiéndose embarcado los"mensajeros con los des-

pachos se hizo auto público del perdón general, y Pe-

dro de Hinojosa y Capitanes le aceptaron y entregaron

las banderas al Presidente, y él se las volvió á dar de su

mano, y el Presidente comenzó á dar orden en las cosas de

la guerra.

Pregónase públicamente el perdón general.—Entregan los Capitanes sus

banderas al Presidente y él se las vuelve de su mano.—Lo que hizo

y ordenó el Presidente.—Admíranse todos de la discreción y pru-

dencia del Presidente.

Habiendo el Presidente escrito estas cartas, luego man-

dó aderezar una fragata y encargóla á Juan de Illanes para

que en ella llevase á fray Juan de Vargas y á Barrientos,

que eran las personas con quien enviaba los despachos.

Los cuales, después de haber hecho su diligencia, se ha-

bían de volver á la Buena Ventura, donde la fragata les

había de esperar. Escribió también el Presidente á Nica-

ragua y al Virrey de la Nueva España y al Audiencia de

aquel Reino. Lo cual hecho, luego ordenó el auto del

perdón, concediendo, así en lo criminal de oficio como á

instancia de parte, á todos los que luego que del tuviesen

noticia se redujesen al servicio de su Magestad y toma-

sen su real voz, y sobre esto se hizo un solemne auto en

un cadalso que para ello mandó hacer, donde se prego-

nó, y aceptándole Pedro de Hinojosa y todos los otros

218

HISTORIA DEL PERÚ

Capitanes y gente, pidieron por testimonio cómo ellos s#

ponían debajo de la mano del licenciado Gasea, como de

Presidente y Capitán general de su Magestad, y estaban

prestos y aparejados de servir en todo lo que en su real

servicio los mandase como sus fieles y leales vasallos, de

la forma y manera que él se lo ordenase y en su nombre

se lo mandase, y en ejecución dello salieron todos con

sus banderas y gente y entregáronselas. El Presidente las

recibió, y habiéndolas tenido en su poder se las volvió á

dar con condutas de Capitanes de su Magestad, hacien-

do á Pedro de Hinojosa General de su Magestad, y suyo

en su real nombre. No se halló el capitán Palomino á

este auto porque á la sazón estaba en la mar con la ar-

mada. El cual después asimismo alzó bandera y se hizo

auto con él. Luego el Presidente negoció con los vecinos

y mercaderes que cada uno tuviese por bien de recibir los

soldados por huéspedes que conforme á su posibilidad

pudiese y les diesen la ración que á cada uno se tasó,

prometiéndose que se pagaría lo que así gastasen, y en-

cargó á los soldados viviesen con todo concierto, pues se

les daría lo necesario; y porque había muchos enfermos, se

pusieron en dos casas, que para enfermería se diputa-

ron, donde se puso todo servicio y médico y cirujano que

los curasen; y asimismo negoció cómo los mercaderes de

allí y del Nombre de Dios prestasen y fiasen dineros, cal-

zas, jubones, gorras, paño, seda y otras mercancías para

socorrer la gente, y así se hizo todo; y con esto, viéndose

los vecinos y mercaderes libres y fuera de la dura opre-

sión que antes padecían, mostraban grandísimo contento

y ayudaron con sus haciendas prestándolas y socorriendo

con ellas; y los soldados, viéndose mejor tratados, se ale-

graban y vivieron de allí en adelante corregidos. Luego

ordenó el Presidente que el capitán Palomino y Pablo de

Meneses fuesen con gente en dos navios bien artillados

á entrar en la isla de las Perlas, para que si algún navio

del Perú viniese le tomasen, y el uno dellos le trújese al

puerto de Panamá. Porque en aquella Isla (que es la pri-

mera que de Tierra Firme reconocen los que vienen del

Perú) no pudiesen de los indios y negros y españoles que

HISTORIA DEL PERÚ

219

andan allí en su labor tomar lengua de lo que había en

Tierra Firme y volviesen al Perú á dar dello noticias á

Gonzalo Pizarro. Estas cosas, y todas las demás, las

hacía el Presidente con tanta destreza y discreción, que

todos se admiraban de su prudencia y del valor de su

ánimo. De suerte que era, en general, de todos amado, y

en mucha reputación y estima tenido, y todo lo que man-

daba, á la hora se ponía en efecto, sin repugnancia ni

contradicción alguna.

CAPÍTULO XLIII

Cómo el Presidente despachó personas que fuesen á la

¡Nueva España y Nicaragua y otras partes para que le en-

viasen gente y armas y otras cosas necesarias.

Prevenimientos y diligencias del Presidente.

Pregonada, pues, la guerra, procuró el Presidente, á

toda diligencia, de juntar en Tierra Firme toda la gente,

vituallas, municiones, armas y artillería que pudo, y alle-

gólo todo en Panamá, así para la pasada cuando se hu-

ibiese de hacer, como para engrosar la armada que en

aquel puerto había. Porque si acaso Gonzalo Pizarro,

visto que no iban navios, quisiese enviar en los que le

quedaban gente en número sobre Panamá, se hallase con

posibilidad de le resistir. Porque entonces (fuera de la

gente de aquellos pueblos) no había de trescientos y cin-

cuenta hombres arriba sanos para pelear. Y así, con este

intento, despachó á Villavicencio, natural de Jerez (Sar-

gento mayor que allí era de Gonzalo Pizarro) para que

del Nombre de Dios fuese á Cartagena á traer la artillería

que allí había dejado y la gente que allí hallase, y que de

allí enviase cartas que el Presidente enviaba á Santa

Marta para que también enviase á Tierra Firme la gente

que allí hubiese. Envió asimismo á Boscan, natural de

Sanlúcar (hombre antiguo del Perú) que fuese á Santo

Domingo con la cédula de su Magestad y sus cartas para

que enviasen la gente, bastimentos, armas, caballos y mu-

«

222

HISTORIA DEL PERÚ

niciones que hubiese, haciéndoles saber el estado de losj

negocios.

Envió á la Audiencia de los confines de Guatemala

á Juan de Guzmán y Ñuño de Guzmán con la cédula de

su Magestad y carta suya para que con toda diligencia le

enviasen la gente y mantenimientos que se pudiesen ha-

ber, y lanas para velas de los navios (que de algodón en|

aquella provincia se hacen muy buenas) y pez y sebo y

cables y otras cosas para jarcias, que asimismo se hacen

de una planta que llaman maguey, que, aunque no es de

tanta dura como el cerro de cáñamo, es mucho bueno, y

que enviasen todos los alpargates que pudiesen haber

(que es calzado muy necesario para los largos caminos

que por tierra, llegados al Perú, habían de andar); y des-

pachó también á don Juan de Mendoza (deudo del virrey

don Antonio de Mendoza) para que fuese á la Nueva

España con las cédulas que de su Magestad había para

el Virrey y Audiencia de aquel Reino. Y escribióles lo

mismo que á los de Guatemala; y escribió al Virrey que

le parecía debía enviar á su hijo don Francisco con la

gente que viniese. Y estos tres mensajeros partieron jun-

tos en un navio hasta Nicaragua, para que desde allí Juan

de Guzmán y Ñuño de Guzmán fuesen por tierra hasta

los confines, y don Juan pasase delante con el navio hasta

la costa de la Nueva España.

CAPÍTULO XLIV

Cómo el Obispo de Lima y el de Bogotá y el Provincial

de los dominicos y Gómez de Solís, Procuradores de

Gonzalo Pizarro, vinieron á Panamá, y de la suerte que

llegaron.

Entrega Gómez de Solís al Presidente el poder é instrucciones y veinte

y dos mil pesos.

Estando Juan Alonso Palomino y Pablo de Meneses

en las islas de las Perlas, de donde á todos los navios

que venían á reconocer los tomaban y traían al puerto

(como por el Presidente les era mandado) habiéndose

juntado con ellos Juan de Illanes con la fragata, estando

ya los tres juntos, á los nueve de Enero, llegó un navio

en que venía don Jerónimo de Loaysa Obispo de los

Reyes, con el cual se holgaron mucho, porque allende de

su prudencia y autoridad era muy servidor de su Mages-

tad; y otro día siguiente llegó á reconocer el otro navio

que traía al Obispo de Santa Marta y al provincial fray

Tomás de San Martín y á Gómez de Solís, los cuales,

cerca de la costa del Perú, habían encontrado un navio de

Nicaragua, y allí los del navio les dieron nueva que había

sospechas que la armada de Gonzalo Pizarro se había re-

ducido, y aunque el maestro de aquel navio les dijo que

no lo tenía por cierto, sino por cosa de burla, todavía

Gómez de Solís venía con miedo y deseo de entender la

verdad, y hallado que era reducida, volverse al Perú á

224

HISTORIA DEL PERÚ

dar aviso á Gonzalo Pizarro; y con este intento, tomó el

puerto de Pinas que es entre Tierra Firme y la Buena

Ventura, pensando hallar allí algún indio de quien pudie-

se tomar lenguas de lo que había en Panamá; y como no

le halló, pasó á las islas de las Perlas, á do, como fué lle-

gado cerca, salieron las dos naos y fragata que no poco

acrecentaron su temor; y mas, entendiendo que, según su

navio venía roto y haciendo mucha agua y falto de apa-

rejos y jarcia, no podía huir, y viéndole así turbado fray

Esteban, de la orden de la Merced (á quien según está

dicho enviaba Gonzalo Pizarro á España para que volvie-

se á darle aviso de lo que su Magestad proveía contra él)

le dijo que él iría en el barco de la nao (que llevaban ya

por popa) á saber por quién-estaban aquellos navios, y

que si estuviesen por Gonzalo Pizarro, haría soltar un

tiro y daría cierta señal, y no la dando procurase de huir.

Y con esto el padre se fué á la nao de Pablo de Me-

neses; el cual, como le conocía por tan devoto de Gon-

zalo Pizarro, le recibió bien y le dijo que estaba por Pi-

zarro; y el fraile le dijo con mucho placer y regocijo lo

que había concertado con Gómez de Solís, y así luego se

hizo la señal y el fraile fué con este buen concepto hasta

que, llegados cerca de la nao de Gómez de Solís, se man-

dó amainar tirándole Pablo de Meneses por una parte y

Palomino por otra, hasta que bajaron las velas, y luego

pasaron á Gómez de Solís y al Obispo al navio de Pablo

de Meneses y á ellos y al navio llevaron á Panamá; y lle-

gado Gómez de Solís al Presidente, tuvo miedo que le

mandase justiciar. Mas él le trató bien y le tomó su con-

fesión de lo que llevaba, el cual declaró la verdad y en-

tregó el poder é instrucciones secretas que traía, lo cual

tomó el Presidente y lo envió al Consejo de Indias; y los

veintidós mil pesos que llevaba para Hernando Pizarro

(porque declaró habellos tomado Gonzalo Pizarro de la

caja de su Magestad) mandó luego entregar á los Oficia-

les reales y se les hizo cargo dellos. Con el Obispo de

Lima y con fray Tomás de San Martín se holgó el Presi-

dente y los recibió amorosamente, habiendo ya entendi-

do cuan servidores eran del Rey. El Obispo de Santa

HISTORIA DEL PERÚ

225

Marta estuvo confuso y avergonzado, entendiendo que ya

el Presidente sabía cuan aficionado era de Gonzalo Piza-

rro, y quisiera luego irse al Nombre de Dios y de allí á

Santa Marta. Mas, con buenas palabras y disimulación, le

detuvo el Presidente diciendo que era necesario que se

hallase con él para, con su prudencia, mejor ordenar lo

que conviniese hacer en servicio de su Magestad. Lo cual

hizo porque temió que si el Obispo fuese á Santa Marta

(aunque con trabajo y largo camino) podría por tierra

hacer saber á Gonzalo Pizarro lo que pasaba; y así el

Presidente le detuvo hasta poco antes de su partida al

Perú.

TOMO II.

15

CAPÍTULO XLV

De lo que sucedió d Pero Hernández Paniagua sobre el

mensaje que llevaba, y cómo se derramaron muchas carü s

por el Perú, y lo que sobre esto hizo y proveyó Gonzalo

Pizarro.

Prende Villalobos á Pero Hernández Paniagua.—Recibe mal Gonzalo

Pizarro á iMaldonado.—Divúlganse por el Perú las cartas de Gasea.

Lo que escribió Carvajal á Pizarro sobre las cartas de Gasea.

Manda Pizarro proceder contra los que trajeron las cartas de Gasea

y prenden dos frailes.—Publícase que hay sospecha de la reducción

de la armada, y causa turbación.—Envía Pizarro por Paniagua.

Lo que dice Paniagua á Pizarro. —Da licencia Pizarro á Paniagua

que se vuelva á Tierra Firme.

Después que Pero Hernández Paniagua partió de Pa-

namá en la fragata con Francisco Maldonado y el fraile

de la Merced, llegaron en treinta días á Puerto Viejo,

adonde el fraile dio las cartas que para aquel pueblo lle-

vaba, y de Camino dio las de Guayaquil y otras envió á

otros pueblos, y partióse para Quito á dar las que para

allí llevaba, donde era su determinado paraje, y Paniagua

caminó la costa abajo hasta el puerto de Túmbez, adonde

Villalobos le prendió y tomó las cartas que de su Mages-

tad para Gonzalo Pizarro llevaba y la que el Presidente le

escribía y las del licenciado Cepeda, y diólas á Francisco

Maldonado que las llevase, poniendo en prisión á Pani-

agua y haciéndole mal tratamiento, hasta que llegó allí

Gómez de Solís que, á su ruego, le envió á un pueblo de

223

HISTORIA DEL PERÚ

indios llamado Marcavélica (veinticinco leguas de allí) á

un vecino de Piurá, que allí residía, que le tuviese á buen

recaudo para dar cuenta del á Gonzalo Pizarro cuando se

le pidiese. Francisco Maldonado caminó desde allí por

tierra hasta Lima, y recibióle Gonzalo Pizarro tan de

mala manera, que le mandaba cortar la cabeza, y se

creyó que lo efectuara. Empero, por sus excusas é inter-

cesores que hubo, no lo ejecutó y dio las cartas al licen-

ciado Cepeda que las leyese públicamente, y después de

haber leído la de su Majestad comenzó á leer la del Pre-

sidente, y no le contentando las razones della, ó por que

no era á su gusto, ó por qua le pareció que no convenía

que se oyese, se la tomó al licenciado Cepeda, sin le de-

jar proceder, diciéndole: "Dejadla, dadla al demonio, que

son mentiras y conjuros de aquel vejezuelo, que trae bu-

las falsas,,. Y habiendo leído Cepeda las dos cartas que

iban para él se las dio á Gonzalo Pizarro.

Divulgáronse en este tiempo por todo el Perú las car-

tas del Presidente é hinchióse la tierra dellas. Lo cual ve-

nido á oídos de Gonzalo Pizarro se indignó dello, y Fran-

cisco de Carvajal, que estaba en el Cuzco, vio algunas, y

luego escribió á Gonzalo Pizarro, que se maravillaba de

Pedro de Hinojosa que tan poco recado tuviese en Tierra

Firme, en saber lo que de allá venía para no dejar traer se-

mejantes cartas, y que ya que se hubiesen traído, que

como no se castigaba, y que entendiese que eran más de

temer aquellas cartas que á las lanzas del Rey de Castilla,

porque aquestas no le podían sacar sangre estando los del

Perú juntos con él, y semejantes papeles podrían causar su

perdición dividiéndolos de su devoción y servicio; y que,

por tanto, debía mandar hacer grande inquisición contra

los que las cartas habían traído, y castigarlos de manera

que otros temiesen de no traerlas; y así Gonzalo Pizarro

proveyó á todas partes para que sus Tenientes hiciesen

información contra los que las cartas habían traído y los

castigasen, y Pedro de Puelles (que estaba en Quito)

hallando culpados á los dos frailes de la Merced y de San

Francisco (que á Quito habían ido) los prendió y dio tor-

mento, sobre si sabían de otros que hubiesen traído car-

HISTORIA DEL PERÚ

229

tas y á qué personas las habían dado, y aunque no con-

fesaron más de las haber ellos traído, creyendo que no de-

servían como hombres que de nuevo habían venido á la

tierra y no entendían las cosas della, los tuvo Pedro de

Puelles á punto para los dar garrote. Como de hecho lo

hiciera, si no intervinieran tanto por su fraile los de la

Merced, que siempre fueron muy devotos de Gonzalo Pi-

zarro y de su rebelión. Y por el fraile de San Francisco

intervino un fray Iodoco, flamenco, religioso de aquella

Orden, á quien los de Gonzalo Pizarro tenían mucho res-

peto, por ser muy su amigo, y que era uno de los que pu-

sieron á Gonzalo Pizarro en lo de la investidura.

Llegó en este tiempo al Perú un navio, y algunos de

los que en él iban dijeron haber oído en Nicaragua que la

armada de Panamá se había reducido. Lo cual se comenzó

á publicar en el Perú y causó entre todos gran turbación.

Y como vino á oídos de Gonzalo Pizarro envió la costa

abajo por el Maestre de aquel navio; el cual, venido ante

él, y entendiendo cuan mal sería recibido con semejante

nueva, la deshizo diciendo que era mentira, y que antes

los que habían venido de Tierra Firme á Nicaragua de-

cían cómo todos estaban por él; y con esto Gonzalo Pi-

zarro se aseguró é hizo escribir á todas partes lo que este

Maestre decía; y mandó castigar á algunos marineros que

habían publicado lo de la reducción.

Por causa destas nuevas pareció á Gonzalo Pizarro y

á los de su Consejo que era bien enviar por Pedro Her-

nández Paniagua para saber desto que se decía, creyendo

que él lo sabría, y enviaron á Marcavélica (cien leguas de

Lima) al vecino que le tenía para que luego le trújese sin

le dejar comunicar con persona alguna. Y, como fué traí-

do, Gonzalo Pizarro le recibió con mucha autoridad, ha-

ciendo poco caso del, y le amenazó que si no dijese la

verdad de todo lo que le preguntase le mandaría cortar

la cabeza. Y habiéndole hecho muchas preguntas, Pani-

agua afirmó con grandes sacramentos que él no sabía otra

cosa ni lo creía, más de que el Presidente venía á pacificar

aquella tierra por medios de paz y sin armas ni ruidos; y

que esto se podía ver, pues el que venía era un clérigo

230

HISTORIA DEL PERÚ

y tan sin gente, y que así lo tenían entendido todos los

que estaban en Tierra Firme; y que luego que le dijesen

que se volviese á España lo haría, y que, su Magestad y

todos los demás que en España tenían noticia de las co-

sas del Perú, entendían que sin su voluntad no se podían

asentar las cosas de aquella tierra y reducirse á la obe •

diencia del Rey; y dijo que aunque él lo había oído decir

á muchos, que no lo había creído, como después que ha-

bía llegado y había entendido la fortaleza y poder que él

tenía y el grande amor, afición y voluntad con que todos

le servían. Y con éstas y otras lisonjas le ganó la volun-

tad y le comenzó á tratar mejor.

Y ayudándole el licenciado Carvajal como deudo, al-

canzó licencia para se volver á Tierra Firme, y dióle Gon-

zalo Pizarro mil pesos para el camino y quien le volviese

hasta entregarle la fragata en qué había ido (que se le ha-

bía embargado en Túmbez) en la cual se volvió á embar-

car y se partió del Perú con no poco contentamiento de

verse fuera del peligro en que había estado. Y al tiempo

de la partida le dio Gonzalo Pizarro una carta para el

Presidente en respuesta de la que había traído, y pidién-

dole respuesta de la de su Magestad no se la dio, dicien-

do que ya tenía escrito con los Procuradores lo que á

aquélla podía responder.

CAPÍTULO XLVI

Cómo llegó á Panamá número de gente, bastimentos y mu-

niciones, y envió el Presidente por la gente de la Nueva Es-

paña, y, determinado en su partida, comenzó á aprestar la

gente y navios para el viaje.

La gente que vino al presidente Gasea y otras cosas.—Entra en consul-

ta el Presidente sobre partirse al Perú.—Lo que platica el presiden-

te Gasea cerca de su partida.—Las diligencias que hace Gasea.

Ordena el Presidente de hacer una galeota para el mar del Sur.

En estos días había llegado mucha gente á Panamá,

que de Cartagena trajo Villavicencio con la artillería, y del

Cabo de la Vela que trajeron los capitanes Santillana y

Ladrillero (que en aquella pesquería de perlas residían) y

que Boscan había también enviado. Vino también gente

de Santa Marta y Nicaragua, y de la que había llegado al

Nombre de Dios de España; y asimismo le llegaron cala-

fates y carpinteros en número, y cantidad de aparejos para

aderezar las naos; y de mucho maíz que vino deNicáragua,

y del bizcocho y harinas que vino de España se hizo gran

provisión, y asimismo de la madera que hay en aquella

tierra se hicieron árboles para las naos y tablas para echar

planos. Viendo, pues, el Presidente, cómo Dios Nuestro

Señor con tan larga mano le proveía de todo en aquella

tierra tan falta, de tantos navios de los enemigos y oficia-

les y aparejos para adobarlos, y de vituallas más que allí

suele haber y de armas, artillería y municiones y de gen-

te de guerra, y mucha della hecha á los mantenimientos

232

HISTORIA DEL PERÚ

y temple de aquellas partes, habló en su pasada af

Perú, y sobre ello se dio y tomó, juntándose con el Pre-

sidente el Obispo de los Reyes, Pedro de Hinojosa, Lo-

renzo de Aldana y los demás Capitanes; y en la determi-

nación hubo gran perplejidad, porque á muchos parecía

ser imposible hacerle cómodamente antes de venir las

brisas que eran necesarias para poder navegar.

También decían que la gente era poca para animar á

los del Perú á tomar la voz del Rey. Mayormente que la

mayor parte de la gente era de los que habían venido de

España, que, por no estar acostumbrados á los manteni-

mientos y temples de aquellos climas de tan diferente aire

del en que nacieron, se habían de morir ó llegar tales á la

costa del Perú que no fuesen en muchos días de prove-

cho. Otros decían que, si ai año siguiente se aguardase la

pasada, ya Gonzalo Pizarro habría entendido cómo Tierra

Firme estaba por su Magestad, y sobre ello y la defensa

haría grandes prevenciones. Pedro de Hinojosa insistía

mucho en que no se debía dilatar, á lo cual, inclinado

el Presidente (aunque contra el parecer de los más) se

determinó de ir aquel año, animando á los que eran de la

opinión contraria con decirles que la ida era muy segura,

pues en la mar eran superiores á los enemigos, y que

cuando, ó por no les dejar tomar tierra, ó falta de tiempo

para navegar, ó de mantenimientos ó por aguardar la gente

de la Nueva España y de Nicaragua, que eran los incon-

venientes que podían temer, les fuese forzado volver á

arribar á Tierra Firme, era la vuelta en su mano por ser

la navegación tan fácil y breve cuanto dificultosa y larga

en la ida; y con esta determinación comenzó el Presiden-

te á poner todas fuerzas y diligencias á aprestar lo nece-

sario para ello, repartiendo la gente y oficiales para todo

lo que se había de hacer, y poniendo los capitanes y per-

sonas principales que estuviesen al adobo de los navios

y á cortar y traer de la madera necesaria para ellos y para

cajas de la artillería; y á gran diligencia se hacían y ado-

baban arcabuces y hierros para picas, y clavazón para los

navios y la artillería, y á hacer picas de cedro y de otras

maderas de aquella tierra y á retinar y hacer pólvora, y

HISTORIA DEL PERÚ

233

en todas estas cosas andaba el Presidente muy solícito,

y pareciéndole que sería cosa conveniente para cosas que

en la costa del Perú se podían ofrecer llevar algún navio

de remo (que se entendió podrían dar en mar del Sur,

aunque fuese engolfándose) envió á las Islas de las

Perlas, donde había buena madera, al capitán Vendrel,

catalán, persona que tenía experiencia de galeras, con

oficiales dellas y herreros con dos fraguas, al hacer una

galeota de veintidós de remos, y le encargó mucho la bre-

vedad; y luego despachó mensajeros á Nicaragua y á

Nueva España, dando aviso del acuerdo que había toma-

do de ir aquel año al Perú, y encargando á las Audien-

cias y al Virrey enviasen la gente y mantenimiento y las

otras cosas derecho á la costa de aquellas provincias, ad-

virtiendo que por la costa los irían aguardando y entrete-

niéndose hasta que llegasen. Asimismo compró el Presi-

dente en Tierra Firme caballos, muías y machos para lle-

gar al Perú.

CAPÍTULO XLVII

Cómo proveyó el Presidente que Lorenzo de Aldana, Her-

nán Mexía y Palomino y Juan de luanes fuesen delante

con trescientos arcabuceros en cuatro navios, y la ayuda de

costa que se dio á los capitanes y soldados.

Parécele al Presidente enviar navios delante con gente confiada.—Todos

aprueban el parecer de Gasea y apercíbense cuatro navios.—Escó -

gense trescientos arcabuceros para los navios y dánles socorros de

cien pesos á cada uno.—Costumbre de los soldados del Perú.

Daba el Presidente á los capitanes quinientos pesos cada mes.

Nombra el Presidente á Lorenzo de Aldana por General.—Nombra

el Presidente capitanes.—Parten de Lima los cuatro navios.

Determinado, pues, el presidente Gasea, pasar luego

al Perú, parecióle, ansí para mejor disposición de las cosas

del Perú como para animar á los que tuviesen atención

de servir á su Magestad y apartarse de Gonzalo Pizarro,

y no le seguir, y para que los que huyendo del se quisie-

sen acoger á la mar, pues en tierra no tenían acogida, que

sería bien aprestar algunos navios y enviarlos delante con

personas de confianza y que tuviesen crédito en aquella

tierra. Pues, según Gonzalo Pizarro había quedado sin na-

vios y estaba sin artillería alguna, irían seguros los que

fuesen pertrechados della y de gente. A todos pareció

bien este parecer y le aprobaron, y con tal resolución se

escogieron de todos los navios por más veleros (y que me-

nos les quedaba de aderezar) el galeón que allí tenía

Gonzalo Pizarro y otros dos navios, y la fragata para soco-

236

HISTORIA DEL PERÚ

rro de algunas necesidades, que por ser de remo se podían

aprovechar della; y con mucha diligencia se pusieron lue-

go á punto y artillaron, y escogiéronse trescientos solda-

dos, todos arcabuceros, que fuesen en ellos, dándoles ar-

cabuces y municiones y todo lo demás necesario para el

viaje, y por ayuda de costa para se vestir y aderezar á

cien pesos á cada uno, y á algunos más, y á bien pocos á

menos, allende de lo que luego que se hizo la reducción

se les había dado. Porque en aquella tierra es la gente

tan loca que se afrentarían de recibir por vía de paga, no

digo lo que en otras partes se da á los soldados, pero mu-

cha más cantidad, sino que se les ha de dar con color y á

título de ayuda para poder servir, quedándoles entera la

esperanza para el premio que por sus servicios pretenden

en los aprovechamientos y repartimientos de la tierra; y

esto se ha guardado como ley inviolable en aquellas par-

tes; y fué necesario pasar por ello en aquella jornada, no

sólo por los hallar en aquella costumbre, empero por ser

guerra tan de ruego y en competencia de quien tanto po-

día dar y daba como Gonzalo Pizarro. Y de la misma ma-

nera convino hacerse con los capitanes, en tanto que el

Presidente se detuvo en Tierra Firme que les dio para su

plato y gasto, que á su mesa con soldados hacían qui-

nientos pesos cada mes, que son seiscientos ducados, y

que son más quinientos pesos en Tierra Firme que dos

mil en el Perú.

Iban entre éstos trescientos soldados personas de con-

fianza que algunos dellos habían sido capitanes y tenido

oficios entre gente de guerra en España y en Italia; y á

éstos se les dio ayuda con mucha más ventaja que á los

otros, considerando lo que importaba que hubiese fideli-

dad y buen recaudo en aquellos navios, de los cuales nom-

bró por General á Lorenzo de Aldana, así por ser persona

prudente y experta para el cargo y aficionado al servicio

del Rey, como porque el Presidente tuvo atención, por-

que habiéndole enviado Gonzalo Pizarro y el Reino por

su Procurador, viéndole volver después juzgarían que era

por lo que había visto y entendido en Tierra Firme. Lo

cual considerando, todos ó los más desearían hacer lo mis-

HISTORIA DEL PERÚ

237

mo, pues Lorenzo de Aldana era de todos tenido y repu-

tado por hombre discreto y bien entendido. Nombrado,

'pues, Lorenzo de Aldana por General, parecióle al Pre-

sidente que debía nombrar por capitanes á Palomino y á

I Hernán Mexía para que fuesen con él y á Juan de lua-

nes que era hombre de la mar, y así habló luego al ca-

pitán Palomino, el cual aceptó con mucha voluntad de ir

con Lorenzo de Aldana, y hablando á Hernán Mexía,

respondió tener grandísimo celo de servir á su Magestad

y de hacer lo que se le mandase, pero que no iría debajo

de Lorenzo de Aldana, y así, para concertar la ida, tuvo

' necesidad el Presidente que tratar de medios, que fué: que

Lorenzo de Aldana fuese hasta Lima por Capitán en el

galeón y el capitán Palomino en otro navio, y por Capi-

tán de otro navio fuese Hernán Mexía y Juan de lllanes

len la fragata, y que llegados á Lima, Lorenzo de Aldana

dejase el galeón á Hernán Mexía, con el cual se volviese

lia costa abajo, dando despacho y recogiendo los que con

lél se quisiesen meter hasta encontrar el Presidente con el

'armada que habían de procurar partir tras dellos, y que

Lorenzo de Aldana subiese la costa arriba con los navios

y fragata, y en su compañía fuesen el capitán Palomino

y Juan de lllanes y fray Tomás, Provincial de los Domi-

nicos, á dar cartas, provisiones y fees de los perdones y

revocaciones de las ordenanzas y de las otras provisiones

xme pudiesen dar contentamiento para atraer al servicio

de su Magestad á la gente de aquellas partes; y encargó

mucho el Presidente que siendo posible no tocasen en

puerto alguno hasta llegar á Lima, por causa que Gon-

zalo Pizarro no tuviese nueva ni noticia alguna de la en-

trega de su armada y se previniese con tiempo. Luego se

repartieron los soldados entre estos capitanes, los cua-

les en los cuatro navios (y llevando consigo al Provin-

cial de los Dominicos) se partieron del puerto de Panamá

en diez y siete de Febrero de mil y quinientos y cuarenta

y siete años.

CAPÍTULO XLVIII

Cómo el licenciado Zarate murió en la ciudad de los

Reyes, y d Alonso de Toro le mataron en el Cuzco, y de

los que fueron justiciados por se querer alzar en el Cuzco

por el Rey.

Muerte del licenciado Zarate.—Muerte de Alonso de Toro.—Conjúran-

se algunos en el Cuzco contra Pizarro y justícianse algunos por

ello.

Estaba en este tiempo el licenciado Zarate en la ciu-

dad de los Reyes tan temeroso, que ni salía de su casa ni

consentía que nadie le visitase, porque sabía que era te-

nido por sospechoso, así por se haber mostrado servidor

de su Magestad contra Gonzalo Pizarro como por los mu-

chos agravios que le habían hecho, como fué casarle la

hija contra su voluntad y decirle denuestos y palabras in-

juriosas. El cual, en esta sazón, enfermó de cámaras (que

es en la ciudad de Lima enfermedad peligrosa) debajo

de cuya ocasión le fué á ver Gonzalo Pizarro, y certificó-

le que él tenía unos polvos de cuerno de unicornio que

eran muy apropiados para aquella enfermedad. El licen-

ciado Zarate, con el deseo de salud y sin temerse de en-

gaño, inconsideradamente los tomó y falleció de ahí á

pocos días; y entendióse por cosa cierta (y así se publi-

có) haberle dado en estos polvos ponzoña. Asimismo, en

este tiempo Alonso de Toro (que era Teniente en el Cuz-

co) hubo palabras de enojo con su suegra, y á las voces

240

HISTORIA DEL PERÚ

subió el marido, y creyendo que Alonso de Toro la ponía

las manos, le dio de puñaladas, de que brevemente mu-

rió. Luego el Cabildo del Cuzco eligió por Capitán y Te-

niente á Alonso de Hinojosa, cuya elección confirmó

Gonzalo Pizarro, mostrando gran sentimiento por la

muerte de Alonso de Toro por la mucha confianza que

del tenía; y de ahí á pocos días sucedió en el Cuzco que

algunas personas quisieron alzar la ciudad por el Rey

contra Gonzalo Pizarro, y fueron justiciados sobre ello

Lope Sánchez de Valenzuela y Diego Pérez Becerra, por

Alonso de Hinojosa, porque eran principales autores de

la conjuración, y desterró de la ciudad á otros que con

ellos lo trataban.

CAPÍTULO XLIX

Cómo queriéndose coronar Gonzalo Pizarro envió á llamar

ú Francisco de Carvajal) el cual enfermó en el camino, y

cómo fingió confesarse y la caria que escribió á Gonzalo

Pizarro.

«Quiere Pizarro coronarse por Rey.—Manda Pizarro que todos los veci-

nos vengan á Lima, y escribe á Carvajal.—Importunan á Carvajal

que se confiese. — Cuento de Carvajal.—Carta de Carvajal á

Pizarro.

Estando las cosas de Tierra Firme en los términos que

«stá.referido, y no las sabiendo Gonzalo Pizarro, antes

creyendo que estaba por él y que sus Procuradores

habían pasado al mar del Norte é irían la vuelta de Espa-

ña, y que estaba muy señoreado de las personas y volun-

tades de los del Perú, porque todos en aquellas provin-

cias le reconocían por Señor y procuraban hacer gran de-

mostración de amor y voluntad á su servicio, unos porque

le temían y otros porque no osaban hacer otra cosa, y

otros porque de corazón le amaban y los tenía obligados

y muy prendados, se persuadió que debía ya tomar el

título y corona de Rey (de que tanta ambición tenía) pa-

reciendo á él y á los de su Consejo que con aquello asen-

taría más su señorío, y que, con la autoridad nueva, con-

firmaría más los corazones de todos y los animaría á estar

más firmes en su servicio. Y así acordó hacerlo y que

se hiciese un acto semejante al que en Castilla, en tiem-

po del rey don Enrique, se hizo en Avila con su hermano

TOMO II. '«

242

HISTORIA DEL PERÚ

don Alonso; y que para ello se llamasen todos los veci-

nos y personas principales que en el Perú se hallasen para

que fuesen presentes é interviniesen al acto, figurándose-

le que con aquello se prendarían más á estar firmes y uni-

dos con él por haber intervenido y puesto la mano en

acto de tan grande aleve y desacato; y así, con tal inten-

tó, envió á mandar generalmente por todo el Perú que

viniesen todos á Lima; y escribió á Francisco de Carva-

jal su Maestro de campo (que estaba en el Cuzco) que,

dando orden en las cosas de aquella ciudad y comarca,

luego partiese para se hallar presente. El cual, siendo

avisado como los licenciados Carvajal y Cepeda y el ca-

pitán Juan de Acosta (que era gran privado de Gonzalo

Pizarro) le cizañaban y metían mal con él y le persua-

dían que le mandase matar, diciendo que había robado

mucho y que con sus robos le hacía malquisto, y que se

entendía del que se holgaba de detenerse por lo de arriba,

con intento (que si á Pizarro mal le sucediese) de alzarse

contra él, y que sobre esto todos tres habían hecho gran-

de instancia, lo cual ansí había sido por envidia que tenían

de lo mucho que el Maestro de campo podía con Gonza-

lo Pizarro, y porque creían que viniendo él podría mucho

más que no ellos, y porque, al parecer de todos, ya esta-

ban las cosas tan debajo de poder suyo que Gonzalo Pi-

zarro no hacía otra cosa más de lo que éstos ordenaban y

trataban.

Por tanto, Francisco de Carvajal se detenía dilatando

su venida todo lo posible, y puesto que ya se había par-

tido del Cuzco venía muy paso á paso, y en Andaguaylas

(habiendo caminado cuarenta leguas) di.óle un dolor de

costado de que llegó muy al cabo, y siendo muy importu-

nado de loa que con él venían que se confesase, mostran-

do que lo 'quería hacer, hizo llamar á un clérigo que se de-

cía el páclre Márquez, que por haber sido servidor de su

Magestad le. traía preso y le había dado cargo de hacer

las crines y colas á las muías y machos que traía; y que-

dándose solo con él, cuando el clérigo llegó á quererle

oir de confesión, preguntóle Carvajal si sabía el romance

de Gaiteros y el del marqués de Mantua y otras cosas

HISTORIA DEL PERÚ

243

semejantes, y en estas burlas (estando como estaba) le

detuvo una hora y mandóle que se fuese y que dijese ha-

berle confesado porque aquellos necios no le importuna-

sen, amenazándole que si él sabía que decía otra cosa le

costaría caro. Y como los émulos de Carvajal solicitaban

mucho á Gonzalo Pizarro, habíale escrito dos veces al

Cuzco, y á la postre con alguna cólera, encargándole que

porque quedase más seguro el Cuzco quemase las picas

que allí había. Y estando Carvajal ya en Andaguaylas re-

cibió estos despachos y carta de Gonzalo Pizarro. Enten-

diendo, pues, Carvajal esta emulación, respondiendo con

su acostumbrado estilo y simulación, deshaciendo lo que

entendía que contra él se trataba, escribió á Gonzalo Pi-

zarro la carta que sigue:

. DE FRANCISCO DE CARVAJAL Á GONZALO PIZARRO

"Muy ilustre señor:

„Como sólo Dios es el maestro verdadero de todas las

cosas y sabe lo que dice, y hace todo á su voluntad y

placer, aunque yo, este otro día, escribí á vuestra señoría

con Diego López de Segura que el día que vuestra seño-

ría aquella carta viese entraríamos nosotros en Guaman-

ga, no fué Él servido que ansi lo hiciésemos. Porque el

martes sígnente en la noche (después que á Diego López

despaché, que fuimos á dormir á los Lucumaes) me vino

un dolor de estómago que después vino á parar en gran

dolor de costado, del cual no he pensado escapar ni aun

creo llevo camino dello. Aunque no queda por médicos

ni medicinas ni de entender en ello (como si la burra fue-

se algo). Hallándome más aliviado me fJaríí de los Lucu-

maes (donde me dio el mal)y víneme á Andaguaylas, adon-

de ya cargó tanto que era desesperación ponerme en ca-

mino y así me estoy curando. Doy cuenta á vuestra se-

ñoría para que no piense que soy en otras fiestas. En este

asiento de Andaguaylas llegó Burgos, paje de vuestra se-

244

HISTORIA DEL PERÚ

noria, el cual me dio los despachos que de vuestra seño-

ría traía. Y visto en ellos todo lo que hace al caso, vues-

tra señoría no tenga pena, porque yo lo traigo del Cuzco

ya todo bien remediado, así por unas partes como por

otras, trayendo conmigo todos los sospechosos que algo

podían hacer, para que conozcan á vuestra señoría y le

sirvan, y dejando allá sembrado lo que yo vi que conve-

nía. En fin, hasta que yo vea á vuestra señoría y me diga

á boca lo que conviene hacerse, para seguridad de todo

ello, está muy bien, con tanto secreto como para tales co-

sas se requiere.

„Desde este mismo asiento envío al Cuzco á Burgos,

para que acompañe los coseletes que me traen con algu-

na monedilla de la hacienda de vuestra señoría del Cuz-

co. Yo lo echaré todo delante tan bien ataviado como es

menester, y se hará todo lo que sea servicio de vuestra

señoría.

„Las picas que vuestra señoría mandó que yo quema-

se he enviado por ellas, para que vengan poquito á poqui-

to enderezadas á Lima, y esto suplico á vuestra señoría

que se hierre por mi cabeza, porque para la corona de

Rey, con que en tan breves días hemos de coronar á vues-

tra señoría, habrá muy gran concurso de gente. Y para

entonces yo quiero tener cargo de aderezarlas y tenerlas

como conviene. Que certifico á vuestra señoría que la

más terrible guerra que se puede hacer, para seguridad de

los ejércitos de vuestra señoría y ofensa de los enemigos

es con las picas. Y yo sé bien lo que digo.

„Aquí llegó anoche Rodrigo de Zamudio, que reside

en Chuquiabo con el padre Ortiz Sánchez, en las hacien-

das de vuestra señoría, y trae hasta veinte mil pesos de

oro de Chuquiabo, y en plata de Potosí, que ya el dicho

padre conmigo comunicó. Yo le he aviado de aquí lo me-

jor que he podido. Suplico á vuestra señoría le haga buen

tratamiento y regalo, porque en verdad que trabaja mu-

cho cada día de acá para allá, en todo lo que le mandan,

en servicio de vuestra señoría. Y yo recibiré la merced

por mía propia. Nuestro Señor la muy ilustre persona de

vuestra señoría conserve con acrecentamiento de muy

HISTORIA DEL PERÚ

245

grandes estados y con el contentamiento y salud que -

vuestra señoría desea. Deste asiento de Andaguailas, hoy

jueves á diez y siete de Marzo de mil quinientos cuarenta

y siete, las manos de vuestra señoría besa, su criado,

Francisco de Carvajal.,,

CAPÍTULO L

Cómo ¡os navios en que fué Lorenzo de Aldana, por nece-

sidad que tuvieron, llegaron á Guayaquil y á Túmbez, y

Villalobos dio dello aviso á Gonzalo Pizarro, y Diego

de Mora abrió las cartas y, partiéndose para Lima, por

cierto acaecimiento se volvió á Trujillo y se embarcó con

su mujer y gente la vuelta de Panamá en servicio de su

Magestad.

Abre Diego de Mora lascarías que iban para Pizarro.—Parte Diego de

Mora de Trujillo para Lima.—Lo que acaesció á Diego de Mora en

el camino.—Vuélvese Diego de Mora á Trujillo y declárase por el

Rey y embárcase para Panamá.—Avisan á Pizarro lo que hizo

Diego de Mora.

Estando, pues, Gonzalo Pizarro, muy satisfecho de su

negocio creyendo que le tenía muy asentado y que esta-

ba señoreado de todo el Perú, Tierra Firme y mar del

Sur, y entendiendo en juntar (como dicho es) todos los

vecinos y personas principales en Lima para coronarse y

hacer el acto referido, los capitanes Lorenzo de Aldana,

Hernán Mexía, Palomino y Juan de lllanes, no pudiendo

(con la mala y larga navegación) dejar de llegar á la costa,

después que llegaron en el paraje de Guayaquil, ellos

con sus tres navios y fragata, y Paniagua que los había

encontrado y volvía con ellos y con otro navio que en el

camino habían topado y le llevaban consigo, los de aquel

pueblo de Guayaquil, para saber qué navios eran aque-

248

HISTORIA DEL PERÚ

líos seis, enviaron ciertos españoles é indios con una balsa

para saber de quién eran; y los capitanes, procurando no-

ser descubiertos hasta más cerca de Lima, tomaron á los

que en ella venían y los metieron consigo y llevaron hasta

Túmbez, donde estaba Bartolomé de Villalobos por Te-

niente de Gonzalo Pizarro; el cual, viendo aquellos na-

vios dos ó tres días dando bordes alrededor de aquel

puerto y que no le tomaban, concibió sospecha que no

venían de la opinión de Gonzalo Pizarro, y luego de allí

le hizo mensajero por tierra en que le avisaba de aquellos

navios que allí andaban y que no habían querido surgir.

Enderezó Villalobos este mensajero á Trujillo (ciento y

diez leguas de allí) al capitán Diego de Mora, que estaba

por Teniente de Gonzalo Pizarro (aunque era de secreto

servidor de su Magestad) y había enviado á ofrecerse al

Presidente con el Obispo de Lima) para que deTrujilloDie-

go de Mora enviara un mensajero á Lima (ochenta leguas

más adelante) donde Gonzalo Pizarro estaba. Y al tiempo

que llegó este mensajero á Trujillo, estaba Diego de Mora

aderezándose para ir al llamamiento de Gonzalo Pizarro;

y recebidas las cartas que iban para Gonzalo Pizarro las

abrió y leyó; porque con la confianza que del hacía,' le

había dado instrucción que las que viniesen de toda

aquella parte bajo de Trujillo las abriese y viese, para

que, si alguna cosa se ofreciese de proveer, lo pudiese él

hacer con más brevedad sin aguardar que de Lima se lo

enviase á mandar.

Visto, pues, por Diego de Mora lo que Villalobos de

los seis navios escrebía y la sospecha que dello formaba, y

con la mala gana que él iba á Lima, pareciéndole cosa

grave y de gran desacato y aleve aquella para que le lla-

maban, estuvo dudando si iría ó se metería en un navio

que había en el puerto de aquella ciudad á ir á buscar

aquellos navios para se meter en ellos si traían la voz de

su Magestad. Mas considerando cuan incierto aquéllo

era, y que no había nueva que Tierra Firme estuviese sino

por Gonzalo Pizarro, de donde aquellos navios parecían

venir, y como todo lo del Perú estaba por él sin haber

pueblo ni hombre que en aquella sazón otra cosa mostra-

HISTORIA DEL PERÚ

249

se, antes parecía que todos estaban tan debajo de su

mano que le amaban y deseaban servir con vidas, perso-

nas y hacienda, no osó sino determinarse de ir á Lima, y

ansí se partió en compañía de fray Pedro y fray Gonzalo

(frailes de la Merced y grandes apasionados de Gonzalo

Pizarro) y de otros de aquel pueblo, y en la primera jorna-

da, yendo caminando, se le cayó la espada de la vaina, y

tomándola el caballo entre las piernas se dejarretó, y con

la perplejidad que consigo llevaba, esto le bastó, por mal

pronóstico, para no continuar el camino y volverse á su

casa y hacer lo que antes había pensado; y fingiendo que

se volvía á tomar otra cabalgadura, dijo á los que con él

iban que continuasen su camino, y que, si antes que él

llegasen á Lima, dijesen á Gonzalo Pizarro lo que le

había acontecido y que luego sería con él; y así dio la

vuelta para Trujillo y recogió de su hacienda la plata y

oro y mueble que pudo, y metiólo en un navio que estaba

detenido en un puerto cerca de aquel pueblo por causa

que hacía tanta agua que, sin tomársela, no osaban sacar-

le; y bastecióle y metió en él á su mujer, preñada de seis

meses, ofreciendo á todos los que quisiesen tomar la voz

del Rey y embarcarse con él que les haría la costa y los

llevaría hasta los poner con la armada de su Magestad,

de que dijo tener nueva cierta que venía cerca de allí; y

recogiendo cuarenta hombres, vecinos y soldados, se hizo

á la vela la vuelta de Panamá, dejando una sola hija que

tenía de dos años encomendada á un amigo suyo, porque

no la osó meter en la -mar. Luego, pues, que salió de

Trujillo, los vecinos que allí quedaban hicieron con dili-

gencia mensajero á Gonzalo Pizarro, avisándole de lo

que Diego de Mora y los que con él iban habían hecho.

CAPÍTULO LI

Cómo navegando Diego de Mora con su navio topó los na-

vios en que venía Lorenzo de Aldana, y todos juntos se

vinieron á Trujillo y alzaron bandera por el Rey y escri-

bieron la razón de su venida á diversas partes.

Diego de Mora con Lorenzo de Aldana.—Envía Diego de Mora á di-

versas partes los despachos del Presidente.

Después que Diego de Mora y ios que con él iban

partieron del puerto de Trujillo en aquel navio, camina-

ron aquel día y parte de la noche siguiente con grande

trabajo por hacer el navio tanta agua é ir tan roto que,

aunque continuamente iban dando á la bomba, no podían

tanto vaciarla que no fuesen en harto peligro de se ane-

gar, y volverse al puerto ni tomar otro de los que ade-

lante estaban les era seguro, pues todos estaban por Gon-

zalo Pizarro. Yendo, pues, ansí, con mucha congoja y tra-

bajo, descubrieron un farol á gran rato de la noche, y sin

saber de quién era (aunque no con falta de turbación) se

.determinaron enderezar á él con intento que si fuese de

armada de su Magestad se meterían en los navios que en

ella viniesen, y si fuese de Gonzalo Pizarro diría Diego

dé Mora que había sabido de aquellos navios y le había

parecido salir á ver quiénes eran para enviar dello nueva

á Gonzalo Pizarro, y que con esto se aseguraría dellos,

y después podrían con la noche apartarse y enderezar su

camino hacia la Buena Ventura para meterse por allí en

252

HISTORIA DEL PERÚ

la gobernación de Popayán, á ventura que Benalcázar ó

como servidor de su Magestad los amparase, ó como ami-

go de Gonzalo Pizarro se los tornase á enviar, de que no

llevaban poco miedo (á causa de la confederación que

después de la muerte del Virrey con Gonzalo Pizarro ha-

bía hecho) porque ir más adelante no podían. Y con esto

llegaron al farol, que era del galeón en que iba Lorenzo

de Aldana; y entendido cómo todos eran de su Magestad

se volvió con ellos hasta la mañana que se pasaron Diego

de Mora y su mujer y los que con él habían salido de

Trujillo á aquel galeón, y en los otros navios en que iban

los capitanes Hernán Mexía y Palomino, y todos se de-

terminaron ir al puerto de Trujillo y allí echar ancla,yque,

con ayuda de Diego de Mora y de los otros vecinos, to-

marían bastimento de que iban tan necesitados, y que á

no lo poder hacer les era forzado volver á arribar á Pana-

má por la falta dello; y que también desde allí enviarían

despachos á diversas partes para que, con Diego de Mora

y los que le siguiesen, se viniesen á juntar los que en ellas

residían en un sitio fuerte de Cochabamba, que está entre

dos ríos, y todos allí pudiesen aguardar á que el Presi-

dente llegase y juntarse con él.

Y ejecutando este parecer surgieron en aquel puerto, y

con Diego de Mora y sus compañeros salió parte de la

gente que en los navios venía; y fueron á Trujillo y alza-

ron bandera por su Magestad, y procuraron todos con di-

ligencia de enviar y traer vituallas á los navios. Luego

Diego de Mora hizo diversos mensajeros con los despa-

chos que el Presidente enviaba para Gómez de Alvarado,

que estaba en los Chachapoyas por Teniente de Gonzalo

Pizarro, y á Juan Saavedra, que lo era en Guánuco, y á

Juan Porcel en los Bracamoros, y con estos recados es-

cribieron Lorenzo de Aldana, Mexía, Diego de Mora y Pa-

lomino, haciéndoles saber de su llegada y diciendo cómo

el Presidente venía tras ellos con armada y pujanza de gen-

te, persuadiéndoles que con toda la que ellos pudiesen se

juntasen con Diego de Mora en Caxamalca, y que allí se-

guramente aguardarían á que el Presidente llegase y se

juntasen con él. Escribiéndoles que Diego de Mora ya

HISTORIA DEL PERÚ

253

quedaba en camino con toda la gente de la ciudad de

Trujillo, y el mismo despacho y carta enviaron al capitán

Mercadillo, que por Gonzalo Pizarro tenía la ciudad de

Loxa y su provincia, que entonces por devoción del lugar

de Gonzalo Pizarro se llamaba La Zarza.

CAPÍTULO LII

Cómo teniendo nueva Gonzalo Pizarro de lo que Diego de

Mora había hecho en Trujillo, proveyó al licenciado León

por Teniente de aquella ciudad, encomendando los indios

de los vecinos de Trujillo al licenciado León y los que con

él iban, y envió áfray Miguel de Lorenes á Panamá á re-

querir al Presidente.

Llega á Gonzalo Pizarro la nueva de lo que hizo Diego de Mora.—Lo

que fray Miguel había de requerir al Presidente en Panamá.—Dan

nueva á Pizarro que en el Collao se han alzado algunos por el Rey.

Entran en consulta sobre quemar los navios y no ha efecto.—Pár-

tese de los Reyes el licenciado León con la gente.

Domingo por ia mañana, veinte y cuatro de Abril, lle-

gó á la ciudad de los Reyes fray Gonzalo (gran secuaz y

aficionado de Gonzalo Pizarro) con la nueva que Diego

de Mora y los vecinos de Trujillo se habían encargado la

vuelta de Panamá. Con lo cual se acabó de dar crédito

que la armada era perdida, entendiendo que no era po-

sible, sino que Diego de Mora y los demás vecinos iban á

cosa hecha y cierta y sobre cas,o pensado, y sobre ello hubo

hartas diferencias y contradicciones. Empero, de ahí á

poco, vinieron \OÍ mensajeros de Trujillo, que dieron re-

lación cómo Diego de Mora había vuelto con los navios

de su Majestad, con que se acabaron los juicios.

Estaba en esta sazón acordado que de nuevo fuesen

personas á Panamá á hacer ciertos requerimientos al Pre-

256

HISTORIA DEL PERÚ

sidente, y con este suceso no hubo efecto, y proveyóse

que el licenciado León (natural de Sanlúcar de Barrame-

da) fuese á la ciudad de Trujillo por Teniente y Capitán

de cuarenta soldados de los más amigos y apasionados de

Gonzalo Pizarro, y dio los indios y haciendas de Diego de

Mora y de los vecinos que se habían ido con él al licencia-

do León y á otros de los que con él iban, y llevaban cédu-

las destas encomiendas, y luego se aprestó un navio en

que fuesen, y con éstos envió Gonzalo Pizarro á fray Pe-

dro y á fray Gonzalo (frailes del Monasterio de la Merced

de aquel pueblo) para que ayudasen al licenciado León

en lo que en su juicio hubiese que hacer, y le avisasen de

lo que entendiesen que había sucedido de Diego de Mora

y de los que con él iban.

Proveyóse también que embarcasen en este navio las

mujeres de los vecinos huidos con Diego de Mora, no las

consintiendo llevar pieza alguna de indio ni india que las

sirviesen ni cosa alguna de oro ó plata para su gasto; y

que á estas mujeres las llevase á su cargo en aquel navio

hasta llegar á Panamá fray Miguel de Lorenes (Comenda-

dor de la Merced del Monasterio de Lima) el cual diese

y entregase las mujeres á sus maridos en Panamá, te-

niendo por cierto que Diego de Mora hubiese llevado

aquella derrota; y que en Panamá este fraile hiciese al

Presidente un requerimiento que llevaba, ordenado y fir-

mado de muchas personas, que contenía que dejase ir

libremente á España los Procuradores de Gonzalo Pizarro

y del reino del Perú que iban á su Magestad, y que el

Presidente no entrase con mano armada en aquellos Rei-

nos hasta en tanto que se tuviese respuesta de su Mages-

tad, y que dejase venir al Perú los navios y mercancías;

y el día que esto se proveyó, vino nueva que en el Collao

se habían levantado más de treinta hombres por el Rey.

Sobre lo cual, se acordó que se escribiese al sargento

mayor Juan de Silvera (que hacía algunos días que era

partido) que procurase deshacer aquella gente y de ma-

tar al caudillo, que decían ser Juan Montañés. Tratóse

también en la consulta sobre quemar los navios que esta-

ban surtos en el puerto del Callao de Lima, por razón

HISTORIA DEL PERÚ

257

-que si el armada viniese no se aprovechase dellos, y por

otras causas y motivos que consideraban, lo cual por en-

tonces no hubo efectos por muchas contradicciones que

hubo, aunque después los quemaron.

Finalmente, el licenciado León y los que con él iban,

se partieron de Lima, martes veintiséis de Abril, en un

galeón con ochenta personas, vecinos, soldados y pasa-

jeros, entre los cuales iba el padre Baltasar de Loaysa,

natural de Madrid (de quien en el primer libro de esta

Historia se hace mención) fingiendo que estaba enfermo

y que iba á tomar la zarzaparrilla á Trujillo y de allí irse

A la ciudad de Quito.

TOMO II.

17

CAPÍTULO LIII

Cómo yendo por la mar el licenciado León, se encontró con

los navios de su Magestad, en que venia Lorenzo de Alda-

na, y se redujo á ellos, y Diego de Mora se fué con la gente

que tenía á Caxamalca, y los navios se fueron la vuelta de

Lima, y cómo se redujeron Gómez de Alvarado y Saavcdra

y otros Capitanes.

Habla Baltasar de Loaysa á la gente.—Vuelve Loaysa á la gente con el

perdón y poderes del Presidente.—Llega Baltasar de Loaysa á la

compañía.—Los que se volvieron á Pizarro.—Parte Loaysa para

Túmbez á rescebir al Presidente.—Los que se volvieron á la vanda

del Rey.—Prenden á Villalobos los que van con él.—Mata Fran-

cisco de Olmos á Manuel Estacio. •

Embarcado que fué el licenciado León con los solda-

dos y pasajeros, guiaron la vuelta de Trujillo, y llegados al

paraje de Santa, quisieron tocar allí, porque con el rece-

lo que llevaban desearon saber nuevas de lo que había

en la ciudad de Trujillo, empero por persuasión de Balta-

sar de Loaysa pasaron adelante hasta el puerto que dicen

de Guañape (siete leguas de Trujillo) donde por lengua

de los indios supieron que en el arrecife había navios, y

sospechando ser la armada se alborotaron mucho y qui-

sieron dar la vuelta para Lima. Empero Baltasar de Loay-

sa les dijo qne sin saber qué navios y gente era, para po-

der dar aviso á Gonzalo Pizarro, no hacían lo que debían

en volverse tan á ciegas que no pudiesen dar verdadera

260

HISTORIA DEL PERÚ

relación de lo que pasaba, y que sería bien acordado que

algunas personas confiadas fuesen hacia Trujillo á saber

la verdad.

Tratado, pues, sobre este negocio, acordóse que fray

Pedro (que llamaban el Arcabucero), con Pizarro de la

Rúa y Luis de Alcántara, se desembarcasen y fuesen á

Trujillo á informarse de lo que había, los cuales salie-

ron luego y á medio camino toparon un estanciero, que,

habiendo sabido la nueva como aquellos navios esta-

ban en el puerto de Trujillo, iba á juntarse con ellos,

de quien supieron como Lorenzo de Aldana y Juan Alon-

so Palomino y otros Capitanes del Rey eran allí llega-

dos. Fray Pedro dijo y afirmó al estanciero como en aquel

navio que estaba en Guañape venían cien arcabuceros, y

con esto se volvieron á Guafiape á dar aviso al licenciado

León. En este medio tiempo Baltasar de Loaysa se había

puesto en la popa del navio é había hecho un razona-

miento á todos en general, persuadiendo y exhortándolos

que no se volviesen á servir á Gonzalo Pizarro, y que se

desembarcasen y fuesen por tierra á servir á su Mages-

tad, juntándose con su armada, dándoles para ello mu-

chas y sobradas razones. Lo cual bastó para que parte de

la gente se desembarcase para irse por tierra poco á poco

á Trujillo, ycon ellos Baltasar de Loaysa, afirmando el

licenciado León y los demás que no darían vuelta ni se

mudarían de puerto hasta en tanto que Loaysa volviese y

se certificase de lo que había. Con este concierto se par-

tió Loaysa á pie para la ciudad de Trujillo. Luego topó en

el camino los corredores de la armada de quienes supo

de cierto lo que pasaba. Llegado á Trujillo halló al capi-

tán Juan Alonso Palomino que había con su gente salta-

do en tierra, y habiéndole hablado, escribió luego á los

demás capitanes de su Magestad y todos ellos se lo agra-

decieron mucho, loando y aprobando su buen propósito.

Luego se volvió Loaysa adonde habia dejado el navio,

llevando consigo el perdón general y poderes del Presi-

dente, bien autorizado, con otros recados en que se ha-

cían grandes ofertas y ofrecimientos á todos los que, de-

jando á Pizarro, sirviesen al Rey; y halló que habían lio-

HISTORIA DEL PERÚ

261

gado fray Pedro, Alcántara y Pizarro de la Rúa; y es de

saber que, después que salió Loaysa del navio, el Capi-

tán y los demás habían tratado de dar la vuelta sobre el

pueblo de Santa, robando los pasajeros y los soldados

que tenían por sospechosos en su opinión, y tomar los

caballos que por tierra traían y de allí volverse á Lima á

juntarse con Gonzalo Pizarro.

Estando, pues, en esta determinación, llegó Baltasar

de Loaysa, y como fué dentro del navio, leyó públicamen-

te los poderes y perdón general, persuadiéndoles que lue-

go alzasen anclas y diesen velas para juntarse con el ar-

mada; y como sintió mucha tibieza, y de algunos sus ami-

gos entendiese lo que antes habían tratado, con mucha

simulación y ánimo, saltó dentro en el batel con sólo dos

hombres de la mar que eran de su bando. E hízose luego

á lo largo amenazando á todos y poniéndoles miedo y

pavor, diciendo y afirmando que en breve serían todos

hechos cuartos como traidores, pues era cierto que el ca-

pitán Mexía de Guzmán venía sobre ellos con dos navios

de armada; y resultó que con el miedo que los puso y

estar sin batel que no podían alzar anclas, rogaron á

Loaysa se volviese al navio prometiendo de hacer todo lo

que él quisiese. Loaysa se lo hizo así jurar y también que

dejarían las armas, lo cual se hizo; y haciendo que se

desembarcasen algunas personas sospechosas para que

fuesen por tierra á Trujillo en servicio del Rey, hizo alzar

las anclas, y dando velas se fueron la vuelta de los na-

vios y puerto de Trujillo. Antes desto, por lengua de los

indios, había sabido Lorenzo de Aldana cómo este navio

habia llegado á Guañape, y cómo aquel estanciero (á quien

habló fray Pedro) había llegado y dado nueva que era

gente de Pizarro y que venían cien arcabuceros, acordóse

que fuesen en dos navios Hernán Mexía y Juan de lllanes,

y que Juan Alonso Palomino fuese con gente por tierra,

para que por mar ni por tierra nadie se les escapase.

Yendo, pues, este navio á la vela, se descubrió el de

Hernán Mexía, el cual los comenzó á bombardear para

que amainasen y luego lo hicieron, y el licenciado León

y Baltasar de Loaysa se entraron en el batel campeando

262

HISTORIA DEL PERÚ

con un paño de manos en señal de paz; y como llegaron

cerca de los navios, el capitán Mexía conoció á Baltasar

de Loaysa y con mucho placer dijo luego á voces: "¡Sal-

va, salva, que Loaysa viene!,, Y entraron en el navio con

grande alegría y regocijo de todos por el suceso de tan

buen principio. Y después de haberse recibido con cere-

monia los unos á los otros, se volvieron todos juntos al

puerto de Trujillo á juntarse con la armada, dando dello

aviso al capitán Palomino que iba por tierra.

Mas fray Pedro, Luis de Alcántara y Pizarro de la Rúa

no se juntaron con la armada, antes se volvieron como da-

ñados á servir á Gonzalo Pizarro; el padre Loaysa se par-

tió para Túmbez á recibir al Presidente para darle aviso

de las cosas y sucesos de la tierra. Con el cual escribie-

ron al Presidente Lorenzo de Aldana y los Capitanes, y

habiendo proveído los navios de los bastimentos que se

pudieron haber y de agua, y echado en tierra más de

treinta soldados que iban muy dolientes porque no se mu-

riesen, como habían hecho otros de los que venían en

ellos, se partieron de aquel puerto la vuelta de Lima, y

Diego de Mora con todos los más vecinos, gente, caballos

y armas de Trujillo para Caxamalca; y los despachos y

cartas que de aquí se enviaron persuadieron tanto á Gó-

mez de Alvarado y á Juan de Saavedra y á Juan Porcel y

á los que en aquellos pueblos estaban, que todos, con sus

armas y caballos y los más bastimentos que pudieron ha-

ber, se fueron á Caxamalca como se les había escrito,

desamparando los lugares donde residían, dejando en

ellos tan solamente los viejos y personas inútiles para la

guerra, donde se juntaron más de cuatrocientos hombres

bien armados y muchos dellos bien encabalgados.

Avisado Villalobos, en este tiempo, que Diego de Mora

y los de Trujillo estaban con la voz del Rey, y que los na-

vios que él había visto eran de la armada del Presidente,

procuró sacar toda la gente que pudo de Piurá, Túmbez y

Marcavelica para la llevar á Lima por la sierra; y comen-

zando á entrar en ella, supo cómo por el camino que había

de ir venían Gonzalo de Alvarado y Juan de Saavedra con

más número de gente que él llevaba, y hallándose atajado

HISTORIA DEL PERÚ 263

hizo alto, y la gente que con él iba, especialmente don

Hernando de Cardenes, natural de Madrid, le prendieron

é hicieron que alzase bandera por su Magestad y se vol-

viese á Piurá á tener aquel pueblo por el Rey como le

había tenido por Gonzalo Pizarro, y para ello le tomaron

por Capitán y Villalobos lo aceptó y cumplió. Asimismo,

después que los navios llegaron á Trujillo, dejaron la

balsa que habían tomado de los de Guayaquil y enviaron

despachos en ella al capitán Francisco de Olmos y á

otros, diciendo cómo venían con la voz de su Magestad,

y que detrás venía el Presidente con grande armada, por

tanto, que hiciesen como buenos y leales vasallos; y re-

cibidos los despachos y entendido lo que en Trujillo y

Piurá se había hecho, Francisco de Olmo (que en Puerto

Viejo era Teniente de Gonzalo Pizarro) se fué disimulada-

mente con personas confiadas á Guayaquil y dio de puña-

ladas á Manuel Estacio, que allí estaba por Gonzalo Pi-

zarro, y alzó bandera por su Magestad.

CAPÍTULO'LIV

Cómo teniendo nueva Gonzalo Pizarro que el licenciado

León se ¡rabia juntado con los navios, nombró Capitanes

para la guerra, y Francisco de Carvajal entró en la ciudad

de los Reyes, y se enviaron d prevenir todos los Capitanes

y Tenientes del Reino para que estuviesen apercebidos.

Nombra Gonzalo Pizarro Capitanes y Oficiales de guerra.—Dio de paga

Pizarro más de quinientos mil castellanos.—Escriben á Carvajal los

Capitanes de Infantería.—Cuento de Carvajal.—Lo que Carvajal

escribió á Gonzalo Pizarro.—Consideración de Pizarro sobre lo

que pide Carvajal.—Entra Carvajal en Lima.—Reprehende Carva-

jal haber quemado los navios y da la causa.

Sabido por Gonzalo Pizarro cómo los navios de ar-

mada estaban en Trujillo, y que el licenciado León con el

navio y gente se le había juntado, teniendo ya por cierta

la guerra, acordó nombrar capitanes y oficiales de gue-

rra. E así nombró por su Teniente y Capitán general al li-

cenciado Cepeda, y que tuviese compañía de á caballo, y

al licenciado Carvajal asimismo por Capitán de á caballo,.

y de arcabuceros á Juan de Acosta y Juan Vélez de Gue-

vara y á Juan de la Torre, y por capitanes de Infantería á

Martín de Robles y Martín de Almendras y á Hernando

Bachicao, y Alférez general á Antonio Altamirano, y por

Maestre de campo á Francisco de Carvajal como antes lo

había sido, el cual, en esta sazón, se sabía haber llegado

á Guadacheri (diez y ocho leguas de Lima). Luego se to-

caron atambores y se dio bando para que todos los es-

266

HISTORIA DEL PERÚ

tantes y habitantes se recogiesen en las banderas y fue-

sen luego á recibir paga, y así se pusieron debajo de ban-

dera muchos mercaderes y personas pacíficas, que, aun-

que se entendía que no habían de pelear, se concertó que

diese cada uno armas y caballo, y los que no lo tenían

pagaban el valor. Gastóse en dar paga á los capitanes y

otras personas nicas de quinientos mil castellanos.

Luego que los capitanes fueron nombrados, los de in-

fantería, cada uno por sí escribió amigablemente á Francis-

co de Carvajal (que, como dicho es, estaba en Guadache-

ri) rogándole que pues él era Maestro de campo y no había

de tener bandera, le diese gente y munición para su com-

pañía. Recibió Francisco de Carvajal todas las cartas de

los capitanes en un mismo día, y oyó bien y gratamente

al mensajero de cada uno, y aguardó á leer todas las car-

tas juntas en presencia de muchos soldados de los suyos,

y como las iba leyendo las iba poniendo una á una muy

igualadas y tendidas encima de una mesa, y acabado que

las hubo de leer las tomó así todas juntas como estaban

igualadas y tendidas y alzólas en alto con sus manos, á

manera de pandero, y repicando en ellas con los dedos

comenzó á cantar en tono: "¡Para mí me los querría,

madre mía! ¡Para mí me los querría!,, Y luego tomó

tinta y papel y escribió á Gonzalo Pizarro, diciendo que

él traía consigo aquella gente y soldados, los cuales ya

estaban hechos tan á sus mañas que de mala gana servi-

rían á otro capitán en otra bandera; por tanto, que le su-

plicaba se los dejase tener consigo, porque importaba

mucho á la guerra tener el capitán soldados á su gusto,

y los soldados capitán de quien ya hubiesen entendido y

tuviesen experiencia de sus mañas y ardides; y también

escribía que no le convenía estar en el campo sin gente y

amigos, dando bastantes razones para ello. Escrita, pues,

la carta, á la hora la envió á Gonzalo Pizarro, el cual,

como la hubo leído, luego se determinó conceder lo que

Carvajal pedía, porque de hacer lo contrario parecióle

que se desabriría Carvajal, pues la sazón del tiempo le

necesitaba á complacer á cualquiera, cuanto más á Car-

vajal, que estaba entonces ausente y en la tierra y con

HISTORIA DEL PERÚ

267

buena gente y mucha munición y con más de quinientos

mil castellanos, y así, con esta determinación, respondió

á Francisco de Carvajal, otorgando lo que pedía', man-

dando que luego se viniese; Francisco de Carvajal se ade-

rezó luego y vino á Lima, donde Gonzalo Pizarro le sa-

lió á recibir con todos sus capitanes y gente, y fué reci-

bido con gran salva y ceremonia.

Había poco que Gonzalo Pizarro, por consejo del li-

cenciado Cepeda y del licenciado Carvajal había hecho

quemar y echar á fondo todos los navios que estaban en

el puerto de Lima, porque se temió que habiendo navios

en el puerto se podía huir á ellos alguna gente é irse á

Lorenzo de Aldana y á los otros capitanes. Y entendido

por Francisco de Carvajal reprendió mucho el haberse

hecho, diciendo que en ellos se podía él meter con buena

copia de arcabuceros é ir contra Lorenzo de Aldana y los

otros capitanes que, según era de creer, traían la gente

fatigada y enferma, y las armas y arcabuces mal adereza-

dos, y la pólvora desmayada y húmeda; y que, aunque

traían artillería y él no la llevaba, pensaba pelear con ellos

y matarlos y tomarles los navios. Los licenciados Carvajal

y Cepeda defendían su parecer, y, continuando el odio y

emulación que con Carvajal tenían,*procuraban persuadir

•á Gonzalo Pizarro que lo hecho estaba bien, y que lo que

decía Carvajal de meterse en ellos era muy peligroso y se

podía bien sospechar que fuera para pasarse á los enemi-

gos. Pero,.sin embargo de esto, tenía tanto crédito de su

Maestro de campo, que le cuadró su parecer y le cometió

todo lo de la guerra.

Luego se acordó que Antonio de Robles fuese á traer

la gente del Cuzco, escribiendo á Alonso de Hinojosa,

que era allí su Teniente, viniese con toda la más que

pudiese; escribióse á Juan de Silvera que viniese también

con la gente de la Villa de Plata, y á Lucas Martín Vegaso

(que era su Teniente en Arequipa) que luego trújese la

gente, armas y municiones que allí hubiese, y que cierta

cantidad de plata que allí tenía la enviase á buen recado

por la mar.

Mandó, asimismo, Gonzalo Pizarro, que don Antonio

HISTORIA DEL PERÚ

de Rivera fuese por la gente de Guamanga; y escribió á

Pedro de Puelles que luego acudiese á Lima con la gente

de Quito, y lo mismo á los capitanes Saavedra, Merdadillo

y Porcel (que aún entonces no se tenía nueva de su reduc-

ción). Y desta suerte envió Gonzalo Pizarro mensaje-

ros á todas partes con instrucciones para todos los ca-

pitanes, en que daba la orden de lo que habían de hacer,

mandando que no dejasen en sus jurisdicciones armas,

caballos ni otro algún aparejo que diese a nadie ocasión

de acudir al Presidente, colorando y justificando con to-

;. JS su causa con sofisticadas y coloradas razones; todo

lo cual hacía Gonzalo Pizarro con gran solicitud y dili-

gencia, mudando el cuidado que tenía de la fiesta de su

coronación en el de la guerra, y haciendo llamamiento'

para ella como poco tiempo antes lo hacía par'a coro-

narse.

i

CAPÍTULO LV

Cómo Gonzalo Pizarro mandó hacer reseña para ver la

gente que tenía y la manera como con todos justificaba su

causa, y del proceso y sentencia que el licenciado Cepeda

hizo contra el Presidente y los Capitanes que le entregaron

el armada, y se proveyó que Juan de Acosta fuese contra-

Diego de Mora.

Manda Pizarro hacer reseña general.—Procura Pizarro justificar con

todos su causa y la manera cómo lo hace.—Algunos pretendían ci-

zañar á Cepeda con Pizarro.—Procura Cepeda hacer proceso con-

tra Gasea y otros y lo que alega.—Fulminóse el proceso.—Senten-

cia contra el licenciado Gasea y Lorenzo de Aldana y Pedro de

Hinojosa.—Las causas con que persuaden á Pizarro que la senten-

cia no se firme.—Parte Juan de Acosta con gente para Trujillo.

En gran congoja y cuidado estaba Gonzalo Pizarro en

esta sazón viendo que su negocio le sucedía tan mal, y

entendiendo ya que la guerra no se podía excusar, quiso

saber el número de gente que allí en la ciudad tenía; y

habiendo los Capitanes hecho sus banderas y estandar-

tes, mandó hacer su reseña general, en que hubo más de

novecientos hombres, todos ricamente armados y atavia-

dos de seda, brocado y recamados y mucha chapería de

oro sembrada por las gorras, sombreros y frascos. Luego

se dio nueva orden en la vela de la ciudad y guarda de

Gonzalo Pizarro, á quien de noche velaban cien arcabu-

270

HISTORIA DEL PERÚ

ceros y doce vecinos, y, generalmente, todos mostraban

en lo exterior querer y desear su conservación. Procura-

ba cuanto podía justificar con todos su causa, escribiendo

cartas á los ausentes con razones justificadas, y con los

presentes trataba y platicaba la nueva querella que de

Lorenzo de Aldana tenía. Pues habiéndole enviado en su

nombre y de los reinos del Perú á su Magestad, agora

venía contra él; y-que, asimismo, enviando su Magestad

al licenciado Gasea para entender en la paz y quietud de

la tierra, había hecho gente y venía con mano armada á

desasosegar é inquietar y castigar á todos los que habían

sido en los negocios pasados. Decía que considerasen

bien que á todos (y á cada uno) les iba tanto como á él

en hacer con diligencia la guerra, dando á entender y sus-

tentando que puesto caso que se decía su Magestad

haber perdonado todo lo pasado, era burla y mentira; y

que aunque esto así fuese, cuando se proveyó no se sabía

la muerte del Virrey; decía también que él estaba infor-

mado por muchas cartas que de España había recibido de

personas de mucha autoridad, que al licenciado Gasea no

le enviaba su Magestad para que le quitase la goberna-

ción que tenía, sino á presidir en la Audiencia Real, y

que hasta en tanto que constase del mandato de su Ma-

gestad, él podía muy bien defenderle la entrada, pues su

Magestad no era servido de lo que Gasea hacía.

Todo esto confirmaba el licenciado Cepeda diciendo

que el licenciado Gasea había cometido gran traición y de-

lito en detener los Procuradores, y sobre todo que jus-

tamente se le podía hacer la guerra y castigar los que fue-

sen tibios en hacerla y seguirla; y amenazaba pública-

mente á los que se desmandasen á hacer cosa alguna

contra Gonzalo Pizarro, haciendo grandes sacramentos

que por el mismo caso les cortaría la cabeza. Decía con

mucha cólera á Gonzalo Pizarro que le dejase justiciar cin-

cuenta personas y que él le allanada toda la gente y la

tierra. Y si contra éste, en cualquier manera, alguno le

replicaba, respondía Cepeda que más cristianos habían

muerto el Turco y Mahoma, y otros muchos Príncipes y

señores y no los castigaba Dios por ello, pues no quería

HISTORIA DEL PERÚ

271

ni era servido que alguno hiciese traición á quien sirvie-

se, y si la hacía que la pagase.

Estas, pues, y otras muchas cosas semejantes á éstas

decía Cepeda, crueles y desvariadas, que no es justo es-

cribirlas, y que podía ser lo hiciese porque Gonzalo Pi-

zarro hiciese del entera confianza, y nadie fuese parte para

le meter mal con él, porque es cierto que no faltaba quien

lo procurase, diciendo que éste era criado del Rey y su

Oidor y que al fin se había de volver al Rey y otras se-

mejantes razones; lo cual todo aseguraba Cepeda con sus

malos consejos y peores obras. Procuró Cepeda con ins-

tancia hacer proceso contra el licenciado Gasea y los Ca-

pitanes que había entregado la armada en Panamá y con-

tra los Procuradores que se habían enviado, y para esto

hizo que Gonzalo Pizarro hiciese juntar todos los Letra-

dos que había en la Ciudad de los Reyes, los cuales, sien-

do ayuntados, Cepeda les propuso la venida del licencia-

do Gasea y entrega de la armada, arguyendo ser grave

delito, trayendo á su propósito y alegando muchas leyes,

razones y autoridades, refiriendo ejemplos de romanos y

de otras historias antiguas. Y como generalmente todos

estaban atemorizados, aprobaron y consintieron con lo

que decía Cepeda, y dijeron que firmarían todo lo que él

dijese, hiciese y ordenase. Así luego se hizo y fulminó el

proceso; y al cabo de algunos días Gonzalo Pizarro sacó

una sentencia, la cual contenía que, atento la culpa y de-

lito que resultaban de la información y proceso que se

había hecho contra el licenciado Gasea, que le condena-

ban á cortar la cabeza, y á Lorenzo de Aldana y Pedro de

Hinojosa que fuesen arrastrados y hechos cuartos, y por

otra propia orden condenaba á cada Capitán en el género

de muerte que le parecía.

El licenciado Cepeda firmó luego esta sentencia, y

mandando Gonzalo Pizarro que los demás Letrados la

firmasen, algunos dellos le insistieron y persuadieron que

esta sentencia no se firmase por ninguna vía y que á

Gonzalo Pizarro le estaba mal, por razón que podía ser

que aquellos Capitanes se le pasasen, y que sabiendo que

estaban condenados no lo querrían hacer, y que el licen-

"272

HISTORIA DEL PERÚ

ciado Gasea era clérigo, y firmando ellos la tal sentencia

incurrían en descomunión. Finalmente el negocio se sus-

pendió por entonces, quedando la sentencia firmada sola-

mente del licenciado Cepeda, el cual había hecho grande

instancia sobre que esta sentencia se firmase. Y desto

Francisco de Carvajal se sonreía y mofaba, diciendo que

sin falta ninguna debía ir muy gran cosa en firmarse

aquella sentencia, y enderezando su plática al licenciado

Cepeda, le dijo: "Señor licenciado, ¿y firmando estos se-

ñores letrados, morirán todos esos caballeros?,,. Respon-

dió Cepeda que no; empero que era bien que estuviese

concluido con ellos cuando los prendiesen. Rióse mucho

entonces Carvajal, y dijo que según había hecho la ins-

tancia, que había entendido que la justicia como rayo

había de ir luego á ajusticiarlos, y decía que si él los tu-

viese presos, no se le daría un clavo por su sentencia ni

firmas. Y sobre esta razón discantaba con sus chistes y

donaires acostumbrados. Segundó en esto la nueva de

los navios que habían partido de Trujillo para Lima, yl

proveyóse que el capitán Juan de Acosta (hombre de

ínimo) partiese á la ligera con cincuenta de caballo y

arcabuceros en muías y machos, y fuese á Trujillo y pro-

curase tomar á Diego de Mora y á los otros que con él se

habían levantado, y los justiciase y entendiese la gente

que venía en los navios y dónde quedaba el Presidente, y

que de todo avisase con brevedad, y trabajase de damni-

ficar á los que en los navios venían si saltasen en tierra;

y así partió con buen golpe de gente, y llegado á Truji-

llo, no halló sino mujeres, viejos y niños, porque toda la

gente había ido á Cochabamba con Diego de Mora, y as?

otro día siguiente dio la vuelta hacia el río de Santa.

CAPÍTULO LVI

Cómo los navios llegaron al rio de Santa y la baria que

les hizo don Martin indio, y Juan de Acosta tomó alguna

gente dellos que hacían aguada y cómo Juan de Acosta se

retiró hacia Lima.

Envían á fray Pedro con un cacique á comprar vituallas.—Huyese el

cacique á Gonzalo Pizarro.—Prenden á fray Pedro de Ulloa.—Pá-

sanse algunos á Juan de Acosta y prende á otros.—Toma Juan de

Acosta una carta de Loaysa y vuélvese á Lima.—Por qué razón

Loaysa escribió aquella carta con astucia.—Cosa notable del puerto

de Guaura.

Los navios de Lorenzo de Aldana y de los otros ca-

pitanes, con la mala y tardía navegación que por los tiem-

pos é ir sucios tuvieron, cuando llegaron al río de Santa

(que por tierra está de Trujillo, quince leguas) como iban

ya con falta de agua y no con tantas vituallas cuanto era

menester para cumplir lo que se les había mandado y

'dado por instrucción, acordaron enviar á fray Pedro de

Ulloa, compañero del provincial, con un don Martín, caci-

que de Guarmey, indio, lengua antigua de los españoles

(que en el navio que Gonzalo Pizarro enviaba á Lima ha-

bían tomado) á un repartimiento suyo que estaba la cos-

ta arriba hacia Lima, para que allí llegase maíz, puercos y

aves y diéronle para ello seiscientos pesos. El indio mos-

tró gran voluntad de lo cumplir, y ellos quedaron haciendo

su aguaje en aquel río de Santa. Llegados, pues, al re-

partimiento, el don Martín dio á entender que iba por sus

TOMO II. '«

274 HISTORIA DEL PERÚ

indios para allegar la comida, y dejó en su casa á fray Pe-

dro, y con toda diligencia y presteza se fué á Gonzalo Pi-

zarro y le avisó cómo dejaba al fraile en su casa, y el en-

gaño que á él y á los capitanes había hecho. Luego Gon-

zalo Pizarro envió á fray Pedro y á fray Gonzalo, frai-

les de la Merced (con sus arcabuces, que continuamente

traían) y á otros para que le trujesen á fray Pedro de

Ulloa. Y habiéndole traído le entregó á Francisco de Car-

vajal, que le tuvo preso y muy cerca de darle garrote, y

no lo efectuó por intercesión de fray Domingo, religioso

de la misma Orden de Martín de Robles, diciendo que ya

que iba derechamente contra su Rey no fuesen contra

Dios, y que si mataban aquel religioso sacerdote él no los

seguiría; con esto no le mataron, y pusiéronle en un só-

tano sin luz, do estuvo catorce días con cadena y grillos,

y después deste tiempo (habiéndole hecho muchas pre-

guntas) Gonzalo Pizarro le mandó entregar á fray Do-

mingo, á quien se dio para que en su Monasterio le tu-

viese preso y no le dejase hablar con persona alguna.

Vuelto, pues, Juan de Acosta, de Trujillo al río de

Santa, algunos de los que habían salido á hacer aguada se

huyeron y se pasaron á él y avisaron do estaban los otros

que la hacían, y dando sobre ellos mató tres y prendió

algunos, y otros á gran trabajo se huyeron en un barco.

Quiso Juan de Acosta ir de aquí discurriendo hacia

los pueblos de abajo por recoger dellos la gente y cabal-

gaduras que hubiese y robar la tierra, y, estando con esta

determinación, hubo á las manos una carta que Baltasar

de Loaysa había escrito al cabildo de la ciudad de San

Miguel de Piurá desde Túmbez, en que refería cómo el

Presidente estaba ya en el puerto con toda la armada, y

que, á dos días de la fecha, partiría Alonso de Alvarado á

la ligera con cuatrocientos arcabuceros en buenas muías

y machos que traían; y que éstos irían discurriendo por

toda la tierra.

Vista, pues, por Juan de Acosta, esta carta, dando á

ella crédito, acordó dejar su intento y volverse á Lima, y

al tiempo que se retiró se le huyeron algunos soldados

que se fueron á Túmbez á juntar con el Presidente. Juan

HISTORIA DEL PERÚ

275

de Acosta se fué retirando hasta Guaura (dieciocho leguas

de Lima) do hizo alto, esperando lo que Gonzalo Piza-

rro le mandase hacer. La causa de haber Baltasar de Loay-

sa escrito esta carta fué, que, cuando se partió de Trujillo

para Túmbez, fué reduciendo y persuadiendo los que po-

día al servicio de su Magestad, así de palabras como por

parte, y como cuando llegó á Túmbez no había nueva de

su venida, tuvo recelo que de la tardanza del Presidente

se podría causar tibieza y temor en los ánimos de la gen-

te leal; y también (por ventura) que él no estaría muy se-

guro; y así, como discreto y astuto, escribió con maña y

ardid esta carta, que vino á manos de Juan de Acosta, y

otras algunas para que la fama se extendiese que el Pre-

sidente ya era desembarcado con gran pujanza, para efec-

to de poner favor y miedo al enemigo y animar los bue-

nos y leales y confirmarlos en el servicio del Rey. Que-

dándose, pues, en Guaura Juan de Acosta envió de allí

á Gonzalo Pizarro aquellos que se le habían pasado y los

que él había preso, de los cuales, siendo bien informado,

supo la mucha falta que traía de mantenimientos la gente

de los navios y cuan pocos en ellos había quedado, por

haberse muerto muchos y otros echados en tierra enfer-

mos, y que la gente que quedaba venía doliente y mal-

tratada y perdidas las armas y municiones; y que no te-

nían nueva del Presidente ni sabían del; y certificaron á

Pizarro que no sería posible venir aquel año. Esto publi-

caron luego Gonzalo Pizarro y los suyos y lo escribieron

á todas partes. Con esta relación entendió bien Gonzalo

Pizarro cuan mal consejo había sido quemar los navios y

la razón que Francisco de Carvajal tenía de lo reprender.

En este puerto de Guaura, donde Juan de Acosta hizo alto,

es cosa bien notable que pueden tomar los navios toda la

sal que quieren, y es muy buena, y es cosa de admiración

la cantidad della, porque podría muy bien proveer á toda

Italia, Francia y España.

CAPÍTULO LVII

Cómo habiendo proveído Gonzalo Pizarro que el licenciado

Carvajal fuese con gente contra Diego de Mora, y á otros

efectos, por persuasión de Carvajal, no se hizo, y proveyó

que fuese Juan de Acosta.

Acuerda Pizarro que el licenciado Carvafal vaya con trescientos hom-

bres.—Apréstase el licenciado Carvajal.—Persuade Carvajal á Pi-

zarro que no vaya el Licenciado con la gente y da causa para ello.

Parte Juan de Acosta con la gente.

Habiendo Gonzalo Pizarro entendido la vuelta de Juan

de Acosta y de la manera que venían los navios y gente,

y teniendo asimismo ya noticias de algunos que se le

habían rebelado, acordó que el licenciado Carvajal fuese

con trescientos arcabuceros, el cual, tomando asimismo

de camino la gente que Juan de Acosta tenía en Guaura,

fuese la costa abajo para impedir que los navios no toma-

sen mantenimientos, y que, dejando la gente que á él le

pareciese que para aquello bastaba, él se partiese con la

de las restantes la vuelta de Cochabamba á castigar á

Diego de Mora y los que con él estaban. El licenciado

Carvajal se aprestó luego á toda diligencia, y teniendo ya

toda la gente apercibida para se partir otro día por- la

mañana, Francisco de Carvajal habló la noche antes á

Gonzalo Pizarro y le persuadió que en ninguna manera

convenía que el licenciado Carvajal hiciese aquella jor-

nada, porque se tenía por entendido que se iría á servir al

Rey, como lo había hecho cuando vino el virrey Blasco

278

HISTORIA DEL PERÚ

Núñez Vela, huyéndosele del Cuzco; y que también se

acordase haberle tenido preso en la cárcel pública, sen-

tenciado y á punto de muerte. Poníale delante que todos

sus hermanos y deudos eran criados del Rey. Habiéndo-

le, pues, dicho, estas y otras razones, Gonzalo Pizarro se

determinó en que el licenciado Carvajal se quedase, y

también ayudó para que no fuese que, sabido por Juan de

Acosta la nueva provisión, vino á mucha furia desde

Guaura á contradecirlo y á agraviarse dello.

Finalmente, mandó Gonzalo Pizarro que Juan de

Acosta partiese luego, el cual así lo hizo, y fué hasta la

Barranca, veinticuatro leguas de Lima. Los de Cochabam-

ba, con el temor que tenían no fuese ó enviase Gonzalo

Pizarro sobre ellos, ponían mucha diligencia para ser

avisados de lo que en Lima se hacía; y para ello tenían

indios y españoles en diversas partes, por los cuales su-

pieron de la salida de Juan de Acosta y el intento que

llevaba, que no les fué de poca turbación; considerando

que yendo por una parte Juan de Acosta, y estando á sus

espaldas Pedro de Puelles en Quito, corrían mucho ries-

go; y así, con mucha presteza, se mejoraron de lugar me-

tiéndose entre dos ríos, que el uno estaba hacia la parte

por do Juan de Acosta había de venir, y el otro hacia la

de Quito, y quebraron los puentes de los dos ríos, pa-

sando dos barcas que en ellos había, y en este sitio es-

tuvieron con mucha confusión hasta que Esteban Jimé-

nez llegó con cartas y despachos del Presidente, puesto

que la jornada de Juan de Acosta no hubo efecto ni pasó

de la Barranca, por lo que luego adelante, en los capítu-

los siguientes, se dirá.

CAPÍTULO LVIII

De lo que hizo don Antonio de Rivera en Guamanga y

Hernando Alonso en Guánuco y como (1) el capitán Saa-

vedra se fué á Caxamalca y se le huyó Francisco de Es-

pinosa, y Antonio de Robles fué al Cuzco.

Lo que don Antonio de Ribera hizo en Guamanga. — Redúcese Juan de

Saavedra al Rey.—Huyese para Pizarro Francisco de Espinosa.

Hace Gonzalo Pizarro á Francisco de Espinosa su Maestresala.

Don Antonio de Rivera, que Gonzalo Pizarro había

enviado á traer la gente de Guamanga, llegó á aquella

ciudad, y sin embargo que los vecinos della tenían ya en-

tendido lo que había pasado en Trujillo y llegada de los

capitanes, y que el presidente Gasea venía en su segui-

miento, temían tanto á Gonzalo Pizarro que no le osaron

resistir, antes le dejaron sacar muchas cabalgaduras y

armas y algunos se vinieron con él á Lima, y los demás

se huyeron á cierto Peñol que en aquellos términos está,

donde se pusieron llevando hijos y mujeres y el mueble

que buenamente pudieron allegar, y el mantenimiento

que pudieron haber, hasta saber en qué paraba la venida

del Presidente.

Asimismo había llegado Hernando Alonso á Guánuco

con las cartas y mensajes de Gonzalo Pizarro, en que

mandaba al capitán Saavedra que luego partiese con la

(1) En la edición de Sevilla se lee con.

280

HISTORIA DEL PERÚ

gente, y un día antes había Saavedra recibido cartas y

provisiones de la armada, é hizo luego apercebir la gente

so color de la llevar á Gonzalo Pizarro, é habiendo sali-

do fuera del pueblo con cuarenta hombres, hízoles un

parlamento exhortándoles al servicio del Rey, mostrán-

doles las cartas y provisiones que había rescebido, y ca-

minó con ellos para Caxamalca, donde ya sabía que ha-

bían acudido otros.capitanes. Lo cual, visto por Francis-

co de Espinosa, vecino de Valladolid, se le huyó con

otros cuatro soldados amigos suyos, y vínose con ellos á

Gonzalo Pizarro á quien dio relación del suceso. Pizarro

se lo agradesció mucho y le mandó que luego fuese á Guá-

nuco con quince soldados para despoblar el pueblo y to-

marle; y que trujesen la gente, caballos, ganados é indios

de servicio, y todo lo demás que hubiese. Partióse, pues,

Francisco de Espinosa, empero cuando llegó, todos los

indios estaban alzados y de guerra por mandado de sus

amos, y no trajo á Lima más de quince hombres que por

allí halló é algunas yeguas. Lo cual Gonzalo Pizarro mos-

tró tener en mucho y le hizo su Maestresala.

Antonio de Robles, á quien Gonzalo Pizarro había

enviado al Cuzco, como fué llegado á aquella ciudad fué

recibido por Capitán y Teniente, porque para ello lleva-

ba provisión. Entendióse que Hinojosa recibió desabri-

miento, y procuró Robles en llegando recoger toda la

gente que había y la plata que pudo haber para pagarla,

y salióse con la gente, acompañándole Hinojosa hasta el

valle de Xaquijaguana, cuatro leguas de la ciudad, con

intento de la llevar á Gonzalo Pizarro, y allí luego tuvo

nueva como, sabido por Diego Centeno los alborotos de

la tierra, había salido del lugar donde estaba escondido é

había procurado buscar algunos de los huidos de los que

con él habían andado, é había juntado algunos, de los cua-

les unos venían á pie y otros á caballo, y que todos ve-

nían con intento de. tomar el Cuzco. Lo cual así era ver-

dad. Habida, pues, esta nueva, Antonio de Robles y

Alonso de Hinojosa se volvieron á la ciudad y comenza-

ron á dar orden para resistir á Centeno y defenderle la

entrada.

I

CAPÍTULO LIX

Cómo Diego Centeno entró de noche en el Cuzco y peleó

con la gente del pueblo y hubo lá victoria, y justició á An-

tonio de Robles, y redujo la ciudad al servicio del Rey, y

salió con gente contra Alonso de Mendoza.

Diego Alvarez y otros alzan bandera por el Rey y lo que hacen.—Topa

Diego Alvarez á Diego Centeno y júntanse.—Va Diego Centeno á

tomar el Cuzco.—Ardid de Diego Centeno.—Lo que acaesció á

Pedro Maldonado en la pelea, que paresció cosa de misterio.—Que-

da la victoria por Diego Centeno.—Justicia Centeno á Antonio de

Robles.—Elíjese Centeno por Capitán general y nombra capitanes.

Sale Centeno del Cuzco con cuatrocientos hombres.

Después del perdimiento de Diego Centeno, había más

de un año que Diego Alvarez del Almendral, y Luis de

Rivera, y Alonso de Esquivel,y Juan de Segovia, y Domin-

go Ruiz (que llamaban el padre Vizcaíno) andaban escon-

didos por los montes y lugares inhabitables por temor de

Francisco de Carvajal que los perseguía, y al cabo deste

tiempo salieron de sus escondrijos y fuéronse á la Nasca

(repartimiento del veedor García de Saleado) con deseo

de saber si había alguna nueva de provisión de su Ma-

gestad, y en llegando ellos vino allí una carta que de

Lima enviaba Juan Alonso de Badajoz, y sin firma, en que

decía que el armada de Panamá estaba por el Rey, y lúe-

2S2 HISTORIA DEL PERÚ

go llegó también allí un hombre que venía de Lima y dijo

lo mismo, y con esto Diego Alvarez abrió una petaca y

sacó una bandera, que alzó en alto, diciendo: "En nom-

bre de Dios y de su Magestad alzo esta bandera y me

hago Capitán de Diego Centeno, en su real nombre, y á

vos Domingo Ruiz,os la entrego como Alférez,,; y así ellos

y otros nueve que se juntaron allí tomaron del estancie-

ro del veedor nueve caballos, diciendo Diego Alvarez

que el Veedor había dicho que los tomase y todo lo de-

más que quisiese, y fuéronse de la Nasca á buscar á Die-

go Centeno, al cual hallaron en las Cabezadas, en donde

supo que con el mismo deseo había salido y juntaba gen-

te. Y siendo ya todos hasta cuarenta y ocho personas tra-

taron y confirieron para qué parte sería bien que fue-

sen; y como unos dijesen que para Arequipa y otros para

los Llanos, dijo Diego Alvarez que no debían de ir sino

al Cuzco; de lo cual se holgó mucho Diego Centeno, tan-

to que le abrazó por ello con mucho amor. Y siendo todos

deste acuerdo enderezaron para allá con tanto ánimo y

osadía como si fueran un grueso ejército; y al fin camina-

ron hasta se poner en un cerro que está encima del Cuz-

co, y allí alzaron cuatro banderas para dar á entender que

era mucha gente; luego el Cuzco se puso en arma.

Era esto víspera de Corpus Christi en la tarde, y dijo

Diego Centeno á sus compañeros que él había de morir ó

sacar con ellos otro día las varas del palio del Santísimo

Sacramento. Los de la ciudad se pusieron en escuadrón

dentro la plaza á la entrada de la calle de Antonio de Al-

tamirano, y enviaron á correr el campo á Francisco de

Aguirre, el cual se fué á Diego Centeno y dióle aviso de

lo que había y guiólos por la calle de la Merced para que

no diesen en la frente del escuadrón. Luego ordenó Die-

go Centeno que á todos los caballos se^ les quitasen las

sillas y frenos y los guiasen por la calle do iba á dar al

escuadrón, y con indios tras ellos que con furia le agui-

jasen y siguiesen; y como iban corriendo á toda furia, pri-

mero rompieron por la gente y la desbarataron que los

pudiesen matar ó resistir ni aun entender si alguno venía

encima de ellos, y á este tiempo dio Diego Centeno por

HISTORIA DEL PERÚ

283

un lado del escuadrón con gran determinación y ánimo,

como quien iba determinado de morir ó vencer, y como

era de noche y el ruido grande no se entendían ni oían

unos á otros. Entraron apellidando ¡viva el Rey y mueran

traidores! y así estuvieron peleando tres cuartos de hora.

Había salido aquella noche al escuadrón Pedro Maldona-

do (natural de Salamanca) y diéronle un arcabuzazo en el

pecho izquierdo, y acertó á dar la pelota en unas horas

que allí en el seno traía, por las cuales se metió hasta lle-

gar á las horas de Nuestra Señora que el soldado tenía por

costumbre de rezar, y no pasó de allí, que cierto se tuvo

por cosa de misterio. Por lo cual juró Maldonado de

jamás hallarse en batalla que de cristianos á cristianos

fuese.

Finalmente, Diego Centeno y los suyos pelearon con

tanto ánimo, que los del Cuzco se desbarataron y huye-

ron, quedando herido Diego Centeno de dos golpes de

pica y muerto Alonso Pérez de Esquivel; y de la parte

del Cuzco murieron más, y entre ellos Argote, natural de

Segovia, y quedaron muchos heridos, y de los de Cente-

no casi todos. Al tiempo de la mayor priesa, se pasaron

á Diego Centeno, Luis García, San Mames y Alonso de

Hinojosa, que dicen fué luego causa desta victoria; Anto-

nio de Robles se huyó al Monasterio de San Francisco,

de donde Diego Centeno le sacó á la mañana é hizo del

justicia. Luego fué elegido Centeno por Capitán general

del Cuzco, en nombre de su Magestad, y comenzó á jun-

tar gente y contentarla; nombró capitanes de infantería á

Pedro de los Ríos y á Juan de Vargas, hermano de Gar-

cilaso que andaba con Gonzalo Pizarro, y de gente de ca-

ballo á Francisco Negral, y por Maestro de campo á Luis

de Rivera, y repartió entre la gente hasta cien mil pesos

que allí pudo recoger de Gonzalo Pizarro y otras perso-

nas. Y con esto salió del Cuzco con cuatrocientos hombres

por el Collado arriba, con intento de ir á la Villa de Plata y

requerir á Alonso de Mendoza que viniese á servir al Rey

y si no entrar en la villa. Y para tratar de conciertos, llevó

consigo al maestrescuela Pedro González, al cual envió

delante para hacerlo.

284

HISTORIA DEL PERÚ

En este tiempo el Capitán Lucas Martín Vegasso había

recibido las cartas y mensaje de Gonzalo Pizarro, yj

había salido de Arequipa con ciento y treinta hombres

con intento de ir á Lima para le servir. Cuyo suceso se

pone en el capítulo siguiente.

CAPÍTULO LX

Cómo queriendo Lucas Martín traer la gente de Arequipa á

Gonzalo Pizarro, le prendieron los del pueblo y le enviaron

al Cuzco á Diego Centeno, y ellos después se partieron en

su demanda y le entregaron la gente y banderas.

Ahorcan á Manuel de Espinar y otros seis.—Lo que escribió Lucas

Martín á Pizarro.—Sale Lucas Martín de Arequipa con la gente y

préndenle.—Lo que hicieron los de Arequipa.

Lucas Martín Vegasso, vecino de Arequipa, hallóse

en la batalla de Quito contra Blasco Núñez Vela, y pro-

curó mucho con Gonzalo Pizarro le diese la vara de Te-

niente de Arequipa, y habiéndole Pizarro proveído de

aquel cargo, hizo, en llegando, pesquisa para saber de

Diego Centeno; y como tuvo del alguna noticia y del te-

sorero Manuel del Espinar y de otros servidores del Rey,

envió al alcalde Alonso de Avila (que era el mayor amigo

que Gonzalo Pizarro allí tenía) para que los buscase. El

cual hizo muchas diligencias para los haber, de tal ma-

nera que el Tesorero y otros vinieron á dar en las manos

de Villacastín, vecino del Cuzco, que los prendió en el

Collao, y, trayéndolos presos, tuvo Lucas Martín noticia

dello, y platicó el negocio con Juan de Silvera, que allí

estaba á la sazón, que iba por Teniente de los Charcas.

El cual luego partió por la posta, y á media noche llegó

al asiento de Allavire y ahorcó al Tesorero, y con él otros

cinco ó seis. Después desto recibió Lucas Martín el re-

286

HISTORIA DEL PERÚ

cado y mensaje de Gonzalo Pizarro para que fuese á la

ciudad de los Reyes con los vecinos y gente que allí hu-

biese y con cierta cantidad de pesos; y respondió pon

carta á Pizarro que él enviaría á toda diligencia la plata y'

oro que allí había suyo y el iría con toda la gente, cabal-

gadura, armas y municiones que pudiese, y que no temie-

se de cosa alguna, pues estando los del Perú tan suyos,"

no había para qué temer Emperadores ni Papas. Final-,

mente, él escribió una carta muy desvergonzada, y en]

una galeota propia, con un su hermano, aderezó para enJ

viar á Lima más de treinta mil pesos que allí había dej

Gonzalo Pizarro, y dejándola á punto para se hacer á la]

vela, sacó á mucha priesa la gente, cabalgaduras y armas,]

sin poder acabar con él los del pueblo que dilatase la sali-

da, puesto que Hernando de Silva le habló en nombre de

todos para que la sobreseyese hasta en tanto que tuviese]

más claridad de los negocios y supiese otro nuevo man-j

dado, por razón que el pueblo quedaba solo y desampa-

rado, y los vecinos casados dejaban allí sus mujeres, de

que se podrían recrecer grandes inconvenientes. Empero

Lucas Martín se resumió en que luego había de ir á ser-

vir á su Gobernador, y que todos lo habían de hacer; y á|

la hora mandó echar bando para que luego saliesen fuera]

los vecinos de la ciudad y la gente que tenía ella, y tra-

tando con los vecinos sobre la salida, dijo Lucas Martín:

"¡Oh, quién tuviera un espíritu familiar, como el doctor

Torralba, para que le dijera el estado de la tierra!,, A lo

cual respondió Juan de la Torre: "Pues haga cuenta vues-

tra merced que yo soy el diablo familiar, y áteme al dedo

que yo le diré la verdad de todo lo que pasa en el Perú,

y si en algo le mintiere, ahórqueme,,. Rióse mucho dello

Lucas Martín y echólo á burlas; y luego hizo sacar dos

banderas que tenía, una de á caballo y otra de infantería,

é hízolas bendecir y entregó la una á Alonso de Avila por

Capitán de Infantería, y la otra dio á Miguel de Vergara; y

porque un oficial de arcabuces que en el pueblo había se

le escondió, le hizo tomar las herramientas y deshacerle la

fragua y quemarle los fuelles, porque si acaso viniese por

allí Diego Centeno (de quien ya se sabía que hacía gen-

HISTORIA DEL PERÚ

2S7

te) no hubiese quien le hiciese arcabuces ni aderezase

armas, y luego salió de la ciudad é hizo alto con la gen-

te toda del pueblo á media legua del, donde aquella noche

le prendieron los mismos que llevaba, y alzaron bandera

por su Magestad y tomaron el oro y plata que en la fra-

gata enviaba y repartiéronlo entre los soldados que allí

había, y aunque le rogaron que él fuese su Capitán por el

Rey, no lo quiso aceptar, y lleváronle á la ciudad á las

ancas de una muía y echáronle prisiones. Y como de ahí

á pocos días se supo la entrada de Diego Centeno en el

Cuzco, tratóse que Lucas Martín se llevase allá y que se

publicase que él iba de su voluntad á servir al Rey, y así

le llevaron y lo dijeron á Centeno. El cual le recibió amo-

rosamente, creyendo que iba de su grado, porque si lue-

go supiera la verdad, entiéndese que le ajusticiara. Es-

tando, pues, Lucas Martín en el Cuzco, dijo á algunas

) personas con quien él tenía más amistad que le pesaría

mucho que se pudiese decir á Gonzalo Pizarro que él hu-

biese hecho en su servicio cosa que no debiese. Lo cual,

siendo referido á Diego Centeno, dijo: "No es mucho que

Lucas Martín perdone las palabras, pues á él se le per-

donan las obras,,. Porque entonces ya Diego Centeno sa-

bía de la manera que á Lucas Martín habían traído. Vol-

viendo, pues, á la historia, los vecinos de Arequipa, lue-

go que supieron que Diego Centeno estaba en el Cuzco

determinaron irse con él, y así habiendo primero envia-

do á Lucas Martín y testimonio signado de lo que habían

hecho, luego se dio orden para irse al Cuzco, habiendo

elegido por su Capitán á Jerónimo de Villegas, que al

principio de las alteraciones se había huido con gente del

virrey Blasco Núñez para Gonzalo Pizarro, y antes que se

partiesen despacharon en la fragata dos vecinos para que

fuesen por la costa abajo á buscar al Presidente y le die-

sen relación de lo que se había hecho y de cómo se iban

á juntar con Diego Centeno (que ya en este tiempo sa-

bían que había salido del Cuzco para los Charcas) ad-

virtiéndoles que en el paraje de Lima se metiesen dentro

á la mar, porque, descubriéndolos acaso, no enviase al-

gún barco Gonzalo Pizarro tras ellos.

288

HISTORIA DEL PERÚ

Lo cual hecho se partieron en demanda de Diego Cen-

teno y fuéronse á poner en Chicuito, por ser asiento có-

modo y de mucha comida, donde estuvieron en arma y á

punto, recelándose de Alonso de Mendoza y de Juan de

Silvera, que estaban en la Villa de Plata. Y estando en

Chicuito, fueron avisados que Diego Centeno venía del

Cuzco con los cuatrocientos hombres, y saliéndole á re-

cibir, le entregaron las dos banderas que traían, metién-

dose todos debajo de su mando y estandarte Real de

Diego Centeno; y como al tiempo que Centeno entró en

el Cuzco había muchos apasionados de Gonzalo Pizarro,

algunos partieron luego á diligencia y le dieron la nueva

de lo sucedido y muerte de Antonio de Robles, de lo|

cual Gonzalo Pizarro mostró gran sentimiento.

CAPÍTULO LXI

Cómo sabiendo Gonzalo Pizarro la muerte de Antonio de

Robles y toma del Cuzco y prisión de Lucas Martin, envió

por Juan de Acosta para que fuese al Cuzco y los Charcas,

y, volviéndose Juan de Acosta, se le huyeron Jerónimo de

Soria y otros y mató á Lorenzo Mejia, y en Lima Gonzalo

Pizarro mandó matar á Antonio Altamirano, y Carvajal

- quiso dar garrote á Lope Martin, y el juramento que los

vecinos hicieron á Gonzalo Pizarro.

Lo que hizo Gonzalo Pizarro después que supo el alzamiento de Diego

Centeno.—Envía Pizarro á llamará Juan de Acosta.—Da la vuelta

Juan de Acosta y alborótase la gente.—Lo que hicieron Jerónimo

de Soria y Raudona.—Corta la cabeza Juan de Acosta á Lorenzo

Mejía.—Hace Pizarro dar garrote á Antonio Altamirano.—Quiere

Carvajal dar garrote á Lope Martín.—Manda Pizarro que no mate

á Lope Martín.—Manda Pizarro juntar todos los vecinos y la pláti-

ca que les hace el licenciado Cepeda.—Lo que dijo Gonzalo Piza-

rro.—La cláusula final que contenia el papel.—Todos asi lo dijeron

y firmaron.

Llegada, pues, la nueva á Gonzalo Pizarro del alza-

miento de Diego Centeno y muerte de Antonio de Robles

y de la prisión de Lucas Martín, acordó enviar sobre Die-,

go Centeno á Juan de Acosta con la gente que menester

fuese, y seguirle él mismo con novecientos hombres que

consigo tenía, con los principales vecinos del Perú. Y con

esto entendió de allanar toda la tierra de arriba, y que

después haría la guerra a todos los demás; y que si esto

TOMO II. 10

290

HISTORIA DEL PERÚ

bien no le sucediese, se iría al descubrimiento del río de

la Plata ó de Chile, adonde por la parte de los Charcas se

podía ir cómodamente, aunque esto último jamás Gonza-

lo Pizarro lo comunicó á nadie, pero así se entendía y

platicaba en todo su campo; y así con esta determinación

le mandó á llamar y escribió que luego se volviese dejan-

do la empresa que llevaba.

Visto, pues, por Juan de Acosta el mandado de Gon-

zalo Pizarro (que le tomó en el Tambo de la Barranca)

dio prestamente la vuelta para la ciudad de los Reyes, de

que la gente se alborotó demasiado é había mucha murmu-

ración desta retraída é huyeron hasta siete buenos solda-

dos; y enviando á mandar á cuatro corredores que iban de-

lante que se recogiesen, los dos dellos, que eran Jerónimo

de Soria y Raudona, mataron á los otros dos y huyeron á

Trujillo, y muchos más se huyeran si Juan de Acosta no

tuviera gran recato, y atemorizara la gente cortando la

cabeza á Lorenzo Mejía, sin tener certenidad por qué lo

hiciese, y ahorcó un soldado sólo porque tenía dos ca-

misas vestidas y sospechó ser para huirse, y á otros llevó

presos ala ciudad de los Reyes, donde, pocos días antes

que Juan de Acosta entrase, hizo Gonzalo Pizarro dar ga-

rrote una noche á Antonio Altamirano, vecino del Cuzco

y Alférez general de su campo; y el día siguiente le hizo

ahorcar en el Rollo sin haber cosa señalada ni cierta por

qué lo hiciese, mas de solamente por sospecha que del

tuvo por le parecer que andaba tibio en su negocio, y dio

el estandarte real á don Antonio de Rivera, que había

poco que era venido de Guamanga con veinticinco hom-

bres y algunas armas y cabalgaduras que había recogido.

Y entrado que fué Juan de Acosta en Lima, porque al Je-

rónimo de Soria había prestado el capitán Lope Martín un

caballo en que había huido, le prendió Francisco de Car-

vajal diciendo que, como amigo del capitán Palomino, ha-

bía dado aquel caballo para que Jerónimo de Soria huye-

se y se fuese á los navios con cartas y avisos que con él

enviaba; y sin hacer más información que sólo su sospe-

cha y no siendo verdad, le hizo confesar y echar un do-

gal al pescuezo. Y habiendo dado una vuelta al garrote

HISTORIA DEL PERÚ

291

don Antonio de Rivera (gran servidor de Gonzalo Pizarro

y que con él había procurado dar la vida á Lope Martín)

llegó con un guante suyo diciendo que Gonzalo Pizarro

mandaba no le matase porque se quería saber cosas de

Lope Martín que convenía á su servicio; y con esto, me-

dio ahogado, le quitaron del palo.

Con estas cosas y sucesos andaba la gente confusa y

escandalizada; lo cual viendo el licenciado Cepeda (Te-

niente general de Gonzalo Pizarro) cómo ya él sabía muy

bien los perdones y revocación de ordenanzas que su Ma-

gestad enviaba, parecióle que cuando esto bien supiesen

los vecinos de la tierra (de los cuales la mayor parte es-

taba por Gonzalo Pizarro) se podría hacer le desampara-

sen ó hiciesen otra cosa de mayor daño. Y, por tanto,

aconsejó y persuadió á Gonzalo Pizarro que haciendo jun-

tar todos los vecinos les hiciese jurar solemnemente á

todos y firmar de sus nombres que le seguirían y favore-

cerían en todo perpetuamente, y que con el razonamien-

to que les haría ninguno rehusaría de hacerlo. E así Gon-

zalo Pizarro hizo juntar todos los vecinos que había, y

siendo juntos, el licenciado Cepeda les dijo la causa de

haberlos así mandado juntar y el efecto para qué era,

trayéndoles á la memoria el cargo en que todos eran ge-

neralmente á Gonzalo Pizarro, así por haber descubierto

y conquistado la tierra como por haberse puesto á tantos

trabajos y guerras por defender sus vidas y honras y las

haciendas que poseían; y que considerasen que habiendo

justificado tanto la causa con su Magestad, como había

sido enviándoles Procuradores que le informasen del gran

agravio que había hecho al Perú con la provisión de

Virrey á Blasco Núñez, especialmente con las rigurosas

ordenanzas que traía, y á darle cuenta de lo sucedido en

la tierra, el licenciado Gasea los había detenido y se ha-

bía concertado y aliado con sus capitanes, y tomádole

la armada que traía por la mar; y que todo esto el licen-

ciado Gasea lo hacía por su particular y propio interés,

sin tener de su Magestad facultad para ello, pues era no-

torio que si la trajera la enviara con Pero Hernández

Paniagua, y que, no contento aun con esto, se le entraba

292

HISTORIA DEL PERÚ

en su jurisdicción y le hacía la guerra, y le echaba cartas

muy perjudiciales por el reino, como á todos les era noto-

rio; y que, por tanto, Gonzalo Pizarro, que presente es-

taba, tenía determinado resistirle la entrada en el Perú

con toda su posibilidad y fuerzas, tanto por lo que á él

le convenía como por lo que á todos generalmente toca-

ba, teniendo consideración á que si el licenciado Gasea

entraba en la tierra había de tomar cuenta de todo lo pa-

sado y de tantas batallas, muertes y alborotos que ha-

bían sucedido, en lo cual todos los vecinos (ó la mayor

parte) se habían hallado; y que siendo ansí, tanto interés

le iba á cada uno como á Gonzalo Pizarro, y que hasta

entonces se había tratado de defender las haciendas y

que agora se trataba de las haciendas y vidas.

Estas y otras razones les dijo el licenciado Cepeda que

á él le parecieron convenientes para concluir y fundar su

intento, y finalmente les dijo que la intención de Gonzalo

Pizarro en haberles mandado allí juntar era para que cada

uno le diese su parecer, y que cualquiera que no le pare-

ciese bien la determinación que tenía se lo dijese luego á

las claras; porque el señor Gobernador prometía como ca-

ballero hijodalgo, y lo juraría solemnemente, de no tocarle

en persona ni hacienda, sino á todos dejarlos ir libremente

do quisiesen; y que, por el consiguiente, el que seguirle

quisiere, también se lo dijese á las claras, porque se lo ha-

bía así de prometer y jurar y firmarlo de su nombre. Em-

pero que les apercibía mirase bien cada uno lo que pro-

metía, porque el que quebrantase la fe habiéndosela dado

ó le viese tibio en los negocios hasta concluir y terminar

la guerra, cualquier ocasión bastaría para le cortar la ca-

beza. Acabada, pues, su plática el licenciado Cepeda,

luego Gonzalo Pizarro les dijo que él decía aquello mis-

mo, y que cada uno le diese abiertamente su parecer y le

declarase su determinación, porque así había de ser

como el licenciado Cepeda lo había dicho, é así estaba en

determinación de hacerlo. Luego todos juntamente dije-

ron que ellos les seguirían é harían cuanto él les manda-

se á toda su posibilidad, aventurando y poniendo sus

personas, haciendas y vidas. Luego el licenciado Cepeda

HISTORIA DEL PERÚ

293

sacó un largo papel de escritura que contenía la proposi-

ción de Gonzalo Pizarro y el parecer que sobre ella les

pedía, y en el fin estaba esta cláusula:

"Yo, el licenciado Cepeda, juro á Dios y á esta cruz é

á las palabras de los santos Evangelios y prometo como

hijodalgo, de seguir al señor gobernador Gonzalo Piza-

rro contra quien quiera que sea, y hacer en todo lo que

por él me fuese mandado,,. Y continuábanse en esta cláu-

sula otras razones semejantes á ésta. Y al cabo estaba su

nombre y firma. Todos dijeron que decían lo mismo, y lo

prometieron y juraron, y cada uno lo firmó de su nombre;

luego Gonzalo Pizarro les dio las gracias y prometió

de lo gratificar á todos en general y particularmente á

cada uno.

CAPÍTULO LXII

Cómo proveyó Gonzalo Pizarro que Juan de Acosta fuese

al Cuzco con trescientos hombres, y lo que el Licenciado

hacía para aviar la gente, y lo que Gonzalo Pizarro res-

pondió á fray Domingo persuadiéndole que dejase la

tiranía.

Acuerda Gonzalo Pizarro [que] Juan de Acosta vaya al Cuzco con gen-

te.—Exorbitancia, y violencia del licenciado Cepeda.—Echó Piza-

rro su marca en la plata y manda que valga sin otro ensayo,—Per-

suade fray Domingo á Gonzalo Pizarro.—Respuesta de Gonzalo

Pizarro.—Va Juan de Acosta por la sierra.

Después que Gonzalo Pizarro hubo hecho la diligen-

cia referida con los vecinos, luego acordó que Juan de

Acosta partiese con trescientos hombres para la ciudad

del Cuzco por la sierra, y que fuese por Maestro de cam-

po Páez de Sotomayor y Martín de Olmos por Capitán de

gente de á caballo y Diego Guillen de arcabuceros, y de

infantería Martín de Almendras, y llevase el estandarte

Martín de Alarcón, y esto con intento de se partir él

luego en su seguimiento con la demás gente. Y para este

efecto hizo tomar todos los caballos y yeguas y bestias

de carga que había en Lima y toda su comarca, que serían

dos mil y quinientos. Tomó en dineros cantidad grande á

los mercaderes y vecinos, y mucha copia de mercaderías.

Dio cargo de proveer las cosas de la guerra á Francisco

2%

HISTORIA DEL PERÚ

de Carvajal, y de todo lo necesario para la jornada al li-

cenciado Cepeda, su Teniente general y Capitán de ca-

ballos. El cual, en este tiempo, olvidado de lo que conve-

nía á sus letras y profesión y oficio de Oidor, salió en cal-

zas, jubón y cuera de muchos recamados y gorra con plu-

ma, é hizo su oficio con tanta exorbitancia y violencia

que no dejó hacienda de su Magestad, ni deuda que se le

debiese, ni bienes de difuntos y ausentes, ni lo que esta-

ba en monasterio de mercaderes y otras personas, ni ca-

balgaduras, ni armas que pudiese haber que todo no

lo tomase y repartiese á los soldados y gente que con

Gonzalo Pizarro entendía ir; y sobre descubrirlo y haber-

lo hizo grandes vejaciones y malos tratamientos; y no

contento con esto (que fué gran cantidad) repartió otra de

empréstido entre vecinos y mercaderes que sacó y gastó

para este efecto.

Vino la cosa en tanta rotura que Gonzalo Pizarro y

su Maestro de campo decían á los soldados que ellos se

informasen y supiesen de bienes de su Magestad ó de di-

funtos ó de armas y cabalgaduras que alguno tuviese y

diese dello aviso al licenciado Cepeda, que ese lo haría

dar. Asimismo echó Gonzalo Pizarro á toda la plata que

gastaba y distribuía su marca, que era una G. revuelta

en una P., y pregonó que, so pena de muerte, todos reci-

biesen por plata fina la que tuviese aquella marca sin en-

sayo ni otra diligencia alguna, y desta suerte hizo pasar

mucha plata de ley baja por fina. De manera que no restó

otra cosa sino poner á saco la ciudad, lo cual dejaron de

hacer por haber en ella vecinos y mercaderes y otras per-

sonas devotas y aficionadas á Gonzalo Pizarro, el cual,

siendo persuadido mucho en esta coyuntura por fray Do-

mingo, de la Orden de Santo Domingo y persona á quien

tenía todo respeto, para que no se hiciese tanto mal y se

apartase de su rebelión, mostrándole evidentemente su

perdición y caída, le respondió que el diablo le había de

llevar el alma ó había de ser Gobernador.

Volviendo, pues, á la historia, teniendo Juan de Acos-

ta su gente en orden y apercibida, sacóla de la ciudad de

los Reyes por la sierra por donde Gonzalo Pizarro le man-

HISTORIA DEL PERÚ

297

dó ir, para que por aquella parte fuese recogiendo gente

é impidiendo que ninguno viniese por allí á Centeno, di-

ciendo que luego él partiría por los llanos haciendo lo

mismo. Y así quedó Gonzalo Pizarro aprestando y apa-

rejando lo necesario para la partida.

CAPITULO LXIII

Cómo estando Gonzalo Pizarro aparejando su partida la

dejó por la venida de los navios á Lima, y sacó la gente al

campo, y el capitán Peña vino á hablar á Gonzalo Piza-

rro, y le trajo los despachos, y lo que en razón dellos pasó

en la consulta.

Lo que se acordó en la consulta.—Sale Gonzalo Pizarro de Lima con la

gente.—Envía Pizarro á Juan Fernández á los navios.—Viene el

capitán Peña á hablar á Pizarro.—Lo que persuade Pizarro al capi-

tán Peña.—Llama á consulta Gonzalo Pizarro.—Lo que dijo Car-

vajal en la consulta.—Pláticas entre Carvajal y Cepeda.—Dicho de

Francisco de Carvajal.

Estando Gonzalo Pizarro en esto, vínole nueva que la

armada que traía Lorenzo de Aldana había parecido quin-

ce leguas de Lima, y, habiendo consultado lo que sobre el

caso se debía proveer, acordóse que Gonzalo Pizarro sa-

case toda la gente de la ciudad y se fuese á poner con

ella cerca de la mar temiendo que si una vez llegasen los

navios al puerto tendría lugar quien quisiese para irse á

embarcar. Luego se dieron pregones para que ninguno se

quedase en la ciudad, so pena de muerte, y dióse orden

que para efecto de ejecutar los pregones se quedase den

tro el Maestro de campo con cien arcabuceros. Andaba la

gente tan asombrada y turbada con el temor de la muer-

te, que no tenían ánimo para huir, aunque en voluntad lo

tuviesen, y muchos hubo que se escondieron por los ca-

ñaverales y arcabucos y cuevas, y al tiempo que Gonza-

300

HISTORIA DEL PERÚ

lo Pizarro había de salir otro día con la gente, descubiér-

ronse los navios junto al puerto del Callao de Lima, con

lo cual se alborotaron más, y tocando arma salió Gonza-

lo Pizarro con la más gente que pudo, y con banderas

tendidas asentó real, una legua de la ciudad, que es en

medio del camino que hay de la ciudad á la mar. Tomó

aquel sitio para que los de la mar no saltasen en tierra ni

los suyos se pudiesen embarcar. Proveyó que estuviesen

ocho de á caballo junto á la mar para efecto que, si alguno

de los navios saltase en tierra, no pudiese volver á ellos,

ni echar cartas, ni hacer otra diligencia alguna, y así es-

tuvieron hasta otro día que Gonzalo Pizarro envió á Juan

Fernández, vecino de los Reyes, para que fuese en una

balsa á los navios y dijese á Lorenzo de Aldana le envia-

se un caballero de los suyos y que él quedase en rehenes

para tratar la razón de su venida, y como Juan Fernán-

dez pareció solo en la costa, luego del armada se envió á

Juan Alonso Palomino en un batel, donde tomó á Juan

Fernández y le llevó á la Capitana.

Entendido, pues, por Lorenzo de Aldana la razón de

su venida, envió al capitán Peña (hombre práctico y ex-

perimentado en la guerra) quedando en su poder Juan

Fernández. Mandó Gonzalo Pizarro que Peña no entrase

en el real hasta ser de noche, porque no pudiese ha-

blar á nadie; Peña le dio la carta que traía de creencia

del perdón general y poder que el Presidente traía con

la revocación de las ordenanzas, y, habiendo mandado

salir fuera á los capitanes, quedando á solas con Peña,

le dijo y persuadió que diese orden como pudiese haber

el galeón á sus manos (que era do estaba toda la fuerza

de la armada) haciéndole grandes ofertas y ofrecimientos

si se efectuase; el capitán Peña rehusó tan sucio trato

con buenas y coloradas razones, y se volvió á la armada,

viniendo luego á tierra Juan Fernández que quedaba en

rehenes. Luego Gonzalo Pizarro llamó á consulta las per-

sonas de quien más confianza tenia y les hizo jurar que

no comunicarían á nadie lo que allí se tratase, y mostró-

les los despachos que Peña había traído y encargóles que

los viesen muy bien y le diesen libremen .e su parecer.

HISTORIA DEL PERÚ

301

Los cuales, siendo bien vistos y entendidos, se comenza-

ron á rogar sobre quién había de hablar primero, con pa-

labras de comedimiento, semblantes y ademanes, espe-

cialmente el licenciado Cepeda y Francisco de Carvajal.

El cual (después de haberse rogado con Cepeda y que

Gonzalo Pizarro le mandó hablar) dijo: "Señores, lo que

á mí me parece es que estas son buenas bulas y que las

debe tomar el Gobernador, mi señor, y todos nosotros,

porque traen grandes indulgencias,,. Replicó el licencia-

do Cepeda, diciendo: "¿Y qué es la bondad que tienen?,,

Respondió Carvajal estrechándose de hombros: "Señor,

que son muy buenas y mi¿y baratas, y así las debemos

tomar y traerlas por reliquias al cuello,,. Dijo entonces

Cepeda á manera de escarnio: "Ya tiene miedo el Maes-

tre de campo,,; y algunos murmuraban de Francisco d;

Carvajal, y sintiéndolo les dijo: "Yo, señores, doy mi pa-

recer y voto como servidor del Gobernador, mi señor,

que, en lo demás, tan buen palmo de pescuezo tengo para

el cabestro como cada uno de vuestras mercedes,,. Gon-

zalo Pizarro barajó luego la plática mandando que no se

tratase más del negocio. Y con esto salieron de la con-

sulta sin resumirse en cosa alguna. Luego, incontinenti,

quemó Gonzalo Pizarro los despachos, haciendo grandes

fieros que castigaría ásperamente á quien los traía y á

quien se los enviaba, como había hecho á todos los que

le habían ofendido.

CAPÍTULO LXIV

Cómo del campo de Gonzalo Pizarro se huyeron muchas

personas y fueron tras ellas, y estando Hernán Bravo para

le ahorcar, fué suelto por una su parienta, y luego se tornó

á huir.

Los que se huyeron de Pizarro á los navios.—Envía Pizarro tras los

huidos.—Prenden á Hernán Bravo y mándale Pizarro ahorcar.

Perdona Pizarro á Hernán Bravo y luego se huye.—Huyese Mar-

tín de Robles y otros con él, y vánse para el Presidente.

Cuando Gonzalo Pizarro salió de Lima para sitiar su

campo, dejó por su Alcalde mayor á Pero Martín de Si-

cilia, y con orden que, si alguno se quedase en la ciudad

sin su licencia, luego sin dilación le ahorcase; y que lo

mismo hiciese al que sin licencia viniese del campo á la

ciudad. Vinieron, pues, del real, con licencia, algunas per-

sonas á proveerse en Lima de cosas necesarias (á lo me-

nos con esta ocasión) entre los cuales fueron Vasco de

Guevara, Hernán Bravo de Laguna, Diego Tinoco, Nico-

lás de Rivera, Francisco de Ampuero, Alonso de Barrio-

nuevo y otros sus amigos y aliados; y todos juntos se hu-

yeron con sus armas y caballos, y, siendo vistos por las

guardas, dieron luego mandado á Gonzalo Pizarro, y man-

dó que luego los siguiese Juan de la Torre con algunos

arcabuceros; el cual los siguió más de ocho leguas, y no

los pudiendo alcanzar se volvió, y en el camino topó de

vuelta á Hernán Bravo (que por se haber detenido en al-

304

HISTORIA DEL PERÚ

guna cosa se había quedado atrás) y prendióle, y lleván-

dole á Gonzalo Pizarro luego le mandó ahorcar. Y estan-

do Hernán Bravo de rodillas pidiendo misericordia á Gon-

zalo Pizarro, rogando que le perdonase, Hernando Bachi-

cao le quitó arrastrando por las barbas para le ahorcar,

mas, intercediendo por él una su parienta, Pizarro le per-

donó. Y de ahí á tres horas que esto pasó se huyó el ca-

pitán Alonso de Cáceres y este Hernán Bravo y otros

muchos. Causó en el real grande alboroto la huida desta

gente, porque había muchos entre ellos que desde el prin-

cipio habían seguido á Gonzalo Pizarro y metido grandes

prendas. Otro día siguiente el capitán Martín de Robles

se fué á la ciudad con achaque de proveer de cosas nece-

sarias á sus soldados, y debajo desta cautela llevó mu-

chos de los de su compañía, y en llegando á la ciudad

salió con treinta dellos en buenos caballos la vuelta de

Trujillo en demanda del Presidente. Luego vino la nue-

va al real, y fué tanto el escándalo y alboroto que hubo

•que no se podía creer menos sino que aquel día todos se

huyesen ó matasen á Gonzalo Pizarro. El cual procuró

de lo apaciguar lo mejor que pudo, mostrando no tener

pena por los que se le habían huido, mas antes placerle

por ello por mejor apurar sus amigos, afirmando que con

sólo diez buenos amigos que le quedasen había de con-

servarse y conquistar de nuevo todo el Perú.

CAPÍTULO LXV

Cómo se huyeron el capitán Lope Martín y el licenciado

Carvajal y otros muchos, y Gonzalo Pizarro alzó su cam-

po y se partió para el Cuzco.

Húyense de Pizarro Lope Martín y otros.—Canta Francisco de Car-

vajal.—Consideración de los soldados de .Pizarro.—Natural con-

dición de tiranos.—Ahorcó Carvajal doce hombres sin confesión.—

Dicho de Carvajal.

En todo el tiempo que Gonzalo Pizarro tuvo allí si-

tiado su campo, siempre los de la armada estuvieron muy

comedidos en palabras y hechos, y ponían muchos des-

pachos por la costa en varas hincadas y banderillas en

ellas; y á los que por ellos venían se les daba seguridad

y con ella los tomaban y llevaban al real de Pizarro y

otras partes sin que de los navios se les tirase tiro algu-

no; porque en todo se cumplió la instrucción que en Pa-

namá el Presidente les había dado.

Viendo, pues, Gonzalo Pizarro, lo que pasaba, deter-

minó alzar su real para otro día por la mañana; y habien-

do prevenido para hacerlo aquella noche se huyó Lope

Martín, vecino del Cuzco, á vista del real; y venida la

mañana mandó que la gente caminase para se poner dos

leguas de aquel sitio junto á una grande acequia, ponien-

do muchas guardas y corredores para que nadie se le pu-

diese huir. Y pareciéndole que toda la dificultad estaba

en sacar la gente diez leguas de Lima, mandó al licencia-

TOMO II. ™

306

HISTORIA DEL PERÚ

do Carvajal que velase aquella noche para que ninguno

se fuese. Empero, cuando la gente estaba sosegada, él se

huyó la vuelta de la ciudad de los Reyes para irse á Tru

jillo, llevando mucha gente en su compañía; y esta mis-

ma noche se huyeron Gabriel de Rojas con Gabriel Ber-

múdez y Gómez de Rojas con otras personas de calidad.

Venida la mañana, como Francisco de Carvajal entendió

lo que pasaba, comenzó á cantar á voz en tono:

Estos mis cabellicos, madre,

dos á dos me los lleva el aire.

Sintió esto mucho Gonzalo Pizarro, temiendo é ima-

ginando ya su perdición, y sintió especialmente la ausen-

cia del licenciado Carvajal; y hacía muchas conjeturas y

consideraciones sobre qué podía haber sido la causa de

haberse huido. Increpaba asimismo por le haber quitado

la jornada de Juan de Acosta, y sobre esta razón cargaba

mucho la culpa á Francisco de Carvajal, porque le había

instituido y aconsejado le quitase aquella jornada. Car-

vajal se disculpaba con decir, pues ahora se había huido

arriesgando la vida, que mejor lo hiciera si le diera la

gente como á Juan de Acosta. En fin, el campo quedó tal,

con la huida destos, que no se osaban mirar los unos á los

otros.

Consideraban los soldados que, pues el licenciado

Carvajal se había ido al Rey, sabiendo los negocios y se-

cretos de Gonzalo Pizarro, habiendo metido tantas pren-

das y cortado la cabeza al Virrey, que era bien que todos

así lo hiciesen. Los vecinos, pues, también decían y con-

sideraban lo mismo. Otro día siguiente, caminando Gon-

zalo Pizarro con toda su gente, á vista de todo el campo

y de sus ojos, se huyeron Francisco Guillada y Juan López

(dos buenos soldados) dando voces y apellidando "¡viva

el Rey y muera el traidor de Pizarro!,, Lo cual hicieron

confiados en los buenos caballos que llevaban; era ya,

tanto lo que Pizarro se recelaba de todos, que á nadie

consintió que los siguiese, con temor que todos se le

huirían, y viendo ya sus amigos por enemigos, unos en el

puerto y otros en casa, no sabía de quien confiar pudiese,

HISTORIA DEL PERÚ

307

y de todos generalmente se temía (como es natural con-

dición de tirano).

Dando otra noche siguiente gran priesa á caminar por

los llanos la vuelta de Arequipa, se huyeron muchos ar-

cabuceros y algunos de caballo. Y así de toda parte que

el real se juntaba se disminuía la gente, puesto que ahor-

có Carvajal doce hombres que dellos se tomaron, sin di-

lación alguna y sin dar lugar á que ninguno dellos se con-

fesase; y si alguno pedía confesión con instancia, le decía

que no tuviese dello pena, porque él le pondría en un mo-

mento con Dios para que con él se confesase facie ad fa-

cien; y allende los que Carvajal justició, á otros muchos

mataron á lanzadas y á estocadas. Así que desta manera

iba Gonzalo Pizarro caminando, recelándose no le diesen

de noche alguna arma falsa que fuese ocasión que todos

se le huyesen. Desta suerte, pues, llegó Pizarro á la Nas-

ca (cincuenta leguas de la ciudad de los Reyes) con sólo

doscientos hombres, porque todos los demás se le habían

huido.

CAPÍTULO LXVI

Cómo los que quedaron en Lima alzaron bandera por su

Magestad é hicieron pregonar el perdón general y la revo-

cación de ordenanzas, y de lo que proveyó Lorenzo de

Aldana.

Álzanse los de Lima por el Rey.—Lo que muchos afirmaron deste alza-

miento.—Bandos y parcialidades del Perú.—Las cosas que hizo y

proveyó Lorenzo de Aldana.

Dos días después que Gonzalo Pizarro salió de Lima, el

alcalde Martín Pizarro y Antón de León y don Antonio

de Rivera, y otras personas que, con licencia de Gonzalo

Pizarro, se habían quedado, sacaron el pendón de la ciu-

Idad y alzáronle en nombre de su Magestad, y pregoná-

ronse las provisiones reales (que ya Lorenzo de Aldana

I se las había enviado) y es cierto que muchos afirman

(aunque no es de creer) haber mandado Gonzalo Pizarro

que lo hiciesen, por razón que los que se le habían huido

no ganasen aquel honor, y, haberse echado esta fama,

puédese juzgar ser invención de gente del Perú que, por

sus pretensiones, bandosy parcialidades, usan de semejan-

tes ardides y quimeras, especialmente aquéllos en cuyos

I ánimos está arraigada aquella enemistad y pasión antigua

de Pizarro y Almagro, que cierto es muy dañosa á los que

han querido escribir las cosas del Perú. Alzada, pues, la

bandera por el Rey y la ciudad reducida á su servicio, al-

310

HISTORIA DEL PERÚ

gunos que en la ciudad se habían quedado, y otros que se

habían huido, acudieron á la mar y dieron dello noticia á

Lorenzo de Aldana. El cual estaba con mucho recato re-

cogiendo los que á la mar se acogían, y para este efecto

estaba en la costa el capitán Palomino con cincuenta hom-

bres y los bateles á punto para recogerse siendo necesa-

rio. Porque se temía que Gonzalo Pizarro había de revol-

ver sobre la ciudad, sabiendo cómo se le habían rebela-

do, y para efecto de saber prestamente el aviso proveyó

que doce de á caballo, de los que se habían huido de Pi-

zarro, estuviesen por los caminos para venir á toda furia

á dar aviso de cualquier novedad que hubiese. Proveyó

también polvoristas que fuesen á hacer gran cantidad de

pólvora y otros que fuesen á hacer picas, y ocupó herre-

ros en hacer hierro para ellas y en hacer y aderezar arca-

buces. Asimismo proveyó que el capitán Alonso de Cá-

ceres estuviese en Lima recogiendo la gente, y que Juan

de lllanes subiese con la fragata la costa arriba á echar

en el puerto de Arequipa un religioso, y á Pantaleón'

clérigo postugués, para que allí diesen los recados, y de

allí fuesen al Cuzco y diesen aviso á Diego Centeno y á

Alonso Alvarez de Hinojosa y á los demás que allí esta-

ban de lo que pasaba en Lima y de la ida de Juan de

Acosta y de Gonzalo Pizarro. Encargándoles mucho

que no rompiesen con ellos si no fuese sobre tener

cierta la victoria, salvo que se entretuviesen hasta que

todos se juntasen. Y esta fragata se partió de noche por-

que no viesen ir y diesen dello noticia á Gonzalo Pizarro.

Envió por tierra también mensajeros prácticos y confia-

dos para que fuesen á Arequipa con cartas y recados para

personas particulares, y que pasando más adelante lleva-

sen otros al capitán Alonso de Mendoza y á Juan de Sil-

vera. Proveyó también cómo por medio de indios se echa-

sen también cartas y despachos semejantes en el real de

Juan de Acosta para muchas personas, con el perdón ge-

neral y poder del Presidente. De manera que en toda par-

te se tuviese noticia de la benignidad y clemencia que su

Magestad usaba con todos los del Perú, y casi todos es-

tos despachos vinieron á manos de aquellos á quienes

HISTORIA DEL PERÚ

311

iban dirigidos, y tuvieron buen suceso, de donde resultó

grande utilidad y provecho. También escribió á Juan de

Espinosa, que estaba en Andaguailas, de quien Lorenzo

de Aldana había recebido cartas y aviso de lo que en

aquella comarca pasaba.

CAPÍTULO LXVII

Cómo se publicó que Gonzalo Pizarro daba la vuelta para

Lima y puso en rebato la ciudad, y, sabiendo ser nueva

fingida, Lorenzo de Aldana y los capitanes del armada

saltaron en tierra.

Echa fama Pizarro que revuelve sobre Lima y la causa.—Manda en-

terrar Gonzalo Pizarro quince cargas de oro.—Entra Lorenzo de

Aldana en Lima.

Entretanto que estas cosas pasaban no salió de la mar

el capitán Lorenzo de Aldana, y de allí proveía todo lo

necesario; y teniendo relación que á Pizarro le llevaban

aviso de lo que se hacía, enviaba cada día corredores para

lo estorbar y tener lengua de Gonzalo Pizarro. Diéronle

en este tiempo relación que revolvía con todo su campo,

lo cual fué forjado por el tirano, y escribióse por causa

que no le fuesen á dar arma y los soldados se le huyesen.

Sabido, pues, esto, en la ciudad de los Reyes, puso gran-

de alboroto y turbación, así por no ser bastantes para re-

sistirlos si revolviesen, como por la gente no estar pues-

ta en orden ni debajo de capitanes y oficiales de guerra

como era necesario. Visto esto se acordó de no le esperar

en la ciudad, y así, los que no tenían caballo acudieron

á la mar, y otros salieron del pueblo por el camino real

de Trujillo; otros se dividieron por estancias y lugares

secretos y arcabucos, cada uno do mejor le parecía; y

desta suerte anduvieron alborotados aquella moche y el

314

HISTORIA DEL PERÚ

día siguiente hasta que se tuvo nueva cierta que Gonzalo

Pizarro iba prosiguiendo su camino á mucha furia. Luego

se recogieron todos á la ciudad, y cada día venía gente

de los que se huían, los cuales daban relación de lo que

en el real de Pizarro pasaba; y la última nueva fué que

Gonzalo Pizarro iba con gran temor de su misma gente,

que llevaba gran recato y guardas para que no se le hu-

yesen. De todo lo cual daba Lorenzo de Aldana relación

al Presidente por mar y por tierra, y á todas partes del

Reino. Finalmente, Lorenzo de Aldana tuvo nueva que

Gonzalo Pizarro había pasado de la Nasca y que iba ya

más de ochenta leguas de Lima, y que había mandado al

padre Diego Martín, clérigo, que, con dos negros que

consigo llevaba, atravesase por unos despoblados con

quince cargas de oro y lo enterrase. Esto decían haber

hecho con temor que tenía que, por tomárselo, los suyos

le matarían.

Sabido, pues, todo por Lorenzo de Aldana, á los nue-

ve de Septiembre de cuarenta y siete, saltó en tierra, y

con él los demás capitanes y gente de guerra que tenía;

y los de la ciudad le salieron á recebir con mucha gente

de pie y de caballo, dejando Lorenzo de Aldana en guar-

da de la mar al alcalde Juan Fernández (de quien hemos

hecho relación) entregándole la armada con la ceremo-

nia que se requiere. Luego Lorenzo de Aldana procuró

poner buena custodia y gua.da en la ciudad, pertrechán-

dose de todo lo necesario.

CAPÍTULO LXVIII

Cómo Gonzalo Pizarro escribió d Juan de Acosta que se

juntase con él, y Martin de Olmos se huyó con muchas per-

sonas^ Acosta llegó al Cuzco, y, habiendo salido de la

ciudad, se huyó Martín de Almendras y en el Cuzco alzó

bandera y se vino d Lima, y Juan de Acosta llegó á Arequi-

pa y se juntó con Gonzalo Pizarro.

Escribe Pizarro á Juan de Acosta.—Publica Juan de Acosta nuevas

falsas.—Lo que el Obispo de Quito persuade á Juan de Acosta.—

Respuesta de Juan de Acosta.—Alza Martín de Olmos bandera por

el Rey.—Mata Juan de Acosta algunos de los que se huyeron.—

Huye Martín de Almendras con otros veinte.—Lo que ordinaria-

mente acaece á los tiranos.

Al tiempo que estas cosas pasaban en la ciudad de los

Reyes, iba Juan de Acosta caminando por la sierra hacia

el Cuzco con sus trescientos hombres bien aderezados. Al

cual, Gonzalo Pizarro, escribió con fray Pedro, arcabuce-

ro, mandándole que se fuese por cierta parte á la ciudad

de Arequipa á juntarse con él, y que allí le esperaría y

que lo tuviese secreto hasta que con él se juntase. Luego

Juan de Acosta publicó que las nuevas que fray Pedro le

había traído, eran de prósperos sucesos de Gonzalo Pi-

zarro y de la gente que se le juntaba, y que había envia-

do personas confiadas para que, fingiendo que iban huí-

dos y descontentos, se alzasen mañosamente con el

armada; pasó á esta sazón por aquel camino el Obispo de

316

HISTORIA DEL PERÚ

Quito, que venía del Cuzco, y procuró persuadir á Juan

de Acosta viniese al servicio de su Magestad, poniéndole

delante las mercedes que su Magestad hacía por medio

del licenciado Gasea á todos los de la tierra, y díjole la

llegada de la armada á la ciudad de los Reyes y de los

que se habían huido de Gonzalo Pizarro (de lo cual ya

Juan de Acosta y los que con él estaban tenían ya noticia

por los despachos que Lorenzo de AÍdana había enviado

de Lima, que los indios habían colgado en árboles por

los caminos por donde pasaban). Acosta respondió al

Obispo que por la vida ni por todo el mundo no había de

hacer cosa fea (como si lo fuera acudir á su Rey y dejar el

camino de traidor).

Viendo, pues, el Obispo, el obstinado ánimo de Juan

de Acosta, y que persuadirle era martillar en hierro frío,

habló al capitán Martín de Olmos y á Páez de Sotoma-

yor, los cuales concertaron con ochenta personas que

todos juntos hablasen á Juan de Acosta que se redujese,

y que si no lo quisiese hacer, le matasen. Y antes de lo

efectuar, fueron sentidos por haber sido tantos en este

concierto, y entendiéndolo Martín de Olmos, alzó su

bandera á medio día, y dijo, que, con quien le quisiese

seguir, se quería ir á servir á su Magestad, y acudiéron-

le cincuenta hombres, y muchos dellos de los principales

que Juan de Acosta llevaba, y entre ellos Páez de Soto-

mayor. Juan de Acosta les fué siguiendo doce leguas, y

en el camino se quedaron algunos dellos, que serían doce

ó trece, que mató Juan de Acosta. Y todos los demás se

escaparon con Martín de Olmos y se fueron á Jauja. Juan

de Acosta hizo información y prendió algunos, y fué ca-

minando para el Cuzco, matando por el camino á los que

tenía por sospechosos y que se querían huir. Llegado que

fué al Cuzco quitó las varas á los Alcaldes que las tenían

por su Magestad, de Diego Centeno,y puso por Alcalde á

Juan Vázquez de Tapia, y tomó luego la vía de Arequipa

para juntarse con Gonzalo Pizarro; y en el camino se le

huyeron, dos á dos y tres á tres, más de treinta hombres

que ce vinieron á Lima.

Desta manera, pues, salió Juan de Acosta del Cuzco,

HISTORIA DEL PERÚ

317

y ádiez leguas de la ciudad se le huyó el capitán Martín

de Almendras con veinte hombres de los mejores que lle-

vaba; el cual, volviéndose al Cuzco y con la gente que en

la ciudad había, quitó las varas á los Alcaldes y las dio á

otros en nombre de su Magestad, y envió preso el uno de

los Alcaldes á la ciudad de los Reyes. Viendo Juan de

Acosta que cada día se le menguaba la gente, determinó

guardar bien su persona y alargar las jornadas por asegu-

rar su vida. Y, desta manera, llegó á Arequipa con cien

hombres de los trescientos que de los Reyes había saca-

do, donde halló á Gonzalo Pizarro con sólo trescientos y

cincuenta; y estaba muy confuso y atónito de ver sus de-

sastrados sucesos, viéndose tan abatido y bajado del man-

do que poco antes tenía en común contento de todo el

Reino. Lo cual ordinariamente siempre acaece á todo ti-

rano, porque así como la tiranía sube y se ensalza con la

voz y alabanza del vulgo, así, por el consiguiente, se aba-

ja y abate cuando cesa y se olvida la voz popular; como

y de la manera que agora se ve en Gonzalo Pizarro, que

habiéndole poco antes el incipiente, rudo y confuso vul-

go, inconsideradamente y sin tener atención á su propio

daño, alzado en la cumbre del señorío y mando que tenía,

agora, despertado de su sueño, y advertido del yerro en

que estaba, le sigue y persigue por todas partes procu-

rando su caída.

Y dejándolos en los lugares y de la manera que está

dicho, volveremos á contar lo que hizo el Presidente

Gasea después que despachó á Lorenzo de Aldana y á los

capitanes, gente y navios que envió de Tierra Firme.

CAPÍTULO LXIX

Cómo estando el presidente Gasea en Panamá recibió una

información hecha contra Diego García de Paredes, y lo

que en ella se contenía y lo que sobre ella hizo y proveyó el

Presidente.

Llega á Gasea una información contra Diego García de Paredes.—Lo

que mandó Gasea sobre la información.—Ruegan al Presidente por

Diego García de Paredes.—Perplejidad del Presidente.—Manda

Gasea traer á Diego García de Paredes para ir en su compañía.

Al tiempo que el licenciado Gasea, Presidente del

Perú, estaba en Tierra Firme dándose priesa con mucho

cuidado para aviar á Lorenzo de Aldana y los demás ca-

pitanes y gente, casi al fin de su partida recibió del Nom-

bre de Dios una información que allí había tomado don

Pedro Cabrera contra el capitán Diego García de Paredes,

que á aquel puerto había llegado. Por la cual parecía que

él se había salido de la Corte de su Magestad (que á la

sazón estaba en Flandes) muy descontento y con deseo

loco de hacer algún deservicio, y que, entendiéndose esto

ser así, en Sevilla se había mandado que ninguno le pa-

sase. Y que, sin embargo, á título de criado de Cristóbal

Gutiérrez (Regidor de Plasencia) se había embarcado y

había dicho en el viaje grandes liviandades, representado

lo mucho que pensaba ayudar á Gonzalo Pizarro, y que

llegado al Nombre de Dios y entendido que aquello es-

taba reducido, había mostrado por ello pena y dicho pa-

320

HISTORIA DEL PERÚ

labras de injuria contra los que allí tenía Pizarro, por ha-

ber dejado su voz y servicio por el Rey, y que no se

había querido desembarcar hasta que don Pedro Cabrera

le había sacado y puesto en prisión.

Vista, pues, la información, por el Presidente, sin dar

parte á nadie, dio mandamiento para que don Pedro le

tuviese preso, y que. á costa de Cristóbal Gutiérrez y del

maestro del navio, le tornasen á enviar en el primer navio

que partiese, preso y á buen recado. Lo cual no se pudo

hacer tan en breve que no lo supiesen el Obispo de los

Reyes, y Pedro de Hinojosa, y Lorenzo de Aldana, que

todos eran deudos de Diego García, y éstos con grande

instancia, por sí y por el mariscal Alonso de Alvarado, ro-

garon al Presidente no le mandase volver á España, sino

que fuese á servir con ellos á su Magestad, prometiendo

que seria el que debía, porque ellos le darían á entender

el feo y vano yerro que había concebido en apartarse de

su Rey, en el cual todos sus pasados siempre habían sido

tan fieles y gastado sus vidas. Empero, no pudiendo atraer

al Presidente en esto, le pidieron que á lo menos holgase

que le trajesen allí á Panamá, y que, comunicándole, si le

pareciese todavía que no convenía, le podría entonces

tornar á enviar. Puso esto en perplejidad al Presidente

por se le ofrecer hombre tan peligroso y que tan ruin

pensamiento traía. Y también que se atrevía mucho, ha

biéndose en España mandado que no pasase á las Indias,

llevarle consigo; y que asimismo recibirían aquellos sus

deudos mayor descontento de tornarle á enviar desde

Panamá, habiéndole hasta allí traído y visto y conserva-

do que no si le enviase del Nombre de Dios. Por otra

parte, se le ofrecía considerar la desgracia que aquellos

deudos suyos (que eran personas tan principales en su ne-

gociación) recibirían de no condescender en lo que le ro-

gaban, y aun también que concebirían del que tenía la

dureza y crueldad que en el Perú se había publicado, que

era opinión que para el negocio á que iba no convenía; y

que parecía que no se podía creer que Diego García es-

tuviese tan dañado y duro que aquellos sus deudos no le

pudiesen quitar del propósito que traía, especialmente

HISTORIA DEL PERÚ 321

TOMO II.

21

donde á ellos les iba tanto que la negociación tuviese

buen fin. Y así determinó de mandar que le trajesen á Pa-

namá y que se fuese en su compañía, ofreciéndole que

sería premiado de lo que antes había servido y de lo que

adelante sirviese. Y considerando el Presidente lo que á él

mismo le iba (ya que contra la información que tenía le

llevaba) en que sirviese como era obligado, procuró de

hacerle todo buen tratamiento y mostrarle mucho amor.

Y ansí, cuando los navios se partieron, quedó Diego

García con el Presidente muy en gracia y favorecido.

CAPÍTULO LXX

Cómo estando el Presidente aprestando su partida, le pi-

dieron socorro contra los franceses que habían llegado á

Santa Marta, y lo que en ella sucedió, y cómo el Presidente

se hizo á la vela con el armada.

Hacen saber á Gasea que hay franceses en Santa Marta.—Confusión del

Presidente.—Lo que proveyó Gasea.—Llega nueva al Presidente

del desbarato de los franceees.—Hácese á la vela el presidente

Gasea.

Partidos que fueron los tres navios y fragatas, puso

el Presidente gran diligencia en aderezar su partida, que

cierto fué trabajada por todos como si á cada uno el ne-

gocio en particular tocara. Y así cada cual se desvelaba

en lo que le era encomendado y ponía sus fuerzas con

tanta llaneza y obediencia, que los obispos y clérigos y

los capitanes y demás principales personas e*an los que

primero echaban mano y tiraban de las guminas y ca-

bles de los navios para los sacar á la costa, y para

echarlos después al agua y embarcar la artillería y hacer

todo lo demás, con mirar harto menos á su autoridad y

con mayor diligencia que los marineros y la otra gente

baja, en lo cual no se ponía pequeño deseo á éstos para

más trabajar. Dándose, pues, tanta priesa en su partida,

y estando casi á punto de embarcarse, hiciéronle mensa-

jero de Cartagena y Santa Marta con un bergantín, ha-

ciéndole saber cómo en Santa Marta quedaban dos navios

franceses y un pataje y mucha gente dellos dentro del

324

HISTORIA DEL PERÚ

pueblo, pidiendo al Presidente les diese ayuda y socorro,

porque robado aquel pueblo venía á hacer lo mismo á

Cartagena.

Puso mucha confusión en el Presidente esta nueva,

porque dejar de partir por ocuparse en aquello no se su-

fría, ansí por ser ya tan tarde para la navegación de la mar

del Sur como por ir ya delante los navios que con los

capitanes se habían enviado, á los cuales no se sufría

sino seguir con toda brevedad y dejar al menos lo de Car-

tagena (estando tan á la mano), sin ayuda parecía cosa

de inmunidad; por lo cual acordó que en el Nombre de

Dios, de algunos vecinos y gente de la mar que allí esta-

ban y navios para volver á España, se aderezasen barcos

y los navios que allí estaban más prestos y que se metie-

sen en ellos, llevando por sus capitanes algunos solda-

dos de los que con él habían de ir, y que entre éstos fue-

se Diego García de Paredes, pareciéndole al Presidente

que no sólo ayudando en aquello comenzaría á tomar más

amor al servicio de su Magestad, mas que también él se

excusaría de pasarle al Perú hasta en tanto que las cosas

de allá estuviesen con menos peligro, lo cual él y sus

deudos aceptaron con buena voluntad, pareciéndoles que

le honraba y daba en qué sirviese, y que después de he-

cha la hornada él y los demás le seguirían, y así con mu-

cha diligencia se aprestó en el Nombre de Dios lo nece-

sario, sin que por tanto aflojase la priesa en la partida del

Presidente.

Y estando entendiendo en lo uno y en lo otro llegó al

Nombre de Dios un bergantín que el Teniente de Santa

Marta despachó, escribiendo al Presidente cómo él se

había visto en grande aprieto y que no había tenido otro

medio para salvarse á sí y á aquel pueblo sino hacer muy

buen recibimiento á los franceses y la mejor vida que

pudo; y que, con aquello y con venir muy necesitados de

vituallasy deseosos de refresco, habían casi todos salta-

do en tierra; y que teniéndolos aposentados en el pue-

blo y comiendo, había dado sobre ellos con la gente que

tenía y con los indios de la tierra (que aquel día hubo

apercebidos) y había preso muchos, y otros por acoger-

HISTORIA DEL PERÚ

325

se á la mar se habían ahogado, y que hubo lugar de to-

mar el navio y pataje con los barcos que en el pueblo ha-

bía, y que el otro se había hecho á la vela falto de gente

y de lo demás para navegar, y que con esto y hacer mucha

agua pensaba se perdería, y que á lo que se creía llevaba

la derrota de la Yaguana, y que el Presidente perdiese

cuidado de aquel negocio. Y así el Presidente, teniendo

aparejado ya todo lo necesario y los navios á punto, en

diez de Abril de cuarenta y siete, primer día de Pascua

de Resurrección, se hizo á la vela, de Panamá á Taboga,

donde estaba toda la otra armada (que era de veintidós

navios) dos días había haciendo aguada. Porque el Presi-

dente había quedado á hacer pliego para Castilla y para

Nicaragua y la Nueva España, dando cuenta de su par-

tida, y para dar la orden que los oficiales reales y justicia

de Panamá y Nombre de Dios habían de tener en aviar

la gente de Santo Domingo, que ya tenía nueva venia con

ella el almirante don Luis Colón, y que Boscan (á quien

por ella había enviado) había muerto pocos días después

que á aquella isla llegó, y de ahí á dos días se partieron

de Taboga el Presidente y general Hinojosa y Diego Gar-

cía de Paredes y otras personas principales en la nao ca-

pitana, habiendo encomendado al capitán Juan Vendrel

la galeota.

CAPÍTULO LXXI

De la gran tormenta que la armada corrió después que

partió de Taboga, y cómo, queriendo iodos arribar d Tie-

rra Firme, lo estorbó el Presidente y las causas que para

ello daba.

Dicen al Presidente que se debe volver á Tierra Firme y recibe gran

pena.—Muestra mucho enojo el Presidente y lo que dijo.—Corren

tormenta en la mar.—Requieren al Presidente que haga amainar

las velas.—Constancia y ánimo del presidente Gasea.—Estando la

tormenta parecen muchas lumbres en las gavias y todos dicen que

es San Telmo.

Partido el Presidente y general Hinojosa, con toda la

armada de Taboga, considerando como ya los tiempos y

las corrientes les eran tan contrarios para la navegación,

y que se había de temer cayesen á la Buena Ventura

(adonde aquellas corrientes van y hacen remolinos, y

donde no se puede sino tornar á arribar á Tierra Firme)

procuraron de subir la costa arriba hacia Nicaragua, has-

ta las islas que dicen de Quicari, de donde les pareció

que podrían atravesar aquel golfo, y que aunque el tiem-

po y corrientes les decayesen y llevasen hacia la Buena

Ventura, no sería tanto que no tomasen la isla de Tobo-

ga á sotavento, dejándola á la mano izquierda. Pero no

fué así, que las más de las naos la tomaron por la mano

derecha y surtieron en ella. Y la capitana y otras cuatro

que con ella quedaron cayeron debajo sin poder surgir en

ella, aunque llegaron á dos leguas, y puesto que porfía-

328 HISTORIA DEL PERÚ

ron todo lo posible de llegar á echar fondo, jamás lo pu-

dieron hacer; antes en tres días que esta porfía tuvieron,

descayeron entre el río de San Juan y la Buena Ventura,

y tan cerca della que todos los marineros y personas que

de aquella navegación entendían decían que nunca se ha-

bía visto de aquel paraje ir al Perú y que se debían vol-

ver á arriba á Tierra Firme, cosa, cierto, que dio al Presi-

dente gran pena, entendiendo que si volvía á Tierra Firme

se perdería todo el negocio; porque desamparaban los

navios que habían ido delante yá todas las personas que

les hubiesen acudido y hecho alguna demostración con-

tra el intento de Gonzalo Pizarro; y que todos se desani-

marían y los enemigos tomarían mucho ánimo; los cua-

les, teniendo tiempo de casi un año que había hasta vol-

ver otra vez á hacer la jornada, harían los efectos que se

habían temido conque el negocio se haría muy dificulto-

so; y así resistió el Presidente para que no se hiciese,

mostrando mucho enojo y desabrimiento que en ello se

hablase, diciendo que él no había de volver á Tierra Fir-

me sino ir por mar al Perú ó por la Buena Ventura por

tierra, ó en ello acabar la vida, la cual decía tener en

menos que volverse á Panamá, pues con perderla y mo-

rir cumplía con su Rey y con el mundo, y haciendo otra

cosa caía en gran vergüenza y afrenta, y porque el Presi-

dente deseaba en gran manera poder meterse en la galera

pareciéndole que en ella (aunque fuese á gran trabajo)

podría llegar á remo á la costa del Perú y juntarse con

los navios de los capitanes Lorenzo de Aldana, Mexía y

Palomino, y recoger algunos de la armada que hubiesen

tomado la costa más adelante, y las naos que andaban en

su conserva eran mejores de vela y orceaban más que la

capitana, mandó que ningún navio curase de la conserva

de los otros, sino que cada uno procurase, cuanto en sí

fuese, tomar á Taboga, y que el que la tomase con el na-

vio ó con el barco del hiciese que luego la galeota viniese

en su busca, y con esta determinación y orden todos se

apartaron y en poco dejaron los otros la capitana y se

fueron metiendo hacia Taboga á muchos bordes y con

mucho trabajo, lo cual la capitana no hacía sino siempre

HISTORIA DEL. PERÚ

329

decaer por ser como era muy zorrera y pesada, que era

un navio grande, ancho y corto, que no se podía poner

contra el tiempo á menos que á tres vientos.

Navegando, pues, desta manera y con esta congoja,

sobrevino al anochecer un Norte muy deshecho, cual

nunca allí, especialmente en aquel tiempo, se suele ver,

y con muchos truenos y relámpagos; y entendiendo que

sólo aquél los podía llevar á lo menos hasta la Gorgona,

queriendo el Presidente aprovecharse del, puso mucha

fuerza en que se levantasen velas cuanto fuese posible, y

aunque todos decían que aquel tiempo no era sino para

asegurarlas, con la instancia que puso hizo que se echa-

sen todas y levantasen todo lo que el alto del árbol su-

friese. Y así comenzaron á caminar contra las corrientes

la vuelta de la Gorgona, y el tiempo se arreció y embra-

vecióse el mar tanto que muchas veces estuvieron á pun-

to de zozobrar; y las olas eran tan continuas sobre la

puente de la nao que no había quien allí parase; y del

agua que entraba y de la que del cielo caía (que es mu-

cha y muy grande en aquella parte cuando hay aguace-

ros) andaba continuamente toda la nao llena della, ansí

cámaras como lo demás; y los truenos y relámpagos eran

tantos y tales que siempre parecía que estaban en llamas

y que sobre ellos venían rayos (que en todas aquellas par-

tes caen muchos).

Toda la gente, marineros y pasajeros y soldados, y

en especial Diego García de Paredes y don Antonio de

Garay, pedían con grande instancia al Presidente y le re-

querían que hiciese amainar las velas dejando solamente

el trinquete bajo para gobernar, diciendo que hacer otra

cosa era á sabiendas tomar la muerte y género de deses-

peración; y con lo poco que en aquella sazón el Presiden-

te estimaba la vidasi no había de hacer la jornada yel gran

deseo que tenía de hacerla, se puso contra ellos dicien-

do que cualquiera que le tocase en abajar vela le costaría

la vida, y así por esto y que Pedro de Hinojosa y otros

que allí iban deseaban seguir su voluntad y no le dar

desabrimiento, bastó para que nadie hablase en abajar

vela, aunque muchos si osaran se desvergonzaran á ha-

330

HISTORIA DEL PERÚ

cerlo. Y con este trabajo y temporal (y porfiando con el

Presidente que se abajasen las velas) fueron hasta las tres

de la mañana que el Presidente se entró en su cámara para

ver cómo iban con el agua las escrituras y provisiones

que llevaba, y luego que le vieron entrar, Diego García y

don Antonio y otros fueron á los marineros á decir que el

Presidente mandaba, que amainasen la vela grande y que

asegurasen el trinquete. Y no lo queriendo hacer dio cau-

sa para que hablasen en ello tan alto que el Presidente lo

sintió, y por presto que puso el mejor recado que pudo á

las escrituras y salió con el deseo que todos tenían de que

aquello se ejecutase, ya estaba mucha gente aflojando las

escotas y otros de pie encima de la entena procurando

hacerla bajar, porque como el tiempo era tan recio y el

agua había sido tanta estaban las velas muy empapadas

y tiesas y el encarrilamiento de la entena no quería co-

rrer.

Las voces y el ruido eran tan grandes y la inclinación

á abajar las velas tan vehemente que, aunque el Presi-

dente daba voces que no las abajasen y tirasen las es-

cotas y no las aflojasen no le oían ni querían oir. Y es-

tando en esta confusión, parecieron gran muchedumbre de

lumbres por todo el navio y entenas y gavias que á todos

dieron en esta sazón grande alegría, consolación y con-

tento, diciendo que era San Telmo que se les aparecía.

Luego se hincaron todos de rodillas rezando las oracio-

nes que los marineros á San Telmo suelen hacer. Y con

aquel poco de silencio hubo lugar para que oyesen al

Presidente y le obedeciesen, volviendo á tirar las escotas

y ayudando él mismo á Pedro de Hinojosa y otros, en lo

cual puso gran diligencia y cuidado.

CAPÍTULO LXXII

Cómo habiendo visto señales de cesar la tormenta, el Presi-

dente persuadía fuesen con ella á la Gorgona y lo que sobre

esta razón decía, y cómo llegaron á la Gorgona y de allí á

la isla del Gallo, donde halló d Paniagua y le dio la carta

que Gonzalo Pizarro le escribía en respuesta á la suya.

Era el presidente Gasea curioso y bien leído en letras humanas.—Cuenta

y relata el Presidente la fábula de Castor y Polux.—Por qué una

lumbre es señal de tormenta y muchas de haber bonanza.—El navio

de don Pedro volvió á Tierra Firme y después, por tierra, al Perú.—

Halla el Presidente á Pero Hernández en la isla del Gallo y dale la

carta de Pizarro en respuesta de la suya.

Allende las buenas letras del Presidente y su mucha

prudencia, buen juicio y claro entendimiento, era también

curioso y bien leído en letras humanas, y así luego que„

vio aquella incensión de lumbres que aparecieron en el

navio, entendió que, naturalmente, la tormenta no po-

dría durar mucho acordándose de las razones que Aristó-

teles y Plinio asignan cuando afirman y dicen que la in-

cesión de muchas lumbres es señal que quiere cesar la

tormenta. Considerando, pues, que si se acababa antes de

poder dar fondo en la Gorgona les volverían las corrien-

tes adonde antes habían estado, procuró persuadir á

todos para que hasta llegar á la Gorgona se esforzasen á

volver al trabajo pasado y lo hiciesen como leales servi-

dores de su Magestad. Y para mejor los atraer á ella, de-

claró á algunas personas que él conocía ser más leídas y

¡2

HISTORIA DEL PERÚ

de mejor entendimiento aquellas causas naturales. Y tra-

tando de la piadosa opinión de los marinos de San Telmo

y Santa Elena, las contó con mucha gracia, lo que fabu-

losamente tuvo la gentilidad antigua, contando cómo los

poetas habían fingido que estando Júpiter enamorado de

Leda, para la engañar se había vuelto en cisne; del cual,

siendo ella enamorada, se había empreñado, y de un par-

to había parido tres hijos, que fueron Castor, Polux y la

hermosa Elena, y que estos dos varones hermanos habían

sido grandes pilotos é habían hecho por tierra y mar gran

des hechos y hazañas: á los cuales, siendo muertos, Jú-

piter había colocado en el cielo, y su constelación era el

signo de Géminis; y que como éstos habían sido pilotos

cuando vivían en el mundo después de llevados al cielo

habían siempre tenido mucho cuidado de consolar en los

peligros á los mareantes cuando les pedían su ayuda, y

así llamaron (y hoy día muchos en otras provincias lla-

man) á la incensión de muchas lumbres Castor y Polux,

que por ser hermanos les parece que traen pacificación y

concordia, y á la incensión de una lumbre (que también

naturalmente aparece, y es natural pronóstico de crecer

la tormenta) llamaron Elena. Dando á entender que como

Elena puso la discordia y desasosiego entre los griegos y

troyanos, así aquella incensión era señal de mayor tor-

menta y peligro. Habiendo, pues, el Presidente contádo-

les esta fábula y declarado el alegoría della por sólo por

hacer á su propósito (aunque el tiempo era incómodo

para novelar) habiéndoles certificado que la tormenta du-

raría poco, todos lo tomaron bien y se pusieron de mejor

ánimo y más conformes con él de lo que antes habían es-

tado. Luego de allí les fué aflojado el Norte y el agua,

truenos y relámpagos; pero todavía les duró hasta una

hora después de día, y á muy gran pena y con el abrigo

que la Gorgona les hacía del Sur y de las corrientes que

con él venían, pudieron echar fondos y surgir media legua

della á cincuenta brazas. Y las otras naos que en su con-

serva habían andado, con ser mejores de la vela y orcear

más por asegurar las velas, no llegaron á surgir hasta la

tarde de aquel día; y una en que iba el capitán don Pe-

HISTORIA DEL PERÚ

333

dro Cabrera y los más de su compañía, descayó hasta arri-

bar á la Buena Ventura, de donde el navio se volvió á

Tierra Firme, y don Pedro y la gente que con él iba fué

por tierra atravesando la Buena Ventura hasta Popayán y

Quito, y, con grandes trabajos y quedando los más dellos

en el camino, llegaron después á Jauja por el mes de No-

viembre, habiendo caminado por tierra más de seis le-

guas. Luego, pues, que la capitana echó áncora, fué el

Presidente á tierra en el batel y halló doce naos que allí

estaban surtas con mucha pena porque del no habían sa-

bido, y la galera que estaba surta á la otra banda de la

isla. Luego hizo subir á algunos marineros á una sierra

para saber de las otras naos, y descubriéronse que anda-

ban dando bordes más adelante de la Gorgona.

Luego todos procuraron de juntarse, y el Presidente y

Obispo de Lima, Pedro de Hinojosa y Diego García de

Paredes, con cincuenta soldados arcabuceros, de los me-

jores que en la armada había, se metieron en la galera, y

postrero de Abril de cuarenta y siete se hicieron á la vela

de la Gorgona con intento de que ya que las otras naos

no pudiesen navegar irse ellos en la galera aunque fuesen

solos á remo al Perú á dar calor al negocio y hacer lo que

pudiesen; y así, procuraron de navegar á vela y remo la

vuelta de la isla del Gallo, y con estar menos de quince

leguas de la Gorgona é ir trabajando á vela y remo por

tomarla, no lo pudieron hacer hasta ocho de Mayo, por-

que las corrientes y tiempo son en aquel paraje tan con-

trarios y recios, que sólo en aquellas quince leguas gas-

taron nueve días, y halló allí el Presidente á Pero Her-

nández Paniagua con su barco, y habiéndose perdido una

noche cerca de Paita de los navios de los capitanes, y no

entendiendo á la mañana qué borde habían tomado, acor-

dó volverse á buscar al Presidente y la armada la costa

abajo, y dio al Presidente la carta de Gonzalo Pizarro en

respuesta de la suya, la cual era del tenor siguiente.

"Muy magnífico y muy reverendo señor:

„Una de vuestra merced recebí, hecha en esa ciudad

de Panamá á veintiséis de Septiembre del año pasado, y

334

HISTORIA DEL PERÚ

por los avisos que Vm. en ella me dá, beso las manos

á Vm. muchas veces. Porque bien entiendo que salen de

un ánimo tan sincero y limpio como es razón lo tenga

una persona de tanta calidad y tan extremado en concien-

cia y letras como Vm. Y en lo que á mí toca, Vm. crea

que mi voluntad siempre ha sido y es de servir á su Ma-

gestad; y sin que yo lo diga, ello mismo se dice de suyo,

pues mis obras y las de mis hermanos han dado y dan

testimonio claro dello; porque, á mi parecer, no se dice

servir á un Príncipe el que le sirva con solas palabras, y

aunque los que ponen obras á costa de su Magestad, sir-

ven, pero no que tengan tanta razón de encarecer lo que

sirven como yo, que no con palabras, sino con mi perso-

na y las de mis hermanos y parientes he servido á su Ma-

gestad diez y seis años que ha que pasé á esta parte ha-

biendo acrecentado en la Corona Real de España mayo-

res y mejores tierras y más cantidad de oro y plata que

haya hecho ninguno de los que en España han nacido

jamás. Y esto á mi costa, sin que su Magestad en eilo

gastase un peso; y lo que de todo ello ha quedado á mis

hermanos y á mí es sólo el nombre de haber servido á

su Magestad; porque todo lo que en la tierra hemos ga-

nado, se ha gastado en servicio de su Magestad; y al

tiempo de la venida de Blasco Núñez se hallaban los hijos

del Marqués, y Hernando Pizarro y yo, sin tener oro ni

plata (aunque tanto habíamos enviado á su Magestad) y

sin tener un palmo de tierra, de tanta como habíamos

acrecentado á su Real Corona, pero con todo esto, tan en-

tero en su servicio como el primer día. Así que de quien

tanto ha servido á su Magestad no se debe presumir haya

necesidad de saber el poder de su Príncipe más de para

alabar á Nuestro Señor, que tanta merced nos hace de

darnos un tal Señor que allende las muchas virtudes que

en él (como en su morada propia concurren) le hizo tan

poderoso y de tantas victorias que todos los Príncipes

cristianos é infieles le teman y recelen. Y aunque yo no

haya gastado tanto tiempo en la corte de su Magestad,

como gastado en la guerra en su servicio, Vm. crea soy

tan aficionado á saber las cosas de su Magestad (espe-

HISTORIA DEL PERÚ

335

cialmente las que ha hecho en las guerras) que muy po-

cos hay de los que en ellas se hallan que me hagan ven-

taja en saber el verdadero punto de todo lo que en ellas

ha sucedido. Porque con el afición que en mí conocen los

que de allá vienen (que se me podría notar á curiosidad

con ser tan amigo de verdad como en todas las cosas sue-

lo ser) siempre procuran escrebirme lo que realmente

pasa, y yo, como cosa que tanto me deleita y satisface,

siempre procuro tenerlo en la memoria.

„Diera Vm. larga relación de lo sucedido en esta tie-

rra si los Procuradores destos reinos no fueran á su Ma-

gestad á informarle de lo que obró la venida de Blasco

Núñez con las ordenanzas que consigo traía. De quienes

Vm. podrá claramente conocer cuan grande es la justicia

que estos Reinos pidieron en lo que han hecho y cuánta

razón tienen en lo que suplican á su Magestad. En lo que

á mí toca, sólo quiero sepa que á pedimento de todos los

vecinos destos Reinos y parecer de todos los Prelados

dellos,el Audiencia real me mandó con una provisión con

sello de su Magestad aceptase la gobernación dellos, en-

tendiendo que así convenía al servicio de su Magestad, y

yo, conociendo ser así, lo acepté, y á mi costa pacifiqué

estos Reinos, resistiendo y castigando todos los que en

ellos, por sus particulares intereses, procuraban alterar-

los. De manera que dende la Villa de Pasto hasta Chile

(que son mil leguas) no hay cosa que no esté quieta y pa-

cífica en servicio de su Magestad, lo cual hasta aquí no

estaba, antes Blasco Núñez, y otros que tomaban su ape-

llido, como con cabeza de lobo, robaron las cajas reales

de su Magestad de las ciudades de Trujillo, Piurá, Gua-

yaquil, Puerto Viejo, Quito, Pasto, Arequipa y los Char-

cas. Y después que Dios ha sido servido que yo lo paci-

ficase y redujese al servicio de su Magestad, en todas las

dichas ciudades están todos los quintos y derechos de su

Magestad, de oro y plata, sin faltar un peso en sus cajas

reales en poder de sus Oficiales, y lo que en esto yo he

trabajado y gastado, Dios es testigo dello, y testigos

todos los principales destos Reinos que lo han visto. Y si

por sola mi voluntad se hubiese de guiar, ninguna cosa

336

HISTORIA DEL PERÚ

deseo más que, descansando de tantos trabajos, dejar la

gobernación á quien me descuidase y descargase. Pero

todos los caballeros de estos Reinos (á quien yo debo todo

lo que se puede encarecer en amor y obras) les parece que

al servicio de Dios Nuestro Señor y de su Magestad no

conviene por tantas razones que excederían el término

que á carta se debe poner, y me importunan y fatigan

(como Vm. verá por los despachos que Lorenzo Aldana

llevó) no deje la gobernación hasta que su Magestad,

siendo informado por sus Procuradores, provea lo que

más á su real servicio convenga. Yo, aunque conozco la

razón que tienen (especialmente dicho por personas á

quien yo no puedo negar cosas) deseo que Vm. viniese

á esta tierra para que, por vista de ojos, conociese cuanto

conviene al servicio de su Magestad, que, á quien se diere

poder en esta tierra de gobernarla, tuviese conocimiento

y experiencia de las cosas della muchos días antes que el

poder. Porque de la consciencia de Vm. estoy muy satis-

fecho y de la autoridad y crédito que con su Magestad,

en esto como en lo demás tendría, y así creo yo que esta

vía sería muy derecha y acertada para hacer los negocios

destos Reinos.

„De una cosa me pudiera yo agraviar (si no tuviera

tanto crédito de Vm., que todas las cosas, aunque no

sean indiferentes ó neutrales, sino se inclinan conocida-

mente á no sana intención, las quiero echar á buena par-

te) y es que sabiendo Vm. que yo era Gobernador desta

tierra por su Magestad, no siendo Vm. en ella recibido ni

habiendo mostrado provisión de su Magestad por do lo

debiera ser, no había para qué escribir á los cabildos,

pues ellos no habían de hacer más de lo que mi voluntad

fuese.Y hacerlo parece que fué dar muestra de querer pro-

bar si había alguno que quisiese intentar cosas nuevas.

Pero desta sospecha y de otras, yo me satisfago con sola

la estimación buena que de Vm. tengo recibida.

„Dice Vm. en su carta que desde Roma fué uno á Sa-

jorna á aconsejar un hermano suyo para que dejase la

secta luterana y viniese á la fe de Jesucristo, y porque no

pudo con él, por la injuria que recibía en quitarle la hon-

HISTORIA DEL PERÚ

337

ra de sus pasados le mató, posponiendo todo peligro.

Por cierto que él hizo como buen caballero y hombre de

honra, y crea Vm. que si yo supiese que Hernando Piza-

rro hacía alguna cosa en deservicio de su Magestad, que

yo dejaría esto que tengo entre manos (aunque importa

mucho á estos Reinos) y le iría á dar de puñaladas don-

de está. Que los hombres de bien en mucho más han de

tener la honra y el ánima que otra cosa ninguna. A todo

lo demás de su carta no respondo particularmente, por-

que la justificación de mi intención y obras lo muestran,

y Vm. lo verá claramente por los despachos que los Pro-

curadores destos Reinos llevan. Y Vm. crea que estoy en

ésto tan satisfecho de mí mismo, que, por el servicio de

su Magestad y pundonor de mi honra, perderé la vida y

la hacienda. Y como todos los deste Reino conocen esto

de mí, tienen tanto cuidado de la guarda de mi persona

(entendiendo que en ello á su Magestad se hace servicio)

y procuran el bien deste Reino, que aquel que se tiene en

menos que menos diligencia pone en guardarme. Plega á

Nuestro Señor me haga tanta merced que su Magestad

oiga las suplicaciones y clamores destos sus vasallos con

el amor y piedad que á la fidelidad que á su servicio te-

nemos se debe. Que en ello yo estoy satisfecho que su

Magestad será de los Pizarros y deste Reino tan servido

cuanto vasallo ha servido jamás á su Príncipe. Y los de-

más viviremos bienaventurados.

„Pero Hernández Paniagua estuvo en Piurá, al cual yo

escrebí en respuesta de una que me escribió como se que-

ría volver á Panamá que le diese licencia, yo aquí se lo

escrebí, y antes que los despachos llegasen él se partió

para donde yo estaba, y en el camino le erraron y vino

acá el vido, la tierra y los caballeros que en ella están, el

cual dará á Vm. relación de todo como lo ha visto. Yo le

dije dijese á lo que venía. El respondió que no*venía más

que de traer las cartas y que con la respuesta della se

quería volver. Y yo le di licencia para ello, y se va aun-

que en el camino se le recrecen hartos trabajos por causa

de los muchos ríos que hay y es ahora el tiempo de in-

vierno. Vm. se informará del de todo lo que ha visto y pa-

TOMO II. 99.

338

HISTORIA DEL PERÚ

sado, porque es persona que dará muy buena razón dello.

Yo no quisiera se fuera tan aína; él me importunó se que-

ría ir, porque iba mucho hacerlo con brevedad. Nuestro

Señor la muy magnífica y muy reverenda persona de Ym.

guarde con la prosperidad que desea. De los Reyes vein-

tinueve de Enero de mil y quinientos y cuarenta y siete

años.—Besa las manos á Vm., Gonzalo Pizarro.„

CAPÍTULO LXXIII

Cómo el Presidente y capitanes llegaron á la bahía de San

Mateo, y queriendo echar parte de la gente en tierra llegó

Gómez Arias con un navio de provisión que el Audiencia

de los confines enviaba.

I Llega el Presidente á la bahía de San Mateo.—Encalla el navio del Ma-

riscal.—Tómase agua dulce en la mar de[sde] los navios, en cre-

ciente y no en menguante.

Dos días estuvo el Presidente con la armada en la

isla del Gallo tomando agua y dando lado y sebo á la

galera, porque á causa de ser aquel mar, especialmente

lo que está cerca de la tierra, muy sucio y viscoso,iba ya

pesada. Y á la mañana dieciocho de Mayo salieron del

puerto, y á la salida encontraron tres naos que venían á

entrar en él, y vieron luego todos los otros navios que de

Taboga habían partido andar dando bordes por llegarse

á la isla, y dijeron á Pablo de Meneses (que era el Capi-

tán de los más delanteros) diese priesa á los navios que

allí llegasen para que luego les siguiesen navegando á la

bahía de San Mateo á do les aguardarían; y poco más

adelante toparon los navios del mariscal Alvarado y ade-

lantado Andagoya, que habían tomado al atravesar más

arriba de la isla del Gallo, y volvían arribando á ella con

necesidad de agua, de la cual venían tan necesitados que

la gente y bestias que en las naos venían había dos días

que no bebían sino la que cogían de los aguaceros en cal-

340

HISTORIA DEL PERÚ

déras y otras vasijas. Y aunque les quisieran dar de la

que llevaban porque no arribaran, no hubo lugar á causa

de andar el mar alto y temer que luego que los unos y los

otros hiciesen quitar velas les llevarían las corrientes la

costa abajo. Por lo cual les dijeron lo mismo que á Pablo

de Meneses y siguieron su camino navegando con mucho

trabajo á causa de las corrientes. Y en veintiocho de Mayo

tomaron la bahía de San Mateo, de donde luego el Presi-

dente quisiera partir por ir á dar calor á los que delante

iban y á los que en servicio de su Magestad se hubiesen

mostrado y saber lo que pasaba, y aun porque ya les iba

faltando la comida, porque no comían sino maíz en gra-

no cocido y alcaparra y algún poco de queso, porque el biz-

cocho y cecina que en Panamá (y después en la Gorgona)

habían tomado se les había ya gastado. Empero no se

partieron por aguardar el Presidente algunos navios á

quien dejase la orden que habían de llevar. Y así estuvo

cuatro días esperando hasta que llegaron los navios del

mariscal Alvarado y del adelantado Andagoya, y otro en

que traía provisiones de respeto Juan Gómez de Añaya,

proveedor de la armada.

Es tan baja esta bahía que todos los navios que á ella

llegan en menguante encallan, pero sin peligro alguno de

abrirse por ser de lama, aunque algunas veces acaece

trastornarse; y así lo hizo el de Mariscal, que, si no fuera

por el socorro que con barcos y la galeota se le dio, ca-

yera de lado. Ordenóse que luego todos echasen en tie-

rra las bestias que habían quedado vivas, y que lo mismo

hiciesen los otros navios que allí llegasen, por causa que

en los navios no había maíz aun para la gente, y también

porque desembarcados dellas mejor pudiesen navegar; y

encargóse á Juan Pérez de Vargas (Capitán que había sido

del Virrey en la de Quito) que los llevase por tierra á

Guayaquil tan despacio como se requería, saliendo tan

flacos y fatigados é habiendo de ir de allí adelante sola-

mente con hierba.

Señaláronse cuatro navios que fuesen por la costa

hasta los Quiximines (que son unos esteros ó restaña-

deros de la mar que entran á diez y más leguas dentro y

HISTORIA DEL PERÚ

341

hacen toda aquella tierra de tantas cinagas y tan panta-

nosas que por ninguna manera se puede andar) para que

allí tornasen á tomar las bestias y las pasasen seis leguas

por la mar que de ancho duran aquellos destañaderos,

y mandó el Presidente que se repartiese por los navios

la provisión que Juan Gómez de Añaya traía, porque

toda la gente venía con hambre. Mandó asimismo que en

un navio pequeño que atrás venía, volviese Gómez Orcz-

co con cartas para el adelantado Benalcázar y el licencia-

do Almendáriz á llevarlas por la Buena Ventura, en que

los avisaba como iba ya por la costa del Perú, y encar-

gaba al Adelantado se llegase todo lo que pudiese á

Quito, porque él acudiría por aquella parte á desembara-

zarle camino de Pedro de Puelles, y al licenciado Almen-

dáriz que diese priesa á enviar la gente de la manera que

le había escrito; y para lo hacer dejó al Mariscal y á Juan

Gómez de Añaya. Aquí, en esta Isla, se proveyeron de

agua, la cual allí se toma desde los navios en creciente

de mar y no en menguante (que es contrario de lo que se

hace comúnmente en las entradas de los ríos en la mar)

y es la causa por que el río que entra en aquella bahía cae

buena pieza de allí de una sierra y después va muy llano,

y así, cuando la mar crece hasta donde cae de la sierra,

recibe el agua salada á la dulce encima, y así se va hasta

la bahía; y cuando es menguante, como el río viene llano,

al tiempo que se junta en la bahía con la salada mézclase

con ella.

Tomada, pues, el agua, continuó su camino el Presi-

dente en la galera y el Adelantado en su navio; y después

que fueron partidos llegaron las naos á la bahía, y des-

cargándose de las bestias las entregaron al capitán Juan

Pérez conforme á la instrucción que el Presidente había

dejado, y venían tan faltos de mantenimientos, y eran tan

pocos los que podían tomar del navio de Juan Gómez de

Añaya que estuvieron en mucha confusión, pareciéndoles

que no podrían llegar á Puerto Viejo con ellos si no des-

cargaban gente que se fuese á su ventura por tierra bus-

cando maíz ó raíces que comiesen (como en muchos des-

cubrimientos en aquella tierra se ha hecho). Y teniendo

342

HISTORIA DEL PERÚ

determinado de echar los negros y muchachos y otra gen-

te inútil para la guerra, y no con poca pena, entendiendo

que era echarles allí como á la muerte, pues todos los

más se creía que morirían antes de llegar á Puerto Vie-

jo, llegó á esta sazón el capitán Gómez Arias, que los

de la Audiencia de los confines enviaban, en cumplimien-

to de lo que el Presidente les había escrito, con un navio

cargado de maíz, tocino, cecinas y alpargates. Del cual

pudieron proveerse de todo lo necesario sin vaciar gen-

te, y dieron maíz para que las bestias comiesen en el ca-

mino, y así vituallados se partieron en seguimiento del

Presidente, dejando los cuatro navios en los Quiximines,

los cuales después de pasadas las bestias hicieron lo

mismo.

CAPÍTULO LXXIV

Cómo el Presidente llegó á Manta y allí tuvo nueva de la

reducción de los pueblos y gente por el Rey, y teniendo avi-

so que Pedro de Puelles enviaba gente contra los de Gua-

yaquil, envió á Pablo de Meneses á hacer gente y lo que

más el Presidente hizo y proveyó.

Llega el Presidente al puerto de Manta y dánle nueva de los pueblos

que se han reducido.—Dan nueva al Presidente de otros pueblos

que se han reducido.—Propiedad del pan de maíz.—Escribe el Pre-

sidente á muchas partes su llegada.—Llega mensajero de Guayaquil

y da nueva que el pueblo está desamparado.—Envía Gasea gente

en íavor de los de Guayaquil.—Escribió Gasea á Pedro de Puelles.

Procuró el Presidente cuanto fué posible navegar en

la galera la vuelta de Puerto Viejo, mas por causa de no

se poder meter en ella á la mar por andar alta y ser la

costa de muchas quebrazones y puntas para no poder se-

guramente navegar en la noche, érales forzado surgir

cada tarde, y desta manera iban siguiendo á la galera el

navio del Adelantado y otros dos que habían tomado en-

cima de la bahía, los cuales habían llegado casi junto con

ella al puerto de Manta, donde supieron la reducción de

Trujillo, Piurá, Guayaquil y Puerto Viejo, que les dio

grandísimo contento. Luego el Presidente despachó á

Puerto Viejo, haciendo saber su llegada, de donde con

mucha presteza y alegría vinieron la justicia y Capitán

que por su Magestad habían puesto cuando se redujeron,

344

HISTORIA DEL" PERÚ

y con ellos otros muchos, y les llevaron refrescos y man-

tenimientos, de que tenían harta necesidad. Y estos más

particularmente informaron de la reducción, y de como

Diego de Mora, Juan de Saavedra, Gómez de Alvarado y

Juan Porcel estaban en Cochabamba con golpe de gente

aguardándolos para se juntar con ellos.

Luego encargó el Presidente á algunas personas de

aquellos que sabían bien la tierra, que fuesen á los Quixi-

mines á ayudar á Juan Pérez de Vergara á traer las bestias

á Puerto Viejo, y llevasen maíz para ellas y comida para

los que viniesen con ellas. Y asi mismo ordenó que fue-

sen por todos aquellos lugares de indios donde se coge

mucho maíz á recogerlo y traerlo, y hacer que se trajese

todo el más pan cocido que se pudiese hacer dello. Por-

que aunque en todo el Perú (y comúnmente en todas las

partes donde se come maíz) el pan que dello se hace no

se puede bien comer sino reciente, el de aquella parte se

detiene tanto como el pan de trigo; y en esto pusieron to-

dos mucha diligencia y proveyeron de mucho maíz en

grano y cocido y de mucho pescado (que en aquella costa

se toma) y aves de las de España y carne de puerco. Por-

que en aquel tiempo aun no había en aquella comarca va-

cas, ovejas ni cabras, porque en esta sazón se comenza-

ban á criar.

De aquí escribió el Presidente su llegada á Guayaquil,

Piurá, Trujillo, y á los que estaban en Cochabamba, ani-

mándolos y diciendo que lo mismo ellos hiciesen á todos

los otros pueblos y partes del Perú. Escribió asimismo á

Hernán Mexía creyendo ya habrían llegado él y Lorenzo

de Aldana y los demás á Lima, y que volverían con el ga-

león la costa abajo conforme á la instrucción que en Pa-

namá les había dado; encargó este despacho á Esteban

Jiménez, vecino de Puerto Viejo, y estando ya aparejando

para le enviar al paso de Guayaquil, y que de allí en una

balsa pasase treinta leguas de mar á Túmbez, y desde allí

fuese por tierra dando cartas, llegó un mensajero que ha-

cían desde Guayaquil áPuerto Viejo diciendo cómo los que

en aquel pueblo habían quedado le habían desamparado

y pasádose con sus haciendas é mujeres é hijos á la costa .

HISTORIA DEL PERÚ

345

que estaba hacia Puerto Viejo, dejando la otra que estaba

á la parte de Quito, porque Pedro de Puelles enviaba so-

bre ellos y pedían socorro á los vecinos de aquel pueblo.

Porque es de saber que al tiempo que Lorenzo de Aldana

y los otros capitanes llegaron á Trujillo y se alzó bande-

ra en aquel pueblo por su Magestad, venía un criado de

Pedro de Puelles de Lima por Trujillo y vio lo que allí

pasaba, y cómo Piurá estaba por su Magestad. Y enten-

diendo cómo los de Guánuco, Chachapoyas y Bracamo-

ros salían á juntarse con Diego de Mora, cómo fué llega-

do á Quito díjolo á su amo y aconsejóle que pues estaba

de todas partes tan cercado, no se quisiese perder, sino

que hiciese lo que aquéllos habían hecho. Pedro de Pue-

lles se enojó tanto por lo que le dijo, que estuvo por

darle de puñaladas, y luego procuraron hacer más gente

y crecer della las dos banderas que allí tenían Pedro de

Salazar y Diego de Ovando. Y suiplólas á cada uno de

doscientos hombres con intento de guardar aquello ó irse

á juntar con Gonzalo Pizarro. Y sabiendo después lo que

en Guayaquil y Puerto Viejo se hizo y que habían muer-

to los tenientes de Pizarro, envió contra ellos con gente

á Lunar, vecino de Quito, y habiendo este mensajero en-

tendido en Puerto Viejo la llegada del Presidente, había

llegado á darle la nueva.

Sabido, pues, por el Presidente luego á diligencia hizo

que Pablo de Meneses con su nao y otras tres que eran

llegadas, tomase cantidad de la gente de Puerto Viejo y

de la de la armada, que en mejor disposición venía y fue-

se á favorecer y defender los de Guayaquil, y que fuese

con él Esteban Jiménez, para que de allí continuase su

viaje á dar las cartas y despachos que con él enviaba. Y

que asimismo fuese don Antonio de Garay (grande amigo

de Pedro de Puelles) á persuadirle se redujese al servicio

de su Magestad. Y para ello el Presidente escribió á Pe-

dro de Puelles, ofreciéndole no sólo perdón de lo pasado,

pero gratificación de lo que hiciese, y así partieron luego

para Puerto Viejo, para hacer lo que el Presidente les

había mandado, puesto que en este tiempo ya á Pedro de

Puelles le habían muerto, como se dirá.

CAPÍTULO LXXV

Cómo el capitán Pedro de Solazar y otros mataron en

Quito d Pedro de Puelles y se redujo la ciudad al servicio

del Rey, y sabiéndolo el Presidente, envió provisión de Ca-

pitán y Justicia mayor al capitán Solazar.

Tratan de matar á Pedro de Puelles.—Muerte de Pedro de Puelles.—

Redúcese la ciudad de Quito al Rey.

Después que Pedro de Puelles despachó la gente con-

tra Guayaquil, considerando Rodrigo de Salazar (1), su

Capitán, y de quien mucho se fiaba, y otros sus soldados

lo que en servicio de su Magestad habían hecho los otros

pueblos, comunicaron entre sí y trataron de matar á Pe-

dro de Puelles. Fueron, pues, en este concierto, Morillo

Tirado y Hermosilla y otros algunos soldados de quien

más confianza Salazar tenía; y estando ya todos bien pre-

venidos, entró el capitán Salazar un domingo muy de

mañana á visitar á Pedro de Puelles, el cual aún no era

levantado, y entrado el Capitán en su cámara, le dijo Pe-

dro de Puelles: "¿Qué hay por acá, señor Capitán, tan de

mañana?,,. Salazar respondió que venía para se ir con él

á misa, y que Morillo le había rogado le entrase á supli-

car le hiciese volver una cierta india que se le había to-

mado, y que si era servido que él entraría á darle la ra-

íl) El nombre de éste en el epígrafe es Pedro de Salazar y no Ro-

drigo como consta en el texto.

34S

HISTORIA DEL PERÚ

zón de su demanda. Pedro de Puelles dijo que entrase en

buen hora, que con tal tercero no se podía dejar de ha-

cer todo lo que pidiese. Salazar entonces le llamó por su

nombre, y él entró muy comedido, con la gorra en la

mano, y comenzó á explorar su petición, y en diciendo

dos palabras arremetió á él denodadamente y comenzóle

á dar de puñaladas, y al mismo punto entraron Tirado y

Hermosilla y otros, y diéronle de estocadas y matáronle.

Luego salieron fuera con las espadas desnudas y arcabu-

ces con mechas encendidas, dando voces y apellidando

¡Viva el Rey y mueran traidores! Y aunque el otro Ca-

pitán y su Alférez y otros que con él se hallaron salieron

contra el capitán Salazar y sus aliados, no fueron parte,

antes fueron algunos muertos y el pueblo reducido á la

voz de su Magestad. Luego fué cortada la cabeza á Pe-

dro de Puelles, y se puso en el rollo donde él había pues-

to la del virrey Blasco Núñez, y porque Lunar, con la

gente que llevaba, no hiciese algún daño en Guayaquil

despachó el capitán Salazar (á quien el pueblo había he-

cho su Capitán y Justicia mayor por su Magestad) un men-

sajero escribiéndole que volviese luego con la gente que

llevaba, sin hacer daño á nadie, y darle la obediencia

como á tal Capitán y justicia, y ansí lo hizo; y este men-

sajero pasó delante á dar la nueva á Guayaquil de lo

sucedido en Quito, y sabido por Pablo de Meneses, que

á la sazón aquí llegó, envió este mensajero á Manta á dar

la nueva al Presidente, con que él y todos mucho se hol-

garon así por la parte que era Pedro de Puelles como por

que el adelantado Benalcázar y los del Nuevo Reino po-

dían venir á juntarse con el Presidente sin impedimento

alguno. Luego escribió el Presidente á Quito al capitán

Salazar y á los del pueblo loándoles lo que habían hecho y

haciéndoles saber su llegada, y envió á Salazar provisión

de Capitán y Justicia mayor por su Magestad en aquella

ciudad, encargándoles que á Benalcázar y su gente y á

la del Nuevo Reino (que por allí vendrían) avisasen y les

enviasen las cartas que el mensajero llevaba en que les

daba cuenta donde quedaba y lo sucedido en Quito y en

los otros pueblos, mandando que estuviesen á punto para

HISTORIA DEL PERÚ

349

cuando los enviase á llamar. Escribió también á Pablo de

Meneses recogiese todo el maíz que en la Puna y en la

comarca se pudiese haber, y con ello y las naos se fuese

á Túmbez, donde, con el ayuda de Dios, sería con él muy

en breve.

CAPÍTULO LXXVÍ

Cómo el Presidente llegó al puerto de Túmbez y las cosas

que allí proveyó.

Manera de enfermedad de verrugas como mal francés.—Razón por que

se causa esta enfermedad.—Llega el Presidente á Túmbez.—Llega

Manuel de Carvajal á Gasea y dale la embajada de los de Arequi-

pa.— Especialísima gracia del Presidente Gasea.—Halla el Presi-

dente en Túmbez mensajeros de diversas partes.—Lo que hizo y

despachó Gasea.—Dio Loaysa al Presidente relación de lo sucedido

y envióle á Quito.

Habiendo el presidente Gasea enviado á la ciudad de

Quito la provisión de Capitán y Justicia mayor al capitán

Rodrigo de Salazar, y hecho limpiar y dar sebo á los na-

vios, mandó sacar dellos todos los que venían enfermos

(que eran muchos) y que los llevasen á Puerto Viejo para

que allí se curasen. Porque allende, la dolencia y flaqueza

que traían, les dio allí un mal de verrugas tan grandes

como una nuez y mayores que nacen en las puntas de las

narices y en las cejas y en la barba, de un humor entre

negro y bermejo que, al tiempo que se hacen y días des-

pués, dan dolores como mal francés; y así, los que las tie-

nen, dan voces y se quejan, y suelen durar tres y cuatro

meses hasta que se van marchitando y se resuelven, y

quedan los que las han tenido después con buena dispo-

sición. Dícese que este mal, y otros que en aquel paraje

hay se causa por estar debajo la línea equinoccial, donde

352

HISTORIA DEL PERÚ

en el cielo debe haber algunas constelaciones que lo cau-

san, que por ventura allí tienen más fuerza que en otras

partes.

Habiendo, pues, proveído esto, y recogido el maíz en

grano y bizcocho que pudieron y dado orden y encargado

á los vecinos de allí que proveyesen de lo necesario á

Juan Pérez de Vergara para las bestias que traía y fuesen

con ellas al paso de Guayaquil, y estuviesen allí hasta en-

viar por ellas, en veintitrés de Junio se partieron de aquel

puerto, y con la buena navegación que tuvieron llegaron

en seis días á Túmbez á gran pieza de la noche, donde

halló el Presidente á Pablo de Meneses, que con sus na-

vios, y Manuel de Carvajal, mensajero de Arequipa, con

su fragata, aquel día habían llegado. Manuel de Carvajal

se llegó luego á la galeota y dio al Presidente la embaja-

da que traía de los de Arequipa; yasimismo dio relación de

todo en lo de arriba sucedido, y como los de Arequipa se

iban á juntar con Diego Centeno. El Presidente le hizo ale-

gres recibimientos (que cierto en esto tenía especialísima

gracia) agradeciéndole mucho su trabajo y peligro en que

se había puesto por venirle á dar tan alegre y buena nue-

va. Y atento que su vuelta de Arequipa por mar no era

segura ni lo era tampoco la ida (si de allí iba á juntarse

con sus vecinos) el Presidente mandó que fuese en su

compañía por tierra, para que, cuando llegasen en parte

segura, pudiese partir con la respuesta. Y otro día de ma-

ñana (dejando quien guardase los navios y galeota) se

desembarcaron en balsas que para aquello allí hay de los

* indios, porque, á causa de ser de muy gran tumbo el mar

de aquel puerto ordinariamente, no se puede desembar-

car en él sino de mañana, que anda más manso, y en

aquellas balsas que, por ser más anchas, no zozobran

como los bateles. Empero, con todo esto, no faltaron mu-

chos de ser bien mojados y aun algunos que corrieron

riesgo de ser ahogados.

En llegando el Presidente á Túmbez halló que le

estaban esperando mensajeros de diversas partes de Lo-

renzo de Aldana y Hernán Mexía y de los que Cocha-

bamba, de Diego de Mora, Juan de Saavedra y Mercadi-

HISTORIA DEL PERÚ

353

lio y de la ciudad de Quito. El Presidente los recibió

con mucho amor y dio buen despacho á todos, escri-

biendo á todas partes la nueva de su llegada á aquel

puerto, mandando lo que en cada parte se había de ha-

cer; envió á Guayaquil para que los caballos y bestias

se trajesen con brevedad, escribió á Quito para que

Pedro de Salazar viniese con la gente á juntarse con él, y

también á Benalcázar y licenciado Almendáriz para que

se trajesen ó enviasen solamente la gente que de su vo-

luntad quisiese venir y que no hiciese falta en las granje-

rias ni defensa de sus gobernaciones, y que fuese de ma-

nera como en el camino no hiciesen daño ni desorden

alguno, y envió á don Antonio de Garay para que vinie-

se con esa gente. Luego, en llegando, dio provisión de

Capitán y Justicia mayor de Piurá á don Juan de Sando-

val y mandó que residiese allí, así para la defensa del

pueblo como para tener siempre aviso de Gonzalo Piza-

rro, por ser aquel pueblo buena comarca para ello.

Halló el Presidente, entre otras personas que. allí en

Túmbez le esperaban, al padre Baltasar de Loaysa, que

le dio entera relación de todo lo de la tierra, y persua-

dióle para que no mandase venir la gente de Santo Do-

mingo y Nuevo Reino ni de otra parte alguna, dándole

muchas razones para ello y afirmando que todos los veci-

nos que estaban con Gonzalo Pizarro le dejarían luego

que viesen su presencia. Y de algunos dellos dio cartas

que traía al Presidente, el cual mandó que Loaysa fuese á

Quito con una instrucción que le dio para el capitán Sa-

lazar, y á él mandó que residiese en Quito y detuviese la

gente que viniese de Bogotá y del Nuevo Reino. Tam-

bién llegó en esta sazón á Túmbez el padre Juan Rodrí-

guez, que venía del Cuzco de parte de Diego Centeno,

avisando al Presidente lo que había hecho en el Cuzco, y

supo que era ya partido é ido á recoger la gente de Are-

quipa que traía el capitán Jerónimo de Villegas.

TOMO II.

23

CAPÍTULO LXXVII

Cómo el Presidente se partió de Túmbez, y de las cosas

que en el camino hizo y proveyó, y cómo llegó á Jauja con

su compañía, y los que allí halló, y los que más fueron

llegando.

Va desde Túmbez por tierra el Presidente.—Llegan al Presidente Ven-

tura Beltrán y otros.—Las cosas que ordenó el Presidente.—Llega

el Presidente á Piurá.—Intento y consideración del Presidente Gas-

ea.—Llega el Presidente á Trujillo.—Llega el Presidente á Jauja.

Después que el Presidente hubo estado algunos días

en Túmbez, habiendo hecho y ordenado lo que hemos re-

ferido, partióse por tierra, y con él don Jerónimo de Loay-

sa (Obispo de los Reyes) y el general Hinojosa y el ma-

riscal Alvarado, habiendo ya enviado los capitanes y

gente que fuesen por mar á Paita. Y llegado al campo de

Casacaos despachó mensajeros con cartas para Lima y el

Cuzco, y en este camino llegó Ventura Beltrán, que había

Gonzalo Pizarro enviado á guardar el puerto de Guaura,

y habíase de allí venido con Hernando Alonso, Diego del

Castillo, Juan de Agreda y Alonso de Esquivel. Vino tam-

bién Juan Porcel á comunicar el camino que él y los de-

más capitanes habían de llevar, al cual luego el Presi-

dente despachó para Caxamalca, dando la orden por do

habían de ir, mandando que Juan Porcel fuese delante de

la gente que había de ir por la sierra para allanar y adere-

zar el camino y proveer de lo necesario. Mandó que la

gente de armada fuese parte della por la mar hasta el

356

HISTORIA DEL PERÚ

paraje de Trujillo, y la otra viniese por Piurá y á Caxamal-

ca para que, juntada con la de los capitanes, caminase por

la sierra hacia Lima y el Cuzco y tras ella por el mismo

camino la de Quito. Ordenó que él y el Obispo de Lima

y el mariscal Alvarado, con alguna gente de caballo, fue-

sen por los llanos, así por dar calor y ánimo á los del

Cuzco como por tener proveído lo de Lima cuando por la

sierra llegase la gente y que hubiese ya salido*de Lima,

de manera que no hubiese necesidad de detenerse des-

pués de llegados. Mandó que el General fuese por la sie-

rra porque la gente fuese por más orden y concordia, y

porque con su bondad se excusase de dar molestia á los

naturales.

Ordenó y mandó que todas las naos que de Paita qui-

siesen volver á Panamá se les diese licencia, y que á ellas y

á todas las demás las dejasen venir con mercaderías, pues

la mar y puertos ya estaban por su Magestad, con que la

Justicia de Panamá y oficiales reales no dejasen venir en

ellas sino mercaderes y marineros, y que las otras naos

pasasen adelante y llevasen la gente que había de ir por

mar, y que quedase á proveerlas Juan Gómez de Añaya.

Prosiguiendo, pues, el Presidente por tierra su camino

llegó á Piurá, do llegó el licenciado Sánchez con cartas

de Lorenzo de Aldana y los demás capitanes y de muchos

•vecinos de Lima y de Guamanga en que le decían cómo

Gonzalo Pizarro iba más de sesenta leguas de Lima, y

que aguardaba á Juan de Acosta para juntarse con él para

ir sobre Diego Centeno. Luego el Presidente salió de

Piurá, y, prosiguiendo su camino, á media jornada antes

de Copi, llegó Gaspar de Rojas con cartas de Aldana y

Hernán Mexía. El general Hinojosa se partió para Caxa-

malca, como el Presidente lo había ordenado, por el ca-

mino que llevaba la gente de la armada para efecto de ir

con todo el campo (así de la armada como capitanes de

Caxamalca y Quito) á salir por la sierra á Jauja, y el Pre-

sidente con el Obispo y Mariscal y capitán Mercadillo

partió con ochenta de á caballo para la ciudad de Truji-

llo para ir á Tampoa y de allí á Guailas, y por la sierra

salir á Jauja; y porque le pareció que sería bien ponerse

HISTORIA DEL PERÚ

357

brevemente en Jauja para dar calor á Diego Centeno y á

los que estaban con la voz de su Majestad y á los que

quisiesen acudir á ella y desanimar á Gonzalo Pizarro y

los de su valía, por esto el Presidente enviaba de conti-

no mensajeros á solicitar al general Hinojosa se diese

priesa á caminar con el campo para que llegase á tiempo

con él y su compañía á Jauja. El intento del Presidente

en mandar que la gente fuese por la sierra, allende otras

buenas consideraciones que para ello tuvo, fué porque no

entrando la gente en Lima se excusaban grandes gastos

é importunidades que antes de salir de la ciudad la gente

le daría, que eran cosas que se debían huir, no sólo por

que el gasto sería mayor más aún por no haber dinero

alguno de su Magestad, que todo lo había llevado Gon-

zalo Pizarro, y asimismo los mercaderes y vecinos y es-

tantes llegaron tan robados y necesitados que no tenían

posibilidad de dar ni de prestar cosa alguna.

Antes de llegar á Trujillo envió el Presidente á Gas-

par de Rojas á Lima, y escribió el camino que el General

y campo llevaban por la sierra, y el que él y su compañía

llevaban para Trujillo, Santa, Guadas y Jauja, encomen-

dando mucho que con toda brevedad saliesen todos de

Lima á juntarse con ellos en aquel puerto, y que Lo-

renzo de Aldana quedase en el gobierno de la ciudad y

guarda de la armada y puerto, para proveer lo que de .

allí fuese menester al ejército y otras partes, porque le

pareció ser cosa necesaria é importante que tal persona

quedase para cosa de tanta importancia y calidad. Pues,

esto así ordenado, prosiguió su camino con el Obispo y

los demás de su compañía, y llegando á Trujillo vino allí

Alonso de Alarcón con cartas de Lima y luego prosiguió

hasta Santa y de allí tomó el camino de la sierra y ende-

rezó hasta Jauja, adonde, llegado que fué, halló al capi-

tán Palomino con cien soldados de su compañía, é asi-

mismo eran llegados los capitanes Juan Porcel, Mercadi-

11o y Hernán Mexía y los licenciados Carvajal y Polo, y

don Pedro Cabrera con su gente, que por la tormenta

había venido por Quito, Vasco de Guevara y el capitán

Cáceres y otras personas con ellos, y luego fueron en-

35S

HISTORIA DEL PERÚ

trando Martín de Robles, el adelantado Andagoya, y Juan

de Saavedra, y Gómez Arias con sus compañías, y Serna

y Pardavé con la gente de pie de los de Diego de Mora,

y Francisco de Olmos con la suya. Lo cual ahora deja la

historia hasta su tiempo por contar el suceso de Gonzalo

Pizarro y Diego Centeno.

CAPÍTULO LXXVIII

Cómo Diego Centeno tuvo nueva de la venida del presi-

dente Gasea, y Alonso de Mendoza y Juan de Silvera se

juntaron con él con ciertas capitulaciones, y Francisco de

Carvajal ahorcó al padre Pantaleón y otras personas.

Llega Juan de Mazuelas y da nueva cómo la armada se ha entregado

al Presidente.—Llega el padre Márquez con el perdón general.—

Los capítulos que envió Alonso de Mendoza á Diego Centeno.—

Acepta Diego Centeno los capítulos.—Llega Alonso de Mendoza y

vánse todos al desaguadero.—Dan garrote á León.—Ahorca Car-

vajal al padre Pantaleón.

Después que la gente de Arequipa se juntó con Diego

Centeno, vino don Martín de Guzmán al campo del Rey,

y dijo á Diego Centeno que venía en su seguimiento

gente de la Villa de Plata, y que habían cortado la puen-

te del desaguadero. Luego se proveyeron corredores que

fuesen á correr el campo y á hacer aquella puente, que

estaba más de treinta leguas de aquel sitio, y que estu-

viesen allí algunos soldados de guardas para que diesen

el aviso de lo que hacían Alonso de Mendoza y Juan de

Silvera. Vino en este tiempo al campo Juan de Mazuela,

(hermano de Gómez Calavantes, vecino de Lima), que se

había huido de Gonzalo Pizarro, y dio nueva cómo la ar-

mada de Pizarro se había entregado al presidente Gasea,

el cual había llegado á Túmbez, y que Lorenzo de Alda-

na estaba con los navios en el puerto de Lima. Estaba

entonces Diego Centeno en Hayohayo, y holgáronse

360

HISTORIA DEL PERÚ

todos mucho con esta nueva, y sosegáronse muchos que

tenían malas voluntades. Empero, como no llevaba cartas

ni testimonio alguno, no se le daba entero crédito.

Mas de ahí á diez días llegó el padre Márquez con car-

tas y testimonios y el poder del Presidente y perdón gene-

ral con que dio á todos grandísimo contento. Luego hizo

Diego Centeno juntar toda la gente é hízoles un largo ra-

zonamiento, recibiendo las nuevas dando muchas gracias

á Dios por ello, y exhortándolos al servicio del Rey, y

envió las cartas y testimonios con Luis García San Mames

y el arcediano Rodrigo Pérez á Alonso de Mendoza, lo

cual fué causa que más presto viniesen, porque luego en-

viaron ciertos capítulos á Diego Centeno que contenían:

Que por cuanto Alonso de Mendoza traía mucha gente

que había servido á Pizarro y aun robado á los servido-

res del Rey, que no les pudiesen pedir oro, ni plata, ni ca-

ballos, ni armas, ni otra cosa alguna, y que asimismo

Alonso de Mendoza había de ser General de su gente y

Centeno de la suya. Diego Centeno aceptó los capítulos,

y como pasasen algunos días y no venían, quiso (con

acuerdo del Obispo del Cuzco, que venía en su compa-

ñía) ir sobre Alonso de Mendoza. Y estando ya casi de

partida llegó Juan de Silvera que dijo cómo Alonso de

Mendoza venía con su gente, y sabiendo que ya llegaba

cerca Centeno le salió á recebir, y se recibieron con mu-

cho amor. Traía consigo Alonso de Mendoza más de tres-

cientos hombres; luego acordaron irse al desaguadero y

allí fortalecerse, é así el real se alzó de Hayohayo y se

fué á poner al desaguadero, donde un fulano León habló

en secreto á Juan de Silvera y le persuadió que matase á

Diego Centeno y á otros servidores del Rey y se alzase

con la gente en favor de Gonzalo Pizarro. Juan de Silve-

ra se imaginó que León le tentaba por consejo de Diego

Centeno, y así fué luego á él y se lo dijo, agraviándose

mucho del. De que resultó que á León se le dio garrote

aquella noche, é otro día siguiente amaneció puesto en

un palo con un letrero que decía: "por amotinador,,. Pa-

sáronse en este comedio cuatro soldados de Pizarro á

Diego Centeno y el capitán Antonio de Ulloa que iba á

HISTORIA DEL PERÚ

361

Chile, y dieron nueva cómo Gonzalo Pizarro y Acosta

venían, y que Francisco de Espinosa había salido delante

á correr. Luego proveyó Centeno que Alonso Alvarez de

Hinojosa saliese á correr el campo con treinta de caballo,

y dando la vuelta dieron nueva cómo venían á Chicuito y

que serían hasta quinientos.

Informado, pues, Diego Centeno de su venida y cuán-

tos serían, hizo escrebir al Presidente lo sucedido y el es-

tado presente, dando particular cuenta cómo Alonso de

Mendoza y Silvera se la habían juntado, y que tenían

consigo más de novecientos hombres, lo cual escrebió

juntamente con el Obispo del Cuzco, y las cartas se en-

viaron con el padre Pantaleón, el cual, luego que se par-

tió, fué tomado por los corredores de Pizarro, y Francis-

co de Carvajal le ahorcó con las cartas y el breviario al

cuello, y á otro soldado que estaba recogiendo comida le

tomaron asimismo y le ahorcó sin confesión, y lo mismo

hizo Carvajal de otros seis que tomaron.

CAPÍTULO LXXIX

De lo que hizo Gonzalo Pizarro después que supo que Alon-

so de Mendoza se había confederado con Diego Centeno, y

del rompimiento de la batalla de Guarina.

Envía Pizarro un mensajero á Diego Centeno.—Lo que Centeno escribe

á Gonzalo Pizarro.—Deja Diego Centeno el sitio fuerte por atajar

á Pizarro.—Habíanse los corredores unos á otros.—Está Diego

Centeno muy enfermo.—Viene Juan de Acosta á matar á Centeno.

Hace razonamiento el Obispo del Cuzco á la gente.—Orden de la

gente de Centeno.-Ordena Carvajal la gente de Pizarro.—Va el

padre Herrera á requerir á Diego Centeno.—Ardid de Francisco de

Carvajal.—Manda Carvajal, de industria, disparar á algunos arca-

buceros.—Huye Bachicao y pásase á la parte de Centeno.—Avisa-

do ardid de Carvajal.—Queda el campo y la victoria por Gonzalo

Pizarro.

Sabido por Gonzalo Pizarro cómo Alonso de Mendo-

za se había confederado con Diego Centeno, y que esta-

ba junto á la laguna Titicaca, por do él tenía intención

de pasar para irse á Chile ó á la entrada de Diego de Ro-

jas, enderezó para allá su camino (aunque dicen fué con

intento de darle de lado) y envió delante á Francisco

Boso con cartas y mensaje para Diego Centeno, en que

le traía á la memoria las cosas pasadas, persuadiéndole

que se juntase con él, y que, haciéndolo, pidiese todo lo

que quisiese para sí y su familia. Llegado, pues, este

mensajero á Centeno, y siendo del bien recibido, escri-

bió á Pizarro con mucho comedimiento, reconociendo las

364

HISTORIA DEL PERÚ

buenas obras que del había recibido, y persuadiéndole

dejase su pretensión y que se redujese al servicio del Rey,

que haciéndolo le sería buen tercero para con el Presi-

dente.

Vuelto el mensajero á Gonzalo Pizarro, como le di-

jese la intención de Centeno, no quiso ver las cartas, y

así las rompió públicamente, y de allí fué prosiguiendo

su camino para las Charcas con propósito de desmentir

el camino y colarse (que así Carvajal se lo había confesa-

do) fué Diego Centeno avisado desta determinación con

que Pizarro venía, y habiéndolo consultado con sus ca-

pitanes y con el Obispo del Cuzco, don fray Juan Solano

(que con él venía) acordó dejar el sitio tan fuerte como te-

nía y atajarle aquel paso, necesitándole á batalla, y así co-

menzó á caminar con todo su campo bien en orden. Yendo

asimismo con él el Obispo del Cuzco, con su cruz y una

bandera pequeña con un letrero, y con sus clérigos y frai-

les para animar la gente, y estando ya á dos leguas el un

campo del otro, todos se pusieron en arma y se vieron y

hablaron los unos corredores á los otros, y aquella noche

siguiente toda la gente estuvo en escuadrón fuera de los

toldos, si no fué Diego Centeno, que venía muy enfermo,

y estaba seis veces sangrado. Estando, pues, desta suer-

te, vino secretamente á la media noche Juan de Acosta

con treinta arcabuceros, con intento de matar á Diego

Centeno (por que ya sabían que allí estaba) y puesto que

tomó una centinela y llegó á los toldos, unos negros die-

ron arma y así dispararon sus arcabuces, y aunque luego

puso confusión en la gente, Juan de Acosta se volvió sin

hacer otro efecto.

Otro día por la mañana, veinte de Octubre de cuarenta

y siete, el Obispo dijo misa, y muchos clérigos y frailes de

los que con él venían, y muchos confesaron y comulgaron,

y á toda la gente hizo el Obispo un razonamiento exhor-

tando y animándolos para la batalla, exagerando mucho la

crueldad y tiranía de Gonzalo Pizarro y de Francisco de

Carvajal, que hasta los clérigos y frailes sacerdotes se ex-

tendía. Y acabada su plática, de ahí á dos horas, todos se

pusieron en escuadrón y comenzaron de marchar sus ban-

HISTORIA DEL PERÚ 365

deras tendidas en esta manera: Hízose un escuadrón de

quinientos piqueros, y á los dos lados del escuadrón cien-

to y sesenta arcabuceros, y los demás tenía el capitán Ne-

gral para sobresalientes. De la una parte del escuadrón iba

el maestro de campo Luis de Rivera y Jerónimo de Ville-

gas con la gente de Arequipa, y Alonso de Mendoza con

la gente de la Villa de Plata, y por la otra parte de la infan-

tería iban otros dos estandartes de á caballo, de que eran

capitanes Pedro de los Ríos y Antonio de Ulloa, y mandó-

se que el escuadrón de á pie rompiese con la infantería de

Pizarro y que los capitanes Jerónimo de Villegas y Alon-

so de Mendoza rompiesen con la gente de á caballo, y

que Pedro de los Ríos y Antonio de Ulloa rompiesen con-

tra el escuadrón de infantería en favor del escuadrón de

infantería de Centeno. El cual iba en unas andas, por su

dolencia, y un paje par de sí le llevaba el caballo, y Ervás,

un soldado viejo, gran hombre de guerra, iba asimismo

en unas andas por estar tollido de gota.

Estaba la gente de Pizarro (que serían quinientos) al

pie de una sierra en que había trescientos y veinte arca-

buceros diestros, y que traían buenos arcabuces y buena

y mucha pólvora refinada, la cual no tenían los de Cente-

no, sino poca y que no valía nada. Estos, pues, ordenó

Francisco de Carvajal de dos en dos, con orden que los

seis tirasen y los seis cargasen. Puso la gente de caballos

de tres banderas que traía en un escuadrón de ochenta

y cinco hombres, y entre ellos cuarenta arcabuceros; eran

capitanes de á caballo Gonzalo Pizarro, el licenciado Ce-

peda y el bachiller Guevara. De la gente restante hizo es-

cuadrón de piqueros, de ,que eran capitanes Hernando

Bachicao, Juan de Acosta y Juan de la Torre.

Estando desta suerte envió Gonzalo Pizarro al padre

Herrera que hablase á Diego Centeno y al Obispo del

Cuzco para que le dejasen pasar sin batalla, y que si no lo

quisiesen conceder requiriese á Diego Centeno y protesta-

se contra él todo el daño que della se recreciese. El Cape-

llán fué luego con una imagen de un crucifijo en la mano,

empero no le dejaban llegar entendiendo que iba á reco-

nocer la orden para tomar ventaja en la suya, hasta que

366

HISTORIA DEL PERÚ

Diego Centeno envió por él, y habiéndole oído le mandó

detener en la tienda del Obispo.

Estando, pues, ordenada la gente de ambas partes,

había seiscientos pasos de distancia de los unos á los

otros, y el campo de Pizarro comenzó á caminar hasta

cien pasos y muy á espacio é hizo alto; y los de Centeno,

paso á paso, hicieron lo mismo y estuviéronse quedos.

Viendo Carvajal que el campo de Centeno estaba parado

pesóle mucho dello, y para los provocar mandó salir al-

gunos arcabuceros sobresalientes y mandó marchar la

gente muy á espacio no más que diez pasos. Y en esto ya

habían salido treinta arcabuceros de los sobresalientes á

escaramuzar con los'de Pizarro; y en esta sazón los de

Centeno comenzaron á ir marchando, y viendo esto Ervás

(que iba en sus andas) dijo á voces: "¡alto, alto!, conse-

jo, consejo,,. El padre Domingo Ruiz y otros respondie-

ron: "¡á las manos, á las manos! ¡á ellos, á ellos!,, E así

fueron marchando apriesa, lo cual viendo Carvajal man-

dó disparar de industria á algunos pocos arcabuceros, y

los dq Centeno comenzaron luego á disparar de golpe sin

hacer efecto alguno porque había más de trescientos pa-

sos de distancia; el escuadrón de Centeno de la infante-

ría fué marchando tan recio que á algunos se les caían las

picas é iban tropezando y cayendo. Y cuando desta ma-

nera se acercaron, que no había de ciento y veinte pasos

arriba de unos á otros, mandó Carvajal que toda su ar-

cabucería descargase de golpe; y de la primera rociada

mataron más de cien hombres y dos capitanes, y de la

segunda mataron muchos y abrióse el escuadrón, per-

diéndose toda la orden.

Habían Alonso de Mendoza y Jerónimo de Villegas

acometido por un lado al escuadrón de caballo de Gon-

zalo Pizarro que estaban á la retaguardia de su gente de

pie, y Pedro de los Ríos y Antonio de Ulloa dieron por

el otro sin dar en la gente de pie como se les había man-

dado. Y fué de tal manera que casi derribaron toda la

gente de Pizarro que no quedaron diez en la silla. Y, como

hombres que tenían por cierta la victoria, comenzaron á

desvalijar los contrarios y rendirlos y quitarles las armas.

HISTORIA DEL PERÚ

367

Fué en este reencuentro derribado Gonzalo Pizarro, y

Garcilaso (que había quedado en la silla) se apeó y le dio

su caballo y le ayudó á subir, y el licenciado Cepeda es-

tuvo rendido. Hernando Bachicao, creyendo estar por

Diego Centeno la victoria se huyó y pasó á la parte de

Centeno; y en este comedio, como la infantería de Cen-

teno estuviese desbaratada sin venir á las manos, carga-

ron sobre la gente de caballo de Diego Centeno toda la

arcabucería de Pizarro, de tal suerte, que los derribados

y rendidos hubieron lugar de rehacerse y revolvieron con-

tra los que habían sido vencedores y andaban muy traba-

jados y revueltos, porque los de Centeno se mantenían

valerosamente. Llegó luego allí Carvajal, y como los vio

tan revueltos, llamó á todos los arcabuceros y díjoles:

"Ea, señores, á todos, á todos, á amigos y á enemigos, que

así conviene,,. E así lo hicieron, de tal manera, que de los

unos y de los otros fueron muchos heridos y muertos; y

como los que se mantenían de caballo no serían más que

ciento y vieron desbaratada toda su infantería que no ha-

bía quien los pudiese hacer pie que se huían, hicieron

ellos lo mismo, quedando el campo y la victoria por Gon-

zalo Pizarro. Diego Centeno, y el padre Vizcaíno y otros

se huyeron (que después aportaron á Lima) y el Obispo

fray Juan Solana se huyó con parte de gente al Cuzco. El

saco que hubo fué grande, que se dijo ser de más de un

millón y cuatrocientos mil pesos; fué la más sangrienta

batalla que hubo en el Perú; murieron de la parte de Cen-

teno trescientos y cincuenta, y más de otros tantos heri-

dos, y de los capitanes, Luis de Rivera, Diego López de

Zúñiga, Retamoso, Negral, Pantoja y Diego Alvarez, y

muchos vecinos y soldados. De la parte de Pizarro, más

de ciento y hubo muchos heridos.

CAPÍTULO LXXX

De lo que se hizo después de la batalla, y de la manera que

pelean los de caballo en el Perú, y las cosas que Gonzalo

Pizarro proveyó y se fué á la ciudad del Cuzco.

Crueldad de Francisco de Carvajal.—Cruel y desvariada manera de

pelear.—Ahorca Carvajal al hermano del Obispo y un fraile y á

otros.—Manda Pizarro traer presas las mujeres de los vecinos de

Arequipa.—Mata Juan de la Torre á Juan Vázquez de/Tapia y al

licenciado Martel.—Mata Carvajal á Hernando Bachicao.

Reconocida, pues, la victoria y huidos los de Centeno,

andaba Francisco de Carvajal con dos negros que con

porras hacía matar á los que en el campo quedaban heri-

dos; fueron muchos los que desta manera mató y todos

los muertos fueron muy de prestos puestos en carne por

los indios y negros del real. Había también más de cin-

cuenta caballos muertos sin los que quedaron heridos,

hubo grandes y mortales heridas de lanzada de los de ca-

ballo. Porque aquí, aunque muy pocos traen en el Perú

arnés ni ristre, háse hallado en aquella tierra una nueva,

cruel y desvariada manera de pelear los de caballo; y es

que traen lanzas de fresno gruesas y largas metidas en

unas bolsas de cuero, las cuales cuelgan en unas correas

muy recias asidas del arzón delantero, que dan vuelta

por el pecho del caballo, y cuando caminan llevan enar-

bolada y acontada la lanza en aquella bolsilla, y cuando

se han de encontrar, meten la lanza debajo del sobaco y

requiérenla en la bolsa; y como las correas vienen por

TOMO II. 24

370

HISTORIA DEL PERÚ

debajo del pecho del caballo, es el encuentro con toda la

fuerza del caballo, y así la lanza ceba y ha de pasar al ene-

migo ó derribarle y muchas veces á él y á su caballo, y si

queda sana la lanza y el de caballo es para ello, después

de hecho el encuentro ó errado, ejecuta como jinete. Y

para cumplir con estos dos oficios, cabalgan largos y no

tanto como hombres de armas, y traen sillas jinetas como

de la brida. Esta invención hallaron los de Chile, y se

dice haberla inventado un clérigo que andaba con ellos.

Volviendo, pues, á la historia, acabada la batalla fué

Francisco de Carvajal con algunos de á caballo dando al-

cance á los huidos, especialmente por ver si podía alcan-

zar al Obispo, de quien mostraba tener mucho enojo por

haber ido con Diego Centeno y hallándose en la batalla,

y cierto si le tomará no le perdonara la vida. El Obispo

se escapó huyendo, y como Francisco de Carvajal no le

pudo haber, ahorcó á Jiménez, su hermano, y á un fraile

su compañero, y á otros, y volvióse á Gonzalo Pizarro, el

cual mandó luego recoger y curar los heridos y enterrar

algunos muertos y repartió la tierra entre su gente, ha-

ciéndoles grandes ofertas y ofrecimientos. Luego proveyó

que Dionisio de Bobadilla fuese con alguna gente á Villa

de Plata y las minas á recoger todo el oro y plata que

hallase, y á Diego Carvajal el galán, mandó que fuese á

la ciudad de Arequipa é hiciese lo mismo. Y como Piza-

rro y Carvajal estaban enojados de los vecinos de Are-

quipa por lo que habían hecho, mandaron á Diego Car-

vajal que trújese presas todas las mujeres de aquellos

que contra Pizarro habían sido. Otro día después de la

batalla, proveyó que Juan de la Torre fuese al Cuzco con

cuarenta arcabuceros. El cual, en el camino, mató á al-

gunos de los de Centeno, y llegado al Cuzco, luego ajus-

tició á Juan Vázquez de Tapia, alcalde, y al licenciado

Martel, y mandó que todos los de Centeno que á la ciu-

dad hubiesen llegado se viniesen á poner debajo de la

bandera, so pena de muerte, y perdonóles todo lo pasa-

do, si no fuese á los que hubiesen hecho cosas señala-

das. También envió Gonzalo Pizarro á Pedro de Bustinza

con alguna gente para que fuese á Andaguaylas y tomase

HISTORIA DEL PERÚ

371

los caciques de aquella comarca, y los tuviese presos por

que proveyesen el campo de comida. Y de ahí á algunos

días Gonzalo Pizarro se vino al Cuzco, haciéndole Juan

de la Torre gran recibimiento, por ser la primera ciudad

en que entraba después de la victoria de Guarina, que

decían habérsela Dios milagrosamente dado. Y en el ca-

mino en Juli (pueblo del Rey) mató Carvajal á Hernando

Bachicao diciéndole chistes y donaires, y fué porque en

la batalla se había pasado á Diego Centeno.

CAPÍTULO LXXXI

De lo que más hizo Gonzalo Pizarro en el Cuzco, y cómo

Diego Carvajal trajo las mujeres de Arequipa al Cuzco, y

lo que él y Viezma hicieron con dos mujeres casadas, y

cómo Francisco de Carvajal mató á doña Marta de Calde-

rón, mujer del capitán Jerónimo de Villegas.

Ahorca Francisco de Espinosa á.Alarcón y á Viera.—Ahorca en los

Charcas á un alguacil y un regidor.—Quemó seis indios.—Fuerza

Carvajal una mujer casada de Arequipa y ella toma rejalgar.—

Viedma tuvo acceso á otra mujer casada y matóse con solimán.—

Mata Francisco de Carvajal á Doña María Calderón.—Gracioso di-

cho de Diego de Carvajal sobre la muerte de Pedro de Puelles.

Luego que Gonzalo Pizarro entró en el Cuzco prove-

yó que Francisco Espinosa (natural de Valladolid) fuese

con treinta arcabuceros á Arequipa y á las Charcas, y lle-

gando á la ciudad de Arequipa ahorcó á Alarcón, vecino

de aquella ciudad, y un Viera portugueses, por servidores

del Rey, y llegado á los Charcas ahorcó á un alguacil y

un regidor, por ser oficiales de su Magestad, y robó se-

tenta mil pesos á particulares y recogió cuarenta hom-

bres y vínose con ellos (aunque llegó después de la bata-

lla de Xaquixaguana) y quemó seis indios en el camino

porque dieron aviso á españoles de su venida y se habían

huido. Estando Gonzalo Pizarro en el Cuzco llegó Diego

de Carvajal (natural de Placencia) á la ciudad de Arequi-

pa é hizo muchos y malos tratos á las mujeres de los ve-

374

HISTORIA DEL PERÚ

cinos y las robó de todo lo que tenían, hasta los vesti-

dos; y porque la mujer de Diego García de Alfaro se es-

condió puso á tormento la madre, y la amenazó que se le

daría si no dijese de su hija, y de miedo de se lo dijo; y

después que la tuvo en su poder se aprovechó della car-

nalmente y por fuerza (según ella decía) y de afrentada

del caso tomó rejalgar para matarse, y estando ya muy al

cabo y cercana la muerte, vivió .con remedios que la hi-

cieron. Asimismo Antonio de Viezma (natural de Ubeda,

alférez del licenciado Cepeda) que fué con Diego Carva-

jal, tuvo también acceso con uña casada, mujer de vecino

de allí, y llevada al Cuzco se mató con solimán, estando

preñada, por lo que con Viezma había pasado.

Traídas, pues, todas las mujeres de Arequipa á la ciu-

dad del Cuzco, dijeron á Gonzalo Pizarro que doña Ma-

ría Calderón, mujer del capitán Jerónimo de Villegas, ha-

blaba mucho, y que decía que muchas más victorias ha-

bían alcanzado los romanos y que al fin se habían perdi-

do, y que mucho mejor se perderían los que eran tiranos

contra su Rey. Por lo cual fué Francisco de Carvajal una

mañana á su casa y estando ella en la cama, la dijo: "Se-

ñora comadre (porque á la verdad lo era) ¿no sabe cómo

la vengo á dar garrote?,, Ella pensó que se burlaba con

ella y le dijo que era un borracho y que ni aun de burlas

quería que se lo dijese, que se fuese con el diablo. Final-

mente, Carvajal hizo que dos negros la ahogasen, y así

muerta la hizo colgar con una soga de su misma ventana.

Había en este tiempo sabido Gonzalo Pizarro la muerte

de Pedro de Puelles y cómo Rodrigo de Salazar le había

muerto con Morillo, Tirado y Hermosilla, y estándolo con-

tando dijo- Diego Carvajal que á Pedro de Puelles perros

le habían despedazado como á Anteón; lo cual decía

porque Morillo y los demás eran nombres de perros, y sus

nombres propios casi no había en el Perú quien los su-

piese. Dejando, pues, por agora á Gonzalo Pizarro en la

ciudad del Cuzco, diremos lo que el Presiderite hacía

en el valle de Jauja.

CAPÍTULO LXXXII

De las cosas que el Presidente hizo y proveyó después que

llegó al valle de Jauja, y de la mucha diligencia y cuidado

que en todo ponía, y la querella de Diego de Urbina contra

Rodrigo de Salazarsobre la muerte de Pedro de Puelles.

A todos admira la solicitud, diligencia y'gracia del Presidente.—Sabe

Gasea la rota de Centeno y siéntelo y disimula.—Las cosas que hizo

y proveyó el licenciado Gasea.—Querella de Diego de Urbina con-

tra Rodrigo de Salazar.—Desafía Urbina á Salazar sobre la querella.

Respuesta de Salazar.—Conciértalos el Presidente.

Después que el presidente Gasea llegó al valle de

Jauja, luego despachó cartas y mensajeros á todas partes,

dando priesa á todos los capitanes para que acudiesen con

la gente allí donde él estaba. Y en pocos días se juntaron

mil y quinientos hombres, y á todos recibía el Presidente

con grandísimo amor y les hacía muchos ofrecimientos

y promesas; y viendo tanta gente consigo era cosa de ver

la diligencia que traía en hacer fraguas, buscar y traer he-

rreros que hiciesen y aderezasen arcabuces, y á cortar pi-

cas, y, finalmente, en hacer todo género de armas y pro-

veer de lo necesario á todos; todo lo cual hacía con tanta

gracia y buena manera que á todos admiraba, porque ver-

daderamente parecía que toda su vida se hubiese criado

y ejercitado en la guerra. Tenía gran solicitud y cuidado

de visitar de continuo el campo y todo lo que se hacía, y

de curar los enfermos; y hacía y proveía tantas cosas que

376

HISTORIA DEL PERÚ

parecía cosa imposible poderlo hacer un solo hombre;

porque de tal manera tenía cuenta con cada una cosa des-

tas y lo solicitaba como si de otra cosa alguna no tuviera

cuidado; con lo cual, en muy poco tiempo, ganó la vo-

luntad á todos y le tenían mucho amor y todos le desea-

ban agradar y servir. Vínole en esto la nueva del desba-

rato de Diego Centeno, y, cierto, sintiólo mucho (como

era razón) mas él disimuló y en lo público mostraba no

hacer caso dello ni tenerlo en nada. Luego proveyó que

el capitán Mercadillo y Lope Martín, con treinta de á ca-

ballo, fuesen á descubrir y correr el campo la vuelta del

Cuzco, y que, pasados de Guamanga, fuesen delante cuan-

to la disposición de los negocios lo sufriesen, y procura-

sen saber de Diego Centeno y por dónde iba y recogiesen

los que se habian huido. Luego envió al mariscal Alvaro

á Lima para que ayudase á Lorenzo de Aldana á sacar la

gente y traerla con brevedad, y dióle una provisión y una

carta para enviar á Lima por el camino de la Nasca á Die-

go Centeno, para que si acaso por allí hubiese aportado

desbaratado supiese cómo el Presidente estaba en Jauja

y se viniese á juntar con él y trújese á la gente que pu-

diese, y mandó traer toda la artillería que había en la

ciudad de los Reyes. También despachó al capitán Pa-

lomino que se fuese con cincuenta arcabuceros de su

compañía para juntarse con el capitán Mercadillo y con

los que de Centeno viniesen, y todos fuesen á Guaylas á

dar calor y á animar á los indios para que se fuesen á

Pizarro y le alzasen los mantenimientos, y asimismo para

que defendiesen que los de Pizarro no llevasen los caci-

ques, y que ellos los recogiesen á Guaylas, por razón

que quien tiene los caciques tiene los avisos y los indios

y los mantenimientos, porque si los enemigos llevasen el

mantenimiento y destruyesen aquella comarca, el ejérci-

to real padecería mucha hambre cuando allí llegase.

Era venido en este tiempo Rodrigo de Salazar con la

gente de Quito, y Diego de Urbina mostraba tener pasión

y enojo por haber muerto Rodrigo Salazar á Pedro de

Puelles, y decía que antes que le matasen tenía ya orde-

nado Puelles de reducirse al servicio del Rey, y que con

HISTORIA DEL PERÚ

377

él y con otros lo tenía tratado y concertado que había de

ser un día de fiesta que venía muy cerca. En el cual día

Pedro de Puelles había de hacer un gran convite y ban-

quete á muchas personas, y que estando allí todos jun-

tos, había de hacer la reducción con mucha solemnidad y

ceremonia; y que esto, estando así concertado, el mismo

Urbina lo había dicho en poridad y secreto á Rodrigo de

Salazar, como á grande amigo suyo que entonces era;

y que, por razón que siempre él había servido y segui-

do á Gonzalo Pizarro y entendía que si Pedro de Pue-

lles hacía reducir la gente á él no se darían gracias

algunas ni del se acordaría el Presidente, se había él

anticipado y urdido de matar á Pedro de Puelles y decía

que no lo hiciera Salazar si no entendiera que Puelles

se quería reducir; y ser esto así verdad que él lo haría

bueno y lo combatiría á Rodrigo de Salazar, y decía estas

cosas Diego de Urbina con mucha instancia y con cólera.

A esto respondía y satisfacía Rodrigo de Salazar diciendo

que lo que Urbina decía haberle á él descubierto sobre la

reducción que había de hacer Pedro de Puelles era así

verdad y se lo había á él dicho, mas que él le había

muerto porque sospechó que dilatarlo como lo dilataba

para aquel día de fiesta era entretenimiento para no ha-

cerlo; y con esta respuesta Diego de Urbina se satisfizo

y el Presidente los acordó loando y aprobando lo que Sa-

lazar había hecho, y decía, que allende que lo hecho es-

peraba bien á lo por hacer, con cualquier ocasión se pu-

diera mudar Puelles de hacer buen propósito.

CAPÍTULO LXXXIII

Cómo Lope Martin prendió á Pedro de Bustinzay á los que

con él estaban en Andaguaylas, y el Presidente nombró Ca-

pitanes y Oficiales de guerra y partió con el campo de Jauja

para Guamanga.

Acomete Lope Martín animosamente contra Pedro Bustinza y los suyos.

Pándense á Lope Martín y ahorca dos hombres.—La manera como

el Presidente ordenó su campo.—Siete capitanes de caballo.—Trece

capitanes de infantería.—Los obispos, religiosos y sacerdotes que

seguían el campo.—Tiene el Presidente en Xaquixaguana mil y no-

vecientos hombres.

Caminando el capitán Mercadillo y Lope Martín con

la gente que llevaban, en pasando de Guamanga les die-

ron nueva que Pedro de Bustinza (vecino del Cuzco) es-

taba en el Tambo de Andaguayla con veintitrés hom-

bres, y que tenía preso al cacique principal. Diéronles

esta nueva cinco leguas antes del campo y era ya tarde.

Luego el capitán Lope Martín tomó quince soldados con-

sigo de los que llevaban, y adelantóse, y fué aguijando

con ellos de manera que á la media noche llegó al campo,

y desviándose del pasaron adelante camino del Cuzco, y

apeáronse y revolvieron sobre el Tambo, donde estaban

veintidós hombres de Pizarro y por su capitán Pedro de

Bustinza, y vieron tres dellos que estaban á una lumbre

en vela. Lope Martín arremetió á ellos con doce que lle-

vaba que le habían seguido, diciendo á voces: "¡Viva el

380

HISTORIA DEL PERÚ

Rey, y mueran traidores! „ Y fingiendo que el capitán Mer-

cadillo venía allí, decían: "Señor capitán Mercadillo, cer-

que vuestra merced todo el campo con su gente, porque

no se nos vayan estos traidores,,. Y con esto, y con dis-

parar en los que de Pizarro allí estaban, los hicieron re-

traer á una cámara donde queriéndolos poner fuego se les

rindieron y los quitaron las armas y lo ataron muy bien;

y luego, á la mañana, Lope Martín ahorcó dos dellos que

eran corzos que confesaron haber muerto en la de Guari-

na diez hombres de Centeno y que habían siempre estado

con sus arcabuces al estribo de Pizarro. Lope Martín ha-

bía muerto otro en la revuelta cuando entraron en el cam-

po. Esto hecho Lope Martín hizo soltar once dellos, que

eran de los de Diego Centeno, y los demás los dejó des-

pués en poder de la justicia de Guamanga, y con Pedro

de Bustinza se volvió á Jauja.

En este tiempo volvió el Mariscal de Lima (donde

el Presidente le había enviado) y envió delante mucha

gente y artillería de campo, municiones y armas, y que-

dábanse aprestando más de otros cien hombres que es-

taban casi á punto para venir. Luego el Presidente or-

denó su campo en esta forma: Que Pedro de Hinojosa

fuese General, y el mariscal Alvarado Maestre de cam-

po; el licenciado Carvajal Alférez general; Pedro de Vi-

llavicencio Sargento mayor; y siete capitanes de á caba-

llo, de cincuenta hombres cada uno, que fueron: don

Pedro Cabrera, Gómez de Alvarado, Juan de Saavedra,

Diego de Mora, Francisco Hernández, Rodrigo de Sa-

lazar y Alonso de Mendoza. Hiciéronse de tan pocos por-

que los capitanes pudiesen tener cuenta con su gente y

comunicarla y tener mejor recado de ella, y por el mismo

respecto se hicieron trece compañías de infantería, que

fueron Pablo de Meneses, don Baltasar de Castilla, Her-

nán Mexía de Guzmán, Juan Alonso Palomino, Gómez

de Solís, Francisco Mosquera, don Hernando de Carde-

nes, el adelantado Andagoya, Francisco de Olmos, Gómez

Arias, Juan Porcel, Valentín Pardaví y el capitán Serna,

y por capitán de artillería Gabriel de Rojas. Tenía consi-

go el Presidente al Obispo de Lima y los Obispos del

HISTORIA DEL PERÚ

381

Cuzco y Quito y al provincial fray Tomás de San Martín

y al Comendador provincial de la Merced, y otros muchos

sacerdotes, clérigos y frailes. Ordenado, pues, el Presi-

dente, su campo, llegó el padre vizcaíno Domingo Ruiz,

que salió de la batalla con Diego Centeno y traía carta

suya en que refería que había llegado á Hacari (setenta

leguas de Lima) con treinta y cinco hombres de á caba-

llo, y que él venía mejor, y que, en llegando á Lima y

proveyéndose, iría de allí en busca del Presidente.

En la postrer reseña que el Presideute mandó hacer

halló que tenía setecientos arcabuceros, quinientos pique-

ros, cuatrocientos de á caballo, y de allí hasta llegar á

Xaquixaguana se recogieron hasta número de mil y nove-

cientos hombres. Salió el Presidente del valle de Jauja

con el campo á veintinueve de Diciembre de cuarenta y

siete, y fueron caminando hacia Guamanga para tentar

por dónde habría menos peligro de pasar el río de Avan-

cay, habiendo ya enviado delante para lo prevenir a Pero

Alonso Carrasco y á Mesa y á Orihuela, vecinos del Cuz-

co, que por aquella parte tenían sus repartimientos, y

habiendo asimismo escrito al capitán Palomino y Merca-

dillo que estaban delante, avisándolos de su camino y lo

que debían hacer.

CAPÍTULO LXXXIV

En qué se pone el traslado de una carta que el Presidente

escribió para Juan de Espinosa en razón de otra carta que

Gonzalo Pizarro, muy en cólera, habla enviado á Juan de

Espinosa.

Carta del Presidente á Juan de Espinosa.

Entre las personas que el Presidente envió á Anda-

guaylas para ayuntar los caciques y los demás efectos, fué

á Juan de Espinosa, y estando allí haciéndolo, Gonzalo

Pizarro le había escrito una carta en que hacía grandes

amenazas al Presidente y que le haría andar los turdiones

al son del viento, y otras cosas semejantes. Y á Juan de

Espinosa le escribía un montón de villanías é injurias.

Juan de Espinosa reescribió á Gonzalo Pizarro con algu-

na cólera en respuesta de su carta, y el traslado de am-

bas cartas envióle al Presidente, el cual recibió estos tras-

lados y carta de Juan de Espinosa nueve días después que

partió de Jauja. Vistas, pues, las cartas, por el Presidente

respondió á Juan de Espinosa por una carta del tenor si-

guiente:

Del Presidente Gasea á Juan de Espinosa.

"Magnífico señor:

„Recebí su carta de dos del presente y juntamente la

que Gonzalo Pizarro le envió, y parece que la de Vm. tie-

ne el coraje que un bueno debe tener, y que la de Gon-

384

HISTORIA DEL PERÚ

zalo Pizarro muestra bien la bajeza de quien la escribió.

Porque aunque no concurriera otra cosa, para no escrebir

las vanidades é simplezas que en ella dice, sino su pro-

pia reputación, no las había de escrebir. Pero al fin no

puede disimular la bajeza que de su propio nacimiento

trae, y lo que en su crianza aprendió. Vm. no debe tener

pena, pues sólo él la había de tener de lo que escribe, si

entendiese la limitación que en las palabras de los bue-

nos debe haber; y así se lo pido por merced que no la

tenga, y que, continuando lo que siempre como hijodalgo

ha hecho en servicio de su Majestad, ponga diligencia en

allegar los caciques é indios de esa comarca, y hacer que

no acudan con mantenimientos á Gonzalo Pizarro, y en

tener espías, y hacer todas las otras diligencias que con-

vengan para saber lo que Gonzalo Pizarro hace, y nos dé

(en este poco de tiempo que dura nuestra ausencia) aviso

de todo lo que supiere. La priesa que en nuestro camino

nos damos verá por la que escribo á esos señores capita-

nes, y por eso no lo torno aquí á decir. Nuestro Señor con-

serve y aumente en su santo servicio la magnífica perso-

na de Vm. como desea.

„De Paucará, á nueve de Enero de mil y quinientos y

cuarenta y ocho, á lo que Vm. mande.—El licenciado

Gasea.,,

Por esta carta se puede ver cuánto cuidado tenía el

Presidente de cumplir con todos y agradarlos y con cuán-

ta prudencia lo hacía.

CAPÍTULO LXXXV

Como el Presidente llegó con el campo á Andaguaylas,

donde vino Diego Centeno y Benalcázar y el Oidor de

Guatemala, y como también llegó Valdivia de Chile. Pónese

la razón de su venida.

Llega Diego Centeno al campo.—Llega también Pedro de Valdivia de

Chile.—Juegan cañas y corren sortijas los del Rey.—La manera

como Pedro de Valdivia salió de Chile.—Los que metió consigo

Pedro de Valdivia.

Caminando el Presidente con su séquito llegó á Gua-

manga , donde proveyó cosas necesarias y despachó

mensajeros á diversas partes,'y de allí fueron poco á

poco á la puente de Bilcas con alguna necesidad de co-

mida, y holgáronse mucho de hallar hecha la puente, por

■que traían temor de los de Pizarro la hubiesen quemado,

que cierto lo pudieran fácilmente haber hecho, y, con cin-

cuenta arcabuceros que allí pusieran, estorbaran que no

se volviera á hacer. Pasada, pues, la puente de Bilcas,

pasaron á Andaguaylas y hallaron los capitanes y gente

que delante se habían enviado; y de allí á poco llegó el

adelantado Benalcázar con veinte hombres de á caballo.

Asimismo llegó Diego Centeno con sesenta de á caballo,

-con el cual el Presidente y todos los del ejército se hol-

garon mucho por su mucha bondad y lealtad en que

grandemente se había señalado. Luego también llegó Pe-

dro de Valdivia con ocho de á caballo que venía de

TOMO II. 25

336

HISTORIA DEL PERÚ

Chile, y el Presidente y todos se holgaron extremada-

mente, porque aunque con el Presidente estaban buenos

capitanes y gente, ninguno había tan práctico y diestro

como Valdivia, ni que así se pudiese igualar con la des-

treza y maña de Francisco de Carvajal. Luego llegó tam-

bién el licenciado Pedro Ramírez (Oidor de la Audiencia

de los confines) con doce hombres de á caballo que ve-

nían con él, y otros ciento y veinte quedaban atrás por-

que venían á pie, y tras éstos llegó el contador Juan de

Cáceres con mucha ropa y plata para el socorro de los

soldados, con que la gente se regocijó mucho. Y por la

venida de Valdivia y Centeno jugaron cañas y corrieron

sortija; aquí se detuvo el campo mucho tiempo por ser

en invierno y haber muchas lluvias, y donde adoleció

gran parte de la gente y algunos murieron, y fallecieran

muchos más si no fuera por el mucho cuidado que el

Presidente tenía de los enfermos, por cuya causa muchos

convalecieron; y porque cualquier discreto curioso lector

deseará saber la causa de la venida de Pedro de Valdi-

via, y que conviene para mejor entendimiento de la na-

rración de la historia, la quiero aquí poner, que fué desta

manera:

Estando el gobernador Pedro de Valdivia en las pro-

vincias de Chile, tuvo nueva cómo Gonzalo Pizarro esta-

ba alzado contra el servicio de su Magestad; y aun quie-

ren decir (y así es) que había recibido carta de Gonzalo

Pizarro, lo cual disimuló Pedro de Valdivia como si nada

supiera, y pidió prestado oro á las personas que entendió

que lo tenían, diciendo que quería este empréstito para

enviar á Francisco de Villagrá al Perú para hacer gente y

para acabar de hacer aquella conquista, y aunque lo pro-

curó mucho, ninguno le quiso prestar cosa alguna. Por lo

cual Pedro de Valdivia, disimuladamente, juntó á todos y

díjoles que, pues de su voluntad no le querían prestar el

* oro que les había pedido, se fuesen al Perú todos los que

quisiesen, que él les daba licencia para ello, por razón

que visto allá que llevaban oro se acreditase la tierra y

viniese gente á ella; y desta suerte muchos se dispusie-

HISTORIA DEL PERÚ

387

ron á venir al Perú y se fueron á embarcar al puerto de

Valparaíso (que es diez leguas de la ciudad de Santiago)

y con ellos Francisco de Villagrá, que era la persona que

del Perú había de volver con gente, y Valdivia quedóse

en la ciudad de Santiago; y ya que todos fueron par-

tidos y que entendió que estarían aprestados para hacer

su viaje, salió de noche secretamente y llegó á tiempo

que todos estaban embarcados y que habían hecho una

ramada á la lengua del agua. E allí Pedro de Valdivia

hizo guisar muy bien de comer y enviólos á convidar, que

serían hasta veinte personas, los cuales vinieron todos, y

acabada la comida hablólos encomendándolos mucho á

Francisco de Villagrá (que tenía en lugar de hijo) dicien-

do, que pues él iba con ellos á traer gente para defensa de

la tierra, les rogaba que si Villagrá tuviese allá necesidad

de algún oro, se lo prestasen. Todos prometieron de

hacerlo con gran voluntad. Lo cual hecho, Valdivia salió

de la ramada muy disimulado hacia la mar donde estaba

un barco, en el cual se entró y se fué al navio y tomó

todo el oro que llevaban, que sería más de ochenta mil

castellanos, é hizo asentar lo que á cada uno tomaba, y

metió luego consigo en el navio á Jerónimo de Alderete,

Gaspar de Villarroel, Juan de Cepeda y al capitán Jofre,

Luis de Toledo, don Antonio Beltrán, Diego García de

Cáceres, Vicente de Monte, Diego Oro y á su Secreta-

rio, ante quien hizo cierta protestación de cómo iba á ser-

vir á su Magestad contra la rebelión de Pizarro; y dejando

en tierra aquellos que tomó el oro, luego con esto se hizo

á la vela dejando por su teniente general á Francisco de

Villagrá; y llegados al Perú tuvo nueva cómo el Presi-

dente iba camino del Cuzco, y viniéronse derechos á

Lima, donde se proveyeron de todo ib necesario, y de

allí se fueron á Andaguaylas, donde sabían que todo el

ejército estaba esperando á que aflojasen las lluvias y en-

trase la punta del verano para allí caminar y dar fin á las

cosas de la guerra.

CAPÍTULO LXXXVI

Cómo el campo partió de Andaguaylas para el valle de

Auancay, donde se trató de hacer la puente de Aporima, y

lo que sobre esto se hizo.

Entran en consulta sobre hacer la puente.—Acuerdo de la consulta.

Ya que al Presidente le pareció que la furia del in-

vierno era pasada y que las lluvias habían cesado, habien-

do dado algún socorro á los soldados, partió con todo su

campo para el valle de Auancay, y llegó á la puente deste

valle que está veinte leguas del Cuzco, donde estuvo

sitiado tres días, por entender (si pudieran) el desinio

de sus enemigos, para mejor atinar el camino que de allí

debían seguir y á qué parte habían de caminar; y porque

Gonzalo Pizarro había hecho quemar todas las puentes

del río de Aporima por donde habían de pasar (que están

doce leguas del Cuzco) entraron en consulta para deter-

minarse en qué lugar y sitio harían la puente. Porque de

otra manera habían de caminar por otras partes más de

setenta leguas y por lugares incultos y despoblados y

faltos de comida, y estando determinados de hacer puen-

te se trató en qué sitio se harían que más cómoda fuese

y que el enemigo fuese menos parte para estorbar de ha-

cerlo; y habiéndose tratado y altercado mucho, después

de muchos y diversos pareceres, se acordó que á cuatro

partes se trajesen criznejas y materiales para hacer puen-

390

HISTORIA DEL PERÚ

tes, por desvelar á Gonzalo Pizarro que no supiese en

qué parte se debía de hacer, y si acudiese á una parte pu-

diesen acudir ala otra, y, siendo ya deste acuerdo, se de-

terminó que los cuatro lugares fuesen la una en el camino

Real y las otras en Cotabamba, Acha y Guachaca.

A Pedro Carrasco encomendaron con gente la del ca-

mino Real, y á Lope Martín la de Cotabamba, y á don Pe-

dro Puertocarrero y Tomás Vázquez la de Acha, y á Anto-

nio de Quiñones y Juan Julio de Ojeda de la Guachaca.

No se intentó de ir por el camino Real por los malos pa-

sos y dificultad de hacer allí la puente, y porque no había

comida desde allí al Cuzco, y, llegando faltos della, ne-

cesitábanse á dar batalla en el fuerte donde los enemi-

gos quisiesen esperar para darla, y no podían aguardar

tiempo alguno á los que se quisiesen venir del tirano á

servir al Rey; y así, por el consiguiente, parecía haber

dificultad en el paso por Acha y por Guachaca, de ma-

nera que la parte más cómoda parecía ser en Cotabamba;

y resumidos en esto, mandó el Presidente que Pedro Val-

divia, Gabriel de Rojas, Diego de Mora y Francisco

Hernández, fuesen á Cotabamba á ver el lugar donde se

debía hacer la puente y la salida que della había, y á in-

formarse qué tan lejos de la otra parte había agua, y de

los sitios que habría para sentar el Real y la disposición

para tomar lo alto de unas lomas que están pasada la

puente, donde se temía que vernían los enemigos á defen-

der la subida, ya que no defendiesen el hacer la puente

ni el paso della. Venidos, pues, estos capitanes, todos

fueron de parecer, y dijeron que se debía ir por Cota-

bamba, y dieron para ello muchas y bastantes razones.

Luego se escribió á Lope Martín para que tuviese á

punto las criznejas y materiales, avisándole que otro día

el campo marcharía para allá, y que no echase crizneja

alguna hasta que se le escribiese, porque los enemigos no

tuviesen lugar de entender que allí se hacía puente y vi-

niesen á impedir el paso ó la subida de la cuesta, echando

las criznejas antes que el campo llegara. Luego, asimis-

mo, se escribió á don Pedro Puertocarrero y á los que

HISTORIA DEL PERÚ

391

con él estaban entendiendo en los materiales de la puen-

te de Acha, que luego echasen dos criznejas en aquella

puente, así porque los enemigos entendiesen que porque

quería pasar el campo y se descuidasen de Cotabamba,

como también porque por aquellas criznejas pudiesen

llevar comida al real, cuando por la otra parte hubiesen

pasado. También se proveyó cómo nadie pudiese pasar el

río de Aporima para dar aviso á los enemigos, y para

esto se tomaron todas las cestas y balsas por donde los

indios pasan y se tuvieron en poder de personas que tu-

viesen cargo de enviar soldados confiados é indios para

tener aviso de lo que convenía.

CAPÍTULO LXXXVII

Cómo teniendo echadas tres criznejas el capitán Lope Mar-

tín á la puente, los de Pizarro quemaron las dos y el campo

fué allá, y á nado, y en una balsa, pasó gente de la otra

parte y se echaron las criznejas, y la puente se comenzó

á hacer.

Escribe Lope Martín que tiene echadas tres criznejas á la puente.—Di-

cen al Presidente que los de Pizarro han quemado las dos criznejas

y recibe mucha pena por ello.—Lo que acordó y ordenó el Presi-

dente.—Pasa parte de los del Rey por la puente.—Pasan muchos

caballos á nado, con mucho trabajo.

Habiendo ya el Presidente ordenado estas cosas, reci-

bió carta de Lope Martín, en que decía que ya tenía

echadas tres criznejas, y que el día siguiente, á medio

día, temía hecha la puente; y que, por tanto, el campo se

diese priesa á caminar, porque pudiesen pasar antes de

ser sentidos de los enemigos. Gran desabrimiento recibió

el licenciado Gasea en que se hubiese Lope Martín ade-

lantado á echar las criznejas, é hizo que el campo mar-

chase de allí á toda priesa, y mandó que fuesen delante

Valdivia y Palomino para que ayudasen á guardar la

puente y á hacer lo que conviniese. E yendo caminando

el Presidente, llegó fray Martín (lego de la orden de

Santo Domingo) y díjole cómo el día antes Lope Martín

había echado tres criznejas, y que la noche pasada habían

394

HISTORIA DEL PERÚ

llegado tres soldados de Pizarro con indios y habían

echado fuego y quemado las dos y que luego habían

huido. Recibió grandísima pena el Presidente desto, así

porque se había perdido autoridad de haber tenido tan

poco tiempo y prudencia en echar criznejas tan antes de

tiempo, como de haber habido tanto descuido en guar-

darla, y lo que mayor pena le dio fué creer que ya tenían

aviso los contrarios, y que en tanto que el campo llegaba

á la puente y se ponía en estado de pasar por ella, tenían

tiempo los enemigos de venir á estorbar que se hiciese, ó

á lo menos que no pasasen por ella; y que desta manera,

ó pasarían á gran riesgo ó serían forzados ir á pasar por

Acha, de que resultaría grandes inconvenientes y mucho

trabajo, y se perdería ánimo y reputación de su parte y lo

ganarían sus contrarios, y que también podrían tener no-

ticia del camino que habrían de llevar y les podrían es-

torbar el camino por Acha.

Consideradas, pues, estas cosas, parecía que el reme-

dio de todo estaba en la brevedad, y así acordó que tras

Valdivia y el capitán Palomino partiese luego el General

con las compañías de Pablo de Meneses y Hernán Mexía

(que eran arcabuceros) y procurasen (si fuese posible)

llegar á la puente aquella noche, así para procurar de

pasar en balsas de la otra parte para defender que no se

quemase la crizneja que quedaba, como también para

ayudar á estirar las criznejas y hacer la puente; y que asi-

mismo fuese Gabriel de Rojas con la artillería para que,

con los indios della y su industria, ayudase á las cosas de

la puente, y dio orden que otras compañías fuesen si-

guiendo al General, y disimulando el Presidente que salía

platicando cosas con el General se fué con él, y echán-

dole luego menos, los obispos y otras muchas personas

se partieron tras él, quedando el Mariscal en el campo; y

aquella noche fueron á la puente el General y sus capita-

nes Mexía, Valdivia y Palomino, é hicieron pasar á nado

sus soldados, que pasaron de la otra parte á gran riesgo,

y con esto y con disparar arcabuces toda la noche, así los

que estaban con el General como los de la otra parte, con

HISTORIA DEL PERÚ

395

esto no osaron llegar ciertos españoles é indios que de

parte de Gonzalo Pizarro vinieron á quemar la crizneja

que había quedado, y á derribar el pilar que estaba de

aquella parte.

El Presidente, con los obispos y otras personas, no

pudieron llegar aquella noche á la puente, aunque á pie,

con escuridad y despeñaderos, caminaron mucha parte del

camino hasta que, de cansados, pararon á media legua de

la puente; y aquella noche, luego que salió la luna, se

partieron á pie (que por ser áspero el camino no podían

ir cabalgando) y llegaron en amaneciendo á la puente.

Luego se dio gran priesa en Ja obra de la puente y se

echaron tres criznejas, y aquéllas y la que no se quemó se

estiraron y aderezaron, y aparejáronse también otras dos

para otro dia; y pusiéronse á punto todos los materiales

para tejer y solar la puente. Luego pasaron casi doscien-

tos hombres por una balsilla de maguéis (que es un palo

liviano como de cañahejas, aunque tan gordo como una

pierna de hombre) tirando gente de una parte y de otra

de dos gruesas sogas, y pasaron á gran trabajo y peligro,

trastornándose muchas veces la balsa con la gran co-

rriente del río, teniendo debajo los aue en ella iban, mas

plugo á Dios que ninguno peligró, y asimismo por el río

á nado pasaron aquel día muchos caballos aunque con

mucho trabajo, así por ser el río grande y furioso como

porque la entrada á él era muy áspera y alta y caían como

despeñados en el agua y así hartos perecieron. La gente

que estaba de la una parte y de la otra, todos tiraban y

trabajaban al poner y apretar de las criznejas, sin que el

Presidente ni Obispo ni otra persona quisiese tener privi-

legio para dejar de trabajar.

CAPÍTULO LXXXVIII

Cómo sabiendo Gonzalo Pizarro que la puente se hacía,

envió á Juan de Acosta con gente y lo que hizo, y la puen-

te se acabó de hacer, y por ella pasó todo el campo, y Gon-

zalo Pizarro envió á requerir al Presidente y lo que Car-

vajal aconsejó á Pizarro, el cual salló del Cuzco y asentó

su real en Xaquixaguana.

Envía Gonzalo Pizarro á Juan de Acosta con gente.—Pásase Juan Nú-

ñez de Prado y da aviso.—Retírase Juan de Acosta.—Envía caute-

losamente Gonzalo Pizarro dos clérigos al Presidente.—Intento y

motivo del Presidente.—El consejo que dio Carvajal á Gonzalo Pi-

zarro.—Respuesta de Pizarro.—Réplica de Francisco de Carvajal-

Dicho de Carvajal.—Asienta Pizarro su campo y el sitio que toma.

Teniendo Gonzalo Pizarro noticia cómo la puente se

había hecho en Cotabamba, envió á Juan de Acosta co-

nocimiento y cincuenta arcabuceros y treinta de á caba-

llo, el cual luego partió con intento de quemar la puente

y matar los que hubiesen pasado y defender que allí no

se volviese á hacer; y como vio que andaban corredores

del campo del Rey, adelantóse con solos cinco ó seis de

á caballo y dejó la otra gente puesta en celada, y pasan-

do adelante hizo muestra de se reparar, á fin de meter á

los corredores en la celada, y lo hiciera si no que Juan

Núñez de Prado (que venía con Juan de Acosta) puso las

piernas al caballo y pasóse á los corredores y dióles

398

HISTORIA DEL PERÚ

aviso, y con esto los corredores se fueron retrayendo y

dieron aviso á la gente que había pasado como Juan de

Acosta venía. Por lo cual, tomaron por fuerte un repues-

to é hicieron subir en los caballos indios y negros (por-

que ya casi todos los caballos habían pasado por hallarse

la gente más desembarazada á la mañana) y, dándoles las

lanzas y palos de los toldos, hicieron un buen escuadrón,

cubriendo las haces de las primeras hileras con los espa-

ñoles, y así cuando Juan de Acosta envió á reconocer la

gente, creyó que había número tan desigual que no los

osó acometer y se volvió por más gente; y entretanto el

Presidente dio priesa en acabar de hacer la puente, é hizo

pasar luego todo el campo. Otro día siguiente estaban

ya todos de la otra parte del río é asimismo se pasó toda

la artillería. Lo cual hecho, el General y Pedro de Valdi-

via fueron á tomar lo alto de la montaña, que había casi

dos leguas de subida, por causa de que si Gonzalo Piza-

rro se adelantase á hacerlo, les pudiera hacer gran daño

primero que subiesen, y diéronse mucha priesa á subir, y,

puestos en la cumbre, estuvieron en vela y en escuadrón

toda la noche novecientos hombres que con el Presidente

habían subido de á pie y de á caballo.

Venido, pues, el día, envió Gonzalo Pizarro trescien-

tos arcabuceros á Juan de Acosta, y teniendo aviso desto

elPresidente proveyó que el mariscal Alonso de Alvara-

do volviese al río para hacer subir la artillería y recoger

y traer consigo toda la gente; y como antes que el Ma-

riscal volviese asomaron las banderas de Gonzalo Piza-

rro, luego se puso el Presidente con los novecientos

hombres en orden de batalla para dársela; y como la

gente que de socorro había venido á Juan de Acosta eran

solos trescientos hombres arcabuceros, viendo la mucha

pujanza de los contrarios se retiró, y lo hizo saber á

Gonzalo Pizarro, y el Presidente estuvo en aquel sitio

tres días hasta que la gente y artillería acabó de subir

aquella gran cuesta. Tenía Gonzalo Pizarro en este tiem-

po gran congoja en no saber qué gente traía el Presiden-

te en su ejército, y él y los suyos lo deseaban mucho sa-

fflSTORIA DEL PERÚ 399

ber, pero fué tanto el recato y aviso que se tuvo desde

que el campo partió de Jauja, que no pudo tener remedio

para lo saber; y con este deseo, viendo cuanto le impor-

taba, determinó enviar dos clérigos al Presidente so color

de le requerir que no pasase adelante y que derramase la

gente hasta en tanto que su Magestad fuese informado

de lo que sus procuradores y del Reino pedían á su Ma-

gestad.

Llegaron, pues, los clérigos al Presidente un día an-

tes que partiese de aquella loma el campo, y entendido

por el Presidente el intento y desinio que traían, no los

dejó volver, antes mandó que estuviesen en el real hasta

que se les diese la respuesta de lo que pedían. Hizo esto

(allende otros motivos que tuvo) porque temió que sa-

biendo Pizarro la calidad y número de la gente que traía

podría dar lado y andarse con alguna gente cansando y

trabajando á los que les siguiesen y fatigando toda la tie-

rra; sabido, pues, por Gonzalo Pizarro que el Presidente

había tomado el alto de aquella gran cuesta, aconsejóse

con su maestro de campo Carvajal, el cual dicen que le

dijo que se retrajese de allí del Cuzco con los que tuviese

más prendados y más se confiase, y que, haciendo esto, él

les haría á los contrarios una guerra galana que fuese se-

ñor dé todo lo que quisiese hollar y lo gozase; y que si

li siguiesen, no comerían más que aquello que, pasando

ellos, les quisiesen dejar, y que desta suerte se manternía

hasta cansarlos ó hasta que del descontento naciese al-

guna novedad que, perseverando en la retraída, era im-

posible faltar. Gonzalo Pizarro rehusó este consejo di-

ciendo que se le imputaría á cobardía y dirían que como

cobarde había huido; y entendiendo esto Carvajal le dijo

que aquello no era huir sino retraer, y que los prudentes

y valientes capitanes no juzgaron jamás .perderse pundo-

nor en la retraída, y así le volvió á persuadir lo mismo,

diciendo: "Haga vuestra señoría lo que digo, y á estos

de Diego Centeno démosles sendas lanzas de centeno

y vayanse. Porque estos son rendidos y nunca serán bue-

nos amigos, y sin ellos nos estará muy bien el retraer,,.

400

HISTORIA DEL PERÚ

Finalmente, Gonzalo Pizarro dijo que quería probar

su ventura, pues siempre había sido vencedor y jamás

vencido; y así salió del Cuzco con novecientos hombres

de pie y de caballo, y más de los quinientos arcabuceros

y seis piezas de artillería; y vino á asentar su real en Xa-

quixaguana (cuatro leguas del Cuzco) en un llano al pie

del'camino por donde el ejército real había de pasar ba-

jando de la sierra; y era el sitio tan fuerte, que no le po-

dían acometer sino por una pequeña angostura que por

delante tenía; porque de una parte tenía el río y las cié-

nagas y por la otra la montaña y por espaldas una muy

honda cava; y desde allí siempre salían á escaramuzar

(tres días que allí estuvo antes de que la batalla se diese)

los unos con los otros, yendo marchando el campo del

Rey hasta hallar lugar y sitio seguro donde alojarse, más

adelante ó en el paraje que ellos estaban.

CAPÍTULO LXXXIX

Cómo el campo real se puso d vista del de Gonzalo Piza-

rro y bajó d lo llano jugando su artillería y haciendo daño

á los enemigos, y de la manera que el Presidente ordenó los

escuadrones para dar la batalla.

Hace mañosamente Pizarro retraer su gente.—Dispara el artillería de

Pizarro.—Disparan cuatro tiros los del Rey y ponen en confusión

á los de Pizarro.—Orden de la gente del Rey.—Dio la traza de los

escuadrones Valdivia.—Dicho de Carvajal.

Al tiempo que el ejército real venía decendiendo por

la cuesta abajo, temiendo Gonzalo Rizarro que la gente

desfalleciera viendo tanta ventaja en sus contrarios,

mandó retraer la gente detrás de un cerro que estaba

junto á su campo, fingiendo que lo hacía porque, viendo

el Presidente la buena orden y el número y calidad de

gente que tenía, dejaría de dar la batalla; y habiendo ya

pasado la gente y asentado su campo en un llano á vista

de los enemigos, sacó Gonzalo Pizarro toda su gente en

sus escuadrones, sacadas mangas de arcabuceros en orden

de dar batalla, y comenzó á disparar su artillería y arca-

bucería para que el Presidente lo viese y oyese; y, venida

la noche, acordaron Gonzalo Pizarro y su Maestre de

campo venir por tres partes á dar sobre el real. Lo cual

no hubo efecto porque se les huyeron dos soldados y en-

tendieron que habrían ya dado el aviso; y venido el día,

muchos arcabuceros de Gonzalo Pizarro subieron por el

camino de una loma para dar en el real; á los cuales sa-

lieron al encuentro Juan Alonso Palomino y Hernán

TOMO II. 26

402

HISTORIA DEL PERÚ

Mexía con trescientos arcabuceros, y con ellos Pedro de

Valdivia y Alonso de Alvarado y los hicieron luego vol-

ver más que de paso; y Valdivia y los demás hicieron

subir encima de la loma cuatro tiros de artillería y dispa-

raron á mucha furia, porque como la munición, así de pe-

lotas como de pólvora, iban sus cargas hechas, pudieron

hacerse muchos tiros que pusieron gran confusión entre

los enemigos, porque muchas pelotas dieron en medio de

la gente, y una dellas mató junto á Gonzalo Pizarro un

criado suyo que se estaba armando y mató otro hombre

y un caballo, que puso grande alteración en el campo y

abatieron todas las tiendas y toldos. Los tiros de Pizarro

comenzaron á asestar á lo alto de la loma, empero ningún

daño hicieron; y habiendo por allí bajado el ejército real,

luego se puso en orden con gran presteza y fué desta

manera: Un escuadrón de infantería de trescientas picas

y cuatrocientos arcabuceros, los doscientos y cincuenta

en dos mangas que llevaban los capitanes Juan Alonso

Palomino y los demás en la gente del escuadrón, porque

como tenían aviso que la gente de caballo de Gonzalo

Pizarro no pasaba de doscientos y la del ejército era mu-

cho más, pareció que no había para qué guarnecer este

escuadrón por los lados. A las espaldas deste escuadrón

iba el General con el estandarte real y tres banderas de

á caballo en buenos caballos y medianamente armados,

que todos serían doscientos y veinte. El cual, con la gente

de á caballo, había de hacer espaldas á este escuadrón

de infantería hasta que llegase á pelear, y entonces salir

á dar en la gente de caballo de los enemigos; item otro

escuadrón de doscientas picas y doscientos y veinte ar-

cabuceros, los sesenta en una manga que llevaba el ca-

pitán Valentín Pardave, y los otros sesenta donde la gente

de caballo de los enemigos pudiese venir á romper en él,

porque este escuadrón había de romper el lado del es-

cuadrón de la infantería de los enemigos que era uno

solo. La gente de caballo iba en dos escuadrones, el uno

de ciento y veinte y el otro de ochenta. A las espaldas

deste escuadrón menor iba junto á él un otro escuadrón

de cuatro banderas de gente de caballo que había en ellas

HISTORIA DEL PERÚ

403

ciento y cincuenta, y por capitán al adelantado Benalcá-

zar para que, luego que el escuadrón menor diese en los

enemigos, diese este de á caballo en el menor de caballo

de los contrarios. Iba el capitán Pablo de Meneses con

los arcabuceros de su compañía por sobresalientes, que

eran ciento y tantos. El capitán Alonso de Mendoza

quedó con su compañía de caballo (que eran más de cin-

cuenta) para que estuviesen á un lado fuera de los escua-

drones, y para que acudiesen á aquella parte que más ne-

cesidad tuviese, y estaba con el capitán Diego Centeno.

Los siete tiros se pusieron delante de los escuadrones

á la mano derecha, y los otros cuatro que bajaron de en-

cima de la loma y se pusieron á la izquierda (que era hacia

la parte que la loma estaba). En esta orden, pues, se puso

el campo con mucha presteza, porque la artillería de los

contrarios se iba acercando y podría hacer daño, y lle-

gándose el campo real, en esta orden, á los enemigos, se

puso en un lugar bajo (sitio bien dispuesto) donde de la

artillería contraria ningún daño se podía recebir, y junta-

mente con esto, debajo de la guarda de los sobresalientes

y de las dos mangas de los escuadrones de la infantería de

Alonso de Mendoza, se sacó por entrambos lados la arti-

llería. De manera que descubría los enemigos y daba en

ellos, y la de Gonzalo Pizarro ningún daño les hacía por

estar tan bajos, que todas las pelotas volaban por alto.

El mariscal Albarado llegó para socorrer y acudir á todas

partes y proveer lo que fuese necesario; y para el mismo

efecto llegó Pedro de Valdivia con el capitán Peña; fué

sargento mayor deste campo Pedro de Villavicencio. Iba

poniendo la gente en orden Pedro Alonso de Hinojosa,

como general della, habiendo dado la traza de los escua-

drones Pedro de Valdivia, á quien todos se rindieron en

esto; y así, cuando vio Francisco de Carvajal el campo

real, pareciéndole que los escuadrones venían bien orde-

nados, dijo: "Valdivia está en la tierra y rige el campo ó

el diablo».

CAPÍTULO XC

Cómo se rompió la batalla de Xaquixaguana y el Presi-

dente hubo la victoria, y Gonzalo Pizarro y su Maestre de

campo fueron presos, y de algunas cosas que dijo Francisco

de Carvajal.

Pásanse algunos de Pizarro al Rey.—Prenden á Pizarro y á Carvajal y

á otros.—Llevan á Pizarro al Presidente.—Lo que dijo el Presidente

á Pizarro.—Traen á Carvajal al Presidente.—Pláticas entre el Obis-

po del Cuzco y Carvajal.—Habla Carvajal á Diego Centeno.—Dicho

de Carvajal.—Virtud de Diego Centeno.—Lo que dice Carvajal á

Diego Centeno.—Los que murieron en la batalla y la consideración.

Tenía el Presidente Breve, á instancia de su Magestad, para ser

juez de causas criminales y no usa del y por qué razón.

Era lunes, nueve de Abril de mil y quinientos y cua-

renta y ocho, cuando abajado que fué el campo real de

la cuesta, encomenzándose á ordenar, se pasó á él Garci-

laso y un primo suyo con otros que con ellos huyeron,

que fué mucho desmán para Gonzalo Pizarro; y luego

tras éstos vino también huyendo el licenciado Cepeda, y

salió tras él, siguiéndole para detenerle Pedro Martín de

Sicilia y le alanceó el caballo, y si no fuera socorrido,

también á él le alanceara. Pasóse asimismo el bachiller

(que llamaban) de los Diez y el capitán Diego Guillen

con doce arcabuceros, y todos éstos decían al licenciado

Gasea que no diese aquel día la batalla, porque aquella

noche, sin falta, se le pasaria toda la gente ó la mayor

parte della; y aunque el Presidente temía la huida de

406

HISTORIA DEL PERÚ

Gonzalo Pizarro, todavía se determinaba de no se la dar

hasta ver si la gente dejaba de continuar en pasarse. Mas

como Gonzalo Pizarro y su Maestre de campo vieron

como se les iba poco á poco la gente, procuraron cami-

nar en el orden que tenían para sus contrarios. Lo cual,

viendo los sobresalientes y mangas del campo real, fué-

ronse allegando á los enemigos. Estando, pues, los cam-

pos casi juntos, los enemigos se desbarataron, y como

hombres perdidos y cortados, muchos se pusieron en

huida y entre ellos Francisco de Carvajal y Gonzalo Pi-

zarro, que ni fueron para pelear ni bien para huir, y así

luego se dio Gonzalo Pizarro á Villavicencio, sargento

mayor, á quien entregó las armas; y con él fueron presos

Juan de Acosta, Francisco Maldonado y el bachiller

Guevara y otros muchos. Gonzalo Pizarro fué llevado al

Presidente, á quien (siendo apeado) hizo su mesura. El

Presidente le quiso consolar juntamente con representarle

su yerro, á lo cual Pizarro se mostró obstinado y duro,

respondiendo que él había ganado aquella tierra, y, colo-

rando en alguna manera lo que había hecho, daba sus

disculpas; y habló de tal suerte, que forzó al Presidente

á responderle áspero, porque le pareció que convenía sa-

tisfacer á tantos como le oían; y le dijo que no le basta-

ba andar fuera de la fidelidad que debía á su Príncipe,

sino que aun en aquel tiempo se le quisiese mostrar in-

grato y obstinado; y que habiendo su Magestad hecho

merced á su hermano el Marqués de lo que le dio, con que

á él y sus hermanos había hecho ricos de muy pobres, y

levantándoles del polvo de la tierra, también lo descono-

ciese, especialmente que en el descubrimiento de la

tierra él no había hecho nada, y que su hermano, que lo

había hecho todo, había siempre mostrado bien cuan en-

tendida tenía la merced que su Magestad le había hecho,

no sólo mostrándosele fiel,, empero muy acatado; y sin

aguardar el Presidente que á esto le diese respuesta al-

guna, dijo al Mariscal que se le quitase de delante y le

entregase á Diego Centeno, á quien encargó su buen

tratamiento. Luego trajeron al Presidente á Francisco^ de

Carvajal (que en el alcance habían tomado caído en una

HISTORIA DEL PERÚ

407

ciénaga debajo de su caballo) al cual traía Pedro de

Valdivia; y venía tan cercado de gentes ofendidas que

le querían matar, que apenas el Presidente le podía de-

fender, y daba Carvajal á entender que quisiera que allí

le mataran; y así rogaban afectuosamente que no les im-

pidiesen para que le dejasen de matar.

Llegó á este tiempo el Obispo del Cuzco, y díjole:

"Carvajal, ¿por qué mataste á mi hermano?,, (lo cual decía

por Ximénez su hermano, que después de la de Guarina,

le había ahorcado). Carvajal respondió: "No le maté yo„. Y

tornándole á preguntar el Obispo: "¿Pues quién le mató?,,

Dijo Carvajal: "Su ventura,,, de lo cual, enojado el Obispo

(y representándosele entonces la muerte de su hermano)

arremetió á él y dióle tres ó cuatro puñadas en el rostro.

Asimismo llegaba mucha gente, y le decían injurias y

oprobios representándole cosas que había hecho, á lo cual

todo Carvajal callaba; y Diego Centeno reprendía mucho

á los que le ofendían. Por lo cual Carvajal le miró y le

dijo: "Señor, ¿quién es vuestra merced que tanta merced

me hace?„ A lo cual Centeno respondió: "Qué, ¿no conoce

vuestra merced á Diego Centeno?,, Dijo entonces Carva-

jal: "Por Dios, señor, que cómo siempre vi á vuestra mer-

ced de espaldas, que agora, teniéndole de cara, no le co-

nocía,, (dando á entender que siempre había déf huido).

Lleváronle luego preso, y todavía Centeno (aun con lo

que Carvajal le había dicho) se le iba ofreciendo mucho

y le decía que si había en qué hacer alguna cosa por él,

se lo dijese porque lo haría con toda voluntad, aunque él

no lo hiciera estando en el estado que él estaba. A lo cual

Carvajal, llevándole entonces al toldo do había de estar

preso, reparó un poco y dijo: "Señor Diego Centeno, no

soy tan niño ó muchacho para que con temor de la muer-

te cometa tan gran poquedad y liviandad como sería ro-

gar á vuesa merced hiciese algo por mí, y no me acuerdo,

buenos días ha, tener tanta ocasión de reírme como del

ofrecimiento que vuestra merced me hace,,. Y con esto le

metieron preso en un toldo. De todo el ejército real no

murió sino tan solamente un hombre en la batalla, y de

Gonzalo Pizarro murieron quince. Porque así como Dios

408

HISTORIA DEL PERÚ

puso los medios (por quien él es y por los méritos y santo

celo que su Magestad tuvo para usar de benignidad con

Gonzalo Pizarro y los suyos) así de su bendita y podero-

sa mano dio el fin con tan poco derramamiento de san-

gre, habiendo dentrambas partes mil y cuatrocientos ar-

cabuceros y diez y siete tiros de campo y más de seiscien-

tos de á caballo, y mucho número de piqueros, porque

como los del campo real vieron luego tan desechos y per-

didos sus contrarios y sin resistencia alguna, no hicieron

más que prenderlos.

Juntáronse aquella noche con el Presidente el obispo

de Lima y el General y el Maestre de campo y trataron

sobre si se llevarían los presos al Cuzco para hacer justi-

cia ó si sería en aquel asiento, y parecióles que se debía

hacer con toda brevedad, así por el peligro que de huirse

los presos podía haber, como porque en tanto que Gon-

zalo Pizarro vivía parecía que la paz no era segura, según

la inquietud y mudanza que siempre había habido en aque-

lla tierra. Y así les pareció que del y de los otros sus ca-

pitanes que presos estaban, se debía hacer justicia antes

que de allí se partiese, tomadas sus confesiones é infor-

mación de la notoriedad de sus delitos, y aunque por el

Breve que, á instancia de su Magestad, cuando los nego-

cios de Valencia, se dio al Presidente, pudiera él conocer

destas causas y de cualesquier otras (aunque fuesen cri-

minales) y de todo lo que su Magestad le mandase enten-

der, empero por la decencia de su hábito sometió el, cas-

tigo de los culpados al licenciado Cianea y al mariscal

Alonso de Alvarado, Maestre de campo.

CAPITULO XCI

Cómo se hizo justicia de Gonzalo Pizarro y de Francisco

de Carvajal y de Juan de Acosta, y las cosas que dijo Car-

vajal, y el Presidente con el campo se fué al Cuzco, donde

se hizo justicia de los culpados en la rebelión.

La justicia que se hizo de Gonzalo Pizarro.—Muerte de Francisco de

Carvajal.—Dicho de Carvajal al tiempo de su muerte.—Hacen jus-

ticia del capitán Guevara y de Juan de Acosta.—Vase el Presidente

al Cuzco.—Los que más fueron justiciados.

Luego otro día martes, diez de Abril, habiéndose to-

mado la confesión muy larga á Gonzalo Pizarro, se dio

por traidor y se le cortó la cabeza y mandóse llevar á

Lima al rollo della y que se derribase la casa que en el

Cuzco tenía y la sembrasen de sal y en aquel sitio se pu-

siese un letrero declarando la causa; y aunque algunos

dieron parecer é insistieron que se debía hacer cuartos y

ponerlos por el camino del Cuzco, el Presidente no lo

consintió por el respeto que al Marqués, su hermano, se

debía; murió bien, mostrando arrepentimiento de los

yerros que contra Dios y su Rey y prójimos había co-

metido.

Este mismo día se hizo justicia de Francisco de Carva-

jal. Fué arrastrado y hecho cuartos, que se pusieron alre-

dedor del Cuzco, y se mandó poner su cabeza en Lima con

la de Gonzalo Pizarro, y que se derribase la casa que en

Lima tenía y sembrase de sal y pusiese letrero. Este Fran-

410

HISTORIA DEL PERÚ

cisco de Carvajal, allende de lo que del hemos referido,

estuvo desde que le prendieron hasta que del se hizo jus-

ticia tan sin turbación como lo estaba en tiempo de toda

su prosperidad. Habiéndole notificado la sentencia y todo

lo que en ella contenía, dijo sin alteración alguna: "Basta

matar„. Preguntó Carvajal aquel día por la mañana que de

cuántos habían hecho justicia, y como le dijeron que de

ninguno, dijo con mucho sosiego: "Muy piadoso es el se-

ñor Presidente, porque si por nosotros hubiera caído la

suerte, ya tuviera yo derramado por este asiento los cuar-

tos de novecientos hombres,,. Acabóse con gran dificultad

que se confesase, y persuadiéndole á ello, decía que él

se entendía y que hacía poco que se había confesado; y

tratando con él de restitución, se reía dello, diciendo:

"En eso no tengo que confesar, porque ¡juro á tal! que

no tengo otro cargo sino medio real que debo en Sevilla á

una bodegonera de la Puerta del Arenal, del tiempo que

pasé á Indias,,. Al tiempo que le metían en una petaca, en

lugar de serón, dijo con mucho descuido: "Niño en cuna

y viejo en cuna,,. Llegado ya al lugar que del se había de

hacer justicia, como iban tantos á verle y embarazaban al

verdugo, les dijo: "Señores, dejen vuestras mercedes

hacer justicia,,. En todo mostró morir más como gentil

que como cristiano. De trescientos y cuarenta hombres

que se dijo Gonzalo Pizarro y sus ministros haber justi-

ciado en su rebelión, se tiene que Carvajal justició los

trescientos.

Luego se hizo también justicia del capitán Guevara,

natural de Málaga, y de Juan de Acosta, natural de Villa-

nueva de Barcarrota; á éste le ahorcaron é hicieron cuar-

tos y se llevó también su cabeza á la Ciudad de los Reyes.

Habiéndose, pues, hecho esta justicia, partió el Presidente

de Xaquixaguana en once de Abril con todo el campo

para el Cuzco, y entró el día siguiente y fué recibido con

grandísima alegría. Luego el Presidente escribió á todas

las partes del Perú, haciéndoles saber su gloriosa victoria,

y encomendando mucho que todos diesen gracias á Dios

por los haber librado de tan dura sujeción y servidumbre;

luego prendieron muchos culpados en el Cuzco y se tra-

HISTORIA DEL PERÚ

411

jeron de otras partes, y cada día se iba haciendo dellos

justicia, que fueron: Francisco Maldonado, Juan de la

Torre, el bachiller Castro, el capitán Vergara, Gonzalo de

los Nidos, Diego Carvajal el Galán, y otros muchos ca-

pitanes y soldados. E asimismo azotaron por la ciudad

mucho número de culpados condenados á galera, y se

procedió también contra los delincuentes que eran ya di-

funtos; y en rebeldía se condenaron á muerte (que no pu-

dieron ser habidos) doscientos y diez y seis, y el obispo

del Cuzco y el provincial de los Dominicos penitenciaron

también á fray Luis, de la orden de Santo Domingo, y á

Juan Coronel, canónigo de Quito, y á Juan de Sosa, clé-

rigo sacerdote. También el Presidente escribió á todas las

justicias del Perú que prendiesen (con secuestración d^

bienes) á todos los que hubiesen sido culpables en la re-

belión que no hubiesen acudido á la voz y servicio de su

Magestad, y lo mismo escribió á Popayán y Nuevo Reino;

vino después de la batalla Francisco de Espinosa, que

Gonzalo Pizarro había enviado á Arequipa y los Charcas,

y fué preso y cortada la cabeza.

CAPÍTULO XCII

Cómo el Presidente dio la conquista de Chile á Pedro de

Valdivia, y habiendo hecho el repartimiento en Guaina-

rina, le envió á publicar al Cuzco con don Jerónimo de

Loaysa, y la carta que el Presidente escribió á todos los

p retensor es.

El cargo que dio el Presidente á Valdivia.—Por qué dio el Presidente

esta gobernación á Valdivia.—Carta del Presidente á los del Cuzco.

De ahí á diez días que el Presidente estuvo en la ciu-

dad del Cuzco, despachó á Pedro de Valdivia por Gober-

nador y Capitán general de Chile (llamado Nuevo extre-

mo); limitada y tasada aquella gobernación desde Copiapó,

que está veintisiete grados de la equinoccial al Sur, hasta

cuarenta y un grados Norte-Sur del Meridiano, y en an-

cho desde la mar la tierra dentro cien leguas Oeste-Este.

Dióle esta gobernación el Presidente por virtud del poder

que de su Magestad tenía que dar gobernaciones; y tam-

bién se la dio en esta sazón porque convenía mucho des-

cargar el Perú de gente. Diósela á Pedro de Valdivia antes

que á otro, porque, allende lo que sirvió á su Magestad en

la jornada, tenía mucha noticia de Chile y había trabajado

mucho en aquel descubrimieuto y conquista. Dada, pues,

esta gobernación á Pedro de Valdivia, y proveído de jus-

ticias todo el Reino y hecho otras muchas cosas tocantes

y cumplideras al servicio de Dios y de su Magestad y á

la buena gobernación y bien de la tierra y de los natura-

414

HISTORIA DEL PERÚ

les della, y habiendo también hecho el repartimiento en

el asiento de Guainarima (como está referido en la histo-

ria que de la tiranía de Francisco Hernández Girón habe-

rnos escrito) envió el Presidente este repartimiento con

el Obispo de Lima que allí con él estaba, y habiendo man-

dado que se publicase día de San Bartolomé, envió á en-

cargar al provincial fray Tomás de San Martín predicase

aquel día como mejor le pareciese al propósito, y que en

el fin razonase con todos los pretensores para que tuvie-

sen por bueno el repartimiento que él enviaba, y que des-

pués del sermón y de su plática les leyese una carta que

para todos escrebía, que decía así:

Sobrescrito:

"A los muy magníficos y muy nobles señores los se-

ñores caballeros é hijosdalgos servidores de su Magestad

en el Cuzco.

„Muy magníficos y muy nobles señores:

«Porque muchas veces la afición que los hombres á

sus cosas propias tienen, no les deja tan libremente usar

de la razón como convenía para dar gracias á quien se

deben y tenerle amor y gratitud, acordé escrebir ésta, su-

plicando á vuestras mercedes le tengan é conserven á mi

persona. No sólo por el crecido que yo cbn cada uno de

vuestras mercedes tengo y he de tener, pero aun por lo

que en su servicio he hecho, hago y haré cuanto viviere

en el Perú y fuera del. E que, dejaba aparte la considera-

ción y memoria que se debe á particulares servicios que

á algunos de vuestras mercedes he hecho, consideren

como, aun en lo general, ninguna cosa de las que he po-

dido he dejado de hacer en su servicio. Pues como saben

en el gasto de la guerra que se ha hecho, ninguno en el

Perú (ni aun fuera de él) creo se ha visto ni se sabe que

en tan poco tiempo, ni con tan poca gente, tanto haya

gastado; y todo lo que estaba vaco en la tierra he proveí-

do á vuestras mercedes con la mayor igualdad y justicia

HISTORIA DEL PERÚ

415

que he podido, desvelándome de noche y de día en

pensar los méritos de cada uno, para, á la medida dellos,

repartir á cada uno lo que mereciese, no por afición,

sino por mérito, de tal manera, que ni al que mucho

fuese por contentarlo no se diese tanto que se defrauda-

se al que menos méritos tuviese de lo que mereciese, y

lo mismo se hará en todo lo que en tanto que estuviese

en el Perú vacare, que será repartirlo sólo en vuestras

mercedes, los que como buenos vasallos é hijosdalgo

sirviendo á su Rey lo han merecido; y porque más á

solas vuestras mercedes gocen desta tan rica tierra, no

sólo procuro echar della los que han sido malos y aun

los que han estado á la mira dejando de hacer lo que

vuestras mercedes han hecho, mas he procurado que

hasta que vuestras mercedes estén remediados y ricos, ni

de España ni de Tierra Firme, ni de Nicaragua ni de Gua-

temala, ni Nueva España entren de nuevo en ella otros

que puedan estorbar á vuestras mercedes el aprovecha-

miento de la tierra; y, pues, todo lo que digo es verdad,

y es todo lo que he podido y puedo hacer en servicio y

aprovechamiento de vuestras mercedes, suplicóles que

siguiendo á Dios se contenten y satisfagan con lo que él

se satisface, que es con hacer los hombres lo que en su

servicio pueden; y que conociendo esto el que lleva

suerte (aunque no sea tan gruesa como él la deseaba) se

contente, considerando que no se puede hacer más; y

que el que aquéllo le dio deseó que hubiera para dársela

muy mayor; y que así lo hará cuando hubiere oportuni-

dad para ello; y que á quien no le cupiere, crea que

fué por haber menos paño de lo que yo quisiera para

podérsela dar; y que tenga por cierto que todas las veces

que vacare cosa alguna de provecho (en tanto que yo es-

tuviese en el Perú) no se proveerá sino entre vuestras mer-

cedes. E así al que ahora no le cupo le cabrá placiendo

al inmenso Dios. Y, pues, de todos mis trabajos que por

mar y tierra en esta jornada (en el postrer tercio de mis

días) he pasado, ninguna otra cosa pretendo ni quiero

sino haber hecho en ella, conforme á la poquedad de mi

talento, lo que debo como cristiano á Dios é á mi Rey

416

HISTORIA DEL PERÚ

como vasallo y á vuestras mercedes como prójimo y ver-

dadero servidor. Grande agravio me harían si no lo en-

tendiesen y fuesen gratos al amor y deseo que al creci-

miento de cada uno de vuestras mercedes tengo é á lo

que he hecho y haré en su servicio. Pues como he dicho,

en nada de lo que he podido ni podré habrá en mí falta,

y porque á causa de ir yo á asentar la audiencia é cosas

de la ciudad de Lima é todo lo demás que aquí podría

decir, podrá mejor representar su señoría reverendísimo

del señor Arzobispo suplique á su señoría me hiciese mer-

ced y favor de ir á esa ciudad y dar á cada uno de vues-

tras mercedes lo que le ha cabido, y ofrecerles en mi

nombre lo que he dicho que se hará en lo porvenir. Y

por esto no terne aquí más que decir de que ruego á

Nuestro Señor me deje ver á todas vuestras mercedes, y

con tan gran prosperidad y crecimiento en su santo ser-

vicio cuanto desean y yo deseo que pueden tener por

cierto, es todo uno.

„Desde asiento de Guinarima, á diez y ocho de Agos-

to de mil y quinientos y cuarenta y ocho. Servidor de

vuestras mercedes.— El licenciado Gasea.„

CAPÍTULO XCIII

Cómo el Presidente mandó poblar el Pueblo Nuevo de la

Paz al capitán Alonso de Mendoza y se fué á la Ciudad

de los Reyes, y del recibimiento que se le hizo y la ceremo-

nia con que entró el sello Real con el Presidente.

Para qué llamóel Presidente al PuebloNuevo Nuestra Señora de la Paz.—

La manera cómo entró el Sello Real en Lima y el Presidente.

Partióse don Jerónimo de Loaysa con esta carta para

la ciudad del Cuzco, y sobre este repartimiento sucedie-

ron las cosas referidas en la historia de la tiranía de Fran-

cisco Hernández, cuya rebelión y desvergüenza quieren

decir que tuvo origen y principio deste repartimiento. El

Presidente Gasea se partió de Guinarima para la Ciudad

de los Reyes, y en el camino despachó á Alonso de Men-

doza con poder de Corregidor del Pueblo Nuevo que en

Chuquiabo (en el repartimiento general) mandó fundar é

intitular la ciudad de Nuestra Señora de la Paz. Nom-

bróle así el Presidente por le haber fundado en tiempo de

paz después de tantas guerras; y en aquel sitio, porque

era en medio del camino que va de Arequipa á los Char-

cas, que es de ciento y setenta leguas; y asimismo está

en el medio del camino que va del Cuzco á los Charcas,

de ciento y sesenta leguas, y por haber tan gran distan-

cia entre estos pueblos y no haber entre ellos pueblo al-

guno de cristianos y ser entre estos pueblos tan gruesa y

tanta la contratación, convino mucho hacer allí pueblo

TOMO II. 27

418

HISTORIA DEL PERÚ

para excusar robos y malos casos que por aquella comar-

ca se hacían.

Habiendo, pues, hecho esta provisión, fué prosiguien-

do su camino, y en diez y siete de Septiembre entró en

la ciudad de los Reyes, do fué recebido con mucho rego-

cijo de juegos y danzas, y le recibieron desta manera:

entró con el sello Real que para sentar la Audiencia en

aquella ciudad el Presidente llevaba. Metieron al sello y

al Presidente debajo de un rico palio, llevándole á su

mano derecha. Iba metido el sello en un cofre muy bien

aderezado y adornado, puesto encima de un caballo blan-

co cubierto con un paño de brocado hasta el cuello, y lle-

vaba de rienda el caballo Lorenzo de Aldana (Corregidor

de la ciudad) y á la muía del Presidente llevaba de rien-

da Jerónimo de Silva (Alcalde ordinario); iba Lorenzo de

Aldana y los alcaldes y los otros que llevaban las varas

del palio con ropas rozagantes de carmesí raso y descu-

biertas las cabezas; diéronse libreas á los de guarda (que

para meter el sello y al Presidente la ciudad sacó) y para

otros personajes de juegos y danzas, de seda de diversos

colores; salieron en una hermosa danza tantos danzantes

como pueblos principales había en el Perú, y cada uno

dijo una copla en nombre de su pueblo, representando lo

que en demostración de su fidelidad había hecho, que fue-

ron éstas:

LIMA

Yo soy la ciudad de Lima

que siempre tuve más ley*,

pues fué causa de dar cima

á cosa de tanta estima

y contino por el Rey.

TRUJILLO

Yo también soy la ciudad

muy nombrada de Trujillo

que salí con gran lealtad

con gente á su Magestad

al camino á recebillo.

HISTORIA DEL PERÚ

PIURÁ

Yo soy Piurá deseosa

de servirte con pie llano,

que como leona rabiosa

me mostré muy animosa

para dar fin al tirano.

QUITO

Yo, Quito, con lealtad

(aunque fué tan fatigada)

seguí con fidelidad

la voz de su Magestad,

en viéndome libertada.

GUÁNUCO Y LOS CHACHAPOYAS

Guánuco y la Chachapoya

te besamos pies y manos,

que por dar al Rey la joya

despoblamos nuestra Troya

trayendo los comarcanos.

GUAMANGA

Guamanga soy que troqué,

un trueque que no se hizo

en el mundo tal, ni fué,

trocando la P por G;

fué Dios aquel que lo quiso.

AREQUIPA

Yo la villa más hermosa

de Arequipa la excelente,

lamenté sola una cosa

que en Guarina la rabiosa

pereció toda la gente.

HISTORIA DEL PERÚ

EL CUZCO

Ilustrísimo señor,

yo el gran Cuzco muy nombrado

te fué leal servidor,

aunque el tirano traidor

me tuvo siempre forzado.

LOS CHARCAS

Preclarísimo varón,

luz de nuestra oscuridad,

parnaso de pertición

desta cristiana región

por la divina bondad;

en los Charcas floreció

Centeno discretamente,

y, puesto que no venció,

fué que Dios lo permitió

por guardarlo al Presidente.

CAPÍTULO XCIV

Cómo el Presidente envió prender d Pedro de Valdivia, y

de los capítulos que los de Chile le pusieron y la forma que

el Presidente tuvo para salvarle.

Envía el Presidente á prender á Valdivia.—Ponen capítulos los de Chile

contra Valdivia.—Invención artificiosa del Presidente.

Ya hizo mención la historia de la forma que Pedro de

Valdivia tuvo para salir de Chile; y como después le dio

el Presidente la conquista de aquellas provincias, pues

queriéndose aprestar para la jornada, Valdivia se fué del

Cuzco para la Ciudad de los Reyes, donde se aprestó de

todo lo que le era menester, y juntó los que pudo para

acabar la conquista; y entre la gente que llevaba había

algunos que habían sido desterrados del Perú y otros á

galeras por culpados de rebelión; y como hubo aparejado

la gente y cosas necesarias, todo lo embarcó en navios

que se hicieron á la vela desde el puerto del Callao de

Lima, y Pedro de Valdivia fuese á Arequipa por tierra. Y

como en este tiempo hubiesen dado noticia al Presidente

de los culpados que llevaba y de algunas otras cosas que

iba haciendo por el camino y desacatos que había tenido

á ciertos mandamientos suyos, envió á Pedro de Hinojo-

sa para que por buenas mañas le trújese preso; y díjole

la manera que para hacerlo había de tener. Pedro de Hi-

nojosa alcanzó á Valdivia en el camino y rogóle se vol-

viese á satisfacer al Presidente, y como no lo quisiese

422

HISTORIA DEL PERÚ

hacer, fuese una jornada en buena conversación con

Pedro de Valdivia, el cual, yendo descuidado, así por la

gente que llevaba consigo, como confiado en la amistad

que con Hinojosa tenía, tuvo Pedro de Hinojosa manera

cómo le prendió con sólo seis arcabuceros que había lle-

vado y viniéronse juntos al Presidente. Asimismo habían

ya llegado en esta sazón algunos de Chile de aquellos á

quien Valdivia había tomado el oro al tiempo de su veni-

da (como tenemos contado); éstos, pues, pusieron cier-

tos capítulos por escrito y querellas contra Pedro de Val-

divia luego que llegó con Pedro de Hinojosa, en que le

acusaban del oro que había tomado y de personas que

había muerto y de la vida que hacía por una cierta mujer,

y aun de que había sido confederado con Gonzalo Piza-

rro, y que su salida de Chile había sido para le servir en

su rebelión y de otras muchas cosas que le achacaban; y,

finalmente, pedían que luego les pagase el oro que les

había tomado.

Vióse confuso con esto el Presidente considerando

que si condenaba á Valdivia desaviábale su viaje (que

para los negocios del Perú le parecía grande inconve-

niente por la gente valdía que con él iba). Pues probán-

dose haber tomado el oro aquél y no se lo hacer volver

y restituir, parecíale cosa injusta contra todo derecho, y

que por ello sería muy notado. Estando, pues, en esta

perplejidad, inventó y halló una cuarta manera de salvar-

le por entonces de esta restitución, y fué que antes de

dar traslado á Pedro de Valdivia de la acusación y capí-

tulos ni tomar sumaria información dello,. tomó informa-

ción de oficio sobre quiénes y cuántas personas habían

hecho y sido en hacer y ordenar aquellos capítulos. Lo

cual hizo muy descuidadamente sin que nadie advirtiese

ni entendiese para qué lo hacía; y á este efecto tomó por

testigos desta información todos los de Chile interesados.

De que resultó que todos ellos habían sido en los hacer

y ordenar. De manera que ninguno podía ser legítima-

mente testigo en su causa propia; y tomada, pues, esta

información, mandó el Presidente dar traslado á Valdivia

de aquellos capítulos. El cual presentó un bien largo es-

HISTORIA DEL PERÚ

423

crito disculpándose de todo lo que se le imponía, y como

ya en este negocio no se podía proceder á pedimiento de

las partes por la falta de legítimos testigos (que ninguno

había), procedió el Presidente de oficio, y no hallando

por la información de las otras cosas ninguna averiguada

ni cierta por que debiese estorbar á Valdivia su jornada

(aunque hubo algunos indicios de lo de Gonzalo Pizarro

y otras cosas) le mandó ir á hacer su viaje y proseguir

su conquista, conque prometiese de no llevar los culpa-

dos, reservando que se enviaría juez para satisfacer los

querellosos sobre el oro que había tomado, encargando

mucho á Valdivia que luego, en llegando, se lo pagase,

el cual así lo prometió de hacer, y con esto, Valdivia se

partió para Chile.

CAPÍTULO XCV

Final de las cosas que el licenciado Gasea hizo después que

entró en la Ciudad de los Reyes, y de las buenas partes que

tuvo y por qué fué notado del repartimiento que hizo.

Lo que hizo Gasea después que entró en Lima.—Condición, manera y

virtud del presidente Gasea.—De lo que ha sido Gasea notado de al-

gunos.—Lo que otros juzgan del presidente Gasea.—Hinchada pre-

tensión de la gente del Perú.—Consideración de Francisco Hernán-

dez Girón.—Al Consejo Real de Indias toca el examen y sentencia.

Luego que eriieenciado Gasea entró en la Ciudad de

los Reyes, asentó la Audiencia real y presidió en ella, y

se comenzaron á despachar los pleitos y negocios. Pro-

curó mucho que se tornase á hacer la Santa doctrina á los

naturales; tuvo asimismo grande atención á sustentar y

sostener el Reino, y reducir la tierra á mejor estado, y,

por tanto, procuró sacar della la gente suelta, vagabun-

da y valdía (porque ésta siempre suele ser ocasión de al-

borotos y novedades) y así, á este efecto, dio entradas y

conquistas por donde se esparciese, y porque en la se-

gunda parte desta historia (que es en el libro de la tira-

nía de Francisco Hernando Girón) se tratan aquellas co-

sas que hizo y le avinieron después de la batalla que

Xaquixaguana y lo que sucedió de los repartimientos que

en el Cuzco y en Lima se publicaron, y lo que fué de la

rebelión de los Contreras, y de su llegada á Castilla (tanto

para él deseada) no lo diremos en ésta.

Fué el licenciado Gasea hombre virtuoso, prudente,

discreto y muy avisado, de gentil y dulce conversación y

426

HISTORIA DEL PERÚ

de buen ingenio y de claro juicio y entendimiento, y,

sobre todo, hombre de grandes méritos; lo que decía

hacía y escrebía sobre los negocios que trataba, era todo

de mucho fundamento, y previniendo á diversos fines, te-

nía mucho brío en todo lo que entendía y hacía, y mucha

gracia y fuerza en persuadir ó disuadir á cualquiera.

Fué muy curioso en servir á su Rey, y, sobre todo,

tan limpio y sin codicia en lo que trató, que aun á las sos-

pechas prevenía; y así, no quiso aceptar en esta jornada

salario alguno, sino que solamente persona señalada le

diese aquello que hubiese menester, entendiendo que los

demás gobernadores habían sido notados de codicia. Fué

tan recatado y extremado en esta virtud, que puesto que

de muchos quedó malquisto cuando del Perú se partió

para España por el repartimiento que hizo con todo eso,

jamás nadie dijo del ni sospechó que en esto ni otra cosa

se hubiese movido por codicia, dado que á los que le in-

formaron y aconsejaron, el vulgo los infamó, y aun hoy

día no los perdona. Estando el licenciado Gasea en el

Cuzco y en Lima y en otras partes, algunos caciques

principales le hicieron presente de vajilla de plata y

otras cosas, empero jamás quiso recebir ni tomó cosa al-

guna. Aunque los caciques lloraban y se entristecían por

ello. Pareciéndoles que por estar dellos enojado no lo

quería recebir, como los ingas, que eran sus señores, lo

solían hacer, al tiempo que se quiso embarcar en el

Callao de Lima para venirse á España (sin él entenderlo)

y le llevaron algunas personas de los que le iban á des-

pedir, más de cincuenta mil castellanos/ y le importuna-

ron mucho que los recibiese, diciendo que ya cesaba la

causa por qué de antes no se había querido servir de sus

personas. El les rindió las gracias de su buena voluntad

y oferta, diciendo que él no había ido sino tan solamente

á servir á Dios y á su Rey á ponerlos en paz, y que pues

Dios había querido obrar aquello siendo el instrumento y

sin tener merecimiento ni ser para ello sólo por los méri-

tos de quien le había enviado (que era su Magestad) que

le parecía profanar la merced que Dios le había hecho si

tomaba interés alguno, por lo cual algunos de aquéllos

HISTORIA DEL PERÚ

427

le enviaron á Sevilla más de veinte mil castellanos y le

escribieron los recibiese, pues ya estaba fuera del Perú.

Mas tampoco quiso tomar nada antes; escribió luego á

los padres y deudos de aquéllos que se lo enviaban para

que viniesen por ello, y así vinieron y se les dio. Con

estar entonces el licenciado Gasea tan pobre que el Arzo-

bispo de Sevilla le daba de comer. Fué asimismo loado

por celar y guardar mucho el secreto de los negocios que

tocaba, que no es cierto pequeña virtud, sino muy gran-

de y necesaria á los que tratan y hacen negocios impor-

tantes y de gran calidad como lo eran los que el licencia-

do Gasea siempre trató.

Con todas estas buenas partes que tuvo fué (y ha

sido) de algunos muy notado, diciendo que en el repar-'

tir de la tierra hubo de injusticia y mucha desigualdad,

porque dio más honra, intereses y provecho á los prin-

cipales valedores y secuaces de Gonzalo Pizarro, que no

á los leales y servidores del Rey, y porque á muchos

destos no les cupo ni se le dio cosa alguna de renta. A

esto, los que son libres de afición y pasión (y que no les

tocó intereses en el negocio), aunque juzgaron en alguna

manera haberse hecho injustamente comparando la leal-

tad de los unos á la iniquidad de los otros, teniendo tan

solamente atención á haber usado generalmente el licen-

ciado Gasea oficio de Juez y no á otra cosa, considerando

haberlo hecho administrando justicia, juntamente con lo

que pertenece y toca á oficio de Capitán general, juzga-

ron haberlo así hecho con mucha prudencia y discreción,

pues notoriamente lo hizo á fin de sostener y sustentar el

Reino y mejor conservarle. Esto, así por las considera-

ciones que el licenciado Gasea tuvo, como aun por la ex-

periencia que lo mostró, porque si repartiendo la tierra

gratificara solamente los leales, eran tantos, que por muy

justa balanza que tuviera habían de quedar muchos que-

josos, y esto fundándose con los que á Pizarro primero

habían tenido y con los huidos y desterrados fueran par-

te para se alzar y tiranizar el Reino por la arrogante, loca

y soberbiosa pretensión que toda la gente del Perú, que

cada cual cree por sus servicios y méritos él solo mere-

428 HISTORIA DEL PERÚ

LAUS DEO

cer todo el Reino. Lo cual el licenciado Gasea desvió

gratificando grandemente á personas muy principales y

de muchos amigos y allegados de aquellos que á Pizarro

habían seguido y que después aPRey se habían vuelto,

cuya reducción fué parte (y aun en todo) para destruir y

desbaratar al tirano, y haberse hecho la experiencia de

los leales hinchados mostróse luego incontinenti que se

hizo el primer repartimiento en Francisco Hernández Gi-

rón, el cual (de verdad), siempre hasta entonces había

servido al Rey, y teniendo en parte aun no seiscientos

pesos de renta y habiéndole dado el Presidente el repar-

timiento de Xaquixaguana que era el mismo que Gonzalo

Pizarro tenía y que valía en aquella sazón más de nueve

mil castellanos de renta, con todo eso se agravió tanto

que no lo pudiendo disimular (con ser un hombre parti-

cular y que había muchos muy más principales que no

él), se quiso luego alzar y tiranizar la tierra. Como se re-

fiere en la segunda parte desta historia. Cuanto más que

todos los que sirvieron al Rey en aquella empresa reci-

bieron gajes y premios, y armas y caballos, y comida,

que todo fué de mucha costa, como se podrá mejor ver

por las cuentas y costas de la Hacienda real; de manera

que sólo en quererse comparar unos á otros, fué y se tuvo

por agravio é injusticia, y hoy día duran desto las que-

rellas ante su Magestad y los de su Consejo real de las

Indias, á quien justamente toca el examen y sentencia

destas dos opiniones. Y con esto á loor y gloria de Dios

y de la gloriosísima inmaculada Virgen María, su Madre,

pongo fin esta primera parte de mi historia.

ÍNDICE DE PERSONAS

Acosta (Juan de), págs. 10, 73,

176, 242, 265, 272, 274-5, 277-8,

289-90, 296, 306, 310, 315-7,

356, 364-5, 397-8, 406 y 410.

Agreda (Juan de), 355.

Aguirre (Francisco de), 282.

Aguirre (Perucho de), 13 y 14.

Alarcón (Alonso de), 357 y 373.

Alba (Duque de), 78.

Alcántara (Francisco Luis de), 177

y 260-2.

Alcázar (Gaspar de), 177.

Aldana (Lorenzo de), 13, 73, 171,

174, 179-80, 191, 193, 201-2,

206-8, 232, 236-7, 252, 260-2,

267,270-1,273, 299, 300, 309-11,

313-4, 316-7, 319-20, 328, 336,

344-5, 352, 356-7, 359, 376 y

418.

Alderete (Jerónimo de;, 387.

Almagro (Diego de), 21, 47, 166,

206 y 309.

Almao (Luis de), 177.

Almendáriz (Licenciado), 110,113,

341 y 353.

Almendras (Francisco de), 9.

Almendras (Martín de), 177, 265,

295 y 317.

Alonso (El príncipe don), 242.

Alonso (Diego), 36.

Alonso (Hernando), 177, 279y355.

Altamirano (Antonio), 177, 265,

282 y 290.

Alvarado (Alonso de), 162, 195-6,

202, 274, 320, 339-40, 355-6,

376, 380, 398, 402-3 y 408.

Alvarado (Gómez de), págs. 252,

262, 344 y 380.

Alvarado (Gonzalo de), 262.

Alvarez de Hinojosa (Alonso), 15,

310 y 361.

Alvarez (Diego;, 35-7, 40-3, 46

y 367.

Alvarez Cueto (Diego), 77-8 y

80-2.

Alvarez del Almendral (Diego),

281-2.

Ampuero (Francisco de), 177 y 303.

Amador, 47.

Andagoya (El adelantado), 123,

202, 339-40, 358 y 380.

Añaya (Bernardino de), 176.

Arias (Gómez), 342, 358 y 380.

Avila (Alonso de), 177 y 285.

Bachicao (Hernando), 74, 95,176,

265, 304, 365, 367 y 371.

Badajoz (Juan Alonso de), 281.

Baeza (Ruiz de), 176.

Balboa (Bernardino de), 27, 40,

42, 65-6 y 68.

Balmaseda (Diego de), 65-7.

Baptista (El capitán), 11-2.

Barba (Pero), 36, 39, 40 y 42.

Barbarroja, 78.

Barbosa, 39 y 40.

Barrientos, 217.

Barrionuevo (Alonso de), 303.

Beltrán (D. Antonio), 387.

Beltrán (Ventura), 355.

Benalcázar (D. Sebastián de), 73,

165, 214, 252, 341, 348, 353,

385 y 403.

430

ÍNDICE DE PERSONAS

Bermúdez (Gabriel), págs. 19, 37,

48 y 306.

Biedma (Antonio de), 177.

Bobadilla, 59.

Bobadilla (Dionisio de), 370.

Bonifacio, 166.

Boscan, 221, 231 y 325.

Boso (Francisco), 363.

Bravo de Lagunas (Hernán), 303-4.

Burgos, paje de Pizarro, 243.

Burgos (Cristóbal de), 177 y 196.

Bustinza (Pedro de), 370 y 379-80.

Caballero (Diego), 67.

Cabrera (D. Pedro), 124-5, 202,

319-20, 357 y 380.

Cáceies (El capitán), 176 y 357.

Cáceres (Juan de), 386.

Cáceres (Alonso de), 304 y 310.

Calderón de la Barca, 11.

Camargo (Alonso), 48, 57 y 65-7.

Canamico, cacique indio, 22.

Cantillana, 55-7.

Cardenes (D. Hernando de), 263

y 380.

Carlos V, 78.

Carmona (Hernando), 40.

Carrasco (Pedro), 390.

Carrasco (Pedro Alonso), 381.

Carvajal (El Licenciado), 73, 75,

162, 171, 176, 190, 230, 242,

265, 267, 278, 306, 357 y 380.

Carvajal (Diego de), 177, 370,

373-4 y 411.

Carvajal (Francisco de), 9-11,13-5,

17-9, 50-3, 55-7, 59-63, 65-9, 73,

134, 136, 160, 163, 166-8, 175,

184-5, 228, 242-3, 265-7, 272,

274-5, 277, 281, 296, 299, 301,

303, 306-7, 361,364-7,369-71,

374, 386, 399,403,406-7 y 409-10.

Carvajal (Jerónimo de), 106-7.

Carvajal (Manuel de), 352.

Carvajal (Pedro de), 177.

Castilla (D. Baltasar de), 380.

Castillo, 69.

Castillo (Diego del), 355.

Castro (El Bachiller), 411.

Centeno (Diego), 9-15, 17-9, 47,

50, 57, 59, 175, 281-3, 285-9,

297, 316, 352-3, 356-61, 363-7,

369-71, 376, 380-1, 385-6, 399,

403 y 406-7.

Chaves (Luis de), 177.

Cepeda (El licenciado), 73-4, 160,

162, 170-1, 176, 186-7, 189-90,

227-8, 242, 265, 267, 270-2,

291-3, 296, 301, 365, 367, 374

y 405.

Cepeda (Juan de), pág. 387.

Cianea (El licenciado), 146 y 408.

Cobos (Francisco de los), 78, 83

y 96.

Colón (D. Luis), 325.

Coronel (Juan), 411.

Cornejo (Miguel), 18.

£>/az (Pero), 12.

Díaz Merino (Alonso), 177.

Diez (El bachiller de los), 405.

Domingo (Fray), 274 y 296.

Enciso, 23 y 28.

■Enrique IV, 241.

Eraso (Francisco de), 83 y 148.

Escobar (Rodrigo de), 177.

Espinar (Manuel de), 285.

Espinosa, 40 y 68.

Espinosa (Francisco de), 280, 361,

373 y 411.

Espinosa (Juan de), 311 y 383.

Esquivel (Alonso de), 281 y 355.

Estado (Manuel), 263.

Esteban (Fray), 193.

Felipe (El príncipe don), 78.

Fernández (Juan), 300 y 314.

Ferrer (Gracián), 177.

Gaboto (Sebastián), 30 y 32.

Galán (Fray), 22.

Gallego (Diego), 46.

Gallego (Francisco), 36.

Gama (El licenciado de la), 177.

Garay (D. Antonio de), 329-30,

345 y 353.

García (Francisco), 41.

Garda (Luis), 283.

Garda de Alfaro (Diego), 374.

Garda de Almadén (Juan), 28

y 55.

Garda de Cáceres (Diego), 387.

Garda de la Cueva (Francisco),

32, 33 y 41.

Garda de Paredes (Diego), 319-21,

324-5, 329-30 y 333.

Garda de San Mames (Luis), 283

y 360.

Garcilaso, 177, 283 y 367.

Gasea (El licenciado Pedro de la),

18, 78, 82-3, 85-6, 89-90, 92,

95-9, 103, 109, 110, 113-5, 118,

130, 132, 140, 143, 145, 147-8,

ÍNDICE DE PERSONAS

431

157, 159-60, 162, 169-70, 172,

174,184,195,209,211,216,218,

235, 270-2, 279, 291-2, 316-7,

319, 351, 359, 375, 383-4, 393,

405, 416-7 y 425-8.

Gil (Juan), pág. 27.

Girón (Francisco), 13.

Godinez, 166.

Gómez de Añaya (Juan), 341 y356.

Gómez Calavantes, 359.

González de Prado (Pero), 35, 36,

40, 46,61, 65-6, 68-9 y 283

Gonzalo (Fray), 249, 255-6 y 274.

Guerra (Diego), 177.

Guevara (El Bachiller), 365 y 406.

Guevara (El capitán), 410.

Guevara (Vasco de;, 177, 303

y 357.

Guillada (Francisco), 35, 37 y 306.

Guillen (Diego), 295 y 405.

Gutiérrez (Cristóbal), 319-20.

Gutiérrez (Diego), 13-4.

Gutiérrez (Felipe), 21-3, 26, 28,

32, 41-2 y 45.

Gutiérrez de Zafra (Pero), 67,

Guzmán, 41.

Guzmán (Francisco de), 13-4.

Guzmán (Juan de), 222.

Guzmán (Leonor de), 40.

Guzmán (D. Martín de), 359.

Guzmán (Ñuño de), 222.

Heredia (Nicolás de), 21, 23, 25-6,

28, 35, 37, 40-3, 45-8 y 56.

Hermosilla, 347-8 y 374.

Hernández (Baltasar), 46.

Hernández (Diego), 46.

Hernández (García), 177.

Hernández Girón (Francisco), 380,

390, 414, 417, 425 y 428.

Hernández Paniagua (Pero), 61,

103, 146, 148, 160, 162-3, 208,

227, 229, 291, 333 y 337.

Herrera, 36.

Herrera (El padre), 365.

Hinojosa (Alonso de), 240, 267,

280 y 283.

Hinojosa (Pedro de), 72, 102-3,

, 105-7, 114,124-9, 132, 138,145,

169-70, 172-4, 179, 192-4, 196-9,

201-3, 206-8, 213-4, 217-8, 228.

232, 271, 320, 325, 329-30, 333,

355-7, 380, 403 y 421-2.

Holguln, 30.

Humarán (Julián de), 62, 65 y 69.

Hurtado (Francisco), pág. 10.

lllanes (Juan de), 223, 237 y 247.

Irala (Domingo de), 31 y 41.

Jiménez, 370.

Jiménez (Esteban), 278 y 345.

Jiménez de Avila (Juan), hermano

del licenciado Gasea, 97.

Jofre (El capitán), 387.

Ladrillero, 231. .

León (El licenciado), 256-7 y

259-60.

León (Antón de), 309.

León (Francisco de), 177.

León (Fulano), 360.

Loaysa (Baltasar de), 187, 257,

259-62, 274 y 353.

Loaysa (Bernardino de), 185 y 187.

Loaysa (Fray Jerónimo de), 174,

194, 223, 355 y 417.

Loaysa (Fray García de), 78.

López (Juan), 306.

López (Mari), amiga de Balboa,

27, 40 y 68.

López (Pero), 208 y 211.

López de Ayala (Pero), 49, 47-8

y 53.

López de Segura (Diego), 243.

López de Zúñiga (Diego), 57 y 367.

Lorenes (Fray Miguel de), 256.

Luis (Fray), dominico, 136 y 411.

Lujan (Diego de), 65-6.

Lunar, 348.

Llantadilla, 65-6 y 69.

Maldonado (Diego), 46 y 177.

Maldonado (Francisco), 77, 80-2,

147, 162-3, 227-8, 406 y 411.

Maldonado (Pedro), 283.

Manjares (Pedro), 13.

Manuel (Francisco), 41.

Mansilla, 39.

Marín (El bachiller), 177.

Márquez (El padre), 50 y 242.

Martel (El licenciado), 370.

Martin (Don), cacique, 273. '

Martin (Diego), 314.

Martin (Fray), 393.

Martin (Lope), 290-1, 305, 376,

379, 390 y 393.

Martin de Sicilia (Pero), 303.

Martin Vegasso (Lucas), 73, 267,

284-7 y 289.

Martínez de Rivera (Juan), 177.

Martínez Silíceo (Juan), 96.

Matamoros, 62.

432

ÍNDICE DE PERSONAS

Máznela (Juan de), pág. 359.

Mejla (Lorenzo), 290.

Mendoza (Alonso de), 52, 61, 65,

167-8, 283, 288, 310, 359-61,

363, 365-6, 380, 403 y 417.

Mendoza (D. Antonio de), 140,

145 y 222.

Mendoza (D. Francisco de), 23,

25-6, 28-30, 32-3, 35-6, 40-3,

45, 47 y 222.

Mendoza (D. Juan de), 222.

Mendoza (Lope de), 19, 47-53,

55-7, 59-61 y 175.

Meneses (Pablo de), 125, 202, 218,

223-4, 339-40, 345, 348-9, 352,

380, 394 y 403.

Mercadillo (El capitán), 74, 252,

268, 352, 356-7, 376 y 379-81.

Mercado, 23 y 25.

Mesa, 381.

Mexia (Gaspar), 177 y 187.

Mexia de Guzmán (Hernán),

101-3, 105-7, 118-9, 123-5, 180,

197, 199, 203, 237, 247, 252,

261-2, 328, 344, 352,356-7,380,

394 y 402.

Mexia (Rodrigo), 187.

Mezena (Gómez de), 177.

Miranda, 36.

Monje (Martín), 177.

Monroy (Alonso de), 10.

Montañés (Juan), 256.

Monte (Vicente de), 387.

Montenegro (Hernando de), 177

y 184.

Mora (Diego de), 248-9, 251-2,

255-6, 262, 272, 277,344-5, 352,

358, 380 y 390.

Morales de Abad (El capitán), 52,

56-7, 65 y 68.

Moreno, 32.

Morillo, 347 y 374.

Mosquera (Francisco), 380.

Muñoz (Lorenzo), 177.

Negral (Francisco), 283 y 367.

Nidos (Gonzalo délos), 177 y 411.

Nieto (Antonio), 208 y 211.

Niño (Rodrigo), 177.

Núñez de Prado (Juan), 397.

Núñez Vela (Blasco), 47, 69, 78,

147-8, 155, 166, 171, 175, 183-4,

192, 215, 278, 285, 287, 291,

334-5 y 348.

Ojeda (Juan Julio de), 390.

Olmos (Francisco de), págs. 263

y 358.

Olmos (Martín de), 177,295 y 316.

Orihuela, 381.

Oro (Diego)/387.

Ortiz (Pero), 30.

Ortiz Sánchez (El padre), 244.

Ovando (El comendador), 165.

Ovando (Diego de), 165-6 y 345.

Pablo (Vicencio), 72.

Páez de Soiomayor, 295 y 316.

Palomino (i\iax\ Alonso), 101, 119,

125, 180, 197, 202-3, 206, 213,

218, 223, 237, 247, 252, 260-2,

290, 300, 328, 357, 380-1, 393-4

y 401.

Paniagua. Véase Hernández Pa-

niagua.

Pantaleón, clérigo portugués, 310.

Pantoja, 37 y 367.

Pardavé (Valentín), 358, 380 y

402.

Pedro (Fray), 249, 256, 260-2, 274

y 315.

Peña (El capitán), 300.

Peramato (Bernardino de), 177.

Perdomo (Luis), 57, 65-6 y 68.

Pérez (Rodrigo), 360.

Pérez Becerra (Diego), 240.

Pérez de Esquivel (Alonso), 283.

Pérez de Vargas (Juan), 340.

Pérez de Vcrgara (Juan), 344 y

352.

Piedrahita (Juan de), 177.

Pineda, 14.

Pizarro (Cristóbal), 177.

Pizarro (Francisco), 148, 206 y

309.

Pizarro (Gonzalo),9-11,13,48-51,

59-60, 62-3, 66-7, 69, 71-5, 77-9,

81-2, 85-6, 95, 102-3, 105-7,

111-2, 114, 122-4, 126-8, 132-7,

139-40, 145-8, 159-60, 162-3,

165-71, 173-5, 179-80, 183-6,

189-99,203,205-7,209-10,212-6,

219, 221, 223-5, 227-30, 232,

235-6, 239-43, 247-9, 251-3,

255-6, 259-60, 262-3, 265-71?

273-5, 277-80, 283-93, 295-7,

300-1, 303-7, 309-10, 313-7,

319-20, 328, 333, 338, 345, 353,

355-61, 363-7, 370-1, 373-4, 376,

379-80, 383-7, 389-90, 394-5,

397-01, 405-11, 422-3 y 427-8.

ÍNDICE DE PERSONAS

433

Pizarro (Hernando), págs. 11,128,

176, 179, 191, 194, 224, 334 y

337

Pizarro (Martín), 177 y 309.

Pizarro de la Rúa, 260-2.

Polo (El licenciado), 357.

Porcel (Juan), 74, 252, 262, 268,

344-5, 357 y 380.

Porras, 55.

Puelles (Pedro de), 72-3, 163,

165-6,214,228-9,278,341,345,

347-8, 374 y 376-7.

Puertocarrero (D. Pedro), 177 y

390.

Quiñones (Antonio de), 390.

Quiñones (El licenciado), 101.

Ramírez (El capitán), 161 y 166.

Ramírez (Juan), 176.

Ramírez (Pedro), 78 y 386.

Randona, 290.

Rejas (Lope), 35 y 37.

Rengifo (Francisco), 36.

Rentería (El licenciado), 146.

Retamoso, 367.

Ríos (Pedro de los , 177, 283 y

365-6.

Riquelme (Alonso), 176.

Rivadeneyra (Diego), 18-9.

Rivera (Doctor), 114.

Rivera (D. Antonio de), 176, 187,

267-8, 279, 290-1 y 309.

Rivera (Luis de), 18, 281, 283, 365

y 367.

Rivera (Nicolás de), 176, 187 y

303.

Rivera (El doctor Pedro de), 103

y 106.

Robles (Antonio^ de), 190, 267,

280, 283 y 288-9.

Robles (Martín de), 177, 265, 304

y 358.

Rodríguez (El P. Juan), 353.

Rojas (Diego de), 19 y 21-3.

Rojas (Gabriel de), 177, 306, 380,

390 y 394.

Rojas (Gaspar de), 356-7.

Rojas (Gómez de), 306.

Ruiz (El P. Domingo), 281-2, 366

y 381.

Saavedra (Juan de), 252, 262, 268,

279-80, 344, 352, 358 y 380.

Salazar (Pedro ó Rodrigo de), 166,

345, 347-8, 351, 353, 374, 376-7

y 380.

Salcedo (García de), págs. 176 y

281.

San Martin (Fray Tomás de), 174,

194, 223-4, 237, 381 y 414.

San Miguel (Fray Francisco de),

129, 132 y 169.

Sánchez del Corral (El licenciado

Juan), 92 y 356.

Sánchez de Hinojosa (Ruy), 23,

26, 28, 35, 40, 42-3 y 45.

Sánchez de Valenzuela (Lope), 36

y 240.

Sandoval (D. Juan de), 353.

Santa Cruz, 62.

Santillana (El capitán), 231.

Sayavedra, 47.

Segoyia (Juan de), 281.

Serna (El capitán), 358 y 380.

Sicilia (Pero Martín de), 13 y 405.

Silva (Diego de), 176.

Silva (Jerónimo de), 418.

Silvera (Juan de), 256, 285, 288,

310 y 359-63.

Solana (Fray Juan), 367.

Soleto, 31.

Solís (Gómez de), 174, 177, 179,

191-4, 223-4, 227 y 380.

Soria 'Jerónimo de), 290.

Soria (Pedro de), 52 y 62.

Sosa (Juan de), 411.

Tavera (D. Juan), 78 y 96.

Tejada (El doctor), 77.

Tinoco (Diego), 303.

Tirado, 347-8 y 374.

Tobillo, 113-4.

Toledo (Doña María de), 66.

Toledo (Luis de), 387.

Toro (Alonso de), 9, 14-5, y

239-40.

Torres (Hernando de), 177.

Torre Villegas (Juan de), 177,

183-7, 189, 265, 286, 303, 365,

370-1 y 411.

Ulloa (Antonio de), 11-2, 360 y

365-6.

Ulloa (Fray Pedro de), 273-4.

Urbina (Diego de), 166 y 376-7.

Urbina (Juan de), 166.

Vaca de Castro (Cristóbal), 19, 21

y 43.

Valderrama (Ñuño), 177.

Valdés (D. Francisco), 78.

Valdés (Juan de), 00.

Valdivia (Pedro de), 11-2, 385-7,

TOMO II.

28

434 ÍNDICE DE

PERSONAS

390, 393-4, 398, 402-3, 407, 413

y 421-3.

Vargas (Hernando de), pág. 177.

Vargas (Juan de), 283.

Vargas (Fray Juan de), 214 y 217.

Vázquez (Juan), 40.

Vázquez (Tomás), 176 y 390.

Vázquez de Avila (Juan), 61.

Vázquez de Tapia (Juan), 316 y

370.

Vela Núñez, 73, 184-7,189 y 190.

Velázquez (Diego), 128-9, 132,

146, 169-70 y 172.

Velázquez (Juan), 13.

Vélez de Guevara (Juan), 265.

Vendrel (Juan), 233 y 325.

Verdugo (Melchor), 99, 101-2,

105-7, 113-4, 118 y 121-3.

Vergara (El capitán), pág. 411.

Villagrá (Francisco de), 386-7.

Villalobos (Bartolomé de), 169,

248 y 262-3.

Villarroel Gaspar de), 63 y 387.

Villavicencio (Pedro de\ 221,231,

380, 403 y 406.

Viezma (Antonio de), 374.

Villegas (Jerónimo de), 287, 353

y 365-6.

Vizcaíno (El padre), 367.

Zambrano, 14.

Zamorano, 69.

Zamudio (Rodrigo de), 244.

Zarate (Diego de), 126.

Zarate (El licenciado), 160-1 y

239.

Zúñiga (D. Juan de), 78.

ÍNDICE GENERAL

Páginas.

Capítulo /.—Cómo Francisco de Carvajal salió de Quito contra

Diego Centeno robando la tierra, y en Piurá mató á Francisco

Hurtado, y la carta que de Lima escribió á Gonzalo Pizarro,

y de una conjuración que se hacía en Lima, y los que sobre

ello fueron justiciados, y cómo en el Cuzco ahorcó Carvajal á

cuatro vecinos......................................... 9

Capítulo //.—Cómo Francisco de Carvajal sigue á Diego Centeno

y le desbarató, y Lope de Mendoza, huyendo de Carvajal en

el despoblado de la entrada del Río de la Plata, encontró con

Gabriel Bermúdez...................................... 17

Capítulo III.—En que se da relación de la conquista y jornada de

Diego de Rojas al Río de la Plata, de donde había salido Ga-

briel Bermúdez, y la manera que murió Diego de Rojas..... 21

Capitulo IV.—Cómo Francisco de Mendoza prendió á Felipe Gu-

tiérrez é hizo que Nicolás de Heredia desistiese del cargo, y

cómo, después de muchos trabajos, halló el Río de la Plata y

la fortaleza de Sebastián Gaboto; y los trabajos y necesidades

que todos los de la conquista pasaron y el remedio que tuvie-

ron para la hierba...................................... 25

Capítulo V.—De los trabajos que los del Real pasaban y de los

asaltos que les daban de noche los indios, y la orden que te-

nían para buscar comida y cómo se mudaron á otro sitio.... 35

Capítulo VI.—Cómo los del Real tuvieron grandes refriegas y

asaltos de los indios, y cómo vino al Real Francisco de Men-

doza y dio relación de lo que había descubierto, y de las re-

voluciones que hubo entre los principales y toda la gente, y

cómo Diego Alvarez y otros mataron á Francisco de Mendoza

y á Hinojosa, y Nicolás de Heredia fué obedeci[d]o de todos

por Gobernador y Capitán general....................... 39

Capitulo VIL—Cómo después de muertos Francisco de Mendoza

é Hinojosa salió la gente del asiento de los Comechingones, y

Heredia envió á descubrir á Diego Alvarez, y descubrieron

indios que traían coronas como frailes y comían carne huma-

na, y de las revueltas que hubo entre toda la gente, sobre que

Pero López de Ayala y otros se apartaron y fueron la vía del

Perú, donde se encontraron con Lope de Mendoza, el cual los

hizo á todos amigos, y á él alzaron por Capitán general contra

Gonzalo Pizarro.......................................

Capitulo VIII.—Cómo Lope de Mendoza se fué con la gente de

la entrada á Pocona, y Carvajal fué para allá, y de la pelea

que hubo de noche, y cómo Lope de Mendoza y su gente to-

maron la ropa, oro y plata que Carvajal había dejado siete le-

guas antes de Pocona, y con la prisa se fueron retrayendo...

Capitulo IX.—Cómo Francisco de Carvajal mandó matar dos sol-

dados de los de la entrada, y fué siguiendo á Lope de Mendoza

y su gente y los alcanzó y desbarató, y fueron muertos Lope

de Mendoza y Nicolás de Heredia y otras personas.........

Capitulo X.—Cómo Francisco de Carvajal se fué á Cotabamba

llevando la cabeza de Lope de Mendoza, y de lo que allí pasó

Carvajal con dos soldados, y se fué á la villa de Plata y envió

á las minas de Potosí á Pedro de Soria y Santa Cruz que tra-

jeron cantidad de plata..................................

Capitulo XI.—Cómo se descubrieron las minas de Potosí, y de la

forma que se tuvo para que el metal corriese con la materia

del fuego..............................................

Capitulo XII.—Cómo en la villa de Plata se conjuraron muchos

soldados para matar á Francisco de Carvajal, y, siendo auxi-

liado, los prendió y mató dieciséis dellos, y procuró echar de

sí á los de la entrada....................................

Capítulo XIII.—Cómo Gonzalo Pizarro vivía viciosamente en

Quito después del vencimiento de la batalla, y cómo se partió

de allí para la ciudad de los Reyes, dejando á Pedro de Puelles

por su Teniente y Capitán general, y de las cosas que proveyó

y las pláticas que por el camino trataban..................

Capitulo XIV.—Cómo Diego Alvarez Cueto y Francisco Maído-

nado llegaron á España, y habiendo dado su embajada se trató

que fuese al Perú el licenciado Pedro de la Gasea, y sobre ello

enviaron correo á su Magestad...........................

Capítulo XV.—Cómo llegado el correo en Alemania, su Mages-

tad confirmó lo que en España se había ordenado, y escribió

al licenciado Gasea que partiese al Perú...................

Páginas.

Capitulo XVI.—Cómo estando en Valencia el licenciado Pedro

de la Gasea recibió las cartas de su Magestad y del serenísimo

Príncipe su hijo, y se vino á Madrid, donde se trató sobre el

poder y despacho que se le había de dar para el Perú, y lo

que pidió el licenciado Gasea que se le había de conceder para

hacer la jornada........................................ 85

Capítulo XVII.—Cómo habiéndose tratado y altercado sobre los

capítulos y cosas que pidió el licenciado Gasea se envió la re-

lación á su Magestad, y de una carta que á su Magestad escri-

bió el licenciado Gasea.................................. 89

Capítulo XVIII.—Cómo llegado el correo á su Magestad otorgó

todas las cosas que el licenciado Gasea había pedido en Espa-

ña, y de los negocios y cosas que hizo antes de su partida, y

cómo se embarcó y salió de Sanlúcar en la flota, y lo que en

el camino le acaeció..................................... 95

Capitulo XIX.—Cómo Melchor Verdugo, partiéndose de Carta-

gena, salió á la mar del Norte y combatió de noche la ciudad

del Nombre de Dios, y el capitán Hernán Mexía se huyó á

Panamá, donde estaba el general Pedro Hinojosa........... 101

Capitulo XX.—Cómo Melchor Verdugo se apoderó de la ciudad

del Nombre de Dios, y el Gobernador y Pedro Hinojosa vi-

nieron de Panamá sobre él, y hubo pelea entre ellos, y Ver-

dugo se fué á Cartagena................................. 105

Capítulo XXI.—Cómo prosiguiendo el licenciado Gasea su nave-

gación llegó á Santa Marta, y allí tuvo nueva de la muerte del

Virrey, y lo que sobre esta razón dijo y demostró, y cómo

por razón del interese Gonzalo Pizarro era comunmente ama-

do de todos, y, por el consiguiente, Blasco Núñez Vela fué

de todos aborrecido..................................... 109

Capítulo XXII. — Cómo queriendo salir la flota del puerto de

Santa Marta le llegó nueva al Gobernador cómo Melchor Ver-

dugo había llegado á Cartagena y le pedían socorro, y cómo

el licenciado Gasea escribió á Verdugo y la flota siguió luego

su viaje para el Nombre de Dios.......................... 113

Capitulo XXIII.—Cómo prosiguiendo la flota su viaje llegó al

Nombre de Dios y de la manera con que el Presidente fué re-

cibido en el pueblo, y Hernán Mexia le vino á ver de noche

secretamente, y la simulación y recato que el Presidente con

todos tenía............................................ 117

Capitulo XXIV.—Cómo estando el Presidente en el Nombre de

Dios vino Melchor Verdugo y puso en rebato al pueblo, y el

Presidente dio orden para que se fuese, y lo que Hernán Mexía

Páginas.

pasaba con el Presidente, de lo cual, siendo avisado Hinojosa,

mandó á Hernán Mexía se fuese á Panamá................. 121

Capitulo XXV.—Cómo el Presidente se fué á Panamá y la simu-

lación y recato con que habló á Pedro de Hinojosa y á la gente

de Gonzalo Pizarro para atraellos al servicio de su Magestad,

y Pedro de Hinojosa escribió á Gonzalo Pizarro la venida del

• Presidente............................................. 125

Capitulo XXVI.—Cómo el Presidente tuvo manera que en la fra-

gata en que iba Diego Velázquez fuese fray Francisco de San

Miguel, con el cual escribió muchas cartas para los pueblos y

Prelados del Perú...................................... 129

Capítulo XXVII.—Cómo al tiempo que el Presidente estaba en

Panamá llegaron muchos pasajeros del Perú y le dieron aviso

del estado de la tierra, y lo que Gonzalo Pizarro y los suyos

trataban, y las consideraciones que hacían é intento que tenían. 133

Capitulo XXVIII.—Cómo habiendo el Presidente Gasea enten-

dido de los pasajeros, el intento de Gonzalo Pizarro y de su

gente y el estado de la tierra, escribió muchas cartas á diver-

sas partes. Pónese el traslado de la carta que escribió al Virrey

de la Nueva España.................................... 139

Capítulo XXIX.—Cómo entendiendo el licenciado Gasea que Hi-

nojosa estorbaría su pasada al Perú, acordó escribir á Gonzalo

Pizarro y envió á Pero Hernández Paniagua con la carta que

su Magestad envió á Gonzalo Pizarro, juntamente con otra

que el Presidente le escribió............................. 145

Capítulo XXX.—Del intento y consideraciones que el Presidente

tuvo para escribir á Gonzalo Pizarro y cómo hinchó una carta,

de las que venían en blanco de su Magestad, para el licen-

ciado Cepeda y se la envió con otra suya, y cómo Francisco

Maldonado y un fraile que llevó cartas del Presidente á la

Buena Ventura, se partieron en compañía de Pedro Hernán-

dez Paniagua.......................................... 159

Capitulo XXXI.—Cómo Pedro de Puelles ahorcó en Quito á Ra-

mírez, capitán de Gonzalo Pizarro, y á Godinez su mujer, y

• al padre de la mujer con quien Gonzalo Pizarro tenía en Quito

conversación deshonesta, y á otras personas, y de un cuento

que á Francisco de Carvajal aconteció con un hombre tratante. 165

Capítulo XXXII.—Cómo fray Francisco de San Miguel, llegando

f al puerto de Manta, encaminó las cartas, y cómo yendo Piza-

rro de la ciudad de Trujillo para Lima, antes que entrase llegó

Diego Velázquez con las cartas de Pedro de Hinojosa, y de la

manera que Gonzalo Pizarro fué recibido en los Reyes..... 169

Página».

Capitulo XXXIIL—Cómo Gonzalo Pizarro entró en consulta

para lo que se debía proveer sobre la venida del Presidente

Gasea, y se nombraron procuradores para ir á España, y se

escribió sobre ello una carta al Presidente con sesenta y cuatro

firmas................................................. 173

Capitulo XXXIV.—De las cosas que se contenían en la instruc-

ción que se dio á Lorenzo Aldana, y cómo se dio licencia á los

navios del puerto de Lima para ir á Tierra Firme........... 179

Capitulo XXXV.—Cómo habiendo Juan de la Torre hallado una

rica sepultura se quiso ir á España, y trató de llevar á Vela

Núñez, y el concierto que sobre ello pasó, y cómo Juan de la

Torre descubrió el concierto á Gonzalo Pizarro, de que resultó

que Vela Núñez y otros fueron presos y la desastrada muerte

del capitán Gaspar Mexía................................ 183

Capitulo XXXVI.—Cómo el licenciado Cepeda, por mandado de

Gonzalo Pizarro, condenó á muerte á Vela Núñez y le fué

cortada la cabeza, y al que con él fué preso le hicieron cuartos. 189

Capitulo XXXVII.—Cómo se partió de Lima Gómez de Solís

con instrucción y poderes de Gonzalo Pizarro y del Reino, y

las cosas que en ello se contenía, y cómo también se partieron

los demás Procuradores, el Obispo de Lima y el de Bogotá y

fray Tomás de San Martín............................... 191

Capítulo XXXVIII.—Cómo Alonso de Alvarado se quiso embar-

car para el Perú y la causa por qué lo dejó, y cómo los Capi-

tanes de Tierra Firme insistían al Presidente para matar á Pe-

dro de Hinojosa y tomar á Tierra Firme, y las discretas y pru-

dentes razones que el Presidente dijo á los Capitanes y á Pedro

de Hinojosa........................................... 195

Capitulo XXXIX.—Cómo Lorenzo de Aldana llegó á Panamá y

quemó la instrucción de Gonzalo Pizarro, y Pedro de Hino-

josa entregó al Presidente secretamente la armada y la dio de

su mano al capitán Palomino, haciendo todos pleito homenaje

de guardar secreto...................................... 201

Capitulo XL.—De la invención que tuvo el Presidente para disi-

mular las consultas que había tenido con los Capitanes y para

enviar traslados á Gonzalo Pizarro y pueblos del Perú de las

provisiones y poderes que traía, y las cartas que escribió á

Gonzalo Pizarro y á los pueblos, y el fin que para ello tuvo. 205

Capitulo XLI.—De las pláticas que pasaron el Presidente y Pedro

de Hinojosa sobre y cómo se habían de llevar los despachos y

cartas, y>si primero se enviarían á Gonzalo Pizarro, y lo que

el Presidente escribió al gobernador Benalcázar y á otros— 213

I

Páginas.

Capítulo XLIL—Cómo habiéndose embarcado los mensajeros

con los despachos se hizo auto público del perdón general, y

Pedro de Hinojosa y Capitanes le aceptaron y entregaron las

banderas al Presidente, y él las volvió á dar de su mano, y el

Presidente comenzó á dar orden en las cosas de la guerra ... 217

Capitulo XLJII.—Cómo el Presidente despachó personas que

fuesen á la Nueva España y Nicaragua y otras partes para que

le enviasen gente y armas y otras cosas necesarias........ 221

Capitulo XLIV.—Cómo el Obispo de Lima y el de Bogotá y el

Provincial de los dominicos y Gómez de Solís, Procuradores

de Gonzalo Pizarro, vinieron á Panamá, y de la suerte que

llegaron.............................................. 223.

Capítulo XL V.—De lo que sucedió á Pero Hernández Paniagua

sobre el mensaje que llevaba, y cómo se derramaron muchas

cartas por el Perú, y lo que sobre esto hizo y proveyó Gon-

zalo Pizarro.......................................... 227

Capítulo XLVI.—Cómo llegó á Panamá número de gente, basti-

mentos y municiones, y envió el Presidente por la gente de

Nueva España, y determinado en su partida, comenzó á apres-

tar la gente y navios para el viaje........................ 231

Capítulo LXVII.—Cómo proveyó el Presidente que Lorenzo de

Aldana, Hernán Mexia y Palomino y Juan lllanes fuesen de-

lante con trescientos arcabuceros en cuatro navios, y la ayuda

de costa que se dio á los capitanes y soldados.............. 235-

Capitulo LXVIII.—Cómo el licenciado Zarate murió en la ciudad

de los Reyes, y á Alonso de Toro le mataron en el Cuzco, y

de los que fueron justiciados por se querer alzar en el Cuzco

por el Rey............................................. 239

Capítulo XLIX.—Cómo queriéndose coronar Gonzalo Pizarro

envió á llamar á Francisco de Carvajal; el cual enfermó en el

camino, y cómo fingió confesarse y la carta que escribió á

Gonzalo Pizarro........................................ 241

Capitulo L.—Cómo los navios en que.fué Lorenzo de Aldana,

por necesidad que tuvieron, llegaron á Guayaquil y á Túmbez,

y Villalobos dio dello aviso á Gonzalo Pizarro, y Diego de

Mora abrió las cartas, y partiéndose para Lima, por cierto

acaecimiento se volvió á Trujillo y se embarcó con su mujer

y gente la vuelta de Panamá en servicio de su Magestad---- 247

Capítulo LI.—Cómo navegando Diego de Mora con su navio topó

los navios en que venía Lorenzo de Aldana, y todos juntos se

vinieron á Trujillo y alzaron bandera por el Rey y escribieron

la razón de su venida á diversas partes.................... 251

Páginas.

Capitulo /.//.—Cómo teniendo nueva Gonzalo Pizarro de lo que

Diego de Mora había hecho en Trujillo, proveyó al licenciado

León por Teniente de aquella ciudad, encomendando los indios

de los vecinos de Trujillo al licenciado León y los que con él

iban, y envió á fray Miguel de Lorenes á Panamá á requerir

al Presidente........................................... 255

Capitulo Lili.—Cómo yendo por la mar el licenciado León se en-

contró con los navios de su Magestad, en que venía Lorenzo

de Aldana, y se redujo á ellos, y Diego de Mora se fué con la

gente que tenía á Caxamalca, y los navios se fueron la vuelta

de Lima, y cómo se redujeron Gómez de Alvarado y Saave-

dra y otros Capitanes................................... 259

Capitulo L1V.—Cómo teniendo nueva Gonzalo Pizarro que el

licenciado León se había juntado con los navios, nombró Ca-

pitanes para la guerra, y Francisco de Carvajal entró en la

ciudad de los Reyes, y se enviaron á prevenir todos los Ca-

pitanes y Tenientes del Reino para que estuviesen aperci-

bidos............................................... 265

Capitulo LV.—Cómo Gonzalo Pizarro mandó hacer reseña para

ver la gente que tenía y la manera como con todos justificaba

su causa, y del proceso y sentencia que el licenciado Cepeda

hizo contra el Presidente y los Capitanes que le entregaron el

armada, y se proveyó que Juan de Acosta fuese contra Diego

de Mora............................................... 269

Capitulo L VI.—Cómo los navios llegaron al río de Santa y la

burla que les hizo don Martín indio, y Juan de Acosta tomó

alguna gente dellos que hacían aguada, y cómo Juan de Acosta

se retiró hacia Lima..................................... 273

Capitulo LVIL—Cómo habiendo proveído Gonzalo Pizarro que

el licenciado Carvajal fuese contra Diego de Mora, y á otros

efectos, por persuasión de Carvajal, no se hizo y proveyó que

fuese Juan de Acosta.................................... 277

Capitulo L VIII.—De lo que hizo* don Antonio de Rivera en Gua-

manga y Hernando Alonso en Guánuco, y cómo el capitán

Saavedra se fué á Caxamalca y se le huyó Francisco de Espi-

nosa y Antonio de Robles fué al Cuzco................... 279

Capitulo LIX.—Cómo Diego Centeno entró de noche en el Cuzco

y peleó con la gente del pueblo y hubo victoria, y justició á

Antonio de Robles y redujo la ciudad al servicio del Rey, y

salió con gente contra Alonso de Mendoza................. 281

Capitulo LX.—Cómo queriendo Lucas Martín traer la gente de

Arequipa á Gonzalo Pizarro, le prendieron los del pueblo y le

Páginas

enviaron al Cuzco á Diego Centeno, y ellos después se par-

tieron en su demanda y le entregaron la gente y banderas... 285

Capitulo LXL—Cómo sabiendo Gonzalo Pizarro la muerte de

Antonio de Robles y toma del Cuzco y prisión de Lucas Mar-

tín, envió por Juan de Acosta para que fuese al Cuzco y los

Charcas, y, volviéndose Juan de Acosta, se le huyeron Jeró-

nimo de Soria y otros y mató á Lorenzo Mejía, y en Lima Gon-

zalo Pizarro mandó matar á Antonio Altamirano, y Carvajal

quiso dar garrote á Lope Martín, y el juramento que los veci-

nos hicieron á Gonzalo Pizarro........................... 289

Capitulo LXIL—Cómo proveyó Gonzalo Pizarro que Juan de

Acosta fuese al Cuzco con trescientos hombres, y lo que el

Licenciado hacía para aviar la gente, y lo que Gonzalo Piza-

rro respondió á fray Domingo persuadiéndole que dejase la

tiranía................................................ 295

Capitulo LXIII.—Cómo estando Gonzalo Pizarro aparejando su

partida la dejó por la venida de los navios á Lima, y sacó la

gente al campo, y el capitán Peña vino á hablar á Gonzalo Pi-

zarro, y le trajo los despachos, y lo que en razón dellos pasó

en la consulta...................................: ..... 299

Capítulo LXIV— Cómo del campo de Gonzalo Pizarro se huye-

ron muchas personas y fueron tras ellas, y estando Hernán

Bravo para le ahorcar, fué suelto por una su parienta, y luego

se tornó á huir...................,..................... 303

Capitulo LXV —Cómo se huyeron el capitán Lope Martín y el

licenciado Carvajal y otros muchos, y Gonzalo Pizarro alzó

su campo y se partió para el Cuzco....................... 305

Capitulo LXVI.—Cómo los que quedaron en Lima alzaron ban-

dera por su Magestad é hicieron pregonar el perdón general

y la revocación de ordenanzas, y lo que proveyó Lorenzo de

Aldana................................................ 309

Capitulo L VXIL—Cómo se publicó que Gonzalo Pizarro daba

la vuelta para Lima y puso en rebato á la ciudad, y, sabiendo

ser nueva fingida, Lorenzo de Aldana y los capitanes del ar-

mada saltaron en tierra.................................. 313

Capitulo LXVIII.—Cómo Gonzalo Pizarro escribió á Juan de

Acosta que se juntase con él, y Martín de Olmos se huyó con

muchas personas, y Acosta llegó al Cuzco, y habiendo salido

de la ciudad, se huyó Martín de Almendras y en el Cuzco alzó

bandera y se vino á Lima, y Juan de Acosta llegó á Arequipa

y se juntó con Gonzalo Pizarro.......................... 315

Capitulo LXIX. — Cómo estando el Presidente Gasea en Panamá

»

Páginas.

recibió una información hecha contra Diego García de Pare-

des, y lo que en ella se contenía y lo que sobre ella hizo y pro-

veyó el Presidente..................................... 319

Capítulo LXX.—Cómo estando el Presidente aprestando su par-

tida, le pidieron socorro contra los franceses que habían llega-

do á Santa Marta, y lo que en ella sucedió, y cómo el Presi-

dente se hizo á la vela con el armada..................... 323

Capitulo LXXI.—De la gran tormenta que la armada corrió des-

pués que partió de Taboga, y cómo, queriendo todos arribar

á Tierra Firme, lo estorbó el Presidente y las causas que para

ello daba.............................................. 327

Capitulo LXXII.—Cómo habiendo visto señales de cesar la tor-

menta, el Presidente persuadía fuesen con ella á la Gorgona,

y lo que sobre esta razón decía, y cómo llegaron á la Gorgona

y de allí á la isla del Gallo, donde halló á Paniagua y le dio

la carta que Gonzalo Pizarro le escribía en respuesta á la suya. 331

Capítulo LXXIIL—Cómo el Presidente y capitanes llegaron á la

bahía de San Mateo, y queriendo echar parte de la gente en

tierra llegó Gómez Arias con un navio de provisión que el

Audiencia de los confines enviaba...................... . 339

Capitulo LXXIV.—Cómo el Presidente llegó á Manta y allí tuvo

nueva de la reducción de los pueblos y gente por el Rey, y te-

niendo aviso que Pedro de Puelles enviaba gente contra los

de Guayaquil, envió á Pedro de Meneses á hacer gente, y lo

que más el Presidente hizo y proveyó.................... 343

Capitulo LXXV.—Cómo el capitán Pedro de Salazar y otros ma-

taron en Quito á Pedro de Puelles y se redujo la ciudad al ser-

vicio del Rey, y sabiéndolo el Presidente envió provisión de

Capitán y Justicia mayor al capitán Salazar................ 347

Capitulo LXX VI.—Cómo el Presidente llegó al puerto de Túm-

bez y las cosas que allí proveyó.......................... 351

Capítulo LXXVII.—Cómo el Presidente se partió de Túmbez, y

de las cosas que en el camino hizo y proveyó, y cómo llegó á

Jauja con su compañía, y los que allí halló, y los que más fue-

ron llegando........................................... 355

Capítulo LXX VIII.—Cómo Diego Centeno tuvo nueva de la ve-

nida del presidente Gasea, y Alonso de Mendoza y Juan de

Silvera se juntaron con él con ciertas capitulaciones, y Fran-

cisco de Carvajal ahorcó al padre Pantaleón y otras personas. 359

Capitulo LXXIX.—De lo que hizo Gonzalo Pizarro después que

supo que Alonso de Mendoza se había confederado con Diego

Centeno, y del rompimiento de la batalla de Guarina....... 363

< Páginas Capitulo LXXX.—De lo que se hizo después de la batalla, y de la manera que pelean los de caballo en el Perú, y las cosas que Gonzalo Pizarro proveyó, y se fué á la ciudad del Cuzco................................................ 369 Capitulo LXXXI.—De lo que más hizo Gonzalo Pizarro en el Cuzco, y cómo Diego Carvajal trajo las mujeres de Arequipa al Cuzco, y lo que él y Viezma hicieron con dos mujeres ca- sadas, y cómo Francisco de Carvajal mató á doña María de Calderón, mujer del capitán Jerónimo de Villegas.......... 373 Capitulo LXXXII.—De las cosas que el Presidente hizo y pro- veyó después que llegó al valle de Jauja, y de la mucha dili- gencia y cuidado que en todo ponía, y la querella de Diego de Urbina contra Rodrigo de Salazar sobre la muerte de Pedro de Puelles............................................ 375 Capitulo LXXXIIL—Cómo Lope Martín prendió á Pedro de Bus- tinza y á los que con él estaban en Andaguaylas, y el Presi- dente nombró Capitanes y oficiales de guerra y partió con el campo de Jauja para Guamanga.......................... 379 Capitulo LXXXI V.—En que se pone el traslado de una carta que z\ Presidente escribió para Juan de Espinosa en razón de otra carta que Gonzalo Pizarro, muy en cólera, había enviado á Juan de Espinosa...................................... 383 Capitulo LXXXV.—Cómo el Presidente llegó con el campo á Andaguaylas, donde vino Diego Centeno y Benalcázar y el Oidor de Guatemala, y cómo también llegó Valdivia de Chile. Pónese la raaón de su venida............................ 385 Capitulo LXXXVI.—Cómo el campo partió de Andaguaylas para el valle de Anancay, donde se trató de hacer la puente de Apo- rima, y lo que sobre esto se hizo......................... 389 Capitulo LXXXVII.—Cómo teniendo echadas tres criznejas el capitán Lope Martín á la puente, los de Pizarro quemaron las dos, y el campo fué allá, y á nado, y en una balsa, pasó gente de la otra parte, y se echaron las criznejas, y la puente se co- menzó á hacer......................................... 393 Capitulo LXXXVIII.—Cómo sabiendo Gonzalo Pizarro que la puente se hacía, envió á Juan de Acosta con gente y lo que hizo, y la puente se acabó de hacer, y por ella pasó todo el campo, y Gonzalo Pizarro envió á requerir al Presidente y lo que Carvajal aconsejó á Pizarro, el cual salió del Cuzco y asentó su real en Xaquixaguana......................... 397 Capitulo LXXXIX.—Cómo el campo real se puso á vista del de Gonzalo Pizarro y bajó á lo llano jugando su artillería y ha- Páginas. ciendo daño á sus enemigos, y de la manera que el Presidente ordenó los escuadrones para dar la batalla................. 401 Capitulo XC—Cómo se rompió la batalla de Xaquixaguana y el Presidente hubo la victoria, y Gonzalo Pizarro y su Maestre de campo fueron presos, y de algunas cosas que dijo Francisco de Carvajal.......................................... 405 Capitulo XCI.—Cómo se hizo justicia de Gonzalo Pizarro y de Francisco de Carvajal y de Juan de Acosta, y las cosas que dijo Carvajal, y el Presidente con el campo se fué al Cuzco, donde se hizo justicia de los culpados en la rebelión........ 409 Capitulo XCIL—Cómo el Presidente dio la conquista de Chile á Pedro de Valdivia, y habiendo hecho el repartimiento en Guai- narina, le envió á publicar al Cuzco con don Jerónimo de Loaysa, y la carta que el Presidente escribió á todos los pre- tensores............................................... 413 Capitulo XCIIL—Cómo el Presidente mandó poblar el Pueblo Nuevo de la Paz al capitán Alonso de Mendoza y se fué á la ciudad de los Reyes, y del recibimiento que se le hizo y la ce- remonia con que entró el sello Real con el Presidente....... 417 Capitulo XCIV.—Cómo el Presidente envió á prender á Pedro de Valdivia, y de los capítulos que los de Chile le pusieron y la forma que el Presidente tuvo para salvarle.............. 421 Capitulo XCV.—Final de las cosas que el licenciado Gasea hizo después que entró en la ciudad de los Reyes, y de las buenas partes que tuvo y por qué fué notado del repartimiento que hizo.................................................. 425 índice de personas....................................... 429 índice general.. :........................................ 435 Esta obra se acabó de imprimir en imprenta de la Viuda de Prudencio Pérez de Velasco, Libertad, 31, á veintisiete días del mes de Marzo del año de MCMXV

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