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Diose noticia de todo a los tlascaltecas, y orden para que estuviesen alerta, y al rayar el día se fuesen acercando a la población como que se movían para seguir su marcha, y en oyendo el primer golpe de los arcabuces, entrasen a viva fuerza en la ciudad, y viniesen a incorporarse con el ejército, llevándose tras sí toda la gente que hallasen armada. Cuidóse también de que los españoles y zempoales tuviesen prevenidas sus armas, y entendida la facción en que las habían de emplear. Y luego que llegó la noche, cerrado ya el cuartel con las guardias y centinelas a que obligaba la ocurrencia presente, llamó Cortés a los embajadores de Motezuma, y con señas de intimidad, como quien les fiaba lo que no sabían, les dijo: «que había descubierto y averiguado una gran conjuración que le tenían armada los caciques y ciudadanos de Cholula: dioles señas de todo lo que ordenaban y disponían contra su persona y ejército: ponderó cuánto faltaban a las leyes de la hospitalidad, al establecimiento de la paz, y al seguro de su príncipe». Y añadió: «que no solamente lo sabía por su propia especulación y vigilancia: pero se lo habían confesado ya los principales conjurados; disculpándose del trato doble con otra mayor culpa, pues se atrevían a decir que tenían orden y asistencias de Motezuma para deshacer alevosamente su ejército: lo cual ni era verosímil, ni se podía creer semejante indignidad de un príncipe tan grande. Por cuya causa estaba resuelto a tomar satisfacción de su ofensa con todo el rigor de sus armas, y se lo comunicaba para que tuviesen comprendida su razón, y entendido que no le irritaba tanto el delito principal, como la circunstancia de querer aquellos sediciosos autorizar su traición con el nombre de su rey».

Los embajadores procuraron fingir como pudieron que no sabían la conjuración, y trataron de salvar el crédito de su príncipe, siguiendo el camino en que los puso Cortés con bajar el punto de su queja. No convenía entonces desconfiar a Motezuma, ni hacer de un poderoso resuelto a disimular, un enemigo poderoso descubierto: por cuya consideración se determinó a desbaratar sus designios sin darle a entender que los conocía; tratando solamente de castigar la obra en sus instrumentos, y contentándose con reparar el golpe sin atender al brazo. Miraba como empresa de poca dificultad el deshacer aquel trozo de gente armada que tenían prevenida para socorrer la sedición, hecho a mayores hazañas con menores fuerzas; y estaba tan lejos de poner duda en el suceso, que tuvo a felicidad (o por lo menos así lo ponderaba entre los suyos) que se le ofreciese aquella ocasión de adelantar con los mejicanos la reputación de sus armas: y a la verdad no le pesó de ver tan embarazado en los ardides el ánimo de Motezuma; pareciéndole que no discurriría en mayores intentos quien le buscaba por las espaldas y descubría entre sus mismos engaños la flaqueza de su resolución.

 

 

 

Capítulo VII

 

Castígase la traición de Cholula: vuélvese a reducir y pacificar la ciudad, y se hacen amigos los de esta nación con los tlascaltecas

 

Fueron llegando con el día los indios de carga que se habían pedido, y algunos bastimentos, prevenido uno y otro con engañosa puntualidad. Vinieron después en tropas deshiladas los indios armados que, con pretexto de acompañar la marcha, traían su contraseña para embestir por la retaguardia cuando llegase la ocasión, en cuyo número no anduvieron escasos los caciques, antes dieron otro indicio de su intención enviando más gente de la que se les pedía, pero Hernán Cortés los hizo dividir en los patios del alojamiento, donde los aseguró mañosamente, dándoles a entender que necesitaba de aquella separación para ir formando los escuadrones a su modo. Puso luego en orden sus soldados bien instruidos en lo que debían ejecutar, y montando a caballo con los que le habían de seguir en la facción, hizo llamar a los caciques para justificar con ellos su determinación; de los cuales vinieron algunos, y otros se excusaron. Díjoles en voz alta, y doña Marina se lo interpretó con igual vehemencia «que ya estaba descubierta su traición, y resuelto su castigo, de cuyo rigor conocerían cuánto les convenía la paz que trataban de romper alevosamente». Y apenas empezó a protestarles el daño que recibiesen, cuando ellos se retiraron a incorporarse con sus tropas, huyendo en más que ordinaria diligencia, y rompiendo la guerra con algunas injurias y amenazas que se dejaron oír desde lejos. Mandó entonces Hernán Cortés que cerrase la infantería con los indios naturales que tenía dividido en los patios, y aunque fueron hallados con las armas prevenidas para ejecutar su traición, y trataron de unirse para defenderse, quedaron rotos y deshechos con poca dificultad, escapando solamente con vida los que pudieron esconderse o se arrojaron por las paredes, sirviéndose de su ligereza y de sus mismas lanzas para saltar de la otra parte.

Aseguradas las espaldas con el estrago de aquellos enemigos encubiertos, se hizo la seña para que se moviesen los tlascaltecas; avanzó poco a poco el ejército por la calle principal, dejando en el cuartel la guardia que pareció necesaria. Echáronse delante algunos de los zempoales que fuesen descubriendo las zanjas porque no peligrasen los caballos. No estaban descuidados entonces los de Cholula, que hallándose ya empeñados en la guerra descubierta, convocaron el resto de los mejicanos, y unidos en una gran plaza donde había tres o cuatro adoratorios, pusieron en lo alto de sus atrios y torres parte de su gente, y los demás se dividieron en diferentes escuadrones para cerrar con los españoles. Pero al mismo tiempo que desembocó en la plaza el ejército de Cortés, y se dio de una parte y otra la primera carga, cerró por la retaguardia con los enemigos el trozo de Tlascala, cuyo inopinado accidente los puso en tanto pavor y desconcierto, que ni pudieron huir, ni supieron defenderse, y sólo se hallaba más embarazo que oposición en algunas tropas descaminadas que andaban de un peligro en otro con poca o ninguna elección; gente sin consejo que acometía para escapar, y las más veces daban el pecho sin acordarse de las manos. Murieron muchos en este género de combates repetidos, pero el mayor número escapó a los adoratorios, en cuyas gradas y terrados se descubrió una multitud de hombres armados que ocupaban más que guarnecían las eminencias de aquellos grandes edificios. Encargáronse de su defensa los mejicanos, pero se hallaban ya tan embarazados y oprimidos, que apenas pudieron revolverse para darles algunas flechas al viento.

Acercóse con su ejército Hernán Cortés al mayor de los adoratorios, y mandó a sus intérpretes que levantando la voz ofreciesen buen pasaje a los que voluntariamente bajasen a rendirse; cuya diligencia se repitió con segundo y tercer requerimiento, y viendo que ninguno se movía ordenó que se pusiese fuego a los torreones del mismo adoratorio, lo cual asientan que llegó a ejecutarse, y que perecieron muchos al rigor del incendio y la ruina. No parece fácil que se pudiese introducir la llama en aquellos altos edificios sin abrir primero el paso de las gradas, si ya no lo consiguió Hernán Cortés, valiéndose de las flechas encendidas con que arrojaban los indios a larga distancia sus fuegos artificiales. Pero nada bastó para desalojar al enemigo hasta que se abrevió el asalto por el camino que abrió la artillería, y se observó dignamente que sólo uno de tantos como fueron deshechos en este adoratorio se rindió voluntariamente a la merced de los españoles, ¡notable seña de su obstinación!

Hízose la misma diligencia en los demás adoratorios, y después se corrió la ciudad que a breve rato quedó enteramente despoblada, y cesó por falta de enemigos. Los tlascaltecas se desmandaron con algún exceso en el pillaje, y costó su dificultad el recogerlos; hicieron muchos prisioneros; cargaron de ropas y mercaderías de valor, y particularmente se cebaron en los almacenes de la sal, de cuya provisión remitieron luego algunas cargas a su ciudad, atendiendo la necesidad de su patria en el mismo calor de su codicia. Quedaron muertos en las calles, templos y casas fuertes más de seis mil hombres entre naturales y mejicanos. Facción bien ordenada y conseguida sin alguna pérdida de los nuestros, que en la verdad tuvo más de castigo que de victoria.

Retiróse luego Hernán Cortés a su alojamiento con los españoles y zempoales, y señalando cuartel dentro de la ciudad a los tlascaltecas, trató de que fuesen puestos en libertad todos los prisioneros de ambas naciones, cuyo número se componía de la gente más principal que se iba reservando como presa de más estimación. Llamólos primero a su presencia, y mandando que saliesen también de su retiro los sacerdotes, la india que descubrió el trato y los embajadores de Motezuma, hizo a todos un breve razonamiento, doliéndose de que le hubiesen obligado los vecinos de aquella ciudad a tan severa demostración, y después de ponderar el delito y de asegurar a todos que ya estaba desenojado y satisfecho, mandó pregonar el perdón general de lo pasado sin excepción de personas, y pidió con agradable resolución a los caciques que tratasen de que se volviese a poblar su ciudad, recogiendo los fugitivos y asegurando a los temerosos.

Antonio de Solís. Historia de la conquista de México

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