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El día siguiente se prosiguió la marcha por una sierra muy áspera que se comunicaba, más o menos eminente, con la montaña del volcán. Iba cuidadoso Cortés, porque uno de los caciques de Guajocingo le dijo al partir que no se fiase de los mejicanos, porque tenían emboscada mucha gente de la otra parte de la cumbre y habían cegado con grandes piedras y árboles cortados, el camino real que baja desde lo alto a la provincia de Chalco, abriendo el paso y facilitando el principio de la cuesta por el paraje menos penetrable, donde habían aumentado los precipicios naturales con algunas cortaduras hechas a la mano para dejar que se fuese poco a poco empeñando su ejército en la dificultad, y cargarle de improviso cuando no se pudiesen revolver los caballos, ni afirmar el pie los soldados. Fuese venciendo la cumbre no sin alguna fatiga de la gente, porque nevaba con viento destemplado, y en lo más alto se hallaron poco distantes los dos caminos con las mismas señas que se traían, el uno encubierto y embarazado, y el otro fácil a la vista y recién aderezado. Reconociólos Hernán Cortés, y aunque se irritó de hallar verificada la noticia de aquella nueva traición, estuvo tan en sí, que sin hacer ruido ni mostrar sentimiento preguntó a los embajadores de Motezuma, que marchaban cerca de su persona: «¿por qué razón estaban así aquellos dos caminos?» Respondieron: «que habían hecho allanar el mejor para que pasase su ejército, cegando el otro por ser el más áspero y dificultoso»; y él con la misma igualdad en la voz y el semblante: «mal conocéis -dijo- a los de mi nación. Ese camino que habéis embarazado se ha de seguir, sin otra razón que su misma dificultad, porque los españoles siempre que tenemos elección nos inclinamos a lo más dificultoso»; y sin detenerse mandó a los indios amigos que pasasen a desembarazar el camino, desviando a un lado y otro aquellos estorbos mal disimulados que procuraban esconderle, lo cual se ejecutó prontamente con grande asombro de los embajadores, que sin discurrir en que se había descubierto el ardid de su príncipe, tuvieron a especie de adivinación aquel acierto casual: hallando que admirar y que temer en la misma bizarría de la resolución. Sirvióse Cortés primorosamente de la noticia que llevaba, y consiguió el apartarse del peligro sin perder reputación, cuidando también de no desconfiar a Motezuma, diestro ya en el arte de quebrantar insidias con no quererlas entender.

Los indios emboscados, luego que reconocieron desde sus puestos que los españoles se apartaban de la celada y seguían el camino real, se dieron por descubiertos, y trataron de retirarse tan amedrentados y en tanto desorden como si volvieran vencidos; conque pudo bajar el ejército a lo llano sin oposición, y aquella noche se alojó en unas caserías de bastante capacidad que se hallaron en la misma falda de la sierra, fundadas allí para hospedaje de los mercaderes mejicanos que frecuentaban las ferias de Cholula, donde se dispuso el cuartel con todos los resguardos y prevenciones que aconsejaba la poca seguridad con que se iba pisando aquella tierra.

Motezuma entretanto dudaba en su irresolución, desanimado con el malogro de sus ardides y sin aliento para usar de sus fuerzas. Hízose devoción esta falta de espíritu; estrechóse con sus dioses; frecuentaba los templos y los sacrificios; manchó de sangre humana todos los altares, más cruel cuando más afligido, y siempre crecía su confusión y se hallaba en mayor desconsuelo, porque andaban encontradas las respuestas de sus ídolos, y discordes en el dictamen los espíritus inmundos que le hablaban en ellos. Unos le decían que franquease las puertas de la ciudad a los españoles, y así conseguiría sacrificarlos sin que se pudiesen escapar ni defenderse; otros que los apartase de sí y tratase de acabar con ellos, sin dejarse ver, y él se inclinaba más a esta opinión, haciéndole disonancia el atrevimiento de querer entrar en su corte contra su voluntad, y teniendo a desaire de su poder aquella porfía contra sus órdenes, o sirviéndose de la autoridad para mejorar el nombre a la soberbia. Pero cuando supo que se hallaban ya en la provincia de Chalco, frustrada la última estratagema de la montaña, fue mayor su inquietud y su impaciencia: andaba como fuera de sí, no sabía qué partido tomar; sus consejeros le dejaban en la misma incertidumbre que sus oráculos. Convocó finalmente una junta de magos y agoreros, profesión muy estimada en aquella tierra, donde había muchos que se entendían con el demonio, y la falta de ciencias daba opinión de sabios a los más engañados. Propúsoles que necesitaba de su habilidad para detener aquellos extranjeros, de cuyos designios estaba receloso. Mandóles que saliesen al camino y los ahuyentasen o entorpeciesen con sus encantos, a la manera que solían obrar otros efectos extraordinarios en ocasiones de menor importancia. Ofrecióles grandes premios si lo consiguiesen y los amenazó con pena de la vida si volviesen a su presencia sin haberlo conseguido.

Esta orden se puso en ejecución, y con tantas veras, que se juntaron brevemente numerosas cuadrillas de nigrománticos y salieron contra los españoles, fiados en la eficacia de sus conjuros y en el imperio que a su parecer tenían sobre la naturaleza. Refieren el padre José de Acosta y otros autores fidedignos, que cuando llegaron al camino de Chalco, por donde venía marchando el ejército, y al empezar sus invocaciones y sus círculos se les apareció el demonio en figura de uno de sus ídolos, a quien llamaban Tezcatlepuca, dios infausto y formidable, por cuya mano pasaban, a su entender, las pestes, las esterilidades y otros castigos del cielo. Venía como despechado y enfurecido, afeando con el ceño de la ira la misma fiereza del ídolo inclemente, y traía sobre sus adornos ceñida una soga de esparto que le apretaba con diferentes vueltas el pecho, para mayor significación de su congoja, o para dar a entender que le arrastraba mano invisible. Postráronse todos para darle adoración, y él sin dejarse obligar de su rendimiento, y fingiendo la voz con la misma ilusión que imitó la figura, los habló en esta sustancia: «Ya mejicanos infelices, perdieron la fuerza vuestros conjuros: ya se desató enteramente la trabazón de nuestros pactos. Decid a Motezuma, que por sus crueldades y tiranías tiene decretada el cielo su ruina; y para que le representéis más vivamente la desolación de su imperio, volved a mirar esa ciudad miserable, desamparada ya de vuestros dioses.» Dicho esto desapareció, y ellos vieron arder la ciudad en horribles llamas, que se desvanecieron poco a poco, desocupando el aire y dejando sin alguna lesión los edificios. Volvieron a Motezuma con esta noticia temerosos de su rigor, librando en ella su disculpa; pero le hicieron tanto asombro las amenazas de aquel dios infortunado y calamitoso, que se detuvo un rato sin responder, como quien recogía las fuerzas interiores, o se acordaba de sí para no descaecer, y depuesta desde aquel instante su natural ferocidad, dijo, volviendo a mirar a los magos y a los demás que le asistían: «¿qué podemos hacer si nos desamparan nuestros dioses? Vengan los extranjeros, y caiga sobre nosotros el cielo, que no nos hemos de esconder, ni es razón que nos halle fugitivos la calamidad». Y prosiguió poco después: «sólo me lastiman los viejos, niños y mujeres, a quien faltan las manos para cuidar de su defensa». En cuya consideración se hizo alguna fuerza para detener las lágrimas. No se puede negar que tuvo algo de príncipe la primera proposición, pues ofreció el pecho descubierto a la calamidad que tenía por inevitable, y no desdijo de la majestad la ternura con que llegó a considerar la opresión de sus vasallos: afectos ambos de ánimo real, entre cuyas virtudes o propiedades no es menos heroica la piedad que la constancia.

Empezóse luego a tratar del hospedaje que se había de hacer a los españoles, de la solemnidad y aparatos del recibimiento; y con esta ocasión se volvió a discurrir en sus hazañas, en los prodigios con que había prevenido el cielo su venida, en las señas que traían de aquellos hombres orientales prometidos a sus mayores, y en la turbación y desaliento de sus dioses, que a su parecer se daban por vencidos y cedían el dominio de aquella tierra, como deidades de inferior jerarquía, y todo fue menester para que llegase a poner en términos posibles aquella gran dificultad de penetrar sobre tan porfiada resistencia, y con tan poca gente, hasta la misma corte de un príncipe tan poderoso, absoluto en sus determinaciones, obedecido con adoración, y enseñado al temor de sus vasallos.

 

 

 

Capítulo IX

 

Viene al cuartel a visitar a Cortés de parte de Motezuma el señor de Tezcuco, su sobrino: continúase la marcha y se hace alto en Quitlavaca, dentro ya de la laguna de Méjico

 

Antonio de Solís. Historia de la conquista de México

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