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Procura Motezuma desviar la paz de Tlascala: vienen los de aquella república a continuar su instancia, y Hernán Cortés ejecuta su marcha y hace su entrada en la ciudad

 

En el discurso de los seis días que se detuvo Hernán Cortés en su alojamiento para cumplir con los mejicanos, se conoció con nuevas experiencias el afecto con que deseaban la paz los de Tlascala, y cuánto se recelaban de los oficios y diligencias de Motezuma; llegaron dentro del plazo señalado los embajadores que se esperaban, y fueron recibidos con la urbanidad acostumbrada. Venían seis caballeros de la familia real con lucido acompañamiento, y otro presente de la misma calidad y poco más valor que el pasado. Habló el uno de ellos, y no sin aparato de palabras y exageraciones ponderó «cuánto deseaba el supremo emperador (y al decir su nombre hicieron todos una profunda humillación) ser amigo y confederado del príncipe grande a quien obedecían los españoles, cuya majestad resplandecía tanto en el valor de sus vasallos, que se hallaba inclinado a pagarle todos los años algún tributo, partiendo con él las riquezas de que abundaba; porque le tenía en gran veneración, considerándole hijo del sol, o por lo menos, señor de las regiones felicísimas donde nace la luz; pero que habían de preceder a este ajustamiento dos condiciones. La primera, que se abstuviesen Hernán Cortés y los suyos de confederarse con los de Tlascala, pues no era bien que hallándose tan obligados de sus dádivas, se hiciesen parciales de sus enemigos; y la segunda, que acabasen de persuadirse a que no era posible ni puesto en razón el intento de pasar a Méjico; porque según las leyes de su imperio, ni él podía dejarse ver de gentes extranjeras, ni sus vasallos lo permitirían; que considerasen bien los peligros de ambas temeridades, porque los tlascaltecas eran tan inclinados a la traición y al latrocinio, que sólo tratarían de asegurarlos para vengarse de ellos, y aprovecharse del oro con que los había enriquecido; y los mejicanos tan celosos de sus leyes y tan mal acondicionados, que no podría reprimirlos su autoridad, ni los españoles quejarse de lo que padeciesen, tantas veces amonestados de lo que aventuraban».

De este género fue la oración del mejicano, y todas las embajadas y diligencias de Motezuma paraban en procurar que no se le acercasen los españoles. Mirábalos con el horror de sus presagios, y fingiéndose la obediencia de sus dioses, hacía religión de su mismo desaliento. Suspendió Cortés por entonces su respuesta, y sólo dijo: «que sería razón que descansasen de su jornada, y que los despacharía brevemente». Deseaba que fuesen testigos de la paz de Tlascala, y miró también a lo que importaba detenerlos, porque no se despechase Motezuma con la noticia de su resolución, y tratase de ponerse en defensa; que ya se sabía su desprevención, y no se ignoraba la facilidad con que podía convocar sus ejércitos.

Dieron tanto cuidado en Tlascala estas embajadas, a que atribuían la detención de Cortés, que resolvieron los del gobierno, por última demostración de su afecto, venir al cuartel en forma de senado, para conducirle a su ciudad, o no volver a ella sin dejar enteramente acreditada la sinceridad de su trato y desvanecidas las negociaciones de Motezuma.

Era solemne y numeroso el acompañamiento, y pacífico el color de los adornos y las plumas. Venían los senadores en andas o sillas portátiles, sobre los hombros de ministros inferiores; y en el mejor lugar Magiscatzin, que favoreció siempre la causa de los españoles, y el padre de Xicotencal, anciano, venerable, a quien había quitado los ojos la vejez; pero sin ofender la cabeza, pues se conservaba todavía con opinión de sabio entre los consejeros. Apeáronse poco antes de llegar a la casa donde los esperaba Cortés, y el ciego se adelantó a los demás, pidiendo a los que le conducían que le acercasen al capitán de los orientales. Abrazóle con extraordinario contento, y después le aplicaba por diferentes partes el tacto, como quien deseaba conocerle, supliendo con las manos el defecto de los ojos. Sentáronse todos, y a ruego de Magiscatzin habló el ciego en esta sustancia:

«Ya, valeroso capitán, seas o no del género mortal, tienes en tu poder al senado de Tlascala, última señal de nuestro rendimiento. No venimos a disculpar el yerro de nuestra nación, sino a tomarle sobre nosotros, fiando a nuestra verdad tu desenojo. Nuestra fue la resolución de la guerra, pero también ha sido nuestra la determinación de la paz. Apresurada fue la primera, y tarda es la segunda; pero no suelen ser de peor calidad las resoluciones más consideradas, antes se borra con trabajo lo que se imprime con dificultad; y puedo asegurar que la misma detención nos dio mayor conocimiento de tu valor, y profundó los cimientos de nuestra constancia. No ignoramos que Motezuma intenta disuadirte de nuestra confederación: escúchale como a nuestro enemigo, si no le considerares como tirano; que ya lo parece quien te busca para la sinrazón. Nosotros no queremos que nos ayudes contra él, que para todo lo que no eres tú nos bastan nuestras fuerzas; sólo sentiremos que fíes tu seguridad de sus ofertas, porque conocemos sus artificios y maquinaciones; y acá en mi ceguedad se me ofrecen algunas luces, que me descubren desde lejos tu peligro. Puede ser que Tlascala se haga famosa en el mundo por la defensa de tu razón; pero dejemos al tiempo tu desengaño, que no es vaticinio lo que se colige fácilmente de su tiranía y de nuestra fidelidad. Ya nos ofreciste la paz: si no te detiene Motezuma, ¿qué te detiene? ¿Por qué te niegas a nuestras instancias? ¿Por qué dejas de honrar nuestra ciudad con tu presencia? Resueltos venimos a conquistar de una vez tu voluntad y tu confianza, o poner en tus manos nuestra libertad: elige, pues, de estos dos partidos el que más te agradare, que para nosotros nada es tercero entre las dos fortunas de tus amigos o tus prisioneros.»

Así concluyó su oración el ciego venerable, porque no faltase algún Apio Claudio en este consistorio, como el otro que oró en el senado contra los epirotas; y no se puede negar que los tlascaltecas eran hombres de más que ordinario discurso, como se ha visto en su gobierno, acciones y razonamientos. Algunos escritores poco afectos a la nación española, tratan a los indios como brutos, incapaces de razón, para dar menos estimación a su conquista. Es verdad que se admiraban con simplicidad de ver hombres de otro género, color y traje; que tenían por monstruosidad las barbas (accidente que negó a sus rostros la naturaleza); que daban el oro por el vidrio; que tenían por rayos las armas de fuego, y por fieras los caballos; pero todos eran efectos de la novedad, que ofenden poco al entendimiento, porque la admiración aunque suponga ignorancia, no supone incapacidad, ni propiamente se puede llamar ignorancia la falta de noticia. Dios los hizo racionales, y no porque permitió su ceguedad, dejó de poner en ellos toda la capacidad y dote naturales, que fueron necesarios a la conservación de la especie, y debidos a la perfección de sus obras. Volvamos empero a nuestra narración, y no autoricemos la calumnia sobrando en la defensa.

No pudo resistir Hernán Cortés a esta demostración del senado, ni tenía ya que esperar, habiéndose cumplido el término que ofreció a los mejicanos, y así respondió con toda estimación a los senadores, y los hizo regalar con algunos presentes, deseando acreditar con ellos su agrado y su confianza. Fue necesario persuadirlos con resolución para que se volviesen y lo consiguió, dándoles palabra de mudar luego su alojamiento a la ciudad, sin más detención que la necesaria para juntar alguna gente de los lugares vecinos, que condujese la artillería y el bagaje. Aceptaron ellos la palabra, haciéndosela repetir con más afecto que desconfianza, y partieron contentos y asegurados, tomando a su cuenta la diligencia de juntar y remitir los indios de carga que fuesen menester; y apenas rayó la primera luz del día siguiente, cuando se hallaron a la puerta del cuartel quinientos tamenes tan bien industriados, que competían sobre la carga, haciendo pretensión de su mismo trabajo.

Tratóse luego de la marcha, púsose la gente en escuadrón y dando su lugar a la artillería y al bagaje, se fue siguiendo el camino de Tlascala, con toda la buena ordenanza, prevención y cuidado que observaba siempre aquel pequeño ejército, a cuya rigurosa disciplina se debió mucha parte de sus operaciones. Estaba la campaña por ambos lados poblada de innumerables indios que salían de sus pueblos a la novedad, y eran tantos sus gritos y ademanes, que pudieran pasar por clamores o amenazas de las que usaban en la guerra, sino dijera doña Marina que usaban también de aquellos alaridos en sus mayores fiestas, y que celebrando a su modo la dicha que habían conseguido, vitoreaban y bendecían a los nuevos amigos, con cuya noticia se llevó mejor la molestia de las voces, siendo necesaria entonces la paciencia para el aplauso.

Antonio de Solís. Historia de la conquista de México

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