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Бартоломе Арсанс де Орсуа-и-Вела. Мир от Потоси. Bartolomé Arzans de Orsúa y Vela. El mundo desde Potosí


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5;n Poma de Ayala.
La noción misma del trabajo manual, grata a los ojos de Dios, tan arraigada en la cultura protestante, no solamente era ajena sino antitética al ideal del conquistador español. Y ya se sabe que al llegar al , como por arte de encantamiento todos, así hubiesen sido porquerizos o vagabundos en la península, convertíanse en hidalgos «dispuestos a morir de hambre antes que tomar una azada en la mano», como se quejaba el virrey Conde de Nieva en una de agosto de 1563 al Consejo del Rey. Habiendo sustituido a los en el gobierno del imperio, los españoles se sentían con derecho a enriquecerse y holgar a costa del esfuerzo de los vencidos. Así de simple era el razonamiento que se imponía a las razones cristianas de algunas conciencias atribuladas.
Dos concepciones de la vida
No solamente chocaban aquí las ideas del humanismo y el cristianismo español representadas por Bartolomé de las Casas, que proclamaban al indio como un ser con dignidad y al que debía tratarse con las mismas consideraciones que a los demás cristianos, frente a las de Juan Ginés Sepúlveda que consideraban al nativo de América un ser privado de razón, bueno para el servicio de quienes sí la tenían, sino dos concepciones de la vida, la de los españoles alucinados por la fiebre del oro y la de los indígenas que no le pedían a la vida sino lo indispensable para atender a sus necesidades propias y las de sus familias. No tenían noción del dinero y jamás se les ocurrió que el oro y la plata que en proporciones modestas recogían de los ríos y extraían de las rocas pudiesen servir para otra cosa que no fuesen los bellos objetos de culto que adornaban sus templos.
El paulatino empobrecimiento de las vetas que al principio se hallaban casi a flor de tierra y la baja constante de la ley del mineral pudieron ser satisfactoriamente combatidos -43- tanto con la introducción del azogue para la amalgama de la plata como con la profundización de los socavones y el trabajo en el interior de la mina, tarea para la que ya no se mostraban dispuestos los indios «mingas» o voluntarios que durante las primeras décadas habían estado ocupándose de la labor minera a cambio de un salario de 9 pesos (posteriormente reducido a 7) por seis días de trabajo a la semana.
Se calculó que serían necesarios 4.500 mitayos para el trabajo anual, pero el Virrey , considerando que el esfuerzo sería excesivo, decidió que se hicieran más bien tres turnos, cada uno con la misma cantidad de indios que trabajaban una semana seguida de dos de descanso o sea cuatro meses de trabajo por ocho de «huelga o paro», para lo cual se requería la conscripción de 13.500 indios por año.
En el extendido ante los ojos del Virrey se hallaban las provincias próximas al al norte y Tarija al sur,Atacama en la costa del Pacífico y el límite de los llanos amazónicos en el este,territorio enorme donde había zonas cálidas a las que se excluyó pensando que sus habitantes no soportarían la altura y el frío de Potosí. Se escogieron 16 provincias de altura igual o parecida a la de Potosí, a las que se llamó «obligadas», excluyéndose a otras 14 donde el clima o la altura eran distintos. De acuerdo al turno previsto, cada indio iría a Potosí transcurridos siete años de su primer servicio, que incluía a todos los varones entre los 18 y los 50 años de edad y que representaban del 15 al 18% de la población masculina de esas provincias. De esta manera un indio cumpliría su servicio obligatorio en Potosí no más de cinco veces en toda su vida y cada siete años la mita movilizaría teóricamente 94.000 indios.Aunque en los años sucesivos nunca pudo completarse el número de indios previsto en las ordenanzas es evidente, como sostiene Alberto Crespo, que la mita «significó la movilización y la migración más crecida e importante de todas las ocurridas en América durante el período hispano».
La mita también se implantó en las minas de mercurio de Huancavelica, afectando a 13 provincias del Bajo Perú, aunque los mitayos que iban allí estaban obligados a trabajar sólo una cuarta parte del tiempo de servicio y no un tercio como en Potosí, en consideración a que los gases tóxicos que despedía el mercurio y contra los que no había ninguna defensa, hacían que el trabajo fuera más peligroso.
El viaje a Potosí
Merece párrafo especial la operación que importaba en cada uno de los 139 pueblos comprendidos en la mita la conscripción de la séptima parte de sus habitantes. Las distancias a Potosí variaban entre las 170 leguas (940 kilómetros) desde Pomacanche, hasta los 110 kilómetros de distancia desde Macha, por ejemplo, habiendo establecido el Virrey que debía pagárseles medio jornal por cada día de camino (leguaje), disposición a la que se opusieron siempre con éxito los azogueros.
El traslado estaba a cargo de un «capitán enterador» de la mita, pero era el corregidor de cada pueblo quien fraccionaba las listas en tres ejemplares, uno para guardarlo, otro para el capitán y el tercero para el corregidor de Potosí. En los hombros del capitán, que también era indio, descansaba la responsabilidad absoluta de que el contingente llegase completo y si se producían deserciones en el camino la culpa era enteramente suya y podía ser sometido a vejaciones, como quedar atado a un carnero, recibir un número de azotes o balancear colgado de los cabellos por algunas horas (la afrenta mayor que podía hacerse a un indio y a la que raramente acudían las autoridades era cortarles los cabellos). De ahí por qué los corregidores de los pueblos preferían enviar a los mitayos con sus familias como garantía contra las fugas.
Para efectos del pago de viático a los mitayos (que no se hicieron efectivos nunca) se estimaron dos reales por día, suponiéndose que avanzarían tres leguas diarias. Cada grupo familiar se trasladaba con un promedio de cinco llamas, una de ellas cargada con la comida que consumían en el trayecto. Los niños debían caminar desde los cinco años, lo que retardaba también el progreso del viaje.
El Valentín de Caravantes, del Colegio de Potosí, refiere en un informe de marzo de 1610 que además de los agravios de perder la libertad y las cosas que tenían en su tierra, los mitayos eran objeto de un «tercer agravio… que es hacerles venir 160 y 150 o menos leguas, según la distancia de sus pueblos, caminando por punas y despoblados con sus hijos pequeños de las manos. En lo que tardan tres o cuatro meses sin ninguna paga, sino a su costa vienen gastando el matalotaje que allegaron en mucho tiempo en sus tierras, cargados sus carneros de chuño, papas o maíz para el camino, y matando los carneros que traen en él para comer, que habiendo gastado cuatro meses en el camino, cuatro en la labor del Cerro (porque los demás del año no se lo pagan) y cuatro en volver a su tierra, por un año les dan cuarenta pesos, que son los que les pagan los mineros por los cuatro meses que sirvieron en el Cerro; y para ganar estos cuarenta pesos, largamente habrán ellos gastado y perdido de la comodidad de las haciendas que tenían en sus casas y pueblos más de 100 ó 200 pesos. Y si acaso se oponen, que ya está mandado pagarles esta venida, respondoque qué importa, si está apelado por los mineros desde mandato, y se quedó así, y se quedará toda la vida».
Y en cuanto a la suerte de los más pequeños, añade: «porque nacen en esas punas y caminos despoblados sin abrigo, y el morírseles los chiquillos que sacaron de sus pueblos, cuando venían, o de Potosí cuando volvían».
Aunque la intención del Virrey fue buscar que los pueblos escogidos para el servicio de la mita tuviesen altura y clima parecido a Potosí, en los hechos las condiciones de la ciudad eran únicas y si bien en algo se parecían a las de otras regiones altiplánicas, lugares como Capinota, Tiquipaya, Tapacari, Sipe-Sipe, Paso y Cochabamba, de «temperamento benigno» nada tenían que ver con ese -44- «azote de la naturaleza» que era la altura potosina.
El Fiscal Victorian de Villaba decía que al despedir a los mitayos sus parientes prorrumpían en «tantos sollozos y tanto dolor que más parecen que hacen las exequias de un muerto que la despedida de un vivo».
De tres maneras podía el mitayo esquivar el trabajo mitario,la primera mediante el pago al propietario de la mina de la suma de siete pesos que era lo que teóricamente éste pagaría a un «minga» y no los dos pesos y medio que era su jornal semanal. La suma considerada anualmente alcanzaba a 120 pesos, esto es 7 pesos por 17 semanas, suma que también pagaba la comunidad indígena respectiva en el caso de muerte o evasión de un indio afectado a la mita. Los que acudían a este recurso vendiendo todos sus bienes o alquilando su alma al diablo eran llamados indios de «faltriquera», pues esa suma iba directamente al bolsillo del empresario que por lo general y, sobre todo cuando declinó el rendimiento en las minas, prefería quedarse con el dinero en lugar de

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