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Al tiempo de partir el ejército se hallaron prevenidos cuatrocientos indios de carga para que llevasen las valijas y los bastimentos, y ayudasen a conducir la artillería, que fue grande alivio para los soldados; y se ponderaba como atención extraordinaria del cacique, hasta que se supo de doña Marina que entre aquellos señores de vasallos era estilo corriente asistir a los ejércitos de sus aliados con este género de bagajes humanos, que en su lengua se llamaban Tamenes, y tenían por oficio el caminar de cinco a seis leguas con dos o tres arrobas de peso. Era la tierra que se iba descubriendo amena y deliciosa, parte ocupada con la población natural de grandes arboledas, y parte fertilizada con el beneficio de las semillas, a cuya vista caminaban nuestros españoles alegres y divertidos, celebrando la dicha de pisar una campaña tan abundante. Halláronse al caer del sol cerca de un lugarcillo despoblado, donde se hizo mansión por excusar el inconveniente de entrar de noche en Quiabislan, adonde llegaron el día siguiente a las diez de la mañana.

Descubríanse a largo trecho sus edificios sobre una eminencia de peñascos, que al parecer servían de muralla: sitio fuerte por naturaleza, de surtidas estrechas y pendientes, que se hallaron sin resistencia y se penetraron con dificultad. Habíanse retirado el cacique y los vecinos para averiguar desde lejos la intención de nuestra gente, y el ejército fue ocupando la villa sin hallar persona de quien informarse, hasta que llegando a una plaza donde tenían sus adoratorios, le salieron al encuentro catorce o quince indios de traje más que plebeyo, con grande prevención de reverencias y perfumes, y anduvieron un rato afectando cortesía y seguridad, o procurando esconder el temor en el respeto: afectos parecidos y fáciles de equivocar. Animólos Hernán Cortés, tratándolos con mucho agrado, y les dio algunas cuentas de vidrio azules y verdes; moneda que por sus efectos se estimaba ya entre los mismos que la conocían, con cuyo agasajo se cobraron del susto que disimulaban, y dieron a entender: «que su cacique se había retirado advertidamente por no llamar la guerra con ponerse en defensa, ni aventurar su persona, fiándose de gente armada que no conocía; y que con este ejemplo no fue posible impedir la fuga de los vecinos menos obligados a esperar el riesgo: acción a que se habían ofrecido ellos como personas de más porte y mayor osadía; pero que en sabiendo todos la benignidad de tan honrados huéspedes volverían a poblar sus casas, y tendrían amucha felicidad el servirlos y obedecerlos». Asegurólos de nuevo Hernán Cortés, y luego que partieron con esta noticia, encargó mucho a sus soldados el buen pasaje de los indios, cuya confianza se conoció tan presto, que aquella misma noche vinieron algunas familias, y en breve tiempo estuvo el lugar con todos sus moradores.

Entró después el cacique, trayendo al de Zempoala por su padrino, ambos en sus andas o literas sobre hombros humanos. Disculpó el de Zempoala, no sin alguna discreción, a su vecino, y a pocos lances se introdujeron ellos mismos en las quejas de Motezuma, refiriendo con impaciencia, y algunas veces con lágrimas, sus tiranías y crueldades, la congoja de sus pueblos y la desesperación de sus nobles, a que añadió el de Zempoala por última ponderación: «es tan soberbio y tan feroz este monstruo, que sobre apurarnos y empobrecernos con sus tributos, formando sus riquezas de nuestras calamidades, quiere también mandar en la honra de sus vasallos, quitándonos violentamente las hijas y las mujeres para manchar con nuestra sangre las aras de sus dioses, después de sacrificarlas a otros usos más crueles de menos honestos».

Procuró Hernán Cortés alentarlos y disponerlos para entrar en su confederación; pero al mismo tiempo que trataba de inquirir sus fuerzas y el número de gente que tomaría las armas en defensa de la libertad, llegaron dos o tres indios muy sobresaltados, y hablando con ellos al oído los pusieron en tanta confusión que se levantaron perdido el ánimo y el color, y se fueron a paso largo sin despedirse ni acabar la razón. Súpose luego la causa de su turbación, porque se vieron pasar por el mismo cuartel de los españoles seis ministros o comisarios reales de aquellos que andaban por el reino cobrando y recogiendo los tributos de Motezuma. Venían adornados con mucha pompa de plumas y pendientes de oro, sobre delgado y limpio algodón, y con bastante número de criados o ministros inferiores, que moviendo, según la necesidad, unos abanicos grandes hechos de la misma pluma, les comunicaban el aire o la sombra con oficiosa inquietud. Salió Cortés a la puerta con sus capitanes, y ellos pasaron sin hacerle cortesía, vario el semblante entre la indignación y el desprecio; de cuya soberbia quedaron con algún remordimiento los soldados, y partieran a castigarla si él no los reprimiera, contentándose por entonces con enviar a doña Marina con guardia suficiente para que se informase de lo que obraban.

Entendióse por este medio que asentada su audiencia en la casa de la villa, hicieron llamar a los caciques, y los reprendieron públicamente con grande aspereza el atrevimiento de haber admitido en sus pueblos una gente forastera enemiga de su rey; y que además del servicio ordinario a que estaban obligados, les pedían veinte indios para sacrificar a sus dioses en satisfacción y enmienda de semejante delito.

Llamó Hernán Cortés a los dos caciques, enviando algunos soldados que sin hacer ruido los trajesen a su presencia, y dándoles a entender que penetraba lo más oculto de sus intentos, para autorizar con este misterio su proposición, les dijo: «que ya sabía la violencia de aquellos comisarios, y que sin otra culpa que haber admitido su ejército trataban de imponerles nuevos tributos de sangre humana: que ya no era tiempo de semejantes abominaciones, ni él permitiría que a sus ojos se ejecutase tan horrible precepto; antes les ordenaba precisamente que, juntando su gente, fuesen luego a prenderlos, y dejasen a cuenta de sus armas la defensa de lo que obrasen por su consejo».

Deteníanse los caciques, rehusando entrar en ejecución tan violenta, como envilecidos con la costumbre de sufrir el dolor y respetar el azote; pero Hernán Cortés repitió su orden con tanta resolución, que pasaron luego a ejecutarla, y con grande aplauso de los indios fueron puestos aquellos bárbaros en un género de cepos que usaban en sus cárceles muy desacomodados, porque prendían el delincuente por la garganta, obligando los hombros a forcejear con el peso para el desahogo de la respiración. Eran dignas de risa las demostraciones de entereza y rectitud con que volvieron los caciques a dar cuenta de su hazaña, porque trataban de ajusticiarlos aquel mismo día, según la pena que señalaban sus leyes contra los traidores; y viendo que no se les permitía tanto, pedían licencia para sacrificarlos a sus dioses como por vía de menor atrocidad.

Asegurada la prisión con guardia bastante de soldados españoles, se retiró Hernán Cortés a su alojamiento, y entró en consulta consigo sobre lo que debía obrar para salir del empeño en que se hallaba de amparar y defender aquellos caciques del daño que les amenazaba por haberle obedecido; pero no quisiera desconfiar enteramente a Motezuma, ni dejar de tenerle pendiente y cuidadoso. Hacíale disonancia el tomar las armas para defender la razón escrupulosa de unos vasallos quejosos de su rey, dejando sin nueva provocación o mejor pretexto el camino de la paz. Y por otra parte consideraba como punto necesario el mantener aquel partido que se iba formando por si llegase el caso de haberle menester. Tuvo finalmente por lo más acertado cumplir con Motezuma, sacando mérito de suspender los efectos de aquel desacato, y dándose a entender que por lo menos cumpliría consigo en no fomentar la sedición, ni servirse de ella hasta la última necesidad. Lo que resultó de esta conferencia interior, que le tuvo algunas horas desvelado, fue mandar a la media noche que le trajesen dos de los prisioneros con todo recato, y recibiéndolos benignamente les dijo, como quien no quería que le atribuyesen lo que habían padecido, que los llamaba para ponerlos en libertad, y que en fe de que la recibían únicamente de su mano, podrían asegurar a su príncipe: «que con toda brevedad procuraría enviarle los otros compañeros suyos que quedaban en poder de los caciques; para cuya enmienda y reducción obraría lo que fuese de su mayor servicio, porque deseaba la paz, y merecerle con su respeto y atenciones toda la gratitud que se le debía por embajador y ministro de mayor príncipe». No se atrevían los indios a ponerse en camino, temiendo que los matasen o volviesen a prender en el paso, y fue menester asegurarlos con alguna escolta de soldados españoles que los guiasen a la vecina ensenada donde se hallaban los bajeles, con orden para que en uno de los esquifes los sacasen de los términos de Zempoala.

Antonio de Solís. Historia de la conquista de México

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