Бартоломе Арсанс де Орсуа-и-Вела. Мир от Потоси. Bartolomé Arzans de Orsúa y Vela. El mundo desde Potosí
nota March 11th, 2006
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quistas o en la milicia.
Crecía además el descontento por la disparidad en cuanto a la riqueza que ostentaban unos y la pobreza no solamente de los recién llegados sino de otros muchos que por -32- falta de vinculación e influencia o por simple mala suerte, no habían podido acumular nada, en una ciudad que, por otra parte, debido a la inflación provocada por la afluencia desbordada del mineral de plata, resultaba sin duda la más cara de todo el imperio. Ese caldo de cultivo dio origen ya en 1612 a una conspiración abortada por la delación de uno de los comprometidos y en la que figuraba como cabecilla un capitán, Alonso Yáñez, a quien la historia ha recogido con el nombre de Alonso de Ibáñez. Yáñez pretendía apoderarse del gobierno comunal y destruir la fuente de poder de la clase dominante, arrasando los ingenios. Yáñez y sus compañeros castellanos fueron ahorcados en la Plaza Mayor.
Alberto Crespo en su libro La guerra entre Vicuñas y Vascongados atribuye a las peculiaridades raciales de los vascos el hecho de que éstos se hubiesen convertido desde temprano en dueños de casi todos los ingenios y minas y en consecuencia en empresarios de la flamante ciudad y al propio tiempo, como corolario lógico, monopolizadores del gobierno comunal, de los títulos y empleos: «Estaban poseídos -dice Crespo- de un sentido utilitario de la conquista de las Indias en más alto grado que los castellanos, extremeños y andaluces y, si caben las generalizaciones, un tanto despojados de su actitud heroica… Los otros ganaron duramente la tierra y no se resignaron sino con pena a envainar las espadas, mientras que los vascongados se dedicaron, presurosos, a explotar el cerro con orden y sistema. A la atractiva y utópica entrada a tierras inexploradas prefirieron arraigarse donde la plata estaba segura. En lugar de ir a pelear contra los indios, optaron por convencer al virrey Toledo de que se los entregase maniatados, bajo la capa legal de las ordenanzas de la mita». Eran tozudos, laboriosos y prácticos.
Los segundos habían protagonizado la conquista, despreciaban la vida sedentaria y creían que la nobleza se conservaba o adquiría por el uso de las armas; eran inquietos, inclinados al riesgo y la aventura, empeñados en las grandes hazañas que les darían reconocimiento de la Corona y riqueza instantánea. Esas dos concepciones de la vida chocaron frontalmente en el emporio que concentraba la mayor fortuna del virreinato. A los castellanos y andaluces se unieron manchegos, extremeños y portugueses mientras los cautelosos vascongados formaban un sólido núcleo impenetrable dentro del que se repartían los cargos de la Administración colonial, muchos de ellos comprados a la Corona, como se estilaba entonces.
Aunque era evidente el apoyo del común hacia los Vicuñas, éstos fueron expulsados de la ciudad, capturados en el campo y ahorcados en número de cuarenta «que en españoles es el mayor castigo que se ha hecho en las Indias», según refería el marqués de Guadalcázar, virrey de Lima, al Rey de España. El mismo funcionario reconoció hidalgamente que la raíz del conflicto se hallaba en el dominio absoluto que habían ejercido los vascongados por treinta años sobre Potosí, dominio que continuó, una vez eliminados los cabecillas de los Vicuñas. A Shakespeare, que dejó morir envenenados a Romeo y Julieta, le habría gustado el final feliz que puso en cambio Arzans en su Historia: el matrimonio de la «hija única y muy hermosa» del capitán de los Vicuñas con el hijo del jefe Vascongado. En la vida real, la represión contra los Vicuñas fue implacable, pues el perdón y la amnistía llegaron tarde cuando ya los principales jefes rebeldes habían sido colgados. Una vez pregonado el indulto, se prohibió el uso de pistoletes, pistolas, arcabuces y escopetas, so pena de vida. También estaba castigado con cuatro años de destierro a Chile, el uso de cotas de malla, cueros de ante, jubones fuertes, espadas y estoques mayores.
Higiene, salud, enfermedades
Si malas eran las condiciones de higiene y salud en todo el virreinato y en la propia España, imaginemos cuánto más graves serían en las alturas de Potosí, en medio del casi súbito hacinamiento, en un perímetro reducido de hombres y animales de carga.
No debe olvidarse que la conquista fue empresa de varones que frisaban los treinta años, pues de otro modo no habría podido llevarse a cabo. En pos de los metales preciosos, los jóvenes españoles soportaban hambres y sed, canícula y vientos helados, jornadas a pie de miles de kilómetros, por medio de la selva o de altiplanicies desnudas, o en frágiles embarcaciones por ríos tan anchos y extensos como no los habían visto nunca en Europa. Si en las cortes del Medievo y aun en la Francia del Rey Sol, se convivía con toda clase de alimañas y los piojos asomaban en las pelucas de los nobles, era natural que los conquistadores del nuevo mundo trajeran también una natural aversión al baño, que no consideraban necesario sino en contadas ocasiones, aversión que compartían aun más las mujeres, con el agravante de que la idea cristiana de que en las formas femeninas se escondía el demonio las hacía todavía más reacias a lavarse el cuerpo desnudo. El régimen de alimentación habría también alarmado a un dietista moderno: carne de vacuno y cerdo, aves, galletas duras, ají, muy poca verdura, chocolate (popularizado desde México), vino y aguardiente. Un hombre de cincuenta años ya era considerado anciano y Francisco de Carvajal, «el demonio de los Andes», lugarteniente de Gonzalo Pizarro, se hizo célebre no tanto por su coraje y su espíritu batallador sino por su edad: al ser ajusticiado por orden de La Gasca, frisaba los 80 años y era considerado matusalénico.
En El Florilegio médico del jesuita Steynefer, escrito para «uso de las provincias de España y sus misiones», figura una lista de los santos a los que debía la persona encomendarse, dependiendo de su enfermedad: San Blas para la angina; Santa Lucrecia, el asma; Santa Engracia, el hígado; San Pantaleón, las almorranas; San Antioco, las vías urinarias; Santa Polonia, el dolor de muelas; San Valentín, el estreñimiento; Santa Águeda, los partos difíciles; Santa Lubdina, el dolor de cabeza; San Hugo, la epilepsia; Santa Gertrudis, el mal del corazón; Santa Tecla, la boca torcida; San Gregorio, las enfermedades de los ojos; -33- Santa Lucía, la ceguera; San Zacarías, el mal de oído.
No pasaban de dos o tres los médicos residentes que provenían de España, pues la única escuela de medicina de la Audiencia en la Universidad de San Xavier recién se abrió con el inicio del régimen republicano. La farmacopea que trajeron los españoles contenía medicinas tan curiosas como «ranas calcinadas, ojos de cangrejo, agua de capón, uñas de la gran bestia, espíritu de lombrices, piedras de araña, agua de la reina de Hungría, sal de Mále de Ribero, Marte aperitivo, bálsamo de María, serpentaria virginiana, sangre de dragón», etc…
En los hospitales se hacía abundante uso de sangrías, ventosas, lavativas y tártaro emético, con todo lo cual generalmente se aceleraba el fin del paciente. Con el tiempo, médicos y barberos de la península avecindados en la Audiencia y los practicantes criollos incorporaron a su farmacopea con mayor éxito las yerbas utilizadas por los nativos como el guayaco, la quina, la zarzaparrilla y el bálsamo del Perú.
Solamente la altura y la frigidez del clima explican por qué un conglomerado humano y animal tan abigarrado pudo librarse de grandes epidemias fuera de la de 1719 de fiebre tifoidea que habría causado la muerte de 22.000 personas, la mayor mortandad que sufrió la ciudad en su historia. Hubo otras epidemias de menor importancia en 1584 (una «pestilencia» no identificada), una de dengue en 1589, otra de viruela en 1590 y una más de sarampión y alfombrilla de 1628 al 29, epidemias que también se presentaron en los mismos años en varias otras ciudades del Virreinato.
No todo fue tampoco esplendor y opulencia, pues la ciudad conoció también en forma constante el fantasma del desabastecimiento e incluso la hambruna, sobre todo en sus períodos de baja producción minera que no fueron pocos.
Es fama que hasta medio siglo después de establecida la ciudad ningún niño español recién nacido (nadie se ocupó de averiguar por los niños indígenas) pudo sobrevivir en la ciudad y era costumbre que las madres fuesen a dar a luz en los valles cercanos, permaneciendo en ellos hasta que los críos cumplieran seis meses o un año. Aun así la mayoría de infantes fallecía al retornar
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