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Empezaban a vencer no sin dificultad el impulso de la corriente, cuando reconocieron a poca distancia considerable número de canoas guarnecidas de indios armados, y en la tierra algunas cuadrillas inquietas que al parecer intimaban la guerra, y con las voces y los movimientos que ya se distinguían, daban a entender la dificultad de la entrada: ademanes que suele producir el temor en los que desean apartar el peligro con la amenaza. Pero los nuestros, enseñados a mayores intentos, se fueron acercando en buena orden hasta ponerse en paraje de ofender y ser ofendidos. Mandó el general que ninguno disparase ni hiciese demostración que no fuese pacífica; y a ellos les debió ordenar lo mismo su admiración, porque extrañando la fábrica de las naves, y la diferencia de los hombres y de los trajes, quedaron sin movimiento, impedidas violentamente las manos en la suspensión natural de los ojos. Sirvióse Juan de Grijalva de esta oportuna y casual diversión del enemigo para saltar en tierra: siguióle parte de su gente con más diligencia que peligro: púsola en escuadrón, arbolóse la bandera real, y hechas aquellas ordinarias solemnidades, que siendo poco más que ceremonias se llamaban actos de posesión, trató de que entendiesen aquellos indios que venía de paz y sin ánimo de ofenderlos. Llevaron este mensaje dos indios muchachos que se hicieron prisioneros en la primera entrada de Yucatán, y tomaron en el bautismo los nombres de Julián y Melchor. Entendían aquella lengua de Tabasco por ser semejante a la de su patria, y habían aprendido la nuestra, de manera que se daban a entender con alguna dificultad, pero donde se hablaba por señas se tenía por elocuencia su corta explicación.

Resultó de esta embajada el acercarse con recatada osadía hasta treinta indios en cuatro canoas. Eran las canoas unas embarcaciones que formaban de los troncos de sus árboles, labrando en ellos el vaso y la quilla con tal disposición, que cada tronco era un bajel, y los había capaces de quince y de veinte hombres: tal es la corpulencia de aquellos árboles, y tal la fecundidad de la tierra que los produce. Saludáronse unos y otros cortésmente, y Juan de Grijalva, después de asegurarlos con algunas dádivas, les hizo un breve razonamiento, dándoles a entender por medio de sus intérpretes cómo él y todos aquellos soldados eran vasallos de un poderoso monarca, que tenía su imperio donde sale el sol, en cuyo nombre venían a ofrecerles la paz y grandes felicidades si trataban de reducirse a su obediencia. Oyeron esta proposición con señales de atención desabrida; y no es de omitir la natural discreción de uno de aquellos bárbaros que poniendo silencio a los demás, respondió a Grijalva con entereza y resolución: «que no le parecía buen género de paz la que se quería introducir, envuelta en la sujeción y en el vasallaje; ni podía dejar de extrañar como cosa intempestiva el hablarles en nuevo señor hasta saber si estaban descontentos con el que tenían; pero que en el punto de la paz o la guerra, pues allí no había otro en qué discurrir, hablarían con sus mayores y volverían con la respuesta».

Despidiéronse con esta resolución, y quedaron los nuestros igualmente admirados que cuidadosos; mezclándose el gusto de haber hallado indios de más razón y mejor discurso con la imaginación de que serían más dificultosos de vencer, pues sabrían pelear los que discurrir; o por lo menos se debía temer otro género de valor en otro género de entendimiento: siendo cierto que en la guerra pelea más la cabeza que las manos. Pero estas consideraciones del peligro en que discurrían variadamente los capitanes y los soldados, pasaban como avisos de la prudencia que no tocaban o tocaban poco en la región del ánimo. Desengañáronse brevemente, porque volvieron los mismos indios con señales de paz, diciendo: «que sus caciques la admitían, no porque temiesen la guerra, ni porque fuesen tan fáciles de vencer como los de Yucatán (cuyo suceso había llegado ya a su noticia), sino porque dejando los nuestros en su arbitrio la paz o la guerra, se hallaban obligados a elegir lo mejor». Y en señas de la nueva amistad que venían a establecer, trajeron un regalo abundante de bastimentos y frutos de la tierra. Llegó poco después el cacique principal con moderado acompañamiento de gente desarmada, dando a entender la confianza que hacía de sus huéspedes, y que venía seguro en su propia sinceridad. Recibióle Grijalva con demostraciones de agrado y cortesía; y él correspondió con otro género de sumisiones a su modo en que no dejaba de reconocerse alguna gravedad afectada o verdadera; y después de los primeros cumplimientos, mandó que llegasen sus criados con otro presente que traían de diversas alhajas de más artificio que valor, plumajes de varios colores, ropas sutiles de algodón, y algunas figuras de animales para su adorno, hechas de oro sencillo y ligero, o formadas de madera primorosamente con engastes y láminas de oro sobrepuesto. Y sin esperar el agradecimiento de Grijalva, le dio a entender el cacique por medio de los intérpretes: «que su fin era la paz, y el intento de aquel regalo despedir a los huéspedes para poder mantenerla». Respondióle: «que hacía toda estimación de su liberalidad, y que su ánimo era pasar adelante sin detenerse ni hacerles disgusto»; resolución a que se hallaba inclinado, parte por corresponder generosamente a la confianza y buen término de aquella gente, y parte por la conveniencia de tener retirada, y dejar amigos a las espaldas para cualquier accidente que se le ofreciesen; y así se despidió y volvió a embarcar, regalando primero al cacique y a sus criados con algunas bujerías de Castilla, que siendo de cortísimo valor llevaban el precio en la novedad: menos lo extrañarán hoy los españoles hechos a comprar como diamantes los vidrios extranjeros.

Antonio de Herrera y los que le siguen, o los que escribieron después, afirman que este cacique presentó a Grijalva unas armas de oro fino con todas las piezas de que se compone un cumplido arnés, que le armó con ellas diestramente, y que le vinieron tan bien como si se hubieran hecho a su medida; circunstancias notables para omitidas por los autores más antiguos. Pudo tomarlo de Francisco López de Gómara, a quien suele refutar en otras noticias; pero Bernal Díaz del Castillo que se halló presente, y Gonzalo Fernández de Oviedo, que escribió por aquel tiempo en las islas de Santo Domingo, no hacen mención de estas armas, refiriéndose menudamente todas las alhajas que se trajeron de Tabasco. Quede a discreción del lector la fe que se debe a estos autores, y séanos permitido el referirlo sin hacer desvío a la razón de dudarlo.

 

 

 

Capítulo VII

 

Prosigue Juan de Grijalva su navegación, y entra en el río de Banderas, donde se halló la primera noticia del rey de Méjico, Motezuma

 

Prosiguieron su viaje Grijalva y sus compañeros por la misma derrota, descubriendo nuevas tierras y poblaciones sin suceso memorable, hasta que llegaron a un río que llamaron de Banderas, porque en su margen y por la costa vecina a él andaban muchos indios con banderas blancas pendientes de sus astas; y en el modo de tremolarlas, acompañado con las señas, voces y movimientos que se distinguían, daban a entender que estaban de paz, y que llamaban al parecer más que despedían a los pasajeros. Ordenó Grijalva que el capitán Francisco de Montejo se adelantase con alguna gente repartida en dos bajeles, para reconocer la entrada y examinar el intento de aquellos indios; el cual hallando buen surgidero, y poco que recelar en el modo de la gente, avisó a los demás que podían acercarse. Desembarcaron todos, y fueron recibidos con grande admiración y agasajo de los indios; entre cuyo numeroso concurso se adelantaron tres, que en el adorno parecían los principales de la tierra; y deteniéndose lo que hubieron menester para observar en el respeto de los otros cuál era el superior, se fueron derechos a Grijalva haciéndole grandes reverencias, y él los recibió con igual demostración. No entendían aquella lengua nuestros intérpretes, y así se redujeron los cumplimientos a señas de urbanidad, ayudadas con algunas palabras de más sonido que significación.

Ofrecióse luego a la vista un banquete que tenían prevenido de mucha diferencia de manjares, puestos o arrojados sobre algunas esteras de palma que ocupaban las sombras de los árboles: rústica y desaliñada opulencia; pero nada ingrata al apetito de los soldados: después de cuyo refresco mandaron los tres indios a su gente que manifestase algunas piezas de oro que tenían reservadas; y en el modo de mostrarlas y de tenerlas se conoció que no trataban de presentarlas, sino de comprar con ellas la mercadería de nuestras naves, cuya fama había llegado ya a su noticia. Pusiéronse luego en feria aquellas sartas de vidrio, peines, cuchillos y otros instrumentos de hierro y de alquimia, que en aquella tierra podían llamarse joyas de mucho precio; pues el engaño con que se codiciaban era ya verdad en lo que valían. Fuéronse trocando estas bujerías a diferentes alhajas y preseas de oro no de muchos quilates, pero en tanta abundancia, que en seis días que se detuvieron aquí los españoles, importaron los rescates más de quince mil pesos.

Antonio de Solís. Historia de la conquista de México

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