BERNABÉ COBO. HISTORIA DEL NUEVO MUNDO. LIBRO DÉCIMOTERCIO y LIBRO DÉCIMOCUARTO


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BERNABÉ COBO. HISTORIA DEL NUEVO MUNDO. LIBRO DÉCIMOTERCIO y LIBRO DÉCIMOCUARTO

SOCIEDAD DU BIBLIÓFILOS ANDALUCES
HISTORIA
DEL NUEVO MUNDO
POR
EL P. BERNABÉ COBO
DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS
PUBLICADA POR PRIMERA VEZ
CON NOTAS Y OTRAS ILUSTRACIONES DE
SEVILLA
Imj>. de E. RASCO, JJustos 'J avera, 1893
D. MARCOS JIMÉNEZ DE LA ESPADA

CAPÍTULO XII
De los templos y adoratorios del Perú; descríbese en particular el templo principal de la ciudad del Cuzco.
D
ICHO habernos ya cómo á todos los lugares sagra¬dos diputados para oración y sacrificios, llamaban los indios peruanos Guacas, así como á los dioses é ídolos que ,en ellos adoraban. Déstos había tanta multitud y di¬versidad, que no es posible escribirlos todos; porque, fuera de los adoratorios comunes y generales de cada nación y provincia, había en cada pueblo otros muchos menores; y sin éstos, cada parcialidad y familia tenía los suyos parti-culares. Mas, porque los adoratorios generales de los pue-blos principales y cabeceras de provincias, dado que no eran tantos en número como los que había en el Cuzco, estaban dispuestos por la misma orden y con las mismas vocaciones (lo cual se averiguó después por los españoles, y verificó en más de cien pueblos, algunos dellos muy dis-tantes), pondré aquí todos los de la dicha ciudad, y de lo que servía cada uno, los ofrecimientos que les hacían y el efecto para que se sacrificaban; y estos serán no más de los generales, porque lo que cada uno tenía en particular de ídolos y adoratorios, ya he dicho que no tenía número. Ni tampoco haré mención de más que de los que eran pro¬pios de la ciudad del Cuzco; porque sin ellos había en aquella ciudad, por ser el santuario universal de todo el reino, otras muchas Guacas extranjeras, que eran las prin¬cipales de todas las provincias que obedecían al Inca; las ; cuales hacía él traer al Cuzco, teniendo por cierto que na- / die se le podía rebelar sin que fuese castigado severamente ¡ de su dios; porque estando los de todos sus vasallos en su j poder, ellos lo habían de ayudar y defender. Estos dioses eran muchos, los cuales estaban de por sí en poder de los de la familia y ayllo del Rey que conquistó la provincia de cada uno, que los tenían en guarda y recebían los sacri-ficios que les traían sus naturales. Estas Guacas, pues, ex-tranjeras no se ponen en esta relación, sino las propias del Cuzco, porque, conocidas éstas, se podrá sacar lo que había en otras partes, pues todas, á imitación del Cuzco, guarda¬ban un mismo orden. Allende destas Guacas naturales de la dicha ciudad, describiré otras dos ó tres del reino, que eran templos muy suntuosos, ricos, y como santuarios de general devoción, á donde de todas las partes del Perú iban en romería, al modo que los cristianos suelen visitar el Santo Sepulcro de nuestro Redentor, el templo de los Apóstoles San Pedro y San Pablo, y el célebre santuario de Santiago de Galicia.
Estos templos y adoratorios, así del Cuzco como de las otras partes del reino, estaban unos en poblado y otros por los campos, sierras y montañas agrias; unos en los ca¬minos, y otros apartados dellos; en los sembrados y tierras de labor, y en punas y desiertos y donde quiera, en tanto número, que apenas caminamos una jornada por cualquiera parte, que no topemos rastros y ruinas de muchos. No to¬dos los adoratorios eran templos y casas de morada; por¬que los que eran cerros, quebradas, peñas, fuentes y otras cosas á este tono, no tenían casa ni edificio, sino cuando mucho un buhio ó choza, en que moraban los ministros y guardas de las dichas Guacas. Pero todos tenían bastantes rentas y servicio, y especialmente los templos de mayor suntuosidad y devoción, era incomparable la riqueza que tenían de oro y plata; porque todos los vasos y piezas del servicio dellos eran destos metales, con todo el aderezo y adorno para celebrar sus fiestas. Era también muy grande
el número de sacerdotes y ministros que residían en ellos continuamente, los cuales se sustentaban de las rentas de los mismos templos. Para dedicar de nuevo cualquiera tem¬plo déstos, hacían grandes fiestas y ceremonias, después de las cuales era la última asperjarlo con un hisopo de ramos verdes y sangre de los corderos que aquel día solemne¬mente sacrificaban.
£1 templo más rico, suntuoso y principal que había en este reino era el de la ciudad del Cuzco, el cual era tenido por cabeza y metrópoli de su falsa religión y por el santua¬rio de más veneración que tenían estos indios, y como tal era frecuentado de todas las gentes del imperio de los In¬cas, que por devoción venían á él en romería. Llamábase Coricancha, que quiere decir «casa de oro» (i), por la in¬comparable riqueza de este metal, el que había enterrado por sus capillas y en las paredes, techo y altares. Era dedi¬cado al Sol, puesto caso que también estaban colocadas en él las estatuas del Viracocha, del Trueno, de la Luna y otros ídolos principales; porque era tenido como el Panteón de Roma; y en un tiempo estuvieron en él todos los prin¬cipales dioses de las provincias que estaban debajo del do¬minio de los reyes Incas; á los cuales, después, porque fue¬sen mejor servidos, pusieron á parte en distintos templos; y allí acudían los naturales de las dichas provincias á vene¬rarlos y ofrecerles sacrificios.
El edificio deste gran templo era de la mejor fábrica que se halló en estas Indias; todo por dentro y fuera de curiosas piedras sillares, asentadas con graix primor sin mez¬cla, y tan ajustadas, que no lo podian estar más; si bien es fama que en lugar de mezcla había puestas en las junturas planchas delgadas de plata. Hoy está fundado en el mismo sitio el convento de Santo Domingo; y ahora cuarenta años que yo estuve en aquella ciudad, duraban en pie muchas
(i) Más propiamente patio, corral ó cercado de oro.
paredes deste edificio; y en una esquina que estaba entera, se vía parte de una delgada lámina de plata en la juntura de dos piedras, la cual vi yo hartas veces; donde se colige, que puede ser que algunas paredes tuviesen asentados los sillares sobre planchas de plata. Su sitio era la parte más llana de la ciudad, al cabo della, donde ya se han acabado las laderas de los cerros en que la mayor parte de la ciu¬dad está fundada, y al principio del valle, orilla del riachue¬lo que corre por aquella parte de la ciudad. Su forma y traza era desta suerte: estaba hecho en este sitio un cerca¬do cuadrado de paredes altas vistosas de cantería; un lienzo dél corría á lo largo detarroyo, otro salía á una plaza, don¬de se celebraban las fiestas y sacrificios del Sol; el tercero miraba á lo largo del valle y el otro al barrio de Pama- chupa. La mayor parte desta cerca alcancé yo en pie, por donde se sacaba su grandeza y labor. Y fuera de estas pa¬redes exteriores, duraban todavía dentro del convento otros pedazos del edificio antiguo del Coricancha. Cogía cada acera ó lienzo deste cercado de cuatrocientos á quinientos J pies, que venían á ser los de toda la fábrica como dos mil en cuadro. Las paredes eran de piedra parda y fuerte, de¬rechas y sacadas á plomo, de muy grandes y vistosos silla- < res, con algunos huecos por junto al suelo á manera de r nichos. Dentro desta cerca había muchos edificios; los prin¬cipales eran cuatro piezas grandes puestas en cuadro y bien labradas, que eran como capillas para el Viracocha, para el Sol, Luna, Trueno y los demás dioses principales. Una destas piezas era el recogimiento de las Mamaconas que servían en el templo, y el demás edificio para morada de los muchos sacerdotes y sirvientes que aquí residían. La pieza principal, ó (como si dijésemos á nuestro modo) la capilla mayor en que estaba el altar del Sol y de los otros grandes dioses, tenía increíble riqueza; porque, en lugar de tapicería, estaba toda ella por dentro, techo y paredes, vestida y aforrada de láminas de oro; de donde se puede colegir la gran riqueza deste templo, que era ta mayor que 9e ha hallado en ninguno otro de todo este Nuevo Mundo. Fuera de muchas imágenes y estatuas que había de oro y plata, no tenía suma la vajilla y piezas destos ricos metales y cantidad de finísima ropa que en él habían recogido los Reyes Incas y aplicado al culto y servicio del Sol; de adon¬de hizo sacar Atauhualpa la mayor parte del gran rescate que en Caxatnarca ofreció por su libertad al Marqués don Francisco Pizarro. /

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