Pages: 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 24 25 26 27 28 29 30 31 32 33 34 35 36 37 38 39 40 41 42 43 44 45 46 47 48 49 50 51 52 53 54 55 56 57 58 59


Email This Post Email This Post | Print It Print It |
1 Star2 Stars3 Stars4 Stars5 Stars (No Ratings Yet)
Loading ... Loading ...
| 362 views

ho, ahora es muy tarde.
¿Todavía les tiene miedo, hoy en día, don Juan?
Lo que siento no es exactamente miedo, es más bien repug¬nancia. No quiero tener nada que ver con ellos.
¿Hay alguna razón, en particular, para que sienta usted esa repugnancia?
-La mejor razón del mundo: somos antitéticos. A ellos les encanta la esclavitud y a mi la libertad. A ellos les encanta com¬prar pero yo no vendo.
Me puse inexplicablemente agitado, y le dije bruscamente que nuestra conversación me parecía tan estrafalaria que yo no podía tomarla en serio.
Me miró fijamente y dijo sonriendo:
Lo mejor que uno puede hacer con los seres inorgánicos es lo que tú haces: negar su existencia y al mismo tiempo visitarlos, regularmente, sosteniendo que uno está ensoñando, y que en los ensueños todo es posible. De esta forma uno no se compromete.
Me sentí culpable y me vi obligado a preguntar:
¿A qué se refiere usted, don Juan?
A tus visitas a los seres inorgánicos -me contestó secamente.
¿Está usted bromeando, no? ¿Cuáles visitas?
-Aún no quería discutir esto, pero creo que es hora de que te lo diga; la voz que oías en tus sueños, urgiéndote a que fijaras tu atención de ensueño en los objetos de tus sueños era la voz de un ser inorgánico.
No cabía duda de que don Juan estaba diciendo disparates. Me sentí tan irritado con él que hasta le grité. Se rió de mí como si hubiera sido yo el disparatado y me pidió que le contara todo acerca de lo que llamó mis “sesiones irregulares”. Su pedido me asombró sobremanera porque no le había contado a nadie que a veces mis ensueños se tornaban insólitos. La sesión irregular comenzaba cuando mi atención de ensueño era po¬derosamente atraída por cualquier objeto de mis ensueños, pero eso, en lugar de hacerme cambiar de ensueño, como debería, me empujaba a una dimensión totalmente descono¬cida. Una dimensión en la cual remontaba yo el vuelo, dirigido por una fuerza invisible que me hacía dar vuelta tras vuelta. Siempre al despertarme de uno de esos ensueños, yo seguía retorciéndome en la cama, por un largo rato, antes de estar com¬pletamente consciente.
Esos son auténticos encuentros con tus amigos, los seres inorgánicos comentó don Juan.
Sus aseveraciones me provocaron tal malestar que hasta olvidé mi pregunta acerca de los brujos antiguos. Don Juan, por su cuenta, volvió a ella.
Mi idea es que los brujos antiguos existieron hace quizá diez mil años -dijo sonriendo y observando mi reacción.
Basándome en datos arqueológicos actuales sobre la emi¬gración de las tribus nómadas asiáticas a las Américas, le dije que diez mil años era una fecha irrazonable.
-Tú tienes tu conocimiento, y yo tengo el mío -dijo . El mío es que los brujos antiguos rigieron por cuatro mil años. Hace tres mil años, se fueron a pique. Y desde entonces, los nuevos brujos han estado reagrupando y reconstruyendo lo que quedó de los antiguos.
-¿Cómo puede usted estar tan seguro de sus fechas? pre¬gunté.
-¿Cómo puedes tú estar tan seguro de las tuyas? replicó.
Le dije que los arqueólogos tienen métodos infalibles para establecer las edades de las culturas del pasado. Y él me aseguró una vez más que los brujos también tenían sus propios métodos infalibles.
-No estoy tratando ni de llevarte la contraria ni de pelearme contigo continuó , pero muy pronto vas a tener la oportuni¬dad de preguntarle esto mismo a alguien que lo sabe con absoluta certeza.
-Nadie puede saber esto con absoluta certeza, don Juan.
Sí se puede, y eso es otra de esas cosas de brujos que son imposibles de creer. Hay alguien que puede verificar todo esto. Algún día conocerás a esa persona.
-Vamos, don Juan, usted tiene que estar bromeando. ¿Quién podría verificar lo que sucedió hace tantos miles de años?
-Muy sencillo, uno de los brujos antiguos de los cuales hemos estado hablando. El mismo que yo conocí. Él es quien me dijo todo lo que sé acerca de los brujos de la antigüedad. Espero que siempre recuerdes lo que te voy a contar acerca de ese hombre. Él es alguien a quien estás obligado a conocer, porque es la clave de muchos de nuestros asuntos.
Don Juan me escudriñó por largo rato, y luego me acusó de no haberle creído una sola palabra de lo que me había dicho acerca de los brujos antiguos. Admití que en mi estado coti¬diano de conciencia, naturalmente, no le había creído una sola palabra. Sus historias me parecían historias descabelladas. En la segunda atención, tampoco le creí, aunque ahí debería haber tenido una reacción diferente.
-Se vuelven historias descabelladas, únicamente cuando te pones a examinarlas como si fueran eventos del mundo diario remarcó . Si no involucraras tu sentido común, todo esto se¬ría estrictamente una cuestión de energía.
-¿Por qué dijo usted, don Juan, que estoy obligado a conocer a uno de esos antiguos?
-Porque es imperativo; es vital que los conozcas algún día. Por ahora, simplemente déjame que te cuente otra traída de los cabellos acerca de uno de los naguales de mi lí¬nea, el nagual Sebastián.
Don Juan dijo que a principios del siglo dieciocho, el nagual Sebastián era el sacristán en una iglesia del sur de México. Recalcó cómo los brujos, del pasado o del presente, han busca¬do y han encontrado refugio en instituciones establecidas, tal como la Iglesia. Explicó que el soberbio sentido de disciplina que los brujos poseen los convierte en empleados dignos de confianza, codiciados por instituciones que constantemente tienen extrema necesidad de tales personas; y siempre y cuando nadie se entere de que son brujos, sus prácticas mismas los hacen aparecer como trabajadores modelo.
Una tarde mientras Sebastián estaba cumpliendo con sus tareas de sacristán, un indio de aspecto raro entró en la iglesia; era viejo y parecía estar enfermo. Con voz débil, le pidió ayuda a Sebastián. El nagual pensó que el hombre debería hablar con el cura de la parroquia. Haciendo un gran esfuerzo, el hombre se dirigió al nagual y en un tono áspero y directo le dijo que sa¬bía que Sebastián era no solamente un brujo, sino un nagual.
Sebastián, bastante alarmado por el repentino giro de los acontecimientos, llevó al indio hacia un lado, más privado, y lo recriminó por su osadía. El hombre le contestó que estaba ahí para obtener ayuda, no para dar o pedir disculpas. Necesitaba la energía del nagual para mantener su vida, la cual, le asegu¬ró a Sebastián, había durado miles de años, pero en ese mo¬mento se desvanecía.
Sebastián, quien era un hombre muy inteligente, no se en¬contraba dispuesto a escuchar tales disparates; instigó al viejo indio a que se dejara de tonterías. El indio se enojó y lo amenazó con delatarlo a él y a su grupo a las autoridades eclesiásticas, a menos que accediera a su pedido.
Don Juan me recordó que en esos tiempos, las autoridades eclesiásticas erradicaban brutal y sistemáticamente las prácti¬cas religiosas autóctonas de los indios del Nuevo Mundo. La amenaza del indio no era algo que Sebastián pudiera tomar a la ligera; el nagual y su grupo realmente se hallaban en peligro mortal. Sebastián le preguntó al indio cómo podría darle energía. El hombre explicó que los naguales almacenan en sus cuerpos una peculiar energía producto de su disciplina, y que él era capaz de sacarla a través de un centro energético que todos nosotros tenemos en la región umbilical. Le aseguró a Sebastián que no sentiría dolor alguno y que, a cambio de su energía, podría no sólo continuar sano y salvo con sus actividades, sino que también obtendría un regalo de poder.
Al nagual Sebastián no le cayó nada bien el haber entrado en tratos con ese indio, pero el hombre fue inflexible y no le dejó otra salida más que cumplir con sus deseos. Don Juan comen¬tó que el indio no estaba en lo absoluto exagerando acerca de lo que afirmó. Verdaderamente era uno de los brujos de la anti¬güedad, conocidos como los desafiantes de la muerte. Aparen¬temente, había sobrevivido hasta el presente, por medio de maniobras que sólo él podía realizar.
Lo que aconteció entre Sebastián y aquel hombre se convirtió en la base de un acuerdo que ligó a los seis naguales que siguieron a Sebastián. El desafiante de la muerte mantuvo su palabra: a cambio de la energía que obtuvo de cada uno de esos hombres, les hizo a cada uno de ellos una donación, un regalo de poder. Sebastián fue el primero en recibirlo aunque con desagrado. Todos los demás naguales, por el contrario, acep¬taron gustosamente sus regalos.
Don Juan concluyó su diciendo que los naguales de su línea cumplieron con ese convenio por más de doscientos años, creando así una relación simbiótica que cambió el curso y el objetivo final de su linaje, y que, con el transcurso del tiem¬po, el desafiante de la muerte llegó a ser conoci

Share and Enjoy:
  • del.icio.us
  • YahooMyWeb
  • Digg
  • E-mail this story to a friend!
  • Facebook
  • Google
  • Live
  • Technorati
  • Print this article!
Tags: , , , , , , , , , , , , , , ,

Related posts

Pages: 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 24 25 26 27 28 29 30 31 32 33 34 35 36 37 38 39 40 41 42 43 44 45 46 47 48 49 50 51 52 53 54 55 56 57 58 59


  • Хуан Рульфо. “Педро Парамо” (Juan Rulfo. PEDRO PÁRAMO)
  • Испанские историки. Historiadores de España
  • Завоеватели, исследователи и хронисты Латинской Америки XV-XVI вв. Exploradores y viajeros españoles por los territorios del Nuevo Mundo 15-16 siglos
  • Почетное Консульство Республики Перу в Украине. Consulado Honorario de la Republica del Peru en Ucrania
  • Антология испанской поэзии. Antologia de los poetas (A)

  • Leave a Comment

    You must be logged in to post a comment.


    Copyright by Blok.NOT 2005 - 2008

    XML-Sitemap