DIEGO DE EGUILUZ. HISTORIA DE LA MISION DE MOJOS EN LA REPÚBLICA BE BOLIVIA


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DIEGO DE EGUILUZ. HISTORIA DE LA MISION DE MOJOS EN LA REPÚBLICA BE BOLIVIA

ESCRITA EN 1696

POR EL P. DIEGO DE EGUILUZ.

PUBLICADA

con varias documentos inédito: referentes á esa misión, biografías y notas

por

Enrique Torres Saldamando

LIMA

IMPRENTA DEL UNIVERSO, DE C. PRINCE

CALLE DE LA VERACRUZ, N. 71

1834

P. DIEGO DE EGUILÜZ.

T.

Cuando á mediados del siglo XVI parecían inútiles los esfuer-

zos de los buenos católicos para contener Jos adelantos del pro-

testantismo, un noble o ilustre capitán español, que en el

campo de batalla, como leal vasallo, y con valor extraordina-

rio, había sostenido los derechos de su soberano, se pre-

senta al Pontífice, con ocho compañeros, no ya como solda-

dos de un monarca, sino como ministros del Altísimo, ofre-

ciéndose para combatir en favor de las prerrogativas y doctri-

nas de la Iglesia, a, cuya defensa habían resuelto dedicarse.

La empresa era ardua; pero les sobraba el valor, el entusiasmo,

el arrojo, la perseverancia y la fe necesarias para acometerla.

El Papa Paulo III, conocido el plan de combate que se pro-

ponian seguir, y satisfecho con el éxito favorable que empeza-

an á obtener loa trabajos que aquellos habían emprendido,

aun antea de presentarse á él, aceptó los ofrecimientos de sus

nuevos campeones, y autorizó y confirmó, por bula de 27 de Se-

tiembre de 1540, la existencia do un ejercito religioso, con el ti-

tulo de COMPANÍA DE JESÚS. A Ignacio Ha Loyola, que era el ca-

pitán, ya sacerdote, toco Ja dirección de la Compañía que ha-

da fundado, y en ella vio muy en breve á una multitud de no-

bles personajes y de jóvenes ilustres, agruparse alrededor del

estandarte que á nombre do la fé había levantado, prontos ti

sucumbir en su defensa.

Desde entonces empezó una lucha tenaz y constante entre

la Compañía de Jesús y los enemigos de la Iglesia, lucha que

dura hasta hoy, sin que el predominio que en el desarrollo de

las ideas ejerce la filosofía moderna, ni la autoridad de los so-

beranos, ni las maquinaciones empleadas por hombros y aso-

ciaciones influyentos en la política de los pueblos, ha-

yan conseguido destruir ese ejercito formidable, ni éste hu-

biese logrado veucer por completo á sus contrarios. Es cier-

to que llegó una epoca parala Compañía en que so ruina

se presentaba inevitable; pero el tiempo de * tribulaciones y de

angustias que en esa ocasión se la hizo sufrir, solo sirvió para

darla nuevo vigor y hacer que renaciera tan inerte y poderosa

como Labia sido antes.

Esa vida casi sobre natural y prodijiosa, que desde su fun-

dación hasta hoy disfruta la Compañía, está sólidamente

afíanzada en la fiel observancia do las disposiciones de su ins-

tituto, y en la pronta ejecución de los mandatos de sus supe-

riores. Hay en ella el convencimiento de que el orden, con-

cierto y armonía, indispensables para el buen gobierno, esta-

bilidad y adelanto de las sociedades y los pueblos, no pueden

conseguirse si depende de la voluntad de loa gobernados el

cumplimiento de las leyes que los rigen, y de lo que ordenan

sus lejítimas autoridades en eji-rcicio del poder que, con ar-

reglo á esas leyes, se les tiene conferido.

Haber contenido los adelantos del protestantismo en Euro-

Í)a, sostenido, por mucho tiempo, inquebrantable ol poder de

08 Papas, la conquista de muchos paísos salvajes de Améri-

ca, la predicación del evangelio en Asia y África, la explora-

ción de caminos y de rios, la educación católica do la juventud

en todas partes, el cultivo de las ciencias, la protección al tra-

bajo y á la industria, el ejercicio constante do la caridad, la

práctica de la virtud, y la escritura de considerable número de

obras do indiscutible mérito científico y literario, más la ejecu-

ción de mil acciones portentosas en servicio do la humanidad,

son el fruto de la obediencia en la Compañía de Jesús. Por ella

vá el jesuita á donde le manda el superior: poco importan el lu-

gar, ni los trabajos y sufrimientos que le esperen; ullí practica

cuanto se le ordena, sin escusar ni aún el sacrificio de su exis-

toncia, si éste ha de ser provechoso para la salvación de cual-

quiera de sus semejantes; su vida debe ser toda abnegación,

su patria el mundo, todos los hombres sus hermanos.

En el número de esos obedientes soldados de la Compañía,

se contaron muchos distinguidos peruanos, de quienes, en su

mayor parte, no so conserva hoy ni aun el recuerdo de su nom-

bre, sin embargo de que prestaron á su patria y a la Iglesia,

servicios importantes, tanto en el ejercicio de las primeras

dignidades do su orden, como en el cumplimiento do sus de-

beres sacerdotales, ó como misioneros, catedráticos y escrito-

res. Uno de los pocos cuya memoria no se ha perdido por

completo, es el Padre DIEGO DE Eguiluz.

II

11.

Al concluir DIEGO DE Eguiluz en 1647 el curso de jurispru-

dencia, como alumno del colegio real de San Martín, para ro-

cibir el doctorado do la Universidad de San Marcos; renun-

ciando los honores, dignidades y empleos que se le esperaban

Sor su ilustre nacimiento, la elevada posisian social y consi-

derablo fortuna de su familia, su vasta inteligencia, y por los

rápidos progresos que había conseguido en sus estudios, pues

sólo contaba 21 años de edad, formó parto de los jesuítas de

la Provincia del Peru, en cuyo número lo admitió el Pro-

vincial P. Francisco Lupercio de Zurbano. Era entonces

maestro dB novicios, el eminente y célebrB teólogo P.Leo

nardo de Peñaficl, distinguido peruano bajo ouya dirección

consiguió Eguiluz tantos adelantos de virtud, como antes ha-

bía tenido Bn sus estudios. Xo fueron menores los que alcan-

zó, después del noviciado, al estudiar la teología en el colegio

máximo de San P;iblo, saliendo á su torminación tan consu-

mado maestro, que el P. IrJsarrí en la vida del Venerable Allo-

za lo llama 'Varón sapientísimo en ambos derechos y en la teo-

logía escolástica)).

Ordenado Bguiluz de sacerdote, y hecha su tercera proba-

ción en las misiones de ínflelos, uo quiso la Compañía privar por

muulio tiempo á sus discípulos dB la enseñanza de tan esclareci-

do maestro; por lo que, desde entonces, librándole genoralmen-

te de los cuidados quo trae el gobierno de los colegios, lo de-

dicó, en especial, á la dirección de las cátedras. Enseñó en Sai

Pablo y en el real de San Martín, filosofía, teología moral y

escolástica, sagrada escritura, prima de teología y cánones.

De sus aulas salieron muchos hombres eminentes, qne ocupa-

ron las primeras dignidades del Estado y de la Iglesia, no só-

lo en el pais sino en España, sin contar otros tantos que se

afiliaron en diversas órdenes religiosas, y que en la Compañía,

con sus luces é inteligencia, contribuyeron á aumentar la re-

putación que de sabios disfrutaron sus miembros.

£1 noviciado de Lima, la Universidad del Cuzco, el real de

San Martín y el seminario de Caciques del Cercado, fueron

los únicos colegios que, en ¿"pocas distintas, tuvo Eguiluz bajo

su dirección como Rector, Fue" además Prefecto de estudios

mayores en San Pablo, Consultor do Provincia y Califica-

dor, Consultor y Juez ordinario de la Inquisición. Por algún

tiempo estuvo también de Consultor del Viroy Conde do la

Monclova, á la voz que el muy reputado y notables teólogo je-

suíta, el limeño P. José Mudarra de la Sema,

ni-

En 1692 terminó su provincialato el P. Francisco Javier

do Crijalva; pero como no so hubiese recibido de Poma el

nombramiento de sucesor, quo debía haber* expedido el Geue-

ral do la urden, que residía allí, fué necesario abrir el pliego re-

servado por el que se designaba á quien tocaba ocupar ese em-

pleo en caso de vacante ó por impedimento de Crijalva. Los

Generales estendían siempre patentas secretas por las que nom-

braban las personas que debían encargarse do las dignidades

do lu orden, quo no podían dasomptíñar loa designados en la*

públicas; pal entes qno se destruían sin abrir cnando llegaba á

tiempo la pública de sucesores de los primeros.

En la patento secreta que conservaba Grijalva para el tiem-

po de su gobierno, se señalaba para Provincial al P. Juan de

Arroyo; pero como yn éste había fallecido al terminarse el de

aquel, se encargó do la Provincia como Vice-Provincial el P.

Jnan Vanea que ora Eector de fian P;ibIo. Este empleo tenía

anexo aquel título, por lo que el qua lo ejercía ora sucesor legal

de los primeros nombrados,cuando faltaba también ei segundo.

Eguiluz fué Socio y Secretario de Yañez durantosu gobier-

no, dosde el íí de Noviembre del referido ano de lti'Jm2t hasta

el 1." tle Enero de ltiüo, en cuyo día le sucedió como Provin-

cial, por haberse recibido entonces cartas del General, por las

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