Карлос Кастанеда. Искусство сновидения. Carlos Castaneda. EL ARTE DE ENSOÑAR
Uncategorized August 2nd, 2006
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tus ensueños.
¿Cuando está usted en este mundo, está atada solamente a esta área?
-No. Voy a todos lados, adonde se me da la gana.
-¿Va siempre como mujer?
-He sido más tiempo mujer que hombre. Me gusta definiti¬vamente mucho más ser mujer. Creo que ya casi se me olvidó cómo ser hombre. ¡Soy una mujer! ¿Sabes?
Me tomó de la mano y me hizo que le tocara la entrepierna. Mi corazón latía en mi garganta. Era realmente una mujer.
-No puedo simplemente tomar tu energía dijo cambiando el tema . Tenemos que llegar a otro acuerdo.
En esos momentos me llegó otra oleada de raciocinios mun¬danos. Le quería preguntar dónde vivía cuando estaba en este mundo. No necesité decirle en voz alta mi pregunta para ob¬tener una respuesta.
-Eres mucho, muchísimo más joven que yo dijo , y ya tie¬nes dificultades para decirle a la gente dónde vives. Y aunque los lleves a tu propia casa o la casa que alquilas, no es ahí don¬de vives.
-Hay tantas cosas que le quisiera preguntar, pero todo lo que hago es tener pensamientos estúpidos.
-No necesitas preguntarme nada. Tú ya sabes lo que sé. Todo lo que necesitaste fue un empujón para reclamar lo que ya sabías. Yo te di y aún te estoy dando ese empujón.
No sólo tenía pensamientos estúpidos sino que estaba en un estado de tal sugestión que tan pronto acabó de decir que yo sabía lo que ella sabía ya sentía que sabía todo, y que no necesitaba hacerle más preguntas. Riéndome, le conté cuán crédulo era yo.
-No eres crédulo me aseguró con autoridad . Sabes todo porque ahora estás totalmente en la segunda atención. ¡Mira a tu alrededor!
Por un momento, no pude enfocar mi vista. Era exactamente como si se me hubiera metido agua a los ojos. Cuando acomodé mi vista, supe que algo portentoso había ocurrido. La iglesia era diferente; más oscura, siniestra, y de alguna manera más dura. Me levanté y di un par de pasos hacia la nave. Lo que atrapó mi atención fueron las bancas; no estaban hechas de ta¬blas de madera, sino de largos, delgados y retorcidos postes. Estas eran bancas caseras, puestas adentro de un magnífico edificio de piedra. También la luz de la iglesia era diferente; era amarillenta, y su brillo creaba las sombras más oscuras que ja¬más había yo visto. Venía de las velas de todos los altares de la iglesia, y era una luz que se mezclaba de lo más bien con las masivas paredes de piedra y los adornos coloniales de la iglesia.
La mujer me miraba, la brillantez de sus ojos era verdadera¬mente notable. En ese momento supe que estaba ensoñando y que ella dirigía el ensueño. Pero no le tenía miedo ni a ella ni al ensueño.
Me alejé del altar lateral y volví a mirar a la nave de la iglesia. Había gente arrodillada rezando; mucha gente, extrañamente pequeña, de piel oscura casi negra. Podía ver las cabezas de la muchedumbre, un mar de cabezas inclinadas. Los que estaban más cerca de mí me miraban con obvio desapruebo. Estaba boquiabierto ante ellos, y ante todo lo demás. La gente se movía, pero no había sonido.
-No puedo oír nada -le dije a la mujer, y mi voz retumbó, haciendo eco, como si estuviera dentro de una concha hueca.
Casi todas las cabezas se dieron vuelta a mirarme. La mujer me jaló de regreso a la oscuridad del altar lateral.
Los escucharás si no los oyes con tus oídos dijo . Escucha con tu atención de ensueño.
Pareció como si todo lo que necesitara fuera su insinuación. De repente me inundó el monótono sonido de una multitud rezando. Fui inmediatamente arrastrado por el sonido. Me pa¬recía que era el sonido más exquisito que jamás hubiera es¬cuchado. Quería hablar entusiastamente de esto con la mujer, pero no estaba a mi lado. La busqué. Ya casi estaba en la puerta. Se dio la vuelta para señalarme que la siguiera. La alcancé en el atrio. No había luces en las calles. La única iluminación era la luz de la luna. La fachada de la iglesia era también diferente; no estaba terminada. Había pedazos de cantería por todos la¬dos. No había casas ni edificios alrededor de la iglesia. A la luz de la luna, la escena era espectral.
¿A dónde vamos? le pregunté.
A ningún lado contestó . Venimos aquí afuera simple¬mente para tener más espacio, para estar solos. Aquí podemos hablar hasta por los codos.
Me instó a que me sentara en una pieza de piedra caliza medio cincelada.
La segunda atención tiene infinitos tesoros que pueden ser descubiertos comenzó . La posición inicial en la que el en¬soñador pone su cuerpo es de importancia clave. Y es ahí donde está el secreto de los brujos antiguos, que aun en mis tiempos ya eran antiguos. Cavila sobre esto, tú que estás siempre em¬peñado en saber la edad de esos brujos.
Se sentó tan cerca de mí, que sentí el calor de su cuerpo. Me puso un brazo alrededor de mi hombro, y me presionó contra su pecho. Su cuerpo tenía una fragancia de lo más peculiar; me recordaba al olor de árboles o de artemisa. No era que ella trajera puesto un perfume; parecía como si todo su ser exudara ese olor característico de los bosques de pino. El calor de su cuerpo tampoco era como el mío o como el de cualquiera que yo conociera. Su calor era fresco y mentolado, parejo y ba¬lanceado. El pensamiento que se me vino a la mente fue que su calor presionaría implacablemente, pero sin prisa.
Empezó a susurrar en mi oído izquierdo. Dijo que los regalos que había dado a los naguales de mi línea tenían que ver con lo que los brujos antiguos llamaban las posiciones gemelas. Lo que significaba que la posición inicial en la que el ensoñador mantiene su cuerpo para empezar a ensoñar es imitada en la posición en que mantiene su cuerpo energético durante los ensueños, a fin de fijar el punto de encaje en cualquier sitio que escoja. Las dos posiciones forman una unidad, dijo, y a los brujos antiguos les llevó miles de años descubrir la relación perfecta entre posiciones gemelas. Comentó, con una risita, que los brujos de ahora nunca tendrán ni el tiempo ni la disposición para hacer todo ese trabajo, y que los hombres y las mujeres de mi línea tenían verdaderamente suerte de tenerla a ella para que les diera regalos. Su risa tenía un notable sonido cristalino.
No comprendí su explicación sobre las posiciones gemelas. Le dije descaradamente que no quería practicar esas cosas sino solamente saber de ellas como posibilidades intelectuales.
-¿Qué es exactamente lo que quieres saber? me preguntó suavemente.
-Explíqueme qué quiere decir con las posiciones gemelas, o la posición inicial en la que el ensoñador pone su cuerpo para empezar a ensoñar le dije.
-¿Cómo te acuestas para empezar a ensoñar? -preguntó.
-De cualquier manera, no tengo ningún patrón. Don Juan nunca hizo hincapié en este punto.
-Bueno, yo sí hago hincapié en él dijo, y se levantó.
Cambió de posición. Se sentó a mi derecha y susurró en mi otro oído que de acuerdo a lo que ella sabía, la posición en la que uno pone el cuerpo es de mayor importancia. Propuso una manera muy fácil de comprobar eso, llevando a cabo un ejer¬cicio extremadamente delicado pero sencillo.
Empieza tu ensueño acostándote en tu lado derecho, con las rodillas ligeramente dobladas dijo . La disciplina es mantener esa posición y quedarse dormido en ella. Luego, en el ensue¬ño, el ejercicio es ensoñar que te acuestas exactamente en la misma posición y te quedas dormido otra vez.
¿Qué sucede con eso? pregunté.
Eso hace que el punto de encaje se fije, y quiero decir que realmente se fije, en cualquier posición en la que se encuentre en el instante en que uno se quede dormido por segunda vez.
-¿Cuáles son los resultados de este ejercicio?
La percepción total. Estoy segura que tus maestros ya te han dicho que mis regalos son regalos de percepción total, ¿no es así?
Sí. Pero creo que nunca me fue claro lo que es la percepción total mentí.
Me ignoró y continuó diciéndome que las cuatro variantes del ejercicio eran: quedarse dormido acostado del lado dere¬cho, del izquierdo, boca arriba y boca abajo. Y luego, en el en¬sueño, el ejercicio era ensoñar que uno se quedaba dormido por segunda vez en la misma posición en la que había comenzado a ensoñar. Me prometió resultados extraordinarios, e imposi¬bles de predecir.
Cambió bruscamente de tema y preguntó:
-¿Cuál regalo quieres para ti?
-No quiero ningún regalo. Ya se lo dije antes.
Insisto. Te tengo que ofrecer un regalo y tú lo tienes que aceptar. Es nuestro convenio.
Nuestro convenio es que nosotros le damos energía. Así que tómela de mí. Esto corre por mi cuenta. Es mi regalo para usted.
La mujer pareció quedarse atónita. Y persistí en decirle que estaba bien que ella tomara mi energía. Hasta le confesé que ella me gustaba inmensamente. Naturalmente lo dije con toda sinceridad. Había algo en ella sumamente triste y al mismo tiempo sumamente atractivo.
-Vamos de regreso a la igl
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