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Карлос Кастанеда. Искусство сновидения. Carlos Castaneda. EL ARTE DE ENSOÑAR


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en mis ensueños diarios.
Lo que empezó con fijar la vista en el follaje del mezquite se convirtió en un ensueño. Creí que me encontraba en un árbol irreal, como me había encontrado en árboles de incontables ensueños. Y, naturalmente, me comporté en ese árbol irreal como había aprendido a comportarme en mis ensueños; me mo¬ví de objeto en objeto, atraído por la fuerza de un vórtice que se formaba en cualquier parte del árbol en la cual enfocara mi multisensorial atención de ensueño. Estos vórtices se formaban no sólo al fijar mi vista, sino también al tocar cualquier cosa, con cualquier parte de mi cuerpo.
En un momento dado tuve un ataque de dudas racionales. Comencé a preguntarme si sería posible que me hallara física¬mente subido al mezquite en un estado de confusión, abrazan¬do las hojas y perdido en el follaje sin saber lo que hacía. O quizá me había quedado dormido, hipnotizado por el revoloteo de las hojas en el viento, y estaba ensoñando. Pero, al igual de lo que me ocurría en ensueños, mis preguntas fueron tan fuga¬ces que duraron sólo un instante, y luego la fuerza de lo que estaba sucediendo las anuló por completo.
Un repentino movimiento a mi alrededor sacudió todo, y me hizo virtualmente emerger de la hojarasca como si me hubiera desprendido de la atracción magnética del árbol. Me encontré entonces mirando a un inmenso horizonte, desde un terreno elevado. Me rodeaban oscuras montañas y verde vegetación. Otro empellón de energía me depositó en otro lugar. Árboles enormes se asomaban por todos lados en forma amenazadora. Eran más grandes que los pinos de los estados de Oregon y Washington. Nunca jamás había yo visto un bosque como ese. El panorama era de tal contraste con la aridez del desierto de Sonora que no me quedó ninguna duda de que estaba enso¬ñando.
Me enfoqué en esa extraordinaria visión con temor de salir prematuramente de ella. Sabía que era en realidad un ensueño, y que una vez que agotara mi atención de ensueño, saldría de él. Pero las imágenes duraron, aun cuando calculé que ya ha¬bía agotado mi atención de ensueño. Lo que dio lugar a que cruzara por mi mente un pensamiento aterrador: ¿y si este no fuera un ensueño, ni tampoco el mundo cotidiano?
Asustado, de la misma forma que un animal debe de experi¬mentar el susto, regresé a la hojarasca de la cual había emergido. El ímpetu de mi retroceso me empujó de un extremo a otro del follaje, y me jaló fuera del árbol; en un abrir y cerrar de ojos estaba parado junto a don Juan, en la puerta de su casa, en el desierto de Sonora.
Inmediatamente tomé conciencia de que había entrado en un estado en el que podía pensar coherentemente, pero no podía hablar. Don Juan me instó a que no me preocupara; dijo que nuestra facultad del habla es extremadamente frágil, y que los ataques de mudez eran comunes entre los brujos que se aven¬turaban más allá de los límites de la percepción normal.
Mi primera impresión fue que don Juan sentía lástima por mí. Pero la voz del emisario de ensueño dijo claramente en ese instante que en unas horas, después de dormir, estaría yo per¬fectamente bien.
Al despertarme, y a petición de don Juan, le describí lo que había visto y hecho. Me advirtió que no me fiara de mi racio¬nalidad para comprender mi experiencia, no porque estuviera de ninguna forma perjudicada, sino porque lo sucedido era un fenómeno fuera de los límites de la razón.
Naturalmente, argüí, porque así lo creía, que no podía haber nada fuera de los límites de la razón; que puede haber cosas que no estén claras, pero que tarde o temprano, la razón siempre encuentra una forma de aclararlas.
Con extrema paciencia don Juan señaló que la razón, el sen¬tido común, el buen juicio, fuentes de gran orgullo para nosotros, porque las consideramos consecuencia directa de nuestro valor personal, son meramente el resultado de la fija¬ción del punto de encaje en su posición habitual; cuanto más rígido y fijo, más grande nuestra confianza en nosotros mismos; más grande nuestra idea de que podemos explicar lo que fuera.
Añadió que el ensueño, al darnos fluidez para entrar en otros mundos, destruye nuestra idea del yo que sabe todo. Llamó al ensueño una empresa de dimensiones inimaginables que, des¬pués de hacernos percibir todo lo que puede ser percibido, hace que el punto de encaje dé un salto fuera del reino humano a fin de hacernos percibir lo inconcebible.
Nos encontramos, de nuevo, frente al tema más importan¬te del mundo de los brujos antiguos: la posición del punto de encaje -prosiguió . El anatema de los brujos antiguos, al igual que la aflicción de la humanidad actual.
-¿Por qué dice usted eso, don Juan?
-Porque ambos, la humanidad actual y los brujos de la antigüedad son las víctimas de la posición del punto de encaje. La humanidad, por no saber que el punto de encaje existe. Por no saberlo estamos obligados a considerar a los productos de su posición habitual como cosas finales e indiscutibles. Y los brujos antiguos, por saber que el punto de encaje existe y que se le puede manejar con relativa facilidad.
“Debes evitar caer en esas dos trampas continuó . Sería real¬mente repugnante que te aunaras a la humanidad, como si no supieras acerca de la existencia del punto de encaje. Pero sería aún más odioso que te aunaras a los brujos antiguos, y mane¬jaras al punto de encaje para tu ganancia personal.
-Todavía no entiendo, ¿cuál es la conexión de todo esto con la experiencia que tuve ayer?
Ayer te encontrabas en otro mundo, diferente pero real. Si me preguntas dónde se encuentra ese mundo, yo te tendré que contestar que está en la posición del punto de encaje. Si mi respuesta no tiene ningún sentido para ti, entrarás en un enredo diabólico.
El argumento de don Juan era que me quedaban dos alterna¬tivas si no entendía su proposición. Una era seguir la línea de la humanidad en general, lo que me llevaría a un caos: mi experiencia me diría que otros mundos existen, pero mi razón me diría que esos mundos no pueden existir. La otra alternativa era seguir la línea de los brujos antiguos, en cuyo caso, automá¬ticamente aceptaría la existencia de otros mundos, y mi avari¬cia me haría sostener la posición del punto de encaje que crea esos mundos. El resultado sería otro tipo de caos: tener que moverme físicamente a mundos diferentes del nuestro, forzado por expectativas de poder y ganancia personal.
Yo estaba demasiado aturdido para poder seguir el hilo de su razonamiento, pero sí sentía que él estaba totalmente en lo cierto. Era un sentimiento, una certeza ancestral que yo pare¬cía haber perdido y estar recobrando lentamente.
Regresar a mis prácticas de ensueño disipó todas estas tribu¬laciones, pero creó otras; por ejemplo, después de escucharla diariamente, por meses, la voz del emisario dejó de ser una molestia o un asombro y se convirtió en algo casi común y corriente para mí. Cometí tantos errores influenciado por lo que me decía, que comprendí la renuencia de don Juan a tomarlo en serio. Un psicoanalista se habría muerto de gusto interpre¬tando esa voz de acuerdo a todas las posibles minucias de mi dinámica intrapersonal.
Don Juan mantenía inmutablemente que el emisario es una fuerza impersonal y constante procedente del reino de los seres inorgánicos, por lo tanto, todos los ensoñadores lo experimen¬tan, más o menos en los mismos términos. Y si eligen seguir lo que les dice, como si fuera un consejero, son unos tontos incu¬rables.
Yo era definitivamente uno de ellos. No había manera de mantenerme impasible frente a un evento tan extraordinario una voz que clara y concisamente me decía en tres idiomas datos ocultos sobre cosas o personas en las cuales enfocaba mi atención. La única desventaja, que no tenía grandes consecuen¬cias para mí, era que la voz y yo no estábamos sincronizados. Generalmente, el emisario me daba información acerca de cosas, gente o eventos, cuando ya había olvidado mi interés en ellos.
Le pregunté a don Juan acerca de esta falla; me dijo que tenía que ver con la rigidez de mi punto de encaje. Me explicó que, habiendo sido yo criado por abuelos, estaba saturado de opi¬niones e ideas de gente vieja, y que debido a ello, yo era peligrosamente rígido. Dijo que su método de darme pociones de plantas alucinógenas, no había sido otra cosa sino un esfuer¬zo para sacudir mi punto de encaje, y así permitir que tuviera un margen mínimo de fluidez.
Si no desarrollas ese margen continuó , o te vuelves más rígido, o te conviertes en un brujo histérico, o haces las dos cosas. Mi interés en contarte anécdotas de los brujos antiguos, no es para hablar mal de ellos sino para ponerte al tanto de lo que eran. Tarde o temprano, tu punto de encaje va a adquirir más fluidez, pero no lo suficiente como para contrarrestar tu tendencia a ser como ellos: rígido e histérico.
¿Cómo p

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