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en la línea de fuego.
Me condujo de regreso a la iglesia. Hasta el día de hoy, de lo único que me puedo acordar de aquella caminata es que tuvo que arrastrarme todo el camino. Pero no recuerdo haber llega¬do a la iglesia o haber entrado en ella. Lo próximo que supe es que estaba arrodillado en un largo y desgastado banco de igle¬sia, junto a la mujer que había visto antes. Me estaba sonriendo. Miré alrededor tratando de localizar a don Juan, pero no estaba a la vista. Hubiera salido de ahí volando si no me hubiera detenido la mujer, agarrándome del brazo.
¿Por qué habrías de tener tanto miedo de una pobrecita como yo? -me preguntó en inglés.
Me quedé pegado en el lugar donde estaba arrodillado. Lo que me cautivó por completo e instantáneamente fue su voz. No puedo describir qué es lo que había en el sonido rasposo de su voz que llegaba a lo más recóndito de mí. Era como si siempre hubiera conocido esa voz.
Me quedé allí inmóvil, atrapado por ese sonido. Me pre¬guntó algo más en inglés, pero no pude entender lo que decía. Me sonrió con dulzura.
-Está bien susurró en español.
Estaba arrodillada a mi derecha.
-Entiendo perfectamente lo que es el verdadero miedo, vi¬vo con él añadió.
Estaba a punto de hablarle, cuando escuché la voz del emisa¬rio en mi oído:
-Es la voz de Hermelinda, tu nodriza -dijo.
Lo único que sabía yo de Hermelinda era la que me contaron, que había muerto en un accidente, atropellada por un camión. Que la voz de la mujer me trajera esas era algo impactante. Experimenté una momentánea y agonizante ansiedad.
Soy tu nodriza exclamó la mujer suavemente . ¡Qué extraordinario! ¿Quieres mi chichi? su cuerpo se convulsionó de risa.
Hice un supremo esfuerzo para mantenerme calmo; sabía que estaba perdiendo la ecuanimidad rápidamente, y que en cualquier momento iba a perder el control de mi razón.
-No te preocupes por mi broma dijo en voz baja . La verdad es que me caes muy bien. Estás llenísimo de energía. Y nos va¬mos a llevar muy bien.
Dos hombres viejos se arrodillaron enfrente de nosotros. Uno de ellos volteó la cabeza y nos miró con curiosidad. Ella no les puso ninguna atención, y continuó susurrándome al oído.
-Déjame tomar tu mano pidió.
Pero su petición era como una orden. Le di mi mano, incapaz de negarme.
Gracias. Gracias por tu confianza en mi susurró.
El sonido de su voz me estaba volviendo loco; un sonido rasposo, tan exótico, tan absolutamente femenino. Bajo ninguna condición la hubiera considerado como la voz elaborada de un hombre tratando de sonar como una mujer. No era una voz ronca ni dura. Era como el sonido de pies descalzos caminando suavemente sobre grava.
Hice un tremendo esfuerzo para romper una capa invisible de energía que parecía haberme envuelto. Creí haberlo logrado. Me levanté, listo para irme, y lo hubiera hecho si la mujer no se hubiera también levantado y susurrado en mi oído.
-No huyas. Hay tantas cosas que te tengo que decir.
Detenido por la curiosidad, me senté automáticamente. Increíblemente, mi ansiedad y mi miedo se desvanecieron re¬pentinamente. Hasta tuve la suficiente presencia de ánimo para preguntarle:
¿Es usted verdaderamente una mujer?
Se rió entre dientes, como una niña, y luego me dijo una in¬trincada frase.
Si te atreves a pensar que me transformaría en un hombre temible para causarte daño, estás gravemente equivocado di¬jo, acentuando aún más esa extraña, hipnótica voz . Tú eres mi benefactor. Yo soy tu sirvienta, como he sido la sirvienta de todos los naguales que te precedieron.
Haciendo acopio de toda la energía que pude, le dije lo que pensaba.
Puede usted tomar mi energía dije . Es un regalo para usted, pero no quiero que me dé ningún regalo de poder. Y le digo esto sinceramente.
-No puedo tomar tu energía gratis susurró . Yo pago por lo que recibo, ese es el trato. Es una tontería regalar tu energía.
Créame, he sido un tonto durante toda mi vida dije . Puedo darme el lujo de hacerle un regalo. No me causa ningún problema. Usted necesita la energía, tómela. Pero yo no puedo cargar cosas innecesarias. No tengo nada, y me encanta no te¬nerlo.
-A lo mejor dijo con un aire pensativo.
Le pregunté agresivamente si quería decir que a lo mejor tomaría mi energía o que no me creyó que no tenía nada y que me encantaba no tenerlo.
Se rió con deleite y dijo que a lo mejor tomaría mi energía ya que yo era tan generoso de ofrecérsela. Pero que tenía que hacer un pago; me tenía que dar algo de valor similar.
Al escucharla hablar, me di cuenta de que hablaba el español con un extravagante acento extranjero. Añadía un fonema ex¬tra en la sílaba media de cada palabra. Nunca en mi vida había escuchado a nadie hablar así.
Su acento es verdaderamente extraordinario dije . ¿De dónde es?
-De casi la eternidad dijo suspirando.
Habíamos empezado a entablar una conexión. Comprendí por qué suspiró. Ella era lo más cercano a lo permanente, mien¬tras que yo era transitorio. Esa era mi ventaja. El desafiante de la muerte estaba acorralado, y yo era libre.
La examiné de cerca. Parecía tener entre treinta y cinco y cuarenta años. Era de piel oscura; una mujer completamente india, casi corpulenta, pero no gorda, ni siquiera pesada. Podía ver que la piel de sus brazos y sus manos era suave; sus músculos firmes y jóvenes. Juzgué que medía entre un metro setenta o setenta y cinco. Tenía puesto un vestido largo, un rebozo negro y huaraches. Estando arrodillada también le po¬día ver sus tobillos y parte de sus bien formadas pantorrillas. Su cintura era delgada. Tenía unos senos grandes los cuales no podía, o quizá no quería esconder bajo su rebozo. Su cabello era negro azabache y estaba atado en una larga trenza. No era hermosa, pero tampoco era fea. Sus facciones no eran de nin¬guna manera sobresalientes. No podía haber atraído la atención de nadie, excepto por sus ojos, que los mantenía bajos, escon¬didos debajo de sus enormes, largas y espesas pestañas. Eran unos ojos magníficos, claros y serenos. Aparte de los ojos de don Juan, yo nunca había visto otros ojos más brillantes, más vivos.
Sus ojos me inspiraron total confianza. Ojos como esos no podrían ser malévolos. Sentí una oleada de optimismo, y la sensación de que la había conocido toda mi vida; pero también estaba consciente de algo más: mi inestabilidad emocional. Esta era, en el mundo de don Juan, como mi enfermedad crónica. Tenía momentos de agilidad mental, esperanza y sencillez, pero luego entraba en la desconfianza y las dudas abomina¬bles. Este evento con la mujer de la iglesia no iba a ser dife¬rente. Mi mente sospechosa se salió repentinamente con el pensamiento de que ya estaba cayendo preso del encanto de esa mujer.
Aprendió español cuando era ya grande ¿no es así? dije sólo para salirme de mis pensamientos y evitar que los leyera.
Sólo ayer replicó, con una risa cristalina; sus pequeños y blancos dientes brillaban como una hilera de perlas.
La gente se dio vuelta para mirarnos. Bajé mi frente como si estuviera orando profundamente.
-¿Hay algún lugar donde podamos hablar? -pregunté.
-Estamos hablando aquí -dijo . Aquí he hablado con todos los naguales de tu línea. Si susurras, nadie se dará cuenta de que estamos hablando.
Me moría de ganas de preguntarle cuántos años tenía, pero un pensamiento sobrio vino a mi rescate. Me acordé de que por años un amigo mío estuvo tendiéndome toda clase de trampas para que le confesara mi edad. Detestaba sus banales preocupaciones, y ahora yo estaba a punto de comportarme de la misma manera. Dejé mi empeño instantáneamente.
Le quise contar eso a ella sólo para seguir conversando. Parecía saber lo que estaba pasando por mi mente; me apretó el brazo en un gesto amistoso, como diciendo que acabábamos de compartir un pensamiento.
-En lugar de darme un regalo, ¿me puede decir algo que me ayude en mi camino? le pregunté.
Movió la cabeza negativamente.
-No susurró . Somos extremadamente diferentes. Más di¬ferentes de lo que creí posible. Se levantó y se deslizó fuera de la banca. Hizo hábilmente una genuflexión frente al altar mayor. Se persignó, y me hizo una seña para que la siguiera a un altar que estaba a un costado, a nuestra izquierda.
Nos hincamos en la banca, frente a un crucifijo de tamaño natural. Antes de que tuviera tiempo de decir nada, ella habló.
-He estado viva por larguísimo tiempo dijo . La razón por la cual he durado tanto es porque controlo los cambios y movimientos de mi punto de encaje, y porque no me quedo aquí en tu mundo por mucho tiempo. Tengo que ahorrar la energía que obtengo de los naguales de tu línea.
¿Cómo es existir en otros mundos? -le pregunté.
-Es como estar en un ensueño, excepto que tengo más mo¬vilidad y me puedo quedar en cualquier lugar cuanto quiera. Tal como si te quedaras todo el tiempo que quisieras en cualquiera de

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