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Antonio de Solís. Historia de la conquista de México

 

Índice

Historia de la conquista... de Nueva España

o    Libro I

    Capítulo I

Motivos que obligan a tener por necesario que se divida en diferentes partes la historia de las Indias para que pueda comprenderse

    Capítulo II

Tócanse las razones que han obligado a escribir con separación la historia de la América septentrional o Nueva España

    Capítulo III

Refiérense las calamidades que se padecían en España cuando se puso la mano en la conquista de Nueva España

    Capítulo IV

Estado en que se hallaban los reinos distantes y las islas de la América que ya se llamaban Indias occidentales

    Capítulo V

Cesan las calamidades de la monarquía con la venida del rey don Carlos: dase principio en este tiempo a la conquista de Nueva España

    Capítulo VI

Entrada que hizo Juan de Grijalva en el río de Tabasco. Sucesos de ella

    Capítulo VII

Prosigue Juan de Grijalva su navegación, y entra en el río de Banderas, donde se halló la primera noticia del rey de Méjico, Motezuma

    Capítulo VIII

Prosigue Juan de Grijalva su descubrimiento hasta costear la provincia de Panuco. Sucesos del río de Canoas, y resolución de volverse a la Isla de Cuba

    Capítulo IX

Dificultades que se ofrecieron en la elección de cabo para la nueva armada, y quién era Hernán Cortés, que últimamente la llevó a su cargo

    Capítulo X

Tratan los émulos de Cortés vivamente de descomponerle con Diego Velázquez: no lo consiguen, y sale con la armada del puerto de Santiago

    Capítulo XI

Pasa Cortés con la armada a la villa de la Trinidad, donde la refuerza con número considerable de gente; consiguen sus émulos la desconfianza de Velázquez, que hace vivas diligencias para detenerle

    Capítulo XII

Pasa Hernán Cortés desde la Trinidad a La Habana, donde consigue el último refuerzo de la armada, y padece segunda persecución de Diego Velázquez

    Capítulo XIII

Resuélvese Hernán Cortés a no dejarse atropellar de Diego Velázquez; motivos justos de esta resolución y lo demás que pasó hasta que llegó el tiempo de partir de La Habana

    Capítulo XIV

Distribuye Cortés los cargos de su armada; parte de La Habana y llega a la isla de Cozumel donde pasa muestra y anima a sus soldados a la empresa

    Capítulo XV

Pacifica Hernán Cortés los isleños de Cozumel, hace amistad con el cacique, derriba los ídolos, da principio a la introducción del Evangelio y procura cobrar unos españoles que estaban prisioneros en Yucatán

    Capítulo XVI

Prosigue Hernán Cortés su viaje, y se halla obligado por un accidente a volver a la misma isla; recoge con esta detención a Jerónimo de Aguilar, que estaba cautivo en Yucatán, y se da cuenta de su cautiverio

    Capítulo XVII

Prosigue Hernán Cortés su navegación, y llega al río de Grijalva, donde halla resistencia en los indios, y pelea con ellos en el mismo río y en la desembarcación

    Capítulo XVIII

Ganan los españoles a Tabasco; salen después doscientos hombres a reconocer la tierra, los cuales vuelven rechazados de los indios, mostrando su valor en la resistencia y en la retirada

    Capítulo XIX

Pelean los españoles con un ejército poderoso de los indios de Tabasco y su comarca; descríbese su modo de guerrear y cómo quedó por Hernán Cortés la victoria

    Capítulo XX

Efectúase la paz con el cacique de Tabasco, y celebrándose en esta provincia la festividad del Domingo de Ramos, se vuelven a embarcar los españoles para continuar su viaje

    Capítulo XXI

Prosigue Hernán Cortés su viaje; llegan los bajeles a San Juan de Ulúa; salta la gente en tierra y reciben embajada de los gobernadores de Motezuma; dase noticia de quién era doña Marina

o    Libro II

    Capítulo I

Vienen el general Teutile y el gobernador Pilpatoe a visitar a Cortés en nombre de Motezuma. Dase cuenta de lo que pasó con ellos y con los pintores que andaban dibujando el ejército de los españoles

    Capítulo II

Vuelve la respuesta de Motezuma con un presente de mucha riqueza; pero negada la licencia que se pedía para ir a Méjico

    Capítulo III

Dase cuenta de lo mal que se recibió en Méjico la porfía de Cortés, de quién era Motezuma, la grandeza de su imperio, y el estado en que se hallaba su monarquía cuando llegaron los españoles

    Capítulo IV

Refiérense diferentes prodigios y señales que se vieron en Méjico antes de que llegase Cortés, de que aprendieron los indios que se acercaba la ruina de aquel imperio

    Capítulo V

Vuelve Francisco de Montejo con noticia del lugar de Quiabislan: llegan los embajadores de Motezuma y se despiden con desabrimiento: muévense algunos rumores entre los soldados, y Hernán Cortés usa de artificio para sosegarlos

    Capítulo VI

Publícase la jornada para la isla de Cuba: claman los soldados que tenía prevenidos Cortés: solicita su amistad el cacique de Zempoala; y últimamente hace la población

    Capítulo VII

Renuncia Hernán Cortés, en el primer ayuntamiento que se hizo en la Vera-Cruz, el título de capitán general que tenía por Diego Velázquez: vuélvenle a elegir la villa y el pueblo

    Capítulo VIII

Marchan los españoles, y parte la armada de vuelta de Quiabislan: entran de paso en Zempoala, donde les hace buena acogida el cacique, y se toma nueva noticia de las tiranías de Motezuma

    Capítulo IX

Prosiguen los españoles su marcha desde Zempoala a Quiabislan: refiérese lo que pasó en la entrada de esta villa, donde se halla nueva noticia de la inquietud de aquellas provincias, y se prenden seis ministros de Motezuma

    Capítulo X

Vienen a dar la obediencia y ofrecerse a Cortés los caciques de la serranía: edifícase y pónese en defensa la villa de la Vera-Cruz, donde llegan nuevos embajadores de Motezuma

    Capítulo XI

Mueven los zempoales con engaño las armas de Hernán Cortés contra los de Zimpacingo sus enemigos: hácelos amigos, y deja reducida aquella tierra

    Capítulo XII

Vuelven los españoles a Zempoala, donde se consigue el derribar los ídolos con alguna resistencia de los indios, y queda hecho templo de Nuestra Señora el principal de sus adoratorios

    Capítulo XIII

Vuelve el ejército a la Vera-Cruz; despáchanse comisarios al rey con noticia de lo que se había obrado; sosiégase otra sedición con el castigo de algunos delincuentes, y Hernán Cortés ejecuta la resolución de dar al través con la armada

    Capítulo XIV

Dispuesta la jornada llega noticia de que andaban navíos en la costa; parte Cortés a la Vera-Cruz, y prende siete soldados de la armada de Francisco de Garay; dase principio a la marcha, y penetrada con mucho trabajo la sierra, entra el ejército en la provincia de Zocothlan

    Capítulo XV

Visita segunda vez el cacique de Zocothlan a Cortés: pondera mucho las grandezas de Motezuma; resuélvese el viaje por Tlascala, de cuya provincia y forma de gobierno se halla noticia en Xacacingo

    Capítulo XVI

Parten los cuatro enviados de Cortés a Tlascala: dase noticia del traje y estilo con que se daban las embajadas en aquella tierra, y de lo que discurrió la república sobre el punto de admitir de paz a los españoles

    Capítulo XVII

Determinan los españoles acercarse a Tlascala, teniendo a mala señal la detención de sus mensajeros: pelean con un grueso de cinco mil indios que los esperaban emboscados, y después con todo el poder de la república

    Capítulo XVIII

Rehácese el ejército de Tlascala: vuelven a segunda batalla con mayores fuerzas, y quedan rotos y desbaratados por el valor de los españoles y por otro nuevo accidente que los puso en desconcierto

    Capítulo XIX

Sosiega Hernán Cortés la nueva turbación de su gente; los de Tlascala tienen por encantadores a los españoles; consultan sus adivinos, y por su consejo los asaltan de noche en su cuartel

    Capítulo XX

Manda el senado a su general que suspenda la guerra, y él no quiere obedecer; antes trata de dar nuevo asalto al cuartel de los españoles: conócense, y castíganse sus espías, y dase principio a las pláticas de la paz

    Capítulo XXI

Vienen al cuartel nuevos embajadores de Motezuma para embarazar la paz de Tlascala: persevera el senado en pedirla, y toma el mismo Xicotencal a su cuenta esta negociación

o    Libro III

    Capítulo I

Dase noticia del viaje que hicieron a España los enviados de Cortés, y de las contradicciones y embarazos que retardaron su despacho

    Capítulo II

Procura Motezuma desviar la paz de Tlascala: vienen los de aquella república a continuar su instancia, y Hernán Cortés ejecuta su marcha y hace su entrada en la ciudad

    Capítulo III

Descríbese la ciudad de Tlascala: quéjanse los senadores de que anduviesen armados los españoles sintiendo su desconfianza; y Cortés los satisface y procura reducir a que dejen la idolatría

    Capítulo IV

Despacha Hernán Cortés los embajadores de Motezuma: reconoce Diego de Ordaz el volcán de Popocatepec, y se resuelve la jornada por Cholula

    Capítulo V

Hállanse nuevos indicios del trato doble de Cholula: marcha el ejército la vuelta de aquella ciudad, reforzado con algunas capitanías de Tlascala

    Capítulo VI

Entran los españoles en Cholula, donde procuran engañarlos con hacerles en lo exterior buena acogida: descúbrese la traición que tenían prevenida, y se dispone su castigo

    Capítulo VII

Castígase la traición de Cholula: vuélvese a reducir y pacificar la ciudad, y se hacen amigos los de esta nación con los tlascaltecas

    Capítulo VIII

Parten los españoles de Cholula: ofréceseles nueva dificultad en la montaña de Chalco, y Motezuma procura detenerlos por medio de sus nigrománticos

    Capítulo IX

Viene al cuartel a visitar a Cortés de parte de Motezuma el señor de Tezcuco, su sobrino: continúase la marcha y se hace alto en Quitlavaca, dentro ya de la laguna de Méjico

    Capítulo X

Pasa el ejército a Iztacpalapa, donde se dispone la entrada de Méjico: refiérese la grandeza con que salió Motezuma a recibir a los españoles

    Capítulo XI

Viene Motezuma el mismo día por la tarde a visitar a Cortés en su alojamiento: refiérese la oración que hizo antes de oír la embajada, y la respuesta de Cortés

    Capítulo XII

Visita Cortés a Motezuma en su palacio, cuya grandeza y aparato se describe; y se da noticia de lo que pasó en esta conferencia, y en otras que se tuvieron después sobre la religión

    Capítulo XIII

Descríbese la ciudad de Méjico, su temperamento y situación, el mercado de Tlatelulco y el mayor de sus templos, dedicado al dios de la guerra

    Capítulo XIV

Descríbense diferentes casas que tenía Motezuma para su divertimiento, sus armerías, sus jardines y sus quintas, con otros edificios notables que había dentro y fuera de la ciudad

    Capítulo XV

Dase noticia de la ostentación y puntualidad con que se hacía servir Motezuma en su palacio; del gasto de su mesa, de sus audiencias, y otras particularidades de su economía y divertimientos

    Capítulo XVI

Dase noticia de las grandes riquezas de Motezuma, del estilo con que se administraba la hacienda y se cuidaba de la justicia, con otras particularidades del gobierno político y militar de los mejicanos

    Capítulo XVII

Dase noticia del estilo con que se medían y computaban en aquella tierra los meses y los años; de sus festividades, matrimonios, y otros ritos y costumbres dignas de consideración

    Capítulo XVIII

Continúa Motezuma sus agasajos y dádivas a los españoles: llegan cartas de la Vera-Cruz con noticia de la batalla en que murió Juan de Escalante, y con este motivo se resuelve la prisión de Motezuma

    Capítulo XIX

Ejecútase la prisión de Motezuma: dase noticia del modo como se dispuso y como se recibió entre sus vasallos

    Capítulo XX

Cómo se portaba en la prisión Motezuma con los suyos y con los españoles: traen preso a Qualpopoca, y Cortés le hace castigar con pena de muerte, mandando echar unos grillos a Motezuma mientras se ejecutaba la sentencia

o    Libro IV

    Capítulo I

Permítese a Motezuma que se deje ver en público saliendo a sus templos y recreaciones: trata Cortés de algunas prevenciones que tuvo por necesarias, y se duda que intentasen los españoles por esta sazón derribar los ídolos de Méjico

    Capítulo II

Descúbrese una conspiración que se iba disponiendo contra los españoles, ordenada por el rey de Tezcuco; y Motezuma, parte con su industria, y parte por las advertencias de Cortés, la sosiega castigando al que la fomentaba

    Capítulo III

Resuelve Motezuma despachar a Cortés respondiendo a su embajada: junta sus nobles, y dispone que sea reconocido el rey de España por sucesor de aquel imperio, determinando que se le dé la obediencia y pague tributo como a descendiente de su conquistador

    Capítulo IV

Entra en poder de Hernán Cortés el oro y joyas que se juntaron de aquellos presentes: dícele Motezuma con resolución que trate de su jornada, y él procura dilatarla sin replicarle; al mismo tiempo que se tiene aviso de que han llegado navíos españoles a la costa

    Capítulo V

Refiérense las nuevas prevenciones que hizo Diego Velázquez para destruir a Hernán Cortés: el ejército y armada que envió contra él a cargo de Pánfilo de Narbáez; su arribo a las costas de Nueva España; y su primer intento de reducir a los españoles de la Vera-Cruz

    Capítulo VI

Discurso y prevenciones de Hernán Cortés en orden a excusar el rompimiento: introduce tratados de paz; no los admite Narbáez; antes publica la guerra, y prende al licenciado Lucas Vázquez de Ayllón

    Capítulo VII

Persevera Motezuma en su buen ánimo para con los españoles de Cortés, y se tiene por improbable la mudanza que atribuyen algunos a diligencias de Narbáez; resuelve Cortés su jornada, y la ejecuta dejando en Méjico parte de su gente

    Capítulo VIII

Marcha Hernán Cortés la vuelta de Zempoala y, sin conseguir la gente que tenía prevenida en Tlascala, continúa su viaje hasta Matalequita, donde vuelve a las pláticas de paz, y con nueva irritación rompe la guerra

    Capítulo IX

Prosigue su marcha Hernán Cortés hasta una legua de Zempoala; sale con su ejército en campaña Pánfilo de Narbáez; sobreviene una tempestad y se retira; con cuya noticia resuelve Cortés acometerle en su alojamiento

    Capítulo X

Llega Hernán Cortés a Zempoala, donde halla resistencia; consigue con las armas la victoria; prende a Narbáez, cuyo ejército se reduce a servir debajo de su mano

    Capítulo XI

Pone Cortés en obediencia la caballería de Narbáez que andaba en la campaña; recibe noticia de que habían tomado las armas los mejicanos contra los españoles que dejó en aquella corte; marcha luego con su ejército, y entra en ella sin oposición

    Capítulo XII

Dase noticia de los motivos que tuvieron los mejicanos para tomar las armas; sale Diego de Ordaz con algunas compañías a reconocer la ciudad; da en una celada, y Hernán Cortés resuelve la guerra

    Capítulo XIII

Intentan los mejicanos asaltar el cuartel y son rechazados; hace dos salidas contra ellos Hernán Cortés; y, aunque ambas veces fueron vencidos y desbaratados, queda con alguna desconfianza de reducirlos

    Capítulo XIV

Propone a Cortés Motezuma que se retire, y él le ofrece que se retirará luego que dejen las armas sus vasallos; vuelven éstos a intentar nuevo asalto; habla con ellos Motezuma desde la muralla, y queda herido, perdiendo las esperanzas de reducirlos

    Capítulo XV

Muere Motezuma sin querer reducirse a recibir el bautismo; envía Cortés el cuerpo a la ciudad; celebran sus exequias los mejicanos; y se descubren las cualidades que concurrieron en su persona

    Capítulo XVI

Vuelven los mejicanos a sitiar el alojamiento de los españoles; hace Cortés nueva salida; gana un adoratorio que habían ocupado y los rompe, haciendo mayor daño en la ciudad, y deseando escarmentarlos para retirarse

    Capítulo XVII

Proponen los mejicanos la paz con ánimo de sitiar por hambre a los españoles; conócese la intención del tratado; junta Hernán Cortés sus capitanes, y se resuelve salir de Méjico aquella misma noche

    Capítulo XVIII

Marcha el ejército recatadamente, y al entrar en la calzada le descubren y acometen los indios con todo el grueso por agua y tierra; peléase largo rato, y últimamente se consigue con dificultad y considerable pérdida, hasta salir al paraje de Tácuba

    Capítulo XIX

Marcha Hernán Cortés la vuelta de Tlascala; síguenle algunas tropas de los lugares vecinos, hasta que uniéndose con los mejicanos acometen al ejército, y le obligan a tomar el abrigo de un adoratorio

    Capítulo XX

Continúan su retirada los españoles, padeciendo de ella grandes trabajos y dificultades, hasta que llegando al valle de Otumba, queda vencido y deshecho en batalla campal todo el poder mejicano

o    Libro V

    Capítulo I

Entra el ejército en los términos de Tlascala, y alojado en Gualipar, visitan a Cortés los caciques y senadores; celébrase con fiestas públicas la entrada en la ciudad, y se halla el afecto de aquella gente asegurado con nuevas experiencias

    Capítulo II

Llegan noticias de que se había levantado la provincia de Tepeaca; vienen embajadores de Méjico y Tlascala; y se descubre una conspiración que intentaba Xicotencal el mozo contra los españoles

    Capítulo III

Ejecútase la entrada en la provincia de Tepeaca; y vencidos los rebeldes que aguardaron en campaña con la asistencia de los mejicanos, se ocupa la ciudad, donde se levanta una fortaleza con el nombre de Segura de la Frontera

    Capítulo IV

Envía Hernán Cortés diferentes capitanes a reducir o castigar los pueblos inobedientes, y va personalmente a la ciudad de Guacachula contra un ejército mejicano que vino a defender su frontera

    Capítulo V

Procura Hernán Cortés adelantar algunas prevenciones de que necesitaba para la empresa de Méjico; hállase casualmente con un socorro de españoles; vuelve a Tlascalteca y halla muerto a Magiscatzin

    Capítulo VI

Llegan al ejército nuevos socorros de soldados españoles; retíranse a Cuba los de Narbáez que instaron por su licencia; forma Hernán Cortés segunda relación de su jornada, y despacha nuevos comisarios al emperador

    Capítulo VII

Llegan a España los precursores de Hernán Cortés y pasan a Medellín, donde estuvieron retirados, hasta que mejorando las cosas de Castilla volvieron a la corte, y consiguieron la recusación del obispo de Burgos

    Capítulo VIII

Prosíguese hasta su conclusión la materia del capítulo precedente

    Capítulo IX

Recibe Cortés nuevo socorro de gente y municiones; pasa muestra el ejército de los españoles, y a su imitación el de los confederados; publícanse algunas ordenanzas militares, y se da principio a la marcha con ánimo de ocupar a Tezcuco

    Capítulo X

Marcha el ejército no sin vencer algunas dificultades; previénese de una embajada cautelosa el rey de Tezcuco, de cuya respuesta, por los mismos términos, resulta el conseguirse la entrada en aquella ciudad sin resistencia

    Capítulo XI

Alojado el ejército en Tezcuco, vienen los nobles a tomar servicio en él; restituye Cortés aquel reino al legítimo sucesor, dejando al tirano sin esperanza de restablecerse

    Capítulo XII

Bautízase con pública solemnidad el nuevo rey de Tezcuco; y sale con parte de su ejército Hernán Cortés a ocupar la ciudad de Iztapalapa, donde necesitó de toda su advertencia para no caer en una celada que le tenían prevenida los mejicanos

    Capítulo XIII

Piden socorro a Cortés las provincias de Chalco y Otumba contra los mejicanos: encarga esta facción a Gonzalo de Sandoval y a Francisco de Lugo, los cuales rompen al enemigo, trayendo algunos prisioneros de cuenta, por cuyo medio requiere con la paz al emperador mejicano

    Capítulo XIV

Conduce los bergantines a Tezcuco Gonzalo de Sandoval; y entre tanto que se dispone su apresto y última formación, sale Cortés a reconocer con parte del ejército las riberas de la laguna

    Capítulo XV

Marcha Hernán Cortés a Yaltocan, donde halla resistencia; y vencida esta dificultad, pasa con su ejército a Tácuba; y después de romper a los mejicanos en diferentes combates, resuelve y ejecuta su retirada

    Capítulo XVI

Viene a Tezcuco nuevo socorro de españoles; sale Gonzalo de Sandoval al socorro de Chalco; rompe dos veces a los mejicanos en campaña, y gana por fuerza de armas a Guastepeque y a Capistlan

    Capítulo XVII

Hace nueva salida Hernán Cortés para reconocer la laguna por la parte de Suchimilco; y en el camino tiene dos combates peligrosos con los enemigos que halló fortificados en las sierras de Guastepeque

    Capítulo XVIII

Pasa el ejército a Quatlabaca, donde se rompió de nuevo a los mejicanos; y después a Suchimilco, donde se venció mayor dificultad, y se vio Hernán Cortés en contingencia de perderse

    Capítulo XIX

Remédiase con el castigo de un soldado español la conjuración de algunos españoles que intentaron matar a Hernán Cortés; y con la muerte de Xicotencal un movimiento sedicioso de algunos tlascaltecas

    Capítulo XX

Échanse al agua los bergantines; y dividido el ejército de tierra en tres partes, para que al mismo tiempo se acometiese por Tácuba, Iztapalapa y Cuyoacan, avanza Hernán Cortés por la laguna, y rompe una gran flota de canoas mejicanas

    Capítulo XXI

Pasa Hernán Cortés a reconocer los trozos de su ejército en las tres calzadas de Cuyoacan, Iztapalapa y Tácuba, y en todas fue necesario el socorro de los bergantines; deja cuatro a Gonzalo de Sandoval, cuatro a Pedro de Alvarado, y él se recoge a Cuyoacan con los cinco restantes

    Capítulo XXII

Sírvense de varios ardides los mejicanos para su defensa: emboscan sus canoas contra los bergantines; y Hernán Cortés padece una rota de consideración, volviendo cargado a Cuyoacan

    Capítulo XXIII

Celebran los mejicanos su victoria con el sacrificio de los españoles: atemoriza Guatimozin a los confederados, y consigue que desamparen muchos a Cortés; pero vuelven al ejército en mayor número, y se resuelve a tomar puestos dentro de la ciudad

    Capítulo XXIV

Hácense las tres entradas a un tiempo, y en pocos días se incorpora todo el ejército en el Tlateluco; retírase Guatimozin al barrio más distante de la ciudad, y los mejicanos se valen de algunos esfuerzos y cautelas para divertir a los españoles

    Capítulo XXV

Intentan los mejicanos retirarse por la laguna: pelean sus canoas con los bergantines para facilitar el escape de Guatimozin; y finalmente se consigue su prisión y se rinde la ciudad

Libro I

 

 

 

Capítulo I

 

Motivos que obligan a tener por necesario que se divida en diferentes partes la historia de las Indias para que pueda comprenderse

 

Duró algunos días en nuestra inclinación el intento de continuar la historia general de las Indias occidentales que dejó el cronista Antonio de Herrera en el año de 1554 de la reparación humana. Y perseverando en este animoso dictamen, lo que tardó en descubrirse la dificultad, hemos leído con diligente observación lo que antes y después de sus Décadas escribieron de aquellos descubrimientos y conquistas diferentes plumas naturales y extranjeras; pero como las regiones del aquel nuevo mundo son tan distantes de nuestro hemisferio, hallamos en los autores extranjeros grande osadía y no menor malignidad para inventar lo que quisieron contra nuestra nación, gastando libros enteros en culpar lo que erraron algunos para deslucir lo que acertaron todos; y en los naturales poca uniformidad y concordia en la narración de los sucesos: conociéndose en esta diversidad de noticias aquel peligro ordinario de la verdad, que suele desfigurarse cuando viene de lejos, degenerando de su ingenuidad todo aquello que se aparta de su origen.

La obligación de redargüir a los primeros, y el deseo de conciliar a los segundos, nos ha detenido en buscar papeles y esperar relaciones que den fundamento y razón a nuestros escritos: trabajo deslucido, pues sin dejarse ver del mundo consume oscuramente el tiempo y el cuidado; pero trabajo necesario, pues ha de salir de esta confusión y mezcla de noticias pura y sencilla la verdad, que es el alma de la historia: siendo este cuidado en los escritores semejante al de los arquitectos que amontonan primero que fabriquen, y forman después la ejecución de sus ideas del embrión de los materiales, sacando poco a poco de entre el polvo y la confusión de la oficina la hermosura y la proporción del edificio.

Pero llegando a lo estrecho de la pluma con mejores noticias, hallamos en la historia general tanta multitud de cabos pendientes, que nos pareció poco menos que imposible (culpa será de nuestra comprensión) el atarlos sin confundirlos. Consta la historia de las Indias de tres acciones grandes que pueden competir con las mayores que han visto los siglos: porque los hechos de Cristóbal Colón en su admirable navegación y en las primeras empresas de aquel nuevo mundo; lo que obró Hernán Cortés con el consejo y con las armas en la conquista de Nueva España, cuyas vastas regiones duran todavía en la incertidumbre de sus términos; y lo que se debió a Francisco Pizarro, y trabajaron los que le sucedieron en sojuzgar aquel dilatadísimo imperio de la América meridional, teatro de varias tragedias y extraordinarias novedades, son tres argumentos de historias grandes, compuestas de aquellas ilustres hazañas y admirables accidentes de ambas fortunas que dan materia digna a los anales, agradable alimento a la memoria, y útiles ejemplos al entendimiento y al valor de los hombres. Pero en la historia general de las Indias, como se hallan mezclados entre sí los tres argumentos, y cualquiera de ellos con infinidad de empresas menores, no es fácil reducirlos al contexto de una sola narración, ni guardar la serie de los tiempos sin interrumpir y despedazar muchas veces lo principal con lo accesorio.

Quieren los maestros del arte que en las transiciones de la historia (así llaman al paso que se hace de unos sucesos a otros) se guarde tal conformidad de las partes con el todo, que ni se haga monstruoso el cuerpo de la historia con la demasía de los miembros, ni deje de tener los que son necesarios para conseguir la hermosura de la variedad; pero deben estar, según su doctrina, tan unidos entre sí, que ni se vean las ataduras, ni sea tanta la diferencia de las cosas, que se deje conocer la desemejanza o sentir la confusión. Y este primor de entretejer los sucesos sin que parezcan los unos digresiones de los otros, es la mayor dificultad de los historiadores; porque si se dan muchas señas del suceso que se dejó atrasado, cuando le vuelve a recoger la narración se incurre en el inconveniente de la repetición y de la prolijidad; y si se dan pocas se tropieza en la oscuridad y en la desunión: vicios que se deben huir con igual cuidado porque destruyen los demás aciertos del escritor.

Ese peligro común de todas las historias generales es mayor y casi imposible de vencer en la nuestra; porque las Indias occidentales se componen de dos monarquías muy dilatadas, y éstas de infinidad de provincias y de innumerables islas, dentro de cuyos límites mandaban diferentes régulos o caciques: unos dependientes y tributarios de los dos emperadores de Méjico y el Perú; y otros que amparados en la distancia se defendían de la sujeción. Todas estas provincias o reinos pequeños eran diferentes conquistas con diferentes conquistadores. Traíanse entre las manos muchas empresas a un tiempo; salían a ellas diversos capitanes de mucho valor, pero de pocas señas: llevaban a su cargo unas tropas de soldados que se llamaban ejércitos y no sin ninguna propiedad por lo que intentaban y por lo que conseguían: peleábase en estas expediciones con unos príncipes y en unas provincias y lugares de nombres exquisitos, no sólo dificultosos a la memoria sino a la pronunciación; de que nacía el ser frecuentes y oscuras las transiciones, y el peligrar en su abundancia la narración: hallándose el historiador obligado a dejar y recoger muchas veces los sucesos menores, y el lector a volver sobre los que dejó pendientes, o a tener en pesado ejercicio la memoria.

No negamos que Antonio de Herrera, escritor diligente (a quien no sólo procuraremos seguir, pero querríamos imitar), trabajó con acierto una vez elegido el empeño de la historia general; pero no hallamos en sus Décadas todo aquel desahogo y claridad de que necesitan para comprenderse; ni podía dársele mayor habiendo de acudir con la pluma a tanta muchedumbre de acaecimientos, dejándolos y volviendo a ellos según el arbitrio del tiempo y sin pisar alguna vez la línea de los años.

 

 

 

Capítulo II

 

Tócanse las razones que han obligado a escribir con separación la historia de la América septentrional o Nueva España

 

Nuestro intento es sacar de este laberinto y poner fuera de esta oscuridad a la historia de Nueva España para poder escribirla separadamente, franqueándola (si cupiere tanto en nuestra cortedad) de modo que en lo admirable de ella se deje hallar sin violencia la suspensión, y en lo útil se logre sin desabrimiento la enseñanza. Y nos hallamos obligados a elegir este de los tres argumentos que propusimos; porque los hechos de Cristóbal Colón, y las primeras conquistas de las islas y el Darien, como no tuvieron otros sucesos en que mezclarse, están escritas con felicidad y bastante distinción en la primera y segunda década de Antonio de Herrera; y la historia del Perú anda separada en los dos tomos que escribió Garcilaso Inga, tan puntual en las noticias y tan suave y ameno en el estilo (según la elegancia de su tiempo) que culparíamos de ambicioso al que intentase mejorarle, alabando mucho al que supiese imitarle para proseguirle. Pero la Nueva España, o está sin historia que merezca este nombre, o necesita de ponerse en defensa contra las plumas que se encargaron de su posteridad.

Escribióla primero Francisco López de Gómara con poco examen y puntualidad, porque dice lo que oyó, y lo afirma con sobrada credulidad, fiándose tanto de sus oídos como pudiera de sus ojos, sin hallar dificultad en lo inverosímil, ni resistencia en lo imposible.

Siguióle en el tiempo y en alguna parte de sus noticias Antonio de Herrera, y a éste Bartolomé Leonardo de Argensola, incurriendo en la misma desunión y con menor disculpa; porque nos dejó los primeros sucesos de esta conquista entretejidos y mezclados en sus Anales de Aragón, tratándolos como accesorios, y traídos de lejos al propósito de su argumento. Escribió lo mismo que halló en Antonio de Herrera con mejor carácter, pero tan interrumpido y ofuscado con la mezcla de otros acaecimientos, que se disminuye en las digresiones lo heroico del asunto, o no se conoce su grandeza como se mira de muchas veces.

Salió después una historia particular de Nueva España, obra póstuma de Bernal Díaz del Castillo, que sacó a luz un religioso de la Orden de Nuestra Señora de la Merced, habiéndola hallado manuscrita en la librería de un ministro grande y erudito, donde estuvo muchos años retirada, quizá por los inconvenientes que al tiempo que se imprimió se perdonaron o no se conocieron. Pasa hoy por historia verdadera ayudándose del mismo desaliño y poco adorno de su estilo para parecerse a la verdad y acreditar con algunos la sinceridad del escritor, pero aunque le asiste la circunstancia de haber visto lo que escribió, se conoce de su misma obra que no tuvo la vista libre de pasiones, para que fuese bien gobernada la pluma: muéstrase tan satisfecho de su ingenuidad, como quejoso de su fortuna: andan entre sus renglones muy descubiertas la envidia y la ambición; y paran muchas veces estos afectos destemplados en quejas contra Hernán Cortés, principal héroe de esta historia, procurando penetrar sus designios para deslucir y enmendar sus consejos, y diciendo muchas veces como infalible no lo que ordenaba y disponía su capitán, sino lo que murmuraban los soldados; en cuya república hay tanto vulgo como en las demás; siendo en todas de igual peligro, que se permita el discurrir a los que nacieron para obedecer.

Por cuyos motivos nos hallamos obligados a entrar en este argumento, procurando desagraviarle de los embarazos que se encuentran en su contexto, y de las ofensas que ha padecido su verdad. Valdrémonos de los mismos autores que dejamos referidos en todo aquello que no hubiere fundamento para desviarnos de lo que escribieron; y nos serviremos de otras relaciones y papeles particulares que hemos juntado para ir formando, con elección desapasionada, de lo más fidedigno nuestra narración, sin referir de propósito lo que se debe suponer o se halla repetido, ni gastar el tiempo en las circunstancias menudas que, o manchan el papel con lo indecente, o le llenan de lo menos digno, atendiendo más al volumen que a la grandeza de la historia. Pero antes de llegar a lo inmediato de nuestro empeño, será bien que digamos en qué postura se hallaban las cosas de España cuando se dio principio a la conquista de aquel nuevo mundo, para que se vea su principio primero que su aumento; y sirva esta noticia de fundamento al edificio que emprendemos.

 

 

 

Capítulo III

 

Refiérense las calamidades que se padecían en España cuando se puso la mano en la conquista de Nueva España

 

Corría el año de mil y quinientos y diez y siete, digno de particular memoria en esta monarquía, no menos por sus turbaciones, que por sus felicidades. Hallábase a la sazón España combatida por todas partes de tumultos, discordias y parcialidades, congojada su quietud con los males internos que amenazaban su ruina; y durando en su fidelidad más como reprimida de su propia obligación, que como enfrenada y obediente a las riendas del gobierno; y al mismo tiempo se andaba disponiendo en las Indias occidentales su mayor prosperidad con el descubrimiento de otra Nueva España, en que no sólo se dilatasen sus términos, sino se renovase y duplicase su nombre: así juegan con el mundo la fortuna y el tiempo; y así se suceden o se mezclan con perpetua alteración los bienes y los males.

Murió en los principios del año antecedente el rey don Fernando el Católico; y desvaneciendo con la falta de su artífice las líneas que tenía tiradas para la conservación y acrecentamiento de sus estados, se fue conociendo poco a poco en la turbación y desconcierto de las cosas públicas la gran pérdida que hicieron estos reinos; al modo que suele rastrearse por el tamaño de los efectos la grandeza de las causas.

Quedó la suma del gobierno a cargo del cardenal arzobispo de Toledo, don fray Francisco Jiménez de Cisneros, varón de espíritu resuelto, de superior capacidad, de corazón magnánimo, y en el mismo grado religioso, prudente y sufrido: juntándose en él sin embarazarse con su diversidad, estas virtudes morales y aquellos atributos heroicos; pero tan amigo de los aciertos, y tan activo en la justificación de sus dictámenes, que perdía muchas veces lo conveniente por esforzar lo mejor; y no bastaba su celo a corregir los ánimos inquietos tanto como a irritarlos su integridad.

La reina doña Juana, hija de los reyes don Fernando y doña Isabel, a quien tocaba legítimamente la sucesión del reino, se hallaba en Tordesillas, retirada de la comunicación humana, por aquel accidente lastimoso que destempló la armonía de su entendimiento; y del sobrado aprender, la trujo a no discurrir, o a discurrir desconcertadamente en lo que aprendía.

El príncipe don Carlos, primero de este nombre en España, y quinto en el imperio de Alemania, a quien anticipó la corona el impedimento de su madre, residía en Flandes; y su poca edad, que no llegaba a los diez y siete años, el no haberse criado en estos reinos, y las noticias que en ellos había de cuán apoderados estaban los ministros flamencos de la primera inclinación de su adolescencia, eran unas circunstancias melancólicas que le hacían poco deseado aún de los que le esperaban como necesario.

El infante don Fernando, su hermano, se hallaba, aunque de menos años, no sin alguna madurez, desabrido de que el rey don Fernando, su abuelo, no le dejase en su último testamento nombrado por principal gobernador de estos reinos, como lo estuvo en el antecedente que se otorgó en Burgos; y aunque se esforzaba a contenerse dentro de su propia obligación, ponderaba muchas veces y oía ponderar lo mismo a los que le asistían, que el no nombrarle pudiera pasar por disfavor hecho a su poca edad, pero que el excluirle después de nombrado, era otro género de inconfidencia que tocaba en ofensa de su persona y dignidad: con que se vino a declarar por mal satisfecho del nuevo gobierno; siendo sumamente peligroso para descontento, porque andaban los ánimos inquietos, y por su afabilidad, y ser nacido y criado en Castilla, tenía de su parte la inclinación del pueblo, que, dado el caso de la turbación, como se recelaba, le había de seguir, sirviéndose para sus violencias del movimiento natural.

Sobrevino a este embarazo otro de no menor cuerpo en la estimación del cardenal; porque el deán de Lobaina Adriano Florencio, que fue después sumo Pontífice, sexto de este nombre, había venido desde Flandes con título y apariencias de embajador al rey don Fernando; y luego que sucedió su muerte, manifestó los poderes que tenía ocultos del príncipe don Carlos, para que en llegando este caso tomase posesión del reino en su nombre, y se encargase de su gobierno; de que resultó una controversia muy reñida, sobre si este poder había de prevalecer y ser de mejor calidad que el que tenía el cardenal. En cuyo punto discurrían los políticos de aquel tiempo con poco recato, y no sin alguna irreverencia, vistiéndose en todos el discurso de el color de la intención. Decían los apasionados de la novedad que el cardenal era gobernador nombrado por otro gobernador; pues el rey don Fernando sólo tenía este título en Castilla después que murió la reina doña Isabel. Replicaban otros de no menor atrevimiento, porque caminaban a la exclusión de entrambos, que el nombramiento de Adriano padecía el mismo defecto; porque el príncipe don Carlos, aunque estaba asistido de la prerrogativa de heredero del reino, sólo podía viviendo la reina doña Juana, su madre, usar de la facultad de gobernador, de la misma suerte que la tuvo su abuelo: con que dejaban a los dos príncipes incapaces de poder comunicar a sus magistrados aquella suprema potestad que falta en el gobernador, por ser inseparable de la persona del rey.

Pero reconociendo los dos gobernadores que estas disputas se iban encendiendo, con ofensa de la majestad y de su misma jurisdicción, trataron de unirse en el gobierno: sana determinación si se conformaran los genios; pero discordaban o se compadecían mal la entereza del cardenal con la mansedumbre de Adriano: inclinado el uno a no sufrir compañero en sus resoluciones, y acompañándolas el otro con poca actividad y sin noticia de las leyes y costumbres de la nación. Produjo este imperio dividido la misma división en los súbditos; con que andaba parcial la obediencia y desunido el poder, obrando esta diferencia de impulsos en la república lo que obrarían en la nave dos timones, que aun en tiempo de bonanza formarían de su propio movimiento la tempestad.

Conociéronse muy presto los efectos de esta mala constitución, destemplándose enteramente los humores mal corregidos de que abundaba la república. Mandó el cardenal (y necesitó de poca persuasión para que viniese en ello su compañero) que se armasen las ciudades y villas del reino, y que cada una tuviese alistada su milicia, ejercitando la gente en el manejo de las armas y en la obediencia de sus cabos; para cuyo fin señaló sueldos a los capitanes, y concedió exenciones a los soldados. Dicen unos que miró a su propia seguridad, y otros que a tener un nervio de gente con que reprimir el orgullo de los grandes: pero la experiencia mostró brevemente que en aquella sazón no era conveniente este movimiento, porque los grandes y señores heredados (brazo dificultoso de moderar en tiempos tan revueltos) se dieron por ofendidos de que se armasen los pueblos, creyendo que no carecía de algún fundamento la voz que había corrido de que los gobernadores querían examinar con esta fuerza reservada el origen de sus señoríos y el fundamento de sus alcabalas. Y en los mismos pueblos se experimentaron diferentes efectos, porque algunas ciudades alistaron su gente, hicieron sus alardes, y formaron su escuela militar: pero en otras se miraron estos remedos de la guerra como pensión de la libertad y como peligros de la paz, siendo en unas y otras igual el inconveniente de la novedad; porque las ciudades que se dispusieron a obedecer, supieron la fuerza que tenían para resistir; y las que resistieron se hallaron con la que habían menester, para llevarse tras sí a las obedientes y ponerlo todo en confusión.

 

 

 

Capítulo IV

 

Estado en que se hallaban los reinos distantes y las islas de la América que ya se llamaban Indias occidentales

 

No padecían en este tiempo menos que Castilla los demás dominios de la corona de España, donde apenas hubo piedra que no se moviese, ni parte donde no se temiese con alguna razón el desconcierto de todo el edificio.

Andalucía, se hallaba oprimida y asustada con la guerra civil que ocasionó don Pedro Girón, hijo del conde de Ureña, para ocupar los estados del duque de Medina Sidonia, cuya sucesión pretendía por doña Mencía de Guzmán su mujer; poniendo en el juicio de las armas la interpretación de su derecho, y autorizando la violencia con el nombre de la justicia.

En Navarra se volvieron a encender impetuosamente aquellas dos parcialidades beamontesa y agramontesa, que hicieron insigne su nombre a costa de su patria. Los beamonteses, que seguían la voz del rey de Castilla, trataban como defensa de la razón la ofensa de sus enemigos. Y los agramonteses, que, muerto Juan de Labrit y la reina doña Catalina, aclamaban al príncipe de Bearne su hijo, fundaban su atrevimiento en las amenazas de Francia; siendo unos y otros dificultosos de reducir, porque andaba en ambos partidos el odio envuelto en apariencias de fidelidad; y mal colocado el nombre del rey, servía de pretexto a la venganza y a la sedición.

En Aragón se movieron cuestiones poco seguras sobre el gobierno de la corona, que por el testamento del rey don Fernando quedó encargado al arzobispo de Zaragoza don Alfonso de Aragón su hijo, a quien se opuso, no sin alguna tenacidad, el justicia don Juan de Lanuza, con dictamen, o verdadero o afectado, de que no convenía para la quietud de aquel reino que residiese la potestad absoluta en persona de tan altos pensamientos: de cuyo principio resultaron otras disputas, que corrían entre los nobles como sutilezas de la fidelidad, y pasando a la rudeza del pueblo, se convirtieron en peligros de la obediencia y de la sujeción.

Cataluña y Valencia se abrasaban en la natural inclemencia de sus bandos; que no contentos con la jurisdicción de la campaña, se apoderaban de los pueblos menores, y se hacían temer de las ciudades, con tal insolencia y seguridad, que turbado el orden de la república se escondían los magistrados y se celebraba la atrocidad tratándose como hazañas los delitos, y como fama la miserable posteridad de los delincuentes.

En Nápoles se oyeron con aplauso las primeras aclamaciones de la reina doña Juana y el príncipe don Carlos; pero entre ellas mismas se esparció una voz sediciosa de incierto origen, aunque de conocida malignidad.

Decíase que el rey don Fernando dejaba nombrado por heredero de aquel reino al duque de Calabria, detenido entonces en el castillo de Játiva. Y esta voz que se desestimó dignamente a los principios, bajó como despreciada a los oídos del vulgo, donde corrió algunos días con recato de murmuración, hasta que tomando cuerpo en el misterio con que se fomentaba, vino a romper en alarido popular y en tumulto declarado, que puso en congoja más que vulgar a la nobleza, y a todos los que tenían la parte de la razón y de la verdad.

En Sicilia también tomó el pueblo las armas contra el virrey don Hugo de Moncada con tanto arrojamiento, que le obligó a dejar el reino en manos de la plebe, cuyas inquietudes llegaron a echar más hondas raíces que las de Nápoles, porque las fomentaban algunos nobles, tomando por pretexto el bien público, que es el primer sobrescrito de las sediciones, y por instrumento al pueblo, para ejecutar sus venganzas, y pasar con el pensamiento a los mayores precipicios de la ambición.

No por distantes se libraron las Indias de la mala constitución del tiempo, que a fuer de influencia universal alcanzó también a las partes más remotas de la monarquía. Reducíase entonces todo lo conquistado de aquel nuevo mundo a las cuatro islas de Santo Domingo, Cuba, San Juan de Puerto Rico y Jamaica, y a una pequeña parte de tierra firme que se había poblado en el Darien, a la entrada del golfo de Uraba, de cuyos términos constaba lo que se comprendía en este nombre de las Indias occidentales. Llamáronlas así los primeros conquistadores, sólo porque se parecían aquellas regiones en la riqueza y en la distancia a las orientales que tomaron este nombre del río Indo que las baña. Lo demás de aquel imperio consistía no tanto en la verdad, como en las esperanzas que se habían concebido de diferentes descubrimientos y entradas que hicieron nuestros capitanes con varios sucesos, y con mayor peligro que utilidad: pero en aquello poco que se poseía, estaba tan olvidado el valor de los primeros conquistadores, y tan arraigada en los ánimos la codicia, que sólo se trataba de enriquecer, rompiendo con la conciencia y con la reputación: dos frenos sin cuyas riendas queda el hombre a solas con su naturaleza, y tan indómito y feroz en ella como los brutos más enemigos del hombre. Ya sólo venían de aquellas partes lamentos y querellas de lo que allí se padecía: el celo de la religión y la causa pública cedían enteramente su lugar al interés y al antojo de los particulares, y al mismo paso se iban acabando aquellos pobres indios que gemían debajo del peso, anhelando por el oro para la avaricia ajena, obligados a buscar con el sudor de su rostro lo mismo que despreciaban, y a pagar con su esclavitud la ingrata fertilidad de su patria.

Pusieron en gran cuidado estos desórdenes al rey don Fernando, y particularmente la defensa y conversión de los indios, que fue siempre la principal atención de nuestros reyes, para cuyo fin formó instrucciones, promulgó leyes y aplicó diferentes medios que perdían la fuerza en la distancia; al modo que la flecha se deja caer a vista del blanco, cuando se aparta sobradamente del brazo que la encamina. Pero sobreviniendo la muerte del rey antes que se lograse el fruto de sus diligencias, entró el cardenal con grandes veras en la sucesión de este cuidado, deseando poner de una vez en razón aquel gobierno; para cuyo efecto se valió de cuatro religiosos de la Orden de San Jerónimo, enviándolos con título de visitadores, y de un ministro de su elección que los acompañase, con despachos de juez de residencia, para que unidas estas dos jurisdicciones lo comprendiesen todo; pero apenas llegaron a las islas, cuando hallaron desarmada toda la severidad de sus instrucciones, con la diferencia que hay entre la práctica y la especulación; y obraron poco más que conocer y experimentar el daño de aquella república, poniéndose de peor condición la enfermedad con la poca eficacia del remedio.

 

 

 

Capítulo V

 

Cesan las calamidades de la monarquía con la venida del rey don Carlos: dase principio en este tiempo a la conquista de Nueva España

 

Este estado tenían las cosas de la monarquía cuando entró en la posesión de ella el rey don Carlos, que llegó a España por septiembre de este año, con cuya venida empezó a serenar la tempestad y se fue a poco introduciendo el sosiego, como influido de la presencia del rey, sea por virtud oculta de la corona, o porque asiste Dios con igual providencia tanto a la majestad del que gobierna, como a la obligación o al temor natural del que obedece. Sintiéronse los primeros efectos de esta felicidad en Castilla, cuya quietud se fue comunicando a los demás reinos de España, y pasó a los dominios de afuera, como suele en el cuerpo humano distribuirse el calor natural, saliendo del corazón en beneficio de los miembros más distantes. Llegaron brevemente a las islas de la América las influencias del nuevo rey, obrando en ellas su nombre tanto como en España su presencia. Dispusiéronse los ánimos a mayores empresas, creció el esfuerzo en los soldados, y se puso la mano en las primeras operaciones que precedieron a la conquista de Nueva España, cuyo imperio tenía el cielo destinado para engrandecer los principios de este augusto monarca.

Gobernaba entonces la isla de Cuba el capitán Diego Velázquez, que pasó a ella como teniente del segundo almirante de las Indias don Diego Colón, con tan buena fortuna que se le debió toda su conquista y la mayor parte de su población. Había en aquella isla (por ser la más occidental de las descubiertas, y más vecina al continente de la América septentrional) grandes noticias de otras tierras no muy distantes, que se dudaba si eran islas, pero se hablaba en sus riquezas con la misma certidumbre que si se hubieran visto, fuese por lo que prometían las experiencias de lo descubierto hasta entonces, o por lo poco que tienen que andar las prosperidades en nuestra aprensión para pasar de imaginadas a creídas.

Creció por este tiempo la noticia y la opinión de aquella tierra con lo que referían de ella los soldados que acompañaron a Francisco Fernández de Córdoba en el descubrimiento de Yucatán, península situada en los confines de Nueva España, y aunque fue poco dichosa esta jornada, y no se pudo lograr entonces la conquista porque murieron valerosamente en ella el capitán y la mayor parte de su gente, se logró por lo menos la evidencia de aquellas regiones, y los soldados que iban llegando a esta sazón, aunque heridos y derrotados, traían tan poco escarmentado el valor, que entre los mismos encarecimientos de lo que habían padecido se les conocía el ánimo de volver a la empresa, y le infundían en los demás españoles de la isla, no tanto con la voz y con el ejemplo, como con mostrar algunas joyuelas de oro que traían de la tierra descubierta, bajo de ley y en corta cantidad, pero de tan crecidos quilates en la ponderación y en el aplauso, que se empezaron todos a prometer grandes riquezas de aquella conquista, volviendo a levantar sus fábricas la imaginación, fundadas ya sobre esta verdad de los ojos.

Algunos escritores no quieren pasar este primer oro o metal con mezcla del que vino entonces de Yucatán: fúndanse en que no le hay en aquella provincia, o en lo poco que es menester para contradecir a quien no se defiende. Nosotros seguimos a los que escriben lo que vieron, sin hallar gran dificultad en que pudiese venir el oro de otra parte a Yucatán, pues no es lo mismo producirle que tenerle. Y el no haberse hallado, según lo refieren, sino en los adoratorios de aquellos indios, es circunstancia que da a entender que le estimaban como exquisito, pues le aplicaban solamente al culto de sus dioses y a los instrumentos de su adoración.

Viendo, pues, Diego Velázquez tan bien acreditado con todos el nombre de Yucatán, empezó a entrar en pensamientos de mayor jerarquía, como quien se hallaba embarazado con reconocer por superioridad en aquel gobierno al almirante Diego Colón: dependencia que consistía ya más en el nombre que en la sustancia, pero que a vista de su condición y de sus buenos sucesos le hacía interior disonancia, y tenía como desairada su felicidad. Trató con este fin de que se volviese a intentar aquel descubrimiento, y concibiendo nuevas esperanzas del fervor con que se le ofrecían los soldados, se publicó la jornada, se alistó la gente, y se previnieron tres bajeles y un bergantín con todo lo necesario para la facción y para el sustento de la gente. Nombró por cabo principal de la empresa a Juan de Grijalva, pariente suyo, y por capitanes a Pedro de Alvarado, Francisco Montejo y Alonso Dávila, sujetos de calidad conocida, y más conocidos en aquellas islas por su valor y proceder: segunda y mayor nobleza de los hombres. Pero aunque se juntaron con facilidad hasta doscientos cincuenta soldados, incluyéndose en este número los pilotos y marineros, y andaban todos solícitos contra la dilación, procurando tener parte en adelantar el viaje, tardaron finalmente en hacerse a la mar hasta el ocho de abril del año siguiente de mil quinientos dieciocho.

Iban con ánimo de seguir la misma derrota de la jornada antecedente, pero decayendo algunos grados por el impulso de las corrientes, dieron en la isla de Cozumel, primer descubrimiento de este viaje, donde se repararon sin contradicción de los naturales. Y volviendo a su navegación cobraron el rumbo, y se hallaron en pocos días a la vista de Yucatán, en cuya demanda doblaron la punta de Cotoche por lo más oriental de aquella provincia, y dando las proas al Poniente, y el costado izquierdo a la tierra, la fueron costeando hasta que arribaron al paraje de Potonchan, o Champoton, donde fue desbaratado Francisco Fernández de Córdoba, cuya venganza aún más que su necesidad los obligó a saltar en tierra, y dejando vencidos y amedrentados aquellos indios, determinaron seguir su descubrimiento.

Navegaron de común acuerdo la vuelta del Poniente sin apartarse de la tierra más de lo que hubieron menester para no peligrar en ella, y fueron descubriendo en una costa muy dilatada y al parecer deliciosa, diferentes poblaciones con edificios de piedra, que hicieron novedad, y que a vista del alborozo con que se iban observando parecían grandes ciudades. Señalábanse con la mano las torres y capiteles que se fingían con el deseo, creciendo esta vez los objetos en la distancia; y porque alguno de los soldados dijo entonces que aquella tierra era semejante a la de España, agradó tanto a los oyentes esta comparación, y quedó tan impresa en la memoria de todos, que no se halla otro principio de haber quedado aquellas regiones con el nombre de Nueva España: palabras dichas casualmente con fortuna de repetidas, sin que se halle la propiedad o la gracia de que se valieron para cautivar la memoria de los hombres.

 

 

 

Capítulo VI

 

Entrada que hizo Juan de Grijalva en el río de Tabasco. Sucesos de ella

 

Siguieron la costa nuestros bajeles hasta llegar al paraje donde se derrama por dos bocas en el mar el río Tabasco, uno de los navegables que dan el tributo de sus aguas el golfo mejicano. Llamóse desde aquel descubrimiento río de Grijalva; pero dejó su nombre a la provincia que baña su corriente, situada en el principio de Nueva España, entre Yucatán y Guazacoalco. Descubríanse por aquella parte grandes arboledas y tantas poblaciones en las dos riberas, que no sin esperanza de algún progreso considerable resolvió Juan de Grijalva, con aplauso de los suyos, entrar por el río a reconocer la tierra, y hallando con la sonda en la mano, que sólo podía servirse para este intento de los dos navíos menores, embarcó en ellos la gente de guerra, y dejó sobre las áncoras con parte de la marinería los otros dos bajeles.

Empezaban a vencer no sin dificultad el impulso de la corriente, cuando reconocieron a poca distancia considerable número de canoas guarnecidas de indios armados, y en la tierra algunas cuadrillas inquietas que al parecer intimaban la guerra, y con las voces y los movimientos que ya se distinguían, daban a entender la dificultad de la entrada: ademanes que suele producir el temor en los que desean apartar el peligro con la amenaza. Pero los nuestros, enseñados a mayores intentos, se fueron acercando en buena orden hasta ponerse en paraje de ofender y ser ofendidos. Mandó el general que ninguno disparase ni hiciese demostración que no fuese pacífica; y a ellos les debió ordenar lo mismo su admiración, porque extrañando la fábrica de las naves, y la diferencia de los hombres y de los trajes, quedaron sin movimiento, impedidas violentamente las manos en la suspensión natural de los ojos. Sirvióse Juan de Grijalva de esta oportuna y casual diversión del enemigo para saltar en tierra: siguióle parte de su gente con más diligencia que peligro: púsola en escuadrón, arbolóse la bandera real, y hechas aquellas ordinarias solemnidades, que siendo poco más que ceremonias se llamaban actos de posesión, trató de que entendiesen aquellos indios que venía de paz y sin ánimo de ofenderlos. Llevaron este mensaje dos indios muchachos que se hicieron prisioneros en la primera entrada de Yucatán, y tomaron en el bautismo los nombres de Julián y Melchor. Entendían aquella lengua de Tabasco por ser semejante a la de su patria, y habían aprendido la nuestra, de manera que se daban a entender con alguna dificultad, pero donde se hablaba por señas se tenía por elocuencia su corta explicación.

Resultó de esta embajada el acercarse con recatada osadía hasta treinta indios en cuatro canoas. Eran las canoas unas embarcaciones que formaban de los troncos de sus árboles, labrando en ellos el vaso y la quilla con tal disposición, que cada tronco era un bajel, y los había capaces de quince y de veinte hombres: tal es la corpulencia de aquellos árboles, y tal la fecundidad de la tierra que los produce. Saludáronse unos y otros cortésmente, y Juan de Grijalva, después de asegurarlos con algunas dádivas, les hizo un breve razonamiento, dándoles a entender por medio de sus intérpretes cómo él y todos aquellos soldados eran vasallos de un poderoso monarca, que tenía su imperio donde sale el sol, en cuyo nombre venían a ofrecerles la paz y grandes felicidades si trataban de reducirse a su obediencia. Oyeron esta proposición con señales de atención desabrida; y no es de omitir la natural discreción de uno de aquellos bárbaros que poniendo silencio a los demás, respondió a Grijalva con entereza y resolución: «que no le parecía buen género de paz la que se quería introducir, envuelta en la sujeción y en el vasallaje; ni podía dejar de extrañar como cosa intempestiva el hablarles en nuevo señor hasta saber si estaban descontentos con el que tenían; pero que en el punto de la paz o la guerra, pues allí no había otro en qué discurrir, hablarían con sus mayores y volverían con la respuesta».

Despidiéronse con esta resolución, y quedaron los nuestros igualmente admirados que cuidadosos; mezclándose el gusto de haber hallado indios de más razón y mejor discurso con la imaginación de que serían más dificultosos de vencer, pues sabrían pelear los que discurrir; o por lo menos se debía temer otro género de valor en otro género de entendimiento: siendo cierto que en la guerra pelea más la cabeza que las manos. Pero estas consideraciones del peligro en que discurrían variadamente los capitanes y los soldados, pasaban como avisos de la prudencia que no tocaban o tocaban poco en la región del ánimo. Desengañáronse brevemente, porque volvieron los mismos indios con señales de paz, diciendo: «que sus caciques la admitían, no porque temiesen la guerra, ni porque fuesen tan fáciles de vencer como los de Yucatán (cuyo suceso había llegado ya a su noticia), sino porque dejando los nuestros en su arbitrio la paz o la guerra, se hallaban obligados a elegir lo mejor». Y en señas de la nueva amistad que venían a establecer, trajeron un regalo abundante de bastimentos y frutos de la tierra. Llegó poco después el cacique principal con moderado acompañamiento de gente desarmada, dando a entender la confianza que hacía de sus huéspedes, y que venía seguro en su propia sinceridad. Recibióle Grijalva con demostraciones de agrado y cortesía; y él correspondió con otro género de sumisiones a su modo en que no dejaba de reconocerse alguna gravedad afectada o verdadera; y después de los primeros cumplimientos, mandó que llegasen sus criados con otro presente que traían de diversas alhajas de más artificio que valor, plumajes de varios colores, ropas sutiles de algodón, y algunas figuras de animales para su adorno, hechas de oro sencillo y ligero, o formadas de madera primorosamente con engastes y láminas de oro sobrepuesto. Y sin esperar el agradecimiento de Grijalva, le dio a entender el cacique por medio de los intérpretes: «que su fin era la paz, y el intento de aquel regalo despedir a los huéspedes para poder mantenerla». Respondióle: «que hacía toda estimación de su liberalidad, y que su ánimo era pasar adelante sin detenerse ni hacerles disgusto»; resolución a que se hallaba inclinado, parte por corresponder generosamente a la confianza y buen término de aquella gente, y parte por la conveniencia de tener retirada, y dejar amigos a las espaldas para cualquier accidente que se le ofreciesen; y así se despidió y volvió a embarcar, regalando primero al cacique y a sus criados con algunas bujerías de Castilla, que siendo de cortísimo valor llevaban el precio en la novedad: menos lo extrañarán hoy los españoles hechos a comprar como diamantes los vidrios extranjeros.

Antonio de Herrera y los que le siguen, o los que escribieron después, afirman que este cacique presentó a Grijalva unas armas de oro fino con todas las piezas de que se compone un cumplido arnés, que le armó con ellas diestramente, y que le vinieron tan bien como si se hubieran hecho a su medida; circunstancias notables para omitidas por los autores más antiguos. Pudo tomarlo de Francisco López de Gómara, a quien suele refutar en otras noticias; pero Bernal Díaz del Castillo que se halló presente, y Gonzalo Fernández de Oviedo, que escribió por aquel tiempo en las islas de Santo Domingo, no hacen mención de estas armas, refiriéndose menudamente todas las alhajas que se trajeron de Tabasco. Quede a discreción del lector la fe que se debe a estos autores, y séanos permitido el referirlo sin hacer desvío a la razón de dudarlo.

 

 

 

Capítulo VII

 

Prosigue Juan de Grijalva su navegación, y entra en el río de Banderas, donde se halló la primera noticia del rey de Méjico, Motezuma

 

Prosiguieron su viaje Grijalva y sus compañeros por la misma derrota, descubriendo nuevas tierras y poblaciones sin suceso memorable, hasta que llegaron a un río que llamaron de Banderas, porque en su margen y por la costa vecina a él andaban muchos indios con banderas blancas pendientes de sus astas; y en el modo de tremolarlas, acompañado con las señas, voces y movimientos que se distinguían, daban a entender que estaban de paz, y que llamaban al parecer más que despedían a los pasajeros. Ordenó Grijalva que el capitán Francisco de Montejo se adelantase con alguna gente repartida en dos bajeles, para reconocer la entrada y examinar el intento de aquellos indios; el cual hallando buen surgidero, y poco que recelar en el modo de la gente, avisó a los demás que podían acercarse. Desembarcaron todos, y fueron recibidos con grande admiración y agasajo de los indios; entre cuyo numeroso concurso se adelantaron tres, que en el adorno parecían los principales de la tierra; y deteniéndose lo que hubieron menester para observar en el respeto de los otros cuál era el superior, se fueron derechos a Grijalva haciéndole grandes reverencias, y él los recibió con igual demostración. No entendían aquella lengua nuestros intérpretes, y así se redujeron los cumplimientos a señas de urbanidad, ayudadas con algunas palabras de más sonido que significación.

Ofrecióse luego a la vista un banquete que tenían prevenido de mucha diferencia de manjares, puestos o arrojados sobre algunas esteras de palma que ocupaban las sombras de los árboles: rústica y desaliñada opulencia; pero nada ingrata al apetito de los soldados: después de cuyo refresco mandaron los tres indios a su gente que manifestase algunas piezas de oro que tenían reservadas; y en el modo de mostrarlas y de tenerlas se conoció que no trataban de presentarlas, sino de comprar con ellas la mercadería de nuestras naves, cuya fama había llegado ya a su noticia. Pusiéronse luego en feria aquellas sartas de vidrio, peines, cuchillos y otros instrumentos de hierro y de alquimia, que en aquella tierra podían llamarse joyas de mucho precio; pues el engaño con que se codiciaban era ya verdad en lo que valían. Fuéronse trocando estas bujerías a diferentes alhajas y preseas de oro no de muchos quilates, pero en tanta abundancia, que en seis días que se detuvieron aquí los españoles, importaron los rescates más de quince mil pesos.

No sabemos con qué propiedad se dio el nombre de rescates a este género de permutaciones, ni por qué se llamó rescatado el oro que en la verdad pasaba a mayor cautiverio, y estaba con más libertad donde le estimaban menos; pero usaremos de este mismo término por hallarle introducido en nuestras historias, y primero en las de la India oriental; puesto que en los modos de hablar con que se explican las cosas, no se debe buscar tanto la razón como el uso: que según el sentir de Horacio, es árbitro legítimo de los aciertos de la lengua, y pone o quita como quiere aquella congruencia que halla el oído entre las voces y lo que significan.

Viendo, pues, Juan de Grijalva que habían cesado ya los rescates, y que las naves estaban con algún peligro descubiertas a la travesía de los nortes, se despidió de aquella gente, dejándola gustosa y agradecida; y trató de volver a su descubrimiento, llevando entendido a fuerza de preguntas y señas, que aquellos tres indios principales eran súbditos de un monarca que llamaban Motezuma; que las tierras en que dominaba eran muchas y muy abundantes de oro y de otras riquezas, y que habían venido de orden suya a examinar pacíficamente el intento de nuestra gente, cuya vecindad le tenía al parecer cuidadoso. A otras noticias se alargaron los escritores; pero no parece posible que se adquiriesen entonces, ni fue poco percibir esto, donde se hablaba con las manos y se entendía con los ojos, que reemplazaban el oficio de la lengua y de los oídos.

Prosiguieron su navegación sin perder la tierra de vista; y dejando atrás dos o tres islas de poco nombre, hicieron pie en una que llamaron de Sacrificios; porque entrando a reconocer unos edificios de cal y canto que sobresalían a los demás, hallaron en ellos diferentes ídolos de horrible figura, y más horrible culto; pues cerca de las gradas donde estaban colocados había seis o siete cadáveres de hombres recién sacrificados hechos pedazos y abiertas las entrañas; miserable espectáculo que dejó a nuestra gente suspensa y atemorizada, vacilando entre contrarios afectos, pues se compadecía el corazón de lo que se irritaba el entendimiento.

Detuviéronse poco en esta isla, porque los habitadores de ella andaban amedrentados; con que no rendían considerable fruto los rescates; y así pasaron a otra que estaba poco apartada de la tierra firme, y en tal disposición, que entre ella y la costa se halló paraje capaz y abrigado para la seguridad de las naves. Llamáronla isla de San Juan por haber llegado a ella el día del Bautista, y por tener su nombre el general, en que andaría la devoción mezclada con la lisonja; y un indio que señalando con la mano hacia la tierra firme, y dando a entender que la nombraba, repetía mal pronunciada la voz culúa, culúa, dio la ocasión del sobrenombre con que la diferenciaron de San Juan de Puerto-Rico, llamándola San Juan de Ulúa, isla pequeña de más arena que terreno; cuya campaña tenía sobre las aguas tan moderada superioridad, que algunas veces se dejaba dominar de las inundaciones del mar; pero de estos humildes principios pasó después a ser el puerto más frecuentado y más insigne de la Nueva España en todo lo que mira al mar del Norte.

Aquí se detuvieron algunos días, porque los indios de la tierra cercana acudían con algunas piezas de oro, creyendo que engañaban con trocarle a cuentas de vidrio. Y viendo Juan de Grijalva que su instrucción era limitada, para que sólo descubriese y rescatase sin hacer población, cuyo intento se le prohibía expresamente, trató de dar cuenta a Diego Velázquez de las grandes tierras que había descubierto, para que en caso de resolver que se poblase en ellas, le enviase la orden, y le socorriese con alguna gente y otros pertrechos de que necesitaba. Despachó con esta noticia al capitán Pedro de Alvarado en uno de los cuatro navíos, entregándole todo el oro y las demás alhajas que hasta entonces se habían adquirido, para que con la muestra de aquellas riquezas fuese mejor recibida su embajada, y se facilitase la proposición de poblar a que estuvo siempre inclinado por más que lo niegue Francisco López de Gómara que le culpa en esto de pusilánime.

 

 

 

Capítulo VIII

 

Prosigue Juan de Grijalva su descubrimiento hasta costear la provincia de Panuco. Sucesos del río de Canoas, y resolución de volverse a la Isla de Cuba

 

Apenas tomó Pedro de Alvarado la vuelta de Cuba, cuando partieron los demás navíos de San Juan de Ulúa en seguimiento de su derrota; y dejándose guiar de la tierra, fueron volviendo con ella hacia la parte del Septentrión, llevando en la vista las dos sierras de Tuspa y de Tusta, que corren largo trecho entre el mar y la provincia de Tlascala; después de cuya travesía entraron en la ribera de Panuco, última región de Nueva España, por la parte que mira al golfo mejicano, y surgieron en el río de Canoas, que tomó entonces este nombre, porque a poco rato que se detuvieron en reconocerle, fueron asaltados de diez y seis canoas armadas y guarnecidas de indios guerreros, que ayudados de la corriente embistieron al navío que gobernaba Alfonso Dávila; y disparando sobre él la lluvia impetuosa de sus flechas, intentaron llevársele, y tuvieron cortada una de las amarras: bárbara resolución, que si la hubiera favorecido el suceso, pudiera merecer el nombre de hazaña; pero acudieron luego al socorro los otros dos navíos, y la gente que se arrojó apresuradamente en los bateles, cargando sobre las canoas con tanto ardor, que sin que se conociese el tiempo que hubo entre el embestir y el vencer, quedaron algunas de ellas echadas a pique, muertos muchos indios y puestos en fuga los que fueron más avisados en conocer el peligro o más diligentes en apartarse de él.

No pareció conveniente seguir esta victoria por el poco fruto que se podía esperar de gente fugitiva y escarmentada; y así levantaron las áncoras y prosiguieron su viaje hasta que llegaron a un promontorio o punta de tierra introducida en la jurisdicción del mar, que al parecer se enfurecía con ella sobre cobrar lo usurpado, y estaba en continua inquietud porfiando con la resistencia de los peñascos. Grandes diligencias se hicieron para doblar este cabo; pero siempre retrocedían las naves al arbitrio del agua no sin peligro de zozobrar o embestir con la tierra; cuyo accidente dio ocasión a los pilotos para que hiciesen sus protestas, y a la gente para que las prosiguiese con repetidos clamores: melancólica ya de tan prolija navegación, y más discursiva en la aprensión de los riesgos. Pero Juan de Grijalva, hombre en quien se daban las manos la prudencia y el valor, convocó a los pilotos y a los capitanes para que se discurriese en lo que se debía obrar según el estado en que se hallaban. Consideróse en esta junta la dificultad de pasar adelante y la incertidumbre de la vuelta: que una de las naves venía maltratada y necesitaba de repararse; que los bastimentos empezaban a padecer corrupción; que la gente venía desabrida y fatigada; y que el intento de poblar tenía contra sí la instrucción de Diego Velázquez, y la poca seguridad de poderlo conseguir sin el socorro que habían pedido; y últimamente se resolvió, sin controversia, que se tomase la vuelta de Cuba, para rehacerse de los medios con que se debía emprender tercera vez aquella grande facción que dejaban imperfecta. Ejecutóse luego esta resolución, y volviendo las naves a desandar los rumbos que habían traído, y a reconocer otros parajes de la misma costa con poca detención y alguna utilidad en los rescates, arribaron últimamente al puerto de Santiago de Cuba en quince de noviembre de mil y quinientos y diez y ocho.

Había llegado pocos días antes al mismo puerto Pedro de Alvarado, y fue muy bien recibido del gobernador Diego Velázquez, que celebró con increíble alborozo la noticia de aquellas grandes tierras que se habían descubierto; y sobre todo los quince mil pesos de oro que apoyaban su relación sin necesitar de su encarecimiento.

Miraba el gobernador aquellas riquezas, y no acertando a creer a sus ojos, volvía a socorrerse de los oídos, preguntando segunda y tercera vez a Pedro de Alvarado lo que le había referido, y hallando novedad en lo mismo que acababa de oír, como el músico que se deleita en las cláusulas repetidas. No tardó mucho este alborozo en descubrir sus quilates, mezclándose con el desabrimiento; porque luego empezó a sentir con impaciencia que Juan de Grijalva no hubiese fundado alguna población en aquellas tierras donde le hicieron buena acogida: y aunque Pedro de Alvarado intentaba disculparle, fue de los que sintieron que se debía poblar en el río de Banderas; y siempre se dice flojamente lo que se procura esforzar contra el propio dictamen. Acusábale Diego Velázquez de poco resuelto; y enojándose con su elección, confesaba la culpa de haberle enviado, proponiendo encargar aquella facción a persona de mayor actividad, sin reparar en el desaire de su pariente, a quien debía aquella misma felicidad que ponderaba; pero lo primero que hace la fortuna en los ambiciosos, es cautivar la razón para que no se ponga de parte del agradecimiento. Ya nada le hacía fuerza, sino el conseguir apriesa y a cualquiera costa toda la prosperidad que se prometía de aquel descubrimiento, elevando a grandes cosas la imaginación, y llegando con las esperanzas adonde no llegaba con los deseos.

Trató luego de prevenir los medios para la nueva conquista, acreditándola con el nombre de Nueva España, que daba grande recomendación y sonido a la empresa. Comunicó su resolución a los religiosos de San Jerónimo, que residían en la isla de Santo Domingo, con palabras que se inclinaban más a pedir aprobación que licencia; y envió persona a la corte con larga relación y encarecidas señas de lo descubierto, y un memorial en que no iban oscurecidos de mal ponderados sus servicios; por cuya recompensa pedía algunas mercedes, y el titulo de adelantado de las tierras que conquistase.

Ya tenía comprados algunos bajeles y empezado el apresto de nueva armada, cuando llegó Juan de Grijalva, y le halló tan irritado como pudiera esperarle agradecido. Reprendióle con aspereza y publicidad, y él desayudaba con su modestia sus disculpas, aunque le puso delante de los ojos su misma instrucción, en que le ordenaba que no se detuviese a poblar; pero estaba ya tan fuera de los términos razonables con la novedad de sus pensamientos, que confesaba la orden, y trataba como delito la obediencia.

 

 

 

Capítulo IX

 

Dificultades que se ofrecieron en la elección de cabo para la nueva armada, y quién era Hernán Cortés, que últimamente la llevó a su cargo

 

Pero conociendo entonces Diego Velázquez cuánto importa la celeridad en las resoluciones, y que si se deja perder el tiempo suele desazonarse la ocasión, ordenó luego que se diese carena a los cuatro bajeles que sirvieron en la jornada de Grijalva; con los cuales, y con los que se habían comprado, se juntaron diez de ochenta hasta cien toneladas: y caminando al mismo paso en el cuidado de armarlos, pertrecharlos y bastecerlos, se halló brevemente indeciso y receloso en la dificultad de nombrar cabo que los gobernase. Era su intento buscar persona tan resuelta que supiese desembarazarse de las dificultades, y tomar partido con los accidentes; pero tan apagada, que no supiese dar unos celos, ni tener otra ambición que de la gloria ajena. La cual, en su modo de discurrir, era lo mismo que buscar un hombre de mucho corazón y de poco espíritu; pero no siendo fáciles de juntar estos extremos, tardó la resolución algunos días. La gente se inclinaba a Juan de Grijalva, y la voz común suele hacer justicia en sus elecciones, porque le asistían sus buenas partes, lo que había trabajado en aquel descubrimiento, y la noticia con que se hallaba de la navegación y de la tierra.

Salieron a la pretensión Antonio y Bernardino Velázquez, parientes más cercanos del gobernador, Baltasar Bermúdez, Vasco Porcallo, y otros caballeros que había en aquella isla capaces de aspirar a mayores empleos; y cada uno discurrió en éste como si estuviera sola su razón: que ordinariamente quien dilata la provisión de los cargos, convida pretendientes, y parece que trata de atesorar quejosos.

Pero Diego Velázquez duraba en su irresolución, hallando en unos que temer, y en otros que desear; hasta que aconsejándose con Amador de Lariz, contador del rey, y con Andrés de Duero, su secretario, que eran toda su confianza, y conocían su condición, le propusieron a Hernán Cortés, grande amigo de los dos, alabándole con moderación por no hacer sospechoso el consejo: y dando a entender que hablaban por el acierto de la elección más que por la conveniencia de su amigo. Fue bien oída la proposición, y ellos se contentaron con verle inclinado, dándole tiempo para que lo meditase y volviese persuadido a la plática, o mejor dispuesto para dejarse persuadir.

Pero antes que pasemos adelante, será bien que digamos quién era Hernán Cortés, y por cuántos rodeos vino a ser de su valor y de su entendimiento aquella grande obra de la conquista de Nueva España, que puso en sus manos la felicidad de su destino: llamamos destino, hablando cristianamente, aquella soberana y altísima disposición de la primera causa que deja obrar a las segundas, como dependientes suyas y medianeras de la naturaleza, en orden a que suceda con la elección del hombre, lo que permite o lo que ordena Dios. Nació en Medellín, villa de Extremadura, hijo de Martín Cortés de Monroy y doña Catalina Pizarro Altamirano, cuyos apellidos no sólo dicen, sino encarecen lo ilustre de su sangre. Diose a las letras en su primera edad, y cursó en Salamanca dos años, que le bastaron para conocer que iba contra su natural, y que no convenía con la viveza de su espíritu aquella diligencia perezosa de los estudios. Volvió a su casa resuelto a seguir la guerra; y sus padres le encaminaron a la de Italia, que entonces era la de más pundonor, por estar calificada con el nombre del Gran Capitán; pero al tiempo de embarcarse le sobrevino una enfermedad que le duró muchos días, de cuyo accidente resultó el hallarse obligado a mudar de intento aunque no de profesión. Inclinóse a pasar a las Indias, que como entonces duraba su conquista, se apetecían con el valor más que con la codicia. Ejecutó su pasaje con gusto de sus padres el año de mil quinientos y cuatro, y llevó cartas de recomendación para don Nicolás de Obando, comendador mayor de la Orden de Alcántara, que era su deudo y gobernaba en esta sazón la isla de Santo Domingo. Luego que llegó a ella y se dio a conocer, halló grande agasajo y estimación en todos, y tan agradable acogida en el gobernador, que le admitió desde luego entre los suyos, y ofreció cuidar de sus aumentos con particular aplicación. Pero no bastaron estos favores para divertir su inclinación, porque se hallaba tan violento en la ociosidad de aquella isla, ya pacificada y poseída sin contradicción de sus naturales, que pidió licencia para empezar a servir en la de Cuba, donde se traían por entonces las armas en las manos: y haciendo este viaje con beneplácito de su pariente, trató de acreditar en las ocasiones de aquella guerra su valor y su obediencia, que son los primeros rudimentos de esta facultad. Consiguió brevemente la opinión de valeroso, y tardó poco más en darse a conocer su entendimiento; porque sabiendo adelantarse entre los soldados, sabía también dificultar y resolver entre los capitanes.

Era mozo de gentil presencia y agradable rostro; y sobre estas recomendaciones comunes de la naturaleza, tenía otras de su propio natural que le hacían amable porque hablaba bien de los ausentes; era festivo y discreto en las conversaciones, y partía con sus compañeros cuanto adquiría con tal generosidad, que sabía ganar amigos sin buscar agradecidos. Casó en aquella isla con doña Catalina Suárez Pacheco, doncella noble y recatada; sobre cuyo galanteo tuvo muchos embarazos, en que se mezcló Diego Velázquez, y le tuvo preso hasta que ajustado el casamiento fue su padrino, y quedaron tan amigos que se trataban con familiaridad; y le dio brevemente repartimiento de indios y la vara de alcalde en la misma villa de Santiago: ocupación que servían entonces las personas de más cuenta, y que solía andar entre los conquistadores más calificados.

En este paraje se hallaba Hernán Cortés, cuando Amador de Lariz y Andrés de Duero le propusieron para la conquista de Nueva España; y fue con tanta destreza, que cuando volvieron a verse con Diego Velázquez, prevenidos de nuevas razones para esforzar su intento, le hallaron declarado por Hernán Cortés, y tan discursivo en las conveniencias de fiarle aquella empresa, que se les convirtió en lisonja la persuasión que llevaban meditada, y trataron sólo de obligarle con asentir a lo mismo que deseaban. Discurrióse en la conveniencia de que se hiciese luego el nombramiento para desarmar de una vez a los pretendientes; y no se descuidó Andrés de Duero en pasar por diligencia de su profesión la brevedad del despacho, cuya sustancia fue: «que Diego Velázquez, como gobernador de la isla de Cuba, y promovedor de los descubrimientos de Yucatán y Nueva España, nombraba a Hernán Cortés por capitán general de la armada, y tierras descubiertas y que se descubriesen», con todas aquellas extensiones de jurisdicción y cláusulas honoríficas que la amistad del secretario puede ingerir, como primores de la formalidad.

 

 

 

Capítulo X

 

Tratan los émulos de Cortés vivamente de descomponerle con Diego Velázquez: no lo consiguen, y sale con la armada del puerto de Santiago

 

Aceptó Cortés el nuevo cargo con todo rendimiento y estimación, agradeciendo entonces la confianza que se hacía de su persona, con las mismas veras que sintió después la desconfianza. Publicóse, y fue bien recibida entre los que deseaban el acierto, pero murmurada de los que deseaban el cargo: entre los cuales sacaron la cara con mayor osadía los parientes de Diego Velázquez, que hicieron grandes esfuerzos para desconfiarle de Hernán Cortés. Decíanle: «que fiaba mucho de un hombre poco arraigado en su obligación; que si volvía los ojos a su modo de obrar y discurrir, le hallaría de ánimo poco seguro, porque no solían andar juntas su intención y sus palabras; que su agrado y liberalidad tenían mucho de astucia, y le hacían sospechoso a los que no se gobiernan por las apariencias de la virtud; porque cuidaba demasiadamente de ganar voluntades; y los amigos cuando son muchos suelen abultar como parciales; que se acordase de que le tuvo preso y disgustado, y que pocas veces salen buenos los confidentes que se hacen de los quejosos; porque en las heridas del ánimo quedan cicatrices como en las demás, y suelen éstas acordar la ofensa cuando se mira como posible la venganza». A que añadían otras razones de más ruido que sustancia, sin acertar con el camino de la sinceridad, porque querían parecer celosos para disimular que lo estaban.

Cuentan que saliendo un día a pasearse Diego Velázquez con Hernán Cortés y con sus parientes y amigos, le dijo un loco gracioso, de cuyos delirios gustaba: «buena la has hecho, amigo Diego; presto será menester otra armada para salir a caza de Cortés». Y hay quien lo refiera como vaticinio, ponderando lo que suelen acertar los locos, y la impresión que hizo esta profecía (así se resuelven a llamarla) en el ánimo de Diego Velázquez. Dejemos a los filósofos el discurrir sobre si cabe el acierto de las cosas futuras entre los errores de la imaginación, o si es posible a la destemplanza del juicio el encontrar con la adivinación: que ellos gastarán el ingenio en fingir habilidades a la melancolía, y nosotros creeremos que lo dijo el loco porque le impusieron en ello los émulos de Cortés, y que andaba pobre de medios la malicia, cuando se llegaba a socorrer de la locura.

Pero Diego Velázquez mantuvo a rostro firme su resolución, y Hernán Cortés trató de ganar el tiempo en sus prevenciones. Fue la primera arbolar su estandarte, poniendo en él por empresa la señal de la cruz con una letra latina, cuya versión era: sigamos la cruz, que en esta señal venceremos. Dejóse ver con galas de soldado que parecían bien en su talle, y venían mejor a su inclinación; empezó a gastar liberalmente el caudal con que se hallaba, y el dinero que pudo juntar entre sus amigos en comprar vituallas y prevenirse de armas y municiones para ayudar al apresto de la armada, cuidando al mismo tiempo de atraer y ganar la gente que le había de seguir; en que fue menester poca diligencia, porque el ruido de las cajas tenían sus ecos en el nombre de la empresa y en la fama del capitán. Alistáronse en pocos días trescientos soldados, y entre ellos sentaron plaza Diego de Ordaz, criado principal del gobernador, Francisco de Morla, Bernal Díaz del Castillo, escritor de nuestra historia, y otros hidalgos que se irán nombrando en su lugar.

Llegó el tiempo de la partida, y se ordenó a la gente con bando público que se embarcase, lo cual se ejecutó de día concurriendo todo el pueblo; y aquella misma noche fue Hernán Cortés acompañado de sus amigos a la casa del gobernador, donde se despidieron los dos dándose los brazos y las manos con amigable sinceridad; y la mañana siguiente le acompañó Diego Velázquez hasta la marina, y asistió a la embarcación: circunstancias menores que hacen poco en la narración, y se pudieran omitir si no fueran necesarias para borrar la temprana ingratitud con que manchan a Cortés los que dicen que salió del pueblo alzado con la armada. Así lo refieren Antonio de Herrera y todos los que le trasladan, afirmando con poca razón que en el medio silencio de la noche convocó a los soldados por sus casas, y se embarcó furtivamente con ellos; y que saliendo al amanecer Diego Velázquez en seguimiento de esta novedad, se acercó a él en un barco guarnecido de gente armada, y le dio a entender con despego y libertad su inobediencia. Nosotros seguimos a Bernal Díaz del Castillo, que dice lo que vio, y lo más semejante a la verdad; pues no cabe en humano discurso que un hombre tan avisado como Hernán Cortés, cuando tuviera entonces esta resolución, se adelantase a desconfiar descubiertamente a Diego Velázquez hasta salir de su jurisdicción, pues había de tocar con la armada en otros lugares de la misma isla, para recoger bastimentos y la gente que le aguardaba en ellos: ni cuando diéramos en su entendimiento y sagacidad esta inadvertencia, parece creíble que en un lugar de tan corta población como era entonces la villa de Santiago, se pudiesen embarcar trescientos hombres llamados de noche por sus casas, y entre ellos Diego de Ordaz y otros familiares del gobernador, sin que hubiese uno entre tantos que le avisase de aquella novedad, o despertasen los que observaban sus acciones al ruido de tanta conmoción: admirable silencio en los unos, y extraordinario descuido en los otros. No negaremos que Hernán Cortés se apartó de la obediencia de Diego Velázquez, pero fue después, y con la causa que veremos.

 

 

 

Capítulo XI

 

Pasa Cortés con la armada a la villa de la Trinidad, donde la refuerza con número considerable de gente; consiguen sus émulos la desconfianza de Velázquez, que hace vivas diligencias para detenerle

 

Partió la armada del puerto de Santiago de Cuba el dieciocho de noviembre del año mil quinientos y diez y ocho, y costeando la isla por la banda del Norte hacia el Oriente, llegó en pocos días a la villa de la Trinidad, donde tenía Cortés algunos amigos que le hicieron grata acogida. Publicó luego su jornada, y se ofrecieron a seguirle en ella Juan de Escalante, Pedro Sánchez Farfán, Gonzalo Mejía, y otras personas principales de aquella población. Llegaron poco después en su seguimiento Pedro de Alvarado y Alonso Dávila, que fueron capitanes en la entrada de Juan de Grijalva, y cuatro hermanos de Pedro de Alvarado, que se llamaban Gonzalo, Jorge, Gómez y Juan de Alvarado. Pasó la noticia a la villa de Sancti Spíritus, que estaba poco distante de la Trinidad, y de ella vinieron con el mismo intento de seguir a Cortés, Alonso Hernández Portocarrero, Gonzalo de Sandoval, Rodrigo Rangel, Juan Velázquez de León, pariente del gobernador, y otras personas de calidad, cuyos nombres tendrán mejor lugar cuando se refieran sus hazañas. Con este refuerzo de gente noble, y con otros cien soldados que se juntaron de ambas poblaciones, iba tomando considerable cuerpo la armada, y al mismo tiempo se compraban bastimentos, municiones, armas y algunos caballos, ayudando todos a Cortés con su caudal y con sus diligencias, porque sabía granjear los ánimos con el agrado y con las esperanzas, y ser superior sin dejar de ser compañero.

Pero apenas volvió las espaldas al puerto de Santiago, cuando sus émulos empezaron a levantar la voz contra él, hablando ya en su inobediencia con aquel atrevimiento cobarde que suele facilitar los cargos del ausente. Oyólos Diego Velázquez, y aunque fue con desagrado, reconocieron en su ánimo una seguridad inclinada al recelo, y fácil de llevar hacia la desconfianza; para cuyo fin se ayudaron de un viejo que llamaban Juan Millán, hombre que sin dejar de ser ignorante profesaba la astrología; loco de otro género, y locura de otra especie. Éste, inducido de los demás, le dijo con grandes prevenciones del secreto algunas palabras misteriosas de la incierta seguridad de aquella armada, dándole a entender que hablaban en su lengua las estrellas; y aunque Diego Velázquez tenía entendimiento para conocer la vanidad de estos pronósticos, pudo tanto el hablarle a propósito de lo que temía, que el despreciar al astrólogo fue principio de creer a los demás.

De tan débiles principios como éstos nació la primera resolución que tomó Diego Velázquez de romper con Hernán Cortés, quitándole el gobierno de la armada. Despachó luego dos correos a la villa de la Trinidad, con cartas para todos sus confidentes, y una orden expresa para que Francisco Verdugo, su cuñado, que entonces era su alcalde mayor en aquella villa, le desposeyese judicialmente de la capitanía general; suponiendo que ya estaba revocado el título con que la servía, y nombraba persona en su lugar. Llegó brevemente a noticia de Cortés este contratiempo, y sin rendir el ánimo a la dificultad del remedio, se dejó ver de sus amigos y soldados para saber cómo tomaban el agravio de su capitán, y conocer si podía fiarse de su razón en el juicio que hacían de ella los demás. Hallólos a todos no sólo de su parte, sino resueltos a defenderle de semejante injuria, sin negarse al último empeño de las armas. Y aunque Diego de Ordaz y Juan Velázquez de León estuvieron algo remisos, como más dependientes del gobernador, se redujeron fácilmente a lo que no pudieran resistir; con cuya seguridad pasó después a verse con el alcalde mayor, sabiendo ya lo que llevaba en su queja. Ponderóle cuánto aventuraba en ponerse de parte de aquella sin razón, disgustando a tanta gente principal como le seguía, y cuánto se podía temer la irritación de los soldados, cuya voluntad había granjeado para servir mejor con ellos a Diego Velázquez, y le embarazaba ya para poder obedecerle; hablando en uno y otro con un género de resolución que sin dejar de ser modestia, estaba lejos de parecer humildad o falta de espíritu. Conoció Francisco Verdugo la razón que le asistía, y poco inclinado por su misma generosidad a ser instrumento de semejante violencia, le ofreció no solamente suspender la orden, sino replicar a ella y escribir a Diego Velázquez para que desistiese de aquella resolución, ya que no era practicable por el disgusto de los soldados, ni se podría ejecutar sin graves inconvenientes. Ofrecieron lo mismo Diego de Ordaz, y los demás que tenían con él alguna autoridad, cuyo medio se ejecutó luego, y Hernán Cortés le escribió también, doliéndose amigablemente de su desconfianza, sin ponderar su desaire ni olvidar el rendimiento, como quien se hallaba obligado a quejarse, y deseaba no tener razón de parecer quejoso, ni ponerse en términos de agraviado.

 

 

 

Capítulo XII

 

Pasa Hernán Cortés desde la Trinidad a La Habana, donde consigue el último refuerzo de la armada, y padece segunda persecución de Diego Velázquez

 

Hecha esta diligencia, que pareció entonces bastante para sosegar el ánimo de Diego Velázquez, trató Hernán Cortés de proseguir su navegación, y enviando por tierra a Pedro de Alvarado con parte de los soldados, para que cuidase de conducir los caballos y hacer alguna gente en las estancias del camino, partió con la armada al puerto de La Habana, último paraje de aquella isla, por donde empieza lo más occidental de ella a dejarse ver del Septentrión. Salieron los navíos de la Trinidad con viento favorable, pero sobreviniendo la noche se desviaron de la capitana donde iba Cortés, sin observar cómo debían su derrota, ni echarle menos, hasta que la luz del día les puso a la vista el error de sus pilotos; y empeñados ya en proseguirle continuaron su viaje, y llegaron al puerto donde saltó la gente a tierra. Hospedóla con agasajo y liberalidad Pedro de Barba, que a la sazón era gobernador de La Habana por Diego Velázquez; y andaban todos pesarosos de no haber esperado a su capitán o vuelto en su demanda, sin pasar entonces con el discurso a más que provenir sus disculpas para cuando llegase.

Pero viendo que tardaba más de lo que parecía posible, sin haberle sucedido algún fracaso, empezaron a inquietarse divididos en varias opiniones: porque unos clamaban que volviesen dos o tres bajeles a buscarle por las islas de aquella vecindad; otros proponían que se nombrase gobernador en su ausencia, y algunos tenían por intempestiva o sospechosa esta proposición; y como no había quien mandase, resolvían todos, y ninguno ejecutaba. El que más insistía en la opinión de que se nombrase gobernador era Diego de Ordaz, que como primero en la confianza de Diego Velázquez, quería preferir a todos, y hallarse con el ínterin para estar más cerca de la propiedad, pero después de siete días que duraron estas diferencias, llegó a salvamento Hernán Cortés con su capitana.

Fue la causa de su detención, que aquella noche navegando la armada sobre unos bajos, que están entre el puerto de la Trinidad y el cabo de San Antón, poco distantes de la isla de Pinos, tocó en ellos la capitana, como navío de mayor porte, y quedó encallada en la arena, de suerte que estuvo a pique de zozobrar: accidente de gran cuidado, en que se empezó a descubrir y acreditar el espíritu y la actividad de Cortés; porque animando a todos a vista del peligro, supo templar la diligencia con el sosiego, y obrar lo que convenía sin detenerse ni apresurarse. Su primer cuidado fue que se echase el esquife a la mar, y luego ordenó que en él se fuese transportando la carga del navío a una isleta o arrecife de arena que estaba a la vista, por cuyo medio le aligeró hasta que pudo nadar sobre los bajíos, y sacándole después al agua, volvió a cobrar la carga, y prosiguió su derrota; habiendo gastado en esta obra los días de su detención, y salido de aquel aprieto con tanto crédito como felicidad.

Alojóle Pedro de Barba en su misma casa, y fue notable la aclamación con que le recibió la gente, cuyo número empezó luego a crecer, alistándose por sus soldados algunos vecinos de La Habana, y entre ellos Francisco de Montejo, que fue después adelantado de Yucatán, Diego de Soto el de Toro, Garci Caro, Juan Sedeño, y otras personas de calidad y acomodadas que autorizaron la empresa, y ayudaron con sus haciendas al último apresto de la armada. Gastáronse en estas prevenciones algunos días; pero no sabía Cortés perder el tiempo que se detenía: y así ordenó que se sacase a tierra la artillería, que se limpiasen y probasen las piezas, observando los artilleros el alcance de las balas, y por haber en aquella tierra copia de algodón, mandó hacer cantidad de armas defensivas de unos colchados en forma de casacas, que llamaban escaupiles; invención de la necesidad, que aprobó después la experiencia, dando a conocer que un poco de algodón flojamente punteado y sujeto entre dos lienzos, era mejor defensa que el acero para resistir a las flechas y dardos arrojadizos de que usaban los indios, porque perdían la fuerza entre la misma flojedad del reparo y quedaban sin actividad para ofender a otro con la resulta del golpe.

Al mismo tiempo hacía que los soldados se habilitasen en el uso de los arcabuces y las ballestas, y se enseñasen a manejar la pica, a formar y desfilar un escuadrón, a dar una carga y a ocupar un puesto, adiestrándolos él mismo con la voz y con el ejemplo en estos ensayos o rudimentos del arte militar, como lo observaban los antiguos capitanes, que fingían las batallas y los asaltos para enseñar a los bisoños la verdad de la guerra; cuya disciplina, practicada cuidadosamente en el tiempo de la paz, tuvo tanta estimación entre los romanos, que de este ejercicio tomaron el nombre los ejércitos.

Al mismo paso y con el mismo fervor, se iba caminando en las demás prevenciones, pero cuando estaban todos más gustosos con la vecindad del día señalado para la partida, llegó a La Habana Gaspar de Garnica, criado de Diego Velázquez, con nuevos despachos para Pedro de Barba, en que le ordenaba, sin dejarle arbitrio, que quitase luego la armada a Cortés, y se le enviase preso con toda seguridad: ponderándole cuán irritado quedaba con Francisco Verdugo porque le dejó pasar de la Trinidad, y dándole a entender con este enojo lo que aventuraba en no obedecerle con mayor resolución. Escribió también a Diego de Ordaz y Juan Velázquez de León, que asistiesen a Pedro de Barba en la ejecución de esta orden. Pero no faltó quien avisase a Cortés con el mismo Garnica de todo lo que pasaba, exhortándole a que mirase por sí, pues el que le hizo el beneficio de fiarle aquella empresa, trataba de quitársela con tanto desdoro suyo, y le libraba del riesgo de ingrato, arrojándole violentamente de la obligación en que le había puesto.

 

 

 

Capítulo XIII

 

Resuélvese Hernán Cortés a no dejarse atropellar de Diego Velázquez; motivos justos de esta resolución y lo demás que pasó hasta que llegó el tiempo de partir de La Habana

 

Aunque Hernán Cortés era hombre de gran corazón, no pudo dejar de sobresaltarse con esta noticia, que traía de más sensible todo aquello que tuvo de menos esperada; porque estaba creyendo que Diego Velázquez se habría dado por satisfecho con lo que le escribieron y aseguraron todos en respuesta de la primera orden que llegó a la villa de la Trinidad. Pero viendo que esta nueva orden venía ya con señales de obstinación irremediable, empezó a discurrir con menos templanza en el modo de volver por sí. Considerábase por una parte aplaudido y aclamado de todos los que le seguían, y por otra abatido y condenado a una prisión como delincuente. Reconocía que Diego Velázquez tenía empleado algún dinero en la primera formación de aquella armada, pero que también era suya y de sus amigos la mayor parte del gasto, y todo el nervio de la gente. Revolvía en su imaginación todas las circunstancias de su agravio, y poniendo los ojos en los desaires que había sufrido hasta entonces, se volvía contra sí, llegando a enojarse con su paciencia, y no sin alguna causa, porque esta virtud se deja irritar y afligir dentro de los límites de la razón, pero en pasando de ellos, declina en bajeza de ánimo y en falta de sentido. Congojábale también el mal logro de aquella empresa, que se perdería enteramente si él volviese las espaldas, y sobre todo le apretaba en lo más vivo del corazón el ver aventurada su honra, cuyos riesgos, en quien sabe lo que vale, tienen el primer lugar en la defensa natural.

Sobre estos discursos, a este tiempo, y con esta irritación, tomó Hernán Cortés la primera resolución de romper con Diego Velázquez; de que se convence lo poco que le favoreció Antonio de Herrera, poniendo este rompimiento en la ciudad de Santiago, y en un hombre acabado de obligar. Estamos a lo que refiere Bernal Díaz del Castillo en esta noticia, y no es el autor más favorable, porque Gonzalo Fernández de Oviedo asienta que se mantuvo en la dependencia del gobernador Diego Velázquez, hasta que ya dentro de Nueva España llegó el caso de obrar por sí, dando cuenta al emperador de los primeros sucesos de su conquista.

No parezca digresión ajena del asunto el habernos detenido en preservar de estos primeros deslucimientos a nuestro Hernán Cortés. Tan lejos tenemos las causas de la lisonja en lo que defendemos, como las del odio en lo que impugnamos: pero cuando la verdad abre camino para desagraviar los principios de un hombre que supo hacerse tan grande con sus obras, debemos seguir sus pasos, y complacernos de que sea lo más cierto lo que está mejor a su fama.

Bien conocemos que no debe callar en la historia lo que se tuviese por culpable, ni emitir lo que fuere digno de reprensión, pues sirven tanto en ella los ejemplos que hacen aborrecible el vicio, como los que persuaden a la imitación de la virtud: pero esto de inquirir lo peor de las acciones, y referir como verdad lo que se imaginó, es mala inclinación del ingenio, y culpa conocida en algunos escritores que leyeron a Cornelio Tácito, con ambición de imitar lo inimitable, y se persuaden a que le deben el espíritu en lo que malician o interpretan con menos artificio que veneno.

Volviendo, pues, a nuestra narración, resuelto ya Hernán Cortés a que no le convenía disimular su queja, ni era tiempo de consejos, medios que ordinariamente son enemigos de las resoluciones grandes, trató de mirar por sí, usando de la fuerza con que se hallaba según la hubiese menester, y antes que Pedro de Barba se determinase a publicar la orden que tenía contra él, puso toda su diligencia en apartar de La Habana a Diego de Ordaz, de quien se recelaba más, después que supo los intentos que tuvo de hacerse nombrar por gobernador en su ausencia: y así le ordenó que se embarcase luego en uno de los bajeles y fuese a Guanicanico, población situada de la otra parte del cabo de San Antón, para recoger unos bastimentos que se habían encaminado por aquel paraje mientras él llegaba con el resto de la armada, y asistiendo a la ejecución de esta orden con sosegada actividad, se halló brevemente desembarazado del sujeto que podía hacerle alguna oposición, y pasó a verse con Juan Velázquez de León, a quien redujo fácilmente a su partido, porque estaba algo desabrido con su pariente, y era hombre de más docilidad y menos artificio que Diego de Ordaz.

Con estas prevenciones se dejó ver de sus soldados, publicando la nueva persecución de que estaba amenazado; corrió la voz y vinieron todos a ofrecérsele, conformes en la resolución de asistirle aunque diferentes en el modo de darse a entender: porque los nobles manifestaban su ánimo como efecto natural de su obligación, pero los demás tomaron su causa con sobrado fervor, rompiendo en voces descompuestas, que llegaron a poner en cuidado al mismo que favorecían, verificándose en su inquietud y en sus amenazas lo que suele perder la razón cuando se deja tratar de la muchedumbre.

Pero antes que tomase cuerpo este primer movimiento de la gente, conociendo Pedro de Barba lo que aventuraba en la dilación, buscó a Hernán Cortés, y entró desarmando todo aquel aparato con decir a voces que no trataba de poner en ejecución la orden de Diego Velázquez, ni quería que por su mano se obrase una sinrazón tan conocida; con que se convirtieron las amenazas en aplausos, y aseguró luego la sinceridad de su ánimo, despachando públicamente a Gaspar de Garnica con una carta para Diego Velázquez, en que le decía que ya no era tiempo de detener a Cortés, porque se hallaba con mucha gente para dejarse maltratar, o reducirse a obedecer; y le ponderaba, no sin encarecimiento, la inquietud que ocasionó su orden en aquellos soldados, y el peligro en que se vio aquel pueblo de alguna turbación, concluyendo la carta con aconsejarle que llevase a Cortés por el camino de la confianza, cobrando el beneficio pasado con nuevos beneficios; y se aventurase a fiar de su agradecimiento, lo que ya no se podía esperar de la persuasión ni de la fuerza.

Hecha esta diligencia, se puso todo el cuidado en abreviar la partida, y fue necesario para sosegar la gente, que mal hallada, al parecer, sin la cólera que había concebido, volvía nuevamente a inquietarse con una voz que corrió, de que Diego Velázquez trataba de venir a ejecutar personalmente aquella violencia, como dicen que lo tuvo resuelto, pero aventurara mucho, y no lo hubiera conseguido, porque suele ser flaco argumento el de la autoridad para disputar con los que tienen la razón y la fuerza de su parte.

 

 

 

Capítulo XIV

 

Distribuye Cortés los cargos de su armada; parte de La Habana y llega a la isla de Cozumel donde pasa muestra y anima a sus soldados a la empresa

 

Habíase agregado un bergantín de mediano porte a los diez bajeles que estaban prevenidos, y así formó Cortés de su gente once compañías, dando una a cada bajel, para cuyo gobierno nombró por capitanes a Juan Velázquez de León, Alonso Hernández Portocarrero, Francisco de Montejo, Cristóbal de Olid, Juan de Escalante, Francisco de Morla, Pedro de Alvarado, Francisco Saucedo y Diego de Ordaz, que no le apartó para olvidarle, ni se resolvió a tenerle ocioso dejándole desobligado: y reservando para sí el gobierno de la capitana, encargó el bergantín a Ginés de Nortes. Dio también el cuidado de la artillería a Francisco de Orozco, soldado de reputación en las guerras de Italia, y el cargo de piloto mayor a Antón de Alaminos, diestro en aquellos mares, por haber tenido esta misma ocupación en los dos viajes de Francisco Fernández de Córdoba y Juan de Grijalva. Formó sus instrucciones, previniendo con cuidadosa prolijidad las contingencias, y llegado el día de la embarcación, se dijo con solemnidad una misa del Espíritu Santo, que oyeron todos con devoción, poniendo a Dios en el principio para asegurar los progresos de la obra que emprendían; y Hernán Cortés, en el primer acto de su jurisdicción, dio para el regimiento de la armada el nombre de San Pedro, que fue lo mismo que invocarle y reconocerle por patrón de aquella empresa, como lo había sido de todas sus acciones desde sus primeros años. Ordenó luego a Pedro de Alvarado que adelantándose por la banda del Norte, buscase en Guanicanico a Diego de Ordaz, para que juntos le esperasen en el cabo de San Antón, y a los demás que siguiesen la capitana, y en caso que el viento o algún accidente los apartase, tomasen el rumbo de la isla de Cozumel, que descubrió Juan de Grijalva, poco distante de la tierra que buscaban, donde se había de tratar y resolver lo que conviniese para entrar en ella y proseguir el intento de su jornada.

Partieron últimamente del puerto de La Habana en diez de febrero del año de mil quinientos y diez y nueve, favorecidos al principio del viento, pero tardó poco en declararles su inconstancia, porque al caer del sol se levantó un recio temporal que los puso en grande turbación, y al cerrar de la noche fue necesario que los bajeles se apartasen para no ofenderse, y corriesen impetuosamente dejándose llevar del viento, y eligiendo como voluntaria la velocidad que no podían resistir. El navío que gobernaba Francisco de Morla padeció más que todos, porque un embate de mar le llevó de través el timón y le dejó a pique de perderse. Hizo diferentes llamadas con que puso en nuevo cuidado a los compañeros, que atentos al peligro ajeno, sin olvidar el propio, hicieron cuanto les fue posible para mantenerse cerca, forcejeando a veces, y a veces contemporizando con el viento. Cesó la tormenta con la noche, y cuando se pudieron distinguir con la primera luz los bajeles, acudió Cortés y se acercaron todos al que zozobraba, y a costa de alguna detención se remedió el daño que había padecido.

En este tiempo Pedro de Alvarado, que como vimos se adelantó en busca de Diego de Ordaz, se halló con el día arrojado de la tempestad más adentro del golfo que pensaba, porque el mismo cuidado de apartarse de la tierra que iba costeando le obligó a correr sin reserva, tomando como seguridad el peligro menor. Reconoció el piloto por la brújula y carta de marear que habían decaído tanto del rumbo que traían, y se hallaban ya tan distantes del cabo de San Antón, que sería temeridad el volver atrás; y propuso como conveniente el pasar de una vez a la isla de Cozumel. Dejólo a su arbitrio Pedro de Alvarado, acordándole con flojedad la orden que traía de Hernán Cortés, que fue lo mismo que dispensarla; y así continuaron su viaje y surgieron en la isla dos días antes que la armada. Saltaron en tierra con ánimo de alojarse en un pueblo vecino a la costa, que el capitán y algunos de los soldados conocían ya desde el viaje de Juan de Grijalva; pero le hallaron despoblado, porque los indios que le habitaban al reconocer el desembarco de los extranjeros dejaron sus casas, retirándose la tierra adentro con sus pobres alhajas, pequeño estorbo de la fuga.

Era Pedro de Alvarado mozo de espíritu y valor, hecho a obedecer con resolución, pero nuevo en el mandar para tomarla por sí. Engañóse creyendo que mientras llegase la armada sería virtud en un soldado todo lo que no fuese ociosidad, y así ordenó que marchase la gente a reconocer lo interior de la isla, y a poco más de una legua hallaron otro lugar despoblado también, pero no tan desproveído como el primero, porque había en él alguna ropa, gallinas y otros bastimentos que se aplicaron los soldados como bienes sin dueño, o como despojos de la guerra que no había; y entrando en un adoratorio de aquellos sus ídolos abominables, hallaron algunas joyuelas o pendientes que servían a su adorno, y algunos instrumentos del sacrificio hechos de oro con mezcla de cobre, que aun siendo baladí se les hacía ligero: jornada sin utilidad ni consejo, que sólo sirvió de escarmentar a los naturales de la isla y embarazar el intento que se llevaba de pacificarlos. Conoció aunque tarde Pedro de Alvarado que era licencia lo que tuvo por actividad, y así se retiró con su gente al primer alojamiento, haciendo en el camino tres prisioneros, dos indios y una india, desgraciados en huir, que se dieron sin resistencia.

Llegó la armada el día siguiente, habiendo recogido el bajel de Diego de Ordaz, porque Hernán Cortés le avisó desde el cabo de San Antón que viniese a incorporarse con ella, temiendo la contingencia de que se hubiese descaminado con la tempestad Pedro de Alvarado, que le traía cuidadoso; y aunque se alegró interiormente de hallarle ya en salvamento, mandó prender al piloto y reprendió ásperamente al capitán porque no había guardado ni hecho guardar su orden, y por el atrevimiento de hacer entrada en la isla y permitir a sus soldados que saqueasen el lugar donde llegaron: sobre lo cual le dijo algunos pesares en público, y con toda la voz, como quien deseaba que su reprensión fuese doctrina para los demás. Llamó luego a los tres prisioneros, y por medio de Melchor el intérprete (que venía solo en esta jornada porque había muerto su compañero) les dio a entender lo que sentía el mal pasaje que hicieron a su pueblo aquellos soldados, y mandando que se les restituyese el oro y la ropa que ellos mismos eligieron, los puso en libertad y les dio algunas bujerías que llevasen de presente a sus caciques, para que a vista de estas señales de paz perdiesen el miedo que habían concebido.

Alojóse la gente en el puerto más vecino a la costa, y descansó tres días sin pasar adelante por no aumentar la turbación de los isleños. Pasó muestra en escuadrón el ejército, y se hallaron quinientos y ocho soldados, diez y seis caballos, y ciento y nueve entre maestres, pilotos y marineros, sin los dos capellanes el licenciado Juan Díaz y el padre fray Bartolomé de Olmedo, religioso de la orden de Nuestra Señora de la Merced, que asistieron a Cortés hasta el fin de la conquista.

Pasada la muestra volvió a su alojamiento acompañado de los capitanes y soldados más principales, y tomando entre ellos lugar poco diferente los habló en esta sustancia: «Cuando considero, amigos y compañeros míos, cómo nos ha juntado en esta isla nuestra felicidad, cuántos estorbos y persecuciones dejamos atrás, y cómo nos han deshecho las dificultades, conozco la mano de Dios en esta obra que emprendemos, y entiendo que en su altísima providencia es lo mismo favorecer los principios que prometer los sucesos. Su causa nos lleva y la de nuestro rey, que también es suya, a conquistar regiones no conocidas, y ella misma volverá por sí mirando por nosotros. No es mi ánimo facilitaros la empresa que acometemos: combates nos esperan sangrientos, facciones increíbles, batallas desiguales en que habréis menester socorreros de todo vuestro valor; miserias de la necesidad, inclemencias del tiempo y asperezas de la tierra, en que os será necesario el sufrimiento, que es el segundo valor de los hombres, y tan hijo del corazón como el primero: que en la guerra más veces sirve la paciencia que las manos, y quizá por esta razón tuvo Hércules el nombre de invencible, y se llamaron trabajos sus hazañas. Hechos estáis a padecer y hechos a pelear en estas islas que dejáis conquistadas: mayor es nuestra empresa, y debemos ir prevenidos de mayor osadía, que siempre son las dificultades del tamaño de los intentos. La antigüedad pintó en lo más alto de los montes el templo de la fama, y su simulacro en lo más alto del templo; dando a entender que para hallarla, aun después de vencida la cumbre, era menester el trabajo de los ojos. Pocos somos, pero la unión multiplica los ejércitos, y en nuestra conformidad está nuestra mayor fortaleza: uno, amigos, ha de ser el consejo en cuanto se resolviere: una la mano en la ejecución; común la utilidad, y común la gloria en lo que se conquistare. Del valor de cualquiera de nosotros se ha de fabricar y componer la seguridad de todos. Vuestro caudillo soy, y seré el primero en aventurar la vida por el menor de los soldados: más tendréis que obedecer en mi ejemplo que en mis órdenes; y puedo aseguraros de mí que me basta el ánimo a conquistar un mundo entero, y aun me lo promete el corazón con no sé qué movimiento extraordinario, que suele ser el mejor de los presagios. Alto, pues, a convertir en obras las palabras; y no os parezca temeridad esta confianza mía, pues se funda en que os tengo a mí lado, y dejo de fiar de mí todo lo que espero de vosotros.»

 

 

 

Capítulo XV

 

Pacifica Hernán Cortés los isleños de Cozumel, hace amistad con el cacique, derriba los ídolos, da principio a la introducción del Evangelio y procura cobrar unos españoles que estaban prisioneros en Yucatán

 

Estaban los indios en pequeñas tropas discurriendo al parecer entre sí, como quien observaba el movimiento, y se animaba en la quietud de nuestra gente. Íbanse acercando los más atrevidos; y como éstos no recibían daño se atrevían los cobardes: con que en breve rato llegaron algunos al cuartel, y hallaron en Cortés y en los demás tan favorable acogida, que convocaron a sus compañeros. Vinieron muchos aquel día, y andaban entre los soldados con alegre familiaridad, tan hallados con sus huéspedes, que apenas se les conocía la admiración: antes se portaban como gente enseñada a tratar con forasteros. Había en esta isla un ídolo muy venerado entre aquellos bárbaros, cuyo nombre tenía inficionada la devoción de diferentes provincias de la tierra firme, que frecuentaban su templo en continuas peregrinaciones: y así estaban los isleños de Cozumel hechos a comerciar con naciones extranjeras de diversos trajes y lenguas; por cuya causa, o no extrañarían la novedad de nuestra gente, o la extrañaban sin encogimiento.

Aquella noche se retiraron todos a sus casas; y el día siguiente vino el cacique principal de la isla a visitar a Cortés con grande aunque deslucido acompañamiento; trayendo él mismo su embajada y su regalo. Recibióle con agasajo y cortesía, y por medio del intérprete le aseguró de su benevolencia, y le ofreció su amistad y la de su gente; a que respondió que la admitía, y que era hombre que la sabría mantener. Oyóse entre los indios que le acompañaban uno, que al parecer repetía mal pronunciado el nombre de Castilla; y Hernán Cortés, en quien nunca el divertimiento llegaba a ser descuido, reparó en ello y mandó al intérprete que averiguase la significación de aquella palabra; cuya advertencia, aunque pareció entonces casual, fue de tanta consideración para facilitar la conquista de Nueva España como veremos después.

Decía el indio que nuestra gente se parecía mucho a unos prisioneros que estaban en Yucatán, naturales de una tierra que se llamaba Castilla; y apenas lo oyó Cortés, cuando resolvió ponerlos en libertad y traerlos a su compañía. Informóse mejor, y hallando que estaban en poder de unos indios principales que residían dos jornadas la tierra adentro de Yucatán, comunicó su intento al cacique para que le dijese si eran indios guerreros los que tenían en su dominio aquellos cristianos, y con qué fuerza se podría conseguir el sacarlos de la esclavitud. Respondióle con pronta y notable advertencia que sería lo más seguro tratar de rescatarlos a trueque de algunas dádivas; porque entrando en guerra se expondría a que matasen los esclavos, y a no quedar airoso con el castigo de sus dueños. Abrazó Hernán Cortés su consejo, admirándose de hallar tan buena política en el cacique, a quien debió de enseñar algo de la razón que llaman de estado aquello poco que tenía de príncipe.

Dispuso luego que Diego de Ordaz pasase con su bajel y con la gente de su cargo a la costa de Yucatán por la parte más vecina a Cozumel, que serían cuatro leguas de travesía, y que echase en tierra los indios que señaló el mismo cacique, para esta diligencia: los cuales llevaron tarta de Cortés para los prisioneros, con algunas bujerías que sirviesen de precio a su rescate; y Diego de Ordaz orden para esperarlos ocho días, en cuyo término ofrecieron los indios volver con la respuesta.

Entretanto Cortés marchó con su gente unida a reconocer la isla, no porque le pareciese necesario ir en defensa, sino porque no se desmandasen los soldados, y recibiesen algún daño los naturales. Decíales: «que aquélla era una pobre gente sin resistencia, cuya sinceridad pedía como deuda el buen tratamiento, y cuya pobreza ataba las manos a la codicia: que de aquel pequeño pedazo de tierra no se había de sacar otra riqueza que la buena fama. Y no penséis, proseguía, que la opinión que aquí se ganare se estrecha a los cortos límites de una isla miserable; pues el concurso de los peregrinos que suelen acudir a ella, como habéis entendido, llevará vuestro nombre a otras regiones, donde habremos menester después el crédito de piadosos y amigos de la razón para facilitar nuestros intentos, y tener menos que pelear donde haya más que adquirir». Con estas y otras amigables pláticas los llevaba contentos y reprimidos. Iban siempre acompañados del cacique y de muchos indios que acudían con bastimentos, y pasaban cuentas de vidrio por buena moneda, creyendo que hacían a los compradores el mismo engaño que padecían.

A poco trecho de la costa se hallaron en el templo de aquel ídolo tan venerado, fábrica de piedra en forma cuadrada, y de no despreciable arquitectura. Era el ídolo de figura humana; pero de horrible aspecto y espantosa fiereza, en que se dejaba conocer la semejanza de su original. Observóse esta misma circunstancia en todos los ídolos que adoraba aquella gentilidad, diferentes en la hechura y en la significación; pero conformes en lo feo y abominable: o acertasen aquellos bárbaros en lo que fingían; o fuese que el demonio se les aparecía como es, y dejaba en su imaginación aquellas especies; con que sería primorosa imitación del artífice la fealdad del simulacro.

Dicen que se llamaba este ídolo Cozumel, y que dio a la isla el nombre que se conserva hoy en ella: mal conservado, si es el mismo que el demonio tomó para sí; falta de advertencia que se ha vinculado en los mapas contra toda razón. Había gran concurso de indios cuando llegaron los españoles; y en medio de ellos estaba un sacerdote que se diferenciaba de los demás en no sé qué ornamento o media vestidura, de que tenía mal cubiertas las carnes: y al parecer los predicaba o inducía con voces y ademanes dignos de risa; porque desvariaba en tono de sermón, y con toda aquella gravedad y ponderación que cabe en un hombre desnudo. Interrumpióle Cortés, y vuelto al cacique le dijo: «que para mantener la amistad que entre los dos tenían asentada, era necesario que dejase la falsa adoración de sus ídolos, y que a su ejemplo hiciesen lo mismo sus vasallos». Y apartándose con él y con el intérprete, le dio a entender su engaño, y la verdad de nuestra religión, con argumentos manuables acomodados a la rudeza de sus oídos; pero tan eficaces, que el indio quedó asombrado sin acertar a responder, como quien tenía entendimiento para conocer su ignorancia. Cobróse y pidió licencia para comunicar aquel negocio a los sacerdotes: porque en puntos de religión les dejaba o les cedía la suprema autoridad. De cuya conferencia resultó el venir aquel venerable predicador acompañado de otros de su profesión, y el dar todos grandes voces que, descifradas por el intérprete, contenían diferentes protestas de parte del cielo contra cualquiera que se atreviese a turbar el culto de sus dioses, intimando que se vería el castigo al mismo instante que se intentase el atrevimiento. Irritóse Cortés de oír semejante amenaza, y los soldados, hechos a observar su semblante, conocieron su determinación y embistieron con el ídolo, arrojándole del altar hecho pedazos, y ejecutando lo mismo con otros ídolos menores que ocupaban diferentes nichos. Quedaron atónitos los indios de ver posible aquel destrozo; y como el cielo se estuvo quedo, y tardó la venganza que esperaban, se fue convirtiendo en desprecio la adoración, y empezaron a correrse de tener dioses tan sufridos: siendo esta vergüenza el primer esfuerzo que hizo la verdad en sus corazones. Corrieron la misma fortuna otros adoratorios; y en el principal de ellos, limpio ya de aquellos fragmentos inmundos, se fabricó un altar y se colocó una imagen de nuestra Señora, fijando a la entrada una cruz grande que labraron con piadosa diligencia los carpinteros de la armada. Díjose misa en aquel altar el día siguiente, y asistieron a ella, mezclados con los españoles, el cacique y mucho número de indios con un silencio que parecía devoción; y pudo ser efecto natural del respeto que infunden aquellas santas ceremonias, o sobrenatural del mismo inefable misterio.

Así ocuparon el tiempo Cortés y sus soldados, hasta que pasados los ocho días que llevó de término Diego de Ordaz para esperar a los españoles que estaban cautivos en Yucatán, volvió a la isla sin traer noticia de ellos ni de los indios que se encargaron de buscarlos. Sintiólo mucho Hernán Cortés; pero en la duda de que le hubiesen engañado aquellos bárbaros por quedarse con los rescates que tanto codiciaban, no quiso detener su viaje ni dar a entender su recelo al cacique; antes se despidió de él con urbanidad y agasajo, encargándole mucho la cruz y aquella santa imagen que dejaba en su poder, cuya veneración fiaba de su amistad, entretanto que mejor instruido pudiese abrazar la verdad con el entendimiento.

 

 

 

Capítulo XVI

 

Prosigue Hernán Cortés su viaje, y se halla obligado por un accidente a volver a la misma isla; recoge con esta detención a Jerónimo de Aguilar, que estaba cautivo en Yucatán, y se da cuenta de su cautiverio

 

Volvió Cortés a su navegación con ánimo de seguir el mismo rumbo que abrió Juan de Grijalva, y buscar aquellas tierras de donde le retiró su demasiada obediencia. Iba la armada viento en popa, y todos alegres de verse ya en viaje: pero a pocas horas de prosperidad se hallaron en un accidente que los puso en cuidado. Disparó una pieza el navío de Juan de Escalante; y volviendo todos a mirarle, repararon al principio en que seguía con dificultad, y después en que tomaba la vuelta de la isla. Conoció Hernán Cortés lo que aquellas señas daban a entender; y sin detener en el discurso la resolución, mandó que toda la armada volviese en su seguimiento. Fue bien necesaria la diligencia de Juan de Escalante para escapar el bajel; porque se iba llenando de agua tan irremediablemente, que llegó a la isla en términos de anegarse, aunque tardaron poco los que venían en su socorro. Desembarcó la gente; y acudieron luego a la costa el cacique y algunos de sus indios, que al parecer no dejaban de extrañar con algún recelo la brevedad de la vuelta; pero luego que entendieron la causa ayudaron con alegre solicitud a la descarga del bajel, y asistieron después a los reparos y a la carena de que necesitaba siendo en uno y en otro de mucho servicio sus canoas, y la destreza con que las manejaban.

Entretanto que esto se disponía, fue Hernán Cortés acompañado del cacique y de algunos de sus soldados, a visitar y reconocer el templo y halló la cruz y la imagen de nuestra Señora en el mismo lugar donde quedaron colocadas: notando con gran consuelo suyo algunas señales de veneración que se reconocían en la limpieza y perfumes del templo, y en diferentes flores y ramos con que tenían adornado el altar. Dio las gracias al cacique de que se hubiese tenido en su ausencia aquel cuidado: y él las admitía, y se congratulaba con todos, encareciendo como hazaña de su buen proceder aquellas dos o tres horas de constancia.

Digno es de particular reparo este accidente que detuvo el viaje de Cortés, obligándole a desandar aquellas leguas que había navegado. Algunos sucesos, aunque caben en la posibilidad y en la contingencia, se hacen advertir como algo más que casuales. Quien vio interrumpida la navegación de la armada, y aquel navío que se anegaba, pudo tener este embarazo por una desgracia fácil de suceder; pero quien viere que aquel mismo tiempo que fue necesario para reparar el navío, lo fue también para que llegase a la isla uno de los cautivos cristianos que estaban en Yucatán, y que se hallaba éste con bastante noticia de aquellas lenguas para suplir la falta del intérprete, y que fue después uno de los principales instrumentos de aquella conquista, no se contentará con poner todo este suceso en la jurisdicción de los acasos, ni dejará de buscar, a mayores fines, superior providencia.

Cuatro días tardaron en el aderezo del bajel; y el último de ellos, cuando ya se trataba de la embarcación, se dejó ver a larga distancia una canoa que venía atravesando el golfo de Yucatán en derechura de la isla. Conocióse a breve rato que traía indios armados, y pareció novedad la diligencia con que se aprovechaban de los remos, y se iban acercando a la isla sin recelarse de nuestra armada. Llegó esta novedad a noticia de Hernán Cortés, y ordenó que Andrés de Tapia se alargase con algunos soldados hacia el paraje donde se encaminaba la canoa, y procurase examinar el intento de aquellos indios. Tomó Andrés de Tapia puesto acomodado para no ser descubierto; pero al reconocer que saltaban en tierra con prevención de arcos y flechas, los dejó que se apartasen de la costa, y los embistió con la mar a las espaldas, porque no se le pudiesen escapar. Quisieron huir luego que le descubrieron; pero uno de ellos, sosegando a los demás, se detuvo a tres o cuatro pasos, y dijo en voz alta algunas palabras castellanas, dándose a conocer por el nombre de cristiano. Recibióle Andrés de Tapia con los brazos; y gustoso de su buena suerte le llevó a la presencia de Hernán Cortés acompañado de aquellos indios, que según lo que se conoció después, eran los mensajeros que dejó Diego de Ordaz en la costa de Yucatán. Venía desnudo el cristiano, aunque no sin algún género de ropa que hacía decente la desnudez: ocupado el un hombro con el arco y el carcax, y terciada sobre el otro una manta a manera de capa, en cuyo extremo traía atacadas unas horas de nuestra Señora, que manifestó luego, enseñándolas a todos los españoles, y atribuyendo a su devoción la dicha de verse con los cristianos: tan bozal en las cortesías, que no acertaba a desasirse de la costumbre, ni a formar cláusulas enteras, sin que tropezase la lengua en palabras que no se dejaban entender. Agasajóle mucho Hernán Cortés; y cubriéndole entonces con su mismo capote, se informó por mayor de quién era, y ordenó que le vistiesen y regalasen; celebrando entre todos sus soldados como felicidad suya y de su jornada el haber redimido de aquella esclavitud a un cristiano; que por entonces sólo se habían descubierto los motivos de la piedad.

Llamábase Jerónimo de Aguilar, natural de Écija: estaba ordenado de Evangelio; y según lo que después refirió de su fortuna y sucesos, había estado cerca de ocho años en aquel miserable cautiverio. Padeció naufragio en los bajos que llaman de los Alacranes una carabela en que pasaba del Darien a la isla de Santo Domingo; y escapando en el esquife con otros compañeros, se hallaron todos arrojados del mar en la costa de Yucatán, donde los prendieron y llevaron a una tierra de indios caribes: cuyo cacique mandó apartar luego a los que venían mejor tratados para sacrificarlos a sus ídolos, y celebrar después un banquete con los miserables despojos del sacrificio. Uno de los que se reservaron para otra ocasión (defendidos entonces de su misma flaqueza) fue Jerónimo de Aguilar; pero le prendieron rigurosamente, y le regalaban con igual inhumanidad, pues le iban disponiendo para el segundo banquete. ¡Rara bestialidad, horrible a la naturaleza y a la pluma! Escapó como pudo de una jaula de madera en que le tenían, no tanto porque le pareciese posible salvar la vida, como para buscar otro género de muerte: y caminando algunos días apartado de las poblaciones, sin otro alimento que el que le daban las yerbas del campo, cayó después en manos de unos indios que le presentaron a otro cacique enemigo del primero, a quien hizo menos inhumano la oposición a su contrario, y el deseo de afectar mejores costumbres. Sirvióle algunos años, experimentando en esta nueva esclavitud diferentes fortunas; porque al principio le obligó a trabajar más de lo que alcanzaban sus fuerzas; pero después le hizo mejor tratamiento, pagado al parecer de su obediencia, y particularmente de su honestidad; para cuya experiencia le puso en algunas ocasiones menos decentes en la narración, que admirables en su continencia: que no hay tan bárbaro entendimiento donde no se deje conocer alguna inclinación a las virtudes. Diole ocupación cerca de su persona, y en breves días tuvo su estimación y su confianza.

Muerto este cacique, le dejó recomendado a un hijo suyo, con quien se hizo el mismo lugar, y le favorecieron más las ocasiones de acreditarse; porque le movieron guerra los caciques comarcanos, y en ella se debieron a su valor y consejo diferentes victorias: con que ya tenía el valimiento de su amo y la veneración de todos, hallándose con tanta autoridad, que cuando llegó la carta de Cortés pudo fácilmente disponer su libertad, tratándola como recompensa de sus servicios, y ofrecer como dádiva suya las preseas que se le enviaron para su rescate.

Así lo refería él: y que de los otros españoles que estaban cautivos en aquella tierra, sólo vivía un marinero natural de Palos de Moguer, que se llamaba Gonzalo Guerrero; pero que habiéndole manifestado la carta de Hernán Cortés, y procurado traerle consigo, no lo pudo conseguir porque se hallaba casado con una india bien acomodada, y tenía en ella tres o cuatro hijos, a cuyo amor atribuía su ceguedad: fingiendo estos afectos naturales para no dejar aquella lastimosa comodidad que en sus cortas obligaciones pesaba más que la honra y que la religión. No hallamos que se refiera de otro español en estas conquistas semejante maldad: indigno por cierto de esta memoria que hacemos de su nombre; pero no podemos borrar lo que escribieron otros, ni dejan de tener su enseñanza estas miserias a que está sujeta nuestra naturaleza, pues se conoce por ellas a lo que puede llegar el hombre, si le deja Dios.

 

 

 

Capítulo XVII

 

Prosigue Hernán Cortés su navegación, y llega al río de Grijalva, donde halla resistencia en los indios, y pelea con ellos en el mismo río y en la desembarcación

 

Partieron segunda vez de aquella isla en cuatro de marzo del mismo año de mil quinientos diez y nueve; y sin que se les ofreciese acaecimiento digno de memoria, doblaron la punta de Cotoche que, como vimos, está en lo más oriental de Yucatán; y siguiendo la costa llegaron al paraje de Champoton, donde se disputó si convenía salir a tierra: opinión a que se inclinaba Hernán Cortés por castigar en aquellos indios la resistencia que hicieron a Juan de Grijalva, y antes a Francisco Fernández de Córdoba; y algunos soldados de los que se hallaron en ambas ocasiones, fomentaban con espíritu de venganza esta resolución; pero el piloto mayor y los demás de su profesión se opusieron a ella con evidente demostración, porque el viento que favorecía para pasar delante era contrario para acercarse por aquella parte a la tierra; y así continuaron su viaje y llegaron al río de Grijalva, donde hubo menos que discurrir, porque el buen pasaje que hicieron a su armada los indios de Tabasco, y el oro que entonces se llevó de aquella provincia eran dos incentivos poderosos que llamaban los ánimos a la tierra. Y Hernán Cortés condescendió con el voto común de sus soldados, mirando a la conveniencia de conservar aquellos amigos, aunque no pensaba detenerse muchos días en Tabasco, y siempre llevaba la mira en los dominios del príncipe Motezuma, cuyas noticias tuvo Juan de Grijalva en aquella provincia: siendo su dictamen que en este género de conquistas se debía ir primero a la cabeza que a los miembros, para llegar con las fuerzas enteras a lo más dificultoso.

Sirvióse de la experiencia que ya se tenía de aquel paraje para disponer la entrada: y dejando aferrados los navíos de mayor porte, hizo pasar a los que podían navegar por el río, y a los esquifes toda la gente prevenida de sus armas, y empezó a caminar contra la corriente, observando el orden con que gobernó su facción Juan de Grijalva. Reconocieron a breve rato considerable número de canoas de indios armados, que ocupaban las dos riberas al abrigo de diferentes tropas que se descubrían en la tierra. Fuese acercando Hernán Cortés con su fuerza unida, y ordenó que ninguno disparase ni diese a entender que se trataba de ofenderlos: imitando también en esto a Grijalva, como quien deseaba sin vanidad el acierto, y sabía cuanto se aventuraban los que se precian de abrir sendas, y tiran sólo a diferenciarse de sus antecesores. Eran grandes las voces con que los indios procuraban detener a los forasteros; y luego que se pudieron distinguir, se conoció que Jerónimo de Aguilar entendía la lengua de aquella nación, por ser la misma o muy semejante a la que se hablaba en Yucatán; y Hernán Cortés tuvo por obra del cielo el hallarse con intérprete de tanta satisfacción. Dijo Aguilar que las voces que se percibían eran amenazas, y que aquellos indios estaban de guerra; por cuya causa se fue deteniendo Cortés, y le ordenó que se adelantase en uno de los esquifes y los requiriese con la paz, procurando ponerlos en razón. Ejecutólo así, y volvió brevemente con noticia de que era grande el número de indios que estaban prevenidos para defender la entrada del río; tan obstinados en su resolución, que negaron con insolencia los oídos a su embajada. No quisiera Hernán Cortés dar principio en aquella tierra a su conquista, ni embarazar el curso de su navegación; pero considerando que se hallaba ya en el empeño, no le pareció conveniente volver atrás, ni de buena consecuencia el dejar consentido aquel atrevimiento.

Íbase acercando la noche, que en tierra no conocida trae sobre los soldados segunda oscuridad; y así determinó hacer alto para esperar el día: y dando al mayor acierto de la facción aquel tiempo que la dilataba, dispuso que se trajese la artillería de los bajeles mayores, y que se armase toda la gente con aquellos escaupiles o capotes de algodón que resistían a las flechas; y dio las demás órdenes que tuvo por necesarias sin encarecer el riesgo ni desestimarle. Puso gran cuidado en esta primera empresa de su armada, conociendo lo que importa siempre el empezar bien; y particularmente en la guerra, donde los buenos principios sirven al crédito de las armas y al mismo valor de los soldados: siendo como propiedad de la primera ocasión el influir en las que vienen después, o el tener no sé qué fuerza oculta sobre los demás sucesos.

Luego que llegó la mañana se dispusieron los bajeles en forma de media luna que se iba disminuyendo en su mismo tamaño, y remataba en los esquifes: para cuya ordenanza daba sobrado término la grandeza del río, y se prosiguió la entrada con un género de sosiego que iba convidando con la paz; pero a breve rato se descubrieron las canoas de los indios que esperaban en la misma disposición, y con las mismas amenazas que la tarde antes. Ordenó Cortés que ninguno de los suyos se moviese hasta que diesen la carga: diciendo a todos que allí se debía usar primero de la rodela que de la espada, por ser aquélla una gran guerra cuya justicia consistía en la provocación; y deseoso de hacer algo más por la razón para tenerla de su parte, dispuso que se adelantase Aguilar segunda vez, y los volviese a requerir con la paz, dándoles a entender que aquella armada era de amigos que sólo entraban a tratar de su bien en fe de la confederación que tenían hecha con Juan de Grijalva; y que el no admitirlos sería faltar a ella, y ocasionarlos a que se abriesen el paso con las armas, quedando por su cuenta el daño que recibiesen.

Respondieron a este segundo requerimiento con hacer la seña de embestir, y se fueron mejorando ayudados de la corriente, hasta que puestos en distancia proporcionada con el alcance de sus flechas, dispararon a un tiempo tanta multitud de ellas desde las canoas, y desde la margen más vecina del río, que anduvo algo apresurada en los españoles la necesidad de cubrirse y cuidar de su defensa; pero recibida la primera carga, conforme a la orden que llevaban, usaron luego de sus armas, y de sus esfuerzos con tanta diligencia, que los indios de las canoas desembarazaron el paso puestos en confusión, arrojándose muchos al agua con el espanto que concibieron del mismo daño que conocían en los suyos. Prosiguieron nuestros bajeles su entrada sin otra oposición: y acostándose a la ribera sobre el lado izquierdo, trataron de salir a tierra; pero en paraje tan pantanoso y cubierto de maleza, que se vieron en segundo conflicto; porque los indios que estaban emboscados, y los que escaparon del río, se unieron a repetir sus cargas con nueva obstinación; cuyas flechas, dardos y piedras hacían mayor la dificultad del pantano. Pero Hernán Cortés fue doblando su gente sin dejar de pelear, en tal disposición, que las hileras que formaba detenían el ímpetu de los indios, y cubrían a los menos diligentes en la desembarcación.

Formado su escuadrón a vista de los enemigos, cuyo número crecía por instantes, ordenó al capitán Alonso Dávila que con cien soldados se adelantase por el bosque a ocupar la villa principal de aquella provincia, que también se llamaba Tabasco, y distaba poco de aquel paraje, según las noticias que se tenían de la primera entrada. Cerró luego con la multitud enemiga, y la fue retirando con igual ardimiento que dificultad; porque se peleaba muchas veces con el lodo a la rodilla: y se refiere de Hernán Cortés, que forcejeando para vencer aquel impedimento, perdió en el lodo uno de los zapatos, y peleó mucho rato con el pie descalzo sin conocer la falta ni el desabrigo: generoso divertimiento, dejar de estar en sí para estar mejor en lo que hacía.

Vencido el pantano se conoció flaqueza en los indios, que en un instante desaparecieron entre la maleza, parte atemorizados de verse ya sin las ventajas del terreno, y parte cuidadosos de acudir a Tabasco: de cuyo riesgo tuvieron noticia por haberse descubierto la marcha de Alonso Dávila; como se verificó después en la multitud de gente que acudió a la defensa de aquella población.

Teníanla fortificada con un género de muralla que usaban casi en todas las Indias, hecha de troncos robustos de árboles fijos en la tierra, al modo de nuestras estacadas; pero apretados entre sí con tal disposición, que las junturas les servían de troneras para despedir sus flechas. Era el recinto de figura redonda, sin traveses ni otras defensas; y al cerrarse el círculo dejaba hecha la entrada, cruzando por algún espacio las dos líneas que componían una calle angosta en forma de caracol, donde acomodaban dos o tres garitas o castillejos de madera que estrechaban el paso, y servían de ordinario a sus centinelas: bastante fortaleza para las armas de aquel nuevo mundo, donde no se entendían, con feliz ignorancia, las artes de la guerra, ni aquellas ofensas y reparos que enseñó la malicia y aprendió la necesidad de los hombres.

 

 

 

Capítulo XVIII

 

Ganan los españoles a Tabasco; salen después doscientos hombres a reconocer la tierra, los cuales vuelven rechazados de los indios, mostrando su valor en la resistencia y en la retirada

 

A esta villa, corte de aquella provincia, y de esta suerte fortificada, llegó Hernán Cortés algo antes que Alonso Dávila, a quien detuvieron otros pantanos y lagunas, donde le llevó engañosamente el camino; y sin dar tiempo a los indios para que se reparasen, ni a los suyos para que discurriesen en la dificultad, incorporó con su gente los cien hombres que venían de refresco: y repartiendo algunos instrumentos que parecieron necesarios para deshacer la estacada, dio la señal de acometer, deteniéndose a decir solamente: «aquel pueblo, amigos, ha de ser esta noche nuestro alojamiento: en él se han retraído los mismos que acabáis de vencer en la campaña. Esa frágil muralla que los defiende, sirve más a su temor que a su seguridad. Vamos, pues, a seguir la victoria comenzada, antes que pierdan estos bárbaros la costumbre de huir, o sirva nuestra detención a su atrevimiento». Esto acabó de pronunciar con la espada en la mano; y diciendo lo demás con el ejemplo, se adelantó a todos, infundiendo en todos el deseo de adelantarse.

Embistieron a un tiempo con igual resolución; y desviando con las rodelas y con las espadas la lluvia de flechas que cegaba el camino, se hallaron brevemente al pie de aquella rústica fortificación que cercaba al lugar. Sirvieron entonces sus mismas troneras a los arcabuces y ballestas de nuestra gente, con que se apartó el enemigo, y tuvieron lugar los que no peleaban de echar en tierra parte de la estacada. No hubo dificultad en la entrada, porque los indios se retiraron a lo interior de la villa; pero a pocos pasos se reconoció que tenían atajadas las calles con otras estacadas del mismo género, donde iban haciendo rostro y dando sus cargas, aunque con poco efecto, porque se embarazaban en su muchedumbre; y los que se retiraban huyendo de un reparo en otro, desordenaban a los que acometían.

Había en el centro de la villa una gran plaza donde los indios hicieron el último esfuerzo; pero a breve resistencia volvieron las espaldas, desamparando el lugar, y corriendo atropelladamente a los bosques. No quiso Hernán Cortés seguir el alcance, por dar tiempo a sus soldados para que descansasen, y a los fugitivos para que se inclinasen a la paz, dejándose aconsejar de su escarmiento.

Quedó entonces Tabasco por los españoles: población grande y con todas las prevenciones de puesta en defensa, porque habían retirado sus familias y haciendas, y tenían hecha su provisión de bastimentos, con que faltó el pillaje a la codicia; pero se halló lo que pedía la necesidad. Quedaron heridos catorce o quince de nuestros soldados, y con ellos nuestro historiador Bernal Díaz del Castillo: sigámosle también en lo que dice de sí, pues no se puede negar que fue valiente soldado, y en el estilo de su historia se conoce que se explicaba mejor con la espada. Murieron de los indios considerable número, y no se averiguó el de sus heridos porque cuidaban mucho de retirarlos; teniendo a gran primor en su milicia que el enemigo no se alegrase de ver el daño que recibían.

Aquella noche se alojó nuestro ejército en tres adoratorios que estaban dentro de la misma plaza donde sucedió el último combate; y Hernán Cortés echó su ronda y distribuyó sus centinelas, tan cuidadoso y tan desvelado como si estuviera en la frente de un ejército enemigo y veterano: que nunca sobran en la guerra estas prevenciones, donde suelen nacer de la seguridad los mayores peligros, y sirve tanto el recelo como el valor de los capitanes.

Hallóse con el día la campaña desierta, y al parecer segura, porque en todo lo que alcanzaba la vista y oído, ni había señal, ni se percibía rumor del enemigo: reconociéronse, y se hallaron con la misma soledad de los bosques vecinos al cuartel; pero no se resolvió Hernán Cortés a desampararle, ni dejó de tener por sospechosa tanta quietud; entrando en mayor cuidado cuando supo que el intérprete Melchor, que vino de la isla de Cuba, se había escapado aquella misma noche, dejando pendientes de un árbol los vestidos de cristiano: cuyos informes podían hacer daño entre aquellos bárbaros, como se verificó después, siendo él quien los indujo a que prosiguiesen la guerra, dándoles a entender el corto número de nuestros soldados, y que no eran inmortales como creían, ni rayos las armas de fuego que manejaban; cuya aprensión los tenía en términos de rogar con la paz. Pero no tardó mucho en pagar su delito, pues aquellos mismos que tomaron las armas a su persuasión, hallándose vencidos segunda vez, se vengaron de su consejo, sacrificándole miserablemente a sus ídolos.

Resolvió Hernán Cortés en esta incertidumbre de indicios, que Pedro de Alvarado y Francisco de Lugo, cada uno con cien hombres, marchasen por dos sendas que se descubrían algo distantes a reconocer la tierra y que si hallasen gente de guerra, procurasen retirarse al cuartel, sin entrar en empeño superior a sus fuerzas. Ejecutóse luego esta resolución; y Francisco de Lugo, a poco más de una hora de marcha, dio en una emboscada de innumerables indios que le acometieron por todas partes, cargándole con tanta ferocidad, que se halló necesitado a formar de sus cien hombres un escuadroncillo pequeño con cuatro frentes, donde peleaban todos a un tiempo, y no había parte que no fuese vanguardia. Crecía el número de los enemigos y la fatiga de los españoles, cuando permitió Dios que Pedro de Alvarado, a quien iba apartando de su compañero la misma senda que seguía, encontrase con unos pantanos que le obligaron a torcer el camino, poniéndole este accidente en paraje donde pudo oír las respuestas de los arcabuces: con cuyo aviso aceleró la marcha, dejándose llevar del rumor de la batalla, y llegó a descubrir los escuadrones del enemigo a tiempo que los nuestros andaban forcejeando con la última necesidad. Acercóse cuanto pudo, amparado entre la maleza de un bosque, y avisando a Cortés de aquella novedad, con un indio de Cuba que venía en su compañía, puso en orden su gente, y cerró con el escuadrón de su banda tan determinadamente, que los indios, atemorizados del repentino asalto, le abrieron la entrada, huyendo a diversas partes, sin darle lugar para que los rompiese.

Respiraron con este socorro los soldados de Francisco de Lugo y luego que los capitanes tuvieron unida su gente y dobladas sus hileras, embistieron con otro escuadrón que cerraba el camino del cuartel, para ponerse en disposición de ejecutar la orden que tenían de retirarse.

Hallaron resistencia; pero últimamente se abrieron el paso con la espada, y empezaron su marcha, siempre combatidos y alguna vez atropellados. Peleaban los unos mientras los otros se mejoraban: y siempre que alargaban el paso para ganar algún pedazo de tierra, cargaba sobre todos el grueso de los enemigos, sin hallar a quien ofender cuando volvían el rostro; porque se retiraban con la misma velocidad que acometían, moviéndose a una parte y otra estas avenidas de gente, con aquel ímpetu al parecer que obedecen las olas del mar a la oposición de los vientos.

Tres cuartos de legua habrían caminado los españoles, teniendo siempre en ejercicio las armas y el cuidado, cuando se dejó ver a poca distancia Hernán Cortés, que con el aviso que tuvo de Pedro de Alvarado, venía marchando al socorro de estas dos compañías con todo el resto de la gente: y luego que le descubrieron los indios se detuvieron, dejando alejar a los que le perseguían, y estuvieron un rato a la vista, dando a entender que amenazaban o que no temían; aunque después se fueron deshaciendo en varias tropas, y dejaron a sus enemigos la campaña. Pero Hernán Cortés se volvió a su cuartel sin entrar en mayor empeño; porque instaba la necesidad de que curasen los que venían heridos, que fueron once de ambas compañías, de los cuales murieron dos; que en esta guerra era número de mayor sonido, y se ponderó entre todos como pérdida que hizo costosa la jornada.

 

 

 

Capítulo XIX

 

Pelean los españoles con un ejército poderoso de los indios de Tabasco y su comarca; descríbese su modo de guerrear y cómo quedó por Hernán Cortés la victoria

 

Hiciéronse en esta ocasión algunos prisioneros: y Hernán Cortés ordenó que Jerónimo de Aguilar los fuese examinando separadamente, para saber en qué fundaban su obstinación aquellos indios, y con qué fuerza se hallaban para mantenerla. Respondieron con alguna variedad de las circunstancias; pero concordaron en decir que estaban convocados todos los caciques de la comarca para asistir a los de Tabasco; y que el día siguiente había de juntar un ejército poderoso para acabar con los españoles, de cuya prevención era un pequeño trozo el que peleó con Francisco de Lugo y Pedro de Alvarado. Pusieron en algún cuidado a Hernán Cortés estas noticias; y sin dudar en lo que convenía, resolvió preguntarlo a sus capitanes, y obrar con su consejo lo que se había de ejecutar con sus manos. Propúsoles «la dificultad en que se hallaban, el corto número de su gente, y la prevención grande que tenían hecha los indios para deshacerlos», sin encubrirles circunstancia alguna de lo que decían los prisioneros. Y pasó después a considerar por otra parte «el empeño de sus armas, poniéndoles delante de su mismo valor la desnudez y flaqueza de sus contrarios, y la facilidad con que los habían vencido en Tabasco y en la desembarcación». Y sobre todo cargó la consideración «en la mala consecuencia de volver las espaldas a la amenaza de aquellos bárbaros, cuya jactancia podría llevar la voz a la misma tierra donde caminaban: siendo de tanto peso este descrédito, que en su modo de entender, o se debía dejar enteramente la empresa de Nueva España, o no pasar de allí sin que se consiguiese la paz o la sujeción de aquella provincia; pero que este dictamen suyo se quedaba en términos de proposición, porque su ánimo era ejecutar lo que tuviesen por mejor».

Bien sabían todos que no era afectada en él esta docilidad, porque se preciaba mucho de amigo del consejo, y de conocer el acierto aunque le hallase en opinión ajena: siendo ésta una de sus mejores propiedades, y bastante argumento de su prudencia; pues no sobresale tanto el entendimiento en la razón que forma como en la que reconoce. Votaron con esta seguridad, y concordaron todos en que ya no era practicable el salir de aquella tierra sin que sus habitadores quedasen reducidos o castigados; con que pasó Cortés a las prevenciones de su empresa. Hizo luego que se llevasen los heridos a los bajeles, que se sacasen a la tierra los caballos, y que se previniese la artillería, y estuviese todo a punto para la mañana siguiente, que fue día de la Anunciación de Nuestra Señora: memorable hasta hoy en aquella tierra por el suceso de esta batalla.

Luego que amaneció dispuso que oyese misa toda la gente: y encargando el gobierno de la infantería a Diego de Ordaz, montaron a caballo él y los demás capitanes, y empezaron su marcha al paso de la artillería, que caminaba con dificultad por ser la tierra pantanosa y quebrada. Fuéronse acercando al paraje donde, según las noticias de los prisioneros, se había de juntar la gente del enemigo; y no hallaron persona de quien poder informarse, hasta que llegando cerca de un lugar que llamaban Cinthla, poco menos de una legua del cuartel, descubrieron a larga distancia un ejército de indios tan numeroso y tan dilatado que no se le hallaba el término con lo que alcanzaba la vista.

Describiremos cómo venían, y su modo de guerrear, cuya noticia servirá para las demás ocasiones de esta conquista, por ser uno en casi todas las naciones de Nueva España el arte de la guerra. Eran arcos y flechas la mayor parte de sus armas: sujetaban el arco con nervios de animales, o correas torcidas de piel de venado; y en las flechas suplían la falta del hierro con puntas de hueso y espinas de pescados. Usaban también un género de dardos, que jugaban o despedían según la necesidad, y unas espadas largas, que esgrimían a dos manos, al modo que se manejan nuestros montantes, hechas de madera, en que ingerían, para formar el corte, agudos pedernales. Servíanse de algunas mazas de pesado golpe, con puntas de pedernal en los extremos, que encargaban a los más robustos: y había indios pedreros, que revolvían y disparaban sus hondas con igual pujanza que destreza. Las armas defensivas, de que usaban solamente los capitanes y personas de cuenta, eran colchados de algodón mal aplicados al pecho; petos y rodelas de tabla o conchas de tortuga, guarnecidas con láminas del metal que alcanzaban; y en algunos era el oro lo que en nosotros el hierro. Los demás venían desnudos, y todos afeados con varias tintas y colores, de que se pintaban el cuerpo y el rostro: gala militar de que usaban, creyendo que se hacían horribles a sus enemigos, y sirviéndose de la fealdad para la fiereza, como se cuenta de los arios de la Germania: por cuya costumbre, semejante a la de estos indios, dice Tácito, que son los ojos los primeros que se han de vencer en las batallas. Ceñían las cabezas con unas como coronas, hechas de diversas plumas levantadas en alto; persuadidos también a que el penacho los hacía mayores y daba cuerpo a sus ejércitos. Tenían sus instrumentos y toques de guerra, con que se entendían y animaban en las ocasiones: flautas de gruesas cañas, caracoles marítimos, y un género de cajas que labraban de troncos huecos y adelgazados por el cóncavo, hasta que respondiesen a la baqueta con el sonido: desapacible música, que debía de ajustarse con la desproporción de sus ánimos.

Formaban sus escuadrones amontonando más que distribuyendo la gente, y dejaban algunas tropas de retén que socorriesen a los que peligraban. Embestían con ferocidad, espantosos en el estruendo con que peleaban, porque daban grandes alaridos y voces para amedrentar al enemigo: costumbre que refieren algunos entre las barbaridades y rudezas de aquellos indios, sin reparar en que la tuvieron diferentes naciones de la antigüedad, y no la despreciaron los romanos, pues Julio César alaba los clamores de sus soldados, culpando el silencio en los de Pompeyo; y Catón el mayor solía decir que debía más victorias a las voces que a las espadas: creyendo unos y otros que se formaba el grito del soldado en el aliento del corazón. No disputamos sobre el acierto de esta costumbre; sólo decimos que no era tan bárbara en los indios que no tuviese algunos ejemplares. Componíanse aquellos ejércitos de la gente natural, y diferentes tropas auxiliares de las provincias comarcanas, que acudían a sus confederados, conducidas por sus caciques, o por algún indio principal de su parentela, y se dividían en compañías, cuyos capitanes guiaban; pero apenas gobernaban su gente, porque en llegando la ocasión mandaba la ira, y a veces el miedo: batallas de muchedumbre, donde se llegaba con igual ímpetu al acometimiento que a la fuga.

De este género era la milicia de los indios, y con este género de aparato se iba acercando poco a poco a nuestros españoles aquel ejército, o aquella inundación de gente, que venía al parecer, anegando la campaña. Reconoció Hernán Cortés la dificultad en que se hallaba, pero no desconfió del suceso, antes animó con alegre semblante a sus soldados, y poniéndolos al abrigo de una eminencia que les guardaba las espaldas, y la artillería en sitio que pudiese hacer operación, se emboscó con sus quince caballos, alargándose entre la maleza, para salir de través cuando lo dictase la ocasión. Llegó el ejército de los indios a distancia proporcionada, y dando primero la carga de sus flechas, embistieron con el escuadrón de los españoles tan impetuosamente y tan de tropel, que no bastando los arcabuces y las ballestas a detenerlos, se llegó brevemente a las espadas. Era grande el estrago que se hacía en ellos: y la artillería, como venían tan cerrados, derribaba tropas enteras; pero estaban tan obstinados y tan en sí, que en pasando la bala se volvían a cerrar, y encubrían a su modo el daño que padecían, levantando el grito, y arrojando al aire puñados de tierra, para que no se viesen los que caían, ni se pudiesen percibir sus lamentos.

Acudía Diego de Ordaz a todas partes, haciendo el oficio de capitán sin olvidar el de soldado, pero como eran, tantos los enemigos, no se hacía poco en resistir, y ya se empezaba a conocer la desigualdad de las fuerzas, cuando Hernán Cortés, que no pudo acudir antes al socorro de los suyos por haber dado en unas acequias, salió a la campaña, y embistió con todo aquel ejército, rompiendo por lo más denso de los escuadrones, y haciéndose tanto lugar con sus caballos, que los indios heridos y atropellados cuidaban sólo de apartarse de ellos, y arrojaban las armas para huir, tratándolas ya como impedimento de su ligereza.

Conoció Diego de Ordaz que había llegado el socorro que esperaba, por la flaqueza de la vanguardia enemiga, que empezó a remolinar con la turbación que tenían a las espaldas, y sin perder tiempo avanzó con su infantería, cargando a los que le oprimían con tanta resolución que los obligó a ceder, y fue ganando la tierra que perdían, hasta que llegó al paraje que tenían despejado Hernán Cortés y sus capitanes. Uniéronse todos para hacer el último esfuerzo, y fue necesario alargar el paso, porque los indios se iban retirando con diligencia, aunque caminaban haciendo cara, y no dejaban de pelear a lo largo con las armas arrojadizas: en cuya forma de apartarse, y excusar concertadamente el combate, perseveraron hasta que estrechándose el alcance, y viéndose otra vez acometidos, volvieron las espaldas, y se declaró en fuga la retirada.

Mandó Hernán Cortés que hiciese alto su gente, sin permitir que se ensangrentase más la victoria: sólo dispuso que se trajesen algunos prisioneros, porque pensaba servirse de ellos para volver a las pláticas de la paz, único fin de aquella guerra, que se miraba sólo como circunstancia del intento principal. Quedaron muertos en la campaña más de ochocientos indios, y fue grande el número de los heridos. De los muertos murieron dos soldados, y salieron heridos setenta.

Constaba el ejército enemigo de cuarenta mil hombres, según lo que hallamos escrito; que aunque bárbaros y desnudos, como ponderan algunos extranjeros, tenían manos para ofender, y cuando les faltase el valor, que es propio de los hombres, no les faltaría la ferocidad de que son capaces los brutos.

Fue la facción de Tabasco, diga lo que quisiere la envidia, verdaderamente digna de la demostración que se hizo después, edificando en memoria de ella y del día en que sucedió, un templo con la advocación de nuestra Señora de la Victoria, y dando el mismo nombre a la primera villa que se pobló de españoles en esta provincia. Débese atribuir al valor de los soldados la mayor parte del suceso, pues suplieron la desigualdad del número con la constancia y con la resolución; aunque tuvieron de su parte la ventaja de pelear bien ordenados contra un ejército sin disciplina. Hizo Hernán Cortés posible la victoria rompiendo con sus caballos la batalla del ejército enemigo: acción en que lucieron igualmente las manos y el consejo del capitán, siendo tanto el discurrirlo antes, como el ejecutarlo después; y no se puede negar que tuvieron su parte los mismos caballos, cuya novedad atemorizó totalmente a los indios, porque no los habían visto hasta entonces, y aprendieron con el primer asombro que eran monstruos feroces, compuestos de hombre y bruto, al modo que, con menor disculpa, creyó la otra gentilidad sus centauros.

Algunos escriben que anduvo en esta batalla el apóstol Santiago peleando en un caballo blanco por sus españoles, y añaden que Hernán Cortés, fiado en su devoción, aplicaba este socorro al apóstol San Pedro, pero Bernal Díaz del Castillo niega con aseveración este milagro, diciendo que ni le vio, ni oyó hablar en él a sus compañeros. Exceso es de la piedad el atribuir al cielo estas cosas que suceden contra la esperanza o fuera de la opinión: a que confesamos poca inclinación, y que en cualquier acontecimiento extraordinario dejamos voluntariamente su primera instancia a las causas naturales; pero es cierto que los que leyeren la historia de las Indias, hallarán muchas verdades que parecen encarecimientos, y muchos sucesos que para hacerse creíbles fue necesario tenerlos por milagrosos.

 

 

 

Capítulo XX

 

Efectúase la paz con el cacique de Tabasco, y celebrándose en esta provincia la festividad del Domingo de Ramos, se vuelven a embarcar los españoles para continuar su viaje

 

El día siguiente mandó Hernán Cortés que se trajesen a su presencia los prisioneros, entre los cuales había dos o tres capitanes. Venían temerosos, creyendo hallar en el vencedor la misma crueldad que usaban ellos con sus rendidos; pero Hernán Cortés los recibió con grande benignidad, y animándoles con el semblante y con los brazos, los puso en libertad, dándoles algunas bujerías, y diciéndoles solamente: «que él sabía vencer, y sabría perdonar».

Pudo tanto esta piadosa demostración, que dentro de pocas horas vinieron al cuartel algunos indios cargados de maíz, gallinas y otros bastimentos, para facilitar con este regalo la paz, que venían a proponer de parte del cacique principal de Tabasco. Era gente vulgar y deslucida la que traía esta embajada; reparo que hizo Jerónimo de Aguilar, por ser estilo de aquella tierra el enviar a semejantes funciones indios principales con el mejor adorno de sus galas. Y aunque Hernán Cortés deseaba la paz, no quiso admitirla sin que viniese la proposición como debía; antes mandó que los despidiesen, y sin dejarse ver respondió al cacique por medio del intérprete: «que si deseaba su amistad, enviase personas de más razón y más decentes a solicitarla». Siendo de opinión, que no se debía dispensar en estas exterioridades de que se compone la autoridad, ni sufrir inadvertencias en el respeto del que viene a rogar, porque en este género de negocios suele andar el modo muy cerca de la sustancia.

Enmendó el cacique su falta de reparo, enviando el día después treinta indios de mayor porte, con aquellos adornos de plumas y pendientes, a que se reducía toda su ostentación. Traían éstos su acompañamiento de indios cargados con otro regalo del mismo género, pero más abundante. Admitiólos Hernán Cortés a su presencia asistido de todos sus capitanes, afectando alguna gravedad y entereza, porque le pareció conveniente suspender en aquel acto su agrado natural. Llegaron con grandes sumisiones; y hecha la ceremonia de incensarle con unos braserillos en que se administraba el humo del anime copal y otros perfumes, obsequio de que usaban en las ocasiones de su mayor veneración, propusieron su embajada, que empezó en disculpas frívolas de la guerra pasada, y paró en pedir rendidamente la paz. Respondió Hernán Cortés ponderando su irritación, para que se hiciese más estimable lo que concedía a vista de las ofensas que olvidaba; y últimamente se asentó la paz con grande aplauso de los embajadores, que se retiraron muy contentos, y fácilmente enriquecidos con aquellas preseas baladíes de que hacían tanta estimación.

Vino después el cacique a visitar a Cortés con todo el séquito de sus capitanes y aliados, y con un presente de ropas de algodón, plumas de varios colores, y algunas piezas de oro bajo de más artificio que valor. Manifestó luego su regalo como quien obligaba para ser admitido, y ponía la liberalidad al principio del rendimiento. Agasajóle mucho Hernán Cortés; y la visita fue toda cumplimientos y seguridades de la nueva amistad, dadas y recibidas por medio del intérprete con igual correspondencia. Hacían el mismo agasajo los capitanes españoles a los indios principales del acompañamiento; y andaba entre unos y otros la paz alegrando los semblantes, y supliendo con los brazos los defectos de la lengua.

Despidióse el cacique, dejando aplazada sesión para otro día; y dio a entender su confianza y sinceridad con mandar a sus vasallos que volviesen luego a poblar el lugar de Tabasco y llevasen consigo sus familias para que asistiesen al servicio de los españoles.

El día siguiente volvió al cuartel con el mismo acompañamiento y con veinte indias bien adornadas a la usanza de su tierra, las cuales dijo traía de presente a Cortés para que en viaje cuidasen de su regalo y el de sus compañeros, por ser diestras en acomodar al apetito la variedad de sus manjares, y en hacer el pan de maíz, cuya fábrica era desde su principio ministerio de mujeres.

Molían éstas el grano entre dos piedras, al modo de las que nos dio a conocer el uso del chocolate, y hecho harina lo reducían a masa, sin necesitar de levadura, y lo tendían o amoldaban sobre unos instrumentos como torteras de barro, de que se valían para darle en el fuego la última sazón: siendo éste el pan, de cuya abundancia proveyó Dios aquel nuevo mundo para suplir la falta del trigo, y un género de mantenimiento agradable al paladar sin ofensa del estómago. Venía con estas mujeres una india principal de buen talle y más que ordinaria hermosura, que recibió después con el bautismo el nombre de Marina, y fue tan necesaria en la conquista como veremos en su lugar.

Apartóse Hernán Cortés con el cacique y con los principales de su séquito, y les hizo un razonamiento con la voz de su intérprete, dándoles a entender: «como era vasallo y ministro de un poderoso monarca, y que su intento era hacerlos felices poniéndolos en la obediencia de su príncipe; reducirlos a la verdadera religión, y destruir los errores de su idolatría». Esforzó estas dos proposiciones con su natural elocuencia y con su autoridad, de modo que los indios quedaron persuadidos, o por lo menos inclinados a la razón. Su respuesta fue: «que tendrían a gran conveniencia suya el obedecer a un monarca, cuyo poder y grandeza se dejaba conocer en el valor de tales vasallos». Pero en el punto de la religión anduvieron más detenidos.

Hacíales fuerza el ver deshecho su ejército por tan pocos españoles, para dudar si estaban asistidos de algún Dios superior a los suyos; pero no se resolvían a confesarlo, ni en admitir entonces la duda hicieron poco por la verdad.

Instaban los pilotos en que se abreviase la partida, porque según sus observaciones, se aventuraba la armada en la detención. Y aunque Hernán Cortés sentía el apartarse de aquella gente hasta dejarla mejor instruida, se halló obligado a tratar del viaje. Y por venir cerca el Domingo de Ramos, señaló este día para la embarcación, disponiendo que se celebrase primero su festividad, según el rito de la Iglesia, observantísimo siempre en estas piedades religiosas; para cuyo efecto se fabricó un altar en el campo, y se cubrió de una enramada en forma de capilla, rústico, pero decente edificio, que tuvo la felicidad de segundo templo en Nueva España, y al mismo tiempo se iban embarcando bastimentos y caminando en las demás prevenciones del viaje. Ayudaban a todo los indios con oficiosa actividad, y el cacique asistía a Cortés con sus capitanes, durando todos en su veneración y convidando siempre con su obediencia, de cuya ocasión se valieron algunas veces el padre fray Bartolomé de Olmedo y el licenciado Juan Díaz para intentar reducirlos al camino de la verdad, prosiguiendo los buenos principios que dio Cortés a esta plática, y aprovechándose de los deseos de acertar que manifestaron en su respuesta: pero sólo encontraban en ellos una docilidad de rendidos, más inclinada a recibir otro Dios, que a dejar alguno de los suyos. Oían con agrado, y deseaban al parecer hacerse capaces de lo que oían, pero apenas se hallaba la razón admitida de la voluntad, cuando volvía arrojada del entendimiento. Lo más que pudieron conseguir entonces los dos sacerdotes fue dejarlos bien dispuestos, y conocer que pedía más tiempo la obra de habilitar su rudeza, para entenderse mejor con su ceguedad.

El domingo por la mañana acudieron innumerables indios de toda aquella comarca a ver la fiesta de los cristianos, y hecha la bendición de los ramos con la solemnidad que se acostumbra, se distribuyeron entre los soldados, y se ordenó la procesión, a que asistieron todos con igual modestia y devoción: digno espectáculo de mejor concurso, y que tendría algo de mayor realce a vista de aquella infidelidad, como sobresale o resalta la luz en la oposición de las sombras, pero no dejó de influir algún género de edificación en los mismos infieles, pues decían a voces, según lo refirió después Aguilar: «gran Dios debe ser éste a quien se rinden tanto unos hombres tan valerosos». Erraban el motivo, y sentían la verdad.

Acabada la misa, se despidió Cortés del cacique y de todos los indios principales, y volviendo a renovar la paz con mayores ofertas y demostraciones de amistad, ejecutó su embarcación, dejando aquella gente, en cuanto al rey, más obediente que sujeta, y en cuanto a la religión, con aquella parte de salud, que consiste en desear o no resistir el remedio.

 

 

 

Capítulo XXI

 

Prosigue Hernán Cortés su viaje; llegan los bajeles a San Juan de Ulúa; salta la gente en tierra y reciben embajada de los gobernadores de Motezuma; dase noticia de quién era doña Marina

 

El lunes siguiente al Domingo de Ramos se hicieron a la vela nuestros españoles, y siguiendo la costa con las proas al Poniente, dieron vista a la provincia de Guazacoalco, y reconocieron, sin detenerse en el río de Banderas, la isla de Sacrificios y los demás parajes que descubrió y desamparó Juan de Grijalva, cuyos sucesos iban refiriendo con presunción de noticiosos los soldados que le acompañaron; y Cortés aprendiendo en la infelicidad de aquella jornada lo que debía enmendar en la suya, con aquel género de prudencia que se aprovecha del error ajeno. Llegaron finalmente a San Juan de Ulúa el Jueves Santo a mediodía, y apenas aferraron las naves entre la isla y la tierra buscando el resguardo de los nortes, cuando vieron salir de la costa más vecina dos canoas grandes que en aquella se llamaban piraguas, y en ellas algunos indios que se fueron acercando con poco recelo a la armada, y daban a entender con esta seguridad y con algunos ademanes, que venían de paz y con necesidad de ser oídos.

Puestos a poca distancia de la capitana empezaron a hablar en otro idioma diferente, que no entendió Jerónimo de Aguilar; y fue grande la confusión en que se halló Hernán Cortés, sintiendo como estorbo capital de sus intentos el hallarse sin intérprete cuando más le había menester; pero no tardó el cielo en socorrer esta necesidad (grande artífice de traer como casuales las obras de su providencia). Hallábase cerca de los dos aquella india que llamaremos ya doña Marina, y conociendo en los semblantes de entrambos lo que discurrían o lo que ignoraban, dijo en lengua de Yucatán a Jerónimo de Aguilar, que aquellos indios hablaban la mejicana, y pedían audiencia al capitán de parte del gobernador de aquella provincia. Mandó con esta noticia Hernán Cortés que subiesen a su navío, y cobrándose del cuidado que venía de su mano la felicidad de hallarse ya con instrumento, tan fuera de su esperanza, para darse a entender en aquella tierra tan deseada.

Era doña Marina, según Bernal Díaz del Castillo, hija de un cacique de Guazacoalco, una de las provincias sujetas al rey de Méjico, que partía sus términos con la de Tabasco, y por ciertos accidentes de su fortuna, que refieren con variedad los autores, fue transportada en sus primeros años a Xicalango, plaza fuerte que se conservaba entonces en los confines de Yucatán, con presidio mejicano. Aquí se crió pobremente, desmentida en paños vulgares su nobleza, hasta que declinando más su fortuna vino a ser, por venta o por despojo de guerra, esclava del cacique de Tabasco, cuya liberalidad la puso en el dominio de Cortés. Hablábase en Guazacoalco y en Xicalango el idioma general de Méjico, y en Tabasco el de Yucatán, que sabía Jerónimo de Aguilar, con que se hallaba doña Marina capaz de ambas lenguas, y decía a los indios en la mejicana lo que Aguilar a ella en la de Yucatán, durando Hernán Cortés en este rodeo de hablar con dos intérpretes hasta que doña Marina aprendió la castellana, en que tardó pocos días, porque tenía rara viveza de espíritu y algunos dotes naturales que acordaban la calidad de su nacimiento. Antonio de Herrera dice que fue natural de Xalisco, trayéndola desde muy lejos a Tabasco, pues está Xalisco sobre el otro mar, en lo último de la Nueva Galicia. Pudo hallarlo así en Francisco López de Gómara, pero no sabemos por qué se aparta en esto y en otras noticias más sustanciales de Bernal Díaz del Castillo, cuya obra manuscrita tuvo a la mano, pues le sigue y le cita en muchas partes de su historia. Fue siempre doña Marina fidelísima intérprete de Hernán Cortés, y él la estrechó en esta confidencia por términos menos decentes que debiera, pues tuvo en ella un hijo que se llamó don Martín Cortés, y se puso el hábito de Santiago, calificando la nobleza de su madre: reprensible medio de asegurarla en su fidelidad, que dicen algunos tuvo parte de política; pero nosotros creeríamos antes que fue desacierto de una pasión mal corregida, y que no es nuevo en el mundo el llamarse razón de estado la flaqueza de la razón.

Lo que dijeron aquellos indios cuando llegaron a la presencia de Cortés fue: «que Pilpatoe y Teutile, gobernador el uno, y el otro capitán general de aquella provincia por el grande emperador Motezuma, los enviaban a saber del capitán de aquella con qué intento había surgido en sus costas, y a ofrecerle el socorro y la asistencia de que necesitase para continuar su viaje». Hernán Cortés los agasajó mucho, dioles algunas bujerías, hizo que los regalasen con manjares y vino de Castilla; y teniéndolos antes obligados que atentos les respondió: «que su venida era tratar, sin género de hostilidad, materias muy importantes a su príncipe y a toda su monarquía, para cuyo efecto se vería con sus gobernadores, y esperaba hallar en ellos la buena acogida que el año antes experimentaron los de su nación». Y tomando algunas noticias por mayor de la grandeza de Motezuma, de sus riquezas y forma de gobierno, los despidió contentos y asegurados.

El día siguiente, Viernes Santo, por la mañana, desembarcaron todos en la playa más vecina, y mandó Cortés que se sacasen a tierra los caballos y la artillería, y que los soldados repartidos en tropas hiciesen fajina sin descuidarse con las avenidas, y fabricasen número suficiente de barracas en que defenderse del sol, que ardía con bastante fuerza. Plantóse la artillería en parte que mandase la campaña, y tardaron poco en hallarse todos debajo de cubierto, porque acudieron al trabajo muchos indios que envió Teutile con bastimentos y orden para que ayudasen en aquella obra; los cuales fueron de grande alivio, porque traían sus instrumentos de pedernal con que cortaban las estacas y fijándolas en tierra, entretejían con ellas ramos y hojas de palma, formando las paredes y el techo con presteza y facilidad: maestros en este género de arquitectura que usaban en muchas partes para sus habitaciones, y menos bárbaros en medir sus edificios con la necesidad de la naturaleza que los que fabrican grandes palacios para que viva estrechamente su vanidad. Traían también algunas mantas de algodón que acomodaron sobre las barracas principales para que estuviesen más defendidas del sol; y en la mejor de ellas ordenó Hernán Cortés que se levantase un altar, sobre cuyos adornos se colocó una imagen de nuestra Señora, y se puso una cruz grande a la entrada: prevención para celebrar la Pascua, y primera atención de Cortés en que andaba siempre su cuidado compitiendo con el de los sacerdotes. Bernal Díaz del Castillo asienta que se dijo misa en este mismo altar el mismo día de la desembarcación, no creemos que el padre fray Bartolomé de Olmedo y el licenciado Juan Díaz ignorasen que no se podía decir en Viernes Santo. Fíase muchas veces de su memoria con sobrada celeridad; pero más se debe extrañar que le siga, o casi le traslade en esto Antonio de Herrera: sería en ambos inadvertencia, cuyo reparo nos obliga menos a la corrección ajena que a temer, para nuestra enseñanza, las facilidades de la pluma.

Súpose de aquellos indios que el general Teutile se hallaba con número considerable de gente militar, y andaba introduciendo con las armas el dominio de Motezuma en unos lugares recién conquistados de aquel paraje, cuyo gobierno político estaba a cargo de Pilpatoe; y la demostración de enviar bastimentos, y aquellos paisanos que ayudasen en la obra de las barracas tuvo, según lo que se pudo colegir, algo de artificio, porque se hallaban asombrados y recelosos de haber entendido el suceso de Tabasco, cuya noticia se había divulgado ya por todo el contorno, y considerándose con menores fuerzas, se valieron de aquellos presentes y socorros para obligar a los que no podían resistir: diligencias del temor que suele hacer liberales a los que no se atreven a ser enemigos.

Libro II

 

 

 

Capítulo I

 

Vienen el general Teutile y el gobernador Pilpatoe a visitar a Cortés en nombre de Motezuma. Dase cuenta de lo que pasó con ellos y con los pintores que andaban dibujando el ejército de los españoles

 

Pasáronse aquella noche y el día siguiente con más sosiego que descuido, acudiendo siempre algunos indios al trabajo del alojamiento, y a traer víveres a trueco de bujerías, sin que hubiese novedad, hasta que el primer día de la Pascua por la mañana vinieron Teutile y Pilpatoe con grande acompañamiento a visitar a Cortés, que los recibió con igual aparato, adornándose del respeto de sus capitanes y soldados, porque le pareció conveniente crecer en la autoridad para tratar con ministros de mayor príncipe. Pasadas las primeras cortesías y cumplimientos, en que cedieron los indios, y Cortés procuró templar la severidad con el agrado, los llevó consigo a la barraca mayor, que tenía veces de templo, por ser ya hora de los divinos oficios, haciendo que Aguilar y doña Marina les dijesen, que antes de proponerles el fin de su jornada quería cumplir con su religión, y encomendar al Dios de sus dioses el acierto de su proposición.

Celebróse luego la misa con toda la solemnidad que fue posible; cantóla fray Bartolomé de Olmedo, y la oficiaron el licenciado Juan Díaz, Jerónimo de Aguilar y algunos soldados que entendían el canto de la iglesia; asistiendo a todos aquellos indios con un género de asombro que, siendo efecto de la novedad, imitaba la devoción. Volvieron luego a la barraca de Cortés y comieron con él los dos gobernadores, poniéndose igual cuidado en el regalo y en la ostentación.

Acabado el banquete llamó Hernán Cortés a sus intérpretes, y no sin alguna entereza dijo: «Que su venida era tratar con el emperador Motezuma de parte de don Carlos de Austria, monarca del Oriente, materias de gran consideración, convenientes no sólo a su persona y estados, sino al bien de todos sus vasallos, para cuya introducción necesitaba de llegar a su real presencia, y esperaba ser admitido a ella con toda la benignidad y atención que se debía a la misma grandeza del rey que le enviaba.» Torcieron el semblante ambos gobernadores a esta proposición, oyéndola al parecer con desagrado, y antes de responder a ella mandó Teutile que trajesen a la barraca un regalo que tenía prevenido, y fueron entrando en ella hasta veinte o treinta indios cargados de bastimentos, ropas sutiles de algodón, plumas de varios colores, y una caja grande en que venían diferentes piezas de oro primorosamente labradas. Hizo su presente con despejo y urbanidad, y después de verle admitido y celebrado, se volvió a Cortés, y por medio de los mismos intérpretes le dijo: «que recibiese aquella pequeña demostración con que le agasajaban dos esclavos de Motezuma, que tenía orden para regalar a los extranjeros que llegasen a sus costas, pero que tratasen luego de proseguir su viaje, llevando entendido que el hablar a su príncipe era negocio muy arduo, y que no andaban menos liberales en darle de presente aquel desengaño, antes que experimentase la dificultad de su pretensión».

Replicóle Cortés con algún enfado: «que los reyes nunca negaban los oídos a las embajadas de otros reyes, ni sus ministros podían, sin consulta suya, tomar sobre sí tan atrevida resolución: que lo que en este caso les tocaba era avisar a Motezuma de su venida, para cuya diligencia les daría tiempo; pero que le avisasen también de que venía resuelto a verle, y con ánimo determinado de no salir de su tierra llevando desairada la representación de su rey». Puso en tanto cuidado a los indios esta animosa determinación de Cortés, que no se atrevieron a replicarle, antes le pidieron encarecidamente que no se moviese de aquel alojamiento hasta que llegase la respuesta de Motezuma, ofreciendo asistirle con todo lo que hubiese menester para el sustento de sus soldados.

Andaban a este tiempo algunos pintores mejicanos, que vinieron entre el acompañamiento de los dos gobernadores, copiando con gran diligencia sobre lienzos de algodón, que traían prevenidos y emprimados para este ministerio, las naves, los soldados, las armas, la artillería y los caballos, con todo lo demás que se hacía reparable a sus ojos, de cuya variedad de objeto formaban diferentes países de no despreciable dibujo y colorido.

Nuestro Bernal Díaz se alarga demasiado en la habilidad de estos pintores, pues dice que retrataron a todos los capitanes, y que iban muy parecidos los retratos. Pase por encarecimiento menos parecido a la verdad; porque dado que poseyesen con fundamento el arte de la pintura, tuvieron poco tiempo para detenerse a las prolijidades o primores de la imitación.

Hacíanse estas pinturas de orden de Teutile para avisar con ellas a Motezuma de aquella novedad, y a fin de facilitar su inteligencia iban poniendo a trechos algunos caracteres, con que al parecer explicaban y daban significación a lo pintado. Era éste su modo de escribir, porque no alcanzaron el uso de las letras, ni supieron fingir aquellas señales o elementos que inventaron otras naciones para retratar las sílabas y hacer visibles las palabras, pero se daban a entender con los pinceles, significando las cosas materiales con sus propias imágenes, y lo demás con números y señales significativas; en tal disposición, que el número, la letra y la figura formaban concepto, y daban entera la razón: primoroso artificio, de que se infiere su capacidad semejante a los jeroglíficos que practicaron los egipcios, siendo en ellos ostentación del ingenio lo que en estos indios estilo familiar, de que usaron con tanta destreza y felicidad los mejicanos, que tenían libros enteros de este género de caracteres y figuras legibles, en que conservaban la memoria de sus antigüedades, y daban a la posteridad los anales de sus reyes.

Llegó a noticia de Cortés la obra en que se ocupaban estos pintores, y salió a verlos no sin alguna admiración de su habilidad, pero advertido de que se iba dibujando en aquellos lienzos la consulta que Teutile formaba para que supiese Motezuma su proposición y las fuerzas con que se hallaba para mantenerla, reparó con la viveza de su ingenio, en que estaban con poca acción y movimiento aquellas imágenes mudas para que se entendiese por ellas el valor de sus soldados, y así resolvió ponerlos en ejercicio para dar mayor actividad o representación a la pintura.

Mandó con este fin que se tomasen las armas; puso en escuadrón toda su gente, hizo que se previniese la artillería, y diciendo a Teutile y a Pilpatoe que los quería festejar a la usanza de su tierra, montó a caballo con sus capitanes. Corriéronse primero algunas parejas, y después se formó una escaramuza con sus ademanes de guerra; en cuya novedad estuvieron los indios como embelesados y fuera de sí, porque reparando en la ferocidad obediente de aquellos brutos, pasaban a considerar algo más que natural en los hombres que los manejaban. Respondieron luego a una seña de Cortés los arcabuces, y poco después la artillería; creciendo al paso que se repetía y se aumentaba el estruendo, la turbación y el asombro de aquella gente, con tan varios efectos que unos se dejaron caer en tierra, otros empezaron a huir, y los más advertidos afectaban la admiración para disimular el miedo.

Asegurólos Hernán Cortés, dándoles a entender que entre los españoles eran así las fiestas militares, como quien deseaba hacer formidables las veras con el horror de los entretenimientos, y se reconoció luego que los pintores andaban inventando nuevas efigies y caracteres con que suplir lo que faltaba en sus lienzos. Dibujaban unos la gente armada y puesta en escuadrón; otros los caballos en su ejercicio y movimiento; figuraban con la llama y el humo el oficio de la artillería, y pintaban hasta el estruendo con la semejanza del rayo, sin omitir alguna de aquellas circunstancias espantosas que hablaban más derechamente con el cuidado de su rey.

Entretanto Cortés se volvió a su barraca con los gobernadores, y después de agasajarlos con algunas joyuelas de Castilla, dispuso un presente de varias preseas que remitiesen de su parte a Motezuma; para cuyo regalo se escogieron diferentes curiosidades del vidrio menos baladí o más resplandeciente, a que se añadió una camisa de Holanda, una gorra de terciopelo carmesí, adornada con una medalla de oro en que estaba la imagen de San Jorge, y una silla labrada de taracea, en que debieron de hacer tanto reparo los indios que se tuvo por alhaja de emperador. Con esta corta demostración de su liberalidad, que entre aquella gente pareció magnificencia, suavizó Hernán Cortés la dureza de su pretensión y despidió a los dos gobernadores igualmente agradecidos y cuidadosos.

 

 

 

Capítulo II

 

Vuelve la respuesta de Motezuma con un presente de mucha riqueza; pero negada la licencia que se pedía para ir a Méjico

 

Hicieron alto los indios a poca distancia del cuartel, y entraron al parecer en consulta sobre lo que debían obrar; porque resultó de esta detención el quedarse Pilpatoe a la mira de lo que obraban los españoles, para cuyo efecto, determinado el sitio, se formaron diferentes barracas, y en breves horas amaneció fundado un lugar en la campaña de considerable población. Prevínose luego Pilpatoe contra el reparo que podía causar esta novedad, avisando a Hernán Cortés que se quedaba en aquel paraje para cuidar de su regalo, y asistir mejor a las provisiones de su ejército; y aunque se conoció el artificio de este mensaje, porque su fin principal era estar a la vista del ejército y velar sobre sus movimientos, se les dejó el uso de su disimulación, sacando fruto del mismo pretexto, porque acudían con todo lo necesario, y los traía más puntuales y cuidadosos el recelo de que se llegase a entender su desconfianza.

Teutile pasó al lugar de su alojamiento, y despachó a Motezuma el aviso de lo que pasaba en aquella costa, remitiéndole con toda diligencia los lienzos que se pintaron de su orden y el regalo de Cortés. Tenían para este efecto los reyes de Méjico grande prevención de correos distribuidos por todos los caminos principales del reino, a cuyo ministerio aplicaban los indios más veloces, y los criaban cuidadosamente desde niños, señalando premios del erario público a favor de los que llegasen primero al sitio destinado; y el padre José de Acosta, fiel observador de las costumbres de aquella gente, dice que la escuela principal donde se agilitaban estos indios corredores, era el primer adoratorio de Méjico, donde estaba el ídolo sobre ciento veinte gradas de piedra, y ganaban el premio los que llegaban primero a sus pies. Notable ejercicio para enseñado en el templo; y sería ésta la menor indecencia de aquella miserable palestra. Mudábanse estos correos de lugar en lugar, como los caballos de nuestras postas, y hacían mayor diligencia, porque se iban sucediendo unos a otros antes de fatigarse: con que duraba sin cesar el primer ímpetu de la carrera.

En la historia general hallamos referido que llevó sus despachos y pinturas el mismo Teutile, y que volvió en siete días con la respuesta: sobrada ligereza para un general. No parece verosímil, habiendo sesenta leguas por el camino más breve desde Méjico a San Juan de Ulúa; ni se puede creer fácilmente que viniese a esta función el embajador mejicano, que nuestro Bernal Díaz llama Quintalbor, o los cien indios nobles con que le acompaña el rector de Villahermosa, pero esto hace poco en la sustancia. La respuesta llegó en siete días, número en que concuerdan todos, y Teutile vino con ella al cuartel de los españoles. Traía delante de sí un presente de Motezuma, que ocupaba los hombros de cien indios de carga; y antes de dar su embajada, hizo que se tendiesen sobre la tierra unas esteras de palma, que llamaban petates, y que sobre ellas se fuesen acomodando y poniendo, como en aparador, las alhajas de que se componía el presente.

Venían diferentes ropas de algodón tan delgadas y bien tejidas, que necesitaban del tacto para diferenciarse de la seda; cantidad de penachos, y otras curiosidades de pluma, cuya hermosa y natural variedad de colores, buscados en las aves exquisitas que produce aquella tierra, sobreponían y mezclaban con admirable prolijidad, distribuyendo los matices, y sirviéndose del claro y oscuro tan acertadamente, que sin necesitar de los colores artificiales ni valerse del pincel, llegaban a formar pintura, y se atrevían a la imitación del natural. Sacaron después muchas armas, arcos, flechas y rodelas de maderas extraordinarias. Dos láminas muy grandes de hechura circular, la una de oro, que mostraba entre sus relieves la imagen del Sol, y la otra de plata, en que venía figurada la Luna, y últimamente cantidad considerable de joyas y piezas de oro con alguna pedrería, collares, sortijas, y pendientes a su modo, y otros adornos de mayor peso en figuras de aves y animales, tan primorosamente labrados, que a vista del precio se dejaba reparar el artificio.

Luego que Teutile tuvo a la vista de los españoles toda esta riqueza, se volvió a Cortés, y haciendo seña a los intérpretes, le dijo: «que el grande emperador Motezuma le enviaba aquellas alhajas en agradecimiento de su regalo, y en fe de lo que estimaba la amistad de su rey, pero que no tenía por conveniente, ni entonces era posible según el estado presente de sus cosas, el conceder su beneplácito a la permisión que pedía para pasar a su corte». Cuya repulsa procuró Teutile honestar, fingiendo asperezas en el camino, indios indómitos, que tomarían las armas para embarazar el paso, y otras dificultades que traían muy descubierta la intención, y daban a entender con algún misterio, que había razón particular, y era ésta la que veremos después, para que Motezuma no se dejase ver de los españoles.

Agradeció Cortés el presente con palabras de toda veneración, y respondió a Teutile: «que no era su intento faltar a la obediencia de Motezuma, pero que tampoco le sería posible retroceder contra el decoro de su rey, ni dejar de persistir en su demanda con todo el empeño a que obligaba la reputación de una corona venerada y atendida entre los mayores príncipes de la Tierra». Discurriendo en este punto con tanta viveza y resolución, que los indios no se atrevieron a replicarle, antes le ofrecieron hacer segunda instancia a Motezuma: y él los despidió con otro regalo como el primero, dándoles a entender que esperaría sin moverse de aquel lugar la respuesta de su rey, pero que sentiría mucho que tardase, y hallarse obligado a solicitarla desde más cerca.

Admiró a todos los españoles el presente de Motezuma, pero no todos hicieron igual concepto de aquellas opulencias; antes discurrían con variedad, y porfiaban entre sí, no sin presunción de lo que discurrían. Unos entraban en esperanzas de mejor fortuna, prometiéndose grandes progresos de tan favorables principios; otros ponderaban la grandeza del presente, para colegir de ella el poder de Motezuma, y pasar con el discurso a la dificultad de la empresa; muchos acusaban absolutamente como temeridad el intentar con tan poca gente obra tan grande, y los más defendían el valor y la constancia de su capitán, dando por hecha la conquista, y entendiendo cada uno aquella prosperidad, según el afecto que predominaba en su ánimo: porfías y corrillos de soldados, donde se conoce mejor que en otras partes lo que puede el corazón con el entendimiento. Pero Hernán Cortés los dejaba discurrir sin manifestar su dictamen, hasta aconsejarse con el tiempo, y para no tener ociosa la gente, que es el mejor camino de tenerla menos discursiva, ordenó que saliesen dos bajeles a reconocer la costa y a buscar algún puerto o ensenada de mejor abrigo para la armada, que en aquel paraje estaba con poco resguardo contra los vientos septentrionales, y algún pedazo de tierra menos estéril donde acomodar el alojamiento, entretanto que llegase la respuesta de Motezuma, tomando pretexto de lo que padecía la gente en aquellos arenales, donde hería y reverberaba el sol con doblada fuerza, y había otra persecución de mosquitos que hacían menos tolerables las horas del descanso. Nombró por cabo de esta jornada al capitán Francisco de Montejo, y eligió los soldados que le habían de acompañar, entresacando los que se inclinaban menos a su opinión. Ordenóle que se alargase cuanto pudiese por el mismo rumbo que llevó el año antes en compañía de Grijalva, y que trajese observadas las poblaciones que se descubriesen desde la costa, sin salir a reconocerlas, señalándole diez días de término para la vuelta, por cuyo medio dispuso lo que parecía conveniente: dio que hacer a los inquietos, y entretuvo a los demás con la esperanza del alivio, quedando cuidadoso y desvelado entre la grandeza del intento y la cortedad de los medios, pero resuelto a mantenerse hasta ver todo el fondo a la dificultad, y tan dueño de sí, que desmentía la batalla interior con el sosiego y alegría del semblante.

 

 

 

Capítulo III

 

Dase cuenta de lo mal que se recibió en Méjico la porfía de Cortés, de quién era Motezuma, la grandeza de su imperio, y el estado en que se hallaba su monarquía cuando llegaron los españoles

 

Causó grande turbación en Méjico la segunda instancia de Cortés. Enojóse Motezuma, y propuso con el primer ímpetu acabar de una vez con aquellos extranjeros que se atrevían a porfiar contra su resolución; pero entrando después en mayor consideración, se cayó de ánimo, y ocupó el lugar de la ira la tristeza y la confusión. Llamó luego a sus ministros y parientes; hiciéronse misteriosas juntas; acudióse a los templos con públicos sacrificios; y el pueblo empezó a desconsolarse de ver tan cuidadoso a su rey, y tan asustados a los que tenían por su cuenta el gobierno: de que resultó el hablarse con poca reserva en la ruina de aquel imperio, y en las señales y presagios de que estaba según sus tradiciones amenazado. Pero ya parece necesario que averigüemos quién era Motezuma; qué estado tenía en esta sazón su monarquía; y por qué razón se asustaron tanto él y sus vasallos con la venida de los españoles.

Hallábase entonces en su mayor aumento el imperio de Méjico, cuyo dominio reconocían casi todas las provincias y regiones que se habían descubierto en la América septentrional, gobernadas entonces por él y por otros régulos o caciques tributarios suyos. Corría su longitud de Oriente a Poniente más de quinientas leguas; y su latitud de Norte a Sur llegaba por algunas partes a doscientas: tierra poblada, rica y abundante. Por el Oriente partía sus límites con el mar Atlántico, que hoy se llama del Norte, y discurría sobre sus aguas aquel largo espacio que hay desde Panuco a Yucatán. Por el Occidente tocaba con el otro mar, registrando el Océano Asiático, o sea el golfo de Anián, desde el cabo de Mendocino hasta los extremos de la Nueva Galicia. Por la parte del Mediodía se dilataba más, corriendo sobre el mar del Sur desde Acapulco a Guatemala, y llegaba a introducirse por Nicaragua en aquel istmo o estrecho de tierra que divide y engarza las dos Américas. Por la banda del Norte se alargaba hacia la parte de Panuco hasta comprender aquella provincia; pero se dejaba estrechar considerablemente de los montes o serranías que ocupaban los chichimecas y otomíes, gente bárbara sin república ni policía, que habitaba en las cavernas de la tierra, o en las quiebras de los peñascos, sustentándose de la caza y frutas de árboles silvestres; pero tan diestros en el uso de sus flechas, y en servirse de las asperezas y ventajas de la montaña, que resistieron varias veces a todo el poder mejicano, enemigos de la sujeción, que se contentaban con no dejarse vencer, y aspiraban sólo a conservar entre las fieras su libertad.

Creció este imperio de humildes principios a tan desmesurada grandeza en poco más de ciento y treinta años: porque los mejicanos, nación belicosa por naturaleza, se fueron haciendo lugar con las armas entre las demás naciones que poblaban aquella parte del mundo. Obedecieron primero a un capitán valeroso que los hizo soldados, y les dio a conocer la gloria militar: después eligieron rey, dando el supremo dominio al que tenía mayor crédito de valiente, porque no conocían otra virtud que la fortaleza, y si conocían otras, eran inferiores en su estimación. Observaron siempre esta costumbre de elegir por su rey al mayor soldado, sin atender a la sucesión, aunque en igualdad de hazañas prefería la sangre real; y la guerra que hacían los reyes, iba poco a poco ensanchando la monarquía. Tuvieron al principio de su parte la justicia de las armas, porque la opresión de sus confinantes los puso en términos de inculpable defensa, y el cielo favoreció su causa con los primeros sucesos; pero creciendo después el poder perdió la razón y se hizo tiranía.

Veremos los progresos de esta nación y sus grandes conquistas cuando hablemos de la serie de sus reyes, y esté menos pendiente la narración principal. Fue el undécimo de ellos, según lo pintaban sus anales, Motezuma, segundo de este nombre, varón señalado y venerable entre los mejicanos aun antes de reinar.

Era de la sangre real, y en su juventud siguió la guerra, donde se acreditó de valeroso y esforzado capitán con diferentes hazañas que le dieron grande opinión. Volvió a la corte algo elevado con estas lisonjas de la fama; y viéndose aplaudido y estimado como el primero de su nación, entró en esperanzas de empuñar el cetro en la primera elección: tratándose en lo interior de su ánimo como quien empezaba a coronarse con los pensamientos de la corona.

Puso luego toda su felicidad en ir ganando voluntades, a cuyo fin se sirvió de algunas artes de política: ciencia que no todas veces se desdeña de andar entre los bárbaros, y que antes suele hacerlos, cuando la razón que llaman de estado se apodera de la razón natural. Afectaba grande obediencia y veneración a su rey, y extraordinaria modestia y compostura en sus acciones y palabras: cuidando tanto de la gravedad y entereza del semblante, que solían decir los indios que le venía bien el nombre de Motezuma, que en su lengua significa príncipe sañudo, aunque procuraba templar esta severidad forzando el agrado con la liberalidad.

Acreditábase también de muy observante en el culto de su religión: poderoso medio para cautivar a los que se gobiernan por lo exterior; y con este fin labró en el templo más frecuentado un apartamiento a manera de tribuna, donde se recogía muy a la vista de todos, y se estaba muchas horas entregado a la devoción del aura popular, o colocando entre sus dioses el ídolo de su ambición.

Hízose tan venerable con este género de exterioridades, que cuando llegó el caso de morir el rey su antecesor, le dieron su voto sin controversia todos los electores, y le admitió el pueblo con grande aclamación. Tuvo sus ademanes de resistencia, dejándose buscar para lo que deseaba, y dio su aceptación con especies de repugnancia: pero apenas ocupó la silla imperial cuando cesó aquel artificio en que traía violentado su natural, y se fueron conociendo los vicios que andaban encubiertos con nombre de virtudes.

La primera acción en que manifestó su altivez fue despedir toda la familia real, que hasta él se componía de gente mediana y plebeya; y con pretexto de mayor decencia, se hizo servir de los nobles hasta en los ministerios menos decentes de su casa. Dejábase ver pocas veces de sus vasallos, y solamente lo muy necesario de sus ministros y criados, tomando el retiro y la melancolía como parte de la majestad. Para los que conseguían el llegar a su presencia inventó nuevas reverencias y ceremonias, extendiendo el respeto hasta los confines de la adoración. Persuadióse a que podía mandar en la libertad y en la vida de sus vasallos, y ejecutó grandes crueldades para persuadirlo a los demás.

Impuso nuevos tributos sin pública necesidad, que se repartían por cabezas entre aquella inmensidad de súbditos; y con tanto rigor, que hasta los pobres mendigos reconocían miserablemente el vasallaje, trayendo a sus erarios algunas cosas viles, que se recibían, y se arrojaban en su presencia.

Consiguió con estas violencias que le temiesen sus pueblos; pero como suelen andar juntos el temor y el aborrecimiento, se le rebelaron algunas provincias, a cuya sujeción salió personalmente, por ser tan celoso de su autoridad, que se ajustaba mal a que mandase otro en sus ejércitos; aunque no se le puede negar que tenía inclinación y espíritu militar. Sólo resistieron a su poder y se mantuvieron en su rebeldía las provincias de Mechoacán, Tlascala y Tepeaca; y solía decir él, que no las sojuzgaba porque había menester aquellos enemigos para proveerse de cautivos que aplicar a los sacrificios de sus dioses: tirano hasta en lo que sufría, o en lo que dejaba de castigar.

Había reinado catorce años cuando llegó a sus costas Hernán Cortés, y el último de ellos fue todo presagios y portentos de grande horror y admiración, ordenados o permitidos por el cielo para quebrantar aquellos ánimos feroces, y hacer menos imposible a los españoles aquella grande obra que con medios tan desiguales iba disponiendo y encaminando su providencia.

 

 

 

Capítulo IV

 

Refiérense diferentes prodigios y señales que se vieron en Méjico antes de que llegase Cortés, de que aprendieron los indios que se acercaba la ruina de aquel imperio

 

Sabido quién era Motezuma y el estado y grandeza de su imperio, resta inquirir los motivos en que se fundaron este príncipe y sus ministros para resistir porfiadamente a la instancia de Hernán Cortés: primera diligencia del demonio, y primera dificultad de la empresa. Luego que se tuvo en Méjico noticia de los españoles, cuando el año antes arribó a sus costas Juan de Grijalva, empezaron a verse en aquella tierra diferentes prodigios y señales de grande asombro, que pusieron a Motezuma en una como certidumbre de que se acercaba la ruina de su imperio, y a todos sus vasallos en igual confusión y desaliento.

Duró muchos días un cometa espantoso, de forma piramidal, que descubriéndose a la media noche, caminaba lentamente hasta lo más alto del cielo donde se deshacía con la presencia del sol.

Viose después en medio del día salir por el Poniente otro cometa o exalación a manera de una serpiente de fuego con tres cabezas, que corría velocísimamente hasta desaparecer por el horizonte contrapuesto, arrojando infinidad de centellas que se desvanecían en el aire.

La gran laguna de Méjico rompió sus márgenes, y salió impetuosamente a inundar la tierra, llevándose tras sí algunos edificios con un género de ondas que parecían herbores, sin que hubiese avenida o temporal a que atribuir este movimiento de las aguas. Encendióse de sí mismo uno de sus templos; y sin que se hallase el origen o la causa del incendio, ni medio con que apagarle, se vieron arder hasta las piedras..., y quedó todo reducido a poco más que ceniza. Oyéronse en el aire por diferentes partes voces lastimosas que pronosticaban el fin de aquella monarquía; y sonaba repetidamente el mismo vaticinio en las respuestas de los ídolos, pronunciando en ellos el demonio lo que pudo conjeturar de las causas naturales que andaban movidas; o lo que entendería quizá el autor de la naturaleza, que algunas veces le atormenta con hacerle instrumento de la verdad. Trajéronse a la presencia del rey diferentes monstruos de horrible y nunca vista deformidad, y denotaban grandes infortunios; que a su parecer contenían significación, y si se llamaron monstruos de lo que demuestran, como lo creyó la antigüedad que los puso este nombre, no era mucho que se tuviesen por presagios entre aquella gente bárbara, donde andaban juntas la ignorancia y la superstición.

Dos casos muy notables refieren las historias que acabaron de turbar el ánimo de Motezuma, y no son para omitidos, puesto que no los desestiman el padre José de Acosta, Juan Botero y otros escritores de juicio y autoridad. Cogieron unos pescadores cerca de la laguna de Méjico un pájaro monstruoso de extraordinaria hechura y tamaño, y dando estimación a la novedad, se le presentaron al rey. Era horrible su deformidad, y tenía sobre la cabeza una lámina resplandeciente a manera de espejo, donde reverberaba el sol con un género de luz maligna y melancólica. Reparó en ella Motezuma, y acercándose a reconocerla mejor, vio dentro una representación de la noche, entre cuya oscuridad se descubrían algunos espacios de cielo estrellado, tan distintamente figurados, que volvió los ojos al sol como quien no acababa de creer el día; y al ponerlos segunda vez en el espejo, halló en lugar de la noche otro mayor asombro, porque se le ofreció a la vista un ejército de gente armada que venía de la parte del Oriente haciendo grande estrago en los de su nación. Llamó a sus agoreros y sacerdotes para consultarles este prodigio, y el ave estuvo inmóvil hasta que muchos de ellos hicieron la misma experiencia; pero luego se les fue, o se les deshizo entre las manos, dejándoles otro agüero en el asombro de la fuga.

Pocos días después vino al palacio un labrador, tenido en opinión de hombre sencillo, que solicitó con porfiadas y misteriosas instancias la audiencia del rey. Fue introducido a su presencia después de varias consultas; y hechas sus humillaciones sin género de turbación ni encogimiento, le dijo en su idioma rústico pero con un género de libertad y elocuencia que daba a entender algún furor más que natural, o que no eran suyas sus palabras: «Ayer tarde, señor, estando en mi heredad ocupado en el beneficio de la tierra, vi un águila de extraordinaria grandeza que se abatió impetuosamente sobre mí, y arrebatándome entre sus garras, me llevó largo trecho por el aire hasta ponerme cerca de una gruta espaciosa, donde estaba un hombre con vestiduras reales durmiendo entre diversas flores y perfumes, con un pebete encendido en la mano. Acerquéme algo más y vi una imagen tuya, o fuese tu misma persona, que no sabré afirmarlo, aunque a mi parecer tenía libres los sentidos. Quise retirarme atemorizado y respetivo; pero una voz impetuosa me detuvo y me sobresaltó de nuevo, mandándome que te quitase el pebete de la mano, y le aplicase a una parte del muslo que tenías descubierta: rehusé cuanto pude el cometer semejante maldad; pero la misma voz, con horrible superioridad, me violentó a que obedeciese. Yo mismo, señor, sin poder resistir, hecho entonces del temor el atrevimiento, te apliqué el pebete encendido sobre el muslo, y tú sufriste el cauterio sin despertar ni hacer movimiento. Creyera que estabas muerto, si no se diera a conocer la vida en la misma quietud de tu respiración, declarándose el sosiego en falta de sentido; y luego me dijo aquella voz que al parecer se formaba en el viento: así duerme tu rey, entregado a sus delicias y vanidades, cuando tiene sobre sí el enojo de los dioses, y tantos enemigos que vienen de la otra parte del mundo a destruir su monarquía y su religión. Dirásle que despierte a remediar si puede las miserias y calamidades que le amenazan: y apenas pronunció esta razón que traigo impresa en la memoria, cuando me prendió el águila entre sus garras y me puso en mi heredad sin ofenderme. Yo cumplo así lo que me ordenan los dioses: despierta, señor, que los tiene irritados tu soberbia y tu crueldad. Despierta, digo otra vez, o mira cómo duermes, pues no te recuerdan los cauterios de tu conciencia; ni ya puedes ignorar que los clamores de tus pueblos llegaron al cielo primero que a tus oídos.»

Éstas o semejantes palabras dijo el villano, o el espíritu que hablaba en él, y volvió las espaldas con tanto denuedo, que nadie se atrevió a detenerle. Iba Motezuma con el primer movimiento de su ferocidad a mandar que le matasen, y le detuvo un nuevo dolor que sintió en el muslo, donde halló y reconocieron todos estampada la señal del fuego, cuya pavorosa demostración le dejó atemorizado y discursivo; pero con resolución de castigar al villano, sacrificándole a la aplacación de sus dioses: avisos o amonestaciones motivadas por el demonio que traían consigo el vicio de su origen, sirviendo más a la ira y a la obstinación, que al conocimiento de la culpa.

En ambos acontecimientos pudo tener alguna parte la credulidad de aquellos bárbaros, de cuya relación lo entendieron así los españoles. Dejamos su recurso a la verdad; pero no tenemos por inverosímil que el demonio se valiese de semejantes artificios para irritar a Motezuma contra los españoles y poner estorbos a la introducción del Evangelio: pues es cierto que pudo (suponiendo la permisión divina en el uso de su ciencia) fingir o fabricar estos fantasmas y apariciones monstruosas, o bien formarse aquellos cuerpos visibles, condensado el aire con la mezcla de otros elementos, o lo que más veces sucede, viciando los sentidos y engañando la imaginación, de que tenemos algunos ejemplos en las sobradas letras, que hacen creíbles los que se hallan del mismo género en las historias profanas.

Estas y otras señales portentosas que se vieron en Méjico y en diferentes partes del imperio, tenían tan abatido el ánimo de Motezuma, y tan asustados a los prudentes de su consejo, que cuando llegó la segunda embajada de Cortés, creyeron que tenían sobre sí toda la calamidad y ruina de que estaban amenazados.

Fueron largas las conferencias, y varios los pareceres. Unos se inclinaban a que viniendo aquella gente armada y forastera en tiempo de tantos prodigios, debía ser tratada como enemiga; porque el admitirla o el fiarse de ella, sería oponerse a la voluntad de sus dioses, que enviaban delante del golpe aquellos avisos para que procurasen evitarle. Otros andaban más detenidos o temerosos, y procuraban excusar el rompimiento, encareciendo el valor de los extranjeros, el rigor de sus armas y la ferocidad de los caballos; y trayendo a la memoria el estrago y mortandad que hicieron en Tabasco, de cuya guerra tuvieron luego noticia: y aunque no se persuadían a que fuesen inmortales, como lo publicaba el temor de aquellos vencidos, no acertaban a considerarlos como animales de su especie, ni dejaban de hallar en ellos alguna semejanza de sus dioses, por el manejo de los rayos con que a su parecer peleaban, y por el predominio con que se hacían obedecer de aquellos brutos que entendían sus órdenes y militaban de su parte.

Oyólos Motezuma; y mediando entre ambas opiniones, determinó que se negase a Cortés con toda resolución la licencia que pedía para venir a su corte, mandándole que desembarazase luego aquellas costas, y enviándole otro regalo como el antecedente para obligarle a obedecer. Pero que si esto no bastase a detenerle, se discurriría en los medios violentos, juntando un ejército poderoso, de tal calidad, que no se pudiese temer otro suceso como el de Tabasco; pues no se debía desestimar el corto número de aquellos extranjeros, en cuyas armas prodigiosas y valor extraordinario se conocían tantas ventajas, particularmente cuando llegaban a sus costas en tiempo tan calamitoso, y de tantas señales espantosas, que al parecer encarecían sus fuerzas, pues llegaban a merecer el cuidado y la prevención de sus dioses.

 

 

 

Capítulo V

 

Vuelve Francisco de Montejo con noticia del lugar de Quiabislan: llegan los embajadores de Motezuma y se despiden con desabrimiento: muévense algunos rumores entre los soldados, y Hernán Cortés usa de artificio para sosegarlos

 

Mientras duraban en la corte de Motezuma estos discursos melancólicos, trataba Hernán Cortés de adquirir noticias de la tierra, de ganar las voluntades de los indios que acudían al cuartel y de animar a sus soldados, procurando infundir en ellos aquellas grandes esperanzas que le anunciaba su corazón. Volvió de su viaje Francisco de Montejo, habiendo seguido la costa por espacio de algunas leguas la vuelta del Norte, y descubierto una población que se llamaba Quiabislan, situada en tierra fértil y cultivada, cerca de un paraje o ensenada bastantemente capaz, donde al parecer de los pilotos podían surgir los navíos, y mantenerse al abrigo de unos grandes peñascos en que desarmaba la fuerza de los vientos. Distaba este lugar de San Juan de Ulúa como doce leguas, y Hernán Cortés empezó a mirarle como sitio acomodado para mudar a él su alojamiento; pero antes que lo resolviese llegó la respuesta de Motezuma.

Vinieron Teutile y los cabos principales de sus tropas con aquellos braserillos de copal, y después de andar un rato envueltas en humo las cortesías, hizo demostración del presente, que fue algo menor; pero del mismo género de alhajas y piezas de oro que vinieron con la primera embajada: sólo traía de particular cuatro piedras verdes, al modo de esmeraldas, que llamaban chalcuítes; y dijo Teutile a Cortés con gran ponderación, que las enviaba Motezuma señaladamente para el rey de los españoles, por ser joyas de inestimable valor: encarecimiento de que se pudo hacer poco aprecio donde tenía el vidrio tanta estimación.

La embajada fue resuelta y desabrida, y el fin de ella despedir a los huéspedes, sin dejarles arbitrio para replicar. Era cerca de la noche, y al empezar su respuesta Hernán Cortés, hicieron en la barraca que servía de iglesia la señal del Ave María. Púsose de rodillas a rezarla, y a su imitación todos los que le asistían, de cuyo silencio y devoción quedaron admirados los indios; y Teutile preguntó a doña Marina la significación de aquella ceremonia. Entendiólo Cortés, y tuvo por conveniente que con ocasión de satisfacer a su curiosidad se les hablase algo en la religión. Tomó la mano el padre fray Bartolomé de Olmedo, y procuró ajustarse a su ceguedad, dándoles alguna escasa luz de los misterios de nuestra fe. Hizo lo que pudo su elocuencia para que entendiesen que sólo había un Dios, principio y fin de todas las cosas, y que en sus ídolos adoraban al demonio, enemigo mortal del género humano, vistiendo esta proposición con algunas razones fáciles de comprender, que escuchaban los indios con un género de atención, como que sentían la fuerza de la verdad. Y Hernán Cortés se valió de este principio para volver a su respuesta, diciendo a Teutile: «que uno de los puntos de su embajada, y el principal motivo que tenía su rey para proponer su amistad a Motezuma, era la obligación con que deben los príncipes cristianos oponerse a los errores de la idolatría, y lo que deseaba instruirle para que conociese la verdad, y ayudarle a salir de aquella esclavitud del demonio, tirano invisible de todos sus reinos, que en lo esencial le tenía sujeto y avasallado, aunque en lo exterior fuese tan poderoso monarca. Y que viniendo él de tierras tan distantes a negocios de semejante calidad, y en nombre de otro rey más poderoso, no podría dejar de hacer nuevos esfuerzos, y perseverar en sus instancias hasta conseguir que se le oyese, pues venía de paz como lo daba a entender el corto número de su gente, de cuya limitada prevención no se podían recelar mayores intentos».

Apenas oyó Teutile esta resolución de Cortés, cuando se levantó apresuradamente, y con un género de impaciencia entre cólera y turbación, le dijo: «que el gran Motezuma había usado hasta entonces de su benignidad, tratándole como a huésped; pero que determinándose a replicarle, sería suya la culpa si se hallase tratado como enemigo». Y sin esperar otra razón ni despedirse, volvió las espaldas, y partió de su presencia con paso acelerado, siguiéndole Pilpatoe y los demás que le acompañaban. Quedó Hernán Cortés algo embarazado al ver semejante resolución; pero tan en sí que volviendo a los suyos más inclinado a la risa que a la suspensión, les dijo: «veremos en qué para este desafío; que ya sabemos cómo pelean sus ejércitos, y las más veces son diligencias del temor las amenazas». Y entretanto que se recogía el presente, prosiguió dando a entender: «que no conseguirían aquellos bárbaros el comprar a tan corto precio la retirada de un ejército español, porque aquellas riquezas se debían mirar como dádivas fuera de tiempo, que traían más de flaquezas que de liberalidad». Así procuraba lograr las ocasiones de alentar a los suyos, y aquella noche, aunque no parecía verosímil que los mejicanos tuviesen prevenido ejército con que asaltar el cuartel, se doblaron las guardias, y se miró como contingente lo posible: que nunca sobra el cuidado en los capitanes, y muchas veces suele parecer ocioso, y salir necesario.

Luego que llegó el día se ofreció novedad considerable que ocasionó alguna turbación; porque se habían retirado la tierra adentro los indios que poblaban las barracas de Pilpatoe, y no parecía un hombre por toda la campaña. Faltaron también los que solían acudir, con bastimentos de las poblaciones comarcanas; y estos principios de necesidad, temida más que tolerada, bastaron para que se empezasen a desazonar algunos soldados, mirando como desacierto el detenerse a poblar en aquella tierra; de cuya murmuración se valieron para levantar la voz algunos parciales de Diego Velázquez, diciendo con menos recato en las conversaciones: «que Hernán Cortés quería perderlos, y pasar con su ambición adonde no alcanzaban sus fuerzas; que nadie podría excusar de temeridad el intento de mantenerse con tan poca gente en los dominios de un príncipe tan poderoso; y que ya era necesario que clamasen todos sobre volver a la isla de Cuba, para que se recibiesen la armada y el ejército, y se tomase aquella empresa con mayor fundamento».

Entendiólo Hernán Cortés, y valiéndose de sus amigos y confidentes, procuró examinar de qué opinión estaba el resto principal de su gente, y halló que tenía de su parte a los más y a los mejores, sobre cuya seguridad se dejó hallar de los malcontentos. Hablóle en nombre de todos Diego de Ordaz, y no sin alguna destemplanza, en que se dejaba conocer su pasión, le dijo: «que la gente del ejército estaba sumamente desconsolada, y en términos de romper el freno de la obediencia porque había llegado a entender que se trataba de proseguir aquella empresa; y que no se le podía negar la razón, porque ni el número de los soldados ni el estado de los bajeles, ni los bastimentos de reserva, ni las demás prevenciones tenían proporción con el intento de conquistar un imperio tan dilatado y tan poderoso; que nadie estaba tan mal consigo que se quisiese perder por capricho ajeno; y que ya era menester que tratase de dar la vuelta a la isla de Cuba, para que Diego Velázquez reforzase su armada, y tomase aquel empeño con mejor acuerdo y con mayores fuerzas».

Oyóle Hernán Cortés sin darse por ofendido, como pudiera, de la proposición y del estilo de ella; antes le respondió, sosegada la voz y el semblante: «que estimaba su advertencia, porque no sabía la desazón de los soldados; antes creía que estaban contentos y animosos, porque en aquella jornada no se podían quejar de la fortuna si no los tenía cansados la felicidad; pues un viaje tan sin zozobras, lisonjeado del mar y de los vientos; unos sucesos como los pudo fingir el deseo; tan conocidos favores del cielo en Cozumel; una victoria en Tabasco, y en aquella tierra tanto regalo y prosperidad, no eran antecedentes de que se debía inferir semejante desaliento, ni era de mucho garbo el desistir antes de ver la cara del peligro; particularmente cuando las dificultades solían parecer mayores desde lejos, y deshacerse luego en las manos los encarecimientos de la imaginación; pero que si la gente estaba ya tan desconfiada y temerosa como decía, sería locura fiarse de ella para una empresa tan dificultosa, y que así trataría luego de tomar la vuelta de la isla de Cuba, como se lo proponían; confesando que no le hacía tanta fuerza el ver esta opinión en el vulgo de los soldados, como el hallarla asegurada en el consejo de sus amigos». Con estas y otras palabras de este género, desarmó por entonces la intención de aquellos parciales inquietos, sin dejarles que desear hasta que llegase el tiempo de su desengaño; y con esta disimulación artificiosa, primor algunas veces permitido a la prudencia, dio a entender que cedía para dar mayores fuerzas a su resolución.

 

 

 

Capítulo VI

 

Publícase la jornada para la isla de Cuba: claman los soldados que tenía prevenidos Cortés: solicita su amistad el cacique de Zempoala; y últimamente hace la población

 

Poco rato después que se apartaron de Hernán Cortés Diego de Ordaz y los demás de su séquito, hizo que se publicase la jornada para la isla de Cuba, distribuyendo las órdenes para que se embarcasen los capitanes con sus compañías en los mismos bajeles de su cargo, y estuviesen a punto de partir el día siguiente al amanecer; pero no se divulgó bien entre los soldados esta resolución, cuando se conmovieron los que estaban prevenidos, diciendo a voces: «que Hernán Cortés los había llevado engañados, dándoles a entender que iban a poblar en aquella tierra, y que no querían salir de ella, ni volver a la isla de Cuba; a que añadían, que si él estaba en dictamen de retirarse, podría ejecutarlo con los que se ajustasen a seguirle; que a ellos no les faltaría alguno de aquellos caballeros que se encargase de su gobierno». Creció tanto y tan bien adornado este clamor, que se llevó tras sí a muchos de los que entraron violentos o persuadidos en la contraria facción; y fue menester que los mismos amigos de Cortés que movieron a los unos, apaciguasen a los otros. Alabaron su determinación, ofrecieron que hablarían a Cortés para que suspendiese la ejecución del viaje; y antes que se entibiase aquel reciente fervor de los ánimos, partieron a buscarle asistidos de mucha gente, «en cuya presencia le dijeron, levantando la voz: que el ejército estaba en términos de amotinarse sobre aquella novedad: quejáronse, o hicieron que se quejaban, de que hubiese tomado semejante resolución sin el consejo de sus capitanes: ponderábanle, como desaire indigno de españoles, el dejar aquella empresa en los primeros rumores de la dificultad, y el volver las espaldas antes de sacar la espada. Traíanle a la memoria lo que sucedió a Juan de Grijalva; pues todo el enojo de Diego Velázquez fue porque no hizo alguna población en la tierra que descubrió y se mantuvo en ella, por cuya resolución le trató de pusilánime y le quitó el gobierno de la armada». Y últimamente le dijeron lo que él mismo había dictado; y él lo escuchó como noticia en que hallaba novedad, y dejándose rogar y persuadir, hizo lo que deseaba, y dio a entender que se reducía. Respondióles: «que estaba mal informado, porque algunos de los más interesados en el acierto de aquella facción (y no los nombró por dar mayor misterio a su razón) le habían asegurado que toda la gente clamaba desconsoladamente sobre dejar aquella tierra y volverse a la isla de Cuba; y que de la misma suerte que tomó aquella resolución contra su dictamen, por complacer a sus soldados, se quedaría con mayor satisfacción suya, cuando los hallaba en opinión más conveniente al servicio de su rey, y a la obligación de buenos españoles; pero que tuviesen entendido que no quería soldados sin voluntad, ni era la guerra ejercicio de forzados; que cualquiera que tuviese por bien el retirarse a la isla de Cuba, podría ejecutarlo sin embarazo; y que desde luego mandaría prevenir embarcación y bastimentos para el viaje de todos los que no se ajustasen a seguir voluntariamente su fortuna». Tuvo grande aplauso esta resolución: oyóse aclamado el nombre de Cortés; llenóse el aire de voces y de sombreros, al modo que suelen explicar su contento los soldados; unos se alegraban porque lo sentían así; y otros por no diferenciarse de los que sentían lo mejor. Ninguno se atrevió por entonces a contradecir la población, ni los mismos que tomaron la voz de los malcontentos acertaban a volver por sí; pero Hernán Cortés oyó sus disculpas sin apurarlas, y guardó su queja para mejor ocasión.

Sucedió a este tiempo, que estando de centinela en una de las avenidas Bernal Díaz del Castillo y otro soldado, vieron asomar por el paraje más vecino a la playa cinco indios que venían caminando hacia el cuartel; y pareciéndoles poco número para poner en arma al ejército, los dejaron acercar. Detuviéronse a poca distancia, y dieron a entender con las señas, que venían de paz, y que traían embajada para el general de aquel ejército. Llevólos consigo Bernal Díaz, dejando a su compañero en el mismo sitio, para que cuidase de observar si los seguían algunas tropas. Recibiólos Hernán Cortés con toda gratitud, y mandando que los regalasen antes de oírlos, reparó en que parecían de otra nación, porque se diferenciaban de los mejicanos en el traje, aunque traían como ellos penetradas las orejas y el labio inferior de gruesos zarcillos y pendientes, que aun siendo de oro los afeaban. La lengua también sonaba con otro género de pronunciación, hasta que viniendo Aguilar y doña Marina, se conoció que hablaban en idioma diferente, y se tuvo a dicha que uno de ellos entendiese y pronunciase dificultosamente la lengua mejicana, por cuyo medio, no sin algún embarazo, se averiguó que los enviaba el señor de Zempoala, provincia poco distante para que visitasen de su parte al caudillo de aquella gente valerosa; porque habían llegado a sus oídos las maravillas que obraron sus armas en la provincia de Tabasco; y por ser príncipe guerrero y amigo de hombres valerosos deseaba su amistad, ponderando mucho la estimación que hacía su dueño de los grandes soldados, como quien procuraba que no se atribuyese al miedo lo que tenía mejor sonido en la inclinación.

Admitió Hernán Cortés con toda estimación la buena correspondencia y amistad que le proponían de parte de su cacique, teniendo a favor del cielo el recibir esta embajada en tiempo que estaba despedido y receloso de los mejicanos: celebrándola más cuando entendió que la provincia de Zempoala estaba en el paso de aquel lugar que descubrió desde la costa Francisco de Montejo, donde pensaba entonces mudar su alojamiento. Hizo algunas preguntas a los indios para informarse de la intención y fuerzas de aquel cacique; y una de ellas fue ¿cómo estando tan vecinos habían tardado tanto en venir con aquella proposición? A que respondieron, que no podían concurrir los de Zempoala donde asistían los mejicanos, cuyas crueldades se sufrían mal entre los de su nación.

No le sonó mal esta noticia a Hernán Cortés, y apurándola con alguna curiosidad, vino a entender que Motezuma era príncipe violento y aborrecible por su soberbia y tiranías, que tenía muchos de sus pueblos más atemorizados que sujetos, y que había por aquel paraje algunas provincias que deseaban sacudir el yugo de su dominio; con que se le hizo menos formidable su poder, y ocurrieron a su imaginación varias especies de ardides y caminos de aumentar su ejército, que le animaban confusamente. Lo primero que se le ofreció fue ponerse de parte de aquellos afligidos, y que no sería dificultoso ni fuera de razón el formar partido contra un tirano entre sus mismos rebeldes. Así lo discurrió entonces, y así le sucedió después, verificándose con otro ejemplo en la ruina de aquel imperio tan poderoso, que la mayor fuerza de los reyes consiste en el amor de sus vasallos. Despachó luego a los indios con algunas dádivas en señal de benevolencia, y les ofreció que iría brevemente a visitar a su dueño para establecer su amistad, y estar a su lado en cuanto necesitase de su asistencia.

Era su intento pasar por aquella provincia, y reconocer a Quiabislan, donde pensaba fundar su primera población, por los buenos informes que tenía de su fertilidad; pero le importaba para otros fines que iba madurando, adelantar la formación de su república en aquellas mismas barracas, suponiendo que se había de mudar la situación del pueblo a parte menos desacomodada. Comunicó su resolución a los capitanes de su confidencia; y suavizada por este medio la proposición, se convocó la gente para nombrar los ministros de gobierno, en cuya breve conferencia prevalecieron los que sabían el ánimo de Cortés, y salieron por alcaldes Alonso Hernández Portocarrero y Francisco de Montejo; por regidores Alonso Dávila, Pedro y Alonso de Alvarado, y Gonzalo de Sandoval; y por alguacil mayor y procurador general Juan de Escalante y Francisco Álvarez Chico. Nombróse también el escribano de ayuntamiento, con otros ministros inferiores; y hecho el juramento ordinario de guardar razón y justicia según su obligación, al mayor servicio de Dios y del rey, tomaron su posesión con la solemnidad que se acostumbra, y comenzaron a ejercer sus oficios, dando a la nueva población el nombre de la Villa Rica de la Vera-Cruz, cuyo título conservó después en la parte donde quedó situada, llamándola Villa Rica, en memoria del oro que se vio en aquella tierra, y de la Vera-Cruz, en reconocimiento de haber saltado en ella el viernes de la Cruz.

Asistió Hernán Cortés a estas funciones como uno de aquella república, haciendo por entonces persona de particular entre los demás vecinos; y aunque no podía fácilmente apartar de sí aquel género de superioridad, que suele consistir en la veneración ajena, procuraba autorizar con su respeto aquellos nuevos ministros, para introducir la obediencia en los demás, cuya modestia tenía en el fondo alguna razón de estado, porque le importaba la autoridad de aquel ayuntamiento, y la dependencia de aquellos súbditos, para que el brazo de la justicia y la voz del pueblo llenasen los vacíos de la jurisdicción militar, que residía en él por delegación de Diego Velázquez, y a la verdad estaba revocada, y se mantenía sobre flacos cimientos para entrar con ella en una empresa tan dificultosa: defecto que le traía cuidadoso, porque andaba disimulando entre los que le obedecían, y le embarazaba en su misma resolución para hacerse obedecer.

 

 

 

Capítulo VII

 

Renuncia Hernán Cortés, en el primer ayuntamiento que se hizo en la Vera-Cruz, el título de capitán general que tenía por Diego Velázquez: vuélvenle a elegir la villa y el pueblo

 

El día siguiente por la mañana se juntó el ayuntamiento, con pretexto de tratar algunos puntos concernientes a la conservación y aumento de aquella población, y poco después pidió licencia Hernán Cortés para entrar en él a proponer un negocio del mismo intento. Pusiéronse en pie los capitulares para recibirle, y él haciendo reverencia a la villa, pasó a tomar el asiento inmediato al primer regidor, y habló en esta sustancia, o poco diferente.

«Ya, señores, por la misericordia de Dios, tenemos en este consistorio representada la persona de nuestro rey, a quien debemos descubrir nuestros corazones, y decir sin artificio la verdad, que es el vasallaje en que más le reconocemos los hombres de bien. Yo vengo a vuestra presencia, como si llegara a la suya, sin otro fin que el de su servicio, en cuyo celo me permitiréis la ambición de no confesarme vuestro inferior. Discurriendo estáis en los medios de establecer esta nueva república; dichosa ya de estar pendiente de vuestra dirección. No será fuera de propósito que oigáis de mí lo que tengo premeditado y resuelto, para que no caminéis sobre algún presupuesto menos seguro, cuya falta os obligue a nuevo discurso y nueva resolución. Esta villa, que empieza hoy a crecer al abrigo de vuestro gobierno, se ha fundado en tierra no conocida y de grande población, donde se han visto ya señales de resistencia bastantes para creer que nos hallamos en una empresa dificultosa, donde necesitaremos igualmente del consejo y de las manos; y donde muchas veces habrá de proseguir la fuerza lo que empezare y no consiguiere la prudencia. No es tiempo de máximas políticas, ni de consejos desarmados. Vuestro primer cuidado debe atender a la conservación de este ejército que os sirve de muralla, y mi primera obligación es advertiros que no está hoy como debe, para fiarle nuestra seguridad y nuestras esperanzas. Bien sabemos que yo no gobierno el ejército, sin otro título que un nombramiento de Diego Velázquez, que fue con poca intermisión escrito y revocado. Dejo aparte la sinrazón de su desconfianza, por ser de otro propósito, pero no puedo negar que la jurisdicción militar, de que tanto necesitamos, se conserva hoy en mí contra la voluntad de su dueño, y se funda en un título violento, que trae consigo mal disimulada la flaqueza de su origen. No ignoran este defecto los soldados, ni yo tengo tan humilde el espíritu, que quiera mandarlos con autoridad escrupulosa; ni es el empeño en que nos hallamos para entrar en él con un ejército que se mantiene más en la costumbre de obedecer, que en la razón de la obediencia. A vosotros, señores, toca el remedio de este inconveniente; y el ayuntamiento, en quien reside hoy la representación de nuestro rey, puede en su real nombre proveer el gobierno de sus armas, eligiendo persona en quien no concurran estas nulidades. Muchos sujetos hay en el ejército capaces de esta ocupación, y en cualquiera que tenga otro género de autoridad, o que la reciba de vuestra mano, estará mejor empleado. Yo desisto desde luego del derecho que pudo comunicarme la posesión, y renuncio en vuestras manos el título que me puso en ella, para que discurráis con todo el arbitrio en vuestra elección, y puedo aseguraros, que toda mi ambición se reduce al acierto de nuestra empresa; y que sabré, sin violentarme, acomodar la pica en la mano que deja el bastón; que si en la guerra se aprende el mandar obedeciendo, también hay casos en que el haber mandado enseña a obedecer.»

Dicho esto arrojó sobre la mesa el título de Diego Velázquez, besó el bastón, y dejándole entregado a los alcaldes, se retiró a su barraca. No debía de llevar inquieto el ánimo con la incertidumbre del suceso, porque tenía dispuestas las cosas de manera, que aventuró poco en esta resolución; pero no carece de alabanza la hidalguía del reparo, y el arte con que apartó de sí la debilidad o menos decencia de su autoridad. Los capitulares se detuvieron poco en su elección, porque algunos tendrían meditado lo que habían de proponer, y otros no hallarían qué replicar. Votaron todos que se admitiese la dejación de Cortés; pero que se le debía obligar a que tomase de nuevo a su cargo el gobierno del ejército, dándole su título la villa en nombre del rey, por el tiempo y en el ínterin que su majestad otra cosa ordenase; y resolvieron que se comunicase al pueblo la nueva elección, para ver cómo se recibía, o porque no se dudaba de su beneplácito. Convocóse la gente a voz de pregonero, y publicada la renunciación de Cortés y el acuerdo del ayuntamiento, se oyó el aplauso que se esperaba o el que se había prevenido. Fueron grandes las aclamaciones y el regocijo de la gente: unos vitoreaban al ayuntamiento por su buena elección; otros pedían a Cortés, como si se le negaran; y si algunos eran de contrario sentir, o fingían contento a voces, o cuidaban de que no se hiciese reparar el silencio. Hecha esta diligencia partieron los alcaldes y regidores llevando tras sí la mayor parte de aquellos soldados, que ya representaban el pueblo, a la barraca de Hernán Cortés, y le dijeron o notificaron que la Villa Rica de la Vera-Cruz, en nombre del rey don Carlos, y con sabiduría y aprobación de sus vecinos en consejo abierto, le había elegido y nombrado por gobernador del ejército de Nueva España; y en caso necesario le requería y ordenaba que se encargase de esta ocupación, por ser así conveniente al bien público de la villa y al mayor servicio de su majestad.

Aceptó Hernán Cortés con grande urbanidad y estimación el nuevo cargo, que así le llamaba, para diferenciarle hasta en el nombre del que había renunciado; y empezó a gobernar la milicia con otro género de seguridad interior, que hacía sus efectos en la obediencia de los soldados.

Sintieron esta novedad con grande imprudencia los dependientes de Diego Velázquez, porque no se ajustaron a disimular su pasión, ni supieron ceder a la corriente cuando no la podían contrastar. Procuraban desautorizar al ayuntamiento, y desacreditar a Cortés, culpando su ambición, y hablando con desprecio de los engañados que no la conocían. Y como la murmuración tiene oculto el veneno, y no sé qué dominio sobre la inclinación de los oídos, se hacía lugar en las conversaciones; y no faltaba quien la escuchase y procurase adelantar. Hizo lo que pudo Hernán Cortés para remediar en los principios este inconveniente, no sin recelo de que se llevase tras sí a los inquietos, o perturbase a los fáciles de inquietar. Tenía ya experimentado el poco fruto de su paciencia, y que los medios suaves le producían contrarios efectos, poniendo el daño de por calidad; y así determinó valerse del rigor, que suele ser más poderoso con los atrevidos. Mandó que se hiciesen algunas prisiones, y que públicamente fuesen llevados a la armada y puestos en cadena Diego de Ordaz, Pedro Escudero y Juan Velázquez de León. Puso grande terror en el ejército esta demostración, y él trataba de aumentarle, diciendo con entereza y resolución, que los prendía por sediciosos y turbadores de la quietud pública; y que había de proceder contra ellos hasta que pagasen con la cabeza su obstinación: en cuya severidad, o verdadera o afectada, se mantuvo algunos días, sin llegar a lo estrecho de la justicia; porque deseaba más su enmienda que su castigo. Estuvieron al principio sin comunicación, pero después se la concedió dando a entender que la toleraba; y se valió mañosamente de esta permisión para introducir algunos de sus confidentes, que procurasen reducirlos y ponerlos en razón, como lo consiguió con el tiempo, dejándose desenojar tan autorizadamente, que los hizo sus amigos, y estuvieron a su lado en todos los accidentes que se le ofrecieron después.

 

 

 

Capítulo VIII

 

Marchan los españoles, y parte la armada de vuelta de Quiabislan: entran de paso en Zempoala, donde les hace buena acogida el cacique, y se toma nueva noticia de las tiranías de Motezuma

 

Luego que se ejecutaron estas prisiones, salió Pedro de Alvarado con cien hombres a reconocer la tierra y traer algunas vituallas, porque ya se hacía sentir la falta de los indios que proveían el ejército. Ordenósele que no hiciese hostilidad, ni llegase a las armas sin necesidad, en que le pusiesen la defensa o la provocación; y tuvo suerte de ejecutarlo así con poca diligencia, porque a breve distancia se halló en unos pueblos o caseríos, cuyos moradores le dejaron libre la entrada huyendo a los bosques. Reconociéronse las casas, que estaban desiertas de gente, pero bien proveídas de maíz, gallinas y otros bastimentos; y sin hacer daño en los edificios ni en las alhajas, tomaron los soldados lo que habían menester, como adquirido con el derecho de la necesidad, y volvieron al cuartel cargados y contentos.

Dispuso luego su marcha Hernán Cortés como lo tenía resuelto, y partieron los bajeles a la ensenada de Quiabislan, y él siguió por tierra el camino Zempoala, dando el costado derecho a la costa; y echó sus batidores delante que reconociesen la campaña, previniendo advertidamente los accidentes que se podían ofrecer, en tierra donde fuera descuido la seguridad.

Halláronse a pocas horas sobre el río de Zempoala, en cuya vecindad se situó después la villa de la Vera-Cruz, y porque iba profundo, fue necesario recoger algunas canoas y embarcaciones de pescadores que hallaron en la orilla, donde pasó la gente, dejando nadar a los caballos. Vencida esta dificultad, llegaron a unos pueblos del distrito de Zempoala, según se averiguó después, y no se tuvo a buena señal el hallarlos desamparados, no sólo de los indios, sino de sus alhajas y mantenimientos, con indicios de fuga prevenida y cuidadosa: sólo dejaron en sus adoratorios diferentes ídolos, varios instrumentos o cuchillos de pedernal, y arrojados por el suelo algunos despojos miserables de víctimas humanas, que hicieron a un tiempo lástima y horror.

Aquí fue donde se vieron la primera vez, no sin admiración, los libros mejicanos, de que dejamos hecha mención.

Había tres o cuatro en los adoratorios, que debían de contener los ritos de su religión, y eran de una membrana larga o lienzo barnizado, que plegaban en iguales dobleces, de modo que cada doblez formaba una hoja, y todos juntos componían el volumen; parecidos a los nuestros por la vista exterior, y por el texto escritos o dibujados con aquel género de imágenes y cifras que dieron a conocer los pintores de Teutile.

Alojóse luego el ejército en las mejores casas, y se pasó la noche no sin alguna incomodidad, prevenidas las armas, y con centinelas a lo largo, en cuyo desvelo sosegaban los demás.

El día siguiente se volvió a la marcha en la misma ordenanza por el camino más hollado que declinaba la vuelta del Poniente, con algún desvío de la costa; y en toda la mañana no se halló persona de quien tomar lengua, ni más que una soledad sospechosa, cuyo silencio les hacía ruido en la imaginación y en el cuidado. Hasta que entrando en unos pocos prados de grande amenidad, se descubrieron doce indios, que venían en busca de Hernán Cortés con un regalo de gallinas y pan de maíz que le enviaba el cacique de Zempoala, pidiéndole con encarecimiento que no dejase de llegar a su pueblo, donde tenía prevenido alojamiento para su gente, y sería regalado con mayor liberalidad. Súpose de estos indios, que el lugar donde residía su cacique distaba un sol de aquel paraje, que en su lengua era lo mismo que un día de marcha; porque no conocían la división de las leguas, y medían la distancia con los soles, contando el tiempo, y no los pasos del camino. Despachó Cortés a seis indios con grande estimación del regalo y de la oferta, quedándose con los otros seis para que le guiasen, y para hacerles algunas preguntas; porque no acababa de reducirse a la sinceridad de este agasajo, que no esperado parecía poco seguro.

Aquella noche se hizo alto en un pueblo de corta vecindad, cuyos moradores anduvieron solícitos en el hospedaje de los españoles, y al parecer poco recelosos; de cuya quietud se conjeturaba que estarían de paz los de su nación, y no se engañó la esperanza, aunque suele consolarse con facilidad. A la mañana se movió el ejército con la frente a Zempoala, dejándose llevar de los guías con la cautela y prevención conveniente. Y al declinar el día, estando ya cerca del pueblo, vinieron veinte indios al recibimiento de Cortés, galanes a su modo; y hechas sus ceremonias, dijeron: «que no salía con ellos su cacique por estar impedido; y así los enviaba para que cumpliesen por él con aquella demostración, quedando con mucho deseo de conocer a tan valerosos huéspedes, y recibir con su amistad a los que ya tenía en su inclinación».

Era lugar de grande población y de hermosa vista, situado entre dos ríos que fertilizaban la campaña, bajando de lo alto de unas sierras poco distantes, de frondosa y apacible aspereza: los edificios eran de piedra, cubiertos o adornados con un género de cal muy blanca y resplandeciente, de agradables y suntuosos lejos; tanto que uno de los batidores que iban delante volvió aceleradamente, diciendo a voces que las paredes eran de plata, de cuyo engaño se hizo grande fiesta en el ejército, y pudo ser que lo creyesen entonces los que después se burlaban de su credulidad.

Estaban las plazas y las calles ocupadas de innumerable pueblo, que concurrió a ver la entrada, sin armas que pudiesen dar cuidado ni otro rumor que el de la muchedumbre. Salió el cacique a la puerta de su palacio, y era su impedimento una gordura monstruosa que le oprimía y le desfiguraba. Fuese acercando con dificultad, apoyado en los brazos de algunos indios nobles, que al parecer le daban todo el movimiento. Su traje, sobre cuerpo desnudo, una manta de fino algodón, enriquecida con varias joyas y pendientes, de que traía también empedradas las orejas y los labios: príncipe de rara hechura, en quien hacían notable consonancia el peso y la gravedad. Fue necesario que Cortés detuviese la risa de los soldados; y porque tenía que reprimir en sí, dio la orden con forzada severidad; pero luego que empezó el cacique su razonamiento, recibiendo con los brazos a Cortés, y agasajando a los demás capitanes, dio a conocer su buena razón, y ganó por el oído la estimación de los ojos. Habló concertadamente, y cortó la plática de los cumplimientos con despejo y discreción, diciendo a Cortés que se retirase a descansar del camino y alojar su gente, que después le visitaría en su cuartel, para que hablasen más despacio en los intereses comunes.

Tenían prevenido el alojamiento en unos patios de grandes aposentos, donde pudieron acomodarse todos con bastante desahogo, y fueron asistidos con abundancia de cuanto hubieron menester. Envió después el cacique a prevenir su visita con un regalo de alhajas de oro y otras curiosidades, que valdrían hasta dos mil pesos, y vino a poco rato con lucido acompañamiento en unas andas que traían sobre sus hombros los más principales de su familia, y tendrían entonces esta dignidad los más robustos. Salió Cortés a recibirle asistido de sus capitanes, y dándole la puerta y el lugar, se retiró con él y con sus intérpretes, porque le pareció conveniente hablarle sin testigos. Y después de hacerle aquella oración acostumbrada sobre el intento de su venida, la grandeza de su rey y los errores de la idolatría, pasé a decirle: «que uno de los fines de aquel ejército valeroso era deshacer agravios, castigar violencias y ponerse de parte de la justicia y de la razón», tocando este punto advertidamente, porque deseaba introducirle poco a poco en la queja de Motezuma, y ver, según las premisas que traía, lo que podía fiar de su indignación. Conocióse luego en la variación del semblante que se le había tocado en la herida, y antes de resolverse a la respuesta empezó a suspirar como quien sentía la dificultad de quejarse; pero después venció la pasión, y prorrumpiendo en lamentos de su infelicidad le dijo: «que todos los caciques de aquella comarca se hallaban en miserable y vergonzosa esclavitud, gimiendo entre las violencias y tiranías de Motezuma, sin fuerzas para volver por sí, ni espíritu para discurrir en el remedio: que se hacía servir y adorar de sus vasallos como uno de sus dioses, y quería que se venerasen sus violencias y sin razones como decretos celestiales; pero que no era su ánimo proponerle que se aventurase a favorecerlos, porque Motezuma tenía mucho poder y muchas fuerzas para que se resolviese, con tan poca obligación, a declararse por su enemigo; ni sería en él buena urbanidad pretender su benevolencia, vendiendo a tan costoso precio tan corto servicio».

Procuró Hernán Cortés consolarle, dándole a entender: «que temería poco las fuerzas de Motezuma, porque las suyas tenían al cielo de su parte y natural predominio contra los tiranos; pero que necesitaba de pasar luego a Quiabislan, donde le hallarían los oprimidos y menesterosos, que teniendo la razón de su parte necesitasen de sus armas; cuya noticia podría comunicar a sus amigos y confederados, asegurando a todos que Motezuma dejaría de ofenderlos, o no lo podría conseguir mientras él asistiese a su defensa». Con esto se despidieron los dos, y Hernán Cortés trató luego de su marcha, dejando ganada la voluntad de este cacique, y celebrando para consigo la mejoría de sus intentos, que por aquellos lejos o espacios de la imaginación iban pareciendo posibles.

 

 

 

Capítulo IX

 

Prosiguen los españoles su marcha desde Zempoala a Quiabislan: refiérese lo que pasó en la entrada de esta villa, donde se halla nueva noticia de la inquietud de aquellas provincias, y se prenden seis ministros de Motezuma

 

Al tiempo de partir el ejército se hallaron prevenidos cuatrocientos indios de carga para que llevasen las valijas y los bastimentos, y ayudasen a conducir la artillería, que fue grande alivio para los soldados; y se ponderaba como atención extraordinaria del cacique, hasta que se supo de doña Marina que entre aquellos señores de vasallos era estilo corriente asistir a los ejércitos de sus aliados con este género de bagajes humanos, que en su lengua se llamaban Tamenes, y tenían por oficio el caminar de cinco a seis leguas con dos o tres arrobas de peso. Era la tierra que se iba descubriendo amena y deliciosa, parte ocupada con la población natural de grandes arboledas, y parte fertilizada con el beneficio de las semillas, a cuya vista caminaban nuestros españoles alegres y divertidos, celebrando la dicha de pisar una campaña tan abundante. Halláronse al caer del sol cerca de un lugarcillo despoblado, donde se hizo mansión por excusar el inconveniente de entrar de noche en Quiabislan, adonde llegaron el día siguiente a las diez de la mañana.

Descubríanse a largo trecho sus edificios sobre una eminencia de peñascos, que al parecer servían de muralla: sitio fuerte por naturaleza, de surtidas estrechas y pendientes, que se hallaron sin resistencia y se penetraron con dificultad. Habíanse retirado el cacique y los vecinos para averiguar desde lejos la intención de nuestra gente, y el ejército fue ocupando la villa sin hallar persona de quien informarse, hasta que llegando a una plaza donde tenían sus adoratorios, le salieron al encuentro catorce o quince indios de traje más que plebeyo, con grande prevención de reverencias y perfumes, y anduvieron un rato afectando cortesía y seguridad, o procurando esconder el temor en el respeto: afectos parecidos y fáciles de equivocar. Animólos Hernán Cortés, tratándolos con mucho agrado, y les dio algunas cuentas de vidrio azules y verdes; moneda que por sus efectos se estimaba ya entre los mismos que la conocían, con cuyo agasajo se cobraron del susto que disimulaban, y dieron a entender: «que su cacique se había retirado advertidamente por no llamar la guerra con ponerse en defensa, ni aventurar su persona, fiándose de gente armada que no conocía; y que con este ejemplo no fue posible impedir la fuga de los vecinos menos obligados a esperar el riesgo: acción a que se habían ofrecido ellos como personas de más porte y mayor osadía; pero que en sabiendo todos la benignidad de tan honrados huéspedes volverían a poblar sus casas, y tendrían amucha felicidad el servirlos y obedecerlos». Asegurólos de nuevo Hernán Cortés, y luego que partieron con esta noticia, encargó mucho a sus soldados el buen pasaje de los indios, cuya confianza se conoció tan presto, que aquella misma noche vinieron algunas familias, y en breve tiempo estuvo el lugar con todos sus moradores.

Entró después el cacique, trayendo al de Zempoala por su padrino, ambos en sus andas o literas sobre hombros humanos. Disculpó el de Zempoala, no sin alguna discreción, a su vecino, y a pocos lances se introdujeron ellos mismos en las quejas de Motezuma, refiriendo con impaciencia, y algunas veces con lágrimas, sus tiranías y crueldades, la congoja de sus pueblos y la desesperación de sus nobles, a que añadió el de Zempoala por última ponderación: «es tan soberbio y tan feroz este monstruo, que sobre apurarnos y empobrecernos con sus tributos, formando sus riquezas de nuestras calamidades, quiere también mandar en la honra de sus vasallos, quitándonos violentamente las hijas y las mujeres para manchar con nuestra sangre las aras de sus dioses, después de sacrificarlas a otros usos más crueles de menos honestos».

Procuró Hernán Cortés alentarlos y disponerlos para entrar en su confederación; pero al mismo tiempo que trataba de inquirir sus fuerzas y el número de gente que tomaría las armas en defensa de la libertad, llegaron dos o tres indios muy sobresaltados, y hablando con ellos al oído los pusieron en tanta confusión que se levantaron perdido el ánimo y el color, y se fueron a paso largo sin despedirse ni acabar la razón. Súpose luego la causa de su turbación, porque se vieron pasar por el mismo cuartel de los españoles seis ministros o comisarios reales de aquellos que andaban por el reino cobrando y recogiendo los tributos de Motezuma. Venían adornados con mucha pompa de plumas y pendientes de oro, sobre delgado y limpio algodón, y con bastante número de criados o ministros inferiores, que moviendo, según la necesidad, unos abanicos grandes hechos de la misma pluma, les comunicaban el aire o la sombra con oficiosa inquietud. Salió Cortés a la puerta con sus capitanes, y ellos pasaron sin hacerle cortesía, vario el semblante entre la indignación y el desprecio; de cuya soberbia quedaron con algún remordimiento los soldados, y partieran a castigarla si él no los reprimiera, contentándose por entonces con enviar a doña Marina con guardia suficiente para que se informase de lo que obraban.

Entendióse por este medio que asentada su audiencia en la casa de la villa, hicieron llamar a los caciques, y los reprendieron públicamente con grande aspereza el atrevimiento de haber admitido en sus pueblos una gente forastera enemiga de su rey; y que además del servicio ordinario a que estaban obligados, les pedían veinte indios para sacrificar a sus dioses en satisfacción y enmienda de semejante delito.

Llamó Hernán Cortés a los dos caciques, enviando algunos soldados que sin hacer ruido los trajesen a su presencia, y dándoles a entender que penetraba lo más oculto de sus intentos, para autorizar con este misterio su proposición, les dijo: «que ya sabía la violencia de aquellos comisarios, y que sin otra culpa que haber admitido su ejército trataban de imponerles nuevos tributos de sangre humana: que ya no era tiempo de semejantes abominaciones, ni él permitiría que a sus ojos se ejecutase tan horrible precepto; antes les ordenaba precisamente que, juntando su gente, fuesen luego a prenderlos, y dejasen a cuenta de sus armas la defensa de lo que obrasen por su consejo».

Deteníanse los caciques, rehusando entrar en ejecución tan violenta, como envilecidos con la costumbre de sufrir el dolor y respetar el azote; pero Hernán Cortés repitió su orden con tanta resolución, que pasaron luego a ejecutarla, y con grande aplauso de los indios fueron puestos aquellos bárbaros en un género de cepos que usaban en sus cárceles muy desacomodados, porque prendían el delincuente por la garganta, obligando los hombros a forcejear con el peso para el desahogo de la respiración. Eran dignas de risa las demostraciones de entereza y rectitud con que volvieron los caciques a dar cuenta de su hazaña, porque trataban de ajusticiarlos aquel mismo día, según la pena que señalaban sus leyes contra los traidores; y viendo que no se les permitía tanto, pedían licencia para sacrificarlos a sus dioses como por vía de menor atrocidad.

Asegurada la prisión con guardia bastante de soldados españoles, se retiró Hernán Cortés a su alojamiento, y entró en consulta consigo sobre lo que debía obrar para salir del empeño en que se hallaba de amparar y defender aquellos caciques del daño que les amenazaba por haberle obedecido; pero no quisiera desconfiar enteramente a Motezuma, ni dejar de tenerle pendiente y cuidadoso. Hacíale disonancia el tomar las armas para defender la razón escrupulosa de unos vasallos quejosos de su rey, dejando sin nueva provocación o mejor pretexto el camino de la paz. Y por otra parte consideraba como punto necesario el mantener aquel partido que se iba formando por si llegase el caso de haberle menester. Tuvo finalmente por lo más acertado cumplir con Motezuma, sacando mérito de suspender los efectos de aquel desacato, y dándose a entender que por lo menos cumpliría consigo en no fomentar la sedición, ni servirse de ella hasta la última necesidad. Lo que resultó de esta conferencia interior, que le tuvo algunas horas desvelado, fue mandar a la media noche que le trajesen dos de los prisioneros con todo recato, y recibiéndolos benignamente les dijo, como quien no quería que le atribuyesen lo que habían padecido, que los llamaba para ponerlos en libertad, y que en fe de que la recibían únicamente de su mano, podrían asegurar a su príncipe: «que con toda brevedad procuraría enviarle los otros compañeros suyos que quedaban en poder de los caciques; para cuya enmienda y reducción obraría lo que fuese de su mayor servicio, porque deseaba la paz, y merecerle con su respeto y atenciones toda la gratitud que se le debía por embajador y ministro de mayor príncipe». No se atrevían los indios a ponerse en camino, temiendo que los matasen o volviesen a prender en el paso, y fue menester asegurarlos con alguna escolta de soldados españoles que los guiasen a la vecina ensenada donde se hallaban los bajeles, con orden para que en uno de los esquifes los sacasen de los términos de Zempoala.

Vinieron a la mañana los caciques muy sobresaltados y pesarosos de que se hubiesen escapado los dos prisioneros, y Hernán Cortés recibió la noticia con señas de novedad y sentimiento, culpándolos de poco vigilantes, y con este motivo mandó en su presencia que los otros fuesen llevados a la armada, como quien tomaba por suya la importancia de aquella prisión, y secretamente ordenó a los cabos marítimos que los tratasen bien, teniéndolos contentos y seguros; con lo cual dejó confiados a los caciques sin olvidar la satisfacción de Motezuma, cuyo poder tan ponderado y temido entre aquellos indios, le tenía cuidadoso; y así procuraba ocurrir a todo, conservando aquel partido sin empeñarse demasiado en él, ni perder de vista los accidentes que le podrían poner en obligación de abrazarle: grande artífice de medir lo que disponía con lo que recelaba, y prudente capitán el que sabe caminar en alcance de las contingencias, y madrugar con el discurso para quitar la fuerza o la novedad a los sucesos.

 

 

 

Capítulo X

 

Vienen a dar la obediencia y ofrecerse a Cortés los caciques de la serranía: edifícase y pónese en defensa la villa de la Vera-Cruz, donde llegan nuevos embajadores de Motezuma

 

Divulgóse por aquellos contornos la benignidad y agradable trato de los españoles, y los dos caciques de Zempoala y Quiabislan avisaron a sus amigos y confederados de la felicidad en que se hallaban libres de tributos, y afianzada su libertad con el amparo de una gente invencible que entendía los pensamientos de los hombres, y que parecía de superior naturaleza; con que pasó la palabra, y fue, como suele, adquiriendo fuerzas la fama, en cuyo lenguaje tiene sus adicciones la verdad o se confunde con el encarecimiento. Ya se decía públicamente por aquellos pueblos que habitaban sus dioses en Quiabislan, vibrando rayos contra Motezuma, y duró algunos días esta credulidad entre los indios, cuya engañada veneración facilitó mucho los principios de aquella conquista; pero no se apartaban totalmente de la verdad en mirar como enviados del cielo a los que por decreto y ordenación suya venían a ser instrumentos de su salud: aprensión de su rudeza, en que pudo mezclarse alguna luz superior dispensada en favor de su misma sinceridad.

Creció tanto esta opinión de los españoles, y suena tan bien el nombre de la libertad a los oprimidos, que en pocos días vinieron a Quiabislan más de treinta caciques, dueños de la montaña que estaba a la vista, donde había numerosas poblaciones de unos indios que llamaban totonaques, gente rústica, de diferente lengua y costumbres, pero robusta y no sin presunción de valiente. Dieron todos la obediencia, ofrecieron sus huestes, y en la forma que se les propuso juraron fidelidad y vasallaje al señor de los españoles, de que se recibió auto solemne ante el escribano del ayuntamiento. Dice Antonio de Herrera que pasaría de cien mil hombres la gente de armas que ofrecieron estos caciques: no la contó Bernal Díaz del Castillo, ni llegó el caso de alistarla: sería grande el número por ser muchos los pueblos, y fáciles de mover contra Motezuma, particularmente cuando la serranía constaba de indios belicosos, recién sujetos o mal conquistados.

Hecho este género de confederación, se retiraron los caciques a sus casas, prontos a obedecer lo que se les ordenase; y Hernán Cortés trató de dar asiento a la Villa Rica de la Vera-Cruz, que hasta entonces se movía con el ejército, aunque observaba sus distinciones de república. Eligióse el sitio en lo llano, entre la mar y Quiabislan, media legua de esta población, tierra que convidaba con su fertilidad; abundante de agua y copiosa de árboles, cuya vecindad facilitaba el corte de madera para los edificios. Abriéronse las zanjas, empezando por el templo: repartiéronse los oficiales carpinteros y albañiles que venían con plaza de soldados, y ayudando los indios de Zempoala y Quiabislan con igual maña y actividad, se fueron levantando las casas de humilde arquitectura que miraban más al cubierto que a la comodidad. Formóse luego el recinto de la muralla con sus traveses de tapia corpulenta; bastante reparo contra las armas de los indios; y en que aquella tierra tuvo alguna propiedad el nombre que se le dio de fortaleza. Asistían a la obra con la mano y con el hombro los soldados principales del ejército; y trabajaba como todos Hernán Cortés, pendiente al parecer de su tarea, o no contento con aquella escasa diligencia que basta en el superior para el ejemplo.

Entretanto llegaron a Méjico los primeros avisos de que estaban los españoles en Zempoala, admitidos por aquel cacique, hombre a su parecer de fidelidad sospechosa, y de vecinos poco seguros; cuya noticia irritó de suerte a Motezuma, que propuso juntar sus fuerzas y salir personalmente a castigar este delito de los zempoales, y poner debajo del yugo a las demás naciones de la serranía; prendiendo vivos a los españoles destinados ya en su imaginación para un solemne sacrificio de sus dioses.

Pero al mismo tiempo que se empezaban a disponer las grandes prevenciones de esta jornada, llegaron a Méjico los dos indios que despachó Cortés desde Quiabislan, y refirieron el suceso de su prisión, y que debían su libertad al caudillo de los extranjeros, y el haberlos puesto en camino para que le representasen cuánto deseaba la paz, y cuán lejos estaba su ánimo de hacerle algún deservicio; encareciendo su benignidad y mansedumbre con tanta ponderación, que pudiera conocerse de las alabanzas que daban a Cortés el miedo que tuvieron a los caciques.

Mudaron semblante las cosas con esta novedad: mitigóse la ira de Motezuma, cesaron las prevenciones de la guerra, y se volvió a tentar el camino del ruego, procurando desviar el intento de Cortés con nueva embajada y regalo, a cuyo temperamento se inclinó con facilidad; porque en medio de su irritación y soberbia no podía olvidar las señales del cielo, y las respuestas de sus ídolos que miraba como agüeros de su jornada, o por lo menos le obligaban a la dilación del rompimiento, procurando entenderse con su temor; de manera que los hombres le tuviesen por prudencia, y los dioses por obsequio.

Llegó esta embajada cuando se hallaba perfeccionando la nueva población y fortaleza de la Vera-Cruz. Vinieron con ella dos mancebos de poca edad sobrinos de Motezuma, asistidos de cuatro caciques ancianos que los encaminaban como consejeros, y los autorizaban con su respeto. Era lucido el acompañamiento, y traían un regalo de oro, pluma y algodón que valdría dos mil pesos. El razonamiento de los embajadores fue: «Que el grande emperador Motezuma, habiendo entendido la inobediencia de aquellos caciques, y el atrevimiento de prender y maltratar a sus ministros, tenía prevenido un ejército poderoso para venir personalmente a castigarlos, y lo había suspendido por no hallarse obligado a romper con los españoles, cuya amistad deseaba, y a cuyo capitán debía estimar y agradecer la atención de enviarle aquellos dos criados suyos, sacándolos de prisión tan rigurosa. Pero que después de quedar con toda confianza de que obraría lo mismo en la libertad de sus compañeros, no podía dejar de quejarse amigablemente de que un hombre tan valeroso y tan puesto en razón se acomodase a vivir entre sus rebeldes, haciéndolos más insolentes con la sombra de sus armas, y siendo poco menos que aprobar la traición el dar atrevimiento a los traidores; por cuya consideración le pedía que se apartase luego de aquella tierra para que pudiera entrar en ella su castigo sin ofensa de su amistad; y con el mismo buen corazón le amonestaba que no tratase de pasar a su corte, por ser grandes los estorbos y peligros de esta jornada.» En cuya ponderación se alargaron con misteriosa prolijidad, por ser ésta la particular advertencia de su instrucción.

Hernán Cortés recibió la embajada y el regalo con respeto y estimación; y antes de dar su respuesta, mandó que entrasen los cuatro ministros presos que hizo traer de la armada prevenidamente: y captando la benevolencia de los embajadores, con la acción de entregárselos bien tratados y agradecidos, les dijo en sustancia: «que el error de los caciques de Zempoala y Quiabislan quedaba enmendado con la restitución de aquellos ministros, y él muy gustoso de acreditar con ella su atención, y dar a Motezuma esta señal de su obediencia: que no dejaba de conocer y confesar el atrevimiento de la prisión, aunque pudiera disculparle con el exceso de los mismos ministros: pues no contentos con los tributos debidos a su corona, pedían con propia autoridad veinte indios de muerte para sus sacrificios: dura proposición, y abuso que no podían tolerar los españoles por ser hijos de otra religión más amiga de la piedad y de la naturaleza: que él se hallaba obligado de aquellos caciques, porque le admitieron y albergaron en sus tierras, cuando sus gobernadores Teutile y Pilpatoe le abandonaron desabridamente, faltando a la hospitalidad y al derecho de las gentes: acción que se obraría sin su orden, y le sería desagradable; o por lo menos él lo debía entender así, porque mirando a la paz, deseaba enflaquecer la razón de su queja; que aquella tierra ni la serranía de los totonaques, no se moverían en deservicio suyo, ni él se lo permitiría, porque los cacique estaban a su devoción, y no saldrían de sus órdenes, por cuyo motivo se hallaba en obligación de interceder por ellos para que se les perdonase la resistencia que hicieron a sus ministros por la acción de haber admitido y alejado su ejército; y que en lo demás sólo podía responder, que cuando consiguiese la dicha de acercarse a sus pies, se conocería la importancia de su embajada: sin que le hiciese fuerza los estorbos y peligros que le representaban, porque los españoles no conocían al temor; antes se azoraban y encendían con los impedimentos, como enseñados a grandes peligros y hechos a buscar la gloria entre las dificultades».

Con esta breve y resuelta oración en que se debe notar la constancia de Hernán Cortés, y el arte con que procuraba dar estimación a sus intentos, respondió a los embajadores que partieron muy agasajados y ricos de bujerías castellanas; llevando para su rey en forma de presente otra magnificencia del mismo género.

Reconocióse que iban cuidadosos de no haber conseguido que se retirase aquel ejército, a cuyo punto caminaban todas las líneas de su negociación. Ganóse mucho crédito con esta embajada entre aquellas naciones, porque se confirmaron en la opinión de que venía en la persona de Hernán Cortés alguna deidad, y no de las menos poderosas; pues Motezuma, cuya soberbia se desdeñaba de doblar la rodilla en la presencia de sus dioses, le buscaba con aquel rendimiento, y solicitaba su amistad con dádivas que a su parecer serían poco menos que sacrificios: de cuya notable aprensión resultó que perdiesen mucha parte del miedo que tenían a su rey, entregándose con mayor sujeción a la obediencia de los españoles. Y hasta la desproporción de semejante delirio fue menester para que una obra tan admirable como la que se intentaba con fuerzas tan limitadas, se fuese haciendo posible con estas permisiones del Altísimo sin dejarla toda en términos de milagro, o en descrédito de temeridad.

Capítulo XI

 

Mueven los zempoales con engaño las armas de Hernán Cortés contra los de Zimpacingo sus enemigos: hácelos amigos, y deja reducida aquella tierra

 

Poco después vino a la Vera-Cruz el cacique de Zempoala en compañía de algunos indios principales que traía como testigos de su proposición; y dijo a Hernán Cortés, que ya llegaba el caso de amparar y defender su tierra; porque unas tropas de gente mejicana habían hecho pie en Zimpacingo, lugar fuerte que distaría de allí poco menos de dos soles, y salían a correr la campaña, destruyendo los sembrados, y haciendo en su distrito algunas hostilidades con que al parecer daban principio a su venganza. Hallábase Hernán Cortés empeñado en favorecer a los zempoales para mantener el crédito de sus ofertas: parecióle que no sería bien dejar consentido a sus ojos aquel atrevimiento de los mejicanos; y que en caso de ser algunas tropas avanzadas del ejército de Motezuma, convendría enviarlas escarmentadas; para que desanimasen a los de su nación; a cuyo efecto determinó salir personalmente a esta facción; entrando en el empeño con alguna ligereza, porque no conocía los engaños y mentiras de aquella gente (vicio capital entre los indios), y se dejó llevar de lo verosímil con poco examen de la verdad. Ofrecióles que saldría luego con su ejército a castigar aquellos enemigos que turbaban la quietud de sus aliados, y mandando que le previniesen indios de carga para el bagaje y la artillería, dispuso brevemente su archa, y partió la vuelta de Zimpacingo con cuatrocientos soldados, dejando a los demás en el presidio de la Vera-Cruz.

Al pasar por Zempoala halló dos mil indios de guerra que le tenía prevenidos el cacique para que sirviesen debajo de su mano en esta jornada, divididos en cuatro escuadrones o capitanías, con sus cabos, insignias y armas a la usanza de su milicia. Agradecióle mucho Hernán Cortés la providencia de este socorro; y aunque le dio a entender que no necesitaba de aquellos soldados suyos para una empresa de tan poco cuidado, los dejó ir por lo que sucediese, como quien se lo permitía para darles parte en la gloria del suceso.

Aquella noche se alojaron en unas estancias tres leguas de Zimpacingo, y otro día a poco más de las tres de la tarde se descubrió esta población en lo alto de una colina, ramo de la sierra entre grandes peñas que escondían parte de los edificios, y amenazaban desde lejos con la dificultad del camino. Empezaron los españoles a vencer la aspereza del monte, no sin trabajo considerable, porque recelosos de dar en alguna emboscada, se iban doblando y desfilando a voluntad del terreno; pero los zempoales, o más diestros, o menos embarazados en lo estrecho de las sendas, se adelantaron con un género de ímpetu que parecía valor, siendo venganza y latrocinio. Hallóse obligado Hernán Cortés a mandar que hiciesen alto, a tiempo que estaban ya dentro del pueblo tropas de su vanguardia.

Fue prosiguiendo la marcha sin resistencia; y cuando ya se trataba de asaltar la villa por diferentes partes, salieron de ella ocho sacerdotes ancianos que buscaban al capitán de aquel ejército, a cuya presencia llegaron haciendo grandes sumisiones y pronunciando algunas palabras humildes y asustadas que sin necesitar de los intérpretes, sonaban a rendimiento. Era su traje o su ornamento unas mantas negras, cuyos extremos llegaban al suelo, y por la parte superior se recogían y plegaban al cuello, dejando suelto un pedazo en forma de capilla con que abrigaban la cabeza, largo hasta los hombros el cabello, salpicado y endurecido con la sangre humana de los sacrificios, cuyas manchas conservaban supersticiosamente en el rostro y en las manos, porque no les era lícito lavarse: propios ministros de dioses inmundos, cuya torpeza se dejaba conocer en estas y otras deformidades.

Dieron principio a su oración, preguntando a Cortés: «¿por qué resistencia, o por qué delito merecían los pobres habitadores de aquel pueblo inocente la indignación o el castigo de una gente conocida ya por su clemencia en aquellos contornos?» Respondióles: «que no trataba de ofender a los vecinos del pueblo, sino de castigar a los mejicanos que se albergaban en él y salían a infestar las tierras de sus amigos».

A que replicaron: «que la gente de guerra mejicana que asistía de guarnición en Zimpacingo, se había retirado, huyendo la tierra adentro luego que se divulgó la prisión de los ministros de Motezuma, ejecutada en Quiabislan; y que si venía contra ellos por influencia o sugestión de aquellos indios que le acompañaban, tuviese entendido que los zempoales eran sus enemigos, y que le traían engañado, fingiendo aquellas correrías de los mejicanos para destruirlos y hacerle instrumento de su venganza».

Averiguóse fácilmente con la turbación y frívolas disculpas de los mismos cabos zempoales que decían verdad estos sacerdotes; y Hernán Cortés sintió el engaño como desaire de sus armas, enojado a un tiempo con la malicia de los indios, y con su propia sinceridad; pero acudiendo con el discurso a lo que más importaba en aquel caso, mandó prontamente que los capitanes Cristóbal de Olid y Pedro de Alvarado fuesen con sus compañías a recoger los indios que se adelantaron a entrar en el pueblo, los cuales andaban ya cebados en el pillaje, y tenían hecha considerable presa de ropa y alhajas y maniatados algunos prisioneros. Fueron traídos al ejército, cargados afrentosamente de su mismo robo, y venían en su alcance los miserables despojados clamando por su hacienda; para cuya satisfacción y consuelo mandó Hernán Cortés que se desatasen los prisioneros, y que la ropa se entregase a los sacerdotes para que la restituyesen a sus dueños. Y llamando a los capitanes y cabos de los zempoales, reprendió públicamente su atrevimiento con palabras de grande indignación, dándoles a entender que habían incurrido en pena de muerte por el delito de obligarle a mover el ejército para conseguir su venganza: y haciéndose rogar de los capitanes españoles que tenía prevenidos para que le templasen y detuviesen, les concedió el perdón por aquella vez, encareciendo la hazaña de su mansedumbre; aunque a la verdad no se atrevió por entonces a castigarlos con el rigor que merecían, pareciéndole que entre aquellos nuevos amigos tenía sus inconvenientes la satisfacción de la justicia, o peligraban menos los excesos de la clemencia.

Hecha esta demostración que le dio crédito con ambas naciones, ordenó que los zempoales se acuartelasen fuera del poblado, y él entró con sus españoles en el lugar, donde tuvo aplausos de libertador, y le visitaron luego en su alojamiento el cacique de Zimpacingo y otros del contorno, los cuales convidaron con su amistad y su obediencia, reconociendo por su rey al príncipe de los españoles, amado ya con fervorosa emulación en aquella tierra, donde le iba ganando súbditos cierto género de razón que les suministraba entonces el aborrecimiento de Motezuma.

Trató después de ajustar las disensiones que traían entre sí aquellos indios con los de Zempoala, cuyo principio fue sobre división de términos y celos de jurisdicción que anduvo primero entre los caciques, y ya se había hecho rencor de los vecinos, viviendo unos y otros en continua hostilidad, para cuyo efecto dio forma en la composición de sus diferencias; y tomando a su cuenta el beneplácito del señor de Zempoala, consiguió el hacerlos amigos, y tomó la vuelta de la Vera-Cruz, dejando adelantado su partido con la obediencia de nuevos caciques, y apagada la enemistad de sus parciales, cuya desunión pudiera embarazarle para servirse de ellos: con que sacó utilidad, y halló conveniencia en el mismo desacierto de su jornada; siendo este fruto que suelen producir los errores, uno de los desengaños de la prudencia humana, cuyas disposiciones se quedan las más veces en la primera región de las cosas.

 

 

 

Capítulo XII

 

Vuelven los españoles a Zempoala, donde se consigue el derribar los ídolos con alguna resistencia de los indios, y queda hecho templo de Nuestra Señora el principal de sus adoratorios

 

Estaba el cacique de Zempoala esperando a Cortés en una casería poco distante de su pueblo con grande prevención de vituallas y manjares, para dar un refresco a su gente; pero muy avergonzado y pesaroso de que se hubiese descubierto su engaño. Quiso disculparse, y Hernán Cortés no se lo permitió diciéndole que ya venía desenojado, y que sólo deseaba la enmienda, única satisfacción de los delitos perdonados. Pasaron luego al lugar donde le tenía prevenido segundo presente de ocho doncellas, vistosamente adornadas: era la una sobrina suya, y la traía destinada para que Hernán Cortés le honrase recibiéndola por su mujer; y las otras para que las repartiese a sus capitanes como le pareciese, haciendo este ofrecimiento como quien deseaba estrechar su amistad con los vínculos de la sangre. Respondióle que estimaba mucho aquella demostración de su voluntad y de su ánimo; pero que no era lícito a los españoles el admitir mujeres de otra religión, por cuya causa suspendía el recibirlas hasta que fuesen cristianas. Y con esta ocasión le apretó de nuevo en que dejase la idolatría, porque no podía ser buen amigo suyo quien se quedaba su contrario en lo más esencial; y como le tenía por hombre de razón, entró con alguna confianza en el intento de convencerle y reducirle; pero él estuvo tan lejos de abrir los ojos, o sentir la fuerza de la verdad, que fiado en la presunción de su entendimiento, quiso argumentar en defensa de sus dioses, y Hernán Cortés se enfadó con él, dejándose llevar del celo de la religión, y le volvió las espaldas con algún desabrimiento.

Ocurrió en esta sazón una de las festividades más solemnes de sus ídolos; y los zempoales se juntaron, no sin algún recato de los españoles, en el principal de sus adoratorios, donde se celebró un sacrificio de sangre humana, cuya horrible función se ejecutaba por mano de los sacerdotes con las ceremonias que veremos en su lugar. Vendíanse después a pedazos aquellas víctimas infelices, y se compraban y apetecían como sagrados manjares: bestialidad abominable en la gula, y peor en la devoción. Vieron parte de este destrozo algunos españoles que vinieron a Cortés con la noticia de su escándalo; y fue tan grande su irritación, que se le conoció luego en el semblante la piadosa turbación de su ánimo. Cesaron a vista de mayor causa los motivos que obligaron a conservar aquellos confederados; y como tiene también sus primeros ímpetus la ira cuando se acompaña con la razón, prorrumpió en amenazas, mandando que tomasen las armas sus soldados, y que le llamasen al cacique y a los demás indios principales que solían asistirle; y luego que llegaron a su presencia, marchó con ellos al adoratorio, llevando en orden su gente.

Salieron a la puerta de él los sacerdotes que estaban ya recelosos del suceso, y a grandes voces empezaron a convocar el pueblo en defensa de sus dioses; a cuyo tiempo se dejaron ver algunas tropas de indios armados, que según se entendió después, habían prevenido los mismos sacerdotes, porque temieron alguna violencia, dando por descubierto el sacrificio que tanto aborrecían los españoles. Era de alguna consideración el número de la gente que iba ocupando las bocas de las calles; pero Hernán Cortés, poco embarazado en estos accidentes, mandó que doña Marina dijese en voz alta, que a la primera flecha que disparasen, haría degollar al cacique y a los demás zempoales que tenía en su poder, y después daría permisión a sus soldados para que castigasen a sangre y fuego aquel atrevimiento. Temblaron los indios al terror de semejante amenaza; y temblando como todos el cacique, mandó a grandes voces que dejasen las armas y se retirasen, cuyo precepto se ejecutó apresuradamente, conociéndose en la prontitud con que desaparecieron lo que deseaba su temor parecer obediencia.

Quedóse Hernán Cortés con el cacique y con los de su séquito, y llamando a los sacerdotes, oró contra la idolatría con más que militar elocuencia: «animólos para que no le oyesen atemorizados: procuró servirse de los términos suaves, y que callase la violencia donde hablaba la razón; lastimóse con ellos del engaño en que vivían; quejóse de que siendo sus amigos, no le diesen crédito en lo que más les importaba; ponderóles lo que deseaba su bien, y de las caricias que hablan con el corazón, pasó a los motivos que hablaban con el entendimiento; hízoles manifiesta demostración de sus errores; púsoles delante, casi en forma visible, la verdad; y últimamente les dijo que venía resuelto a destruir aquellos simulacros del demonio y que esta obra le sería más acepta, si ellos mismos la ejecutasen por sus manos»: a cuyo intento los persuadía y animaba para que subiesen por las gradas del templo a derribar los ídolos; pero ellos se contristaron de manera con esta proposición, que sólo respondían con el llanto y el gemido, hasta que arrojándose en tierra, dijeron a grandes voces que primero se dejarían hacer pedazos, que poner las manos en sus dioses. No quiso Hernán Cortés empeñarse demasiado en esta circunstancia que tanto resistían; y así mandó que sus soldados lo ejecutasen; por cuya diligencia fueron arrojados desde lo alto de las gradas, y llegaron al pavimento hechos pedazos el ídolo principal y sus colaterales, seguidos y atropellados de sus mismas aras, y de los instrumentos detestables de su adoración. Fue grande la conmoción y el asombro de los indios: mirábanse unos a otros como echando menos el castigo del cielo, y a breve rato sucedió lo mismo que en Cozumel; porque viendo a sus dioses en aquel abatimiento, sin poder ni actividad para vengarse, les perdieron el miedo, y conocieron su flaqueza: al modo que suele conocer el mundo los engaños de su adoración en la ruina de sus poderosos.

Quedaron con esta experiencia los zempoales más fáciles a la persuasión, y más atentos a la obediencia de los españoles; porque si antes los miraban como sujetos de superior naturaleza, ya se hallaban obligados a confesar que podían más que sus dioses. Hernán Cortés, conociendo lo que había crecido con ellos su autoridad, les mandó que limpiasen el templo, cuya orden se ejecutó con tanto fervor y alegría, que afectando su desengaño, arrojaban al fuego los fragmentos de sus ídolos. Ordenó luego el cacique a sus arquitectos que rozasen las paredes, borrando las manchas de sangre humana que se conservaban como adorno. Blanqueáronse después con una capa de aquel yeso resplandeciente que usaban en sus edificios, y se fabricó un altar, donde se colocó una imagen de nuestra Señora, con algunos adornos de flores y luces; y el día siguiente se celebró el santo sacrificio de la misa con la mayor solemnidad que fue posible a vista de muchos indios que asistían a la novedad, más admirados que atentos, aunque algunos doblaban la rodilla, y procuraban remedar la devoción de los españoles.

No hubo lugar entonces de instruirlos con fundamento en los principios de la religión, porque pedía más espacio su rudeza; y Hernán Cortés llevaba intento de empezar también su conquista espiritual desde la corte de Motezuma; pero quedaron inclinados al desprecio de sus ídolos, y dispuestos a la veneración de aquella santa imagen, ofreciendo que la tendrían por su abogada, para que los favoreciese el Dios de los cristianos; cuyo poder reconocían ya por los efectos, y por algunas vislumbres de la luz natural, bastantes siempre a conocer lo mejor, y a sentir la fuerza de los auxilios con que asiste Dios a todos los racionales.

Y no es de omitir la piadosa resolución de un soldado anciano que se quedó solo entre aquella gente mal reducida, para cuidar del culto de la imagen, coronando su vejez con este santo ministerio; llamábase Juan de Torres, natural de la ciudad de Córdoba. Acción verdaderamente digna de andar con el nombre de su dueño, y virtud de soldado en que hubo mucha parte de valor.

 

 

 

Capítulo XIII

 

Vuelve el ejército a la Vera-Cruz; despáchanse comisarios al rey con noticia de lo que se había obrado; sosiégase otra sedición con el castigo de algunos delincuentes, y Hernán Cortés ejecuta la resolución de dar al través con la armada

 

Partieron luego los españoles de Zempoala, cuya población se llamó unos días la Nueva Sevilla, y cuando llegaron a la Vera-Cruz, acababa de arribar al paraje donde estaba surta la armada, un bajel de poco porte que venía de la isla de Cuba, a cargo del capitán Francisco de Saucedo, natural de Medina de Rioseco, a quien acompañaba el capitán Luis Marín, que lo fue después en la conquista de Méjico, y traían diez soldados, un caballo y una yegua, que en aquella ocurrencia se tuvo a socorro considerable. Omitieron nuestros escritores el intento de su viaje; y en esta duda parece lo más verosímil que saliesen de Cuba con ánimo de buscar a Cortés para seguir su fortuna: a que persuade la misma facilidad con que se incorporaron en su ejército. Súpose por este medio que el gobernador Diego Velázquez quedaba nuevamente encendido en sus amenazas contra Hernán Cortés, porque se hallaba con título de adelantado de aquella isla, y con despachos reales para descubrir y poblar, obtenidos por la negociación de un capellán suyo que había despachado a la corte para esta y otras pretensiones, cuya merced le tenía inexorable o persuadido a que su mayor autoridad era nueva razón de su queja.

Pero Hernán Cortés, empeñado ya en mayores pensamientos, trató esta noticia como negocio indiferente, aunque le apresuró algo en la resolución de dar cuenta al rey de su persona: para cuyo efecto dispuso que la Vera-Cruz, en nombre de villa, formase una carta, poniendo a los pies de su majestad aquella nueva república, y refiriendo por menor los sucesos de la jornada; las provincias que estaban ya reducidas a su obediencia; la riqueza, fertilidad y abundancia de aquel nuevo mundo; lo que se había conseguido en favor de la religión, y lo que se iba disponiendo en orden a reconocer lo interior del imperio de Motezuma. Pidió encarecidamente a los capitulares del ayuntamiento, que sin omitir las violencias intentadas por Diego Velázquez y su poca razón, ponderasen mucho el valor y constancia de aquellos españoles, y les dejó el campo abierto para que hablasen de su persona como cada uno sintiese. No sería modestia, sino fiar de su mérito más que de sus palabras, y desear que se alargasen ellos con mejor tinta en sus alabanzas, que a nadie suenan mal sus mismas acciones bien ponderadas, y más en esta profesión militar, donde se usan unas virtudes poco desengañadas, que se pagan de su mismo nombre.

La carta se escribió en forma conveniente, cuya conclusión fue pedir a su majestad que le enviase el nombramiento de capitán general de aquella empresa, revalidando el que tenía de la villa y ejército sin dependencia de Diego Velázquez; y él escribió en la misma sustancia, hablando con más fundamento en las esperanzas que tenía de traer aquel imperio a la obediencia de su majestad, y en lo que iba disponiendo para contrastar el poder de Motezuma con su misma tiranía.

Formados los despachos, se cometió a los capitanes Alonso Hernández Portocarrero y Francisco de Montejo esta legacía; y se dispuso que llevasen al rey todo el oro y alhajas de precio y curiosidad que se habían adquirido, así de los presentes de Motezuma, como de los rescates y dádivas de los otros caciques, cediendo su parte los oficiales y soldados, para que fuese más cuantioso el regalo: llevaron también algunos indios que se ofrecieron voluntarios a este viaje; primicias de aquellos nuevos vasallos que se iban conquistando; y Hernán Cortés envió regalo aparte para su padre Martín Cortés: digno cuidado entre las demás atenciones suyas. Fletóse luego el mejor navío de la armada; encargóse el regimiento de la navegación al piloto mayor Antón de Alaminos; y cuando llegó el día señalado para la embarcación, se encomendó al favor divino el acierto del viaje con una misa solemne del Espíritu Santo; y con este feliz auspicio se hicieron a la vela en diez y seis de julio de mil quinientos diez y nueve, con orden precisa de seguir su derrota la vuelta de España, procurando tomar el canal de Bahama, sin tocar en la isla de Cuba, donde se debían recelar como peligro evidente las asechanzas de Diego Velázquez.

En el tiempo que se andaban tratando las prevenciones de esta jornada, se inquietaron nuevamente algunos soldados y marineros, gente de pocas obligaciones, tratando de escaparse para dar aviso a Diego Velázquez de los despachos y riquezas que se remitían al rey en nombre de Cortés: y era su ánimo adelantarse con esta noticia, para que pudiese ocupar los pasos y apresar el navío, a cuyo fin tenían ya ganados los marineros de otro, y prevenido en él todo lo necesario para su viaje; pero la misma noche de la fuga se arrepintió uno de los conjurados que se llamaba Bernardino de Coria. Iba con los demás a embarcarse, y conociendo desde más cerca la fealdad de su delito, se apartó cautelosamente de sus compañeros, y vino con el aviso a Cortés. Tratóse luego del remedio, y se dispuso con tanto secreto y diligencia, que fueron aprehendidos todos los cómplices en el mismo bajel sin que pudiesen negar la culpa que cometían. Y Hernán Cortés la tuvo por digna de castigo ejemplar, desconfiando ya de su misma benignidad. Sustancióse en breve la causa, y se dio pena de muerte a dos de los soldados que fueron promovedores del trato, y de azotes a otros dos que tuvieron contra sí la reincidencia; los demás se perdonaron como persuadidos o engañados: pretexto de que se valió Cortés para no deshacerse de todos los culpados; aunque ordenó también que al marinero principal del navío destinado para la fuga, se le cortase uno de los pies. Sentencia extraordinaria, y en aquella ocasión conveniente, para que no se olvidase con el tiempo la culpa que mereció tan severo castigo: materia en que necesita de los ojos la memoria, porque retiene con dificultad las especies que duelen a la imaginación.

Bernal Díaz del Castillo, y a su imitación Antonio de Herrera, dicen que tuvo la culpa en este delito el licenciado Juan Díaz, y que por el respeto del sacerdocio no se hizo con él la demostración que merecía. Pudiera valerle contra sus plumas esta inmunidad, particularmente cuando es cierto que en una carta que escribió Hernán Cortés al emperador en treinta de octubre de mil quinientos veinte, cuyo contexto debemos a Juan Bautista Ramusio en sus navegaciones, no hace mención de este sacerdote, aunque nombra todos los cómplices de la misma sedición; o no sería verdad el delito que se le imputa, o tendremos para no creerlo la razón que él tuvo para callarlo.

El día que se ejecutó la sentencia se fue Cortés con algunos de sus amigos a Zempoala, donde le asaltaron varios pensamientos. Púsole en gran cuidado el atrevimiento de estos soldados: mirábale como resulta de las inquietudes pasadas, y como centella de incendio mal apagado: llegaba ya el caso de pasar adelante con su ejército, y era muy probable la necesidad de medir sus fuerzas con las de Motezuma; obra desigual para intentada con gente desunida y sospechosa. Discurría en mantenerse algunos días entre aquellos caciques amigos, en divertir su ejército a menores empresas, en hacer nuevas poblaciones que se diesen la mano con la Vera-Cruz; pero en todo hallaba inconvenientes: y de esta misma turbación de espíritu nació una de las acciones en que más se reconoce la grandeza de su ánimo. Resolvióse a deshacer la armada y romper todos los bajeles, para acabar de asegurarse de sus soldados, y quedarse con ellos a morir o vencer; en cuyo dictamen hallaba también la conveniencia de aumentar el ejército con más de cien hombres que se ocupaban en el ejercicio de pilotos y marineros. Comunicó esta resolución a sus confidentes; y por su medio se dispuso, con algunas dádivas y con el secreto conveniente, que los mismos marineros publicasen a una voz que las naves se iban a pique sin remedio con el descalabro que habían padecido en la demora y mala calidad de aquel puerto: sobre cuya deposición cayó como providencia necesaria la orden que les dio Cortés, para que sacando a tierra el velamen, jarcias y tablazón que podía ser de servicio, diesen al través con los buques mayores, reservando solamente los esquifes para el uso de la pesca; resolución dignamente ponderada por una de las mayores de esta conquista; y no sabemos si de su género se hallará mayor alguna en todo el campo de las historias.

De Agatocles refiere Justino, que desembarcando con su ejército en las costas de África incendió los bajeles en que le condujo, para quitar a sus soldados el auxilio de la fuga.

Con igual osadía ilustra Polieno la memoria de Timarco, capitán de los etolos. Y Quinto Fabio Máximo nos dejó entre sus advertencias militares otro incendio semejante, si creemos a la narración de Frontino más que al silencio de Plutarco. Pero no se disminuye alguna de estas hazañas en el ejemplo de las otras, y si consideramos a Hernán Cortés con menos gente que todos, en tierra más distante y menos conocida, sin esperanza de humano socorro, entre unos bárbaros de costumbres tan feroces, y en la oposición de un tirano tan soberbio y tan poderoso, hallaremos que fue mayor su empeño y más heroica su resolución; o concediendo a estos grandes capitanes la gloria de ser imitados porque fueron primero, dejaremos a Cortés la de haber hallado sobre sus mismas huellas el camino de excederlos.

No es sufrible que Bernal Díaz del Castillo con su acostumbrada, no sabemos si malicia o sinceridad, se quiera introducir a consejero de obra tan grande, usurpando a Cortés la gloria de haberla discurrido. «Le aconsejamos, dice, sus amigos, que no dejase navío en el puerto, sino que diese al través con ellos.» Pero no supo entenderse con su ambición, pues añadió poco después: «y esta plática de dar al través con los navíos lo tenía ya concertado, sino que quiso que saliese de nosotros»: con que sólo se le debe el consejo, que llegó después de la resolución. Menos tolerable nota es la que puso Antonio de Herrera en la misma acción; pues asienta que se rompió la armada a instancia de los soldados, «y que fueron persuadidos y solicitados por la astucia de Cortés», término es suyo, «por no quedar él solo obligado a la paga de los navíos, sino que el ejército los pagase». No parece que Hernán Cortés se hallaba entonces en estado ni en paraje de temer pleitos civiles con Diego Velázquez; ni este modo de discurrir tiene conexión con los altos designios que se andaban forjando en su entendimiento: si tomó esta noticia del mismo Bernal Díaz, que lo presumió así temeroso quizá de que le tocase alguna parte en la paga de los bajeles, pudiera desestimarla como una de sus murmuraciones, que ordinariamente pecan de interesadas; y si fue conjetura suya, como lo da a entender, y tuvo a destreza de historiador el penetrar lo interior de las acciones que refiere, desautorizó la misma acción con la poca nobleza del motivo, y faltó a la proporción atribuyendo efectos grandes a causas ordinarias.

 

 

 

Capítulo XIV

 

Dispuesta la jornada llega noticia de que andaban navíos en la costa; parte Cortés a la Vera-Cruz, y prende siete soldados de la armada de Francisco de Garay; dase principio a la marcha, y penetrada con mucho trabajo la sierra, entra el ejército en la provincia de Zocothlan

 

Sintieron mucho algunos soldados este destrozo de la armada; pero se pusieron fácilmente en razón con la memoria del castigo pasado, y con el ejemplo de los que discurrían mejor. Tratóse luego de la jornada; y Hernán Cortés juntó su ejército en Zempoala, que constaba de quinientos infantes, quince caballos y seis piezas de artillería, dejando ciento cincuenta hombres y dos caballos de guarnición en la Vera-Cruz, y por su gobernador al capitán Juan de Escalante, soldado de valor, muy diligente y de toda su confianza. Encargó mucho a los caciques del contorno que en su ausencia le obedeciesen y respetasen como a persona en quien dejaba toda su autoridad; y que cuidasen de asistirle con bastimentos y gente que ayudase en la fábrica de la iglesia y en las fortificaciones de la villa: a que se atendía, no tanto porque se temiese inquietud entre aquellos indios de la vecindad, como por el recelo de alguna invasión o contratiempo de Diego Velázquez.

El cacique de Zempoala tenía prevenidos doscientos tamemes o indios de carga para el bagaje, y algunas tropas armadas para agregar al ejército, de los cuales entresacó Hernán Cortés hasta cuatrocientos hombres, incluyendo en este número cuarenta o cincuenta indios nobles, de los que más suponían en aquella tierra; y aunque los trató desde luego como a soldados suyos, en lo interior de su ánimo los llevó como rehenes, librando en ellos la seguridad del templo que dejaba en Zempoala, de los españoles que quedaban en la Vera-Cruz, y de un paje suyo de poca edad que dejó encargado al cacique para que aprendiese la lengua mejicana, por si le faltasen los intérpretes; adminículo en que se conoce su cuidado, y cuánto se alargaba con el discurso a todo lo posible de los sucesos.

Estando ya en orden las disposiciones de la marcha, llegó un correo de Juan Escalante con aviso de que andaban navíos en la costa de la Vera-Cruz, sin querer dar plática, aunque se habían hecho señas de paz y diferentes diligencias. No era este accidente para dejado a las espaldas; y así partió luego Hernán Cortés con algunos de los suyos a la Vera-Cruz; encargando el gobierno del ejército a Pedro de Alvarado y a Gonzalo de Sandoval. Estaba, cuando llegó, uno de los bajeles sobre el ferro, al parecer en distancia considerable de la tierra, y a breve rato descubrió en la costa cuatro españoles, que se acercaron sin recelo, dando a entender que le buscaban.

Era el uno de ellos escribano, y los otros venían para testigos de una notificación que intentaron hacer a Cortés en nombre de su capitán. Traíanla por escrito, y contenía que Francisco Garay, gobernador de la isla de Jamaica, con la orden que tenía del rey, para descubrir y poblar, había fletado tres navíos con doscientos y setenta españoles a cargo del capitán Alonso de Pineda, y tomado posesión de aquella tierra por la parte del río de Panuco; y porque se trataba de hacer una población cerca de Naothlan, doce o catorce leguas al Poniente, le intimaban y requerían que no se alargase con sus poblaciones por aquel paraje.

Respondió Hernán Cortés al escribano que no entendía de requerimientos, ni aquella era materia de autos judiciales: que el capitán viniese a verse con él, y se ajustaría lo más conveniente, pues todos eran vasallos de un rey, y se debían asistir con igual obligación a su servicio. Decíales que volviesen con este recado; y porque no salieron a ello, antes porfiaba el escribano con poca reverencia en que respondiese derechamente a su notificación, los mandó prender, y se ocultó con su gente entre unas montañuelas de arena, frecuentes en aquella playa, donde estuvo toda la noche y parte del día siguiente, sin que se moviese la nave, ni se conociese en ella otro designio que esperar a sus mensajeros, cuya suspensión le obligó a probar con alguna estratagema si podía sacar la gente a tierra. Y lo primero que le ocurrió fue mandar que se desnudasen los presos, y que con sus vestidos se dejasen ver en la playa cuatro de sus soldados, haciendo llamada con las capas y otras señas. Lo que resultó de esta diligencia, fue venir en el esquife doce o catorce hombres armados con arcabuces y ballestas; pero como se retiraban los cuatro disfrazados por no ser conocidos, y respondían a sus voces recatando el rostro, no se atrevieron a desembarcar, y sólo se prendieron tres que saltaron en tierra más animosos o menos advertidos; los demás se recogieron al navío, que con este desengaño levó sus áncoras y siguió su derrota. Dudó Hernán Cortés al principio si serían estos bajeles de Diego Velázquez, y temió que le obligasen a detenerse; pero le embarazaron poco los intentos de Francisco de Garay, más fáciles de ajustar con el tiempo; y así volvió a Zempoala menos cuidadoso, y no sin alguna ganancia, pues llevó siete soldados más a su ejército; que donde montaba tanto un español pareció felicidad, y se celebró como recluta.

Tratóse poco después de la jornada; y al tiempo de partir se puso en orden el ejército formando un cuerpo de los españoles a la vanguardia, y otro de los indios en la retaguardia gobernados por Mamegí, Teuche y Tamellí, caciques de la serranía. Encargóse a los tamemes más robustos la conducción de la artillería, quedando los demás para el bagaje: y con esta ordenanza y sus batidores delante se dio principio a la marcha el día diez y seis de agosto de este año. Fue bien recibido el ejército en los primeros tránsitos, Jalapa, Socochima y Texucla, pueblos de la misma confederación. Íbase derramando entre aquellos indios pacíficos la semilla de la religión, no tanto para informarlos de la verdad, como para dejarlos sospechosos de su engaño. Y Hernán Cortés, viéndolos tan dóciles y bien dispuestos, era de parecer que se dejase una cruz en cada pueblo por donde pasase el ejército, y quedase por lo menos introducida su adoración; pero el padre fray Bartolomé de Olmedo y el licenciado Juan Díaz, se opusieron a este dictamen, persuadiéndole a que sería temeridad fiar la santa cruz de unos bárbaros mal instruidos, que podrían hacer alguna indecencia con ella, o por lo menos la tratarían como a sus ídolos, si la venerasen supersticiosamente, sin saber el misterio de su representación. Fue de su piedad el primer movimiento de la proposición; pero de su entendimiento el conocer sin repugnancia la fuerza de la razón.

Entróse luego en lo áspero de la sierra; primera dificultad del camino de Méjico, donde padeció mucho la gente, porque fue necesario marchar tres días por una montaña inhabitable, cuyas sendas se formaban de precipicios. Pasaron a fuerza de brazos y de ingenio las piezas de artillería, y fatigaban más las inclemencias del tiempo. Era destemplado el frío; recios y frecuentes los aguaceros; y los pobres soldados sin forma de abarracarse para pasar las noches, ni otro abrigo, que el de sus armas, caminaban para entrar en calor, obligados a buscar el alivio en el cansancio. Faltaron los bastimentos, última calamidad en estos conflictos, y ya empezaba el aliento a porfiar con las fuerzas cuando llegaron a la cumbre. Hallaron en ella un adoratorio y gran cantidad de leña; pero no se detuvieron porque se descubrían de la otra parte algunas poblaciones cercanas, donde acudieron apresuradamente a guarecerse, y hallaron bastante comodidad para olvidar lo padecido.

Empezaba en este paraje la tierra de Zocothlan, provincia entonces dilatada y populosa, cuyo cacique residía en una ciudad del mismo nombre, situada en el valle donde terminaba la sierra. Diole cuenta Hernán Cortés de su venida y designios, haciendo que se adelantasen con esta noticia dos indios zempoales, que volvieron brevemente con grata respuesta, y tardó poco en descubrirse la ciudad, población grande que ocupaba el llano suntuosamente. Blanqueaban desde lejos sus torres y sus edificios; y porque un soldado portugués la comparó a Castilblanco de Portugal, quedó unos días con este nombre. Salió el cacique a recibir a Cortés con mucho acompañamiento; pero con un género de agasajo violento, que tenía más de artificio que de voluntad. La acogida que se hizo al ejército fue poco agradable, desacomodado el alojamiento, limitada la asistencia de los víveres, y en todo se conocía el poco gusto del hospedaje; pero Hernán Cortés disimuló su queja, y reprimió el sentimiento de sus soldados, por no desconfiar aquellos indios de la paz que les había propuesto cuando trataba sólo de pasar adelante, conservando la opinión de sus armas, sin detenerse a quedar mejor en los empeños menores.

 

 

 

Capítulo XV

 

Visita segunda vez el cacique de Zocothlan a Cortés: pondera mucho las grandezas de Motezuma; resuélvese el viaje por Tlascala, de cuya provincia y forma de gobierno se halla noticia en Xacacingo

 

El día siguiente repitió el cacique su visita, y vino a ella con mayor séquito de parientes y criados: llamábase Olinteth, y era hombre de capacidad, señor de muchos pueblos, y venerado por el mayor entre sus comarcanos. Adornóse Cortés para recibirle con todas las exterioridades que acostumbraba, y fue notable esta sesión, porque después de agasajarle mucho, y satisfacer a la cortesía sin faltar a la gravedad, le preguntó, creyendo hallar en él la misma queja que en los demás, «si era súbdito del rey de Méjico». A que respondió prontamente: «¿pues hay alguno en la Tierra, que no sea vasallo y esclavo de Motezuma?» Pudiera embarazarse Cortés de que le respondiesen contra pregunta de arrojamiento, pero estuvo tan en sí, que no sin alguna irrisión le dijo: «que sabía poco del mundo; pues él y aquellos compañeros suyos eran vasallos de otro rey tan poderoso, que tenía muchos súbditos mayores príncipes que Motezuma». No se alteró el cacique de esta proposición, antes sin entrar en la disputa ni en la comparación, pasó a referir las grandezas de su rey, como quien no quería esperar a que se las preguntasen, diciendo con mucha ponderación: «que Motezuma era el mayor príncipe que en aquel mundo se conocía: que no cabían en la memoria ni en el número las provincias de su dominio; que tenía su corte en una ciudad incontrastable, fundada en el agua sobre grandes lagunas; que la entrada era por algunos diques o calzadas, interrumpidas con puentes levadizos sobre diferentes aberturas, por donde se comunicaban las aguas. Encareció mucho la inmensidad de sus riquezas, la fuerza de sus ejércitos, y sobre todo la infelicidad de los que no le obedecían, pues se llenaba con ellos el número de sus sacrificios, y morían todos los años más de veinte mil hombres, enemigos o rebeldes suyos, en las aras de sus dioses». Era verdad lo que afirmaba, pero la decía como encarecimiento, y se conocía en su voz la influencia de Motezuma, y que refería sus grandezas más para causar espanto que admiración.

Penetró Hernán Cortés lo interior de su razonamiento, y teniendo por necesario el brío para desarmar el aparato de aquellas ponderaciones, le respondió: «que ya traía bastante noticia del imperio y grandezas de Motezuma, y que a ser menor príncipe, no viniera de tierras tan distantes a introducirle en la amistad de otro príncipe mayor; que su embajada era pacífica, y aquellas armas que le acompañaban servían más a la autoridad que a la fuerza; pero que tuviesen entendido él y todos los caciques de su imperio que deseaba la paz sin temer la guerra, porque el menor de sus soldados bastaría contra un ejército de su rey; que nunca sacaría la espada sin justa provocación; pero que una vez desnuda, llevaré, dijo, a sangre y fuego cuanto se me pusiere delante, y me asistirá la naturaleza con sus prodigios, y el cielo con sus rayos, pues vengo a defender su causa, desterrando vuestros vicios, los errores de vuestra religión, y esos mismos sacrificios de sangre humana, que referís como grandeza de vuestro rey». Y luego a sus soldados, disolviendo la vista: «Esto, amigos, es lo que buscamos, grandes dificultades y grandes riquezas: de las unas se hace la fama, y de las otras la fortuna.» Con cuya breve oración dejó a los indios menos orgullosos, y con nuevo aliento a los españoles; diciendo a unos y otros con poco artificio lo mismo que sentía, porque desde el principio de esta empresa puso Dios en su corazón una seguridad tan extraordinaria, que sin despreciar ni dejar de conocer los peligros, entraba en ellos como si tuviera en la mano los sucesos.

Cinco días se detuvieron los españoles en Zocothlan, y se conoció luego en el cacique otro género de atención, porque mejoraron las asistencias del ejército, y andaba más puntual en el agasajo de sus huéspedes. Diole gran cuidado la respuesta de Cortés, y se conocía en él una especie de inquietud discursiva, que se formaba de sus mismas observaciones, como lo comunicó después al padre fray Bartolomé de Olmedo. Juzgaba por una parte que no eran hombres los que se atrevían a Motezuma, y por otra que eran algo más los que hablaban con tanto desprecio de sus dioses. Notaba con esta aprensión la diferencia de los semblantes, la novedad de las armas, la extrañeza de los trajes, y la obediencia de los caballos: pareciéndole también que tenían los españoles superior razón en lo que discurrían contra la inhumanidad de sus sacrificios, contra la injusticia de sus leyes, y contra las permisiones de la sensualidad, tan desenfrenada entre aquellos bárbaros, que les eran lícitas las mayores injurias de la naturaleza; y de todos estos principios sacaba consecuencias su estimación, para creer que residía en ellos alguna deidad: que no hay entendimiento tan incapaz, que no conozca la fealdad de los vicios, por más que los abrace la voluntad y los desfigure la costumbre. Pero le tenía tan poseído el temor de Motezuma, que aun para confesar la fuerza que le hacían estas consideraciones, echaba menos su licencia. Contentóse con dar lo necesario para el sustento de la gente; y no atreviéndose a manifestar sus riquezas, anduvo escaso en los presentes; y fueron su mayor liberalidad cuatro esclavas, que dio a Cortés para la fábrica del pan, y veinte indios nobles que ofreció para que guiasen el ejército.

Movióse cuestión sobre el camino que se debía elegir para la marcha, y el cacique proponía el de la provincia de Cholula, por ser tierra pingüe y muy poblada; cuya gente, más inclinada a la mercancía que a las armas, daría seguro y acomodado paso al ejército; y aconsejaba con grande aseveración que no se intentase la marcha por el camino de Tlascala, por ser una provincia que estaba siempre en guerra, y sus habitadores de tan sangrienta inclinación, que ponían su felicidad en hacer y conservar enemigos. Pero los indios principales que gobernaban la gente de Zempoala, dijeron reservadamente a Cortés que no se fiase de este consejo, porque Cholula era una ciudad muy populosa, de gente poco segura, y que en ella y en las poblaciones de su distrito se alojaban ordinariamente los ejércitos de Motezuma; siendo muy posible que aquel cacique los encaminase al riesgo con siniestra intención, porque la provincia de Tlascala, por más que fuese grande y belicosa, tenía confederación y amistad con los totonaques y zempoales que venían en su ejército, y estaba en continua guerra contra Motezuma: por cuyas dos consideraciones sería más seguro el paso por su tierra, y en compañía de sus aliados perderían los españoles el horror de extranjeros. Pareció bien este discurso a Cortés, y hallando mayor razón para fiarse de los indios amigos, que de un cacique tan atento a Motezuma, mandó que marchase el ejército a la provincia de Tlascala, cuyos términos tardaron poco en descubrirse, porque confinaban con los de Zocothlan, y en los primeros tránsitos no se ofreció accidente de consideración, pero después se fueron hallando algunos rumores de guerra, y se supo que estaba la tierra puesta en armas, y secreto el designio de este movimiento; por cuya causa resolvió Hernán Cortés que se hiciese alto en un lugar de mediana población, que se llamaba Xacacingo, para informarse mejor de esta novedad.

Era entonces Tlascala una provincia de numerosa población, cuyo circuito pasaba de cincuenta leguas, tierra montuosa y desigual, compuesta de frecuentes collados, hijos al parecer de la montaña que se llama hoy la gran cordillera. Los pueblos, de fábrica menos hermosa que durable, ocupaban las eminencias donde tenían su habitación, parte por aprovechar en su defensa las ventajas del terreno, y parte por dejar los llanos a la fertilidad de la tierra. Tuvieron reyes al principio, y duró su dominio algunos años, hasta que sobreviniendo unas guerras civiles, perdieron la inclinación de obedecer, y sacudieron el yugo. Pero como el pueblo no se puede mantener por sí, enemigo de la sujeción hasta que conoce los daños de la libertad, se redujeron a república, nombrando muchos príncipes para deshacerse de uno. Dividiéronse sus poblaciones en diferentes partidos o cabeceras, y cada facción nombraba uno de sus magnates que residiese en la corte de Tlascala, donde se formaba un senado, cuyas resoluciones obedecían: notable género de aristocracia, que hallada entre la rudeza de aquella gente, deja menos autorizados los documentos de nuestra política. Con esta forma de gobierno se mantuvieron largo tiempo contra los reyes de Méjico, y entonces se hallaban en su mayor pujanza, porque las tiranías de Motezuma aumentaban sus confederados, y ya estaban en su partido los otomíes, nación bárbara entre los mismos bárbaros; pero muy solicitada para una guerra, donde no sabían diferenciar la valentía de la ferocidad.

Informado Cortés de estas noticias, y no hallando razón para despreciarlas, trató de enviar sus mensajeros a la república, para facilitar el tránsito de su ejército, cuya legacía encargó a cuatro zempoales de los que más suponían, instruyéndolos por medio de doña Marina y Aguilar en la oración que habían de hacer al senado, hasta que la tomaran casi de memoria; y los eligió de los mismos que le propusieron en Zocothlan el camino de Tlascala, para que llevasen a la vista su consejo, y fuesen interesados en el buen suceso de la misma negociación.

 

 

 

Capítulo XVI

 

Parten los cuatro enviados de Cortés a Tlascala: dase noticia del traje y estilo con que se daban las embajadas en aquella tierra, y de lo que discurrió la república sobre el punto de admitir de paz a los españoles

 

Adornáronse luego los cuatro zempoales con sus insignias de embajadores, para cuya función se ponían sobre los hombros una manta o beca de algodón torcida y anudada por los extremos; en la mano derecha una saeta larga con las plumas en alto, y en el brazo izquierdo una rodela de concha. Conocíase por las plumas de la saeta el intento de la embajada, porque las rojas anunciaban la guerra, y las blancas denotaban la paz, al modo que los romanos distinguían con diferentes símbolos a sus feciales y caduceadores. Por estas señas eran conocidos y respetados en los tránsitos; pero no podían salir de los caminos reales de la provincia donde iban, porque si los hallaban fuera de ellos perdían el fuero y la inmunidad, cuyas exenciones tenían por sacrosantas, observando religiosamente este género de fe pública, que inventó la necesidad, y puso entre sus leyes el derecho de las gentes.

Con estas insignias de su ministerio entraron en Tlascala los cuatro enviados de Cortés, y conocidos por ellas, se les dio su alojamiento en la calpisca; llamábase así la casa que tenían deputada para el recibimiento de los embajadores: y el día siguiente se convocó el senado para oírlos en una sala grande del consistorio, donde se juntaban a sus conferencias. Estaban los senadores sentados por su antigüedad sobre unos taburetes bajos de maderas extraordinarias, hechos de una pieza, que llamaban yopales; y luego que se dejaron ver los embajadores, se levantaron un poco de sus asientos, y los agasajaron con moderada cortesía. Entraron ellos con las saetas levantadas en alto, y las becas sobre las cabezas, que entre sus ceremonias era la de mayor sumisión; y hecho el acatamiento al senado, caminaron poco a poco hasta la mitad de la sala, donde se pusieron de rodillas, y sin levantar los ojos esperaron a que se les diese licencia para hablar. Ordenóles el más antiguo que dijesen a lo que venían; y tomando asiento sobre sus mismas piernas, dijo uno de ellos a quien tocó la oración por más despejado:

«Noble república, valientes y poderosos tlascaltecas: el señor de Zempoala, y los caciques de la serranía, vuestros amigos y confederados, os envían salud; y deseando la fertilidad de vuestras cosechas y la muerte de vuestros enemigos, os hacen saber que de las partes del Oriente han llegado a su tierra unos hombres invencibles, que parecen deidades, porque navegan sobre grandes palacios, y manejan los truenos y los rayos, armas reservadas al cielo; ministros de otro Dios superior a los nuestros, a quien ofenden las tiranías y los sacrificios de sangre humana: que su capitán es embajador de un príncipe muy poderoso, que con impulso de su religión desea remediar los abusos de nuestra tierra, y las violencias de Motezuma; y habiendo redimido ya nuestras provincias de la opresión en que vivían, se halla obligado a seguir por vuestra república el camino de Méjico, y quiere saber en qué os tiene ofendidos aquel tirano, para tomar por suya vuestra causa, y ponerla entre las demás que justifican su demanda. Con esta noticia, pues, de sus designios, y con esta experiencia de su benignidad, nos hemos adelantado a pediros y amonestaros de parte de nuestros caciques y toda su confederación, que admitáis a estos extranjeros, como a bienhechores y aliados de vuestros aliados. Y de parte de su capitán os hacemos saber que viene de paz, y que sólo pretende que le concedáis el paso de vuestras tierras, teniendo entendido que desea vuestro bien, y que sus armas son instrumentos de la justicia y de la razón que defienden la causa del cielo: benignas por su propia naturaleza, y sólo rigurosas con el delito y la provocación.» Dicho esto, se levantaron los cuatro sobre las rodillas, y haciendo una profunda humillación al senado, se volvieron a sentar como estaban para esperar la respuesta.

Confiriéronla entre sí brevemente los senadores, y uno de ellos les dijo en nombre de todos, que se admitía con toda gratitud la proposición de los zempoales y totonaques sus confederados; pero que pedía mayor deliberación lo que se debía responder al capitán de aquellos extranjeros: con cuya resolución se retiraron los embajadores a su alojamiento, y el senado se encerró para discurrir en las dificultades o convenencias de aquella demanda. Ponderóse mucho al principio la importancia del negocio, digno a su parecer de grande consideración, y luego fueron discordando los votos, hasta que se redujo a porfía la variedad de los dictámenes. Unos esforzaban que se diese a los extranjeros el paso que pedían; otros que se les hiciese guerra, procurando acabar con ellos de una vez; y otros que se les negase el paso; pero que se les permitiese la marcha por fuera de sus términos: cuya diferencia de pareceres duró con más voces que resolución, hasta que Magiscatzin, uno de los senadores, el más anciano y de mayor autoridad en la república, tomó la mano, y haciéndose escuchar de todos, es tradición que habló en esta sustancia:

«Bien sabéis, nobles y valerosos tlascaltecas, que fue revelado a nuestros sacerdotes en los primeros siglos de nuestra antigüedad, y se tiene hoy entre nosotros como punto de religión, que ha de venir a este mundo que habitamos una gente invencible de las regiones orientales, con tanto dominio sobre los elementos, que fundará ciudades movibles sobre las aguas, sirviéndose del fuego y del aire para sujetar la tierra; y aunque entre la gente de juicio no se crea que han de ser dioses vivos, como lo entiende la rudeza del vulgo, nos dice la misma tradición que serán unos hombres celestiales, tan valerosos que valdrán uno por mil, y tan benignos que tratarán sólo de que vivamos según razón y justicia. No puedo negaros que me ha puesto en gran cuidado lo que conforman estas señas con las de esos extranjeros que tenéis en vuestra vecindad. Ellos vienen por el rumbo del Oriente: sus armas son de fuego; casas marítimas sus embarcaciones; de su valentía ya os ha dicho la fama lo que obraron en Tabasco; su benignidad ya la veis en el agradecimiento de vuestros mismos confederados; y si volvemos los ojos a esos cometas y señales del cielo, que repetidamente nos asombran, parece que nos hablan al cuidado, y vienen como avisos o mensajeros de esta gran novedad. ¿Pues quién habrá tan atrevido y temerario, que si es ésta la gente de nuestras profecías, quiera probar sus fuerzas con el cielo, y tratar como enemigos a los que traen por armas sus mismos decretos? Yo por lo menos temería la indignación de los dioses, que castigan rigurosamente a sus rebeldes, y con sus mismos rayos parece que nos están enseñando a obedecer, pues habla con todos la amenaza del trueno, y sólo se ve el estrago donde se conoció la resistencia. Pero yo quiero que se desestimen como casuales estas evidencias, y que los extranjeros sean hombres como nosotros; ¿qué daño nos han hecho para que tratemos de la venganza? ¿Sobre qué injuria se ha de fundar esta violencia? Tlascala, que mantiene su libertad con sus victorias, y sus victorias con la razón de sus armas, ¿moverá una guerra voluntaria que desacredite su gobierno y su valor? Esta gente viene de paz, su pretensión es pasar por nuestra república, no lo intenta sin nuestra permisión; ¿pues dónde está su delito?, ¿dónde nuestra provocación? Llegan a nuestros umbrales fiados en la sombra de nuestros amigos; ¿y perderemos los amigos por atropellar a los que desean nuestra amistad? ¿Qué dirán de esta acción los demás confederados? ¿Y qué dirá la fama de nosotros si quinientos hombres nos obligan a tomar las armas? ¿Ganaráse tanto en vencerlos, como se perderá en haberlos temido? Mi sentir es que los admitamos con benignidad, y se les conceda el paso que pretenden: si son hombres porque está de su parte la razón; y si son algo más, porque les basta para razón la voluntad de los dioses.»

Tuvo grande aplauso el parecer de Magiscatzin, y todos los votos se inclinaron a seguirle por aclamación, cuando pidió licencia para hablar uno de los senadores, que se llamaba Xicotencal, mozo de grande espíritu, que por su talento y hazañas ocupaba el puesto de general de las armas; y conseguida la licencia, y poco después el silencio: «No en todos los negocios, dijo, se debe a las canas la primera seguridad de los aciertos, más inclinadas al recelo que a la osadía, y mejores consejeras de la paciencia que del valor. Venero como vosotros la autoridad y el discurso de Magiscatzin; pero no extrañéis en mi edad y en mi profesión otros dictámenes menos desengañados, y no sé si mejores; que cuando se habla de la guerra, suele ser engañosa virtud la prudencia, porque tiene de pasión todo aquello que se parece al miedo. Verdad es que se esperaban entre nosotros esos reformadores orientales, cuya venida dura en el vaticinio, y tarda en el desengaño. No es mi ánimo desvanecer esta voz, que se ha hecho venerable con el sufrimiento de los siglos; pero dejadme que os pregunte: ¿qué seguridad tenemos de que sean nuestros prometidos estos extranjeros? ¿Es lo mismo caminar por el rumbo del Oriente, que venir de las regiones celestiales, que consideramos donde nace el sol? Las armas de fuego y las grandes embarcaciones que llamáis palacios marítimos, ¿no pueden ser obra de la industria humana, que se admiran porque no se han visto? Y quizá serán ilusiones de algún encantamiento semejante a los engaños de la vista, que llamamos ciencia en nuestros agoreros. Lo que obraron en Tabasco ¿fue más que romper un ejército superior? ¿Esto se pondera en Tlascala como sobrenatural, donde se obran cada día con la fuerza ordinaria mayores hazañas? Y esa benignidad que han usado con los zempoales, ¿no puede ser artificio para ganar a menos costa los pueblos? Yo por lo menos la tendría por dulzura sospechosa de las que regalan el paladar para introducir el veneno; porque no conforma con lo demás que sabemos de su codicia, soberbia y ambición. Estos hombres (si ya no son algunos monstruos que arrojó la mar en nuestras costas) roban nuestros pueblos, viven al arbitrio de su antojo, sedientos del oro y de la plata, y dados a las delicias de la tierra: desprecian nuestras leyes, intentan novedades peligrosas en la justicia y en la religión, destruyen los templos, despedazan las aras, blasfeman de los dioses, ¿y se les da estimación de celestiales?, ¿y se duda la razón de nuestra resistencia?, ¿y se escucha sin escándalo el nombre de la paz? Si los zempoales y totonaques los admitieron en su amistad, fue sin consulta de nuestra república; y vienen amparados en una falta de atención que merece castigo en sus valedores. Y esas impresiones del aire, y señales espantosas tan encarecidas por Magiscatzin, antes nos persuaden a que los tratemos como enemigos, porque siempre denotan calamidades y miserias. No nos avisa el cielo con sus prodigios de lo que esperamos, sino de lo que debemos temer: que nunca se acompañan de errores sus felicidades, ni enciende sus cometas para que se adormezca nuestro cuidado y se deje estar nuestra negligencia. Mi sentir es que se junten nuestras fuerzas y se acabe de una vez con ellos, pues vienen a nuestro poder señalados con el índice de las estrellas, para que los miremos como tiranos de la patria y de los dioses; y librando en su castigo la reputación de nuestras armas, conozca el mundo que no es lo mismo ser inmortales en Tabasco, que invencibles en Tlascala.»

Hicieron mayor fuerza en el senado estas razones que las de Magiscatzin, porque conformaban más a la inclinación de aquella gente, criada entre las armas, y llena de espíritus militares; pero vuelto a conferir el negocio, se resolvió, como temperamento de ambas opiniones, que Xicotencal juntase luego sus tropas, y saliese a probar la mano con los españoles, suponiendo que si los vencía, se lograba el crédito de la nación y que si fuese vencido, quedaría lugar para que la república tratase de la paz, echando la culpa de este acometimiento a los otomíes, y dando a entender que fue desorden y contratiempo de su ferocidad; para cuyo efecto dispusieron que fuesen detenidos en prisión disimulada los embajadores zempoales, mirando también a la conservación de sus confederados; porque no dejaron de conocer el peligro de aquella guerra, aunque la intentaron con poco recelo: tan valientes que fiaron de su valor el suceso; pero tan avisados, que perdieron de vista los accidentes de la otra fortuna.

 

 

 

Capítulo XVII

 

Determinan los españoles acercarse a Tlascala, teniendo a mala señal la detención de sus mensajeros: pelean con un grueso de cinco mil indios que los esperaban emboscados, y después con todo el poder de la república

 

Ocho días se detuvieron los españoles en Xacacingo esperando a sus mensajeros, cuya tardanza se tenía ya por novedad considerable. Y Hernán Cortés, con acuerdo de sus capitanes y parecer de los cabos zempoales, que también solía favorecerlos y confiarlos con oír su dictamen, resolvió continuar su marcha, y ponerse más cerca de Tlascala para descubrir los intentos de aquellos indios, considerando que si estaban de guerra, como lo daban a entender los indicios antecedentes, confirmados ya con la detención de los embajadores, sería mejor estrechar el tiempo a sus prevenciones y buscarlos en su misma ciudad, antes que lograsen la ventaja de juntar sus tropas, y acometer ordenados en la campaña. Movióse luego el ejército puesto en orden, sin que se perdonase alguna de las cautelas que suelen observarse cuando se pisa tierra de enemigos; y caminando entre dos montes, de cuyas faldas se formaba un valle de mucha amenidad, a poco más de dos leguas se encontró una gran muralla que corría desde el un monte al otro, cerrando enteramente el camino: fábrica suntuosa y fuerte, que denotaba el poder y la grandeza de su dueño. Era de piedra labrada por lo exterior, y unida con argamasa de rara tenacidad. Tenía veinte pies de grueso, de alto estado y medios y remataba en un parapeto al modo que se practica en nuestras fortificaciones. La entrada era torcida y angosta, dividiéndose por aquella parte la muralla en dos paredes que se cruzaban circularmente por espacio de diez pasos. Súpose de los indios de Zocothlan que aquella fortaleza señalaba y dividía los términos de la provincia de Tlascala, cuyos antiguos la edificaron para defenderse de las invasiones enemigas; y fue dicha que no la ocupasen contra los españoles, porque no se les dio lugar para que saliesen a recibirlos en este reparo, o porque se resolvieron a esperar en campo abierto para embestir con todas sus fuerzas, y quitar al ejército inferior la ventaja de pelear en lo estrecho.

Pasó la gente de la otra parte sin desorden ni dificultad, y vueltos a formar los escuadrones, se prosiguió la marcha poco a poco, hasta que saliendo a tierra más espaciosa descubrieron los batidores a larga distancia veinte o treinta indios, cuyos penachos (ornamento de que sólo usaban los soldados) daban a entender que había gente de guerra en la campaña. Vinieron con el aviso a Cortés, y les ordenó que volviesen alargando el paso y procurasen llamarlos con señas de paz, sin empeñarse demasiado en seguirlos, porque el paraje donde estaban era desigual y se ofrecían a la vista diferentes quiebras y ribazos, capaces de ocultar alguna emboscada. Partió luego en su seguimiento con ocho caballos, dejando a los capitanes orden para que avanzasen con la infantería sin apresurarla mucho, que nunca es acierto gastar en la diligencia el aliento del soldado y entrar en la ocasión con gente fatigada.

Esperaron los indios en el mismo puesto a que se acercasen los caballos de los batidores, y sin atender a las voces y ademanes con que procuraban persuadirlos a la paz, volvieron las espaldas corriendo hasta incorporarse con una tropa que se descubría más adelante, donde hicieron cara y se pusieron en defensa. Uniéronse al mismo tiempo los catorce caballos y cerraron con aquella tropa, más para descubrir la campaña que porque se hiciese caso de su corto número; pero los indios resistieron el choque perdiendo poca tierra, y sirviéndose de sus armas tan valerosamente, que sin atender al daño que recibían hirieron dos soldados y cinco caballos. Salió entonces al socorro de los suyos la emboscada que tenían prevenida, y se dejó ver en lo descubierto un grueso de hasta cinco mil hombres, a tiempo que llegó la infantería y se puso en batalla el ejército para recibir el ímpetu con que venían cerrando los enemigos. Pero a la primera carga de las bocas de fuego conocieron el estrago de los suyos, y dieron principio a la fuga con retirarse apresuradamente, de cuya primera turbación se valieron los españoles para embestir con ellos; y lo ejecutaron con tan buena orden y tanta resolución, que a breve rato cedieron la campaña, dejando en ella muertos más de sesenta hombres y algunos prisioneros. No quiso Hernán Cortés seguir el alcance porque iba declinando el día, y porque deseaba más escarmentarlos que destruirlos. Ocupáronse luego unas caserías que estaban a la vista, donde se hallaron algunos bastimentos, y se pasó la noche con alegría, pero sin descuido, reposando los unos en la vigilancia de los otros.

El día siguiente se volvió a la marcha con el mismo acierto, y se descubrió segunda vez el enemigo, que con un grueso poco mayor que el pasado venía caminando más presuroso que ordenado. Acercáronse a nuestro ejército sus tropas con grande orgullo y algazara, y sin proporcionarse con el alcance de sus flechas, dieron la carga inútilmente, y al mismo tiempo empezaron a retirarse, sin dejar de pelear a lo largo, particularmente los pedreros, que a mayor distancia se mostraban más animosos. Conoció luego Hernán Cortés que aquella retirada tenía más de estratagema que temor, y receloso interiormente de mayor combate, fue siguiendo con su fuerza unida la huella del enemigo, hasta que vencida una eminencia que se interponía en el camino, se descubrió en lo llano de la otra parte un ejército que dicen pasaría de cuarenta mil hombres. Componíase de varias naciones, que se distinguían por los colores de las divisas y plumajes. Venían en él los nobles de Tlascala y toda su confederación. Gobernábale Xicotencal, que como dijimos, tenía por su cuenta las armas de la república, y dependientes de su orden mandaban las tropas auxiliares sus mismos caciques o sus mayores soldados.

Pudieran desanimarse los españoles de ver a su oposición tan desiguales fuerzas; pero sirvió en esta ocasión la experiencia de Tabasco, y Hernán Cortés se detuvo poco en persuadirlos a la batalla, porque se conocía en los semblantes y en las demostraciones el deseo de pelear. Empezaron luego a bajar la cuesta con alegre superioridad; y por ser la tierra quebrada y desigual, donde no se podían manejar los caballos, ni hacían efecto disparadas de alto a bajo las bocas de fuego, se trabajó mucho en apartar al enemigo, que alargó algunas mangas para que disputasen el paso; pero luego que mejoraron de terreno los caballos y salió a lo llano parte de nuestra infantería, se despejó la campaña, y se hizo lugar para que bajase la artillería y acabase de afirmar el pie la retaguardia. Estaba el grueso del enemigo a poco más que tiro de arcabuz, peleando solamente con los gritos y las amenazas; y apenas se movió nuestro ejército, hecha la señal de embestir, cuando se empezaron a retirar los indios con apariencias de fuga, siendo en la verdad segunda estratagema de que usó Xicotencal para lograr con el avance de los españoles la intención que traía de cogerlos en medio y combatirlos por todas partes, como se experimentó brevemente; porque apenas los reconoció distantes de la eminencia en que pudieran asegurar las espaldas, cuando la mayor parte de su ejército se abrió en dos alas, que corriendo impetuosamente ocuparon por ambos lados la campaña, y cerrando el círculo consiguieron el intento de sitiarlos a lo largo: fuéronse luego doblando con increíble diligencia, y trataron de estrechar el sitio, tan cerrados y resueltos, que fue necesario dar cuatro frentes al escuadrón y cuidar antes de resistir que de ofender, supliendo con la unión y la buena ordenanza la desigualdad del número.

Llenóse el aire de flechas, herido también de las voces y del estruendo; llovían dardos y piedras sobre los españoles, y conociendo los indios el poco efecto que hacían sus armas arrojadizas, llegaron brevemente a los chuzos y las espadas. Era grande el estrago que recibían, y mayor su obstinación: Hernán Cortés acudía con sus caballos a la mayor necesidad, rompiendo y atropellando a los que más se acercaban. Las bocas de fuego peleaban con el daño que hacían y con el espanto que ocasionaban: la artillería lograba todos sus tiros, derribando el asombro a los que perdonaban las balas. Y como era uno de los primores de su milicia el esconder los heridos y retirar los muertos, se ocupaba en esto mucha gente y se iban disminuyendo sus tropas; con que se redujeron a mayor distancia y empezaron a pelear menos atrevidos; pero Hernán Cortés, antes que se reparasen o rehiciesen para volver a lo estrecho, determinó embestir con la parte más flaca de su ejército, y abrir el paso para ocupar algún puesto donde pudiese dar toda la frente al enemigo. Comunicó su intento a todos los capitanes, y puestos en ala sus caballos, seguidos a paso largo de la infantería, cerró con los indios, apellidando a voces el nombre de San Pedro. Resistieron al principio, jugando valerosamente sus armas; pero la ferocidad de los caballos, sobrenatural o monstruosa en su imaginación, los puso en tanto pavor y desorden, que huyendo a todas partes se atropellaban y herían unos a otros, haciéndose el mismo daño que recelaban.

Empeñóse demasiado en la escaramuza Pedro de Morón, que iba en una yegua muy revuelta y de grande velocidad, a tiempo que unos tlascaltecas principales, que se convocaron para esta facción, viéndole solo cerraron con él, y haciendo presa en la misma lanza y en el brazo de la rienda, dieron tantas heridas a la yegua que cayó muerta, y en un instante le cortaron la cabeza, dicen que de una cuchillada: poco añaden a la sustancia los encarecimientos. Pedro de Morón recibió algunas heridas ligeras y le hicieron prisionero; pero fue socorrido brevemente de otros caballos, que con muerte de algunos indios consiguieron su libertad, y le retiraron al ejército, siendo este accidente poco favorable al intento que se llevaba, porque se dio tiempo al enemigo para que se volviese a cerrar y componer por aquella parte; de modo que los españoles fatigados ya de la batalla, que duró por espacio de una hora, empezaron a dudar del suceso; pero esforzados nuevamente de la última necesidad en que se hallaban, se iban disponiendo para volver a embestir cuando cesaron de una vez los gritos del enemigo, y cayendo sobre aquella muchedumbre un repentino silencio, se oyeron solamente sus atabalillos y bocinas, que según su costumbre tocaban a recoger como se conoció brevemente, porque al mismo tiempo se empezaron a mover las tropas, y marchando poco a poco por el camino de Tlascala traspusieron por lo alto de una colina y dejaron a sus enemigos la campaña.

Respiraron los españoles con esta novedad, que parecía milagrosa, porque no se hallaba causa natural a que atribuirla; pero supieron después por medio de algunos prisioneros que Xicotencal ordenó la retirada, porque habiendo muerto en la batalla la mayor parte de sus capitanes, no se atrevió a manejar tanta gente sin cabos que la gobernasen. Murieron también muchos nobles, que hicieron costosa la facción y fue grande el número de heridos; pero sobre tanta pérdida, y sobre quedar entero nuestro ejército, y ser ellos los que se retiraban, entraron triunfantes en su alojamiento, teniendo por victoria el no volver vencidos, y siendo la cabeza de la yegua toda la razón y todo el aparato del triunfo. Llevábala delante de sí Xicotencal sobre la punta de una lanza, y remitió luego a Tlascala, haciendo presente al senado de aquel formidable despojo de la guerra, que causó a todos grande admiración, y fue después sacrificada en uno de sus templos con extraordinaria solemnidad: víctima propia de aquellas aras, y menos inmunda que los mismos dioses que se honraban con ella.

De los nuestros quedaron heridos nueve o diez soldados y algunos zempoales, cuya asistencia fue de mucho servicio en esta ocasión, porque los hizo valientes el ejemplo de los españoles y la irritación de ver despreciada y rota su alianza. Descubríase a poca distancia un lugar pequeño en sitio eminente que mandaba la campaña, y Hernán Cortés, atendiendo a la fatiga de su gente, y a lo que necesitaba repararse, trató de ocuparle para su alojamiento, lo cual se consiguió sin dificultad, porque los vecinos le desampararon luego que se retiró su ejército, dejando en él abundancia de bastimentos, que ayudaron a conservar la provisión y a reparar el cansancio. No se halló bastante comodidad para que estuviese toda la gente debajo de cubierto, pero los zempoales cuidaron del suyo fabricando brevemente algunas barracas, y el sitio que por naturaleza era fuerte, se aseguró lo mejor que fue posible con algunos reparos de tierra y fagina, en que trabajaron todos lo que restaba del día, con tanto aliento y tan alegres, que al parecer descansaban en su misma diligencia, no porque dejasen de conocer el conflicto en que se hallaron ni diesen por acabada la guerra, sino porque reconocían al cielo todo lo que no esperaron de sus fuerzas, y viéndole ya declarado en su favor, se les hacía posible lo que poco antes tuvieron por milagroso.

 

 

 

Capítulo XVIII

 

Rehácese el ejército de Tlascala: vuelven a segunda batalla con mayores fuerzas, y quedan rotos y desbaratados por el valor de los españoles y por otro nuevo accidente que los puso en desconcierto

 

En Tlascala fueron varios los discursos que se ocasionaron de este suceso: lloróse con pública demostración la muerte de sus capitanes y caciques, y de este mismo sentimiento procedían contrarias opiniones: unos clamaban por la paz, calificando a los españoles con el nombre de inmortales, y otros prorrumpían en oprobios y amenazas contra ellos, consolándose con la muerte de la yegua, única ganancia de la guerra: Magiscatzin se jactaba de haber prevenido el suceso, repitiendo a sus amigos lo que representó en el senado, y hablando en la materia como quien halla vanidad en el desaire de su consejo. Xicotencal desde su alojamiento pedía que se reforzase con nuevos reclutas su ejército, disminuyendo la pérdida, y sirviéndose de ella para mover a la venganza. Llegó a Tlascala en esta ocasión uno de los caciques confederados con diez mil guerreros de su nación, cuyo socorro se tuvo a providencia de los dioses; y creciendo con las fuerzas el ánimo, resolvió el senado que se alistasen nuevas y se prosiguiese con todo empeño la guerra.

Hernán Cortés, el día siguiente a la batalla, trató solamente de mejorar sus fortificaciones y cerrar su cuartel añadiendo nuevos reparos que se diesen la mano con las defensas naturales del sitio. Quisiera volver a las pláticas de la paz, y no hallaba camino de introducir negociación, porque los cuatro mensajeros zempoales que fueron llegando al ejército por diferentes sendas y rodeos, venían escarmentados y atemorizaban a los demás. Rompieron dichosamente una estrecha prisión, donde los pusieron el día que salió a la campaña Xicotencal, destinados ya para mitigar con su sangre los dioses de la guerra; y a vista de esta inhumanidad no parecía conveniente ni sería fácil exponer otros al mismo peligro.

Dábale cuidado también la misma quietud del enemigo, porque no se oía rumor de guerra en todo el contorno; y la retirada de Xicotencal tuvo todas las señales de quedar pendiente la disputa. Debía, según buena razón, mantener aquel puesto para su retirada en caso de haberla menester, y hallaba inconvenientes en esta misma resolución, porque los indios interpretarían a falta de valor el encierro del cuartel: reparo digno de consideración en una guerra donde se peleaba más con la opinión que con la fuerza.

Pero atendiendo a todo como diligente capitán, resolvió salir otro día por la mañana con alguna gente a tomar lengua, reconocer la campaña y poner en cuidado al enemigo; cuya facción ejecutó personalmente con sus caballos y doscientos infantes, mitad españoles y mitad zempoales.

No dejamos de conocer que tuvo peligro esta facción, conocidas las fuerzas del enemigo, y en tierra tan dispuesta para emboscadas. Pudiera Hernán Cortés aventurar menos su persona, consistiendo en ella la suma de las cosas: y en nuestro sentir no es digno de imitación este ardimiento en los que gobiernan ejércitos, cuya salud se debe tratar como pública, y cuyo valor nació para inspirado en otros corazones. Pudiéramos disculparle con diferentes ejemplos de varones grandes, que fueron los primeros en el peligro de las batallas, mandando con la voz lo mismo que obraban con la espada; pero más obligados al acierto que a sus descargos, le dejaremos con esta honrada objeción, que en la verdad es la mejor culpa de los capitanes.

Alargáronse a reconocer algunos lugares por el camino de Tlascala, donde hallaron abundante provisión de víveres, y se hicieron diferentes prisioneros, por cuyo medio se supo que Xicotencal tenía su alojamiento dos leguas de allí, no lejos de la ciudad, y que andaba previniendo nuevas fuerzas contra los españoles, con cuya noticia se volvieron al cuartel, dejando hecho algún daño en las poblaciones vecinas; porque los zempoales, que obraban ya con propia irritación, dieron al hierro y a la llama cuanto encontraron: exceso que reprendía Cortés no sin alguna flojedad, porque no le pesaba de que entendiesen los tlascaltecas cuán lejos estaba de temer la guerra quien los provocaba con la hostilidad.

Diose luego libertad a los prisioneros de esta salida, haciéndoles todo aquel agasajo que pareció necesario, para que perdiesen el miedo a los españoles, y llevasen noticia de su benignidad. Mandó luego buscar entre los otros prisioneros que se hicieron el día de la ocasión, los que pareciesen más despiertos, y eligió dos o tres para que llevasen un recado suyo a Xicotencal, cuya sustancia fue: «que se hallaba con mucho sentimiento del daño que había padecido su gente en la batalla; de cuyo rigor tuvo la culpa quien dio la ocasión, recibiendo con las armas a los que venían proponiendo enteramente la razón de su enojo; pero que si no desarmaban luego y trataban de admitirla, le obligarían a que los aniquilase y destruyese de una vez, dando el escarmiento de sus vecinos el nombre de su nación». Partieron los indios con este mensaje bien industriados y contentos, ofreciendo volver con la respuesta, y tardaron pocas horas en cumplir su palabra; pero vinieron sangrientos y maltratados, porque Xicotencal mandó castigar en ellos el atrevimiento de llevarle semejante proposición, y no los hizo matar porque volviesen heridos a los ojos de Cortés; y llevando esta circunstancia más de su resolución, le dijesen de su parte: «que al primer nacimiento del sol se verían en campaña: que su ánimo era llevarle vivo con todos los suyos a las aras de sus dioses, para lisonjearlos con la sangre de sus corazones; y que se lo avisaba desde luego para que tuviese tiempo de prevenirse»; dando a entender que no acostumbraba disminuir sus victorias con el descuido de sus enemigos.

Causó mayor irritación que cuidado en el ánimo de Cortés la insolencia del bárbaro, pero no desestimó su aviso ni despreció su consejo: antes, con la primera luz del día, sacó su gente a la campaña, dejando en el cuartel la que pareció necesaria para su defensa; y alargándose poco más de media legua, eligió puesto conveniente para recibir al enemigo con alguna ventaja, donde formó sus hileras según el terreno y conforme a la experiencia que ya se tenía de aquella guerra. Guarneció luego los costados con la artillería, midiendo y regulando sus ofensas: alargó sus batidores, y quedándose con los caballos para cuidar de los socorros, esperó el suceso, manifiesta en el semblante la seguridad del ánimo, sin necesitar mucho de su elocuencia para instruir y animar a sus soldados, porque venían todos alegres y alentados, hecha ya deseo de pelear la misma costumbre de vencer.

No tardaron mucho los batidores en volver con el aviso de que venía marchando el enemigo con un poderoso ejército, y poco más en descubrirse su vanguardia. Fuese llenando la campaña de indios armados: no se alcanzaba con la vista el fin de sus tropas, escondiéndose o formándose de nuevo en ellas todo el horizonte. Pasaba el ejército de cincuenta mil hombres (así lo confesaron ellos mismos), último esfuerzo de la república y de todos sus aliados, para coger vivos a los españoles y llevarlos maniatados, primero al sacrificio, y luego al banquete. Traían de novedad una grande águila de oro levantada en alto: insignia de Tlascala, que sólo acompañaba sus huestes en las mayores empresas. Íbanse acercando con increíble ligereza; y cuando estuvieron a tiro de cañón empezó a reprimir su celeridad la artillería, poniéndolos en tanto asombro, que se detuvieron un rato neutrales entre la ira y el miedo; pero venciendo la ira, se adelantaron de tropel hasta llegar a distancia que pudieron jugar sus hondas y disparar sus flechas, donde los detuvo segunda vez el terror de los arcabuces y el rigor de las ballestas.

Duró largo tiempo el combate, sangriento de parte de los indios, y con poco daño de los españoles, porque militaba en su favor la diferencia de las armas, y el orden y concierto con que daban y recibían las cargas. Pero reconociendo los indios la sangre que perdían, y que los iba destruyendo su misma tardanza, se movieron de una vez, impelidos al parecer los primeros de los que venían detrás, y cayó toda la multitud sobre los españoles y zempoales, con tanto ímpetu y desesperación, que los rompieron y desbarataron, deshaciendo enteramente la unión y buena ordenanza en que se mantenían; y fue necesario todo el valor de los soldados, todo el aliento y diligencia de los capitanes, todo el esfuerzo de los caballos y toda la ignorancia militar de los indios, para que pudiesen volverse a formar, como lo consiguieron a viva fuerza, con muerte de los que tardaron más en retirarse.

Sucedió a este tiempo un accidente como el pasado, en que se conoció segunda vez la especial providencia con que miraba el cielo por su causa. Reconocióse gran turbación en la batalla del campo enemigo: movíanse las tropas a diferentes partes, dividiéndose unos de otros, y volviendo contra sí las frentes y las armas; de que resultó el retirarse todos tumultuosamente, y el volver las espaldas en fuga deshecha los que peleaban en su vanguardia, cuyo alcance se siguió con moderada ejecución, porque Hernán Cortés no quiso exponerse a que le volviesen a cargar lejos de su cuartel.

Súpose después que la causa de esta revolución, y el motivo de esta segunda retirada, fue que Xicotencal, hombre destemplado y soberbio que fundaba su autoridad en la paciencia de los que le obedecían, reprendió con sobrada libertad a uno de los caciques principales, que servía debajo de su mano con más de diez mil guerreros auxiliares: tratóle de cobarde y pusilánime, porque se detuvo cuando cerraron los demás; y él volvió por sí con tanta osadía, que llegó el caso a términos de rompimiento y desafío de persona a persona; y brevemente se hizo causa de toda la nación, que sintió el agravio de su capitán, y se previno a su defensa; con cuyo ejemplo se tumultuaron otros caciques parciales del ofendido: y tomando resolución de retirar sus tropas de un ejército donde se desestimaba su valor, lo ejecutaron con tanto enojo y celeridad, que pusieron en desorden y turbación a los demás; y Xicotencal, conociendo su flaqueza, trató solamente de ponerse en salvo, dejando a sus enemigos el campo y la victoria.

No es nuestro ánimo referir como milagro este suceso tan favorable y tan oportuno a los españoles; antes confesamos que fue casual la desunión de aquellos caciques, y fácil de suceder donde mandaba un general impaciente, con poca superioridad entre los confederados de su república; pero quien viere quebrantado y deshecho primera y segunda vez aquel ejército poderoso de innumerables bárbaros, obra negada o superior a las fuerzas humanas, conocerá en esta misma casualidad la mano de Dios, cuya inefable sabiduría suele fabricar sus altos fines sobre contingencias ordinarias, sirviéndose muchas veces de lo que permite para encaminar lo mismo que dispone.

Fue grande el número de los indios que murieron en esta ocasión, y mayor el de los heridos (así lo referían ellos después); y de los nuestros murió sólo un soldado, y salieron veinte con algunas heridas de tan poca consideración, que pudieron asistir a las guardias aquella misma noche. Pero siendo esta victoria tan grande, y más llenamente admirable que la pasada, porque se peleó con mayor ejército y se retiró, deshecho el enemigo, pudo tanto en algunos de los soldados españoles la novedad de haberse visto rotos y desordenados en la batalla, que volvieron al cuartel melancólicos y desalentados con ánimo y semblante de vencidos. Eran muchos los que decían con poco recato, que no querían perderse de conocido por el antojo de Cortés, y que tratase de volverse a la Vera-Cruz, pues era imposible pasar adelante, o lo ejecutarían ellos dejándole solo con su ambición y su temeridad. Entendiólo Hernán Cortés, y se retiró a su barraca sin tratar de reducirlos, hasta que se cobrasen de aquel reciente pavor, y tuviesen tiempo de conocer el desacierto de su proposición; que en este género de males irritan más que corrigen los remedios apresurados, siendo el temor en los hombres una pasión violenta que suele tener sus primeros ímpetus contra la razón.

 

 

 

Capítulo XIX

 

Sosiega Hernán Cortés la nueva turbación de su gente; los de Tlascala tienen por encantadores a los españoles; consultan sus adivinos, y por su consejo los asaltan de noche en su cuartel

 

Iba tomando cuerpo la inquietud de los malcontentos; y no bastando a reducirlos la diligencia de los capitanes, ni el contrario sentir de la gente de obligaciones, fue necesario que Hernán Cortés sacase la cara y tratase de ponerlos en razón: para cuyo efecto mandó que se juntasen en la plaza de armas todos los españoles, con pretexto de tomar acuerdo sobre el estado presente de las cosas; y acomodando cerca de sí a los más inquietos (especie de favor en que iba envuelta la importancia de que le oyesen mejor) «poco tenemos, dijo, que discurrir en lo que debe obrar nuestro ejército, vencidas en poco tiempo dos batallas, en que se ha conocido igualmente vuestro valor y la flaqueza de vuestros enemigos: y aunque no suele ser el último afán de la guerra el vencer, pues tiene sus dificultades el seguir la victoria, y debemos todavía recatarnos de aquel género de peligros, que andan muchas veces con los buenos sucesos, como pensiones de la humana felicidad: no es éste, amigos, mi cuidado; para mayor duda necesito de vuestro consejo. Dícenme que algunos de nuestros soldados vuelven a desear, y se animan a proponer que nos retiremos. Bien creo que fundarán este dictamen sobre alguna razón aparente; pero no es bien que punto de tanta importancia se trate a manera de murmuración. Decid todos libremente vuestro sentir; no desautoricéis vuestro celo tratándole como delito; y para que discurramos todos sobre lo que conviene a todos, considérese primero el estado en que nos hallamos, y resuélvase de una vez algo que no se pueda contradecir. Esta jornada se intentó con vuestro parecer, y pudiera decir con vuestro aplauso, nuestra resolución fue pasar a la corte de Motezuma; todos nos sacrificamos a esta empresa por nuestra religión, por nuestro rey, y después por nuestra honra y nuestras esperanzas. Estos indios de Tlascala, que intentaron oponerse a nuestro designio con todo el poder de su república y confederaciones, están ya vencidos y desbaratados. No es posible, según las reglas naturales, que tarden mucho en rogarnos con la paz o cedernos el paso. Si esto se consigue, ¿cómo crecerá nuestro crédito?, ¿dónde nos pondrá la aprensión de estos bárbaros, que hoy nos coloca entre sus dioses? Motezuma, que nos esperaba cuidadoso, como se ha conocido en la repetición y artificio de sus embajadas, nos ha de mirar con mayor asombro, domados los tlascaltecas, que son los valientes de su tierra, y los que se mantienen con las armas fuera de su dominio. Muy posible será que nos ofrezca partidos ventajosos, temiendo que nos coliguemos con sus rebeldes; y muy posible que esta misma dificultad que hoy experimentamos, sea el instrumento de que se vale Dios para facilitar nuestra empresa probando nuestra constancia: que no ha de hacer milagros con nosotros sin servirse de nuestro corazón y nuestras manos. Pero si volvemos las espaldas (y seremos los primeros a quien desanimen las victorias) perdióse de una vez la obra y el trabajo. ¿Qué podemos esperar, o qué no debemos temer? Esos mismos vencidos, que hoy están amedrentados y fugitivos, se han de animar con nuestro desaliento, y dueños de los atajos y asperezas de la tierra, nos han de perseguir y deshacer en la marcha. Los indios amigos que sirven a nuestro lado, contentos y animosos, se han de apartar de nuestro ejército y procurar escaparse a sus tierras, publicando en ellas nuestro vituperio. Los zempoales y totonaques, nuestros confederados, que son el único refugio de nuestra retirada, han de conspirar contra nosotros, perdido el gran concepto que tenían de nuestras fuerzas. Vuelvo a decir que se considere todo con maduro consejo, y midiendo las esperanzas que abandonamos con los peligros a que nos exponemos, propongáis y deliberéis lo que fuere más conveniente; que yo dejo toda su libertad a vuestro discurso; y he tocado estos inconvenientes, más para disculpar mi opinión que para defenderla.» Apenas acabó Hernán Cortés su razonamiento, cuando uno de los soldados inquietos, conociendo la razón, levantó la voz diciendo a sus parciales: «amigos, nuestro capitán pregunta lo que se ha de hacer, pero enseña preguntando: ya no es posible retirarnos sin perdernos».

Diéronse los demás por convencidos confesando su error; aplaudió su desengaño el resto de la gente, y se resolvió por aclamación que se prosiguiese la empresa, quedando enteramente remediada por entonces la inquietud de aquellos soldados que apetecían el descanso de la isla de Cuba: cuya sinrazón fue una de las dificultades que más trabajaron el ánimo y ejercitaron la constancia de Cortés en esta jornada.

Causó raro desconsuelo en Tlascala esta segunda rota de su ejército. Todos andaban admirados y confusos. El pueblo clamaba por la paz; los magnates no hallaban camino de proseguir la guerra: unos trataban de retirarse a los montes con sus familias, otros decían que los españoles eran deidades, inclinándose a que se les diese la obediencia con circunstancias de adoración. Juntáronse los senadores para tratar del remedio, y empezando a discurrir por su mismo asombro, confesaron todos que las fuerzas de aquellos extranjeros no parecían naturales, pero no se acababan de persuadir a que fuesen dioses, teniendo por ligereza el acomodarse a la credulidad del vulgo, antes vinieron a recaer en el dictamen de que se obraban aquellas hazañas de tanta maravilla por arte de encantamiento, resolviendo que se debía recurrir a la misma ciencia para vencerlos, y desarmar un encanto con otro. Llamaron para este fin a sus magos y agoreros, cuya ilusoria facultad tenía el demonio muy introducida, y no menos venerada en aquella tierra. Comunicóseles el pensamiento del senado, y ellos asistieron a él con misteriosa ponderación; y dando a entender que sabían la duda que se les había de proponer, y que traían estudiado el caso de prevención, dijeron: «que mediante la observación de sus círculos y adivinaciones, tenían ya descubierto y averiguado el secreto de aquella novedad, y que todo consistía en que los españoles eran hijos del sol, producidos de su misma actividad en la madre tierra de las regiones orientales, siendo su mayor encantamiento la presencia de su padre, cuya fervorosa influencia les comunicaba un género de fuerza superior a la naturaleza humana, que los ponía en términos de inmortales. Pero es que al transponer por el Occidente cesaba la influencia, y quedaban desalentados y marchitos como las yerbas del campo, reduciéndose a los límites de la mortalidad como los otros hombres; por cuya consideración convendría embestirlos de noche y acabar con ellos antes que el nuevo sol los hiciese invencibles.»

Celebraron mucho aquellos padres conscriptos la gran sabiduría de sus magos, dándose por satisfechos de que habían hallado el punto de la dificultad, y descubierto el camino de conseguir la victoria. Era contra el estilo de aquella tierra el pelear de noche; pero como los casos nuevos tienen poco respeto a la costumbre, se comunicó a Xicotencal esta importante noticia, ordenándole que asaltase después de puesto el sol el cuartel de los españoles, procurando destruirlos y acabarlos antes de que volviese al Oriente; y él empezó a disponer su facción, creyendo con alguna disculpa la impostura de los magos, porque llegó a sus oídos autorizada con el dictamen de los senadores.

En este medio tiempo tuvieron los españoles diferentes reencuentros de poca consecuencia: dejáronse ver en las eminencias vecinas al cuartel algunas tropas del enemigo que huyeron antes de pelear, o fueron rechazadas con pérdida suya. Hiciéronse algunas salidas a poner en contribución los pueblos cercanos; donde se hacía buen pasaje a los vecinos, y se ganaban voluntades y bastimentos. Cuidaba mucho Hernán Cortés de que no se relajase la disciplina y vigilancia de su gente con el ocio del alojamiento. Tenía siempre sus centinelas a lo largo; hacíanse las guardias con todo el rigor militar; quedaban de noche ensillados los caballos con las bridas en el arzón, y el soldado que se aliviaba de las armas, o reposaba en ellas mismas, o no reposaba: puntualidades que sólo parecen demasiadas a los negligentes, y que fueron entonces bien necesarias; porque llegando la noche destinada para el asalto que tenían resuelto los de Tlascala, reconocieron los centinelas un grueso del enemigo que venía marchando la vuelta del alojamiento con espacio y silencio fuera de su costumbre. Pasó la noticia sin hacer ruido, y como cayó este accidente sobre la prevención ordinaria de nuestros soldados, se coronó brevemente la muralla, y se dispuso con facilidad todo lo que pareció conveniente a la defensa.

Venía Xicotencal muy embebido en la fe de sus agoreros, creyendo hallar desalentados y sin fuerzas a los españoles, y acabar su guerra sin que lo supiese el sol, pero traía diez mil guerreros por si no se hubiesen acabado de marchitar. Dejáronle acercar los nuestros sin hacer movimiento, y él dispuso que se atacase por tres partes el cuartel, cuya orden ejecutaron los indios con presteza y resolución, pero hallaron sobre sí tan poderosa y no esperada resistencia, que murieron muchos en la demanda, y quedaron todos asombrados con otro género de temor, hecho de la misma seguridad con que venían. Conoció Xicotencal, aunque tarde, la ilusión de sus agoreros, y conoció también la dificultad de su empresa, pero no se supo entender con su ira y con su corazón, y así ordenó que se embistiese de nuevo por todas partes, y se volvió al asalto, cargando todo el grueso de su ejército sobre nuestras defensas. No se puede negar a los indios el valor con que intentaron este género de pelear, nuevo en su milicia, por la noche y por la fortificación. Ayudábanse unos a otros con el hombro y con los brazos para ganar la muralla, y recibían las heridas haciéndolas mayores con su mismo impulso, o cayendo los primeros, sin escarmiento de los que venían detrás. Duró largo rato el combate, peleando contra ellos tanto como nuestras armas su mismo desorden, hasta que desengañado Xicotencal de que no era posible a sus fuerzas lo que intentaba, mandó que se hiciese la seña de recoger, y trató de retirarse. Pero Hernán Cortés, que velaba sobre todo, luego que reconoció su flaqueza y vio que se apartaban atropelladamente de la muralla, echó fuera parte de su infantería y todos los caballos que tenía ya prevenidos con pretales de cascabeles, para que abultasen más con el ruido y la novedad, cuyo repentino asalto puso en tanto pavor a los indios, que sólo trataron de escapar sin hacer resistencia. Dejaron considerable número de muertos en la campaña, con algunos heridos que no pudieron retirar, y de los españoles quedaron sólo heridos dos o tres soldados, y muerto uno de los zempoales: suceso que pareció también milagroso considerada la multitud innumerable de flechas, dardos y piedras que se hallaron dentro del recinto; y victoria, que por su facilidad y poca costa, se celebró con particular demostración de alegría entre los soldados: aunque no sabían entonces cuánto les importaba el haber sido valientes de noche, ni la obligación en que estaban a los magos de Tlascala; cuyo desvarío sirvió también en esta obra, porque levantó a lo sumo el crédito de los españoles y les facilitó la paz, que es el mejor fruto de la guerra.

 

 

 

Capítulo XX

 

Manda el senado a su general que suspenda la guerra, y él no quiere obedecer; antes trata de dar nuevo asalto al cuartel de los españoles: conócense, y castíganse sus espías, y dase principio a las pláticas de la paz

 

Desvanecidas en la ciudad aquellas grandes esperanzas que se habían concebido, sin otra causa que fiar el suceso de sus armas al favor de la noche, volvió a clamar el pueblo por la paz: inquietáronse los nobles, hechos ya populares con menos ruido; pero con el mismo sentir, quedaron sin aliento y sin discurso los senadores, y su primera demostración fue castigar en los agoreros su propia liviandad, no tanto porque fuese novedad en ellos el engaño, como porque se corrieron de haberlos creído. Dos o tres de los más principales fueron sacrificados en uno de sus templos, y los demás tendrían su reprensión, y quedarían obligados a mentir con menos libertad en aquel auditorio.

Juntóse después el senado para tratar el negocio principal, y todos se inclinaron a la paz sin controversia, concediendo al entendimiento de Magiscatzin la ventaja de haber conocido antes la verdad; y confesando los más incrédulos que aquellos extranjeros eran sin duda los hombres celestiales de sus profecías. Decretóse por primera resolución que se despachase luego expresa orden de Xicotencal para que suspendiese la guerra y estuviese a la mira, teniendo entendido que se trataba de la paz, y que por parte del senado quedaba ya resuelta, y se nombrarían luego embajadores que la propusiesen y ajustasen con los mejores partidos que se pudiesen conseguir a favor de su república.

Pero Xicotencal estaba tan obstinado contra los españoles, y tan ciego en el empeño de sus armas, que se negó totalmente a la obediencia de esta orden, y respondió con arrogancia y desabrimiento que él y sus soldados eran el verdadero senado, y mirarían por el crédito de su nación, ya que la desamparaban los padres de la patria. Tenía dispuesto el asaltar por segunda vez a los españoles de noche, y dentro de su cuartel; no porque hiciese caso de las adivinaciones pasadas, sino porque le pareció mejor tenerlos encerrados, para que viniesen vivos a sus manos; pero trataban de ir a esta facción con más gente y con mejores noticias; y sabiendo que algunos paisanos de los lugares circunvecinos acudían al cuartel con bastimentos por la codicia de los rescates, se sirvió de este medio para facilitar su empresa, y nombró cuarenta soldados de su satisfacción, que vestidos en traje de villanos, y cargados de frutas, gallinas y pan de maíz, entrasen dentro de la plaza, y procurasen observar la calidad y fuerza de su fortificación, y por qué parte se podría dar el asalto con menos dificultad. Algunos dicen que fueron estos indios como embajadores del mismo Xicotencal, con pláticas fingidas de paz; en cuyo caso sería más culpable la inadvertencia de los nuestros; pero bien fuese con este o con aquel pretexto, ellos entraron en el cuartel, y estuvieron entre los españoles mucha parte de la mañana sin que se hiciese reparo en su detención, hasta que uno de los soldados zempoales advirtió que andaban reconociendo cautelosamente la muralla, y asomándose a ella por diferentes partes con recatada curiosidad, de que avisé luego a Cortés, y como en este género de sospechas no hay indicio leve, ni sombra que no tenga cuerpo, mandó que los prendiesen al instante, lo cual se ejecutó con facilidad, y examinados separadamente, dijeron con poca resistencia la verdad, unos en el tormento, y otros en el temor de recibirle, concordando todos en que aquella misma noche se había de dar un segundo asalto al cuartel, a cuya facción vendría ya marchando su general con veinte mil hombres, y los había de esperar a distancia de una legua para disponer sus ataques, según la noticia que le llevasen de las flaquezas que hubiesen observado en la muralla.

Sintió mucho Hernán Cortés este accidente, porque se hallaba con poca salud, y le costaba el disimular su enfermedad mayor trabajo que padecerla, pero nunca se rindió a la cama, y sólo cuidaba de curarse cuando no había de qué cuidar. Refiérese de él (no lo pasemos en silencio) que una de las ocasiones que se ofrecieron sobre Tlascala le halló recién purgado, y que montó a caballo, y anduvo en la disposición de la batalla, y en los peligros de ella, sin acordarse del achaque ni sentir el remedio, que hizo el día siguiente su operación, cobrando con la quietud del sujeto su eficacia y su actividad. Don fray Prudencio de Sandoval en su Historia del Emperador lo califica por milagro que Dios obró con él, dictamen que impugnarán los filósofos, a cuya profesión toca el discurrir cómo pudo en este caso arrebatarse la facultad natural en seguimiento de la imaginación ocupada en mayor negocio, o cómo se recogieron los espíritus al corazón y a la cabeza, llevándose tras sí el calor natural con que se había de actuar el medicamento. Pero el historiador no debe omitir la sencilla narración de un suceso en que se conoce cuánto se entregaba este capitán al cuidado vigilante de lo que debía mandar y disponer en la batalla: ocupación verdaderamente que necesita de todo el hombre por grande que sea; y ponderaciones que alguna vez son permitidas en la historia, por lo que sirven al ejemplo y animan la imitación.

Averiguados ya los designios de Xicotencal por la confesión de sus espías, trató Hernán Cortés de prevenir todo lo necesario para la defensa de su cuartel, y pasó luego a discurrir en el castigo que merecían aquellos delincuentes condenados a muerte según las leyes de la guerra; pero le pareció que el hacerlos matar sin noticia de los enemigos, sería justicia sin escarmiento, y como necesitaba menos de su satisfacción que del terror ajeno, ordenó que a los que estuvieron más negativos, que serían catorce o quince, se les cortasen las manos a unos, y a otros los dedos pulgares, y los envió de esta suerte a su ejército; mandándoles que dijesen de su parte a Xicotencal que ya le quedaban esperando, y que se los enviaba con la vida porque no se le malograsen las noticias que llevaban de sus fortificaciones.

Hizo grande horror en el ejército de los indios que venía ya marchando a su facción este sangriento espectáculo; quedaron todos atónitos, notando la novedad y el rigor del castigo, y Xicotencal más que todos, cuidadoso de que hubiesen descubierto sus designios, siendo éste el primer golpe que le tocó en el ánimo, y empezó a quebrantar su resolución, porque se persuadió a que no podían, sin alguna divinidad, aquellos hombres haber conocido sus espías, y penetrado su pensamiento; con cuya imaginación empezó a congojarse, y a dudar en el partido que debía tomar; pero cuando ya estaba inclinado a resolver su retirada, la halló necesaria por otro accidente, y se hizo sin su voluntad lo mismo que resistía su obstinación. Llegaron a este tiempo diferentes ministros del senado, que autorizados con su representación, le intimaron que arrimase el bastón de general, porque vista su inobediencia, y el atrevimiento de su respuesta, se había revocado el nombramiento, en cuya virtud gobernaba las armas de la república. Mandaron también a los capitanes que no le obedeciesen, pena de ser declarados por traidores a la patria, y como cayó esta novedad sobre la turbación que causó en todos el destrozo de sus espías, y en Xicotencal la penetración de su secreto, ninguno se atrevió a replicar, antes inclinaron las cervices al precepto de la república, deshaciéndose con extraordinaria prontitud todo aquel aparato de guerra. Marcharon los caciques a sus tierras, la gente de Tlascala tomó el camino sin esperar otra orden, y Xicotencal, que estaba ya menos animoso, tuvo a felicidad que le quitasen las armas de la mano, y se recogió a la ciudad, acompañado solamente de sus amigos y parientes, donde se presentó al senado, mal escondido su despecho en esta demostración de su obediencia.

Los españoles pasaron aquella noche con cuidado, y sosegaron el día siguiente sin descuido porque no se acababan de asegurar de la intención del enemigo, aunque los indios de la contribución afirmaban que se había deshecho el ejército, y esforzado la plática de la paz. Duró esta suspensión hasta que otro día por la mañana descubrieron los centinelas una tropa de indios, que venían al parecer con algunas cargas sobre los hombros, por el camino de Tlascala; Hernán Cortés mandó que se retirasen a la plaza y los dejasen llegar. Guiaban esta tropa cuatro personajes de respeto, bien adornados, cuyo traje y plumas blancas denotaban la paz; detrás de ellos venían sus criados y después veinte o treinta indios tamenes cargados de vituallas. Deteníanse de cuando en cuando, como recelosos de acercarse, y hacían grandes humillaciones hacia el cuartel, entreteniendo el miedo con la cortesía; inclinaban el pecho hasta tocar la tierra con las manos, levantándose después para ponerlas en los labios: reverencia que sólo usaban con sus príncipes, y en estando más cerca, subieron de punto el rendimiento con el humo de sus incensarios. Dejóse ver entonces sobre la muralla doña Marina, y en su lengua les preguntó de parte de quién y a qué venían. Respondieron, que de parte del senado y república de Tlascala, y a tratar de la paz, con que se les concedió la entrada.

Recibiólos Hernán Cortés con aparato y severidad conveniente; y ellos repitiendo sus reverencias y sus perfumes, dieron su embajada, que se redujo a diferentes disculpas de lo pasado; frívolas, pero de bastante sustancia, para colegir de ellas su arrepentimiento. Decían: «que los otomíes y chontales, naciones bárbaras de su confederación, habían juntado sus gentes, y hecho la guerra contra el parecer del senado, cuya autoridad no había podido reprimir los primeros ímpetus de su ferocidad; pero que ya quedaban desarmados, y la república muy deseosa de la paz; que no sólo traían la voz del senado sino de la nobleza y del pueblo para pedirle que marchase luego con todos sus soldados a la ciudad, donde podrían detenerse lo que gustasen, con seguridad de que serían asistidos y venerados como hijos del sol y hermanos de sus dioses» y últimamente concluyeron su razonamiento, dejando mal encubierto el artificio en todo lo que hablaron de la guerra pasada, pero no sin algunos visos de sinceridad en lo que proponían de la paz.

Hernán Cortés, afectando segunda vez la severidad, y negando al semblante la interior complacencia, les respondió solamente: «que llevasen entendido, y dijesen de su parte al senado que no era pequeña demostración de su benignidad el admitirlos y escucharlos, cuando podían temer su indignación como delincuentes, y debían recibir la ley como vencidos: que la paz que proponían era conforme a su inclinación, pero que la buscaban después de una, guerra muy injusta y muy porfiada, para que se dejase hallar fácilmente o no la encontrasen detenida y recatada: que se vería cómo perseveraban en desearla, y cómo procedían para merecerla, y entretanto procuraría reprimir el enojo de sus capitanes, y engañar la razón de sus armas, suspendiendo el castigo con el brazo levantado, para que pudiesen lograr con la enmienda el tiempo que hay entre la amenaza y el golpe».

Así les respondió Cortés, tomando por este medio algún tiempo para convalecer de su enfermedad, y para examinar mejor la verdad de aquella proposición; a cuyo fin tuvo por conveniente que volviesen cuidadosos y poco asegurados estos mensajeros, porque no se ensoberbeciesen o entibiasen los del senado, hallándole muy fácil o muy deseoso de la paz: que en este género de negocios suelen ser atajos los que parecen rodeos, y servir como diligencias las dificultades.

 

 

 

Capítulo XXI

 

Vienen al cuartel nuevos embajadores de Motezuma para embarazar la paz de Tlascala: persevera el senado en pedirla, y toma el mismo Xicotencal a su cuenta esta negociación

 

Creció con estas victorias la fama de los españoles; y Motezuma que tenía frecuentes noticias de lo que pasaba en Tlascala, mediante la observación de sus ministros y la diligencia de sus correos, entró en mayor aprensión de su peligro cuando vio sojuzgada y vencida por tan pocos hombres aquella nación belicosa que tantas veces había resistido a sus ejércitos. Hacíanle grande admiración las hazañas que le referían de los extranjeros, y temía que una vez reducidos a su obediencia los tlascaltecas se sirviesen de su rebeldía y de sus armas, y pasasen a mayores intentos en daño de su imperio. Pero es muy de reparar que en medio de tantas perplejidades y recelos no se acordase de su poder, ni pasase a formar ejército para su defensa y seguridad; antes sin tratar (por no sé qué genio superior a su espíritu) de convocar sus gentes, ni atreverse a romper la guerra, se dejaba todo a las artes de la política, y andaba fluctuando entre los medios suaves. Puso entonces la mira en deshacer esta unión de españoles y tlascaltecas; y no lo pensaba mal, que cuando falta la resolución, suele andar muy despierta y muy solícita la prudencia. Resolvió para este fin hacer nueva embajada y regalo a Cortés, cuyo pretexto fue complacerse de los buenos sucesos de sus armas, y de que le ayudase a castigar la insolencia de sus enemigos los tlascaltecas; pero el fin principal de esta diligencia fue pedirle con nuevo encarecimiento que no tratase de pasar a su corte con mayor ponderación de las dificultades que le obligaban a no conceder esta permisión. Llevaron los embajadores instrucción secreta para reconocer el estado en que se hallaba la guerra de Tlascala, y procurar (en caso que se hablase de la paz, y los españoles se inclinasen a ella) divertir y embarazar su conclusión, sin manifestar el recelo de su príncipe, ni apartarse de la negociación hasta darle cuenta, y esperar su orden.

Vinieron con esta embajada cinco mejicanos de la primera suposición entre sus nobles, y pisando con algún recato los términos de Tlascala, llegaron al cuartel poco después que partieron los ministros de la república. Recibiólos Hernán Cortés con grande agasajo y cortesía, porque ya le tenía con algún cuidado el silencio de Motezuma. Oyó su embajada gratamente, recibió también y agradeció el presente, cuyo valor sería de hasta mil pesos en piezas diferentes de oro ligero, sin otras curiosidades de pluma y algodón, y no les dio por entonces su respuesta, porque deseaba que viesen antes de partir a los de Tlascala rendidos y pretendientes de la paz; ni ellos solicitaron su despacho, porque también deseaban detenerse; pero tardaron poco en descubrir todo el secreto de su instrucción, porque decían lo que habían de callar, preguntando con poca industria lo que venían a inquirir, y a breve tiempo se conoció todo el temor de Motezuma, y lo que importaba la paz de Tlascala para que viniese a la razón.

La república entretanto, deseosa de poner a buena fe a los españoles, envió sus órdenes a los lugares del contorno para que acudiesen al cuartel con bastimentos, mandando que no llevasen por ellos precio ni rescate, lo cual se ejecutó puntualmente y creció la provisión sin que se atreviesen los paisanos a recibir la menor recompensa. Dos días después se descubrió por el camino de la ciudad una considerable tropa de indios que se venía acercando con insignias de paz; y avisado Cortés, mandó que se les franquease la entrada, y para recibirlos mezcló entre su acompañamiento a los embajadores mejicanos, dándoles a entender que les confiaba lo que deseaba poner en su noticia. Venía por cabo de los tlascaltecas el mismo Xicotencal, que tomó la comisión de tratar o concluir este gran negocio, bien fuese por satisfacer al senado, enmendando con esta acción su pasada rebeldía, o porque se persuadió a que convenía la paz, y como ambicioso de gloria, no quiso que se debiese a otro el bien de su república. Acompañábanle cincuenta caballeros de su facción y parentela, bien adornados a su modo. Era de más que mediana estatura, de buen talle, más robusto que corpulento; el traje, un manto blanco airosamente manejado, muchas plumas, y algunas joyas puestas en su lugar; el rostro de poco agradable proporción, pero que no dejaba de infundir respeto, haciéndose más reparable por el denuedo que por la fealdad. Llegó con desembarazo de soldado a la presencia de Cortés, y hechas sus reverencias tomó asiento, dijo quién era, y empezó su oración: «confesando que tenía toda la culpa de la guerra pasada, porque se persuadió a que los españoles eran parciales de Motezuma, cuyo nombre aborrecía, pero que ya como primer testigo de sus hazañas, venía con los méritos de rendido a ponerse en las manos de su vencedor, deseando merecer con esta sumisión y reconocimiento el perdón de su república, cuyo nombre y autoridad traía, no para proponer sino pedir rendidamente la paz, y admitirla como se la quisiesen conceder, que la demanda una y dos y tres veces en nombre del senado, nobleza y pueblo de Tlascala: suplicándole con todo encarecimiento que honrase luego aquella ciudad con su asistencia, donde hallaría prevenido alojamiento para toda su gente, y aquella veneración y servidumbre que se podía fiar de los que siendo valientes se rendían a rogar y obedecer; pero que solamente pedía, sin que pareciese condición de la paz sino dádiva de su piedad, que se hiciese buen pasaje a los vecinos y se reservasen de la licencia militar sus dioses y sus mujeres.»

Agradó tanto a Cortés el razonamiento y desahogo de Xicotencal, que no pudo dejar de manifestarlo en el semblante a los que le asistían, dejándose llevar del afecto que le merecían siempre los hombres de valor; pero mandó a doña Marina que se lo dijese así, porque no pensase que se alegraba de su proposición, y volvió a cobrar su entereza para ponderarle no sin alguna vehemencia «la poca razón que había tenido su república en mover una guerra tan injusta, y él en fomentar esta injusticia con tanta obstinación»; en que se alargó sin prolijidad a todo lo que pedía la razón, y después de acriminar el delito para encarecer el perdón, concluyó «concediendo la paz que le pedían, y que no les haría violencia ni extorsión alguna en el paso de su ejército»; a que añadió: «que cuando llegase el caso de ir a su ciudad, se les avisaría con tiempo, y se dispondría lo que fuese necesario para su entrada y alojamiento».

Sintió mucho Xicotencal esta dilación, mirándola como pretexto para examinar mejor la sinceridad del tratado; y con los ojos en el auditorio, dijo: «razón tenéis o Teules grandes (así llamaban a sus dioses), para castigar nuestra verdad con vuestra desconfianza, pero si no basta para que me creáis el hablaros en mí toda la república de Tlascala, yo que soy el capitán general de sus ejércitos, y estos caballeros de mi séquito, que son los primeros nobles y mayores capitanes de mi nación, nos quedaremos en rehenes de vuestra seguridad y estaremos en vuestro poder prisioneros o aprisionados todo el tiempo que os detuviereis en nuestra ciudad». No dejó de asegurarse mucho Hernán Cortés con este ofrecimiento, pero como deseaba siempre quedar superior, le respondió: «que no era menester aquella demostración para que se creyese que deseaban lo que tanto les convenía, ni su gente necesitaba de rehenes para entrar segura en su ciudad, y mantenerse en ella sin recelo, como se había mantenido en medio de sus ejércitos armados; pero que la paz quedaba firme y asegurada en su palabra, y su jornada sería lo más presto que se pudiese disponer». Con que disolvió la plática y los salió acompañando hasta la puerta de su alojamiento, donde agasajó de nuevo con los brazos a Xicotencal; y dándole después la mano, le dijo al despedirse: «que sólo tardaría en pagarle aquella visita el breve tiempo que había menester para despachar unos embajadores de Motezuma»; palabras que dieron bastante calor a la negociación, aunque las dejó caer como cosa en que no reparaba.

Quedóse después con los mejicanos, y ellos hicieron grande irrisión de la paz y de los que la proponían, pasando a culpa, no sin alguna enfadosa presunción, la facilidad con que se dejaron persuadir los españoles; y volviendo el rostro a Cortés le dijeron como que le daban doctrina: «que se admiraban mucho de que un hombre tan sabio no conociese a los de Tlascala, gente bárbara que se mantenía de sus ardides más que de sus fuerzas; y que mirase lo que hacía, porque sólo trataban de asegurarle para servirse de su descuido y acabar con él y con los suyos». Pero cuando vieron que se afirmaba en mantener su palabra, y en que no podía negar la paz a quien se la pedía, ni faltar al primer instituto de sus armas, quedaron un rato pensativos; de que resultó el pedirle, convertida en ruego la persuasión, que dilatase por seis días el marchar a Tlascala: en cuyo tiempo irían los dos más principales a poner en la noticia de su príncipe todo lo que pasaba, y quedarían los demás a esperar su resolución. Concedióselo Hernán Cortés, porque no le pareció conveniente romper con el respeto de Motezuma, ni dejar de esperar lo que diese de sí esta diligencia, siendo posible que se allanasen con ella las dificultades que ponía en dejarse ver. Así se aprovechaba de los afectos que reconocía en los tlascaltecas y en los mejicanos; y así daba estimación a la paz, haciéndosela desear a los unos y temer a los otros.

Libro III

 

 

 

Capítulo I

 

Dase noticia del viaje que hicieron a España los enviados de Cortés, y de las contradicciones y embarazos que retardaron su despacho

 

Razón es ya que volvamos a los capitanes Alonso Hernández Portocarrero y Francisco de Montejo, que partieron de la Vera-Cruz con el presente y cartas para el rey: primera noticia y primer tributo de la Nueva España. Hicieron su viaje con felicidad, aunque pudieron aventurarla por no guardar literalmente las órdenes que llevaban; cuyas interpretaciones suelen destruir los negocios, y aciertan pocas veces con el dictamen del superior. Tenía Francisco de Montejo en la isla de Cuba, cerca de La Habana, una de las estancias de su repartimiento; y cuando llegaron a vista del cabo de San Antón, propuso a su compañero, y al piloto Antón de Alaminos, que sería bien acercarse a ella, y proveerse de algunos bastimentos de regalo para el viaje, pues estando aquella población tan distante de la ciudad de Santiago, donde residía Diego Velázquez, se contravenía poco a la sustancia del precepto que les puso Cortés, para que se apartasen de su distrito. Consiguió su intento, logrando con este color el deseo que tenía de ver su hacienda, y arriesgó no sólo el bajel, sino el presente, y todo el negocio de su cargo; porque Diego Velázquez, a quien desvelaban continuamente los celos de Cortés, tenía distribuidas por todas las poblaciones vecinas a la costa diferentes espías que le avisasen de cualquier novedad, temiendo que enviase alguno de sus navíos a la isla de Santo Domingo para dar cuenta de su descubrimiento, y pedir socorro a los religiosos gobernadores, cuya instancia deseaba prevenir y embarazar. Supo luego por este medio lo que pasaba en la estancia de Montejo, y despachó en breves horas dos bajeles muy veleros, bien artillados y guarnecidos, para que procurasen aprehender a todo riesgo el navío de Cortés; disponiendo la facción con tanta celeridad, que fue necesaria toda la ciencia y toda la fortuna del piloto Alaminos para escapar de este peligro que puso en contingencia todos los progresos de Nueva España.

Bernal Díaz del Castillo mancha con poca razón la fama de Francisco de Montejo, digno por su calidad y valor de mejores ausencias: cúlpale de que faltó a la obligación en que le puso la confianza de Cortés; dice que salió a su estancia con ánimo de suspender la navegación, para que tuviese tiempo Diego Velázquez de aprehender el navío; que le escribió una carta con el aviso, que la llevó un marinero, arrojándose al agua, y otras circunstancias de poco fundamento, en que se contradice después, haciendo particular memoria de la resolución y actividad con que se opuso Francisco de Montejo en la corte a los agentes y valedores de Diego Velázquez; pero también escribe que no hallaron estos enviados de Cortés al emperador en España, y afirma otras cosas, de que se conoce la facilidad con que daba los oídos, y que se deben leer con recelo sus noticias en todo aquello que no le informaron sus ojos. Continuaron su viaje por el canal de Bahama, siendo Antón de Alaminos el primer piloto que se arrojó al peligro de sus corrientes; y fue menester entonces toda la violencia con que se precipitan por aquella parte las aguas entre las islas Lucayas y la Florida, para salir a lo ancho con brevedad, y dejar frustradas las asechanzas de Diego Velázquez.

Favoreciólos el tiempo, y arribaron a Sevilla por octubre de este año, en menos favorable ocasión, porque se hallaba en aquella ciudad el capellán Benito Martín, que vino a la corte, como dijimos, a solicitar las conveniencias de Diego Velázquez; y habiéndole remitido los títulos de su adelantamiento, aguardaba embarcación para volverse a la isla de Cuba. Hízole gran novedad este accidente, y valiéndose de su introducción y solicitud, se querelló de Hernán Cortés, y de los que venían en su nombre, ante los ministros de la contratación, que ya se llamaba de las Indias, refiriendo: «que aquel navío era de su amo Diego Velázquez, y todo lo que venía en él perteneciente a sus conquistas; que la entrada en las provincias de Tierra Firme se había ejecutado furtivamente y sin autoridad, alzándose Cortés y los que le acompañaban con la armada que Diego Velázquez tenía prevenida para la misma empresa; que los capitanes Portocarrero y Montejo eran dignos de grave castigo, y por lo menos se debía embargar el bajel y su carga mientras no legitimasen los títulos, de cuya virtud emanaba su comisión». Tenía Diego Velázquez muchos defensores en Sevilla, porque regalaba con liberalidad; y esto era lo mismo que tener razón, por lo menos en los casos dudosos, que se interpretan las más veces con la voluntad. Admitióse la instancia, y últimamente se hizo el embargo, permitiendo a los enviados de Cortés, por gran equivalencia, que acudiesen al rey.

Partieron con esta permisión a Barcelona los dos capitanes y el piloto Alaminos, creyendo hallar la corte en aquella ciudad; pero llegaron a tiempo que acababa de partir el rey a La Coruña, donde tenía convocadas las cortes de Castilla, y prevenida su armada para pasar a Flandes, instado ya prolijamente de los clamores de Alemania, que le llamaban a la corona del imperio. No se resolvieron a seguir la corte, por no hablar de paso en negocio tan grave, que mezclado entre las inquietudes del camino, perdería la novedad sin hallar la consideración; por cuyo reparo se encaminaron a Medellín con ánimo de visitar a Martín Cortés, y ver si podían conseguir que viniese con ellos a la presencia del rey, para que autorizase con sus canas y con su representación la instancia y la persona de su hijo. Recibiólos aquel venerable anciano con la ternura que se deja considerar en un padre cuidadoso y desconsolado, que ya le lloraba muerto, y halló con las nuevas de su vida tanto que admirar en sus acciones y tanto que celebrar en su fortuna.

Determinóse luego a seguirlos, y tomando noticia del paraje donde se hallaba el emperador (así le llamaremos ya), supieron que había de hacer mansión en Tordesillas para despedirse de la reina doña Juana su madre, y despachar algunas dependencias de su jornada. Aquí le esperaron, y aquí tuvieron la primera audiencia, favorecidos de una casualidad oportuna; porque los ministros de Sevilla no se atrevieron a detener en el embargo lo que venía para el emperador, y llegaron a la misma sazón el presente de Cortés, y los indios de la nueva conquista: con cuyo accidente fueron mejor escuchadas las novedades que referían; facilitándose por los ojos la extrañeza de los oídos, porque aquellas alhajas de oro, preciosas por la materia y por el arte, aquellas curiosidades y primores de pluma y algodón, y aquellos racionales de tan rara fisonomía, que parecían hombres de segunda especie, fueron otros tantos testigos, que hicieron creíble, dejando admirable su narración.

Oyólos el emperador con mucha gratitud; y el primer movimiento de aquel ánimo real fue volverse a Dios, y darle rendidas gracias de que en su tiempo se hallasen nuevas regiones donde introducir su nombre y dilatar su evangelio. Tuvo con ellos diferentes conferencias; informóse cuidadosamente de las cosas de aquel nuevo mundo; del dominio y fuerza de Motezuma; de la calidad y talento de Cortés; hizo algunas preguntas al piloto Alaminos concernientes a la navegación; mandó que los indios se llevasen a Sevilla, para que se conservasen mejor en temple más benigno; y según lo que se pudo colegir entonces del afecto con que deseaba fomentar aquella empresa, fuera breve y favorable su resolución, si no le embarazaran otras dependencias de gravísimo peso.

Llegaban cada día nuevas cartas de las ciudades con proposiciones poco reverentes; lamentábase Castilla de que se sacasen sus cortes a Galicia; estaba celoso el reino de que pesase más el imperio; andaba mezclada con protestas la obediencia; y finalmente se iba derramando poco a poco en los ánimos la semilla de las comunidades. Todos amaban al rey, y todos le perdían el respeto; sentían su ausencia; lloraban su falta; y este amor natural, convertido en pasión o mal administrado, se hizo brevemente amenaza de su dominio. Resolvió apresurar su jornada por apartarse de las quejas, y la ejecutó creyendo volver con brevedad, y que no le sería dificultoso corregir después aquellos malos humores que dejaba movidos. Así lo consiguió; pero respetando los altos motivos que le obligaron a este viaje, no podemos dejar de conocer que se aventuró a gran pérdida, y que a la verdad hace poco por la salud quien se fía del exceso, en suposición de que habrá remedios cuando llegue la necesidad.

Quedó remitida por estos embarazos la instancia de Cortés al cardenal Adriano, y a la junta de prelados y ministros que le habían de aconsejar en el gobierno durante la ausencia del emperador, con orden para que oyendo al consejo de Indias, se tomase medio en las pretensiones de Diego Velázquez, y se diese calor al descubrimiento y conquista espiritual de aquella tierra, que ya se iba dejando conocer por el nombre de Nueva España.

Presidía en este consejo, formado pocos días antes, Juan Rodríguez de Fonseca, obispo de Burgos, y concurrían en él Hernando de Vega, señor de Grajal, don Francisco Zapata y don Antonio de Padilla, del consejo real, y Pedro Mártir de Angleria, proto-notario de Aragón. Tenía el presidente gran suposición en las materias de las Indias, porque las había manejado muchos días, y todos cedían a su autoridad y a su experiencia. Favorecía con descubierta voluntad a Diego Velázquez, y pudo ser que le hiciese fuerza su razón, o el concepto en que le tenía; que Bernal Díaz del Castillo refiere las causas de su pasión con indecencia y prolijidad; pero también dice lo que oyó, y sería mucho menos, o no sería. Lo que no se puede negar es que perdió mucho en sus informes la causa de Cortés, y que dio mal nombre a su conquista, tratándola como delito de mala consecuencia. Representaba que Diego Velázquez, según el título que tenía del emperador, era dueño de la empresa; y según justicia de los mismos medios con que se había conseguido, ponderaba lo poco que se podía fiar de un hombre rebelde a su mismo superior, y lo que se debían temer en provincias tan remotas estos principios de sedición; protestaba los daños, y últimamente cargó tanto la mano en sus representaciones, que puso en cuidado al cardenal y a los de la junta. No dejaban de conocer que se afectaba con sobrado fervor la razón de Diego Velázquez; pero no se atrevían a resolver negocio tan grave contra el parecer de un ministro tan graduado; ni tenían por conveniente desconfiar a Cortés, cuando estaba tan arrestado, y en la verdad se le debía un descubrimiento tanto mayor que los pasados. Cuyas dudas y contradicciones fueron retardando la resolución de modo que volvió el emperador de su jornada, y llegaron segundos comisarios de Cortés primero que se tomase acuerdo en sus pretensiones. Lo más que pudieron conseguir Martín Cortés y sus compañeros fue que se les mandasen librar algunas cantidades para su gasto, sobre los mismos efectos que tenían embargados en Sevilla, con cuya moderada subvención estuvieron dos años en la corte siguiendo los tribunales como pretendientes desvalidos: hecho esta vez negocio particular el interés de la monarquía, de cuantas suelen hacerse causa pública los intereses particulares.

 

 

 

Capítulo II

 

Procura Motezuma desviar la paz de Tlascala: vienen los de aquella república a continuar su instancia, y Hernán Cortés ejecuta su marcha y hace su entrada en la ciudad

 

En el discurso de los seis días que se detuvo Hernán Cortés en su alojamiento para cumplir con los mejicanos, se conoció con nuevas experiencias el afecto con que deseaban la paz los de Tlascala, y cuánto se recelaban de los oficios y diligencias de Motezuma; llegaron dentro del plazo señalado los embajadores que se esperaban, y fueron recibidos con la urbanidad acostumbrada. Venían seis caballeros de la familia real con lucido acompañamiento, y otro presente de la misma calidad y poco más valor que el pasado. Habló el uno de ellos, y no sin aparato de palabras y exageraciones ponderó «cuánto deseaba el supremo emperador (y al decir su nombre hicieron todos una profunda humillación) ser amigo y confederado del príncipe grande a quien obedecían los españoles, cuya majestad resplandecía tanto en el valor de sus vasallos, que se hallaba inclinado a pagarle todos los años algún tributo, partiendo con él las riquezas de que abundaba; porque le tenía en gran veneración, considerándole hijo del sol, o por lo menos, señor de las regiones felicísimas donde nace la luz; pero que habían de preceder a este ajustamiento dos condiciones. La primera, que se abstuviesen Hernán Cortés y los suyos de confederarse con los de Tlascala, pues no era bien que hallándose tan obligados de sus dádivas, se hiciesen parciales de sus enemigos; y la segunda, que acabasen de persuadirse a que no era posible ni puesto en razón el intento de pasar a Méjico; porque según las leyes de su imperio, ni él podía dejarse ver de gentes extranjeras, ni sus vasallos lo permitirían; que considerasen bien los peligros de ambas temeridades, porque los tlascaltecas eran tan inclinados a la traición y al latrocinio, que sólo tratarían de asegurarlos para vengarse de ellos, y aprovecharse del oro con que los había enriquecido; y los mejicanos tan celosos de sus leyes y tan mal acondicionados, que no podría reprimirlos su autoridad, ni los españoles quejarse de lo que padeciesen, tantas veces amonestados de lo que aventuraban».

De este género fue la oración del mejicano, y todas las embajadas y diligencias de Motezuma paraban en procurar que no se le acercasen los españoles. Mirábalos con el horror de sus presagios, y fingiéndose la obediencia de sus dioses, hacía religión de su mismo desaliento. Suspendió Cortés por entonces su respuesta, y sólo dijo: «que sería razón que descansasen de su jornada, y que los despacharía brevemente». Deseaba que fuesen testigos de la paz de Tlascala, y miró también a lo que importaba detenerlos, porque no se despechase Motezuma con la noticia de su resolución, y tratase de ponerse en defensa; que ya se sabía su desprevención, y no se ignoraba la facilidad con que podía convocar sus ejércitos.

Dieron tanto cuidado en Tlascala estas embajadas, a que atribuían la detención de Cortés, que resolvieron los del gobierno, por última demostración de su afecto, venir al cuartel en forma de senado, para conducirle a su ciudad, o no volver a ella sin dejar enteramente acreditada la sinceridad de su trato y desvanecidas las negociaciones de Motezuma.

Era solemne y numeroso el acompañamiento, y pacífico el color de los adornos y las plumas. Venían los senadores en andas o sillas portátiles, sobre los hombros de ministros inferiores; y en el mejor lugar Magiscatzin, que favoreció siempre la causa de los españoles, y el padre de Xicotencal, anciano, venerable, a quien había quitado los ojos la vejez; pero sin ofender la cabeza, pues se conservaba todavía con opinión de sabio entre los consejeros. Apeáronse poco antes de llegar a la casa donde los esperaba Cortés, y el ciego se adelantó a los demás, pidiendo a los que le conducían que le acercasen al capitán de los orientales. Abrazóle con extraordinario contento, y después le aplicaba por diferentes partes el tacto, como quien deseaba conocerle, supliendo con las manos el defecto de los ojos. Sentáronse todos, y a ruego de Magiscatzin habló el ciego en esta sustancia:

«Ya, valeroso capitán, seas o no del género mortal, tienes en tu poder al senado de Tlascala, última señal de nuestro rendimiento. No venimos a disculpar el yerro de nuestra nación, sino a tomarle sobre nosotros, fiando a nuestra verdad tu desenojo. Nuestra fue la resolución de la guerra, pero también ha sido nuestra la determinación de la paz. Apresurada fue la primera, y tarda es la segunda; pero no suelen ser de peor calidad las resoluciones más consideradas, antes se borra con trabajo lo que se imprime con dificultad; y puedo asegurar que la misma detención nos dio mayor conocimiento de tu valor, y profundó los cimientos de nuestra constancia. No ignoramos que Motezuma intenta disuadirte de nuestra confederación: escúchale como a nuestro enemigo, si no le considerares como tirano; que ya lo parece quien te busca para la sinrazón. Nosotros no queremos que nos ayudes contra él, que para todo lo que no eres tú nos bastan nuestras fuerzas; sólo sentiremos que fíes tu seguridad de sus ofertas, porque conocemos sus artificios y maquinaciones; y acá en mi ceguedad se me ofrecen algunas luces, que me descubren desde lejos tu peligro. Puede ser que Tlascala se haga famosa en el mundo por la defensa de tu razón; pero dejemos al tiempo tu desengaño, que no es vaticinio lo que se colige fácilmente de su tiranía y de nuestra fidelidad. Ya nos ofreciste la paz: si no te detiene Motezuma, ¿qué te detiene? ¿Por qué te niegas a nuestras instancias? ¿Por qué dejas de honrar nuestra ciudad con tu presencia? Resueltos venimos a conquistar de una vez tu voluntad y tu confianza, o poner en tus manos nuestra libertad: elige, pues, de estos dos partidos el que más te agradare, que para nosotros nada es tercero entre las dos fortunas de tus amigos o tus prisioneros.»

Así concluyó su oración el ciego venerable, porque no faltase algún Apio Claudio en este consistorio, como el otro que oró en el senado contra los epirotas; y no se puede negar que los tlascaltecas eran hombres de más que ordinario discurso, como se ha visto en su gobierno, acciones y razonamientos. Algunos escritores poco afectos a la nación española, tratan a los indios como brutos, incapaces de razón, para dar menos estimación a su conquista. Es verdad que se admiraban con simplicidad de ver hombres de otro género, color y traje; que tenían por monstruosidad las barbas (accidente que negó a sus rostros la naturaleza); que daban el oro por el vidrio; que tenían por rayos las armas de fuego, y por fieras los caballos; pero todos eran efectos de la novedad, que ofenden poco al entendimiento, porque la admiración aunque suponga ignorancia, no supone incapacidad, ni propiamente se puede llamar ignorancia la falta de noticia. Dios los hizo racionales, y no porque permitió su ceguedad, dejó de poner en ellos toda la capacidad y dote naturales, que fueron necesarios a la conservación de la especie, y debidos a la perfección de sus obras. Volvamos empero a nuestra narración, y no autoricemos la calumnia sobrando en la defensa.

No pudo resistir Hernán Cortés a esta demostración del senado, ni tenía ya que esperar, habiéndose cumplido el término que ofreció a los mejicanos, y así respondió con toda estimación a los senadores, y los hizo regalar con algunos presentes, deseando acreditar con ellos su agrado y su confianza. Fue necesario persuadirlos con resolución para que se volviesen y lo consiguió, dándoles palabra de mudar luego su alojamiento a la ciudad, sin más detención que la necesaria para juntar alguna gente de los lugares vecinos, que condujese la artillería y el bagaje. Aceptaron ellos la palabra, haciéndosela repetir con más afecto que desconfianza, y partieron contentos y asegurados, tomando a su cuenta la diligencia de juntar y remitir los indios de carga que fuesen menester; y apenas rayó la primera luz del día siguiente, cuando se hallaron a la puerta del cuartel quinientos tamenes tan bien industriados, que competían sobre la carga, haciendo pretensión de su mismo trabajo.

Tratóse luego de la marcha, púsose la gente en escuadrón y dando su lugar a la artillería y al bagaje, se fue siguiendo el camino de Tlascala, con toda la buena ordenanza, prevención y cuidado que observaba siempre aquel pequeño ejército, a cuya rigurosa disciplina se debió mucha parte de sus operaciones. Estaba la campaña por ambos lados poblada de innumerables indios que salían de sus pueblos a la novedad, y eran tantos sus gritos y ademanes, que pudieran pasar por clamores o amenazas de las que usaban en la guerra, sino dijera doña Marina que usaban también de aquellos alaridos en sus mayores fiestas, y que celebrando a su modo la dicha que habían conseguido, vitoreaban y bendecían a los nuevos amigos, con cuya noticia se llevó mejor la molestia de las voces, siendo necesaria entonces la paciencia para el aplauso.

Salieron los senadores largo trecho de la ciudad a recibir el ejército con toda la ostentación y pompa de sus funciones públicas, asistidos de los nobles, que hacían vanidad en semejantes casos de autorizar a los ministros de su república. Hicieron al llegar sus reverencias, y sin detenerse caminaron delante, dando a entender con este apresurado rendimiento lo que deseaban adelantar la marcha, o no detener a los que acompañaban.

Al entrar en la ciudad resonaron los víctores y aclamaciones con mayor estruendo, porque se mezclaba con el grito popular la música disonante de sus flautas, atabalillos y bocinas. Era tanto el concurso de la gente, que trabajaron mucho los ministros del senado en concertar la muchedumbre, para desembarazar las calles. Arrojaban las mujeres diferentes flores sobre los españoles, y las más atrevidas o menos recatadas, se acercaban hasta ponerlas en sus manos. Los sacerdotes, arrastrando las ropas talares de sus sacrificios, salieron al paso con sus braserillos de copal; y sin saber que acertaban, significaron el aplauso con el humo. Dejábase conocer en los semblantes de todos la sinceridad del ánimo; pero con varios afectos, porque andaban la admiración mezclada con el contento, y el alborozo templado con la veneración. El alojamiento que tenían prevenido, con todo lo necesario para la comodidad y el regalo, era la mejor casa de la ciudad, donde había tres o cuatro patios muy espaciosos, con tantos y tan capaces aposentos, que consiguió Cortés sin dificultad la conveniencia de tener unida su gente. Llevó consigo a los embajadores de Motezuma por más que lo resistieron, y los alojó cerca de sí, porque iban asegurados en su respeto, y estaban temerosos de que se les hiciese alguna violencia. Fue la entrada y última reducción de Tlascala en veinte y tres de septiembre del mismo año de mil quinientos diez y nueve, día en que los españoles consiguieron una paz con circunstancias de triunfo, tan durable y de tanta consecuencia para la conquista de Nueva España, que se conservan hoy en aquella provincia diferentes prerrogativas y exenciones, obtenidas en remuneración de aquella primera constancia: honrado monumento de su antigua fidelidad.

 

 

 

Capítulo III

 

Descríbese la ciudad de Tlascala: quéjanse los senadores de que anduviesen armados los españoles sintiendo su desconfianza; y Cortés los satisface y procura reducir a que dejen la idolatría

 

Era entonces Tlascala una ciudad muy populosa, fundada sobre cuatro eminencias poco distantes, que se prolongaban de Oriente a Poniente con desigual magnitud; y fiadas en la natural fortaleza de sus peñascos contenían en sí los edificios, formando cuatro cabeceras o barros distintos, cuya división se unía y comunicaba por diferentes calles de paredes gruesas que servían de muralla. Gobernaban estas poblaciones con señoría de vasallaje cuatro caciques descendientes de sus primeros fundadores, que pendían del senado, y ordinariamente concurrían en él; pero con sujeción a sus órdenes en todo lo político y segundas instancias de sus vasallos. Las casas se levantaban moderadamente de la tierra, porque no usaban segundo techo: su fábrica de piedra y ladrillo, y en vez de tejados azoteas y corredores; las calles angostas y torcidas según conservaba su dificultad la aspereza de la montaña: extraordinaria situación y arquitectura, menos a la comodidad que a la defensa.

Tenía toda la provincia cincuenta leguas de circunferencia, diez su longitud de Oriente a Poniente, y cuatro su latitud de Norte a Sur: país montuoso y quebrado; pero muy fértil y bien cultivado en todos los parajes donde la frecuencia de los riscos daba lugar al beneficio de la tierra. Confinaba por todas partes con provincias de la facción de Motezuma: sólo por la del Norte cerraba más que dividía sus límites la gran cordillera, por cuyas montañas inaccesibles se comunicaban con los otomíes, totonaques y otras naciones bárbaras de su confederación. Las poblaciones eran muchas y de numerosa vecindad. La gente inclinada desde la niñez a la superstición y al ejercicio de las armas, en cuyo manejo se imponían y habilitaban con emulación, hiciéselos montaraces el clima, o valientes la necesidad. Abundaban de maíz, y esta semilla respondía tan bien al sudor de los villanos, que dio a la provincia el nombre de Tlascala; voz que en su lengua es lo mismo que tierra de pan. Había frutas de gran variedad y regalo, cazas de todo género, y era una de sus fertilidades la cochinilla, cuyo uso no conocían hasta que le aprendieron de los españoles. Debióse de llamar así del grano coccíneo, que dio entre nosotros nombre a la grana: pero en aquellas partes es un género de insecto como gusanillo pequeño, que nace y adquiere la última sazón sobre las hojas de un árbol rústico y espinoso, que llamaban entonces tuna silvestre, y ya le benefician como fructífero: debiendo su mayor comercio y utilidad al precioso tinte de sus gusanos, nada inferior al que hallaron los antiguos en la sangre del múrice y la púrpura, tan celebrado en los mantos de sus reyes.

Tenía también sus pensiones la felicidad natural de aquella provincia, sujeta por la vecindad de las montañas a grandes tempestades, horribles huracanes y frecuentes inundaciones del río Zahual, que no contento algunos años con destruir las mieses y arrancar los árboles, solía buscar los edificios en lo más alto de las eminencias. Dicen que Zahual en su idioma significa río de sarna, porque se cubrían de ella los que usaban de sus aguas en la bebida o en el baño: segunda malignidad de su corriente. Y no era la menor entre las calamidades que padecía Tlascala el carecer de sal, cuya falta desazonaba todas sus abundancias; y aunque pudiera traerla fácilmente de las tierras de Motezuma con el precio de sus granos, tenían a menor inconveniente sufrir el sinsabor de sus manjares que abrir el comercio a sus enemigos.

Estas y otras observaciones de su gobierno, reparables a la verdad en la rudeza de aquella gente, hacían admiración y ponían en cuidado a los españoles. Cortés escondía su recelo, pero continuaba las guardias en su alojamiento, y cuando salía con los indios a la ciudad, llevaba consigo parte de su gente, sin olvidar las armas de fuego. Andaban también en tropas los soldados y con la misma prevención, procurando todos acreditar la confianza, de manera que no pareciese descuido. Pero los indios que deseaban sin artificio ni afectación la amistad de los españoles, se desconsolaban pundonorosamente de que no se arrimasen las armas, y se acabase de creer su fidelidad; punto que se discutió en el senado: por cuyo decreto vino Magiscatzin a significar este sentimiento a Cortés, y ponderó mucho «cuanto disonaban aquellas prevenciones de guerra donde todos estaban sujetos, obedientes y deseosos de agradar; que la vigilancia con que se vivía en el cuartel denotaba poca seguridad; y los soldados que salían a la ciudad con sus rayos al hombro, puesto que no hiciesen mal, ofendieran más con la desconfianza que ofendieran con el agravio; dijo, que las armas se debían tratar como peso inútil donde no eran necesarias, y parecían mal entre amigos de buena ley y desarmados»; y concluyó suplicando encarecidamente a Cortés, de parte del senado y toda la ciudad, «que mandase cesar en aquellas demostraciones y aparatos, que al parecer conservaban señales de guerra mal fenecida, o por lo menos eran indicios de amistad escrupulosa».

Cortés le respondió: «que tenía conocida la buena correspondencia de sus ciudadanos, y estaba sin recelo de que pudiesen contravenir a la paz que tanto habían deseado: que las guardias que se hacían y el cuidado que reparaban en su alojamiento, era conforme a la usanza de su tierra, donde vivían siempre militarmente los soldados, y se habilitaban en el tiempo de la paz a los trabajos de la guerra; por cuyo medio se aprendía la obediencia y se hacía costumbre la vigilancia: que las armas también eran adorno y circunstancia de su traje, y las traían como gala de su profesión, por cuya causa les pedía que se asegurasen de su amistad, y no extrañasen aquellas demostraciones propias de su milicia y compatibles con la paz entre los de su nación». Halló camino de satisfacer a sus amigos sin faltar a la razón de su cautela; y Magiscatzin, hombre de espíritu guerrero, que había gobernado en su mocedad las armas de su república se agradó tanto de aquel estilo militar y loable costumbre, que no sólo volvió sin queja, pero fue deseoso de introducir en sus ejércitos este género de vigilancia y ejercicios, que distinguían y habilitaban los soldados.

Quietáronse con esta noticia los paisanos, y asistían todos con diligente servidumbre al obsequio de los españoles. Conocíase más cada día su voluntad: los regalos fueron muchos, cazas de todos géneros y frutas extraordinarias, con algunas ropas y curiosidades de poco precio; pero lo mejor que daba de sí la penuria de aquellos montes cerrados al comercio de las regiones que producían el oro y la plata. La mejor sala del alojamiento se reservó para capilla, donde se levantó sobre gradas el altar, y se colocaron algunas imágenes con la mayor decencia que fue posible. Celebrábase todos los días el santo sacrificio de la misa con asistencia de los indios principales, que callaban admirados o respectivos; y aunque no estuviesen devotos cuidaban de no estorbar la devoción. Todo lo reparaban, y todo les hacía novedad y mayor estimación de los españoles, cuyas virtudes conocían y veneraban, más por lo que se hacen ellas amar, que porque las supiesen el nombre ni las ejercitasen.

Un día preguntó Magiscatzin a Cortés: «si era mortal; porque sus obras y las de su gente parecían más que naturales, y contenía en sí aquel género de bondad y grandeza que consideraban ellas en sus dioses; pero que no entendían aquellas ceremonias con que al parecer reconocían otra deidad superior, porque los aparatos eran de sacrificio, y no hallaban en él la víctima o la ofrenda con que se aplacaban los dioses, ni sabían que pudiese haber sacrificio sin que muriese alguno por la salud de los demás».

Con esta ocasión tomó la mano Cortés, y satisfaciendo a sus preguntas confesó su ingenuidad: «que su naturaleza y la de todos sus soldados era mortal: porque no se atrevió a contemporizar con el engaño de aquella gente cuando trataba de volver por la verdad infalible de su religión»; pero añadió: «que como hijos de mejor clima, tenían más espíritu y mayores fuerzas que los otros hombres»; y sin admitir el atributo de inmortal se quedó con la reputación de invencible. Díjoles también: «que no sólo reconocían superior en el cielo, donde adoraban al único Señor de todo el universo; pero también eran súbditos y vasallos del mayor príncipe de la tierra, en cuyo dominio estaban ya los de Tlascala, pues siendo hermanos de los españoles, no podían dejar de obedecer a quien ellos obedecían». Pasó luego a discurrir en lo más esencial, y aunque oró fervorosamente contra la idolatría, hallando con su buena razón bastantes fundamentos para impugnar y destruir la multiplicidad de los dioses, y el horror abominable de sus sacrificios: cuando llegó a tocar en los misterios de la fe le parecieron dignos de mejor aplicación, y dio lugar (discreto hasta en callar a tiempo) para que hablase el padre fray Bartolomé de Olmedo. Procuró este religioso introducirlos poco a poco en el conocimiento de la verdad, explicando como docto y como prudente los puntos principales de la religión cristiana, de modo que pudiese abrazarlos la voluntad sin fatiga del entendimiento; porque nunca es bien dar con toda la luz en los ojos que habitan en la oscuridad. Pero Magiscatzin y los demás que le asistían dieron por entonces poca esperanza de reducirse. Decían «que aquel Dios a quien adoraban los españoles era muy grande, y sería mayor que los suyos, pero que cada uno tenía poder en su tierra, y allí necesitaban de un Dios contra los rayos y tempestades: de otro para las avenidas y las mieses; de otro para la guerra, y así de las demás necesidades, porque no era posible que uno solo cuidase de todo». Mejor admitieron la proposición del señor temporal, porque se allanaron desde luego a ser sus vasallos, y preguntaban si los defendería de Motezuma, poniendo en esto la razón de su obediencia; pero al mismo tiempo pedían con humildad y encogimiento: «que no saliese de allí la plática de mudar religión, porque si lo llegaban a entender sus dioses llamarían a sus tempestades, y echarían mano de sus avenidas para que los aniquilasen»; así los tenía poseídos el error y atemorizados el demonio. Lo más que se pudo conseguir entonces fue que dejasen los sacrificios de sangre humana, porque les hizo fuerza lo que se oponía a la ley natural; y con efecto fueron puestos en libertad los miserables cautivos que habían de morir en sus festividades, y se rompieron diferentes cárceles y jaulas donde los tenían y preparaban con el buen tratamiento, no tanto porque llegasen decentes al sacrificio, como porque no viniesen deslucidos al plato.

No quedó satisfecho Hernán Cortés con esta demostración, antes proponía entre los suyos que se derribasen los ídolos, trayendo en consecuencia la facción y el suceso de Zempoala, como si fuera lo mismo intentar semejante novedad en lugar de tanto mayor población: engañábale su celo y no le desengañaba su ánimo. Pero el padre fray Bartolomé de Olmedo le puso en razón, diciéndole con entereza religiosa: «que no estaba sin escrúpulo de la fuerza que se hizo a los de Zempoala, porque se compadecían mal la violencia y el Evangelio, y aquello en la substancia era derribar los altares y dejar los ídolos en el corazón». A que añadió «que la empresa de reducir aquellos gentiles pedía más tiempo y más suavidad, porque no era buen camino para darles a conocer su engaño malquistar con torcedores la verdad, y antes de introducir a Dios, se debía desterrar al demonio: guerra de otra milicia y de otras armas». A cuya persuasión y autoridad rindió Hernán Cortés su dictamen, reprimiendo los ímpetus de su piedad, y de allí adelante se trató solamente de ganar y disponer las voluntades de aquellos indios, haciendo amable con las obras la religión, para que a vista de ellas conociesen la disonancia y abominación de sus costumbres, y por éstas la deformidad y torpeza de sus dioses.

 

 

 

Capítulo IV

 

Despacha Hernán Cortés los embajadores de Motezuma: reconoce Diego de Ordaz el volcán de Popocatepec, y se resuelve la jornada por Cholula

 

Pasados tres o cuatro días que se gastaron en estas primeras funciones de Tlascala, volvió el ánimo Cortés al despacho de los embajadores mejicanos. Detúvolos para que viesen totalmente rendidos a los que tenían por indómitos, y la respuesta que les dio fue breve y artificiosa: «que dijesen a Motezuma lo que llevaban entendido y había pasado en su presencia: las instancias y demostraciones con que solicitaron y merecieron la paz los de Tlascala; el afecto y buena correspondencia con que la mantenían: que ya estaban a su disposición, y era tan dueño de sus voluntades, que esperaba reducirlos a la obediencia de su príncipe, siendo ésta una de las conveniencias que resultarían de su embajada, entre otras de mayor importancia que le obligaban a continuar el viaje y a solicitar entonces su benignidad para merecer después su agradecimiento». Con cuyo despacho y la escolta que pareció necesaria, partieron luego los embajadores, más enterados de la verdad que satisfechos de la respuesta. Y Hernán Cortés se halló empeñado en detenerse algunos días en Tlascala, porque iban llegando a dar la obediencia los pueblos principales de la república, y las naciones de su confederación, cuyo acto se revalidaba con instrumento público, y se autorizaba con el nombre del rey don Carlos, conocido ya y venerado entre aquellos indios, con un género de verdad en la sujeción que se dejaba colegir del respeto que tenían a sus vasallos.

Sucedió por este tiempo un accidente que hizo novedad a los españoles y puso en confusión a los indios. Descúbrese desde lo alto del sitio donde estaba entonces la ciudad de Tlascala el volcán de Popocatepec, en la cumbre de una sierra, que a distancia de ocho leguas se descuella considerablemente sobre los otros montes. Empezó en aquella sazón a turbar el día con grandes y espantosas avenidas de humo, tan rápido y violento, que subía derecho largo espacio del aire sin ceder a los ímpetus del viento, hasta que perdiendo la fuerza en lo alto se dejaba espaciar y dilatar a todas partes, y formaba una nube más o menos oscura, según la porción de ceniza que llevaba consigo. Salían de cuando en cuando mezcladas con el humo, algunas llamaradas o globos de fuego que al parecer se dividían en centellas, y serían las piedras encendidas que arrojaba el volcán, o algunos pedazos de materia combustible que duraban según su alimento.

No se espantaban los indios de ver el humo por ser frecuente y casi ordinario en este volcán, pero el fuego, que se manifestaba pocas veces, los entristecía y atemorizaba como presagio de venideros males, porque tenían aprendido que las centellas cuando se derramaban por el aire y no volvían a caer en el volcán, eran las almas de los tiranos que salían a castigar la tierra, y que sus dioses cuando estaban indignados se valían dellos como instrumentos adecuados a la calamidad de los pueblos.

En este delirio de su imaginación estaban discurriendo con Hernán Cortés, Magiscatzin y algunos de aquellos magnates que ordinariamente le asistían; y él reparando en aquel rudo conocimiento que mostraban de la inmortalidad, premio y castigo de las almas, procuraba darles a entender los errores con que tenían desfigurada esta verdad, cuando entró Diego de Ordaz a pedirle licencia para reconocer desde más cerca el volcán, ofreciendo subir a lo alto de la sierra y observar todo el secreto de aquella novedad. Espantáronse los indios de oír semejante proposición, y procurando informarle del peligro y desviarle del intento, decían: «que los más valientes de su tierra sólo se atrevían a visitar alguna vez unas ermitas de sus dioses que estaban a la mitad de la eminencia, pero que de allí adelante no se hallaría huella de humano pie, ni eran sufribles los temblores y bramidos con que se defendía la montaña». Diego de Ordaz se encendió más en su deseo con la misma dificultad que le ponderaban; y Hernán Cortés, aunque lo tuvo por temeridad, le dio licencia para intentarlo, porque viesen aquellos indios que no estaban negados sus imposibles al valor de los españoles, celoso a todas horas de su reputación y la de su gente.

Acompañaron a Diego de Ordaz en esta facción dos soldados de su compañía, y algunos indios principales que ofrecieron llegar con él hasta las ermitas, lastimándose mucho de que iban a ser testigos de su muerte. Es el monte muy delicioso en su principio, hermoseándole por todas partes frondosas arboledas, que subiendo largo trecho con la cuesta, suavizan el camino con su amenidad, y al parecer con engañoso divertimiento llevan al peligro por el deleite. Vase después esterilizando la tierra, parte con la nieve, que dura todo el año en los parajes que desampara el sol o perdona el fuego, y parte con la ceniza, que blanquea también desde lejos con la oposición del humo. Quedáronse los indios en la estancia de las ermitas, y partió Diego de Ordaz con sus dos soldados, trepando animosamente por los riscos y poniendo muchas veces los pies donde estuvieron las manos, pero cuando llegaron a poca distancia de la cumbre, sintieron que se movía la tierra con violentos y repetidos vaivenes, y percibieron los bramidos horribles del volcán, que a breve rato disparó con mayor estruendo gran cantidad de fuego envuelto en humo y ceniza, y aunque subió derecho sin calentar lo transversal del aire, se dilató después en lo alto, y volvió sobre los tres una lluvia de ceniza tan espesa y tan encendida, que necesitaron de buscar su defensa en el cóncavo de una peña, donde faltó el aliento a los españoles, y quisieron volverse, pero Diego de Ordaz viendo que cesaba el terremoto, que se mitigaba el estruendo y salía menos denso el humo, los animó a adelantarse, y llegó intrépidamente a la boca del volcán, en cuyo fondo observó una gran masa de fuego, que al parecer hervía como materia líquida y resplandeciente, y reparó en el tamaño de la boca, que ocupaba casi toda la cumbre y tendría como un cuarto de legua su circunferencia. Volvieron con esta noticia, y recibieron norabuena de su hazaña, con grande asombro de los indios que redundó en mayor estimación de los españoles. Esta bizarría de Diego de Ordaz no pasó entonces de una curiosidad temeraria, pero el tiempo la hizo de consecuencia, y todo servía en esta obra, pues hallándose después el ejército con falta de pólvora para la segunda entrada que se hizo por fuerza de armas en Méjico, se acordó Cortés de los hervores de fuego líquido que se vieron en este volcán, y halló en él toda la cantidad que hubo menester de finísimo azufre para fabricar esta munición; con que se hizo recomendable y necesario el arrojamiento de Diego de Ordaz, y fue su noticia de tanto provecho en la conquista, que se la premió después el emperador con algunas mercedes, y ennobleció la misma facción dándole por armas el volcán.

Veinte días se detuvieron los españoles en Tlascala, parte por las visitas que ocurrieron de las naciones vecinas, y parte por el consuelo de los mismos naturales, tan bien hallados ya con los españoles, que procuraban dilatar el plazo de su ausencia con varios festejos y regocijos públicos, bailes a su modo, y ejercicios de sus agilidades. Señalado el día para la jornada, se movió disputa, sobre la elección del camino: inclinábase Cortés a ir por Cholula, ciudad, como dijimos, de gran población, en cuyo distrito solían alojarse las tropas veteranas de Motezuma.

Contradecían esta resolución los tlascaltecas, aconsejando que se guiase la marcha por Guajocingo, país abundante y seguro; porque los de Cholula, sobre ser naturalmente sagaces y traidores, obedecían con miedo servil a Motezuma siendo los vasallos de su mayor confianza y satisfacción; a que añadían: «que aquella ciudad estaba reputada en todos sus contornos por tierra sagrada y religiosa, por tener dentro de sus muros más de cuatrocientos templos, con unos dioses tan mal acondicionados, que asombraban el mundo con sus prodigios; por cuya razón no era seguro penetrar sus términos sin tener primero algunas señales de su beneplácito». Los zempoales, menos supersticiosos ya con el trato de los españoles, despreciaban estos prodigios, pero seguían la misma opinión, acordando y repitiendo los motivos que dieron en Zocothlan para desviar el ejército de aquella ciudad.

Pero antes que se tomase acuerdo en este punto, llegaron nuevos embajadores de Motezuma con otro presente, y noticia de que ya estaba su emperador reducido a dejarse visitar de los españoles, dignándose de recibir gratamente la embajada que le traían: y entre otras cosas que discurrieron concernientes al viaje, dieron a entender que dejaban prevenido el alojamiento en Cholula: con que se hizo necesario el empeño de ir por aquella ciudad, no porque se fiase mucho de esta inopinada y repentina mudanza de Motezuma, ni dejase de parecer intempestiva y sospechosa tanta facilidad sobre tanta resistencia; pero Hernán Cortés ponía gran cuidado en que no le viesen aquellos mejicanos receloso, de cuyo temer se componía su mayor seguridad. Los tlascaltecas del gobierno, cuando supieron la proposición de Motezuma, dieron por hecho el trato doble de Cholula, y volvieron a su instancia, temiendo con buena voluntad el peligro de sus amigos; y Magiscatzin, que tenía mayor afecto a los españoles, y amaba particularmente a Cortés con inclinación apasionada, le apretó mucho en que no fuese por aquella ciudad, pero él, que deseaba darle satisfacción de lo que agradecía su cuidado y estimaba su consejo, convocó luego a sus capitanes, y en su presencia se propuso la duda y se pesaron las razones que por una y otra parte ocurrían, cuya resolución fue: «que ya no era posible dejar de admitir el alojamiento que proponían los mejicanos sin que pareciese recelo anticipado; ni cuando fuese cierta la sospecha, convenía pasar a mayor empeño, dejando la traición a las espaldas; antes se debía ir a Cholula para descubrir el ánimo de Motezuma, y dar nueva reputación al ejército con el castigo de sus asechanzas». Redújose Magiscatzin al mismo dictamen, venerando con docilidad el superior juicio de los españoles. Pero sin apartarse del recelo que le obligó a sentir lo contrario, pidió licencia para juntar las tropas de la república, y asistir a la defensa de sus amigos en un peligro tan evidente, que no era razón que por ser ellos invencibles quitasen a los tlascaltecas la gloria de cumplir con su obligación. Pero Hernán Cortés, aunque no dejaba de conocer el riesgo, ni le sonó mal este ofrecimiento, se detuvo en admitirle porque le hacía disonancia el empezar tan presto a disfrutar los socorros de aquella gente recién pacificada, y así le respondió agradeciendo mucho su atención; y últimamente le dijo: «que no era necesaria por entonces aquella prevención», pero se lo dijo con flojedad, como quien deseaba que se hiciese y no quería darlo a entender: especie de rehusar que suele ser poco menos que pedir.

 

 

 

Capítulo V

 

Hállanse nuevos indicios del trato doble de Cholula: marcha el ejército la vuelta de aquella ciudad, reforzado con algunas capitanías de Tlascala

 

Era cierto que Motezuma, sin resolverse a tomar las armas contra los españoles, trataba de acabar con ellos, sirviéndose del ardid primero que de la fuerza. Teníanle de nuevo atemorizado las respuestas de sus oráculos; y el demonio, a quien embarazaba mucho la vecindad de los cristianos, le apretaba con horribles amenazas en que los apartase de sí: unas veces enfurecía los sacerdotes y agoreros para que le irritasen y enfureciesen; otras se le aparecía tomando la figura de sus ídolos y le hablaba para introducir desde más cerca el espíritu de la ira en su corazón, pero siempre le dejaba inclinado a la traición y al engaño, sin proponerle que usase de su poder y de sus fuerzas, o no tendría permisión para mayor violencia, o como nunca sabe aconsejar lo mejor, le retiraba los medios generosos para envilecerse con lo mismo que le animaba. Por una parte le faltaba el valor para dejarse ver de aquella gente prodigiosa; y por otra le parecía despreciable y de corto número su ejército para empeñar descubiertamente sus armas; y hallando pundonor en los engaños, trataba sólo de apartarlos de Tlascala, donde no podía introducir las asechanzas, y llevarlos a Cholula, donde las tenía ya dispuestas y prevenidas.

Reparó Hernán Cortés en que no venían los de aquel gobierno a visitarle, y comunicó su reparo a los embajadores mejicanos, extrañando mucho la desatención de los caciques a cuyo cargo estaba su alojamiento, pues no podían ignorar que le habían visitado con menos obligación todas las poblaciones del contorno. Procuraron ellos disculpar a los de Cholula, sin dejar de confesar su inadvertencia, y al parecer solicitaron la enmienda con algún aviso en diligencia, porque tardaron poco en venir de parte de la ciudad cuatro indios mal ataviados, gente de poca suposición para embajadores, según el uso de aquellas naciones: desacato que acriminaron los de Tlascala como nuevo indicio de su mala intención; y Hernán Cortés no los quiso admitir, antes mandó que se volviesen luego, diciendo en presencia de los mejicanos: «que sabían poco de urbanidad los caciques de Cholula, pues querían enmendar un descuido con una descortesía».

Llegó el día de la marcha, y por más que los españoles tomaron la mañana para formar su escuadrón y el de los zempoales, hallaron ya en el campo un ejército de tlascaltecas, prevenido por el senado a instancia de Magiscatzin, cuyos cabos dijeron a Cortés: «que tenían orden de la república para servir debajo de su mano y seguir sus banderas en aquella jornada, no sólo hasta Cholula, sino hasta Méjico, donde consideraban el mayor peligro de su empresa». Estaba la gente puesta en orden, y aunque unida y apretada, según el estilo de su milicia, ocupaba largo espacio de tierra, porque habían convocado todas las naciones de su confederación, y hecho un esfuerzo extraordinario para la defensa de sus amigos; suponiendo que llegaría el caso de afrontarse con las huestes de Motezuma. Distinguíanse las capitanías por el color de los penachos, y por la diferencia de las insignias, águilas, leones y otros animales feroces levantados en alto, que no sin presunción de jeroglíficos o empresas, contenían significación, y acordaban a los soldados la gloria militar de su nación. Algunos de nuestros escritores se alargan a decir que constaba todo el grueso de cien mil hombres armados: otros andan más detenidos en lo verosímil, pero con el número menor, queda grande la acción de los tlascaltecas, digna verdaderamente de ponderación por la sustancia y por el modo. Agradeció Cortés con palabras de todo encarecimiento esta demostración, y necesitó de alguna porfía para reducirlos a que no convenía que le siguiese tanta gente cuando iba de paz; pero lo consiguió finalmente, dejándolos satisfechos con permitir que le siguiesen algunas capitanías con sus cabos, y quedase reservado el grueso para marchar en su socorro si lo pidiese la necesidad. Nuestro Bernal Díaz escribe que llevó consigo dos mil tlascaltecas; Antonio de Herrera dice tres mil; pero el mismo Hernán Cortés confiesa en sus relaciones que llevó seis mil; y no cuidaba tan poco de su gloria, que supondría mayor número de gente para dejar menos admirable su resolución.

Puesta en orden la marcha...; pero no pasemos en silencio una novedad que merece reflexión, y pertenece a este lugar. Quedó en Tlascala cuando salieron los españoles de aquella ciudad, una cruz de madera fija en lugar eminente y descubierto, que se colocó de común consentimiento el día de la entrada; y Hernán Cortés no quiso que se deshiciese, por más que se notasen como culpas los excesos de piedad; antes encargó a los caciques su veneración: pero debía ser necesaria mayor recomendación, para que durase con seguridad entre aquellos infieles, porque apenas se apartaron de la ciudad los cristianos, cuando a vista de los indios bajó del cielo una prodigiosa nube a cuidar de su defensa. Era de agradable y exquisita blancura; y fue descendiendo por la región del aire, hasta que dilatada en forma de columna, se detuvo perpendicularmente sobre la misma cruz, donde perseveró más o menos distinta (¡maravillosa providencia!) tres o cuatro años que se dilató por varios accidentes la conversión de aquella provincia. Salía de la nube un género de resplandor mitigado que infundía veneración, y no se dejaba mezclar entre las tinieblas de la noche. Los indios se atemorizaban al principio conociendo el prodigio, sin discurrir en el misterio, pero después consideraron mejor aquella novedad, y perdieron el miedo sin menoscabo de la admiración. Decían públicamente que aquella santa señal encerraba dentro de sí alguna deidad, y que no en vano la veneraban tanto sus amigos los españoles; procuraban imitarlos doblando la rodilla en su presencia, y acudían a ella en sus necesidades, sin acordarse de los ídolos, o frecuentando menos sus adoratorios; cuya devoción (si así se puede llamar aquel género de afecto que sentían como influencia de causa no conocida) fue creciendo con tanto fervor de nobles y plebeyos, que los sacerdotes y agoreros entraron en celos de su religión, y procuraron diversas veces arrancar y hacer pedazos la cruz; pero siempre volvían escarmentados, sin atreverse a decir lo que les sucedía por no desautorizarse con el pueblo. Así lo refieren autores fidedignos, y así cuidaba el cielo de ir disponiendo aquellos ánimos para que recibiesen después con menos resistencia el Evangelio; como el labrador que antes de repetir la semilla, facilita su producción con el primer beneficio de la tierra.

No se ofreció novedad en la primera marcha, porque ya no lo era el concurso innumerable de los indios que salían a los caminos, ni aquellos alaridos que pasaban por aclamaciones. Camináronse cuatro leguas de las cinco que distaba entonces Cholula de la antigua Tlascala, y pareció hacer alto cerca de un río de apacible ribera, por no entrar con la noche a los ojos en lugar de tanta población. Poco después que se asentó el cuartel y distribuyeron las órdenes convenientes a su defensa y seguridad, llegaron segundos embajadores de aquella ciudad, gente de más porte y mejor adornada. Traían un regalo de vituallas diferentes, y dieron su embajada con grande aparato de reverencias, que se redujo a disculpar la tardanza de sus caciques, con pretexto de que no podían entrar en Tlascala, siendo sus enemigos los de aquella nación: ofrecer el alojamiento que tenía prevenida su ciudad; y ponderar el regocijo con que celebraban sus ciudadanos la dicha de merecer unos huéspedes tan aplaudidos por sus hazañas, y tan amables por su benignidad; dicho uno y otro con palabras al parecer sencillas, o que traían bien desfigurado el artificio. Hernán Cortés admitió gratamente la disculpa y el regalo, cuidando también de que no se conociese afectación en su seguridad, y el día siguiente, poco después de amanecer, se continuó la marcha con la misma orden, y no sin algún cuidado, que obligó a mayor vigilancia, porque tardaba el recibimiento de la ciudad, y no dejaba de hacer ruido este reparo entre los demás indicios. Pero al llegar el ejército cerca de la población, prevenidas ya las armas para el combate, se dejaron ver los caciques y sacerdotes con numeroso acompañamiento de gente desarmada. Mandó Cortés que se hiciese alto para recibirlos, y ellos cumplieron con su función tan reverentes y regocijados, que no dejaron que recelar por entonces al cuidado con que observaban sus acciones y movimientos; pero al reconocer el grueso de los tlascaltecas que venían en la retaguardia torcieron el semblante, y se levantó entre los más principales del recibimiento un rumor desagradable, que volvió a despertar el recelo de los españoles. Diose orden a doña Marina para que averiguase la causa de aquella novedad, y por su medio respondieron «que los de Tlascala no podían entrar con armas en su ciudad, siendo enemigos de su nación, y rebeldes a su rey». Instaban en que se detuviesen y retirasen luego a su tierra, como estorbos de la paz que se venía publicando; y representaban sus inconvenientes, sin alterarse ni descomponerse: firmes en que no era posible, pero contenida la determinación en los límites del ruego.

Hallóse Cortés algo embarazado con esta demanda, que parecía justificada y podía ser poco segura: procuró sosegarlos con esperanzas de algún temperamento que mediase aquella diferencia; y comunicando brevemente la materia con sus capitanes, pareció que sería bien proponer a los tlascaltecas que se alojasen fuera de la ciudad hasta que se penetrase la intención de aquellos caciques, o se volviese a la marcha. Fueron con esta proposición, que al parecer tenía su dureza, los capitanes Pedro de Alvarado y Cristóbal de Olid; y la hicieron, valiéndose igualmente de la persuasión y de la autoridad, como quien llevaba la orden y obligaba con dar la razón. Pero ellos anduvieron tan atentos, que atajaron la instancia diciendo: «que no venían a disputar, sino a obedecer; y que tratarían luego de abarracarse fuera de la población, en paraje donde pudiesen acudir prontamente a la defensa de sus amigos, ya que se querían aventurar contra toda razón, fiándose de aquellos traidores». Comunicóse luego este partido con los de Cholula, y le abrazaron también con facilidad, quedando ambas naciones no sólo satisfechas, sino con algún género de vanidad hecha de su misma oposición: los unos porque se persuadieron a que vencían, dejando poco airosos y desacomodados a sus enemigos; y los otros porque se dieron a entender que el no admitirlos en su ciudad era lo mismo que temerlos: así equivoca la imaginación de los hombres la esencia y el color de las cosas, que ordinariamente se estiman como se aprenden, y se aprenden como se desean.

 

 

 

Capítulo VI

 

Entran los españoles en Cholula, donde procuran engañarlos con hacerles en lo exterior buena acogida: descúbrese la traición que tenían prevenida, y se dispone su castigo

 

La entrada que los españoles hicieron en Cholula fue semejante a la de Tlascala: innumerable concurso de gente que se dejaba romper con dificultad; aclamaciones de bullicio; mujeres que arrojaban y repartían ramilletes de flores; caciques y sacerdotes que frecuentaban reverencias y perfumes; variedad de instrumentos, que hacían más estruendo que música; repartidos por las calles; y tan bien imitado en todos el regocijo, que llegaron a tenerle por verdadero los mismos que venían recelosos. Era la ciudad de tan hermosa vista, que la comparaban a nuestra Valladolid, situada en un llano desahogado por todas partes del horizonte, y de grande amenidad: dicen que tendría veinte mil vecinos dentro de sus muros, y que pasaría de este número la población de sus arrabales.

Frecuentábanla ordinariamente muchos forasteros, parte como santuario de sus dioses, y parte como emporio de su mercancía. Las calles eran anchas y bien distribuidas; los edificios mayores y de mejor arquitectura que los de Tlascala, cuya opulencia se hacía más suntuosa con las torres, que daban a conocer la multitud de sus templos; la gente menos belicosa que sagaz; hombres de trato y oficiales; poca distinción, y mucho pueblo.

El alojamiento que tenían prevenido se componía de dos o tres casas grandes y contiguas, donde cupieron españoles y zempoales, y pudieron fortificarse unos y otros como lo aconsejaba la ocasión y no lo extrañaba la costumbre. Los tlascaltecas eligieron sitio para su cuartel poco distante de la población, y cerrándole con algunos reparos, hacían sus guardias, y ponían sus centinelas, mejorada ya su milicia con la imitación de sus amigos. Los primeros tres o cuatro días fue todo quietud y buen pasaje.

Los caciques acudían con puntualidad al obsequio de Cortés, y procuraban familiarizarse con sus capitanes. La provisión de las vituallas corría con abundancia y liberalidad, y todas las demostraciones eran favorables, y convidaban a la seguridad; tanto que se llegaron a tener por falsos y ligeramente creídos los rumores antecedentes (fácil a todas horas en fabricar o fingir sus alivios el cuidado), pero no tardó mucho en manifestar la verdad, ni aquella gente acertó a durar en su artificio hasta lograr sus intentos: astuta por naturaleza y profesión, pero no tan despierta y avisada que se supiesen entender su habilidad y su malicia.

Fueron poco a poco retirando los víveres: cesó de una vez el agasajo y asistencia de los caciques. Los embajadores de Motezuma tenían sus conferencias recatadas con los sacerdotes: conocíase algún género de irrisión y falsedad en los semblantes, y todas las señales inducían novedad, y despertaban el recelo mal adormecido. Trató Cortés de aplicar algunos medios para inquirir y averiguar el ánimo de aquella gente, y al mismo tiempo se descubrió de sí misma la verdad; adelantándose a las diligencias humanas la providencia del cielo, tantas veces experimentada en esta conquista.

Estrechó amistad con doña Marina una india anciana, mujer principal y emparentada en Cholula. Visitábala muchas veces con familiaridad, y ella no se lo desmerecía con el atractivo natural de su agrado y discreción. Vino aquel día más temprano, y al parecer asustada o cuidadosa, retiróla misteriosamente de los españoles, y encargando el secreto con lo mismo que recataba la voz, empezó a condolerse de su esclavitud, y a persuadirla «que se apartase de aquellos extranjeros aborrecibles, y se fuese a su casa, cuyo albergue la ofrecía como refugio de su libertad». Doña Marina, que tenía bastante sagacidad, confirió esta prevención con los demás indios; y fingiendo que venía oprimida y contra su voluntad entre aquella gente, facilitó la fuga y aceptó el hospedaje con tantas ponderaciones de su agradecimiento, que la india se dio por segura, y descubrió todo el corazón. Díjola: «que convenía en todo caso que se fuese luego, porque se acercaba el plazo señalado entre los suyos para destruir a los españoles, y no era razón que una mujer de sus prendas pereciese con ellos; que Motezuma tenía prevenidos a poca distancia veinte mil hombres de guerra para dar calor a la facción: que de este grueso habían entrado ya en la ciudad a la deshilada seis mil soldados escogidos; que se habían repartido cantidad de armas entre los paisanos; que tenían de repuesto muchas piedras sobre los terrados, y abiertas en las calles profundas zanjas, en cuyo fondo habían fijado estacas puntiagudas, fingiendo el plano con una cubierta de la misma tierra fundada sobre apoyos frágiles para que cayesen y se mancasen los caballos; que Motezuma trataba de acabar con todos los españoles; pero encargaba que le llevasen algunos vivos para satisfacer su curiosidad y al obsequio de sus dioses, y que había presentado a la ciudad una caja de guerra hecha de oro cóncavo primorosamente vaciado, para excitar los ánimos con este favor militar». Y últimamente doña Marina, dando a entender que se alegraba de lo bien que tenía dispuesta su empresa, y dejando caer algunas preguntas, como quien celebraba lo que inquiría, se halló con noticias cabal de toda la conjuración. Fingió que se quería ir luego en su compañía, y con pretexto de recoger sus joyas y algunas preseas de su peculio, hizo lugar para desviarse de ella sin desconfiarla; dio cuenta de todo a Cortés, y él mandó prender a la india que a pocas amenazas confesó la verdad, entre turbada y convencida.

Poco después vinieron unos soldados tlascaltecas recatados en traje de paisanos, y dijeron a Cortés de parte de sus cabos: «que no se descuidase, porque habían visto desde su cuartel que los de Cholula retiraban a los lugares del contorno su ropa y sus mujeres»; señal evidente de que maquinaban alguna traición. Súpose también que aquella mañana se había celebrado en el templo mayor de la ciudad un sacrificio de diez niños de ambos sexos; ceremonia de que usaban cuando querían emprender algún hecho militar, y al mismo tiempo llegaron dos o tres zempoales que saliendo casualmente a la ciudad, habían descubierto el engaño de las zanjas, y visto en las calles de los lados algunos reparos y estacadas que tenían hechos para guiar los caballos al precipicio.

No se necesitaba de mayor comprobación para verificar el intento de aquella gente, pero Hernán Cortés quiso apurar más la noticia, y poner su razón en estado que no se la pudiesen negar, teniendo algunos testigos principales de la misma nación que hubiesen confesado el delito, para cuyo efecto mandó llamar al primer sacerdote, de cuya obediencia pendían los demás, y que le trajesen otros dos o tres de la misma profesión, gente que tenía grande autoridad con los caciques, y mayor con el pueblo. Fuelos examinando separadamente, no como quien dudaba de su intención, sino como quien se lamentaba de su alevosía, y dándoles todas las señas de lo que sabía, callaba el modo para cebar su admiración con el misterio, y dejarlos desvariar en el concepto de su ciencia. Ellos se persuadieron a que hablaban con alguna deidad que penetraba lo más oculto de los corazones, y no se atrevieron a proseguir su engaño; antes confesaron luego la traición con todas sus circunstancias, culpando a Motezuma, de cuya orden estaba dispuesta y prevenida. Mandólos aprisionar secretamente por que no moviesen algún ruido en la ciudad. Dispuso también que se tuviese cuidado con los embajadores de Motezuma, sin dejarlos salir, ni comunicar con los de la tierra; y convocando a sus capitanes, les refirió todo el caso, y les dio a entender cuanto convenía no dejar sin castigo aquel atentado; facilitando la facción, y ponderando sus consecuencias con tanta energía y resolución, que todos se redujeron a obedecerle, dejando a su prudencia la dirección y el acierto.

Hecha esta diligencia, llamó a los caciques gobernadores de la ciudad, y publicó su jornada para otro día; no porque la tuviese dispuesta ni fuese posible, sino por estrechar el término a sus prevenciones. Pidióles bastimentos para la marcha, indios de carga para el bagaje, y hasta dos mil hombres de guerra que le acompañasen, como lo habían hecho los tlascaltecas y zempoales. Ellos ofrecieron con alguna tibieza y falsedad los bastimentos y tamemes, y con mayor prontitud la gente armada que se les pedía, en que andaban encontrados los designios. Pedíala Cortés para desunir sus fuerzas, y tener en su poder parte de los traidores que había de castigar; y los caciques la ofrecían para introducir en el ejército contrario aquellos enemigos encubiertos, y servirse de ellos cuando llegase la ocasión: ardides ambos que tenían su razón militar, si puede llamarse razón este género de engaños que hizo lícitos la guerra y nobles el ejemplo.

Diose noticia de todo a los tlascaltecas, y orden para que estuviesen alerta, y al rayar el día se fuesen acercando a la población como que se movían para seguir su marcha, y en oyendo el primer golpe de los arcabuces, entrasen a viva fuerza en la ciudad, y viniesen a incorporarse con el ejército, llevándose tras sí toda la gente que hallasen armada. Cuidóse también de que los españoles y zempoales tuviesen prevenidas sus armas, y entendida la facción en que las habían de emplear. Y luego que llegó la noche, cerrado ya el cuartel con las guardias y centinelas a que obligaba la ocurrencia presente, llamó Cortés a los embajadores de Motezuma, y con señas de intimidad, como quien les fiaba lo que no sabían, les dijo: «que había descubierto y averiguado una gran conjuración que le tenían armada los caciques y ciudadanos de Cholula: dioles señas de todo lo que ordenaban y disponían contra su persona y ejército: ponderó cuánto faltaban a las leyes de la hospitalidad, al establecimiento de la paz, y al seguro de su príncipe». Y añadió: «que no solamente lo sabía por su propia especulación y vigilancia: pero se lo habían confesado ya los principales conjurados; disculpándose del trato doble con otra mayor culpa, pues se atrevían a decir que tenían orden y asistencias de Motezuma para deshacer alevosamente su ejército: lo cual ni era verosímil, ni se podía creer semejante indignidad de un príncipe tan grande. Por cuya causa estaba resuelto a tomar satisfacción de su ofensa con todo el rigor de sus armas, y se lo comunicaba para que tuviesen comprendida su razón, y entendido que no le irritaba tanto el delito principal, como la circunstancia de querer aquellos sediciosos autorizar su traición con el nombre de su rey».

Los embajadores procuraron fingir como pudieron que no sabían la conjuración, y trataron de salvar el crédito de su príncipe, siguiendo el camino en que los puso Cortés con bajar el punto de su queja. No convenía entonces desconfiar a Motezuma, ni hacer de un poderoso resuelto a disimular, un enemigo poderoso descubierto: por cuya consideración se determinó a desbaratar sus designios sin darle a entender que los conocía; tratando solamente de castigar la obra en sus instrumentos, y contentándose con reparar el golpe sin atender al brazo. Miraba como empresa de poca dificultad el deshacer aquel trozo de gente armada que tenían prevenida para socorrer la sedición, hecho a mayores hazañas con menores fuerzas; y estaba tan lejos de poner duda en el suceso, que tuvo a felicidad (o por lo menos así lo ponderaba entre los suyos) que se le ofreciese aquella ocasión de adelantar con los mejicanos la reputación de sus armas: y a la verdad no le pesó de ver tan embarazado en los ardides el ánimo de Motezuma; pareciéndole que no discurriría en mayores intentos quien le buscaba por las espaldas y descubría entre sus mismos engaños la flaqueza de su resolución.

 

 

 

Capítulo VII

 

Castígase la traición de Cholula: vuélvese a reducir y pacificar la ciudad, y se hacen amigos los de esta nación con los tlascaltecas

 

Fueron llegando con el día los indios de carga que se habían pedido, y algunos bastimentos, prevenido uno y otro con engañosa puntualidad. Vinieron después en tropas deshiladas los indios armados que, con pretexto de acompañar la marcha, traían su contraseña para embestir por la retaguardia cuando llegase la ocasión, en cuyo número no anduvieron escasos los caciques, antes dieron otro indicio de su intención enviando más gente de la que se les pedía, pero Hernán Cortés los hizo dividir en los patios del alojamiento, donde los aseguró mañosamente, dándoles a entender que necesitaba de aquella separación para ir formando los escuadrones a su modo. Puso luego en orden sus soldados bien instruidos en lo que debían ejecutar, y montando a caballo con los que le habían de seguir en la facción, hizo llamar a los caciques para justificar con ellos su determinación; de los cuales vinieron algunos, y otros se excusaron. Díjoles en voz alta, y doña Marina se lo interpretó con igual vehemencia «que ya estaba descubierta su traición, y resuelto su castigo, de cuyo rigor conocerían cuánto les convenía la paz que trataban de romper alevosamente». Y apenas empezó a protestarles el daño que recibiesen, cuando ellos se retiraron a incorporarse con sus tropas, huyendo en más que ordinaria diligencia, y rompiendo la guerra con algunas injurias y amenazas que se dejaron oír desde lejos. Mandó entonces Hernán Cortés que cerrase la infantería con los indios naturales que tenía dividido en los patios, y aunque fueron hallados con las armas prevenidas para ejecutar su traición, y trataron de unirse para defenderse, quedaron rotos y deshechos con poca dificultad, escapando solamente con vida los que pudieron esconderse o se arrojaron por las paredes, sirviéndose de su ligereza y de sus mismas lanzas para saltar de la otra parte.

Aseguradas las espaldas con el estrago de aquellos enemigos encubiertos, se hizo la seña para que se moviesen los tlascaltecas; avanzó poco a poco el ejército por la calle principal, dejando en el cuartel la guardia que pareció necesaria. Echáronse delante algunos de los zempoales que fuesen descubriendo las zanjas porque no peligrasen los caballos. No estaban descuidados entonces los de Cholula, que hallándose ya empeñados en la guerra descubierta, convocaron el resto de los mejicanos, y unidos en una gran plaza donde había tres o cuatro adoratorios, pusieron en lo alto de sus atrios y torres parte de su gente, y los demás se dividieron en diferentes escuadrones para cerrar con los españoles. Pero al mismo tiempo que desembocó en la plaza el ejército de Cortés, y se dio de una parte y otra la primera carga, cerró por la retaguardia con los enemigos el trozo de Tlascala, cuyo inopinado accidente los puso en tanto pavor y desconcierto, que ni pudieron huir, ni supieron defenderse, y sólo se hallaba más embarazo que oposición en algunas tropas descaminadas que andaban de un peligro en otro con poca o ninguna elección; gente sin consejo que acometía para escapar, y las más veces daban el pecho sin acordarse de las manos. Murieron muchos en este género de combates repetidos, pero el mayor número escapó a los adoratorios, en cuyas gradas y terrados se descubrió una multitud de hombres armados que ocupaban más que guarnecían las eminencias de aquellos grandes edificios. Encargáronse de su defensa los mejicanos, pero se hallaban ya tan embarazados y oprimidos, que apenas pudieron revolverse para darles algunas flechas al viento.

Acercóse con su ejército Hernán Cortés al mayor de los adoratorios, y mandó a sus intérpretes que levantando la voz ofreciesen buen pasaje a los que voluntariamente bajasen a rendirse; cuya diligencia se repitió con segundo y tercer requerimiento, y viendo que ninguno se movía ordenó que se pusiese fuego a los torreones del mismo adoratorio, lo cual asientan que llegó a ejecutarse, y que perecieron muchos al rigor del incendio y la ruina. No parece fácil que se pudiese introducir la llama en aquellos altos edificios sin abrir primero el paso de las gradas, si ya no lo consiguió Hernán Cortés, valiéndose de las flechas encendidas con que arrojaban los indios a larga distancia sus fuegos artificiales. Pero nada bastó para desalojar al enemigo hasta que se abrevió el asalto por el camino que abrió la artillería, y se observó dignamente que sólo uno de tantos como fueron deshechos en este adoratorio se rindió voluntariamente a la merced de los españoles, ¡notable seña de su obstinación!

Hízose la misma diligencia en los demás adoratorios, y después se corrió la ciudad que a breve rato quedó enteramente despoblada, y cesó por falta de enemigos. Los tlascaltecas se desmandaron con algún exceso en el pillaje, y costó su dificultad el recogerlos; hicieron muchos prisioneros; cargaron de ropas y mercaderías de valor, y particularmente se cebaron en los almacenes de la sal, de cuya provisión remitieron luego algunas cargas a su ciudad, atendiendo la necesidad de su patria en el mismo calor de su codicia. Quedaron muertos en las calles, templos y casas fuertes más de seis mil hombres entre naturales y mejicanos. Facción bien ordenada y conseguida sin alguna pérdida de los nuestros, que en la verdad tuvo más de castigo que de victoria.

Retiróse luego Hernán Cortés a su alojamiento con los españoles y zempoales, y señalando cuartel dentro de la ciudad a los tlascaltecas, trató de que fuesen puestos en libertad todos los prisioneros de ambas naciones, cuyo número se componía de la gente más principal que se iba reservando como presa de más estimación. Llamólos primero a su presencia, y mandando que saliesen también de su retiro los sacerdotes, la india que descubrió el trato y los embajadores de Motezuma, hizo a todos un breve razonamiento, doliéndose de que le hubiesen obligado los vecinos de aquella ciudad a tan severa demostración, y después de ponderar el delito y de asegurar a todos que ya estaba desenojado y satisfecho, mandó pregonar el perdón general de lo pasado sin excepción de personas, y pidió con agradable resolución a los caciques que tratasen de que se volviese a poblar su ciudad, recogiendo los fugitivos y asegurando a los temerosos.

No acababan ellos de creer su libertad, enseñados al rigor con que solían tratar a sus prisioneros, y besando la tierra en demostración de su agradecimiento, se ofrecieron con humilde solicitud a la ejecución de esta orden. Los embajadores procuraron disimular su confusión, aplaudiendo el suceso de aquel día, y Hernán Cortés se congratuló con ellos, dejándose llevar de su disimulación para mantenerlos en buena fe y afirmarse con nuevas exterioridades en la política de interesar a Motezuma en el castigo de sus mismas estratagemas. Volvióse a poblar brevemente la ciudad, porque la demostración de poner en libertad a los caciques y sacerdotes con tanta prontitud, y lo que ponderaron ellos esta clemencia de los españoles sobre tan injusta provocación, bastó para que se asegurase la gente que andaba derramada por los lugares del contorno. Restituyéronse luego a sus casas los vecinos con sus familias, abriéronse las tiendas, manifestáronse las mercaderías, y el tumulto se convirtió de una vez en obediencia y seguridad, acción en que no se conoció tanto la natural facilidad con que se movían aquellos indios de un extremo a otro, como el gran concepto en que tenían a los españoles, pues hallaron en la misma justificación de su castigo, toda la razón que hubieron menester para fiarse de su enmienda.

El día siguiente a la facción llegó Xicotencal con un ejército de veinte mil hombres, que al primer aviso de los suyos remitió la república de Tlascala para el socorro de los españoles. Tenían prevenidas sus tropas recelando el suceso, y en todo se iban experimentando las atenciones de aquella nación. Hicieron alto fuera de la ciudad, y Hernán Cortés los visitó y regaló con toda estimación de su fineza, pero los redujo a que se volviesen, diciendo a Xicotencal y a sus capitanes: «que ya no era necesaria su asistencia para la reducción de Cholula, y que hallándose con resolución de marchar brevemente la vuelta de Méjico, no le convenía despertar la resistencia de Motezuma, o provocarle a que rompiese la guerra, introduciendo en su dominio un grueso tan numeroso de tlascaltecas, enemigos descubiertos de los mejicanos». A cuya razón no tuvieron que replicar, antes la conocieron y confesaron con ingenuidad, ofreciendo tener prevenidas sus tropas y acudir al socorro siempre que lo pidiese la necesidad.

Trató Cortés, primero que se retirasen, de hacer amigas aquellas dos naciones de Tlascala y Cholula: introdujo la plática, desvió las dificultades, y como tenía ya tan asentada su autoridad con ambas parcialidades, lo consiguió en breves días, y se celebró acto de confederación y alianza entre las dos ciudades y sus distritos, con asistencia de sus magistrados y con las solemnidades y ceremonias de su costumbre; cuerda mediación a que le obligaría la conveniencia de abrir el paso a los de Tlascala para que pudiesen suministrar con mayor facilidad los socorros de que necesitase, o no dejar aquel estorbo en su retirada, si el suceso no respondiese favorablemente a su esperanza.

Así pasó el castigo de Cholula, tan ponderado en los libros extranjeros y en alguno de los naturales, que consiguió por este medio el aplauso miserable de verse citado contra su nación. Ponen esta facción entre las atrocidades que refieren de los españoles en las Indias, de cuyo encarecimiento se valen para desaprobar o satirizar la conquista. Quieren dar al impulso de la codicia y a la sed del oro toda la gloria de lo que obraron nuestras armas, sin acordarse de que abrieron el paso a la religión, concurriendo en sus operaciones con especial asistencia el brazo de Dios. Lastímanse mucho de los indios, tratándolos como gente indefensa y sencilla para que sobresalga lo que padecieron: maligna compasión, hija del odio y de la envidia. No necesita el caso de Cholula de más defensa que su misma narración. En él se conoce la malicia de aquellos bárbaros, cómo se sabían aprovechar de la fuerza y del engaño, y cuán justamente fue castigada su alevosía; y de él se puede colegir cuán apasionadamente se refieren otros casos de horrible inhumanidad, ponderados con la misma afectación. No dejamos de conocer que se vieron en algunas partes de las Indias acciones dignas de reprensión, obradas con queja de la piedad y de la razón, ¿pero en cuál empresa justa o santa se dejaron de perdonar algunos inconvenientes? ¿De cuál ejército bien disciplinado se pudieron desterrar enteramente los abusos y desórdenes que llama el mundo licencias militares? ¿Y qué tienen que ver estos inconvenientes menores con el acierto principal de la conquista? No pueden negar los émulos de la nación española que resultó de este principio, y se consiguió con estos instrumentos, la conversión de aquella gentilidad, y el verse hoy restituida tanta parte del mundo a su Criador. Querer que no fuese del agrado de Dios y de su altísima ordenación la conquista de las Indias, por este o aquel delito de los conquistadores, es equivocar la sustancia con los accidentes: que hasta en la obra inefable de nuestra redención se propuso como necesaria para la salud universal, la malicia de aquellos pecadores permitidos, que ayudaron a labrar el mayor remedio con la mayor iniquidad. Puédense conocer los fines de Dios en algunas disposiciones que traen consigo las señales de su providencia, pero la proporción o congruencia de los medios por donde se encaminan, es punto reservado a su eterna sabiduría, y tan escondido a la prudencia humana, que se deben oír con desprecio estos juicios apasionados, cuyas sutilezas quieren parecer valentías del entendimiento, siendo en la verdad atrevimientos de la ignorancia.

 

 

 

Capítulo VIII

 

Parten los españoles de Cholula: ofréceseles nueva dificultad en la montaña de Chalco, y Motezuma procura detenerlos por medio de sus nigrománticos

 

Íbase acercando el plazo de la jornada, y algunos zempoales de los que militaban en el ejército (temiesen el empeño de pasar a la corte de Motezuma, o pudiese más que su reputación el amor de la patria) pidieron licencia para retirarse a sus casas. Concediósela Cortés sin dificultad, agradeciéndoles mucho lo bien que le habían asistido; y con esta ocasión envió algunas alhajas de presente al cacique de Zempoala, encargándole de nuevo los españoles que dejó en su distrito sobre la fe de su amistad y confederación.

Escribió también a Juan de Escalante, ordenándole con particular instancia que procurase remitirle alguna cantidad de harina para las hostias y vino para las misas, cuya provisión se iba estrechando, y cuya falta sería de gran desconsuelo suyo y de toda su gente. Diole noticia por menor de los progresos de su jornada, para que estuviese de buen ánimo y asistiese con mayor cuidado a la fortaleza de la Vera-Cruz, tratando de ponerla en defensa, no menos por su propia seguridad, que por lo que se debía recelar de Diego Velázquez, cuya natural inquietud y desconfianza no dejaba de hacer algún ruido entre los demás cuidados.

Llegaron a esta sazón nuevos embajadores de Motezuma, que con noticia ya de todo el suceso de Cholula trató de sincerarse con los españoles, dando las gracias a Cortés de que hubiese castigado aquella sedición. Ponderaron frívolamente la indignación y el sentimiento de su rey, cuyo artificio se redujo a infamar con el nombre de traidores a los mismos que le habían obedecido en la traición. Vino dorada esta noticia con otro presente de igual riqueza y ostentación, y según lo que sucedió después, no dejó de tener mayor designio la embajada, porque miró también al intento de poner en nueva seguridad a Cortés para que marchase menos receloso, y se dejase llevar a otra celada que le tenían prevenida en el camino.

Ejecutóse finalmente la marcha después de catorce días que ocuparon los accidentes referidos, y la primera noche se acuarteló el ejército en un villaje de la jurisdicción de Guajocingo, donde acudieron luego los principales de aquel gobierno y de otras poblaciones vecinas con bastante provisión de bastimentos, y algunos presentes de poco valor, bastantes para conocer el afecto con que aguardaban a los españoles. Halló Cortés entre aquella gente las mismas quejas de Motezuma que se oyeron en las provincias más distantes, y no le pesó de que durasen aquellos humores tan cerca del corazón, pareciéndole que no podía ser muy poderoso un príncipe con tantas señas de tirano, a quien faltaba en el amor de sus vasallos el mayor prestigio de los reyes.

El día siguiente se prosiguió la marcha por una sierra muy áspera que se comunicaba, más o menos eminente, con la montaña del volcán. Iba cuidadoso Cortés, porque uno de los caciques de Guajocingo le dijo al partir que no se fiase de los mejicanos, porque tenían emboscada mucha gente de la otra parte de la cumbre y habían cegado con grandes piedras y árboles cortados, el camino real que baja desde lo alto a la provincia de Chalco, abriendo el paso y facilitando el principio de la cuesta por el paraje menos penetrable, donde habían aumentado los precipicios naturales con algunas cortaduras hechas a la mano para dejar que se fuese poco a poco empeñando su ejército en la dificultad, y cargarle de improviso cuando no se pudiesen revolver los caballos, ni afirmar el pie los soldados. Fuese venciendo la cumbre no sin alguna fatiga de la gente, porque nevaba con viento destemplado, y en lo más alto se hallaron poco distantes los dos caminos con las mismas señas que se traían, el uno encubierto y embarazado, y el otro fácil a la vista y recién aderezado. Reconociólos Hernán Cortés, y aunque se irritó de hallar verificada la noticia de aquella nueva traición, estuvo tan en sí, que sin hacer ruido ni mostrar sentimiento preguntó a los embajadores de Motezuma, que marchaban cerca de su persona: «¿por qué razón estaban así aquellos dos caminos?» Respondieron: «que habían hecho allanar el mejor para que pasase su ejército, cegando el otro por ser el más áspero y dificultoso»; y él con la misma igualdad en la voz y el semblante: «mal conocéis -dijo- a los de mi nación. Ese camino que habéis embarazado se ha de seguir, sin otra razón que su misma dificultad, porque los españoles siempre que tenemos elección nos inclinamos a lo más dificultoso»; y sin detenerse mandó a los indios amigos que pasasen a desembarazar el camino, desviando a un lado y otro aquellos estorbos mal disimulados que procuraban esconderle, lo cual se ejecutó prontamente con grande asombro de los embajadores, que sin discurrir en que se había descubierto el ardid de su príncipe, tuvieron a especie de adivinación aquel acierto casual: hallando que admirar y que temer en la misma bizarría de la resolución. Sirvióse Cortés primorosamente de la noticia que llevaba, y consiguió el apartarse del peligro sin perder reputación, cuidando también de no desconfiar a Motezuma, diestro ya en el arte de quebrantar insidias con no quererlas entender.

Los indios emboscados, luego que reconocieron desde sus puestos que los españoles se apartaban de la celada y seguían el camino real, se dieron por descubiertos, y trataron de retirarse tan amedrentados y en tanto desorden como si volvieran vencidos; conque pudo bajar el ejército a lo llano sin oposición, y aquella noche se alojó en unas caserías de bastante capacidad que se hallaron en la misma falda de la sierra, fundadas allí para hospedaje de los mercaderes mejicanos que frecuentaban las ferias de Cholula, donde se dispuso el cuartel con todos los resguardos y prevenciones que aconsejaba la poca seguridad con que se iba pisando aquella tierra.

Motezuma entretanto dudaba en su irresolución, desanimado con el malogro de sus ardides y sin aliento para usar de sus fuerzas. Hízose devoción esta falta de espíritu; estrechóse con sus dioses; frecuentaba los templos y los sacrificios; manchó de sangre humana todos los altares, más cruel cuando más afligido, y siempre crecía su confusión y se hallaba en mayor desconsuelo, porque andaban encontradas las respuestas de sus ídolos, y discordes en el dictamen los espíritus inmundos que le hablaban en ellos. Unos le decían que franquease las puertas de la ciudad a los españoles, y así conseguiría sacrificarlos sin que se pudiesen escapar ni defenderse; otros que los apartase de sí y tratase de acabar con ellos, sin dejarse ver, y él se inclinaba más a esta opinión, haciéndole disonancia el atrevimiento de querer entrar en su corte contra su voluntad, y teniendo a desaire de su poder aquella porfía contra sus órdenes, o sirviéndose de la autoridad para mejorar el nombre a la soberbia. Pero cuando supo que se hallaban ya en la provincia de Chalco, frustrada la última estratagema de la montaña, fue mayor su inquietud y su impaciencia: andaba como fuera de sí, no sabía qué partido tomar; sus consejeros le dejaban en la misma incertidumbre que sus oráculos. Convocó finalmente una junta de magos y agoreros, profesión muy estimada en aquella tierra, donde había muchos que se entendían con el demonio, y la falta de ciencias daba opinión de sabios a los más engañados. Propúsoles que necesitaba de su habilidad para detener aquellos extranjeros, de cuyos designios estaba receloso. Mandóles que saliesen al camino y los ahuyentasen o entorpeciesen con sus encantos, a la manera que solían obrar otros efectos extraordinarios en ocasiones de menor importancia. Ofrecióles grandes premios si lo consiguiesen y los amenazó con pena de la vida si volviesen a su presencia sin haberlo conseguido.

Esta orden se puso en ejecución, y con tantas veras, que se juntaron brevemente numerosas cuadrillas de nigrománticos y salieron contra los españoles, fiados en la eficacia de sus conjuros y en el imperio que a su parecer tenían sobre la naturaleza. Refieren el padre José de Acosta y otros autores fidedignos, que cuando llegaron al camino de Chalco, por donde venía marchando el ejército, y al empezar sus invocaciones y sus círculos se les apareció el demonio en figura de uno de sus ídolos, a quien llamaban Tezcatlepuca, dios infausto y formidable, por cuya mano pasaban, a su entender, las pestes, las esterilidades y otros castigos del cielo. Venía como despechado y enfurecido, afeando con el ceño de la ira la misma fiereza del ídolo inclemente, y traía sobre sus adornos ceñida una soga de esparto que le apretaba con diferentes vueltas el pecho, para mayor significación de su congoja, o para dar a entender que le arrastraba mano invisible. Postráronse todos para darle adoración, y él sin dejarse obligar de su rendimiento, y fingiendo la voz con la misma ilusión que imitó la figura, los habló en esta sustancia: «Ya mejicanos infelices, perdieron la fuerza vuestros conjuros: ya se desató enteramente la trabazón de nuestros pactos. Decid a Motezuma, que por sus crueldades y tiranías tiene decretada el cielo su ruina; y para que le representéis más vivamente la desolación de su imperio, volved a mirar esa ciudad miserable, desamparada ya de vuestros dioses.» Dicho esto desapareció, y ellos vieron arder la ciudad en horribles llamas, que se desvanecieron poco a poco, desocupando el aire y dejando sin alguna lesión los edificios. Volvieron a Motezuma con esta noticia temerosos de su rigor, librando en ella su disculpa; pero le hicieron tanto asombro las amenazas de aquel dios infortunado y calamitoso, que se detuvo un rato sin responder, como quien recogía las fuerzas interiores, o se acordaba de sí para no descaecer, y depuesta desde aquel instante su natural ferocidad, dijo, volviendo a mirar a los magos y a los demás que le asistían: «¿qué podemos hacer si nos desamparan nuestros dioses? Vengan los extranjeros, y caiga sobre nosotros el cielo, que no nos hemos de esconder, ni es razón que nos halle fugitivos la calamidad». Y prosiguió poco después: «sólo me lastiman los viejos, niños y mujeres, a quien faltan las manos para cuidar de su defensa». En cuya consideración se hizo alguna fuerza para detener las lágrimas. No se puede negar que tuvo algo de príncipe la primera proposición, pues ofreció el pecho descubierto a la calamidad que tenía por inevitable, y no desdijo de la majestad la ternura con que llegó a considerar la opresión de sus vasallos: afectos ambos de ánimo real, entre cuyas virtudes o propiedades no es menos heroica la piedad que la constancia.

Empezóse luego a tratar del hospedaje que se había de hacer a los españoles, de la solemnidad y aparatos del recibimiento; y con esta ocasión se volvió a discurrir en sus hazañas, en los prodigios con que había prevenido el cielo su venida, en las señas que traían de aquellos hombres orientales prometidos a sus mayores, y en la turbación y desaliento de sus dioses, que a su parecer se daban por vencidos y cedían el dominio de aquella tierra, como deidades de inferior jerarquía, y todo fue menester para que llegase a poner en términos posibles aquella gran dificultad de penetrar sobre tan porfiada resistencia, y con tan poca gente, hasta la misma corte de un príncipe tan poderoso, absoluto en sus determinaciones, obedecido con adoración, y enseñado al temor de sus vasallos.

 

 

 

Capítulo IX

 

Viene al cuartel a visitar a Cortés de parte de Motezuma el señor de Tezcuco, su sobrino: continúase la marcha y se hace alto en Quitlavaca, dentro ya de la laguna de Méjico

 

De aquellas caserías donde se alojó el ejército de la otra parte de la montaña, pasó el día siguiente a un pequeño lugar, jurisdicción de Chalco, situado en el camino real, a poco más de dos leguas, donde acudieron luego el cacique principal de la misma provincia y otros de la comarca. Traían sus presentes con algunos bastimentos, y Cortés los agasajó con mucha humanidad y con algunas dádivas; pero se reconoció luego en su conversación que se recataban de los embajadores mejicanos, porque se detenían y embarazaban fuera de tiempo y daban a entender lo que callaban en lo mismo que decían. Apartóse con ellos Hernán Cortés, y a poca diligencia de los intérpretes dieron todo el veneno del corazón. Quejáronse destempladamente de las crueldades y tiranías de Motezuma: ponderaron lo intolerable de sus tributos, que pasaban ya de las haciendas a las personas, pues los hacía trabajar sin estipendio en sus jardines y en otras obras de su vanidad; decían con lágrimas: «que hasta las mujeres se habían hecho contribución de su torpeza y la de sus ministros, puesto que las elegían y desechaban a su antojo, sin que pudiesen defender los brazos de la madre a la doncella, ni la presencia del marido a la casada». Representando uno y otro a Hernán Cortés como a quien lo podía remediar, y mirándole como a deidad que bajaba del cielo con jurisdicción sobre los tiranos. Él los escuchó compadecido, y procuró mantenerlos en la esperanza del remedio, dejándose llevar por entonces del concepto en que le tenían, o resistiendo a su engaño con alguna falsedad. No pasaba en estas permisiones de su política los términos de la modestia: pero tampoco gustaba de oscurecer su fama, donde se miraba como parte de razón el desvarío de aquella gente.

Volvióse a la marcha el día siguiente, y se caminaron cuatro leguas por tierra de mejor temple y mayor amenidad, donde se conocía el favor de la naturaleza en las arboledas, y el beneficio del arte en los jardines. Hízose alto en Amecameca, donde se alojó el ejército, lugar de mediana población, fundado en una ensenada de la gran laguna, la mitad en el agua y la otra mitad en tierra firme, al pie de una montañuela estéril y fragosa. Concurrieron aquí muchos mejicanos con sus armas y adornos militares; y aunque al principio se creyó que los traía la curiosidad, creció tanto el número, que dieron cuidado y no faltaron indicios que persuadiesen al recelo. Valióse Cortés de algunas exterioridades para detenerlos y atemorizarlos: hízose ruido con las bocas de fuego, disparándose al aire algunas piezas de artillería, ponderóse y aun se provocó la ferocidad de los caballos, cuidando los intérpretes de dar significación al estruendo y engrandecer el peligro, por cuyo medio se consiguió el apartarlos del alojamiento antes que cerrase la noche. No se verificó que viniesen con ánimo de ofender, ni parece verosímil que se intentase nueva traición cuando estaba Motezuma reducido a dejarse ver; aunque después mataron las centinelas algunos indios, sobre acercarse demasiado con apariencias de reconocer el cuartel, y pudo ser que alguno de los caudillos mejicanos condujese aquella gente con ánimo de asaltar cautelosamente a los españoles, creyendo no sería desagradable a su rey por considerarle rendido a la paz con repugnancia de su natural y de su conveniencia; pero esto se quedó en presunción, porque a la mañana sólo se descubrieron en el camino que se había de seguir, algunas tropas de gente desarmada que tomaban lugar para ver a los extranjeros.

Tratábase ya de poner en marcha el ejército, cuando llegaron al cuartel cuatro caballeros mejicanos, con aviso de que venia el príncipe Cacumatzin, sobrino de Motezuma, y señor de Tezcuco, a visitar a Cortés de parte de su tío, y tardó poco en llegar. Acompañábanle muchos nobles con insignias de paz, y ricamente adornados. Traíanle sobre sus hombros otros indios de su familia en unas andas cubiertas de varias plumas, cuya diversidad de colores se correspondía con proporción; era mozo de hasta veinticinco años, de recomendable presencia; y luego que se apeó, pasaron delante algunos de sus criados a barrer el suelo que habla de pisar, y a desviar con grandes ademanes y contenencias la gente de los lados; ceremonias que siendo ridículas daban autoridad. Salió Cortés a recibirle hasta la puerta de su alojamiento con todo aquel aparato de que adornaba su persona en semejantes funciones. Hízole al llegar una cumplida reverencia, y él correspondió tocando la tierra, y después los labios con la mano derecha. Tomó su lugar despejadamente, y habló con sosiego de hombre que sabía estar sin admiración a la vista de la novedad. La sustancia de su razonamiento fue: «dar la bienvenida, con palabras puestas en su lugar, a Cortés y a todos los cabos de su ejército: ponderar la gratitud con que los esperaba el gran Motezuma, y cuánto deseaba la correspondencia y amistad de aquel príncipe del Oriente que los enviaba, cuya grandeza debía reconocer por algunas razones que entenderían de su boca»; y por vía de discurso propio volvió a dificultar, como los demás embajadores, la entrada en Méjico, fingiendo «que se padecía esterilidad en todos los pueblos de su contribución»; y proponiendo, como punto que sentía su rey, «lo mal asistidos que se hallarían los españoles donde faltaba el sustento para los vecinos». Cortés respondió, sin apartarse del misterio con que iba cebando las aprensiones de aquella gente, «que su rey, siendo un monarca, sin igual en otro mundo, cercano del nacimiento del sol, tenía también algunas razones de alta consideración para ofrecer su amistad a Motezuma, y comunicarle diferentes noticias que miraban a su persona y esencial conveniencia; cuya proposición no desmerecía su gratitud, ni él podía dejar de admitir con singular estimación la licencia que se le concedía para dar su embajada, sin que le hiciese algún embarazo la esterilidad que se padecía en aquella corte; porque sus españoles necesitaban de poco alimento para conservar sus fuerzas, y venían enseñados a padecer y despreciar las incomodidades y trabajos de que se afligían los hombres de inferior naturaleza». No tuvo Cacumatzin que replicar a esta resolución, antes recibió con estimación y rendimiento algunas joyuelas de vidrio extraordinario que le dio Cortés, y acompañó el ejército hasta Tezcuco, ciudad capital de su dominio, donde se adelantó con la respuesta de su embajada.

Era entonces Tezcuco una de las mayores ciudades de aquel imperio: refieren algunos que sería como dos veces Sevilla, y otros que podía competir con la corte de Motezuma en la grandeza; y presumía no sin fundamento de grande amenidad, donde tomaba principio la calzada oriental de Méjico. Siguióse por ella la marcha sin detención, porque se llevaba intento de pasar a Iztacpalapa, tres leguas más adelante, sitio proporcionado para entrar en Méjico el día siguiente a buena hora. Tendría por esta parte la calzada veinte pies de ancho, y era de piedra y cal, con algunas labores en la superficie. Había en la mitad del camino sobre la misma calzada otro lugar de hasta dos mil casas, que se llamaba Quitlavaca; y por estar fundado en el agua, le llamaron entonces Venezuela. Salió el cacique muy acompañado y lucido al recibimiento de Cortés, y le pidió que honrase por aquella noche su ciudad, con tanto afecto, y tan repetidas instancias, que fue preciso condescender a sus ruegos por no desconfiarle. Y no dejó de hallarse alguna conveniencia en hacer aquella mansión para tomar noticias; porque viendo desde más cerca la dificultad, entró Cortés en algún recelo de que le rompiesen la calzada, o levantasen los puentes para embarazar el paso a su gente.

Registrábase desde allí mucha parte de la laguna, en cuyo espacio se descubrían varias poblaciones y calzadas, que la interrumpían y la hermoseaban; torres y capiteles, que al parecer nadaban sobre las aguas, árboles y jardines fuera de su elemento; y una inmensidad de indios, que navegando en sus canoas, procuraban acercarse a ver los españoles, siendo mayor la muchedumbre que se dejaba reparar en los terrados y azoteas más distantes: hermosa vista y maravillosa novedad, de que se llevaba noticia, y fue mayor en los ojos que en la imaginación.

Tuvo el ejército bastante comodidad en este alojamiento, y los paisanos asistieron con agrado y urbanidad al regalo de sus huéspedes; gente de cuya policía se dejaba conocer la vecindad de la corte. Manifestó el cacique, sin poderse contener, poco afecto a Motezuma, y el mismo deseo que los demás de sacudir el yugo intolerable de aquel gobierno, porque alentaba los soldados y facilitaba la empresa, diciendo a los intérpretes como quien deseaba que lo entendiesen todos, «que la calzada que se había de seguir hasta Méjico era más capaz y de mejor calidad que la pasada, sin que hubiese que recelar en ella ni en las poblaciones de su margen: que la ciudad de Iztacpalapa, donde se había de hacer tránsito, estaba de paz, y tenía orden para recibir y alojar amigablemente a los españoles: que el señor desta ciudad era pariente de Motezuma; pero que ya no había que temer en los de su facción, porque le tenían rendido y sin espíritu los prodigios del cielo, las respuestas de sus oráculos y las hazañas que le referían de aquel ejército; por cuya razón le hallarían deseosos de la paz, y con el ánimo dispuesto antes a sufrir que a provocar». Decía la verdad este cacique, pero con alguna mezcla de pasión y de lisonja, y Hernán Cortés, aunque no dejaba de conocer este defecto en sus noticias, procuraba divulgarlas y encarecerlas entre sus soldados. Y no se puede negar que llegaron a buen tiempo, para que no se desanimase la gente de menos obligaciones con aquella variedad de objetos admirables que se tenían a la vista, de que se pudiera colegir la grandeza de aquella corte y el poder formidable de aquel príncipe; pero los informes del cacique, y las ponderaciones que se hacían de su turbación y desaliento, pudieron tanto en esta concurrencia de novedades, que alegrándose todos de lo que se habían de asombrar, se aprovecharon de su admiración para mejorar las esperanzas de su fortuna.

 

 

 

Capítulo X

 

Pasa el ejército a Iztacpalapa, donde se dispone la entrada de Méjico: refiérese la grandeza con que salió Motezuma a recibir a los españoles

 

La mañana siguiente, poco después de amanecer, se puso en orden la gente sobre la misma calzada, según su capacidad, bastante por aquella parte para que pudiesen ir ocho caballos en hilera. Constaba entonces el ejército de cuatrocientos y cincuenta españoles no cabales, y hasta seis mil indios tlascaltecas, zempoales y de otras naciones amigas. Siguióse la marcha, sin nuevo accidente que diese cuidado, hasta la misma ciudad de Iztacpalapa, donde se había de hacer alto: lugar que sobresalía entre los demás por la grandeza de sus torres, y por el bulto de sus edificios; sería de hasta diez mil casas de segundo y tercer alto, que ocupaban mucha parte de la laguna, y se dilataban algo más sobre la ribera; en sitio delicioso y abundante. El señor de esta ciudad salió muy autorizado a recibir el ejército; y le asistieron para esta función los príncipes de Magicalcingo y Cuyoacan, dominios de la misma laguna. Traían todos tres su presente separado de varias frutas, cazas y otros bastimentos, con algunas piezas de oro, que valdrían hasta dos mil pesos. Llegaron juntos, y se dieron a conocer, diciendo cada uno su nombre y dignidad; y remitiendo a la discreción de la ofrenda todo lo que faltaba en el razonamiento.

Hízose la entrada en esta ciudad con aquel aplauso, que consistía en el bullicio y gritería de la gente, cuya inquietud alegre daba seguridad a los más recelosos. Estaba prevenido el alojamiento en el mismo palacio del cacique, donde cupieron todos los españoles debajo de cubierto, quedando los demás en los patios y zaguanes con bastante comodidad para una noche que había de pasar sin descuido. Era el palacio grande y bien fabricado, con separación de cuartos alto y bajo, muchas salas con techumbre de cedro, y no sin adorno; porque algunas de ellas tenían sus colgaduras de algodón, tejido a colores, con dibujo y proporción. Había en Utacpalapa diversas fuentes de agua dulce y saludable, traída por diferentes conductos de las sierras vecinas, y muchos jardines cultivados con prolijidad entre los cuales se hacía reparar una huerta de admirable grandeza y hermosura, que tenía el cacique para su recreación; donde llevó aquella tarde a Cortés con algunos de sus capitanes y soldados, como quien deseaba cumplir a un tiempo con el agasajo de los huéspedes y con su propia jactancia y vanidad. Había en ella diversos géneros de árboles fructíferos, que formaban calles muy dilatadas, dejando su lugar a las plantas menores, y un espacioso jardín, que tenía sus divisiones y paredes hechas de cañas entretejidas y cubiertas de yerbas olorosas, con diferentes cuadros de agricultura cuidadosa, donde hacían labor las flores con ordenada variedad. Estaba en medio un estanque de agua dulce, de forma cuadrangular: fábrica de piedra y argamasa, con gradas por todas partes hasta el fondo, tan grande, que tenía cada uno de sus lados cuatrocientos pasos, donde se alimentaba la pesca de mayor regalo y acudían varias especies de aves palustres, algunas conocidas en Europa, y otras de figura exquisita y pluma extraordinaria: obra digna de príncipe, y que hallada en un súbdito de Motezuma, se miraba como argumento de mayores opulencias.

Pasóse bien la noche, y la gente acudió con agrado y sencillez al agasajo de los españoles; sólo se reparó en que hablaban ya en este lugar con otro estilo de las cosas de Motezuma: porque alababan todos su gobierno; y encarecían su grandeza; o contuviese a los de aquella opinión el parentesco del cacique, o les hiciese menos atrevidos la cercanía del tirano. Había dos leguas de calzada que pasar hasta Méjico, y se tomó la mañana, porque deseaba Cortés hacer su entrada, y cumplir con la primera función de visitar a Motezuma, quedando con alguna parte del día para reconocer y fortificar su cuartel. Siguióse la marcha con la misma orden; y dejando a los lados la ciudad de Magicalcingo en el agua, y la de Cuyoacan en la ribera, sin otras grandes poblaciones que se descubrían en la misma laguna, se dio vista desde más cerca y no sin admiración, a la gran ciudad de Méjico, que se levantaba con exceso entre las demás, y al parecer se le conocía el predominio hasta en la soberbia de sus edificios. Salieron a poco menos que la mitad del camino más de cuatro mil nobles y ministros de la ciudad a recibir el ejército, cuyos cumplimientos detuvieron largo rato la marcha aunque sólo hacían reverencias, y pasaban delante para volver acompañando. Estaba poco antes de la ciudad un baluarte de piedra, con dos castillejos a los lados, que ocupaban todo el plano de la calzada, cuyas puertas desembocaban sobre otro pedazo de calzada, y ésta terminaba en una puente levadiza, que defendía la entrada con segunda fortificación. Luego que pasaron desviando a los lados, para franquear el paso al ejército, y se descubrió una calle muy larga y espaciosa, de grandes casas, edificadas con igualdad y correspondencia, cubiertos de gente los miradores y terrados; pero la calle totalmente desocupada; y dijeron a Cortés, que se había despejado cuidadosamente, porque Motezuma estaba en ánimo de salir a recibirle, para mayor demostración de su benevolencia.

Poco después se fue dejando ver la primera comitiva real, que serían hasta doscientos nobles de su familia, vestidos de librea, con grandes penachos, conformes en la hechura y el color. Venían en dos hileras con notable silencio y compostura, descalzos todos, y sin levantar los ojos de la tierra; acompañamiento con apariencias de procesión. Luego que llegaron cerca del ejército, se fueron arrimando a las paredes en la misma orden, y se vio a lo lejos una gran tropa de gente mejor adornada, y de mayor dignidad, en cuyo medio venía Motezuma sobre los hombros de sus favorecidos, en unas andas de oro bruñido, que brillaba con proporción entre diferentes labores de pluma sobrepuesta, cuya primorosa distribución procuraba oscurecer la riqueza con el artificio. Seguían el paso de las andas cuatro personajes de gran suposición, que le llevaban debajo de un palio, hecho de plumas verdes, entretejidas y dispuestas de manera que formaban tela, con algunos adornos de argentería; y poco delante iban tres magistrados con unas varas de oro en las manos, que levantaban en alto sucesivamente, como avisando que se acercaba el rey, para que se humillasen todos, y no se atreviesen a mirarle: desacato que se castigaba como sacrilegio. Cortés se arrojó del caballo poco antes que llegase, y al mismo tiempo se apeó Motezuma de sus andas, y se adelantaron algunos indios, que alfombraron el camino, para que no pusiese los pies sobre la tierra, que a su parecer era indigna de sus huellas.

Prevínose a la función con espacio y gravedad, y puestas las dos manos sobre los brazos del señor de Iztacpalapa y el de Tezcuco, sus sobrinos, dio algunos pasos para recibir a Cortés. Era de buena presencia, su edad hasta cuarenta años, de mediana estatura, más delgado que robusto; el rostro aguileño, de color menos oscuro que el natural de aquellos indios, el cabello largo hasta el extremo de la oreja, los ojos vivos, y el semblante majestuoso, con algo de intención; su traje un manto de sutilísimo algodón, anudado sin desaire sobre los hombros, de manera que cubría la mayor parte del cuerpo, dejando arrastrar la falda. Traía sobre sí diferentes joyas de oro, perlas y piedras preciosas, en tanto número, que servían más al peso que al adorno. La corona una mitra de oro ligero, que por delante remataba en punta, y la mitad posterior algo más obtusa se inclinaba sobre la cerviz; y el calzado unas suelas de oro macizo, cuyas correas tachonadas de lo mismo, ceñían el pie, y abrazaban parte de la pierna, semejante a las cáligas militares de los romanos.

Llegó Cortés apresurando el paso sin desautorizarse, y le hizo una profunda sumisión; a que respondió poniendo la mano cerca de la tierra, y llevándola después a los labios: cortesía de inaudita novedad en aquellos príncipes, y más desproporcionada en Motezuma, que apenas doblaba la cerviz a sus dioses, y afectaba la soberbia, o no la sabía distinguir de la majestad; cuya demostración, y la de salir personalmente al recibimiento se reparó mucho entre los indios, y cedió en mayor estimación de los españoles; porque no se persuadían a que fuese inadvertencia de su rey, cuyas determinaciones veneraban, sujetando el entendimiento. Habíase puesto Cortés sobre las armas una banda o cadena de vidrio, compuesta vistosamente de varias piedras que imitaban los diamantes y las esmeraldas, reservada para el presente de la primera audiencia; y hallándose cerca en estos cumplimientos, se la echó sobre los hombros a Motezuma. Detuviéronle, no sin alguna destemplanza, los dos braceros, dándole a entender que no era lícito el acercarse tanto a la persona del rey; pero él los reprendió, quedando tan gustoso del presente, que le miraba y celebraba entre los suyos como presea de inestimable valor; y para desempeñar su agradecimiento con alguna liberalidad, hizo traer entretanto que llegaban a darse a conocer los demás capitanes, un collar que tenía la primera estimación entre sus joyas. Era de unas conchas carmesíes de gran precio en aquella tierra, dispuestas y engarzadas con tal arte, que de cada una de ellas pendían cuatro gambaros o cangrejos de oro, imitados prolijamente del natural. Y él mismo con sus manos se le puso en el cuello a Cortés: humanidad y agasajo, que hizo segundo ruido entre los mejicanos. El razonamiento de Cortés fue breve y rendido como lo pedía la ocasión, y su respuesta de pocas palabras, que cumplieron con la discreción sin faltar a la decencia. Mandó luego al uno de aquellos dos príncipes sus colaterales, que se quedase para conducir y acompañar a Hernán Cortés hasta su alojamiento; y arrimado al otro, volvió a tomar sus andas, y se retiró a su palacio con la misma pompa y gravedad.

Fue la entrada en esta ciudad a ocho de noviembre del mismo año de mil y quinientos diez y nueve, día de los santos cuatro coronados mártires; y el alojamiento que tenían prevenido, una de las casas reales que fabricó Axayaca, padre de Motezuma. Competía en la grandeza con el palacio principal de los reyes, y tenía sus presunciones de fortaleza; paredes gruesas de piedra, con algunos torreones, que servían de traveses y daban facilidad a la defensa. Cupo en ella todo el ejército y la primera diligencia de Cortés fue reconocerla por todas partes para distribuir sus guardias, alojar su artillería y cerrar su cuartel. Algunas salas, que tenían destinadas para la gente de más cuenta, estaban adornadas con sus tapicerías de varios colores hechas de aquel algodón, a que se reducían todas sus telas, más o menos delicadas: las sillas de madera, labradas de una pieza, las camas entoldadas con sus colgaduras en forma de pabellones; pero el lecho se componía de aquellas sus esteras de palma, donde servía de cabecera una de las mismas esteras arrollada; no alcanzaban allí mejor cama los príncipes más regalados, ni cuidaba mucho aquella gente de su comodidad, porque vivían a la naturaleza, contentándose con los remedios de la necesidad; y no sabemos si se debe llamar felicidad en aquellos bárbaros esta ignorancia de las superfluidades.

Capítulo XI

 

Viene Motezuma el mismo día por la tarde a visitar a Cortés en su alojamiento: refiérese la oración que hizo antes de oír la embajada, y la respuesta de Cortés

 

Era poco más de medio día cuando entraron los españoles en su alojamiento, y hallaron prevenido un banquete regalado y espléndido para Cortés y los cabos de su ejército, con grande abundancia de bastimentos menos delicados para el resto de la gente, y muchos indios de servicio, que ministraban los manjares y las bebidas con igual silencio y puntualidad. Por la tarde vino Motezuma con la misma pompa y acompañamiento a visitar a Cortés, que avisado poco antes, salió a recibirle hasta el patio principal, con todo el obsequio debido a semejante favor. Acompañóle hasta la puerta de su cuarto, donde le hizo una profunda reverencia, y él pasó a tomar su asiento con despejo y gravedad. Mandó luego que acercasen otro a Cortés: hizo seña para que se apartasen a la pared los caballeros que andaban cerca de su persona, y Cortés advirtió lo mismo a los capitanes que le asistían. Llegaron los intérpretes, y cuando se prevenía Hernán Cortés para dar principio a su oración, le detuvo Motezuma, dando a entender que tenía que hablar antes de oír; y se refiere que discurrió en esta sustancia:

«Antes que me deis la embajada, ilustre capitán y valerosos extranjeros, del príncipe grande que os envía, debéis vosotros, y debo yo desestimar y poner en olvido lo que ha divulgado la fama de nuestras personas y costumbres, introduciendo en nuestros oídos aquellos vanos rumores que van delante de la verdad, y suelen oscurecerla declinando en lisonja o vituperio. En algunas partes os habrán dicho de mí que soy uno de los dioses inmortales, levantando hasta los cielos mi poder y mi naturaleza: en otras que se desvela en mis opulencias la fortuna, que son de oro las paredes y los ladrillos de mis palacios, y que no caben en la tierra mis tesoros; y en otras que soy tirano, cruel y soberbio; que aborrezco la justicia, y que no conozco la piedad. Pero los unos y los otros os han engañado con igual encarecimiento; y para que no imaginéis que soy alguno de los dioses, o conozcáis el desvarío de los que así me imaginan, esta porción de mi cuerpo (y desnudó parte del brazo) desengañará vuestros ojos de que habláis con un hombre mortal de la misma especie; pero más noble y más poderoso que los otros hombres. Mis riquezas no niego que son grandes; pero las hacen mayores la exageración de mis vasallos. Esta casa que habitáis es uno de mis palacios. Mirad esas paredes hechas de piedra y cal, materia vil, que debe al arte su estimación; y colegid de uno y otro el mismo engaño, y el mismo encarecimiento en lo que os hubieren dicho de mis tiranías; suspendiendo el juicio hasta que os enteréis de mi razón, y despreciando ese lenguaje de mis rebeldes, hasta que veáis si es castigo lo que llaman infelicidad, y si pueden acusarle sin dejar de merecerle. No de otra suerte han llegado a nuestros oídos varios informes de vuestra naturaleza y operaciones. Algunos han dicho que sois deidades, que os obedecen las fieras, que manejáis los rayos, y que mandáis en los elementos; y otros que sois facinerosos, iracundos y soberbios, que os dejáis dominar de los vicios, y que venís con una sed insaciable del oro que produce nuestra tierra. Pero ya veo que sois hombres de la misma composición y masa que los demás, aunque os diferencia de nosotros algunos accidentes de los que suele influir el temperamento de la tierra en los mortales. Esos brutos que os obedecen ya conozco que son unos venados grandes, que traéis domesticados e instruidos en aquella doctrina imperfecta, que puede comprender el instinto de los animales. Esas armas que se asemejan a los rayos, también alcanzo que son unos cañones de metal no conocido, cuyo efecto es como el de nuestras cerbatanas, aire oprimido, que busca salida, y arroja el impedimento. Ese fuego que despiden con mayor estruendo, será cuando mucho algún secreto más que natural de la misma ciencia que alcanzan nuestros magos. Y en lo demás que han dicho de vuestro proceder, hallo también, según la observación que han hecho de vuestras costumbres mis embajadores y confidentes, que sois benignos y religiosos, que os enojáis con razón, que sufrís con alegría los trabajos, y que no falta entre vuestras virtudes la liberalidad, que se acompaña pocas veces con la codicia. De suerte que unos y otros debemos olvidar las noticias pasadas, y agradecer a nuestros ojos el desengaño de nuestra imaginación; con cuyo presupuesto quiero que sepáis antes de hablarme, que no se ignora entre nosotros, ni necesitamos de vuestra persuasión, para creer que el príncipe grande a quien obedecéis, es descendiente de nuestro antiguo Quezalcoal, señor de las siete cuevas de los Navatlacas, y rey legítimo de aquellas siete naciones que dieron principio al imperio mejicano. Por una profecía suya, que veneramos como verdad infalible, y por la tradición de los siglos que se conserva en nuestros anales, sabemos que salió de estas regiones a conquistar nuevas tierras hacia la parte del Oriente, y dejó prometido, que andando el tiempo vendrían sus descendientes a moderar nuestras leyes, o poner en razón nuestro gobierno. Y porque las señas que traéis conforman con este vaticinio, y el príncipe del Oriente que os envía, manifiesta en vuestras mismas hazañas la grandeza de tan ilustre progenitor, tenemos ya determinado que se haga en obsequio suyo todo lo que alcanzaren nuestras fuerzas; de que me ha parecido advertiros, para que habléis sin embarazo en sus proposiciones, y atribuyáis a tan alto principio estos excesos de mi humanidad.»

Acabó Motezuma su oración, previniendo el oído con entereza y majestad, cuya sustancia dio bastante disposición a Cortés para que sin apartarse del engaño que hallaba introducido en el concepto de aquellos hombres, pudiese responderle, según lo que hallamos escrito, estas o semejantes razones:

«Después, señor, de rendiros las gracias por la suma benignidad con que permitís vuestros oídos a nuestra embajada, y por el superior conocimiento con que nos habéis favorecido, menospreciando en nuestro abono los siniestros informes de la opinión, debo deciros que también acerca de nosotros se ha tratado la vuestra con aquel respeto y veneración que corresponde a vuestra grandeza. Mucho nos han dicho de vos en esas tierras de vuestro dominio: unos afeando vuestras obras, y otros poniendo entre sus dioses vuestra persona; pero los encarecimientos crecen ordinariamente con injuria de la verdad, que como es la voz de los hombres el instrumento de la fama, suele participar de sus pasiones; y éstas, o no entienden las cosas como son, o no las dicen como las entienden. Los españoles, señor, tenemos otra vista, con que pasamos a discernir el color de las palabras, y por ellas el semblante del corazón: ni hemos creído a vuestros rebeldes ni a vuestros lisonjeros. Con certidumbre de que sois príncipe grande, y amigo de la razón, venimos a vuestra presencia, sin necesitar de los sentidos para conocer que sois príncipe mortal. Mortales somos también los españoles, aunque más valerosos, y de mayor entendimiento que vuestros vasallos, por haber nacido en otro clima de más robustas influencias. Los animales que nos obedecen, no son como vuestros venados, porque tienen mayor nobleza y ferocidad: brutos inclinados a la guerra, que saben aspirar con alguna especie de ambición a la gloria de su dueño. El fuego de nuestras armas es obra natural de la industria humana, sin que tenga parte alguna en su producción esa facultad que profesan vuestros magos; ciencia entre nosotros abominable, y digna de mayor desprecio que la misma ignorancia: con cuya suposición, que me ha parecido necesaria para satisfacer a vuestras advertencias, os hago saber con todo el acatamiento debido a vuestra majestad, que vengo a visitaros como embajador del más poderoso monarca que registra el sol desde su nacimiento; en cuyo nombre os propongo que desea ser vuestro amigo y confederado, sin acordarse de los derechos antiguos que habéis referido para otro fin que abrir el comercio entre ambas monarquías, y conseguir por este medio vuestra comunicación y vuestro desengaño. Y aunque pudiera, según la tradición de vuestras mismas historias, aspirar a mayor reconocimiento en estos dominios, sólo quiere usar de su autoridad para que le creáis en lo mismo que os conviene: y daros a entender que vos, señor, y vosotros mejicanos que me oís (volviendo el rostro a los circunstantes), vivís engañados en la religión que profesáis, adorando unos leños insensibles, obra de vuestras manos y de vuestra fantasía; porque sólo hay un Dios verdadero, principio eterno, sin principio ni fin, de todas las cosas; cuya omnipotencia infinita crió de nada esa fábrica maravillosa de los cielos, el sol que nos alumbra, la tierra que nos sustenta, y el primer hombre de quien procedemos todos, con igual obligación de reconocer y adorar a nuestra primera causa. Esta misma obligación tenéis vosotros impresa en el alma, y conociendo su inmortalidad, la desestimáis y destruís, dando adoración a los demonios, que son unos espíritus inmundos, criaturas del mismo Dios, que por su ingratitud y rebeldía fueron lanzados en ese fuego subterráneo, de que tenéis alguna imperfecta noticia en el horror de vuestros volcanes. Éstos, que por su envidia y malignidad son enemigos mortales del género humano, solicitan vuestra perdición, haciéndose adorar en estos ídolos abominables: suya es la voz que alguna vez escucháis en las respuestas de vuestros oráculos, y suyas las ilusiones con que suele introducir en vuestro entendimiento los errores de la imaginación. Ya conozco, señor, que no son de este lugar los misterios de tan alta enseñanza; pero solamente os amonesta ese mismo rey a quien reconocéis tan antigua superioridad, que nos oigáis en este punto con ánimo indiferente, para que veáis cómo descansa vuestro espíritu en la verdad que os anunciamos, y cuántas veces habéis resistido a la razón natural, que os daba luz suficiente para conocer vuestra ceguedad. Esto es lo primero que desea de vuestra majestad el rey mi señor, y esto lo principal que os propone, como el medio más eficaz para que pueda estrecharse con durable amistad la confederación de ambas coronas, y no falten a su firmeza los fundamentos de la religión, que sin dejar alguna discordia en los dictámenes, introduzcan en el ánimo los vínculos de la voluntad.»

Así procuró Hernán Cortés mantener entre aquella gente la estimación de sus fuerzas, sin apartarse de la verdad, y servirse del origen que buscaban a su rey, o no contradecir lo que tenían aprendido, para dar mayor autoridad a su embajada. Pero Motezuma oyó con señas de poca docilidad el punto de la religión, obstinado con hipocresía en los errores de su gentilidad; y levantándose de la silla, «yo acepto, dijo, con toda gratitud la confederación y amistad que me proponéis del gran descendiente de Quezalcoal; pero todos los dioses son buenos, y el vuestro puede ser todo lo que decís, sin ofensa de los míos. Descansad, ahora, que en vuestra casa estáis, donde seréis asistido con todo el cuidado que se debe a vuestro valor y al príncipe que os envía». Mandó luego que entrasen algunos indios de carga que traía prevenidos; y antes de partir presentó a Hernán Cortés diferentes piezas de oro, cantidad de ropas de algodón, y varias curiosidades de pluma, dádiva considerable por el valor y por el modo; y repartió algunas joyas y preseas del mismo género entre los españoles que estaban presentes, dando uno y otro con alegre generosidad, sin hacer mucho caso del beneficio; pero mirando a Cortes y a los suyos con un género de satisfacción, en que se conocía el cuidado antecedente como los que manifiestan su temor en lo mismo que se complacen de haberle perdido.

 

 

 

Capítulo XII

 

Visita Cortés a Motezuma en su palacio, cuya grandeza y aparato se describe; y se da noticia de lo que pasó en esta conferencia, y en otras que se tuvieron después sobre la religión

 

Pidió Hernán Cortés audiencia el día siguiente, y la consiguió con tanta prontitud, que vinieron con la respuesta los mismos que le habían de acompañar en esta visita: cierto género de ministros, que solían asistir a los embajadores, y tenían a su cargo el magisterio de las ceremonias y estilos de su nación. Vistióse de gala sin dejar las armas, que se habían de introducir a traje militar; y llevó consigo a los capitanes Pedro de Alvarado, Gonzalo de Sandóval, Juan Velázquez de León y Diego de Ordaz, con seis o siete soldados particulares de su satisfacción, entre los cuales fue Bernal Díaz del Castillo, que ya trataba de observar para escribir.

Las calles estaban pobladas por todas partes de innumerable concurso, que trabajaba en su misma muchedumbre para ver a los españoles sin embarazarles el paso, entre cuyas reverencias y sumisiones, se oía muchas veces la palabra Teules, que en su lengua significa dioses: voz que ya se entendía, y que no sonaba mal a los que fundaban parte de su valor en el respeto ajeno.

Dejóse ver a la larga distancia el palacio de Motezuma, que manifestaba no sin encarecimiento, la magnificencia de aquellos reyes; edificio tan desmesurado, que se mandaba por treinta puertas a diferentes calles. La fachada principal, que ocupaba toda la frente de una plaza muy espaciosa, era de varios jaspes negros, rojos y blancos, de no mal entendida colocación y pulimento. Sobre la portada se hacían reparar en un escudo grande las armas de los Motezumas: un grifo, medio águila y medio león, en ademán de volar, con un tigre feroz entre las garras. Algunos quieren que fuese águila, y se ponen de propósito a impugnar el grifo con la razón de que no los hay en aquella tierra, como si no se pudiese dudar si los hay en el mundo, según los autores que los pusieron entre las aves fabulosas. Diríamos antes que pudo inventar acá y allá este género de monstruos el desvarío artificioso, que llaman licencia los poetas, y valentía los pintores.

Al llegar cerca de la puerta principal, se encaminaron hacia el uno de sus lados los ministros del acompañamiento, y retirándose atrás con pasos de gran misterio, formaron un semicírculo para llegar a la puerta de dos en dos: ceremonia de su costumbre, porque tenían a falta de respeto el entrar en tropel en la casa real, y reconocían con este desvío la dificultad de pisar aquellos umbrales. Pasados tres patios de la misma fábrica y materia que la fachada, llegaron al cuarto donde residía Motezuma, en cuyos salones era de igual admiración la grandeza y el adorno: los pavimentos con esteras de varias labores, las paredes con diferentes colgaduras de algodón, pelo de conejo, y en lo más interior de pluma; unas y otras hermoseadas con la viveza de los colores, y con la diferencia de las figuras; los techos de ciprés, cedro y otras maderas olorosas, con diversos follajes y relieves; en cuya contextura se reparó, que sin haber hallado el uso de los clavos, formaban grandes artesones, afirmando el maderamen y las tablas en su misma trabazón.

Había en cada una de estas salas numerosas y diferentes jerarquías de criados, que tenían la entrada según su calidad y ministerio; y en la puerta de la antecámara esperaban los próceres y magistrados que recibieron a Cortés con grande urbanidad pero le hicieron esperar para quitarse las sandalias, y dejar los mantos ricos de que venían adornados, tomando en su lugar otros de menos gala: era entre aquella gente irreverencia el atreverse a lucir delante del rey. Todo lo reparaban los españoles, todo hacía novedad, y todo infundía respeto; la grandeza del palacio, las ceremonias, el aparato, y hasta el silencio de la familia.

Estaba Motezuma en pie, con todas sus insignias reales, y dio algunos pasos para recibir a Cortés, poniéndole al llegar los brazos sobre los hombros: agasajó después con el semblante a los españoles que le acompañaban, y tomando su asiento, mandó sentar a Cortés y a todos los demás, sin dejarles acción para que replicasen. La visita fue larga y de conversación familiar; hizo varias preguntas a Cortés sobre lo natural y político de las regiones orientales, aprobando a tiempo lo que le pareció bien; y mostrando que sabía discurrir en lo que sabía dudar. Volvió a referir la dependencia y obligación que tenían los mejicanos al descendiente de su primero rey, y se congratuló muy particularmente de que se hubiese cumplido en su tiempo la profecía de los extranjeros, que tantos siglos antes habían sido prometidos a su mayores: si fue con afectación, supo esconder lo que sentía; y siendo ésta una credulidad vana y despreciable por su origen y circunstancias, importó mucho en aquella ocasión, para que los españoles hallasen hecho el camino a su introducción: así bajan muchas veces encadenadas y dependientes de ligeros principios las cosas mayores. Hernán Cortés le puso con destreza en la plática de la religión, tocando entre las demás noticias que le daba de su nación, los ritos y costumbres de los cristianos, para que le hiciesen disonancia los vicios y abominaciones de su idolatría; con cuya ocasión exclamó contra los sacrificios de sangre humana, y contra el horror aborrecible a la naturaleza, con que se comían los hombres que sacrificaban: bestialidad muy introducida en aquella corte, por ser mayor el número de los sacrificados, y más culpable por esta razón el exceso de los banquetes.

No fue del todo inútil esta sesión porque Motezuma sintiendo en algo la fuerza de la razón, desterró de su mesa los platos de carne humana; pero no se atrevió a prohibir de una vez este manjar a sus vasallos, ni se dio por vencido en el punto de los sacrificios; antes decía que no era crueldad ofrecer a sus dioses unos prisioneros de guerra, que venían ya condenados a muerte; no hallando razón que le hiciese capaz de que fuesen prójimos los enemigos.

Dio pocas esperanzas de reducirse, aunque procuraron varias veces Hernán Cortés y el padre fray Bartolomé de Olmedo traerle al camino de la verdad; tenía entendimiento para conocer algunas ventajas en la religión católica y para no desconocer en todo los abusos de la suya; pero se volvía luego al tema de que sus dioses eran buenos en aquella tierra, como el de los cristianos en su distrito; y se hacía fuerza para no enojarse cuando le apretaban los argumentos, padeciendo mucho consigo en estas conferencias, porque deseaba complacer a los españoles con un género de cuidado que parecía sujeción; y por otra parte le tiraban las afectaciones de religioso, que le adquirieron, y a su parecer le mantenían la corona, obligándole a temer con mayor abatimiento la desestimación de sus vasallos, si le viesen menos atento al culto de sus dioses: política miserable, propia del tirano, dominar con soberbia y contemplar con servidumbre.

Hacía tanta ostentación de su resistencia, que llevando consigo, uno de aquellos primeros días, a Hernán Cortés y al padre fray Bartolomé, con algunos de los capitanes y soldados particulares, para que viesen a su lado las grandezas de su corte, deseó, no sin alguna vanidad, enseñarles el mayor de sus templos. Mandólos que se detuviesen poco antes de la entrada, y se adelantó para conferir con los sacerdotes, si sería lícito que llegase a la presencia de sus dioses una gente que no los adoraba. Resolvióse que podrían entrar, amonestándolos primero que no se descomidiesen; y salieron dos o tres de los más ancianos con la permisión y el requerimiento. Franqueáronse luego todas las puertas de aquel espantoso edificio; y Motezuma tomó a su cargo el explicar los secretos, oficinas y simulacros del adoratorio, tan reverente y ceremonioso, que los españoles no pudieron contenerse de hacer alguna irrisión, de que no se dio por entendido; pero volvió a mirarlos, como quien deseaba reprimirlos. A cuyo tiempo Hernán Cortés, dejándose llevar del celo que ardía en su corazón, le dijo: «permitidme, señor, fijar una cruz de Cristo delante de esas imágenes del demonio, y veréis si merecen adoración o menosprecio». Enfureciéronse los sacerdotes al oír esta proposición; y Motezuma quedó confuso y mortificado, faltándole a un tiempo la paciencia para sufrirlo y la resolución para enojarse; pero tomando partido con su primera turbación, y procurando que no quedase mal su hipocresía: «pudierais, dijo a los españoles, conceder a este lugar las atenciones, por lo menos, que debéis a mi persona»: y salió del adoratorio para que le siguiesen; pero se detuvo en el atrio, y prosiguió diciendo algo más reportado: «bien podéis, amigos, volveros a vuestro alojamiento, que yo me quedo a pedir perdón a mis dioses de lo mucho que os he sufrido»: notable salida del empeño en que se hallaba, y pocas palabras dignas de reparo, que dieron a entender su resolución, y lo que se reprimía para no destemplarse.

Con esta experiencia, y otras que se hicieron del mismo género, resolvió Cortés, siguiendo el parecer del padre fray Bartolomé de Olmedo, y del licenciado Juan Díaz, que no se le hablase más por entonces en la religión, porque sólo servía de irritarle y endurecerle. Pero al mismo tiempo se consiguió fácilmente su licencia para que los cristianos diesen culto público a su Dios; y él mismo envió sus alarifes para que se le fabricase templo a su costa, como le pidiese Cortés: tanto deseaba que le dejasen descansar en su error. Desembarazóse luego uno de los salones principales de aquel palacio donde habitaban los españoles, y blanqueándole de nuevo, se levantó el altar, y en su frontispicio se colocó una imagen de nuestra Señora sobre algunas gradas, que se adornaron vistosamente, y fijando una cruz grande cerca de la puerta, quedó formada una capilla muy decente, donde se celebraba misa todos los días, se rezaba el rosario, y hacían otros actos de piedad y devoción, asistiendo algunas veces Motezuma con los príncipes y ministros que andaban a su lado; entre los cuales se alababa mucho la mansedumbre de aquellos sacrificios, sin conocer la inhumanidad y malicia de los suyos: gente ciega y supersticiosa que palpaba las tinieblas y se defendía de la razón con la costumbre

Pero antes de referir los sucesos de aquella corte, nos llama su descripción la grandeza de sus edificios, su forma de gobierno y policía, con otras noticias que son convenientes para la inteligencia o concepto de los mismos sucesos: desvíos de la narración necesarios en la historia, como no sean peregrinos del argumento y carezcan de otros lunares que hacen viciosa la digresión.

 

 

 

Capítulo XIII

 

Descríbese la ciudad de Méjico, su temperamento y situación, el mercado de Tlatelulco y el mayor de sus templos, dedicado al dios de la guerra

 

La gran ciudad de Méjico, que fue conocida en su antigüedad por el nombre de Tenuchtitlan o por otros de poco diferente sonido, sobre cuya denominación se cansan voluntariamente los autores, tendría en aquel tiempo sesenta mil familias de vecindad, repartida en dos barrios, de los cuales se llamaba el uno Tlatelulco, habitación de gente popular; y el otro Méjico, que por residir en él la corte y la nobleza, dio su nombre a toda la población.

Estaba fundada en un plano muy espacioso, coronado por todas partes de altísimas sierras y montañas, de cuyos ríos y vertientes, rebalsadas en el valle se formaban diferentes lagunas, y en lo más profundo los dos lagos mayores, que ocupaba con más de cincuenta poblaciones la nación mejicana. Tendría este pequeño mar treinta leguas de circunferencia; y los dos lagos que le formaban, se unían y comunicaban entre sí por un dique de piedra que los dividía, reservando algunas aberturas con puentes de madera, en cuyos lados tenían sus compuertas levadizas para cebar el lago inferior siempre que necesitaban de socorrer la mengua del uno con la redundancia del otro. Era el más alto de agua dulce y clara, donde se hallaban algunos pescados de agradable mantenimiento; y el otro de agua salobre y oscura, semejante a la marítima; no porque fuesen de otra calidad las vertientes de que se alimentaba, sino por vicio natural de la misma tierra, donde se detenían: gruesa y salitrosa por aquel paraje, pero de grande utilidad para la fábrica de la sal, que beneficiaban cerca de sus orillas, purificando al sol, y adelgazando con el fuego las espumas y superfluidades que despedía la resaca.

En el medio casi de esta laguna salobre tenía su asiento la ciudad, cuya situación se apartaba de la línea equinoccial hacia el Norte diez y nueve grados y trece minutos dentro aún de la Tórrida Zona, que imaginaron de fuego habitable los filósofos antiguos, para que aprendiese nuestra experiencia cuán poco se puede fiar de la humana sabiduría en todos aquellas noticias que no entran por los sentidos a desengañar el entendimiento. Era su clima benigno y saludable, donde se dejaban conocer a su tiempo el frío y el calor, ambos con moderada intensión; y la humedad, que por la naturaleza del sitio pudiera ofender a la salud, estaba corregida con el favor de los vientos, o morigerada con el beneficio del sol.

Tenían hermosísimos lejos en medio de las aguas esta gran población, y se daba la mano con la tierra por sus diques o calzadas principales: fábrica suntuosa que servía tanto al ornamento como a la necesidad: la una de dos leguas hacia la parte del Mediodía, por donde hicieron su entrada los españoles; la otra de una legua mirando al Septentrión; y la otra poco menor por la parte occidental. Eran las calles bien niveladas y espaciosas: unas de agua con sus puentes para la comunicación de los vecinos; otras de tierra sola hechas a la mano; y otras de agua y tierra, los lados para el paso de la gente, y el medio para el uso de las canoas o barcas de tamaños diferentes que navegaban por la ciudad o servían al comercio, cuyo número toca en increíble, pues dicen que tendría Méjico entonces más de cincuenta mil, sin otras embarcaciones pequeñas que allí se llamaban acales, hechas de un tronco, y capaces de un hombre que remaba para sí.

Los edificios públicos y casas de los nobles, de que se componía la mayor parte de la ciudad, eran de piedra y bien fabricadas; las que ocupaba la gente popular humildes y desiguales; pero unas y otras en tal disposición, que hacían lugar a diferentes plazas de terraplén donde tenían sus mercados.

Era entre todas la de Tlatelulco de admirable capacidad y concurso, a cuyas ferias acudían ciertos días en el año todos los mercaderes y comerciantes del reino con lo más precioso de sus frutos y manufacturas; y solían concurrir tantos, que siendo esta plaza, según dice Antonio Herrera, una de las mayores del mundo, se llenaba de tiendas puestas en hileras, y tan apretadas que apenas dejaban calle a los compradores. Conocían todos su puesto, y armaban su oficina de bastidores portátiles cubiertos de algodón basto, capaz de resistir al agua y al sol. No acababan de ponderar nuestros escritores el orden, la variedad y la riqueza de estos mercados. Había hileras de plateros, donde se vendían joyas y cadenas extraordinarias, diversas hechuras de animales, y vasos de oro y plata, labrados con tanto primor, que algunos de ellos dieron que discurrir a nuestros artífices, particularmente unas calderillas de asas movibles que salían así de la fundición, y otras piezas del mismo género, donde se hallaban molduras y relieves, sin que se conociese impulso de martillo ni golpe de cincel. Había también hileras de pintores, con raras ideas y países de aquella interposición de plumas que daba el colorido y animaba la figura; en cuyo género se hallaron raros aciertos de la paciencia y la prolijidad. Venían también a este mercado cuantos géneros de telas se fabricaban en todo el reino para diferentes usos, hechas de algodón y pelo de conejo, que hilaban delicadamente las mujeres, enemigas en aquella tierra de la ociosidad, y aplicadas al ingenio de las manos. Eran muy de reparar los búcaros y hechuras exquisitas de finísimo barro que traían a vender, diverso en el color y en la fragancia de que labraban con primor extraordinario cuantas piezas y vasijas son necesarias para el servicio y el adorno de una casa, porque no usaban de oro ni de plata en sus vajillas: profusión que sólo era permitida en la mesa real, y esto en días muy señalados. Hallábanse con la misma distribución y abundancia los mantenimientos, las frutas, los pescados, y finalmente cuantas cosas hizo venales el deleite y la necesidad.

Hacíanse las compras y ventas por vía de permutación, con que daba cada uno lo que le sobraba por lo que había menester; y el maíz o el cacao servía de moneda para las cosas menores. No se gobernaban por el peso ni le conocieron; pero tenían diferentes medidas con que distinguir las cantidades, y sus números o caracteres con que ajustar los precios según sus tasaciones.

Había casa diputada para los jueces del comercio, en cuyo tribunal se decidían las diferencias de los comerciantes, y otros ministros inferiores que andaban entre la gente cuidando de la igualdad de los contratos, y llevaban al tribunal las causas de fraude o exceso que necesitaban de castigo. Admiraron justamente nuestros españoles la primera vista de este mercado por su abundancia, por su variedad, y por el orden y concierto con que estaba puesta en razón aquella muchedumbre: aparador verdaderamente maravilloso, en que se venían de una vez a los ojos la grandeza y el gobierno de aquella corte.

Los templos (si es lícito darles este nombre) se levantaban suntuosamente sobre los demás edificios; y el mayor, donde residía la suma dignidad de aquellos sacerdotes, estaba dedicado al ídolo Viztcilipuztli, que en su lengua significaba dios de la guerra, y le tenían por el supremo de sus dioses: primacía de que se infiere cuanto se preciaba de militar aquella nación. El vulgo de los soldados españoles le llamaba Huchilobos, tropezando en la pronunciación; y así le nombra Bernal Díaz del Castillo, hallando en la pluma la misma dificultad. Notablemente discuerdan los autores en la descripción de este soberbio edificio. Antonio de Herrera se conforma demasiado con Francisco López de Gómara: los que le vieron entonces tenían otras cosas en el cuidado, y los demás tiraron las líneas a la voluntad de su consideración: seguimos al padre José de Acosta, y a otros autores de los mejor informados.

Su primera mansión era una gran plaza en cuadro con su muralla de sillería, labrada por la parte de afuera con diferentes lazos de culebras encadenadas que daban horror al pórtico, y estaban allí con alguna propiedad. Poco antes de llegar a la puerta principal estaba un humilladero no menos horroroso: era de piedra, con treinta gradas de lo mismo que subían a lo alto, donde había un género de azotea prolongada, y fijos en ella muchos troncos de crecidos árboles puestos en hilera; tenían estos sus taladros iguales a poca distancia, y por ellos pasaban de un árbol a otro diferentes varas ensartando cada una por las sienes algunas calaveras de hombres sacrificados, cuyo número (que no se puede referir sin escándalo) tenían siempre cabal los ministros del templo, renovando las que padecían algún destrozo con el tiempo; lastimoso trofeo en que manifestaba su rencor el enemigo del hombre, y aquellos bárbaros le tenían a la vista sin algún remordimiento de la naturaleza, hecha devoción la inhumanidad, y desaprovechada en la costumbre de los ojos la memoria de la muerte.

Tenía la plaza cuatro puertas correspondientes en sus cuatro lienzos, que miraban a los cuatro vientos principales. En lo alto de las portadas había cuatro estatuas de piedra que señalaban el camino, como despidiendo a los que se acercaban mal dispuestos; y tenían su presunción de dioses liminares, porque recibían algunas reverencias a la entrada. Por la parte interior de la muralla estaban las habitaciones de los sacerdotes y dependientes de su ministerio, con algunas oficinas que corrían todo el ámbito de la plaza sin ofender el cuadro, dejándola tan capaz que solían bailar en ella ocho y diez mil personas cuando se juntaban a celebrar sus festividades.

Ocupaba el centro de esta plaza una gran máquina de piedra, que a cielo descubierto se levantaba sobre las torres de la ciudad, creciendo en disminución hasta formar una media pirámide los tres lados pendientes, y en el otro labrada la escalera: edificio suntuoso y de buenas medidas, tan alto que tenía ciento y veinte gradas de escalera, y tan corpulento que terminaba en un plano de cuarenta pies en cuadro; cuyo pavimento, enlosado primorosamente de varios jaspes, guarnecía por todas partes un pretil con sus almenas retorcidas a manera de caracoles, formando por ambas haces de unas piedras negras semejantes al azabache, puestas con orden, y unidas con betunes blancos y rojos que adornaban mucho el edificio.

Sobre la división del pretil, donde terminaba la escalera, estaban dos estatuas de mármol, que sustentaban (imitando bien la fuerza de los brazos) unos grandes candeleros de hechura extraordinaria; más adelante una losa verde que se levantaba cinco palmos del suelo y remataba en esquina, donde afirmaban por las espaldas al miserable que habían de sacrificar, para sacarle por los pechos el corazón; y en la frente una capilla de mejor fábrica y materia, cubierta por lo alto con su techumbre de maderas preciosas, donde tenían el ídolo sobre un altar muy alto y detrás de cortinas. Era de figura humana, y estaba sentado en una silla con apariencias de trono, fundada sobre un globo azul que llamaban cielo, de cuyos lados salían cuatro varas con cabezas de sierpes, a que aplicaban los hombros para conducirle cuando le manifestaban al pueblo. Tenía sobre la cabeza un penacho de plumas varias en forma de pájaro, con el pico y la cresta de oro bruñido, el rostro de horrible severidad, y más afeado con dos fajas azules, una sobre la frente y otra sobre la nariz; en la mano derecha una culebra hondeada que le servía de bastón, y en la izquierda cuatro saetas que veneraban como traídas del cielo, y una rodela con cinco plumajes blancos puestos en cruz, sobre cuyos adornos, y la significación de aquellas insignias y colores, decían notables desvaríos con lastimosa ponderación.

Al lado siniestro de esta capilla estaba otra de la misma hechura y tamaño, con un ídolo que llamaban Tlaloch, en todo semejante a su compañero. Teníanlos por hermanos, y tan amigos que dividían entre sí los patrocinios de la guerra, iguales en el poder y uniformes en la voluntad; por cuya razón acudían a entrambos con una víctima y un ruego, y les daban las gracias de los sucesos, teniendo en equilibrio la devoción.

El ornato de ambas capillas era de inestimable valor, colgadas las paredes y cubiertos los altares de joyas y piedras preciosas puestas sobre plumas de colores; y había de este género y opulencia ocho templos en aquella ciudad, siendo los menores más de dos mil, donde se adoraban otros tantos ídolos, diferentes en el nombre, figura y advocación. Apenas había calle sin su dios tutelar; ni se conocía calamidad entre las pensiones de la naturaleza, que no tuviese altar donde acudir por el remedio. Ellos se fingían y fabricaban sus dioses de su mismo temor, sin conocer que enflaquecían el poder de los unos con lo que fiaban de los otros; y el demonio ensanchaba su dominio por instantes: violentísimo tirano de aquellos racionales, y en pacífica posesión de tantos siglos. ¡O permisiones inescrutables del Altísimo!

 

 

 

Capítulo XIV

 

Descríbense diferentes casas que tenía Motezuma para su divertimiento, sus armerías, sus jardines y sus quintas, con otros edificios notables que había dentro y fuera de la ciudad

 

Además del palacio principal que dejamos referido, y el que habitaban los españoles, tenía Motezuma diferentes casas de recreación que adornaban la ciudad y engrandecían su persona. En una de ellas, edificio real, donde se vieron grandes corredores sobre columnas de jaspe, había cuantos géneros de aves se crían en la Nueva España, dignas de alguna estimación por la pluma o por el canto, entre cuya diversidad se hallaron muchas extraordinarias, y no conocidas hasta entonces en Europa. Las marítimas se conservaban en estanques de agua salobre, y en otros de agua dulce las que se traían de ríos o lagunas. Dicen que había pájaros de cinco y seis colores, y los pelaban a su tiempo dejándolos vivos, para que repitiesen a su dueño la utilidad de la pluma: género de mucho valor entre los mejicanos, porque se aprovechaban de ella en sus telas, en sus pinturas y en todos sus adornos. Era tanto el número de aves, y se ponía tanto cuidado en su conservación, que se ocupaban en este ministerio más de trescientos hombres diestros en el conocimiento de sus enfermedades, y obligados a suministrarles el cebo de que se alimentaban en su libertad.

Poco distante de esta casa tenía otra Motezuma de mayor grandeza y variedad, con habitación capaz de su persona y familia, donde residían sus cazadores y se criaban las aves de rapiña, unas en jaulas de igual aliño y limpieza que sólo servían a la observación de los ojos, y otras en alcándaras obedientes al lazo de pihuela, y domesticadas para el ejercicio de la cetrería; cuyos primores alcanzaron sirviéndose de algunos pájaros de razas excelentes que se hallan en aquella tierra parecidos a los nuestros, y nada inferiores en la docilidad con que reconocen a su dueño, y en la resolución con que se arrojan a la presa. Había entre las aves que tenían encerradas muchas de rara fiereza y tamaño, que parecían entonces monstruosas, y algunas águilas reales de grandeza exquisita y prodigiosa voracidad: no falta quien diga que una de ellas gastaba un carnero en cada comida: débanos el autor que no apoyemos con su nombre lo que a nuestro parecer creyó con facilidad.

En el segundo patio de la misma casa, estaban las fieras que presentaban a Motezuma o prendían sus cazadores: en fuertes jaulas de madera, puestas con buena distribución y debajo de cubierto, leones, tigres, osos, y cuantos géneros de brutos silvestres produce la Nueva España; entre los cuales hizo mayor novedad el toro mejicano, rarísimo compuesto de varios animales, gibada y corva la espalda como el camello, enjuto el ijar, larga la cola, y guedejudo el cuello como el león, hendido el pie y armada la frente como el toro, cuya ferocidad imita con igual destreza y ejecución: anfiteatro que pareció a los españoles digno de príncipe grande, por ser tan antiguo en el mundo esto de significarse por las fieras la grandeza de los hombres.

En otra separación de este palacio, dicen algunos de nuestros escritores, que se criaba con cebo cuotidiano una multitud horrible de animales ponzoñosos; y que anidaban en diferentes vasijas y cavernas las víboras, las culebras de cascabel, los escorpiones; y crece la ponderación hasta encontrar con los cocodrilos; pero también afirman que no alcanzaron esta venenosa grandeza nuestros españoles, y que sólo vieron el paraje donde se criaban, cuya limitación nos basta para tocarlo como inverosímil; creyendo antes que lo entenderían así los indios, de cuya relación se tomó la noticia; y que sería éste uno de aquellos horrores que suele inventar el vulgo contra la fiereza de los tiranos, particularmente cuando sirve afligido y discurre atemorizado.

Sobre la mansión que ocupaban las fieras, había un cuarto muy capaz donde habitaban los bufones, y otras sabandijas de palacio que servían al entretenimiento del rey: en cuyo número se contaban los monstruos, los enanos, los corcobados, y otros errores de la naturaleza: cada género tenía su habitación separada, y cada separación sus maestros de habilidades, y sus personas diputadas para cuidar de su regalo; donde los servían con tanta puntualidad, que algunos padres, entre la gente pobre, desfiguraban a sus hijos para que lograsen esta conveniencia y enmendar su fortuna, dándoles el mérito en la deformidad.

No se conocía menos la grandeza de Motezuma en otras dos casas que ocupaban su armería. Era la una para la fábrica, y la otra para el depósito de las armas. En la primera vivían y trabajaban todos los maestros de esta facultad, distribuidos en diferentes oficinas según sus ministerios: en una parte se adelgazaban las varas para las flechas; en otra se labraban los pedernales para las puntas; y cada género de armas ofensivas y defensivas tenían su obrador y sus oficiales distintos, con algunos superintendentes que llevaban a su modo la cuenta y razón de lo que se trabajaba. La otra casa, cuyo edificio tenía mayor representación, servía de almacén, donde se recogían las armas después de acabadas, cada género en pieza distinta, y de allí se repartían a los ejércitos y fronteras, según la ocurrencia de las ocasiones. En lo alto se guardaban las armas de la persona real colgadas por las paredes con buena colocación: en una pieza los arcos, flechas y aljabas con varios embutidos y labores de oro y pedrería; en otras las espadas y montantes de madera extraordinaria con sus filos de pedernal, y la misma riqueza en las empuñaduras; en otras los dardos, y así los demás géneros, tan adornados y resplandecientes, que daban que reparar hasta las hondas y las piedras. Había diferentes hechuras de petos y celadas con láminas de follajes de oro; muchas casacas de aquellos colchados que resistían a las flechas; hermosas invenciones de rodelas o escudos, y un género de paveses o adargas de pieles impenetrables que cubrían todo el cuerpo; y hasta la ocasión de pelear andaban arrolladas al hombro izquierdo: fue de admiración a los españoles esta grande armería, que pareció también alhaja de príncipe, y príncipe guerrero, en que se acreditaban igualmente su opulencia y su inclinación.

En todas estas casas tenían grandes jardines prolijamente cultivados. No gustaba de árboles fructíferos ni plantas comestibles en sus recreaciones; antes solía decir que las huertas eran posesiones de gente ordinaria; pareciéndole más propio en los príncipes el deleite sin mezcla de utilidad. Todo era flores de rara diversidad y fragancia, y yerbas medicinales que servían a los cuadros y cenadores, de cuyo beneficio cuidaba mucho, haciendo traer a sus jardines cuantos géneros produce la benignidad de aquella tierra, donde no aprendían los físicos, otra facultad que la noticia de sus nombres y el reconocimiento de sus virtudes. Tenían yerbas para todas las enfermedades y dolores, de cuyos zumos y aplicaciones componían sus remedios y lograban admirables efectos, hijos de la experiencia, que sin distinguir la causa de la enfermedad, acertaban con la salud del enfermo. Repartíanse francamente de los jardines del rey todas las yerbas que recetaban los médicos o pedían los dolientes, y solían preguntar si aprovechaban, hallando vanidad en sus medicinas, o persuadido a que cumplía con la obligación del gobierno, cuidando así de la salud de sus vasallos.

En todos estos jardines y casas de recreación había muchas fuentes de agua dulce y saludable que traían de los montes vecinos, guiada por diferentes canales, hasta encontrar con las calzadas, donde se ocultaban los encañados que la introducían en la ciudad; para cuya provisión se dejaban algunas fuentes públicas, y se permitía, no sin tributo considerable, que los indios vendiesen por las calles la que podían conducir de otros manantiales. Creció mucho en tiempo de Motezuma el beneficio de las fuentes, porque fue suya la obra del gran conducto por donde vienen a Méjico las aguas vivas que se descubrieron en la sierra de Chapultepec, distante una legua de la ciudad. Hízose primero de su orden y traza un estanque de piedra donde recogerlas, midiendo su altura con la declinación que pedía la corriente; y después un paredón grueso con dos canales descubiertas de fuerte argamasa, de las cuales servía la una mientras que se limpiaba la otra: fábrica de grande utilidad, cuya invención le dejó tan vanaglorioso, que mandó poner su efigie y la de su padre, con cierta semejanza, esculpidas en dos medallas de piedra, con ambición de hacerse memorable, por aquel beneficio, de su ciudad.

Uno de los edificios que hizo mayor novedad entre las obras de Motezuma, fue la casa que llamaban de la tristeza, donde solía retirarse cuando se morían sus parientes, y en otras ocasiones de calamidad o mal suceso que pidiese pública demostración. Era de horrible arquitectura, negras las paredes, los techos y los adornos; y tenía un género de claraboyas o ventanas pequeñas que daban penada la luz, o permitían solamente la que bastaba para que se viese la oscuridad: formidable habitación donde se le aparecía con más facilidad el demonio; fuese por lo que ama los horrores el príncipe de las tinieblas, o por la congruencia que tienen entre sí el espíritu maligno y el humor melancólico.

Fuera de la ciudad tenía grandes quintas y casas de recreación, con muchas y copiosas fuentes que daban agua para los baños y estanques para la pesca; en cuya vecindad había diferentes bosques para diferentes géneros de caza: ejercicio que frecuentaba y entendía, manejando con primor el arco y la flecha. Era la montería su principal divertimiento: solía muchas veces salir con sus nobles a un parque muy espacioso y ameno, cuyo distrito estaba cercado por todas partes con un foso de agua, donde le traían y encerraban las reses de los montes vecinos, entre las cuales solían venir algunos tigres y leones. Había gente señalada en Méjico y en otros lugares del contorno, que se adelantaba para estrechar y conducir las fieras al sitio destinado, siguiendo casi en estas batidas el estilo de nuestros monteros. Tenían aquellos indios mejicanos grande osadía y agilidad en perseguir y sujetar los animales más feroces; y Motezuma gustaba mucho de mirar el combate de sus cazadores, y lograr algunos tiros que se aplaudían como aciertos de mayor importancia. Nunca se apeaba de sus andas sino es cuando se ponía en algún lugar eminente, y siempre con bastante circunvalación de chuzos y flechas que asegurasen su persona; no porque le faltase valor ni dejase de aventajar a todos en la destreza, sino porque miraba como indigno de su majestad aquellos riesgos voluntarios; pareciéndole, y no sin conocimiento de su dignidad, que sólo eran decentes para el rey los peligros de la guerra.

 

 

 

Capítulo XV

 

Dase noticia de la ostentación y puntualidad con que se hacía servir Motezuma en su palacio; del gasto de su mesa, de sus audiencias, y otras particularidades de su economía y divertimientos

 

Era correspondiente a la suntuosidad y soberbia de sus edificios el fausto de su casa, y los aparatos de que adornaba su persona para mantener la reverencia y el temor de sus vasallos; a cuyo fin inventó nuevas ceremonias y superfluidades, enmendando como defecto la humanidad con que se trataron hasta él los reyes mejicanos. Aumentó como dijimos, en los principios de su reinado el número, la calidad y el lucimiento de la familia real, componiéndola de gente noble, más o menos ilustre, según los ministerios de su ocupación: punto que resistieron entonces sus consejeros, representándole que no convenía desconsolar al pueblo con excluirle totalmente de su servicio; pero él ejecutó lo que le aconsejaba su vanidad, y era una de sus máximas que los príncipes debían favorecer desde lejos a la gente sin obligaciones, y considerar que no se hicieron los beneficios de la confianza para los ánimos plebeyos.

Tenía dos géneros de guardias: una de gente militar y tan numerosa, que ocupaba los patios y repartía diferentes escuadrones a las puertas principales; y otra de caballeros cuya introducción fue también de su tiempo: constaba de hasta doscientos hombres de calidad conocida; y éstos entraban todos los días en palacio con el mismo fin de guardar a la persona real y asistir a su cortejo. Estaba repartido por turnos con tiempo señalado este servicio de los nobles, y se iban mudando con tal disposición, que comprendía toda la nobleza, no sólo de la ciudad, sino del reino; y venían a cumplir con esta obligación cuando les tocaba el turno desde las ciudades más remotas. Era su asistencia en las antecámaras, donde comían de lo que sobraba en la mesa del rey. Solía permitir que entrasen algunos en su cámara, mandándolos llamar: no tanto por favorecerlos, como para saber si asistían, y tenerlos a todos en cuidado. Jactábase de haber introducido este género de guardia, y no sin alguna política más que vulgar; porque solía decir a sus ministros, que le servía de tener en algún ejercicio la obediencia de los nobles para enseñarlos a vivir dependientes, y de conocer los sujetos de su reino para emplearlos según su capacidad.

Casaban los reyes mejicanos con hijas de otros reyes tributarios suyos, y Motezuma tenía dos mujeres de esta calidad, con título de reinas, en cuartos separados de igual pompa y ostentación. El número de sus concubinas era exorbitante y escandaloso, pues hallamos escrito, que habitaban dentro de su palacio más de tres mil mujeres entre amas y criadas, y que venían al examen de su antojo cuantas nacían con alguna hermosura en sus dominios; porque sus ministros y ejecutores las recogían a manera de tributo y vasallaje, tratándose como importancia del reino la torpeza del rey.

Deshacíase de este género de mujeres con facilidad, poniéndolas en estado para que ocupasen otras su lugar; y hallaban maridos entre la gente de mayor calidad, porque salían ricas, y a su parecer condecoradas; tan lejos estaba de tener estimación de virtud la honestidad en una religión donde no sólo se permitían, pero se mandaban las violencias de la razón natural. Afectaba mucho el recogimiento de su casa, y tenía mujeres ancianas que atendiesen al decoro de sus concubinas sin permitir el menor desacierto en su proceder, no tanto porque le disonasen las indecencias, como porque le predominaban los celos; y este cuidado con que procuraba mantener el recato de su familia, que tiene por sí tanto de loable y puesto en razón, era en él segunda liviandad, y pundonor poco generoso que se formaba en la flaqueza de otra pasión.

Sus audiencias no eran fáciles ni frecuentes; pero duraban mucho, y se adornaba esta función de grande aparato y solemnidad. Asistían a ella los próceres que tenían entrada en su cuarto: seis o siete consejeros cerca de la silla, por si ocurriese alguna materia digna de consulta; y diferentes secretarios que iban notando con aquellos símbolos que le servían de letras las resoluciones y decretos, cada uno según su negociación. Entraba descalzo el pretendiente y hacía tres reverencias sin levantar los ojos de la tierra, diciendo en la primera Señor, en la segunda mi Señor, y en la tercera gran Señor. Hablaba en acto de mayor humillación, y se volvía después a retirar por los mismos pasos, repitiendo sus reverencias sin volver las espaldas, y cuidando mucho de los ojos, porque había ciertos ministros que castigaban luego los menores descuidos; y Motezuma era observantísimo en estas ceremonias: cuidado que no se debe culpar en los príncipes, por consistir en ellas una de las prerrogativas que los diferencian de los otros hombres; y tener algo de sustancia en el respeto de los súbditos estas delicadezas de la majestad. Escuchaba con atención, y respondía con severidad, midiendo al parecer la voz con el semblante. Si alguno se turbaba en el razonamiento, le procuraba cobrar, o le señalaba uno de los ministros que le asistían para que le hablase con menos embarazo; y solía despacharle mejor, hallando en aquel miedo respectivo, lisonja y discreción. Preciábase mucho del agrado y humanidad con que sufría las impertinencias de los pretendientes, y la desproporción de las pretensiones; y a la verdad procuraba por aquel rato corregir los ímpetus de su condición; pero no todas veces lo podía conseguir, porque cedía lo violento a lo natural, y la soberbia reprimida se parece poco a la benignidad.

Comía solo, y muchas veces en público; pero siempre con igual aparato. Cubríanse los aparadores ordinariamente con más de doscientos platos de varios manjares a la condición de su paladar; y algunos de ellos también sazonados, que no sólo agradaron entonces a los españoles, pero se han procurado imitar en España: que no hay tierra tan bárbara donde no se precie de ingenioso en sus desórdenes el apetito.

Antes de sentarse a comer registraba los platos, saliendo a reconocer las diferencias de regalos que contenían; y satisfecha la gula de los ojos, elegía los que más le agradaban, y se repartían los demás entre los caballeros de su guardia: siendo esta profusión cuotidiana una pequeña parte del gasto que se hacía de ordinario en sus cocinas, porque comían a su costa cuantos habitaban en palacio, y cuantos acudían a él por obligación de su oficio. La mesa era grande, pero baja de pies, y el asiento un taburete proporcionado. Los manteles de blanco y sutil algodón, y las servilletas de lo mismo, algo prolongadas. Atajábase la pieza por la mitad con una baranda o biombo, que sin impedir la vista, señalaba término al concurso y apartaba la familia. Quedaban dentro cerca de la mesa tres o cuatro ministros ancianos de los más favorecidos, y cerca de la baranda uno de los criados mayores que alcanzaba los platos. Salían luego hasta veinte mujeres vistosamente ataviadas que servían la vianda, y ministraban la copa con el mismo género de reverencias que usaban en sus templos. Los platos eran de barro muy fino y sólo servían una vez, como los manteles y servilletas que se repartían luego entre los criados. Los vasos de oro sobre salvas de lo mismo; y algunas veces solía beber en cocos o conchas naturales costosamente guarnecidas. Tenían siempre a la mano diferentes géneros de bebidas, y él señalaba las que apetecía; unas con olor, otras de yerbas saludables, y algunas confecciones de menos honesta calidad. Usaba con moderación de los vinos, o mejor diríamos cervezas que hacían aquellos indios, liquidando los granos del maíz por infusión y cocimiento: bebida que turbaba la cabeza como el vino más robusto. Al acabar de comer tomaba ordinariamente un género de chocolate a su modo, en que iba la sustancia del cacao, batida con el molinillo, hasta llenar la jícara de más espuma que licor; y después el humo del tabaco suavizado con liquidámbar; vicio que llamaban medicina, y en ellos tuvo algo de superstición, por ser el zumo de esta yerba uno de los ingredientes con que se dementaban y enfurecían los sacerdotes siempre que necesitaban de perder el entendimiento para entender al demonio.

Asistían ordinariamente a la comida tres o cuatro juglares de los que más sobresalían en el número de sus sabandijas; y éstos procuraban entretenerle, poniendo como suelen su felicidad, en la risa de los otros, y vistiendo las más veces en traje de gracia la falta de respeto. Solía decir Motezuma que los permitía cerca de su persona porque le decían algunas verdades: poco las apetecería quien las buscaba en ellos, o tendría por verdades las lisonjas: sentencia que se pondera entre sus discreciones; pero más reparamos en que llegase a conocer, hasta un príncipe bárbaro, la culpa de admitirlos, pues buscaba colores con que honestarlo.

Después del rato del sosiego solían entrar sus músicos a divertirle; y al son de flautas y caracoles, cuya desigualdad de sonidos concertaban con algún género de consonancia, le cantaban diferentes composiciones en varios metros que tenían su número y cadencia, variando los tonos con alguna modulación buscada en la voluntad de su oído. El ordinario asunto de sus canciones eran los acaecimientos de sus mayores, y los hechos memorables de sus reyes; y éstas se cantaban en los templos, y enseñaban a los niños para que no se olvidasen las hazañas de su nación: haciendo el oficio de la historia con todos aquellos que no entendían las pinturas y jeroglíficos de sus anales. Tenían también sus cantinelas alegres, de que usaban en sus bailes con estribillos y repeticiones de música más bulliciosa; y eran tan inclinados a este género de regocijos, y a otros espectáculos en que mostraban sus habilidades, que casi todas las tardes había fiestas públicas en alguno de los barrios, unas veces de la nobleza, y otras de la gente popular: y en aquella sazón fueron más frecuentes y de mayor solemnidad por el agasajo de los españoles; fomentándolas y asistiéndolas Motezuma contra el estilo de su austeridad, como quien deseaba con algún género de ambición que se contasen los ejercicios de la ociosidad entre las grandezas de su corte.

La más señalada entre sus fiestas era un género de danzas que llaman mitotes: componíanse de innumerable muchedumbre; unos vistosamente adornados, y otros en trajes y figuras extraordinarias. Entraban en ellas los nobles, mezclándose con los plebeyos en honor de la festividad; y tenían ejemplar de haber entrado sus reyes. Hacían el son dos atabales de madera cóncava, desiguales en el tamaño y en el sonido; bajo y tiple, unidos y templados no sin alguna conformidad. Entraban de dos en dos haciendo mudanzas, y después formaban corro, hiriendo todos a un tiempo la tierra y el aire con los pies sin perder el compás. Cansado un corro, sucedía otro con diferentes saltos y movimientos, imitando los tripudios y coreas que celebró la antigüedad; y algunas veces se mezclaban todos en alegre inquietud, hasta que mediando los brindis, y venciendo la embriaguez, de que se hacía gala en estos días, cesaba la fiesta, o se convertía en otra locura menos ordenada.

Juntábase otras veces el pueblo en las plazas o en los atrios de sus templos a diferentes espectáculos y juegos. Había desafíos de tirar al blanco y hacer otras destrezas admirables con el arco y la flecha. Usaban de la carrera y la lucha con sus apuestas particulares y premios públicos para el vencedor. Tenían hombres agilísimos que bailaban sin equilibrio en la maroma; y otros que hacían mudanzas y vueltas, con segundo bailarín sobre los hombros. Jugaban también a la pelota igual número de competidores, con un género de goma que levantaba muchos botes, y la traían largo rato en el aire, hasta que ganaban la raya los que daban con ella en el término contrapuesto: victoria que se disputaba con tanta solemnidad, que venían los sacerdotes con el dios de la pelota (¡ridícula superstición!), y colocándole a la vista, conjuraban el trinquete con ciertas ceremonias, que a su parecer dejaban corregidos los azares del juego, igualando la fortuna de los jugadores.

Raros eran los días en que no hubiese alguna fiesta que alegrase la ciudad; y Motezuma gustaba de que se frecuentasen los bailes y los regocijos, no porque fuesen de su genio, ni dejase de conocer los inconvenientes que se perdonan o se disimulan en estos bullicios de la plebe, sino porque hallaba conveniencia en traer divertidos aquellos ánimos inquietos, de cuya fidelidad vivía receloso: propia cavilación de príncipe tirano, dejar al pueblo estos incitamientos de los vicios para que no discurra en lo que padece; y mayor servidumbre de la tiranía, necesitar de indignas permisiones para introducir la servidumbre con especie de libertad.

 

 

 

Capítulo XVI

 

Dase noticia de las grandes riquezas de Motezuma, del estilo con que se administraba la hacienda y se cuidaba de la justicia, con otras particularidades del gobierno político y militar de los mejicanos

 

Era príncipe tan rico Motezuma, que no sólo podía sustentar los gastos y delicias de su corte; pero mantenía continuamente dos o tres ejércitos en campaña para sujetar sus rebeldes o cubrir sus fronteras; y sobraba caudal opulento de que se formaban sus tesoros. Daban grande utilidad a la corona las minas de oro y plata, las salinas y otros derechos de antigua introducción; pero el mayor capital de las rentas reales se componía de las contribuciones de los vasallos; cuya imposición creció con exhorbitancia en tiempo de Motezuma. Todos los hombres llanos de aquel vasto y populoso dominio pagaban de tres uno al rey de sus labranzas y grangerías: los oficiales debían el tercio de las manufacturas; los pobres conducían sin estipendio los géneros que se remitían a la corte, o reconocían el vasallaje con otro servicio personal.

Andaban por el reino diferentes audiencias que con el auxilio de las justicias ordinarias iban cobrando y remitiendo los tributos. Dependían estos ministros del tribunal de hacienda que residía en la corte; obligados a dar cuenta por menor de lo que producían sus distritos, y se castigaban con pena de la vida sus fraudes o sus descuidos, de que resultaba mayor violencia en las cobranzas, porque se miraban como igual delito en el ejecutor la piedad y el latrocinio.

Eran grandes los clamores de los pueblos, y no los ignoraba Motezuma; pero solía poner entre los primores de su gobierno la opresión de sus vasallos: diciendo muchas veces que conocía su mala inclinación, y que necesitaban de aquella carga para su misma quietud, porque no los pudiera sujetar si los dejara enriquecer: grande hambre de buscar pretextos y colores que hiciesen el oficio de la razón. Los lugares vecinos a la ciudad daban gente para las obras reales, proveían de leña al palacio y pagaban otras pensiones a costa de sus comunidades.

Los nobles contribuían con asistir a las guardias, acudían con sus vasallos a los ejércitos, y hacían continuos presentes al rey, que se recibían como dádivas, sin perder el nombre de obligación. Había diferentes depositarios y tesoreros donde paraban los géneros que procedían de las contribuciones, y el tribunal de hacienda libraba en ellos todo lo necesario para el gasto de las casas reales y provisiones de la guerra; y cuidaba de que se fuese beneficiando lo que sobraba para guardarlo en el tesoro principal, reducido a géneros durables, y particularmente a piezas de oro, cuyo valor conocían y estimaban sin que la copia llegase a envilecerle, antes le apetecían y guardaban los poderosos, o bien fuese por la nobleza y hermosura del metal, o porque nació destinado a la codicia más que a la necesidad de los hombres.

Tenían los mejicanos dispuestos y organizado su gobierno con notable concierto y armonía. Demás del consejo de hacienda que corría, como hemos dicho, con las dependencias del patrimonio real, había consejo de justicia, donde venían las apelaciones de los tribunales inferiores: consejo de guerra, donde se cuidaba de la información y asistencia de los ejércitos; y consejo de estado, que se hacía las más veces en presencia del rey, donde se trataban los negocios de mayor peso. Había también jueces del comercio y del abasto, y otro género de ministros, como alcaldes de corte, que rondaban la ciudad y perseguían los delincuentes. Traían sus varas ellos y sus alguaciles para ser conocidos por la insignia del oficio, y tenían su tribunal donde se juntaban a oír las partes, y determinar los pleitos en primera instancia. Los juicios eran sumarios y verbales: el actor y el reo comparecían con su razón y sus testigos, y el pleito se acababa de una vez, durando poco más si era materia de recurso a tribunal superior. No tenían leyes escritas, pero se gobernaban por el estilo de sus mayores, supliendo la costumbre por la ley, siempre que la voluntad del príncipe no alteraba la costumbre. Todos estos consejos se componían de personas experimentadas en los cargos de la paz y de la guerra; y el de estado, superior a todos los demás, se formaba de los electores del imperio, a cuya dignidad ascendían los príncipes ancianos de la sangre real, y cuando se ofrecía materia de mucha consideración, eran llamados al consejo los reyes de Tezcuco y Tacuba, principales electores, a quien tocaba por sucesión esta prerrogativa. Los cuatro primeros vivían en palacio, y andaban siempre cerca del rey para darle su parecer en lo que se ofrecía y autorizar con el pueblo sus resoluciones.

Cuidaban del premio y del castigo con igual atención. Eran delitos capitales el homicidio, el hurto, el adulterio y cualquier leve desacato contra el rey o contra la religión. Las demás culpas se perdonaban con facilidad, porque la misma religión desarmaba la justicia permitiendo las iniquidades. Castigábase también con pena de la vida la falta de integridad en los ministros, sin que se diese culpa venial en los que servían oficio público; y Motezuma puso en mayor observancia esta costumbre haciendo exquisitas diligencias para saber cómo procedían, hasta examinar su desinterés con algunos regalos ofrecidos por mano de sus confidentes: y el que faltaba en algo a su obligación, moría por ello irremisiblemente: severidad que merecía príncipe menos bárbaro, y república mejor acostumbrada; pero no se puede negar a los mejicanos que tuvieron algunas virtudes morales, y particularmente la de procurar que se administrase con rectitud aquel género de justicia que llegaron a conocer, bastante a deshacer los agravios, y a mantener la sociedad entre los suyos, porque no dejaban de conservar entre sus abusos y bestialidades, algunas luces de aquella primitiva equidad que dio a los hombres la naturaleza cuando faltaban las leyes, porque se ignoraban los delitos.

Una de las atenciones más notables de su gobierno era el cuidado con que se trataba la educación de los muchachos, y el desvelo con que iban formando y reconociendo sus inclinaciones. Tenían escuelas públicas para la enseñanza de la gente popular, y otros colegios o seminarios de mayor providencia y aparato, donde se criaban los hijos de los nobles, perseverando en ellos desde la tierna edad hasta que salían capaces de hacer su fortuna o seguir su inclinación. Había maestros de niñez, adolescencia y juventud que tenían autoridad y estimación de ministros, y no sin fundamento, pues cuidaban de aquellos rudimientos y ejercicios que aprovechaban después a la república. Allí los enseñaban a descifrar los caracteres y figuras de que se componían sus escritos, y los hacían tomar de memoria las canciones historiales, en que se contenían los hechos de sus mayores y las alabanzas de sus dioses. Pasaban después a otra clase donde se aprendía la modestia y la cortesía, y dicen que hasta la compostura en el andar. Eran de mayor suposición estos segundos preceptores, porque tenían a su cargo las costumbres de aquella edad en que se dejan corregir los defectos y quebrantar las pasiones.

Despiertos ya y crecidos en este género de sujeción y enseñanza, pasaban a la tercera clase, donde se habilitaban en ejercicios más robustos, probaban las fuerzas en el peso y la lucha, competían unos con otros en el salto y la carrera, y se enseñaban a manejar las armas, esgrimir el montaje, despedir el dardo, y dar impulso y certidumbre a la flecha: hacíanlos sufrir la hambre y la sed; y tenían sus ratos de resistir a las inclemencias del tiempo hasta que volvían hábiles y endurecidos a la casa de sus padres, para ser aplicados, según la noticia que daban los maestros de sus inclinaciones, al gobierno político, al ejercicio militar o al sacerdocio: tres caminos en que podía elegir la gente noble, poco diferentes en la estimación, aunque precedía el de la guerra por ser mayores sus ascensos.

Había también otros colegios de matronas dedicadas al culto de los templos, donde se criaban las doncellas de calidad, guardando clausura, y entregadas a sus maestras desde la niñez hasta que salían a tomar estado con aprobación de sus padres y licencia del rey, diestras ya en aquellas habilidades y labores que daban opinión a las mujeres.

Los hijos de la gente noble que al salir de los seminarios se inclinaban a la guerra, pasaban por otro examen digno de consideración, porque sus padres los enviaban a los ejércitos para que viesen lo que se padecía en la campaña, o supiesen lo que intentaban antes de alistarse por soldados; y solían enviarlos entre los tamemes vulgares, con su carga de bastimentos al hombro para que perdiesen la vanidad y fuesen enseñados al trabajo.

No se admitían a la profesión los que mudaban el semblante al horror de las batallas, o no daban alguna experiencia de su valor; de que resultaba el ser de mucho servicio estos bisoños en el tiempo de su aprobación, porque todos procuraban señalarse con algún hecho particular, arrojándose a los mayores peligros, y conociendo al parecer que para entrar en el número de los valientes era necesario dar algo de temeridad a los principios de la fama.

En nada pusieron tanto su felicidad los mejicanos como en las cosas de la guerra: profesión que miraban los reyes como principal instituto de su poder, y los súbditos como propia de su nación. Subían por ella los plebeyos a nobles, y los nobles a las mayores ocupaciones de la monarquía, con que se animaban todos a servir, o por lo menos aspiraban a la virtud militar cuantos nacían con ambición, o tenían espíritu para salir de su esfera. No había lugar sin milicia determinada, con preeminencias que diferenciaban al soldado entre los demás vecinos. Formábanse los ejércitos con facilidad, porque los príncipes del reino y los caciques de las provincias tenían obligación de acudir a la plaza de armas que se les señalaba, con el número de gente que se les repartía; y se pondera entre las grandezas de aquel imperio, que llegó a tener Motezuma treinta vasallos tan poderosos, que podía cada uno poner en campaña cien mil hombres armados. Gobernaban éstos la gente de su cargo en la ocasión, dependientes del capitán general a quien obedecían, reconociendo en él la representación de su rey cuando faltaba su persona del ejército, que sucedía pocas veces; porque aquellos príncipes tenían a desaire de su autoridad el apartarse de sus armas, hallando alguna monstruosidad política en aquella disonancia, que hacen fuerzas propias en ajeno brazo.

Su modo de pelear era el mismo que dejamos referido en la batalla de Tabasco: mejor disciplinados los ejércitos, menos confusa la obediencia de los soldados, más nobleza y mayores esperanzas. Deshacíanse brevemente de las armas arrojadizas para llegar a las espadas, y muchas veces a los brazos, por ser entre aquella gente mayor hazaña el cautiverio que la muerte del enemigo, y más valeroso el que daba más prisioneros para los sacrificios. Tenían estimación y conveniencia los cargos militares, y Motezuma premiaba con liberalidad a los que sobresalían en las batallas: tan inclinado a la milicia, y tan atento a la reputación de sus armas, que inventó premios honoríficos para los nobles que servían en la guerra, instituyendo cierto género de órdenes militares, con sus hábitos o insignias, que daban honra y distinción. Había unos caballeros que llamaban de las águilas, otros de los tigres, y otros de los leones, que llevaban pendiente o pintada en los mantos la empresa de su religión. Fundó también otra caballería superior, a que sólo eran admitidos los príncipes o nobles de alcuña real; y para darla mayor estimación tomó el hábito y se hizo alistar en ella. Traían éstos atada parte del cabello con una cinta roja, y entre las plumas de que adornaban la cabeza, unas borlas del mismo color que pendían sobre las espaldas, más o menos, según las hazañas del caballero, las cuales se contaban por el número de las borlas, y se aumentaban con nueva solemnidad como iban creciendo los hechos memorables de la guerra: con que había dentro de la misma dignidad algo más que merecer.

Debemos alabar a los mejicanos la generosidad con que anhelaban a semejantes pundonores, y en Motezuma el haber inventado en su república estos premios honoríficos; que siendo la moneda más fácil de batir, tienen el primer lugar en los tesoros del rey.

 

 

 

Capítulo XVII

 

Dase noticia del estilo con que se medían y computaban en aquella tierra los meses y los años; de sus festividades, matrimonios, y otros ritos y costumbres dignas de consideración

 

Tenían los mejicanos dispuesto y regulado su calendario con notable observación. Gobernábanse por el movimiento del sol, y midiendo sus alturas y declinaciones para entenderse con el tiempo, daban al año trescientos sesenta y cinco días como nosotros; pero le dividían en diez y ocho meses, señalando a cada mes veinte días, de cuyo número se componían los trescientos sesenta, y los cinco restantes eran como días intercalares, que se añadían al fin del año para igualar el curso del sol. Mientras duraban estos cinco días, que a su parecer dejaron advertidamente sus mayores como vacíos y fuera de cuenta, se daban a la ociosidad, y trataban sólo de perder como podían aquellas sobras del tiempo. Dejaban los trabajos los oficiales, cerrábanse las tiendas, cesaba el despacho de los tribunales, y hasta los sacrificios en los templos. Visitábanse unos a otros, y procuraban todos divertirse con varios entretenimientos, dando a entender que se prevenían con el descanso para entrar en los afanes y tareas del año siguiente, cuyo ingreso ponían en el principio de la primavera, discrepando del año solar, según el cómputo de los astrólogos, en solos tres días que venían a tomar de nuestro mes de febrero.

Tenían también sus semanas de a trece días con nombres diferentes, que se notaban por imágenes en el calendario, y sus siglos que constaban de cuatro semanas de años, cuyo método y dibujo era de notable artificio, y se guardaba cuidadosamente para memoria de los sucesos. Formaban un círculo grande y le dividían en cincuenta y dos grados, dando un año a cada grado. En el centro pintaban una efigie del sol, y de sus rayos salían cuatro fajas de colores diferentes, que partían igualmente la circunferencia, dejando trece grados a cada semidiámetro, cuyas divisiones eran como signos de su zodiaco, donde tenía el siglo sus revoluciones, y el sol sus aspectos prósperos o adversos, según el color de la faja. Por defuera iban notando en otro círculo mayor, con sus figuras y caracteres, los acaecimientos del siglo, y cuantas novedades se ofrecían dignas de memoria; y estos mapas seculares eran como instrumentos públicos que servían a la comprobación de sus historias. Puédese contar entre las providencias de aquel gobierno el tener historiadores que mandasen a la posteridad los hechos de su nación.

Había su mezcla de superstición en este cómputo de los siglos, porque tenían aprendido que peligraba la duración del mundo siempre que terminaba el sol aquella carrera de las cuatro semanas mayores; y cuando llegaba el último día de los cincuenta y dos años, se prevenían todos para la última calamidad. Despedíanse de la luz con lágrimas: disponíanse para morir sin enfermedad: rompían las vasijas de su menaje como trastos inútiles; apagaban los fuegos, y andaban toda la noche como frenéticos, sin atreverse a descansar hasta saber si estaban de asiento en la región de las tinieblas. Pero al primer crepúsculo de la mañana empezaban a respirar con la vista en el Oriente, y en saliendo el sol se saludaban con todos sus instrumentos, cantándole diferentes himnos y canciones de alegría desconcertada: congratulábanse después unos con otros, de que ya tenía segura la duración del mundo por otro siglo; y acudían luego a los templos a congratularse con sus dioses y a recibir la nueva lumbre de los sacerdotes, que se encendía delante de los altares con vehemente agitación, de leños combustibles. Preveníanse después de todo lo necesario para empezar a vivir, y este día se celebraba con públicos regocijos, llenándose la ciudad de bailes y otros ejercicios de agilidad, dedicados a la renovación del tiempo, no de otra suerte que celebró Roma sus juegos seculares.

La coronación de sus reyes tenía extraordinarios requisitos. Hecha la elección, como se ha dicho, quedaba el nuevo rey obligado a salir en campaña con las armas del imperio, y conseguir alguna victoria de sus enemigos, o sujetar alguna provincia de las confinantes o rebeldes, antes de coronarse ni ascender al trono real: costumbre digna de observación, por cuyo medio creció tanto en pocos años aquella monarquía. Luego que se hallaba capaz del dominio con la recomendación de victorioso, volvía triunfante a la ciudad, y se le hacía público recibimiento de grande ostentación. Acompañábanle todos los nobles, ministros y sacerdotes hasta el templo del dios de la guerra, donde se apeaba de sus andas, y hechos los sacrificios de aquella función, le ponían los príncipes electores la vestidura y manto real, le armaban la mano diestra con un estoque de oro y pedernal, insignia de la justicia; la siniestra con el arco y flechas, que significaban la potestad o el arbitrio de la guerra, y el rey de Tezcuco le ponía la corona, prerrogativa de primer elector.

Oraba después largo rato uno de los magistrados más elocuentes, dándole por todo el imperio la enhorabuena de aquella dignidad, y algunos documentos en que le representaba los cuidados y desvelos que traía consigo la corona: lo que debía mirar por el bien público de sus reinos; y le ponía delante la imitación de sus antecesores. Acabada esta oración, se acercaba con gran reverencia el mayor de los sacerdotes, y en sus manos hacía un juramento de reparables circunstancias. Juraba primero que mantendría la religión de sus mayores, que observaría las leyes y fueros del imperio, que trataría con benignidad a sus vasallos, y que mientras él reinase andarían concertadas las lluvias, que no habría inundaciones en los ríos, esterilidad en los campos, ni malignas influencias en el sol: notable pacto entre rey y vasallos, de que se ríe Justo Lipsio: y pudiéramos decir que le querían obligar con este juramento a que reinase con tal moderación que no mereciese por su parte las iras del cielo; no sin algún conocimiento de que suelen caer sobre los súbditos estos castigos y calamidades por los pecados y exorbitancias de los reyes.

En los demás ritos y costumbres de aquella nación tocaremos solamente lo que fuere digno de historia, dejando las supersticiones, indecencias y obscenidades que manchan la narración por más que se digan sin ofensa de la verdad. Siendo tanta, como se ha referido, la muchedumbre de sus dioses, y tan oscura la ceguedad de su idolatría, no dejaban de conocer una deidad superior, a quien atribuían la creación del cielo y de la tierra; y este principio de las cosas era entre los mejicanos un dios sin nombre, porque no tenían en su lengua voz con que significarle; sólo daban a entender que le conocían mirando al cielo con veneración, y dándole a su modo el atributo de inefable con aquel género de religiosa incertidumbre que veneraron los atenienses al dios no conocido. Pero esta noticia de la primera causa, que al parecer había de facilitar su desengaño, sirvió poco en aquella ocasión, porque no se hallaba camino de reducirlos a que pudiese gobernar todo el mundo sin necesitar de otras manos aquella misma deidad, que según su inteligencia tuvo poder para criarle; y estaban persuadidos a que no hubo dioses de esotra parte del cielo hasta que multiplicándose los hombres empezaron sus calamidades; considerando los dioses como unos genios favorables que se producían cuando era necesaria su operación, sin hacerles disonancia que adquiriesen el ser y la divinidad en las miserias de la naturaleza.

Creían en la inmortalidad del alma, y daban premio y castigo en la eternidad: mal entendido el mérito y la culpa, y oscurecida esta verdad con otros errores, sobre cuyo presupuesto enterraban con los difuntos cantidad de oro y plata para los gastos del viaje que consideraban largo y trabajoso. Mataban algunos de sus criados para que los acompañasen, y era fineza ordinaria en las mujeres propias celebrar con su muerte las exequias del marido. Los príncipes necesitaban de gran sepultura, porque se llevaban tras sí la mayor parte de sus riquezas y familia; uno y otro correspondiente a su grandeza, llenos los oficios de la casa, y algunos lisonjeros que padecían el engaño de su misma profesión. Los cuerpos se llevaban a los templos con solemnidad y acompañamiento, donde los salían a recibir aquellos que llamaban sacerdotes, con sus braserillos de copal, cantando al son de flautas roncas y destempladas, diferentes himnos y versos fúnebres en tono melancólico. Levantaban repetidas veces en alto el ataúd mientras duraba el sacrificio voluntario de aquellos miserables, que introducían en el alma la servidumbre: función de notable variedad compuesta de abusiones ridículas y atrocidades lastimosas.

Sus matrimonios tenían su forma de contrato, y sus ceremonias de religión. Hechos los tratados, comparecían ambos contrayentes en el templo, y uno de los sacerdotes examinaba su voluntad con preguntas rituales, y después tomaba con una mano el velo de la mujer y con otra el manto del marido, y los añudaba por los extremos, significando el vínculo interior de las dos voluntades. Con este género de yugo nupcial volvían a su casa en compañía del mismo sacerdote, donde (imitando la superstición de los dioses Lares) entraban a visitar el fuego doméstico, que a su parecer mediaba en la paz de los casados, y daban siete vueltas a él siguiendo al sacerdote; con cuya diligencia y la de sentarse después a recibir el calor de conformidad, quedaba perfecto el matrimonio. Hacíase memoria, con instrumento público, de los bienes dotales que llevaba la mujer; y el marido quedaba obligado a restituirlos en caso de apartarse: lo cual sucedía muchas veces, y se tenía por bastante causa para el divorcio que se conformasen los dos: pleito en que no entraban las leyes, porque se juzgaban los que se conocían. Quedábase con las hijas la mujer, llevándose los hijos el marido, y una vez disuelto el matrimonio tenían pena de la vida irremisible si se volvían a juntar; siendo en su natural inconstancia la única dificultad de los repudios el peligro de la reincidencia. Celaban como punto de honra la honestidad y el recato de las mujeres propias, y entre aquella desordenada licencia con que se daban al vicio de la sensualidad, se aborrecía y castigaba con rigor el adulterio, no tanto por su deformidad como por sus inconvenientes.

Llevábanse a los templos con solemnidad los niños recién nacidos, los sacerdotes los recibían con ciertas amonestaciones, en que les notificaban los trabajos a que nacían. Aplicábanles, si eran nobles, a la mano derecha una espada y al brazo izquierdo un escudo que tenían para este ministerio. Si eran plebeyos hacían la misma diligencia con algunos instrumentos de los oficios mecánicos; y las hembras de una y otra calidad empuñaban la rueca y el huso: manifestando a cada uno el género de fatiga con que le aguardaba su destino. Hecha esta primera ceremonia los llevaban cerca del altar, y con espinas de maguey o con lancetas de pedernal les sacaban alguna sangre de las partes de la generación; y después les echaban agua, o los bañaban con otras imprecaciones, en que parece quiso el demonio, inventor de aquellos ritos, imitar el bautismo y la circuncisión, con la misma soberbia que intentó contrahacer otras ceremonias, y hasta los mismos sacramentos de la religión católica; pues introdujo entre aquellos bárbaros la confesión de los pecados, dándoles a entender que se ponían con ella en gracia de sus dioses, y un género de comunión ridícula que ministraban los sacerdotes ciertos días del año, repartiendo en pequeños bocados un ídolo de harina masada con miel, que llamaban dios de la penitencia. Ordenó también sus jubileos, instituyó las procesiones, los incensarios y otros remedos del verdadero culto, hasta disponer que se llamasen papas en aquella lengua los sumos sacerdotes, en que se conoce que le costaba particular estudio esta imitación, fuese por abusar de las ceremonias sacrosantas, mezclándolas con sus abominaciones, o porque no sabe arrepentirse de aspirar con este género de afectaciones a la semejanza del Altísimo.

Los demás ritos y ceremonias de aquella miserable gentilidad eran horribles a la razón y a la naturaleza: bestialidades, absurdos y locuras que parecieran incompatibles con las demás atenciones que se han notado en su gobierno, si no estuvieran llenas las historias de semejantes engaños de la humana capacidad en otras naciones que vivían más dentro del mundo, igualmente ciegas en menor oscuridad. Los sacrificios de sangre humana empezaron casi con la idolatría, y siglos antes los introdujo el demonio entre aquellas gentes, de quien vino hasta los israelitas el sacrificar sus hijos a las esculturas de Canam. El horror de comerse los hombres a los hombres se vio primero en otros bárbaros de nuestro hemisferio, como lo confiesa entre sus antigüedades la Galacia, y en sus antropófagos la Scitia. Los leños adorados como dioses, las supersticiones, los agüeros, los furores de los sacerdotes, la comunicación con el demonio en sus oráculos, y otros absurdos de igual abominación, se hallan admitidos y venerados por otros gentiles que supieron discurrir y obrar con acierto en lo moral y político. Grecia y Roma desatinaron en la religión, y en lo demás dieron leyes al mundo y ejemplos a la posteridad: de que se conoce la corta jurisdicción del entendimiento humano, que vuela poco sobre las noticias que recibe de los sentidos y de las experiencias, cuando falta en él aquella luz participada con que se descubre la esencia de la verdad. Era la religión de los mejicanos un compuesto abominable de todos los errores y atrocidades que recibió en diferentes partes la gentilidad; dejamos de referir por menor las circunstancias de sus festividades y sacrificios, sus ceremonias, hechicerías y supersticiones, porque se hallan a cada paso y con prolija repetición en las historias de las Indias, y porque, a nuestro parecer, sobre ser materia en que se puede confesar el recelo de la pluma, es lección poco necesaria, en que falta la dulzura y está lejos la utilidad.

 

 

 

Capítulo XVIII

 

Continúa Motezuma sus agasajos y dádivas a los españoles: llegan cartas de la Vera-Cruz con noticia de la batalla en que murió Juan de Escalante, y con este motivo se resuelve la prisión de Motezuma

 

Observaban los españoles todas estas novedades, no sin grande admiración, aunque procuraban reprimirla y disimularla: costándoles cuidado el apartarla del semblante por mantener la superioridad que afectaban entre aquellos indios. Los primeros días se ocuparon en varios entretenimientos. Hicieron los mejicanos vistosa ostentación de todas sus habilidades, con deseo de festejar a los forasteros, y no sin ambición de parecer diestros en el manejo de sus armas y ágiles en los demás ejercicios. Motezuma fomentaba los espectáculos y regocijos, depuesta la majestad contra el estilo de su elevación. Llevaba siempre consigo a Cortés, asistido de sus capitanes: tratábale con un género de humanidad respetiva que parecía monstruosa en su natural, y daba nueva estimación a los españoles entre los que le conocían. Frecuentábanse las visitas, unas veces Cortés en el palacio, y otras Motezuma en el alojamiento. No acababa de admirar las cosas de España considerándola como parte del cielo; y hacía tanto concepto de su rey, que no pensaba tanto de sus dioses. Procuraba siempre ganar las voluntades repartiendo alhajas y joyas entre los capitanes y soldados, no sin discreción y conocimiento de los sujetos, porque hacía mayor agasajo a los de mayor suposición, y sabía proporcionar la dádiva con la importancia del agradecimiento. Los nobles a imitación de su príncipe, deseaban obligar a todos con un género de obsequio que tocaba en obediencia. El pueblo doblaba las rodillas al menor de los soldados. Gozábase de un sosiego divertido, mucho que ver y nada que recelar. Pero tardó poco en volver a su ejercicio el cuidado, porque llegaron a este tiempo dos soldados tlascaltecas que vinieron a la ciudad por caminos desusados, desmentida su nación con el traje de los mejicanos, y buscando recatadamente a Cortés, le dieron una carta de la Vera-Cruz, que mudó el semblante de las cosas y obligó a discursos menos sosegados.

Juan de Escalante, que como dijimos quedó con el gobierno de aquella nueva población, trataba de continuar sus fortificaciones, conservando los amigos que le dejó Cortés, y duró en esta quietud sin accidente de cuidado, hasta que recibió noticias de que andaba por aquellos parajes un capitán general de Motezuma con ejército considerable, castigando algunos lugares de su confederación porque habían retirado los tributos con el abrigo de los españoles. Llamábase Qualpopoca, y gobernaba la gente de guerra que residía en las fronteras de Zempoala; y habiendo convocado las milicias de su cargo hacía grandes extorsiones y violencias en aquellos pueblos, acompañando el rigor de los ejecutores con la licencia de los soldados: gente una y otra de insaciable codicia, que tratan el robo como negocio del rey.

Viniéronse a quejar los totonaques de la serranía, cuyas poblaciones andaba destruyendo entonces aquel ejército. Pidieron a Juan de Escalante que los amparase, tomando las armas en defensa de sus aliados, y ofrecieron asistir a la facción con todo el resto de su gente. Procuró consolarlos tomando por suyo el agravio que padecían; y antes de llegar a los términos de la fuerza, resolvió enviar sus mensajeros al capitán general, pidiéndole amigablemente: «que suspendiese aquellas hostilidades hasta recibir nueva orden de su rey; pues no era posible que se la hubiese dado para semejante novedad, cuando había permitido que pasasen a su corte los embajadores del monarca oriental a introducir pláticas de paz y confederación entre las dos coronas». Ejecutaron este mensaje dos zempoales de los más ladinos que residían en la Vera-Cruz; y la respuesta fue atrevida y descortés: «que él sabía entender y ejecutar las órdenes de su rey; y si alguno intentase poner embarazo en el castigo de aquellos rebeldes, sabría también defender en la campaña su resolución».

No pudo Juan de Escalante disimular su enojo, ni debió negarse a este desafío hallándose a la vista de aquellos indios interesados en el suceso de los totonaques, iguales en el riesgo y asegurados en la misma protección; y habiéndose informado de que no pasaría de cuatro mil hombres el grueso del enemigo, juntó brevemente un ejército de hasta dos mil indios, la mayor parte de la serranía, que fugitivos o irritados vinieron a ponerse a su sombra, con los cuales bien armados a su modo y con cuarenta españoles; dos arcabuces, tres ballestas y dos tiros de artillería que pudo sacar de la plaza, dejándola con bien moderada guarnición, caminó la vuelta de aquellas poblaciones que le llamaban a su defensa. Tuvo Qualpopoca noticia de su marcha, y salió a recibirle con toda su gente puesta en orden cerca de un lugar pequeño que se llamó después Almería. Diéronse vista los dos ejércitos poco después de amanecer, y se acometieron ambos con igual resolución; pero a breve rato cedieron los mejicanos, y empezaron a retirarse puestos en desorden. Sucedió al mismo tiempo que los totonaques de nuestra facción, o por no ser soldados, o por la costumbre que tenían de temer a los mejicanos, se cayeron de ánimo y se fueron quedando atrás, hasta que últimamente se pusieron en fuga, sin que la fuerza ni el ejemplo bastase a detenerlos: raro accidente, que se debe notar entre las monstruosidades de la guerra huir los vencedores de los vencidos. Iba el enemigo tan atemorizado y tan cuidadoso de la propia salud, que no reparó en la disminución de nuestra gente, y sólo trató de retirarse desordenadamente a la población vecina, donde se acercó Juan de Escalante con poco más que sus cuarenta españoles; y mandando poner fuego al lugar por diferentes partes, acometió al mismo tiempo que tomó cuerpo la llama, con tanta resolución, que sin dejarles lugar para que pudiesen discurrir en su flaqueza, los rompió y desalojó enteramente, obligándolos a que volviesen las espaldas y se derramasen a los bosques. Dijeron después aquellos indios haber visto en el aire una señora como la que adoraban los forasteros por madre de su Dios, que los deslumbraba y entorpecía para que no pudiesen pelear. No se manifestó a los españoles este milagro; pero el suceso le hizo creíble y ya estaban todos enseñados a partir con el cielo sus hazañas.

Fue muy señalada esta victoria, pero igualmente costosa; porque Juan de Escalante quedó herido mortalmente con otros siete soldados, de los cuales se llevaron los indios a Juan de Argüello, natural de León, hombre muy corpulento y de grandes fuerzas, que cayó peleando valerosamente a tiempo que no pudo ser socorrido, y los demás murieron de las heridas en la Vera-Cruz dentro de tres días.

De cuya pérdida, con todas sus circunstancias, daba cuenta el ayuntamiento en aquella carta para que se nombrase sucesor a Juan de Escalante, y se tuviese noticia del estado en que se hallaban. Leyóla Cortés con el desconsuelo que pedía semejante novedad. Comunicó el caso a sus capitanes; y sin ponderar entonces sus consecuencias ni manifestarles todo su cuidado, les pidió que discurriesen la materia y se la dejasen discurrir, encomendando a Dios la resolución que se hubiese de tomar, lo cual encargó muy particularmente al padre fray Bartolomé de Olmedo y a todos el secreto, porque no corriese la voz entre los soldados, y en negocio de tanta importancia se diese lugar a dictámenes vulgares.

Retiróse después a su aposento, y dejó correr la consideración por todos los inconvenientes que podían resultar de aquella desgracia. Entraba y salía con dudosa elección en los caminos que le ofrecía su discurso; cuya viveza misma le fatigaba, dándole a un tiempo los remedios y las dificultades. Dicen que se anduvo paseando gran parte de la noche, y que descubrió entonces una pieza recién tabicada, en que tenía Motezuma las riquezas de su padre, y aquí las refieren por menor; y que habiéndolas reconocido mandó cerrar el tabique, sin permitir que se tocase a ellas. No nos detengamos en esta digresión de su cuidado, que no debió ser larga, pues hizo lugar a otras diligencias para tomar punto fijo en la resolución que andaba madurando.

Mandó llamar reservadamente a los indios más capaces y confidentes de su ejército: preguntóles «si habían reconocido alguna novedad en los ánimos de los mejicanos, y cómo corría entre aquella gente la estimación de los españoles». Respondieron: «que lo común del pueblo estaba divertido con sus fiestas, y los veneraba por verlos aplaudidos de su rey; pero que los nobles andaban ya pensativos y misteriosos, que se hablaban en secreto, y se dejaba conocer el recato en sus corrillos». Tenían observadas algunas medias palabras de sospechosa interpretación, y una de ellas fue: «que sería fácil romper los puentes», con otras de este género, que juntas decían lo bastante para el recelo. Dos o tres de aquellos indios habían oído decir que pocos días antes trajeron de presente a Motezuma la cabeza de un español, y la mandó esconder y retirar después de haberla mirado con asombro, por ser muy fiera y desmesurada: señas que convenían con la de Juan de Argüello, y novedad que puso a Cortés en mayor cuidado por el indicio de que hubiese cooperado Motezuma en la facción de su general.

Con estas noticias, y lo que llevaba discurrido en ellas, se encerró al amanecer con sus capitanes y con algunos de los soldados principales que solían concurrir a las juntas por su calidad o entendimiento. Propúsoles el caso con todas sus circunstancias; refirió lo que le habían advertido aquella noche los indios confidentes; ponderó sin desaliento las contingencias de que se hallaban amenazados; tocó con espíritu las dificultades que podrían ocurrir; y sin manifestar la inclinación de su dictamen, calló para que hablasen los demás. Hubo diversos pareceres: unos querían que se pidiese pasaporte a Motezuma, y se acudiese luego al riesgo de la Vera-Cruz: otros dificultaban la retirada, y se inclinaban a salir ocultamente sin dejarse olvidadas las riquezas que habían adquirido; los más fueron de sentir que convenía perseverar sin darse por entendidos del suceso de la Vera-Cruz hasta sacar algunos partidos para retirarse. Pero Hernán Cortés, recogiendo lo que venía discurrido, y alabando el celo con que deseaban todos el acierto, dijo: «que no se conformaba con el medio propuesto de pedir pasaporte a Motezuma, porque habiéndose abierto el camino con las armas para entrar en su corte a pesar de su repugnancia, caerían mucho del concepto en que los tenía, si llegase a entender que necesitaban de su favor para retirarse: que si estaba de mal ánimo podía concederles el pasaporte para deshacerlos en la retirada; y si le negase quedaban obligados a salir contra su voluntad, entrando en el peligro descubierta la flaqueza. Que le agradaba menos la resolución de salir ocultamente, porque sería ponerse de una vez en términos de fugitivos, y Motezuma podría con gran facilidad cortarles el paso adelantando por sus correos la noticia de su marcha. Que a su parecer no era conveniente por entonces la retirada, porque de cualquiera suerte que la intentasen volverían sin reputación; y perdiendo los amigos y confederados que se mantenían con ella, se hallarían después sin un palmo de tierra donde poner los pies con seguridad. Por cuyas consideraciones, dijo, soy de sentir que se apartan menos de la razón los que se inclinan a que perseveremos sin hacer novedad hasta salir con honra, y ver lo que dan de sí nuestras esperanzas. Ambas resoluciones son igualmente aventuradas, pero no igualmente pundonorosas; y sería infelicidad indigna de españoles morir por elección en el peligro más desairado. Yo no pongo duda en que nos debemos mantener: el modo con que se ha de conseguir, es en lo que más se detiene mi cuidado. Viénense a los ojos estos principios de rumor que se han reconocido entre los mejicanos: el suceso de la Vera-Cruz, ejecutado con las armas de su nación, pide nuevas consideraciones al discurso; la cabeza de Argüello presentada en lisonja de Motezuma, es indicio de que supo antes la facción de su general; y su mismo silencio nos está diciendo lo que debemos recelar de su intención. Pero a vista de todo me parece que para mantenernos en esta ciudad menos aventurados, es necesario que pensemos en algún hecho grande que asombre de nuevo a sus moradores, resarciendo lo que se hubiere perdido en su estimación con estos accidentes; para cuyo efecto, después de haber discurrido en otras hazañas de más ruido que substancia, tengo por conveniente que nos apoderemos de Motezuma trayéndole preso a nuestro cuartel: resolución que a mi entender los ha de atemorizar y reprimir, dándonos disposición para que podamos capitular después con rey y vasallos lo que más conviniere a nuestro príncipe y a nuestra seguridad. El pretexto de la prisión, si yo no discurro mal, ha de ser la muerte de Argüello que ha llegado a su noticia, y el rompimiento de la paz cometido por su general; de cuyas dos ofensas debemos darnos por entendidos y pedir satisfacción; porque no conviene suponer una ignorancia de lo que saben ellos, cuando están creyendo que lo alcanzamos todo; y éste y los demás engaños de su imaginación, se deben por lo menos tolerar como parciales de nuestra osadía. Bien reconozco las dificultades y contingencias de tan ardua resolución; pero las grandes hazañas son hijas de los grandes peligros; y Dios nos ha de favorecer, que son muchas las maravillas, y pudiera decir milagros evidentes, con que se ha declarado por nosotros en esta jornada, para que no miremos ahora como inspiración suya nuestra perseverancia. Su causa es la primera razón de nuestros intentos, y yo no he de creer que nos ha traído en hombros de su providencia extraordinaria para introducirnos en el empeño y dejarnos con nuestra flaqueza en la mayor necesidad». Dilatóse con tanta energía en esta piadosa consideración, que comunicó a los corazones de todos el vigor de su ánimo, y se redujeron al mismo dictamen, primero los capitanes Juan Velázquez de León, Diego de Ordaz, Gonzalo de Sandoval, y después alabaron todos el discurso de su capitán; hallando al parecer lo eficaz del remedio en lo heroico de la resolución: con que se disolvió la junta, quedando entonces determinada la prisión de Motezuma, y remitida la disposición de todo a la prudencia de Cortés.

Bernal Díaz del Castillo, que no pierde ocasión de introducirse a inventor de las resoluciones grandes, dice que le aconsejaron esta prisión él y otros soldados algunos días antes que llegase la nueva de la Vera-Cruz: no conviene con él las demás relaciones, ni entonces había causa para discurrir con tanto arrojamiento: pudiera detenerse un poco, y quedara su consejo sin la nota de inverosímil, o sin la excepción de intempestivo.

 

 

 

Capítulo XIX

 

Ejecútase la prisión de Motezuma: dase noticia del modo como se dispuso y como se recibió entre sus vasallos

 

No se puede negar que fue atrevimiento sin ejemplar esta resolución que tomaron aquellos pocos españoles, de prender a un rey tan poderoso dentro de su corte: acción que siendo verdad parece incompatible con la sencillez de la historia; y pareciera sin proporción cuando se hallara entre las demasías o licencias de la fábula. Pudiérase llamar temeridad si se hubiera entrado en ella voluntariamente o con más elección; pero no es temerario propiamente quien se ciega porque no puede más. Viose Cortés igualmente perdido si se retiraba sin reputación, que aventurado si se mantenía sin volver por ella con algún hecho memorable; y el ánimo cuando se halla ceñido por todas partes de la dificultad se arroja violentamente a los peligros mayores: pensó en lo más difícil por asegurarse de una vez, o porque no se acomodaba su discurso a las medianías. Pudiéramos decir que fue magnanimidad suya el poner tan alta la mira, o que la prudencia militar no es tan amiga de los extremos como la prudencia política; pero mejor es que se quede sin nombre su resolución, o que mirando al suceso la pongamos entre aquellos medios imperceptibles de que se valió Dios en esta conquista, excluyendo al parecer los impulsos naturales.

Eligióse finalmente la hora en que solían hacer su visita los españoles, porque no se extrañase la novedad. Ordenó Cortés que se tomasen las armas en su cuartel; que se pusiesen las sillas a los caballos, y estuviesen todos alerta sin hacer ruido, ni moverse hasta nueva orden. Ocupó con algunas cuadrillas a la deshilada las bocas de las calles, y partió al palacio con los capitanes Pedro de Alvarado, Gonzalo de Sandoval, Juan Velázquez de León, Francisco de Lugo y Alonso Dávila, y mandó que le siguiesen disimuladamente hasta treinta españoles de su satisfacción.

No hizo novedad el verlos con todas sus armas, porque las traían ordinariamente introducidas ya como traje militar. Salió Motezuma, según su costumbre, a recibir la visita, ocuparon todos sus asientos, retirándose a otra pieza sus criados, como ya lo estilaban, de su orden, y poniendo a doña Marina y Jerónimo de Aguilar en el lugar que solía, empezó Hernán Cortés a dar su queja, dejando al enojo todo el semblante. Refirió primero el hecho de su general, y ponderó después «el atrevimiento de haber formado ejército y acometido a sus compañeros, rompiendo la paz y la salvaguardia real en que vivían asegurados: acriminó como delito de que se debían dar satisfacción a Dios y al mundo, el haber muerto los mejicanos a un español que hicieron prisionero, vengando en él a sangre fría la propia ignominia con que volvieron vencidos; y últimamente se detuvo en afear, como punto de mayor consideración, la disculpa de que se valían Qualpopoca y sus capitanes dando a entender que se hacía de su orden aquella guerra tan fuera de razón: y añadió que le debía su majestad el no haberlo creído, por ser acción indigna de su grandeza el estarlos favoreciendo en una parte para destruirlos en otra».

Perdió Motezuma el color al oír este cargo suyo y con señales de ánimo convencido interrumpió a Cortés para negar como pudo, el haber dado semejante orden; pero él socorrió su turbación volviéndole a decir: «que así lo tenía por indubitable; pero que sus soldados no se darían por satisfechos, ni sus mismos vasallos dejarían de creer lo que afirmaba su general, si no le viese hacer alguna demostración extraordinaria que borrase totalmente la impresión de semejante calumnia; y así venía resuelto a suplicarle que sin hacer ruido, y como que nacía de su propia elección, se fuese luego al alojamiento de los españoles, determinándose a no salir de él hasta que constase a todos que no había cooperado en aquella maldad: a cuyo efecto le ponía en consideración que con esta generosa confianza, digna de ánimo real, no sólo se quietaría el enojo de su príncipe y el recelo de sus compañeros; pero él volvería por su mismo decoro y pundonor, ofendido entonces de mayor indecencia; y que le daba su palabra como caballero y como ministro del mayor rey de la tierra, de que sería tratado entre los españoles con todo el acatamiento debido a su persona: porque sólo deseaban asegurarse de su voluntad para servirle y obedecerle con mayor reverencia». Calló Cortés, y calló también Motezuma como extrañando el atrevimiento de la proposición; pero él, deseando reducirle con suavidad antes que se determinase a contrario dictamen, prosiguió diciendo: «que aquel alojamiento que les había señalado era otro palacio suyo donde solía residir algunas veces; y que no se podría extrañar entre sus vasallos que se mudase a él para deshacerse de una culpa que puesta en su cabeza sería pleito de rey a rey; y quedando en la de su general, se podría enmendar con el castigo sin pasar a los inconvenientes y violencias con que suele decidirse la justicia de los reyes».

No pudo sufrir Motezuma que se alargasen más los motivos de una persuasión impracticable a su parecer; y dándose por entendido de lo que llevaba dentro de sí aquella demanda, respondió con alguna impaciencia: «que los príncipes como él no se daban a prisión ni sus vasallos lo permitirían, cuando él se olvidase de su dignidad o se dejase humillar a semejante bajeza». Replicóle Cortés: «que como él fuese voluntariamente sin dar lugar a que le perdiesen el respeto, importaría poco la resistencia de sus vasallos, contra los cuales podría usar de sus fuerzas sin queja de su atención». Duró largo rato la porfía, resistiendo siempre Motezuma el dejar su palacio; y procurando Hernán Cortés reducirle y asegurarle sin llegar a lo estrecho, salió a diferentes partidos, cuidadoso ya del aprieto en que se hallaba: ofreció enviar luego por Qualpopoca y por los demás cabos de su ejército, y entregárselos a Cortés para que los castigase: daba en rehenes dos hijos suyos para que los tuviese presos en su cuartel hasta que cumpliese su palabra; y repetía con alguna pusilanimidad, que no era hombre que se podía esconder, ni se había de huir a los montes. A nada salía Cortés ni él se daba por vencido; pero los capitanes que se hallaban presentes, viendo lo que se aventuraba en la dilación, empezaron a desabrirse deseando que se remitiese a las manos aquella disputa; y Juan Velázquez de León dijo en voz alta: «dejémonos de palabras y tratemos de prenderle o matarle». Reparó en ello Motezuma, preguntando a doña Marina qué decía tan descompuesto aquel español. Y ella con este motivo y con aquella discreción natural que le daba hechas las razones y hallada la oportunidad le dijo, como quien se recataba de ser entendida: «mucho aventuráis, señor, si no cedéis a las instancias de esta gente: ya conocéis su resolución y la fuerza superior que los asiste. Yo soy una vasalla vuestra que desea naturalmente vuestra felicidad; y soy una confidente suya que sabe todo el secreto de su intención. Si vais con ellos seréis tratado con el respeto que se debe a vuestra persona; y si hacéis mayor resistencia peligra vuestra vida».

Esta breve oración, dicha con buen modo y en buena ocasión, le acabó de reducir; y sin dar lugar a nuevas réplicas, se levantó de la silla diciendo a los españoles: «yo me fío de vosotros, vamos a vuestro alojamiento, que así lo quieren los dioses, pues vosotros lo conseguís y yo lo determino». Llamó luego a sus criados, mandó prevenir sus andas y su acompañamiento, y dijo a sus ministros: «que por ciertas consideraciones de estado que tenía comunicadas con sus dioses, había resuelto mudar su habitación por unos días al cuartel de los españoles: que lo tuviesen entendido y lo publicasen así, diciendo a todos que iba por su voluntad y conveniencia». Ordenó después a uno de los capitanes de sus guardias que le trajese preso a Qualpopoca, y a los demás cabos que hubiesen cooperado en la invasión de Zempoala, para cuyo efecto le dio el sello real que traía siempre atado al brazo derecho; y le advirtió que llevase gente armada para no aventurar la prisión. Todas estas órdenes se daban en público, y doña Marina se las iba interpretando a Cortés y a los demás capitanes, porque no se recelasen de verle hablar con los suyos, y quisiesen pasar a la violencia fuera de tiempo.

Salió sin más dilación de su palacio, llevando consigo todo el acompañamiento que solía: los españoles iban a pie junto a las andas, y le cercaban con pretexto de acompañarle. Corrió luego la voz de que se llevaban a su rey los extranjeros, y se llenaron de gente las calles, no sin algunos indicios de tumulto, porque daban grandes voces y se arrojaban en tierra, unos despechados y otros enternecidos; pero Motezuma, con exterior alegría y seguridad, los iba sosegando y satisfaciendo. Mandábales primero que callasen, y al movimiento de su mano sucedía repentino silencio. Decíales después que aquella no era prisión, sino ir por su gusto a vivir unos días con sus amigos los extranjeros: satisfacciones adelantadas, o respuestas sin pregunta que niegan lo que afirman. En llegando al cuartel, que como dijimos era la casa real que fabricó su padre, mandó a su guardia que despejase la gente popular, y a sus ministros que impusiesen pena de la vida contra los que se moviesen a la menor inquietud. Agasajó mucho a los soldados españoles que le salieron a recibir con reverente alborozo. Eligió después el cuarto donde quería residir, y la casa era capaz de separación decente. Adornáse luego por sus mismos criados con las mejores alhajas de su guarda-ropa: púsose a la entrada suficiente guardia de soldados españoles; dobláronse las que solían asistir a la seguridad ordinaria del cuartel: alargáronse a las calles vecinas algunas centinelas, y no se perdonó diligencia de las que correspondían a la novedad del empeño. Diose orden a todos para que dejasen entrar a los que fuesen de la familia real, que ya eran conocidos, y a los nobles y ministros que viniesen a verle: cuidando de que entrasen unos y saliesen otros con pretexto de que no embarazasen. Cortés entró a visitarle aquella misma tarde, pidiendo licencia y observando las puntualidades y ceremonias que cuando le visitaba en su palacio. Hicieron la misma diligencia los capitanes y soldados de cuenta: diéronle rendidas gracias de que honrase aquella casa como si le hubiera traído a ella su elección; y él estuvo tan alegre y agradable con todos, como si no se hallaran presentes los que fueron testigos de su resistencia. Repartió por su mano algunas joyas que hizo traer advertidamente para ostentar su desenojo; y por más que se observaban sus acciones y palabras, no se conocía flaqueza en su seguridad, ni dejaba de parecer rey en la constancia con que procuraba juntar los dos extremos de la dependencia y de la majestad. A ninguno de sus criados y ministros, cuya comunicación se le permitió desde luego, descubrió el secreto de su opresión, o porque se avergonzase de confesarla, o porque temió perder la vida si ellos se inquietasen. Todos miraron por entonces como resolución suya este retiro, con que no pasaron a discurrir en la osadía de los españoles, que de muy grande se les pudo esconder entre los imposibles a que no está obligada la imaginación.

Así se dispuso y consiguió la prisión de Motezuma: y él estuvo dentro de pocos días tan bien hallado en ella, que apenas tuvo espíritu para desear otra fortuna. Pero sus vasallos vinieron a conocer con el tiempo que le tenían preso los españoles por más que le dorasen con el respeto la sujeción. No se lo dejaron dudar las guardias que asistían a su cuarto, y el nuevo cuidado con que se tomaban las armas en el cuartel. Pero ninguno se movió a tratar de su libertad, ni se sabe qué razón tuviesen él para dejarse estar sin repugnancia: en aquella opresión, y ellos para vivir en la misma insensibilidad sin extrañar la indecencia de su rey. Digno fue de grande admiración el ardimiento de los españoles; pero no se debe admirar menos este apocamiento de ánimo en Motezuma, príncipe tan poderoso y de tan soberbio natural, y esta falta de resolución en los mejicanos, gente belicosa y de suma vigilancia en la defensa de sus reyes. Podríamos decir que anduvo también la mano de Dios en estos corazones, y no parecería sobrada credulidad, ni sería nuevo en su providencia, que ya le vio el mundo facilitar las empresas de su pueblo quitando el espíritu a sus enemigos.

 

 

 

Capítulo XX

 

Cómo se portaba en la prisión Motezuma con los suyos y con los españoles: traen preso a Qualpopoca, y Cortés le hace castigar con pena de muerte, mandando echar unos grillos a Motezuma mientras se ejecutaba la sentencia

 

Vieron los españoles dentro de breves días convertido en palacio su alojamiento, sin dejar de guardarle como cárcel de tal prisionero. Perdió la novedad entre los mejicanos aquella gran resolución. Algunos, sintiendo mal de la guerra que movió Qualpopoca en la Vera-Cruz, alababan la demostración de Motezuma, y ponderaban como grandeza suya el haber dado su libertad en rehenes de su inocencia. Otros creían que los dioses, con quien tenía familiar comunicación, le habrían aconsejado lo más conveniente a su persona; y otros, que iban mejor, veneraban su determinación sin atreverse a examinarla; que la razón de los reyes no habla con el entendimiento, sino con la obligación de los vasallos. Él hacía sus funciones de rey con la misma distribución de horas que solía: daba sus audiencias: escuchaba las consultas o representaciones de sus ministros, y cuidaba del gobierno político y militar de sus reinos poniendo particular estudio en que no se conociese la falta de su libertad.

La comida se le traía de palacio con numeroso acompañamiento de criados, y con mayor abundancia que otras veces; repartíanse las sobras entre los soldados españoles; y él enviaba los platos más regalados a Cortés y a sus capitanes: conocíalos a todos por sus nombres, y tenía observados hasta los genios y las condiciones, de cuya noticia usaba en la conversación, dando al buen gusto y a la discreción algunos ratos sin ofender a la majestad ni a la decencia. Estaba con los españoles todo el tiempo que le dejaban los negocios; y solía decir que no se hallaba sin ellos. Procuraban todos agradarle, y era su mayor lisonja el respeto con que le trataban; desagradábase de las llanezas; y si alguno se descuidaba en ellas, procuraba reprimir el exceso, dando a entender que le conocía: tan celoso de su dignidad, que sucedió el ofenderse con grande irritación de una indecencia que le pareció advertida en cierto soldado español, y pidió al cabo de la guardia que le ocupase otra vez lejos de su persona, o le mandaría castigar si se le pusiese delante.

Algunas tardes jugaba con Hernán Cortés al totoloque, juego que se componía de unas bolas pequeñas de oro, con que tiraban a herir o derribar ciertos bolillos o señales del mismo metal a distancia proporcionada. Jugábanse diferentes joyas y otras alhajas que se perdían o ganaban a cinco rayas. Motezuma repartía sus ganancias con los españoles, y Cortés hacía lo mismo con sus criados. Solía tantear Pedro de Alvarado; y porque algunas veces se descuidaba en añadir algunas rayas a Cortés, le montejaba con galantería de mal contador; pero no por eso dejaba de pedirle otras veces que tantease, y que tuviese cuenta de que no se le olvidase la verdad. Parecía señor hasta en el juego, sintiendo el perder como desaire de la fortuna y estimando la ganancia como premio de la victoria.

No se dejaba de introducir en estas conversaciones privadas el punto de la religión: Hernán Cortés le habló diferentes veces, procurando reducirle con suavidad a que conociese su engaño; fray Bartolomé de Olmedo repetía sus argumentos con la misma piedad y con mayor fundamento; doña Marina interpretaba estos razonamientos con particular afecto; y añadía sus razones caseras, como persona recién desengañada, que tenía presentes los motivos que la redujeron: pero el demonio le tenía tan ocupado el ánimo, que se dejaba conquistar su entendimiento, y se quedaba inexpugnable su corazón; no se sabe que le hablase o se le apareciese como solía desde que los españoles entraron en Méjico, antes se tiene por cierto, que al dejarse ver la cruz de Cristo en aquella ciudad, perdieron la fuerza los conjuros, y enmudecieron los oráculos; pero estaba tan ciego y tan dejado a sus errores, que no tuvo actividad para desviarlos, ni supo aprovecharse de la luz que se le puso delante; pudo ser esta dureza de su ánimo, fruto miserable de los otros vicios y atrocidades con que tenía desobligado a Dios, o castigo de aquella misma negligencia con que daba los oídos y negaba la inclinación a la verdad.

A veinte días, o poco más, llegó el capitán de la guardia, que partió a la frontera de la Vera-Cruz, y trajo preso a Qualpopoca, con otros cabos de su ejército, que se dieron al sello real sin resistencia. Entró con ellos a la presencia de Motezuma: y él los habló reservadamente, permitiéndolo Cortés, porque deseaba que los redujese a callar la orden que tuvieron suya, y dejarse engañar de aquella exterior confianza en que le mantenía. Pasó después con ellos el mismo capitán al cuarto de Cortés, y se los entregó, diciéndole de parte de su amo: «que se los enviaba para que averiguase la verdad y los castigase por su mano con el rigor que merecían». Encerróse con ellos, y confesaron luego los cargos «de haber roto la paz de su autoridad: haber provocado con las armas a los españoles de la Vera-Cruz, y ocasionado la muerte de Argüello, hecha de su orden a sangre fría en un prisionero de guerra», sin tomar en la boca la orden que tuvieron de su rey; hasta que reconociendo que iba de veras su castigo, tentaron el camino de hacerle cómplice para escapar las vidas: pero Hernán Cortés negó los oídos a este descargo, tratándose como invención de los delincuentes. Juzgóse militarmente la causa, y se les dio sentencia de muerte, con la circunstancia de que fuesen quemados públicamente sus cuerpos delante del palacio real; como reos que habían incurrido en caso de lesa majestad. Discurrióse luego en la ejecución, y pareció no dilatarla; pero temiendo Hernán Cortés que se inquietase Motezuma, o quisiese defender a los que morían por haber ejecutado sus órdenes, resolvió atemorizarle con alguna bizarría que tuviese apariencias de amenaza, y le acordase la sujeción en que se hallaba. Ocurrióle otro arrojamiento notable, a que le debió de inducir la facilidad con que se consiguió el de su prisión, o el ver tan rendida su paciencia. Mandó buscar unos grillos de los que se traían prevenidos para los delincuentes, y con ellos descubiertos en las manos de un soldado, se puso en su presencia, llevando consigo a doña Marina y tres o cuatro de sus capitanes. No perdonó las reverencias con que solía respetarle; pero dando a la voz y al semblante mayor entereza, le dijo: «que ya quedaban condenados a muerte Qualpopoca y los demás delincuentes por haber confesado su delito, y ser digno de semejante demostración; pero que le habían culpado en él, diciendo afirmativamente que le cometieron de su orden; y así era necesario que purgase aquellos indicios vehementes con alguna mortificación personal, porque los reyes, aunque no están obligados a las penas ordinarias, eran súbditos de otra ley superior que mandaba en las coronas; y debían imitar en algo a los reos; cuando se hallaban culpados y trataban de satisfacer a la justicia del cielo». Dicho esto, mandó con imperio y resolución que le pusiesen las prisiones, sin dar lugar a que le replicase; y en dejándole con ellas, le volvió las espaldas, y se retiró a su cuarto, dando nueva orden a las guardias para que no se le permitiese por entonces la comunicación de sus ministros.

Fue tanto el asombro de Motezuma cuando se vio tratar con aquella ignominia, que le faltó al principio la acción para resistir, y después la voz para quejarse. Estuvo mucho rato como fuera de sí: los criados que le asistían acompañaban su dolor con el llanto, sin atreverse a las palabras, arrojándose a sus pies para recibir el peso de los grillos: y él volvió de su confusión con principios de impaciencia; pero se reprimió brevemente, y atribuyendo su infelicidad a la disposición de sus dioses, esperó el suceso, no sin cuidado al parecer de que peligraba su vida; pero acordándose de quién era para temer sin falta de valor.

No perdió tiempo Cortés en lo que llevaba resuelto: salieron los reos al suplicio, hechas las prevenciones necesarias para que no se aventurase la ejecución. Consiguióse a vista de innumerable pueblo, sin que se oyese una voz descompuesta, ni hubiese que recelar. Cayó sobre aquella gente un terror que tenía parte de admiración, y parte de respeto. Extrañaban aquellos actos de jurisdicción en unos extranjeros, que cuando mucho se debían portar como embajadores de otro príncipe; y no se atrevieron a poner duda en su potestad, viéndola establecida con la tolerancia de su rey; de que resultó el concurrir todos al espectáculo con un género de quietud amortiguada, que sin saber en qué consistía, dejó su lugar al escarmiento. Ayudó mucho en esta ocasión el estar mal recibida entre los mejicanos la invasión de Qualpopoca, y se hizo su delito más aborrecible con la circunstancia de culpar a su rey: descargo que pasó por increíble, y aun siendo verdadero se culpara como atrevido y sedicioso. Débese mirar este castigo como tercer atrevimiento de Cortés, que se logró como se había discurrido, y se discurrió sobre principios irregulares. Él lo resolvió, y lo tuvo por conveniente y posible: conocía la gente con quien trataba, y lo que suponía en cualquier acontecimiento la gran prenda que tenía en su poder. Dejémonos cegar de su razón, o no la traigamos al juicio de la historia, contentándonos con referir el hecho como pasó, y que una vez ejecutado fue de gran consecuencia para dar seguridad a los españoles de la Vera-Cruz y reprimir por entonces los principios de rumor que andaban entre los nobles de la ciudad.

Volvió luego Cortés al cuarto de Motezuma, y con alegre urbanidad le dijo: «que ya quedaban castigados los traidores que se atrevieron a manchar su fama, y él había cumplido ventajosamente con su obligación, sujetándose a la justicia de Dios con aquella breve intermisión de su libertad». Y sin más dilación le mandó quitar los grillos, o como escriben algunos, se puso de rodillas para quitárselos él mismo por sus manos; y se puede creer de su advertencia, que procuraría dar con semejante cortesanía mayor recomendación al desagravio. Recibió Motezuma con grande alborozo este alivio de su libertad, abrazó dos o tres veces a Cortés, y no acababa de cumplir con su agradecimiento. Sentáronse luego en conversación amigable, y Cortés usó con él de otro primor, como los que andaba siempre meditando, porque mandó que se retirasen las guardas, diciéndole que se podría volver a su palacio cuando quisiese, por haber cesado ya la causa de su detención. Y le ofreció este partido sobre seguro de que no le aceptaría, por haberle oído decir muchas veces con firme resolución, que ya no le convenía volverse a su palacio, ni apartarse de los españoles hasta que se retirasen de su corte; porque perdería mucho de su estimación, si llegasen a entender sus vasallos que recibía de ajena mano su libertad: dictamen que se hizo suyo con el tiempo, siendo en la verdad influido; porque doña Marina, y algunos de los capitanes le habían puesto en él a instancia de Cortés, que se valía de su misma razón de estado para tenerle más seguro en la prisión; pero entonces, conociendo lo que traía dentro de sí la oferta de Cortés, dejó este motivo, tratándose como ajeno de aquella ocasión, y se valió de otro más artificioso, porque le respondió: «que agradecía mucho la voluntad con que deseaba restituírle a su casa; pero que tenía resuelto no hacer novedad, atendiendo a la conveniencia de los españoles: porque una vez en su palacio le apretarían sus nobles y ministros en que tomase las armas contra ellos para satisfacerse del agravio que había recibido». Por cuyo medio quiso dar a entender, que se dejaba estar en la prisión para encubrirlos y ampararlos con su autoridad. Alabó Cortés el pensamiento agradeciendo su atención, como si la creyera, y quedaron los dos satisfechos de su destreza: creyendo entrambos que se entendían, y se dejaban engañar por su conveniencia con aquel género de astucia o disimulación que ponen los políticos entre los misterios de la prudencia, dando el nombre de esta virtud a los artificios de la sagacidad.

Antonio de Solís. Historia de la conquista de México
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