Карлос Кастанеда. Искусство сновидения. Carlos Castaneda. EL ARTE DE ENSOÑAR
Uncategorized August 2nd, 2006
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preocupes de tonterías.
Pasaron más de dos semanas durante las cuales recuperé lentamente mi energía. Lo cual no me impidió seguir preocu¬pándome por todo. Mi mayor preocupación era el sentirme desconocido a mí mismo; había un rasgo de frialdad en mi que no había notado antes; un tipo de fría indiferencia, un desapego que primero atribuí a mi falta de energía. Pero luego que la recuperé, me di cuenta de que era una nueva carac¬terística de mi ser que me tenía permanentemente fuera de sincronización. Para poder evocar los sentimientos, a los que estaba acostumbrado, los tenía que convocar y esperar unos momentos hasta que hicieran su aparición en mi mente.
Otra nueva característica de mi ser era un extraño anhelo que se apoderaba de mí de vez en cuando. Anhelaba a alguien a quien no conocía; era un sentimiento tan abrumador que cuan¬do lo experimentaba, tenía que caminar alrededor del cuarto para poder aliviarlo. Permanecía aprisionado por esa emoción hasta que un rígido control sobre mí mismo, que tampoco había tenido antes, me liberaba; era un control tan nuevo y poderoso, que sólo añadió más combustible a mi preocupación general.
Al final de la cuarta semana, don Juan y sus compañeros llegaron finalmente al acuerdo de que yo me encontraba sano y salvo. Cortaron sus visitas drásticamente. Me pasaba la ma¬yoría del tiempo solo, durmiendo. El descanso era tan completo que mi energía incrementó notablemente. Me sentía una vez más como el yo de antes. Hasta empecé a hacer ejercicio.
Un día, después de una ligera comida, alrededor del medio¬día, regresé a mi cuarto para dormir una siesta. Antes de su¬mergirme en un profundo sueño, y el revolcarme en mi cama buscando una posición más confortable, cuando una extraña presión en mis sienes me hizo abrir los ojos. La niñita del mundo de los seres inorgánicos estaba parada al pie de mi cama, escudriñándome con sus fríos y metálicos ojos azules.
Brinqué de mi cama y grité tan fuerte, que tres de los com¬pañeros de don Juan entraron en el cuarto aun antes de que acabara de gritar. Se quedaron estupefactos. Miraron con horror cómo la niñita se me acercaba deteniéndose justo frente a mí. Nos quedamos mirándonos por una eternidad. Me dijo algo que al principio no pude comprender, pero que un momento después era clarísimo. Me dijo que para que yo la entendiera, tendría que transferir mi conciencia de ser de mi cuerpo físico a mi cuerpo energético.
En ese momento, don Juan entró en el cuarto. La niñita y don Juan se quedaron mirándose. Sin decir una sola palabra, don Juan dio vuelta y salió del cuarto. La niñita lo siguió, cortando el aire como un silbido.
La conmoción que esta escena causó entre los compañeros de don Juan fue indescriptible. Perdieron toda su ecuanimidad. Evidentemente, todos ellos vieron a la niña cuando salió del cuarto con el nagual.
Yo me sentía a punto de explotar físicamente. Me iba a desmayar y me tuve que sentar. La presencia de esa niña fue como un golpe en mi plexo solar. Tenía un asombroso pareci¬do con mi padre. Me golpearon oleadas de sentimiento. Com¬pulsivamente me preguntaba a mí mismo una y otra vez, qué podía significar todo esto.
Cuando don Juan retornó al cuarto, yo había recuperado un mínimo control sobre mí mismo. Mis expectativas acerca de lo que él diría sobre la niñita hacían que mi respiración fuera muy difícil. Todos estaban tan excitados como yo. Le hablaron a don Juan al unísono y se rieron también al unísono al darse cuenta de lo que habían hecho. Su principal interés era saber si había alguna uniformidad en la forma en que habían percibido la apa¬riencia del explorador. Todos estuvieron de acuerdo en que habían visto a una niña de seis o siete años; muy delgada, con hermosas facciones angulares. También estuvieron de acuerdo en que sus ojos eran de color azul acero y que ardían con una emoción silenciosa; sus ojos, dijeron, expresaban gratitud y lealtad.
Yo había corroborado todos esos detalles acerca de la niñita. Sus ojos eran tan brillantes y abrumadores que me habían causado realmente algo como dolor. Había sentido el peso de su mirada en mi pecho.
Una interrogación muy seria que le hicieron sus compañeros a don Juan, y a la cual yo también me suscribía, era acerca de las posibles implicaciones de ese evento. Sostenían que el ex¬plorador era una energía foránea que se había filtrado a través de las paredes que separan la segunda atención de la atención del mundo cotidiano. Su punto de vista era que, a pesar de no estar ensoñando, todos ellos vieron esa energía forastera pro¬yectada en la figura de una niña humana, por lo tanto, esa niña existía en nuestro mundo.
Argumentaron que posiblemente habría cientos, o hasta mi¬les de casos, en los que energía forastera se escurría a nuestro mundo humano sin ser advertida; pero que en la historia de su linaje, no había absolutamente ninguna mención sobre un even¬to de esta naturaleza. Lo que más les preocupaba era que ni siquiera existían historias de brujos sobre el asunto.
¿Es la primera vez en la historia de la humanidad que algo como esto ocurre? -uno de ellos le preguntó a don Juan.
-Yo creo que esto pasa todo el tiempo contestó , pero nunca de manera tan premeditada.
-¿Qué significa esto para nosotros? le preguntó otro de ellos a don Juan.
-Para nosotros nada, pero para él todo dijo señalándome.
Esta aseveración los empujó al más inquietante de los silen¬cios. Don Juan se paseaba ida y vuelta por el cuarto. Después se detuvo frente a mí y me escudriñó, dando todas las indica¬ciones de alguien que no puede encontrar palabras para expre¬sar un aplastante descubrimiento.
-No puedo ni siquiera empezar a valorar lo que ha ocurrido don Juan me dijo en un tono de perplejidad . Caíste en una trampa, pero no fue la clase de trampa que esperaba. Tu trampa fue diseñada únicamente para ti, y fue más mortal que cualquier otra que pudiera haber yo imaginado. Me preocupaba que cayeras por pinches deseos de ser halagado y de que te den todo. Con lo que nunca conté fue con que los seres sombra te tenderían una trampa, usando tu aversión por las cadenas.
Don Juan hizo una vez una comparación de su reacción y la mía a lo que nos presionaba más en el mundo de los brujos. Dijo, sin que pareciera como una queja, que aunque él quería y trataba de lograrlo, nunca había sido capaz de inspirar el afecto que su maestro, el nagual Julián, inspiraba en la gente.
-Mi reacción fidedigna, la cual te estoy mostrando para que la examines, es decir, con completa sinceridad: no es mi destino poder evocar un afecto ciego y total; pues, ¡que así sea!
“Tu reacción fidedigna prosiguió es no poder soportar cadenas y ser capaz hasta de perder la vida con tal de romperlas.
Yo estaba sinceramente en desacuerdo con él, y le dije que estaba exagerando. Mis puntos de vista no eran tan claros.
No te preocupes -dijo riendo , la brujería es acción. Cuando llegue la ocasión, actuarás de acuerdo a tu pasión; de la misma forma en que yo actuaré de acuerdo a la mía. La mía es aceptar mi destino; no de una forma pasiva, como un idiota, sino ac¬tivamente como un guerrero. La tuya es tirarte, sin capricho ni premeditación, a romper las cadenas de quien sea.
Don Juan explicó que al fusionar mi energía con la del ex¬plorador azul, había yo verdaderamente dejado de existir. Todo mi cuerpo físico había sido entonces transportado al reino de los seres inorgánicos, y si no hubiera sido por el explorador azul, quien guió a don Juan y a sus compañeros hasta donde yo estaba, estaría muerto, o inextricablemente preso en ese mundo.
¿Por qué lo guió el explorador adonde yo estaba? pre¬gunté.
El explorador es un ser sensitivo de otra dimensión dijo . Ahora es una niñita; y como tal, me dijo que para obtener la energía necesaria a fin de romper la barrera que la tenía apri¬sionada en el mundo de los seres inorgánicos, tuvo que tomar toda la tuya. Esa es ahora su parte humana. Algo parecido a un sentimiento de gratitud la condujo hacia mí. Cuando la vi, supe instantáneamente que estabas perdido.
¿Qué hizo usted entonces, don Juan?
-Junté a todos los que pude, especialmente a Carol Tiggs, y nos fuimos al reino de los seres inorgánicos.
¿Por qué Carol Tiggs?
En primer lugar, porque tiene infinita energía, y en segundo lugar, porque se tenía que familiarizar con el explorador. Todos nosotros obtuvimos algo invaluable de esta experiencia. Tú y Carol Tiggs obtuvieron al explorador. Nosotros obtuvimos una razón para unir nuestros cuerpos físicos con nuestros cuerpos energéticos; nos convertimos en pura energía.
-¿Cómo hicieron ustedes eso, don Juan?
-Desplazamos nuestros puntos de encaje al unísono. Nuestro intento impecable de salvarte hizo que esto fuera posible. En fracciones de segundo, el explorador nos llevó adonde yacías tendido, medio muerto, y Carol te arrastr
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