Карлос Кастанеда. Искусство сновидения. Carlos Castaneda. EL ARTE DE ENSOÑAR
Uncategorized August 2nd, 2006
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33; es así, don Juan?
-En mi opinión, lo que ocurre es un equilibrio de fuerzas. La gente común y corriente tiene estupendas barreras para pro¬tegerse contra esos asaltos. Barreras tales como preocupaciones diarias. Mientras más fuerte es la barrera, más fuerte es el ataque.
“Por otro lado, los ensoñadores tienen menos barreras y menos exploradores en sus ensueños. Parece que en sus ensue¬ños hay menos exploradores, quizá para asegurar que los en¬soñadores se percaten rápidamente de su presencia.
Don Juan me aconsejó poner mucha atención y recordar todo detalle posible del ensueño que tuve. Hasta me hizo repetirle lo que ya le había contado.
-Me desconcierta usted le dije . Primero no quiere escuchar nada acerca de mis ensueños, y luego si quiere. ¿Hay algún orden en rechazar y acceder?
Por supuesto que hay orden detrás de todo esto dijo . Algunas cosas son de importancia clave, ya que están asociadas con el espíritu; otras no tienen absolutamente ninguna impor¬tancia, ya que están asociadas con nuestras pinches personali¬dades.
“El primer explorador que aislaste, va a estar siempre presen¬te de una forma o de otra, igual que los detalles de tu ensueño. Así que será un bastón, o un frisbee, o un vendedor, o iridio. Por cierto, ¿qué es iridio?
-Realmente no lo sé.
¡Ahí lo tienes! ¿Y qué dirías si resultara ser una de las sustancias más duras del mundo?
Los ojos de don Juan brillaban de deleite, mientras yo me reía nerviosamente de tan absurda posibilidad, la cual resultó ser cierta.
Una vez que hube aceptado el esquema de don Juan de que energía foránea se filtra en los sueños, empecé a tomar en cuenta la presencia de objetos extraños en mis ensueños. Invariable¬mente, después de haberlos aislado, mi atención de ensueño se enfocaba en ellos con una intensidad que no me ocurría en ninguna otra oportunidad. Lo primero que noté fue el gran esfuerzo que mi mente hacia para transformarlos en objetos conocidos. La desventaja de mi mente era su incapacidad de llevar totalmente a cabo tal transformación; el resultado era un objeto espurio, casi desconocido. Después, la energía foránea se disipa fácilmente, convirtiéndose en una burbuja de luz que era rápidamente absorbida por otros apremiantes detalles de mis ensueños.
-En el nivel de ensueño en que te encuentras ahora, los ex¬ploradores son rastreadores que vienen del reino de los seres inorgánicos dijo don Juan, comentando acerca de lo que me sucedía . Son muy rápidos, y esto quiere decir que no se quedan por mucho tiempo.
¿Por qué dice usted que son rastreadores, don Juan?
-Porque siguen el rastro de la conciencia. Ellos tienen con¬ciencia de ser y propósito, aunque eso sea incomprensible para nuestras mentes.
-¿Cuál es la diferencia entre un rastreador y un explorador?
Los rastreadores van en pos de las huellas que deja la con¬ciencia de ser a su paso. Los exploradores la exploran una vez que la encuentran. Como ya te lo he dicho, los exploradores vienen del mundo de los seres inorgánicos; su conciencia y propósito quizá sea comparable al propósito y la conciencia de los árboles.
Explicó que la conciencia de ser es como una velocidad in¬terna y que la velocidad interna de los árboles y de los seres inorgánicos son infinitamente más lentas que la nuestra y por lo tanto, incomprensibles para nosotros.
-Ambos, los árboles y los seres inorgánicos, están hechos pa¬ra durar mucho más que nosotros -añadió . Son inmóviles, pero hacen que todo se mueva alrededor de ellos.
-¿Quiere usted decir, don Juan, que los seres inorgánicos son estacionarios como los árboles?
-Naturalmente. Lo que ves en tus ensueños, como palos os¬curos o luminosos, son sus proyecciones. Lo que oyes como la voz del emisario de ensueño es también su proyección. Al igual que lo son los exploradores.
Me puse repentinamente muy ansioso, agobiado por sus ase¬veraciones. Le pregunté a don Juan si los árboles también tenían proyecciones de esa naturaleza.
Las tienen dijo . Para nosotros los seres humanos las pro¬yecciones de los árboles son menos amigables aun que las de los seres inorgánicos. Los ensoñadores nunca las buscan, a menos que estén en un estado de profunda amenidad con los árboles; un estado muy difícil de lograr, ya que nosotros no tenemos amigos en esta tierra -se rió entre dientes y añadió : no es un gran misterio la razón de esto.
Quizá no lo sea para usted, don Juan, pero ciertamente lo es para mí.
Somos destructivos a más no poder. Hemos ganado la ene¬mistad de todos los seres vivientes de esta tierra; es por eso que no tenemos amigos.
Me sentí más mal aún y quise terminar la conversación. Pero una repentina oleada de curiosidad me hizo regresar al tema de los seres inorgánicos.
-¿Qué cree usted que debería hacer para seguir a uno de los exploradores? -pregunté.
-¿Qué razón podrías tener para seguirlos?
Estoy haciendo una investigación objetiva sobre los seres inorgánicos.
-Ahora sí que me estás tomando el pelo, ¿verdad? A poco no estabas totalmente convencido de que los seres inorgánicos no existen.
Su tono burlón y su risa entrecortada me dieron a entender lo que pensaba de mi investigación.
Cambié de parecer, don Juan. Ahora quiero explorar todas esas posibilidades.
-Acuérdate que el reino de los seres inorgánicos era el terreno de los brujos antiguos. Para llegar ahí, tuvieron que fijar tenaz¬mente su atención de ensueño en los objetos de sus sueños. De esa manera, eran capaces de aislar a los exploradores. Y una vez que tenían a los exploradores enfocados, gritaban su intento de seguirlos. En el instante en que los brujos antiguos manifes¬taban en voz alta su intento, una fuerza incontenible los jalaba.
¿Así tan simplemente como eso, don Juan?
No me contestó. Se sonrió mirándome a los ojos, como retán¬dome a que lo hiciera.
En mi casa, traté de indagar y de deducir, hasta el cansancio, lo que don Juan quiso realmente decir. No estaba en absoluto dispuesto a considerar que quizá hubiera descrito un proceso factible. Un día, después de haber agotado todas mis ideas y mi paciencia, tuve un extraño sueño. En él, un pez repentinamente brincó fuera de una alberca, al borde de la cual yo caminaba. El pez se retorció a mis pies y luego voló como si fuera un pájaro con alas coloridas, y se sentó en una rama, siendo aún un pez. La escena era tan poco común, que mi atención de ensueño se galvanizó. Supe instantáneamente que se trataba de un explo¬rador. Un segundo más tarde, cuando el pez pájaro se trans¬formó en un punto de luz, grité mi intento de seguirlo, y tal como don Juan lo había dicho: una fuerza incontenible me jaló a otro mundo.
Volé a través de un túnel oscuro, como si fuera yo un insus¬tancial insecto volador. La sensación de un túnel terminó de una manera abrupta, exactamente como si yo hubiera sido arrojado fuera de un tubo. El impulso me dejó, de un golpe, frente a una inmensa masa física; me encontraba casi tocándola. En cualquier dirección que mirara, no podía ver su fin. Cínica¬mente me puse a pensar que yo mismo estaba construyendo la visión de esa masa, al igual que uno construye un sueño ¿y por qué no? pensé, después de todo, estaba dormido, ensoñando.
Sin otra cosa que hacer, seguí mi rutina y empecé a observar los detalles de mi ensueño. Lo que estaba frente a mí se parecía mucho a una gigantesca esponja. Era una masa porosa y caver¬nosa. No podía sentir su textura, pero se veía como si fuera áspera y fibrosa. Era de un color café oscuro. No cambiaba de forma; tampoco se movía. Al mirarla fijamente, tuve la absur¬da impresión de que esa masa estacionaria era algo real; estaba fija en algún sitio, ejerciendo una atracción tan poderosa sobre mí que me era totalmente imposible desviar mi atención de en¬sueño para examinar algo más. Una extraña fuerza que jamás había encontrado antes en mis ensueños, me tenía aprisionado.
Luego, sentí claramente cómo la masa dejaba libre mi aten¬ción de ensueño, la cual se enfocó en el explorador que me había transportado hasta allí. En la semioscuridad se veía como una luciérnaga flotando a mi lado, por encima de mí. En su reino, era una pequeña masa de pura energía. Yo era capaz de ver su chisporroteo energético. Parecía estar consciente de mí. De re¬pente se me echó encima y me jaló o me aguijoneó. No sentí su toque, sin embargo, sabía que me estaba tocando. Era una sen¬sación nueva y asombrosa; sentí como si una parte de mi, que no estaba presente ahí, hubiese sido electrificada por ese toque; una tras otra, oleadas de energía
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