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Su modo de pelear era el mismo que dejamos referido en la batalla de Tabasco: mejor disciplinados los ejércitos, menos confusa la obediencia de los soldados, más nobleza y mayores esperanzas. Deshacíanse brevemente de las armas arrojadizas para llegar a las espadas, y muchas veces a los brazos, por ser entre aquella gente mayor hazaña el cautiverio que la muerte del enemigo, y más valeroso el que daba más prisioneros para los sacrificios. Tenían estimación y conveniencia los cargos militares, y Motezuma premiaba con liberalidad a los que sobresalían en las batallas: tan inclinado a la milicia, y tan atento a la reputación de sus armas, que inventó premios honoríficos para los nobles que servían en la guerra, instituyendo cierto género de órdenes militares, con sus hábitos o insignias, que daban honra y distinción. Había unos caballeros que llamaban de las águilas, otros de los tigres, y otros de los leones, que llevaban pendiente o pintada en los mantos la empresa de su religión. Fundó también otra caballería superior, a que sólo eran admitidos los príncipes o nobles de alcuña real; y para darla mayor estimación tomó el hábito y se hizo alistar en ella. Traían éstos atada parte del cabello con una cinta roja, y entre las plumas de que adornaban la cabeza, unas borlas del mismo color que pendían sobre las espaldas, más o menos, según las hazañas del caballero, las cuales se contaban por el número de las borlas, y se aumentaban con nueva solemnidad como iban creciendo los hechos memorables de la guerra: con que había dentro de la misma dignidad algo más que merecer.

Debemos alabar a los mejicanos la generosidad con que anhelaban a semejantes pundonores, y en Motezuma el haber inventado en su república estos premios honoríficos; que siendo la moneda más fácil de batir, tienen el primer lugar en los tesoros del rey.

 

 

 

Capítulo XVII

 

Dase noticia del estilo con que se medían y computaban en aquella tierra los meses y los años; de sus festividades, matrimonios, y otros ritos y costumbres dignas de consideración

 

Tenían los mejicanos dispuesto y regulado su calendario con notable observación. Gobernábanse por el movimiento del sol, y midiendo sus alturas y declinaciones para entenderse con el tiempo, daban al año trescientos sesenta y cinco días como nosotros; pero le dividían en diez y ocho meses, señalando a cada mes veinte días, de cuyo número se componían los trescientos sesenta, y los cinco restantes eran como días intercalares, que se añadían al fin del año para igualar el curso del sol. Mientras duraban estos cinco días, que a su parecer dejaron advertidamente sus mayores como vacíos y fuera de cuenta, se daban a la ociosidad, y trataban sólo de perder como podían aquellas sobras del tiempo. Dejaban los trabajos los oficiales, cerrábanse las tiendas, cesaba el despacho de los tribunales, y hasta los sacrificios en los templos. Visitábanse unos a otros, y procuraban todos divertirse con varios entretenimientos, dando a entender que se prevenían con el descanso para entrar en los afanes y tareas del año siguiente, cuyo ingreso ponían en el principio de la primavera, discrepando del año solar, según el cómputo de los astrólogos, en solos tres días que venían a tomar de nuestro mes de febrero.

Tenían también sus semanas de a trece días con nombres diferentes, que se notaban por imágenes en el calendario, y sus siglos que constaban de cuatro semanas de años, cuyo método y dibujo era de notable artificio, y se guardaba cuidadosamente para memoria de los sucesos. Formaban un círculo grande y le dividían en cincuenta y dos grados, dando un año a cada grado. En el centro pintaban una efigie del sol, y de sus rayos salían cuatro fajas de colores diferentes, que partían igualmente la circunferencia, dejando trece grados a cada semidiámetro, cuyas divisiones eran como signos de su zodiaco, donde tenía el siglo sus revoluciones, y el sol sus aspectos prósperos o adversos, según el color de la faja. Por defuera iban notando en otro círculo mayor, con sus figuras y caracteres, los acaecimientos del siglo, y cuantas novedades se ofrecían dignas de memoria; y estos mapas seculares eran como instrumentos públicos que servían a la comprobación de sus historias. Puédese contar entre las providencias de aquel gobierno el tener historiadores que mandasen a la posteridad los hechos de su nación.

Había su mezcla de superstición en este cómputo de los siglos, porque tenían aprendido que peligraba la duración del mundo siempre que terminaba el sol aquella carrera de las cuatro semanas mayores; y cuando llegaba el último día de los cincuenta y dos años, se prevenían todos para la última calamidad. Despedíanse de la luz con lágrimas: disponíanse para morir sin enfermedad: rompían las vasijas de su menaje como trastos inútiles; apagaban los fuegos, y andaban toda la noche como frenéticos, sin atreverse a descansar hasta saber si estaban de asiento en la región de las tinieblas. Pero al primer crepúsculo de la mañana empezaban a respirar con la vista en el Oriente, y en saliendo el sol se saludaban con todos sus instrumentos, cantándole diferentes himnos y canciones de alegría desconcertada: congratulábanse después unos con otros, de que ya tenía segura la duración del mundo por otro siglo; y acudían luego a los templos a congratularse con sus dioses y a recibir la nueva lumbre de los sacerdotes, que se encendía delante de los altares con vehemente agitación, de leños combustibles. Preveníanse después de todo lo necesario para empezar a vivir, y este día se celebraba con públicos regocijos, llenándose la ciudad de bailes y otros ejercicios de agilidad, dedicados a la renovación del tiempo, no de otra suerte que celebró Roma sus juegos seculares.

La coronación de sus reyes tenía extraordinarios requisitos. Hecha la elección, como se ha dicho, quedaba el nuevo rey obligado a salir en campaña con las armas del imperio, y conseguir alguna victoria de sus enemigos, o sujetar alguna provincia de las confinantes o rebeldes, antes de coronarse ni ascender al trono real: costumbre digna de observación, por cuyo medio creció tanto en pocos años aquella monarquía. Luego que se hallaba capaz del dominio con la recomendación de victorioso, volvía triunfante a la ciudad, y se le hacía público recibimiento de grande ostentación. Acompañábanle todos los nobles, ministros y sacerdotes hasta el templo del dios de la guerra, donde se apeaba de sus andas, y hechos los sacrificios de aquella función, le ponían los príncipes electores la vestidura y manto real, le armaban la mano diestra con un estoque de oro y pedernal, insignia de la justicia; la siniestra con el arco y flechas, que significaban la potestad o el arbitrio de la guerra, y el rey de Tezcuco le ponía la corona, prerrogativa de primer elector.

Oraba después largo rato uno de los magistrados más elocuentes, dándole por todo el imperio la enhorabuena de aquella dignidad, y algunos documentos en que le representaba los cuidados y desvelos que traía consigo la corona: lo que debía mirar por el bien público de sus reinos; y le ponía delante la imitación de sus antecesores. Acabada esta oración, se acercaba con gran reverencia el mayor de los sacerdotes, y en sus manos hacía un juramento de reparables circunstancias. Juraba primero que mantendría la religión de sus mayores, que observaría las leyes y fueros del imperio, que trataría con benignidad a sus vasallos, y que mientras él reinase andarían concertadas las lluvias, que no habría inundaciones en los ríos, esterilidad en los campos, ni malignas influencias en el sol: notable pacto entre rey y vasallos, de que se ríe Justo Lipsio: y pudiéramos decir que le querían obligar con este juramento a que reinase con tal moderación que no mereciese por su parte las iras del cielo; no sin algún conocimiento de que suelen caer sobre los súbditos estos castigos y calamidades por los pecados y exorbitancias de los reyes.

Antonio de Solís. Historia de la conquista de México

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