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Respondieron a este segundo requerimiento con hacer la seña de embestir, y se fueron mejorando ayudados de la corriente, hasta que puestos en distancia proporcionada con el alcance de sus flechas, dispararon a un tiempo tanta multitud de ellas desde las canoas, y desde la margen más vecina del río, que anduvo algo apresurada en los españoles la necesidad de cubrirse y cuidar de su defensa; pero recibida la primera carga, conforme a la orden que llevaban, usaron luego de sus armas, y de sus esfuerzos con tanta diligencia, que los indios de las canoas desembarazaron el paso puestos en confusión, arrojándose muchos al agua con el espanto que concibieron del mismo daño que conocían en los suyos. Prosiguieron nuestros bajeles su entrada sin otra oposición: y acostándose a la ribera sobre el lado izquierdo, trataron de salir a tierra; pero en paraje tan pantanoso y cubierto de maleza, que se vieron en segundo conflicto; porque los indios que estaban emboscados, y los que escaparon del río, se unieron a repetir sus cargas con nueva obstinación; cuyas flechas, dardos y piedras hacían mayor la dificultad del pantano. Pero Hernán Cortés fue doblando su gente sin dejar de pelear, en tal disposición, que las hileras que formaba detenían el ímpetu de los indios, y cubrían a los menos diligentes en la desembarcación.

Formado su escuadrón a vista de los enemigos, cuyo número crecía por instantes, ordenó al capitán Alonso Dávila que con cien soldados se adelantase por el bosque a ocupar la villa principal de aquella provincia, que también se llamaba Tabasco, y distaba poco de aquel paraje, según las noticias que se tenían de la primera entrada. Cerró luego con la multitud enemiga, y la fue retirando con igual ardimiento que dificultad; porque se peleaba muchas veces con el lodo a la rodilla: y se refiere de Hernán Cortés, que forcejeando para vencer aquel impedimento, perdió en el lodo uno de los zapatos, y peleó mucho rato con el pie descalzo sin conocer la falta ni el desabrigo: generoso divertimiento, dejar de estar en sí para estar mejor en lo que hacía.

Vencido el pantano se conoció flaqueza en los indios, que en un instante desaparecieron entre la maleza, parte atemorizados de verse ya sin las ventajas del terreno, y parte cuidadosos de acudir a Tabasco: de cuyo riesgo tuvieron noticia por haberse descubierto la marcha de Alonso Dávila; como se verificó después en la multitud de gente que acudió a la defensa de aquella población.

Teníanla fortificada con un género de muralla que usaban casi en todas las Indias, hecha de troncos robustos de árboles fijos en la tierra, al modo de nuestras estacadas; pero apretados entre sí con tal disposición, que las junturas les servían de troneras para despedir sus flechas. Era el recinto de figura redonda, sin traveses ni otras defensas; y al cerrarse el círculo dejaba hecha la entrada, cruzando por algún espacio las dos líneas que componían una calle angosta en forma de caracol, donde acomodaban dos o tres garitas o castillejos de madera que estrechaban el paso, y servían de ordinario a sus centinelas: bastante fortaleza para las armas de aquel nuevo mundo, donde no se entendían, con feliz ignorancia, las artes de la guerra, ni aquellas ofensas y reparos que enseñó la malicia y aprendió la necesidad de los hombres.

 

 

 

Capítulo XVIII

 

Ganan los españoles a Tabasco; salen después doscientos hombres a reconocer la tierra, los cuales vuelven rechazados de los indios, mostrando su valor en la resistencia y en la retirada

 

A esta villa, corte de aquella provincia, y de esta suerte fortificada, llegó Hernán Cortés algo antes que Alonso Dávila, a quien detuvieron otros pantanos y lagunas, donde le llevó engañosamente el camino; y sin dar tiempo a los indios para que se reparasen, ni a los suyos para que discurriesen en la dificultad, incorporó con su gente los cien hombres que venían de refresco: y repartiendo algunos instrumentos que parecieron necesarios para deshacer la estacada, dio la señal de acometer, deteniéndose a decir solamente: «aquel pueblo, amigos, ha de ser esta noche nuestro alojamiento: en él se han retraído los mismos que acabáis de vencer en la campaña. Esa frágil muralla que los defiende, sirve más a su temor que a su seguridad. Vamos, pues, a seguir la victoria comenzada, antes que pierdan estos bárbaros la costumbre de huir, o sirva nuestra detención a su atrevimiento». Esto acabó de pronunciar con la espada en la mano; y diciendo lo demás con el ejemplo, se adelantó a todos, infundiendo en todos el deseo de adelantarse.

Embistieron a un tiempo con igual resolución; y desviando con las rodelas y con las espadas la lluvia de flechas que cegaba el camino, se hallaron brevemente al pie de aquella rústica fortificación que cercaba al lugar. Sirvieron entonces sus mismas troneras a los arcabuces y ballestas de nuestra gente, con que se apartó el enemigo, y tuvieron lugar los que no peleaban de echar en tierra parte de la estacada. No hubo dificultad en la entrada, porque los indios se retiraron a lo interior de la villa; pero a pocos pasos se reconoció que tenían atajadas las calles con otras estacadas del mismo género, donde iban haciendo rostro y dando sus cargas, aunque con poco efecto, porque se embarazaban en su muchedumbre; y los que se retiraban huyendo de un reparo en otro, desordenaban a los que acometían.

Había en el centro de la villa una gran plaza donde los indios hicieron el último esfuerzo; pero a breve resistencia volvieron las espaldas, desamparando el lugar, y corriendo atropelladamente a los bosques. No quiso Hernán Cortés seguir el alcance, por dar tiempo a sus soldados para que descansasen, y a los fugitivos para que se inclinasen a la paz, dejándose aconsejar de su escarmiento.

Quedó entonces Tabasco por los españoles: población grande y con todas las prevenciones de puesta en defensa, porque habían retirado sus familias y haciendas, y tenían hecha su provisión de bastimentos, con que faltó el pillaje a la codicia; pero se halló lo que pedía la necesidad. Quedaron heridos catorce o quince de nuestros soldados, y con ellos nuestro historiador Bernal Díaz del Castillo: sigámosle también en lo que dice de sí, pues no se puede negar que fue valiente soldado, y en el estilo de su historia se conoce que se explicaba mejor con la espada. Murieron de los indios considerable número, y no se averiguó el de sus heridos porque cuidaban mucho de retirarlos; teniendo a gran primor en su milicia que el enemigo no se alegrase de ver el daño que recibían.

Aquella noche se alojó nuestro ejército en tres adoratorios que estaban dentro de la misma plaza donde sucedió el último combate; y Hernán Cortés echó su ronda y distribuyó sus centinelas, tan cuidadoso y tan desvelado como si estuviera en la frente de un ejército enemigo y veterano: que nunca sobran en la guerra estas prevenciones, donde suelen nacer de la seguridad los mayores peligros, y sirve tanto el recelo como el valor de los capitanes.

Hallóse con el día la campaña desierta, y al parecer segura, porque en todo lo que alcanzaba la vista y oído, ni había señal, ni se percibía rumor del enemigo: reconociéronse, y se hallaron con la misma soledad de los bosques vecinos al cuartel; pero no se resolvió Hernán Cortés a desampararle, ni dejó de tener por sospechosa tanta quietud; entrando en mayor cuidado cuando supo que el intérprete Melchor, que vino de la isla de Cuba, se había escapado aquella misma noche, dejando pendientes de un árbol los vestidos de cristiano: cuyos informes podían hacer daño entre aquellos bárbaros, como se verificó después, siendo él quien los indujo a que prosiguiesen la guerra, dándoles a entender el corto número de nuestros soldados, y que no eran inmortales como creían, ni rayos las armas de fuego que manejaban; cuya aprensión los tenía en términos de rogar con la paz. Pero no tardó mucho en pagar su delito, pues aquellos mismos que tomaron las armas a su persuasión, hallándose vencidos segunda vez, se vengaron de su consejo, sacrificándole miserablemente a sus ídolos.

Antonio de Solís. Historia de la conquista de México

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