Бартоломе Арсанс де Орсуа-и-Вела. Мир от Потоси. Bartolomé Arzans de Orsúa y Vela. El mundo desde Potosí
nota March 11th, 2006
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ita potosina.
Gabriel René Moreno con feroz ironía dedica varias páginas al trabajo de los indios y a la mita en su Historia de la Audiencia de Charcas. «En el Alto Perú -dice el polígrafo cruceño- eran repartidos los indios para toda suerte de faenas rudas y trabajos musculares: minas, campos, acarreos, etc. Estábales impuesto todo esfuerzo de pujanza, toda fatiga corporal, todo aguante ciego. Eran lo que son hoy las bestias para la industria, o lo que es el vapor cuya fuerza bruta se representa por caballos. Entonces se decía carga de cuatro indios, arado de siete indios, malecate de quince indios, etc. Eran repartidos conforme a la ley, o fuera de la ley, o contra la ley, que ello nada importó; el hecho es que estaban todos implacablemente repartidos. Éste es el repartimiento que llamaremos activo y personal.» En el repartimiento pasivo, René Moreno enumera el tributo debido al monarca y los beneficios que obtenían corregidores, encomenderos y párrocos y concluye afirmando: «No existían, que sepamos, otros repartimientos de la especie; porque en verdad nada más quedaba ya por repartir a los indios, después de repartirles mercantilmente la religión de Cristo, los trapos de ultramar y la justicia del rey».
No es éste el sitio para retomar la antigua polémica que dividió la conciencia española sobre el trato que debía darse a los indios. Por encima de la lucha apasionada que libró Fray Bartolomé de las Casas y la notable legislación -39- que aprobaron los sucesivos monarcas preservando los derechos de los nativos a una vida digna, primó, como se sabe, la angurria de los conquistadores y colonizadores y el propio interés de la monarquía que exigía, insaciable, mayores contribuciones para sus aventuras de ultramar y para el sostenimiento de la corte.
Tres argumentos ayudaban a los españoles de América a poner en paz sus conciencias: el primero se refería a la presunta tiranía que habrían ejercido los incas y de la que ellos libraron a los indígenas; el segundo aducía una supuesta inferioridad de los naturales, que los hacía proclives al vicio y la ociosidad, de los que debían ser rescatados. (En una carta de octubre de 1589 el virrey conde del Villar le decía al rey: «Como los indios son naturalmente inclinados a vicios, ociosidad y borracheras cuyo remedio consiste en ocuparlos, fuera bien repartirlos para las dichas minas» y el tercero justificaba el régimen de encomiendas y repartimientos con la necesidad de evangelizarlos para salvar sus almas del castigo eterno.
Por el hecho de ser vasallos del rey de España (acreedores por tanto a la protección real) los indios estaban obligados, desde los 18 hasta los 50 años, a pagar un tributo equivalente a ocho pesos anuales, o su equivalente en productos, pago que en el siglo XVI se hizo en especie, en el XVII en especie y dinero y en el XVIII en moneda, y cuyo cobro corría a cargo de los caciques, quienes a su vez entregaban lo recaudado a los corregidores. Los incas también habían exigido tributo a sus súbditos, pero en forma de trabajo y existió reciprocidad en el sentido de que existían previsiones para que en el tiempo de escasez no faltara alimento a nadie. Esa «redistribución» de la riqueza desapareció con la conquista, pues la corona ya no se ocupó sino en las leyes, por cierto abundantes y sabias, de precautelar el bienestar de los tributarios.
«Corregidor de minas. Cómo castiga cruelmente a los caciques principales y jueces con poco temor de la justicia sin tener misericordia por Dios a los pobres». De la Crónica de Guamán Poma de Ayala.
Hasta 1556, el tributo fue pagado colectivamente por comunidades y ayllus, pero por protestas de los indígenas, en adelante se procedió al cobro individual. Ésta fue la primera y universal carga que sufrieron los vencidos. A ella se añadieron muchas otras más, como veremos oportunamente.
Las ideas que había expresado Juan de Matienzo en su informe al Rey (1567) sobre el carácter de los indios eran compartidas sin duda por los demás españoles. Matienzo los halla «pusilánimes y tímidos, que les viene de ser melancólicos naturalmente, que abundan de cólera adusta fría». De ello les viene ser «muy temerosos, flojos y necios; que les vienen súbitamente, sin ocasión ni causa alguna, muchas congojas y enojos, y que si se les pregunta de qué les viene, no sabrán decir por qué. De aquí viene desesperar y ahorcarse cuando son muy mozos o muy viejos, lo cual acaece a cualquier hora a los indios, que por cualquiera pequeña ocasión o temor se ahorcan…, son fáciles y mudables y amigos de novedades…, son muy espaciosos y quieren que en ninguna cosa les den prisa…, son enemigos del trabajo y amigos de ociosidad, si por fuerza no se les hace trabajar. Son amigos de beber y emborracharse e idolatrar, y borrachos cometen graves delitos.
«Comúnmente son viciosos de mujeres…, ellos finalmente nacieron para servir y para aprender oficios mecánicos, que en esto tienen habilidad». La conclusión de Matienzo es que para quitarles tan malas costumbres y siendo pese a todo humildes, pacientes y obedientes, mejor estaban bajo los españoles que gobernados por los incas. La opinión de Arzans, expresada en 1710, un siglo y medio después, es mucho más ponderada y objetiva. Aunque el cronista potosino rinde permanente homenaje a España, a su rey y al poder en vigencia, en el fondo, trasluce de sus escritos un apasionado americanismo y -40- aun una acerba crítica a los españoles. De la misma manera, no obstante que gran parte de su Historia está dedicada a narrar las actividades, vida cotidiana, despliegues y grandezas de la parte privilegiada de la sociedad potosina, Arzans es un crítico a veces severo y otras dolido y resignado de las terribles injusticias sociales del régimen de explotación del indígena. En diferentes lugares de su obra, Arzans se detiene para impugnar y rechazar la versión que circulaba acerca de la incapacidad de razonamiento de los indios. Ensalza, por el contrario, la humildad, la dedicación al trabajo, las monumentales obras en piedra de sus culturas, el vasto conocimiento que tenían de las plantas medicinales y otras virtudes y habilidades. Dice:«Y comúnmente los de este peruano reino son de muy rara habilidad, claro entendimiento y general aplicación, pues se experimenta (con gran sentimiento de los españoles) el que los indios se hayan alzado con el ejercicio de todos los oficios, no sólo los mecánicos mas también los de arte, causando no poca admiración ver formar uno de estos naturales un retablo, una portada, una torre y todo un edificio perfecto y maravilloso sin tener conocimiento de la geometría ni aritmética, y lo que es más, sin saber leer ni escribir, formar guarismos, caracteres y labores, como también hermosas figuras con el pico y el pincel, solamente con ver el dibujo; y como se ha experimentado su buena capacidad e inclinación, han alcanzado una real cédula para que los buenos hijos de los caciques y gobernadores y los demás nobles indios puedan (estudiando facultades y teología) ser ordenados hasta de presbíteros, la cual cédula les dio y remitió nuestro rey y señor don Carlos II, de gloriosa memoria».
«Los dos mineros envían a jueces a que roben a los caciques principales y a los pobres en su pueblo». De la crónica de Guamán Poma de Ayala.
Es también el puntual Arzans quien al empezar su libro recoge ese conmovedor mensaje del capitán Charqui Catari denunciando los engaños de que habían sido objeto los indios de Cantumarca cuando fueron convocados para ayudar a establecer los cimientos de la ciudad de Potosí: «Decid a esos enemigos nuestros, ladrones de oro y plata, barbudos sin palabra, que si hubiéramos sabido que era gente sin piedad y que no cumplen los tratos, desde que supimos que estaban en el Porco les hubiéramos hecho guerra, y echándolos de allí no les permitiéramos entrar donde estábamos ni sacar la plata de Potosí.
»Decidles que por entender que siendo viracochas eran buenos y de mejores costumbres que nosotros, por eso les servimos aquel poco tiempo, y todos ellos nos prometieron vivir juntos y gozar la plata del Cerro, pero ya sabemos que es gente que no sabe cumplir lo que promete. Y decidles que al mal hombre Hualca lo ha de castigar el gran Pachacámac, porque les ha descubierto el Potosí, que a ninguno de nuestros incas se lo dio; y que si quieren paz y no guerra se vayan de aquí y nos entreguen a Hualca para castigarlo en nombre de Pachacámac, por haber faltado a la orden que nos dio a todos de que no sacásemos la plata del cerro, cuando se oyó el estruendo, y así que nos lo envíe porque tiene muy enojado al Pachac&
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