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Quietáronse con esta noticia los paisanos, y asistían todos con diligente servidumbre al obsequio de los españoles. Conocíase más cada día su voluntad: los regalos fueron muchos, cazas de todos géneros y frutas extraordinarias, con algunas ropas y curiosidades de poco precio; pero lo mejor que daba de sí la penuria de aquellos montes cerrados al comercio de las regiones que producían el oro y la plata. La mejor sala del alojamiento se reservó para capilla, donde se levantó sobre gradas el altar, y se colocaron algunas imágenes con la mayor decencia que fue posible. Celebrábase todos los días el santo sacrificio de la misa con asistencia de los indios principales, que callaban admirados o respectivos; y aunque no estuviesen devotos cuidaban de no estorbar la devoción. Todo lo reparaban, y todo les hacía novedad y mayor estimación de los españoles, cuyas virtudes conocían y veneraban, más por lo que se hacen ellas amar, que porque las supiesen el nombre ni las ejercitasen.

Un día preguntó Magiscatzin a Cortés: «si era mortal; porque sus obras y las de su gente parecían más que naturales, y contenía en sí aquel género de bondad y grandeza que consideraban ellas en sus dioses; pero que no entendían aquellas ceremonias con que al parecer reconocían otra deidad superior, porque los aparatos eran de sacrificio, y no hallaban en él la víctima o la ofrenda con que se aplacaban los dioses, ni sabían que pudiese haber sacrificio sin que muriese alguno por la salud de los demás».

Con esta ocasión tomó la mano Cortés, y satisfaciendo a sus preguntas confesó su ingenuidad: «que su naturaleza y la de todos sus soldados era mortal: porque no se atrevió a contemporizar con el engaño de aquella gente cuando trataba de volver por la verdad infalible de su religión»; pero añadió: «que como hijos de mejor clima, tenían más espíritu y mayores fuerzas que los otros hombres»; y sin admitir el atributo de inmortal se quedó con la reputación de invencible. Díjoles también: «que no sólo reconocían superior en el cielo, donde adoraban al único Señor de todo el universo; pero también eran súbditos y vasallos del mayor príncipe de la tierra, en cuyo dominio estaban ya los de Tlascala, pues siendo hermanos de los españoles, no podían dejar de obedecer a quien ellos obedecían». Pasó luego a discurrir en lo más esencial, y aunque oró fervorosamente contra la idolatría, hallando con su buena razón bastantes fundamentos para impugnar y destruir la multiplicidad de los dioses, y el horror abominable de sus sacrificios: cuando llegó a tocar en los misterios de la fe le parecieron dignos de mejor aplicación, y dio lugar (discreto hasta en callar a tiempo) para que hablase el padre fray Bartolomé de Olmedo. Procuró este religioso introducirlos poco a poco en el conocimiento de la verdad, explicando como docto y como prudente los puntos principales de la religión cristiana, de modo que pudiese abrazarlos la voluntad sin fatiga del entendimiento; porque nunca es bien dar con toda la luz en los ojos que habitan en la oscuridad. Pero Magiscatzin y los demás que le asistían dieron por entonces poca esperanza de reducirse. Decían «que aquel Dios a quien adoraban los españoles era muy grande, y sería mayor que los suyos, pero que cada uno tenía poder en su tierra, y allí necesitaban de un Dios contra los rayos y tempestades: de otro para las avenidas y las mieses; de otro para la guerra, y así de las demás necesidades, porque no era posible que uno solo cuidase de todo». Mejor admitieron la proposición del señor temporal, porque se allanaron desde luego a ser sus vasallos, y preguntaban si los defendería de Motezuma, poniendo en esto la razón de su obediencia; pero al mismo tiempo pedían con humildad y encogimiento: «que no saliese de allí la plática de mudar religión, porque si lo llegaban a entender sus dioses llamarían a sus tempestades, y echarían mano de sus avenidas para que los aniquilasen»; así los tenía poseídos el error y atemorizados el demonio. Lo más que se pudo conseguir entonces fue que dejasen los sacrificios de sangre humana, porque les hizo fuerza lo que se oponía a la ley natural; y con efecto fueron puestos en libertad los miserables cautivos que habían de morir en sus festividades, y se rompieron diferentes cárceles y jaulas donde los tenían y preparaban con el buen tratamiento, no tanto porque llegasen decentes al sacrificio, como porque no viniesen deslucidos al plato.

No quedó satisfecho Hernán Cortés con esta demostración, antes proponía entre los suyos que se derribasen los ídolos, trayendo en consecuencia la facción y el suceso de Zempoala, como si fuera lo mismo intentar semejante novedad en lugar de tanto mayor población: engañábale su celo y no le desengañaba su ánimo. Pero el padre fray Bartolomé de Olmedo le puso en razón, diciéndole con entereza religiosa: «que no estaba sin escrúpulo de la fuerza que se hizo a los de Zempoala, porque se compadecían mal la violencia y el Evangelio, y aquello en la substancia era derribar los altares y dejar los ídolos en el corazón». A que añadió «que la empresa de reducir aquellos gentiles pedía más tiempo y más suavidad, porque no era buen camino para darles a conocer su engaño malquistar con torcedores la verdad, y antes de introducir a Dios, se debía desterrar al demonio: guerra de otra milicia y de otras armas». A cuya persuasión y autoridad rindió Hernán Cortés su dictamen, reprimiendo los ímpetus de su piedad, y de allí adelante se trató solamente de ganar y disponer las voluntades de aquellos indios, haciendo amable con las obras la religión, para que a vista de ellas conociesen la disonancia y abominación de sus costumbres, y por éstas la deformidad y torpeza de sus dioses.

 

 

 

Capítulo IV

 

Despacha Hernán Cortés los embajadores de Motezuma: reconoce Diego de Ordaz el volcán de Popocatepec, y se resuelve la jornada por Cholula

 

Pasados tres o cuatro días que se gastaron en estas primeras funciones de Tlascala, volvió el ánimo Cortés al despacho de los embajadores mejicanos. Detúvolos para que viesen totalmente rendidos a los que tenían por indómitos, y la respuesta que les dio fue breve y artificiosa: «que dijesen a Motezuma lo que llevaban entendido y había pasado en su presencia: las instancias y demostraciones con que solicitaron y merecieron la paz los de Tlascala; el afecto y buena correspondencia con que la mantenían: que ya estaban a su disposición, y era tan dueño de sus voluntades, que esperaba reducirlos a la obediencia de su príncipe, siendo ésta una de las conveniencias que resultarían de su embajada, entre otras de mayor importancia que le obligaban a continuar el viaje y a solicitar entonces su benignidad para merecer después su agradecimiento». Con cuyo despacho y la escolta que pareció necesaria, partieron luego los embajadores, más enterados de la verdad que satisfechos de la respuesta. Y Hernán Cortés se halló empeñado en detenerse algunos días en Tlascala, porque iban llegando a dar la obediencia los pueblos principales de la república, y las naciones de su confederación, cuyo acto se revalidaba con instrumento público, y se autorizaba con el nombre del rey don Carlos, conocido ya y venerado entre aquellos indios, con un género de verdad en la sujeción que se dejaba colegir del respeto que tenían a sus vasallos.

Sucedió por este tiempo un accidente que hizo novedad a los españoles y puso en confusión a los indios. Descúbrese desde lo alto del sitio donde estaba entonces la ciudad de Tlascala el volcán de Popocatepec, en la cumbre de una sierra, que a distancia de ocho leguas se descuella considerablemente sobre los otros montes. Empezó en aquella sazón a turbar el día con grandes y espantosas avenidas de humo, tan rápido y violento, que subía derecho largo espacio del aire sin ceder a los ímpetus del viento, hasta que perdiendo la fuerza en lo alto se dejaba espaciar y dilatar a todas partes, y formaba una nube más o menos oscura, según la porción de ceniza que llevaba consigo. Salían de cuando en cuando mezcladas con el humo, algunas llamaradas o globos de fuego que al parecer se dividían en centellas, y serían las piedras encendidas que arrojaba el volcán, o algunos pedazos de materia combustible que duraban según su alimento.

No se espantaban los indios de ver el humo por ser frecuente y casi ordinario en este volcán, pero el fuego, que se manifestaba pocas veces, los entristecía y atemorizaba como presagio de venideros males, porque tenían aprendido que las centellas cuando se derramaban por el aire y no volvían a caer en el volcán, eran las almas de los tiranos que salían a castigar la tierra, y que sus dioses cuando estaban indignados se valían dellos como instrumentos adecuados a la calamidad de los pueblos.

Antonio de Solís. Historia de la conquista de México

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