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No sabemos con qué propiedad se dio el nombre de rescates a este género de permutaciones, ni por qué se llamó rescatado el oro que en la verdad pasaba a mayor cautiverio, y estaba con más libertad donde le estimaban menos; pero usaremos de este mismo término por hallarle introducido en nuestras historias, y primero en las de la India oriental; puesto que en los modos de hablar con que se explican las cosas, no se debe buscar tanto la razón como el uso: que según el sentir de Horacio, es árbitro legítimo de los aciertos de la lengua, y pone o quita como quiere aquella congruencia que halla el oído entre las voces y lo que significan.

Viendo, pues, Juan de Grijalva que habían cesado ya los rescates, y que las naves estaban con algún peligro descubiertas a la travesía de los nortes, se despidió de aquella gente, dejándola gustosa y agradecida; y trató de volver a su descubrimiento, llevando entendido a fuerza de preguntas y señas, que aquellos tres indios principales eran súbditos de un monarca que llamaban Motezuma; que las tierras en que dominaba eran muchas y muy abundantes de oro y de otras riquezas, y que habían venido de orden suya a examinar pacíficamente el intento de nuestra gente, cuya vecindad le tenía al parecer cuidadoso. A otras noticias se alargaron los escritores; pero no parece posible que se adquiriesen entonces, ni fue poco percibir esto, donde se hablaba con las manos y se entendía con los ojos, que reemplazaban el oficio de la lengua y de los oídos.

Prosiguieron su navegación sin perder la tierra de vista; y dejando atrás dos o tres islas de poco nombre, hicieron pie en una que llamaron de Sacrificios; porque entrando a reconocer unos edificios de cal y canto que sobresalían a los demás, hallaron en ellos diferentes ídolos de horrible figura, y más horrible culto; pues cerca de las gradas donde estaban colocados había seis o siete cadáveres de hombres recién sacrificados hechos pedazos y abiertas las entrañas; miserable espectáculo que dejó a nuestra gente suspensa y atemorizada, vacilando entre contrarios afectos, pues se compadecía el corazón de lo que se irritaba el entendimiento.

Detuviéronse poco en esta isla, porque los habitadores de ella andaban amedrentados; con que no rendían considerable fruto los rescates; y así pasaron a otra que estaba poco apartada de la tierra firme, y en tal disposición, que entre ella y la costa se halló paraje capaz y abrigado para la seguridad de las naves. Llamáronla isla de San Juan por haber llegado a ella el día del Bautista, y por tener su nombre el general, en que andaría la devoción mezclada con la lisonja; y un indio que señalando con la mano hacia la tierra firme, y dando a entender que la nombraba, repetía mal pronunciada la voz culúa, culúa, dio la ocasión del sobrenombre con que la diferenciaron de San Juan de Puerto-Rico, llamándola San Juan de Ulúa, isla pequeña de más arena que terreno; cuya campaña tenía sobre las aguas tan moderada superioridad, que algunas veces se dejaba dominar de las inundaciones del mar; pero de estos humildes principios pasó después a ser el puerto más frecuentado y más insigne de la Nueva España en todo lo que mira al mar del Norte.

Aquí se detuvieron algunos días, porque los indios de la tierra cercana acudían con algunas piezas de oro, creyendo que engañaban con trocarle a cuentas de vidrio. Y viendo Juan de Grijalva que su instrucción era limitada, para que sólo descubriese y rescatase sin hacer población, cuyo intento se le prohibía expresamente, trató de dar cuenta a Diego Velázquez de las grandes tierras que había descubierto, para que en caso de resolver que se poblase en ellas, le enviase la orden, y le socorriese con alguna gente y otros pertrechos de que necesitaba. Despachó con esta noticia al capitán Pedro de Alvarado en uno de los cuatro navíos, entregándole todo el oro y las demás alhajas que hasta entonces se habían adquirido, para que con la muestra de aquellas riquezas fuese mejor recibida su embajada, y se facilitase la proposición de poblar a que estuvo siempre inclinado por más que lo niegue Francisco López de Gómara que le culpa en esto de pusilánime.

 

 

 

Capítulo VIII

 

Prosigue Juan de Grijalva su descubrimiento hasta costear la provincia de Panuco. Sucesos del río de Canoas, y resolución de volverse a la Isla de Cuba

 

Apenas tomó Pedro de Alvarado la vuelta de Cuba, cuando partieron los demás navíos de San Juan de Ulúa en seguimiento de su derrota; y dejándose guiar de la tierra, fueron volviendo con ella hacia la parte del Septentrión, llevando en la vista las dos sierras de Tuspa y de Tusta, que corren largo trecho entre el mar y la provincia de Tlascala; después de cuya travesía entraron en la ribera de Panuco, última región de Nueva España, por la parte que mira al golfo mejicano, y surgieron en el río de Canoas, que tomó entonces este nombre, porque a poco rato que se detuvieron en reconocerle, fueron asaltados de diez y seis canoas armadas y guarnecidas de indios guerreros, que ayudados de la corriente embistieron al navío que gobernaba Alfonso Dávila; y disparando sobre él la lluvia impetuosa de sus flechas, intentaron llevársele, y tuvieron cortada una de las amarras: bárbara resolución, que si la hubiera favorecido el suceso, pudiera merecer el nombre de hazaña; pero acudieron luego al socorro los otros dos navíos, y la gente que se arrojó apresuradamente en los bateles, cargando sobre las canoas con tanto ardor, que sin que se conociese el tiempo que hubo entre el embestir y el vencer, quedaron algunas de ellas echadas a pique, muertos muchos indios y puestos en fuga los que fueron más avisados en conocer el peligro o más diligentes en apartarse de él.

No pareció conveniente seguir esta victoria por el poco fruto que se podía esperar de gente fugitiva y escarmentada; y así levantaron las áncoras y prosiguieron su viaje hasta que llegaron a un promontorio o punta de tierra introducida en la jurisdicción del mar, que al parecer se enfurecía con ella sobre cobrar lo usurpado, y estaba en continua inquietud porfiando con la resistencia de los peñascos. Grandes diligencias se hicieron para doblar este cabo; pero siempre retrocedían las naves al arbitrio del agua no sin peligro de zozobrar o embestir con la tierra; cuyo accidente dio ocasión a los pilotos para que hiciesen sus protestas, y a la gente para que las prosiguiese con repetidos clamores: melancólica ya de tan prolija navegación, y más discursiva en la aprensión de los riesgos. Pero Juan de Grijalva, hombre en quien se daban las manos la prudencia y el valor, convocó a los pilotos y a los capitanes para que se discurriese en lo que se debía obrar según el estado en que se hallaban. Consideróse en esta junta la dificultad de pasar adelante y la incertidumbre de la vuelta: que una de las naves venía maltratada y necesitaba de repararse; que los bastimentos empezaban a padecer corrupción; que la gente venía desabrida y fatigada; y que el intento de poblar tenía contra sí la instrucción de Diego Velázquez, y la poca seguridad de poderlo conseguir sin el socorro que habían pedido; y últimamente se resolvió, sin controversia, que se tomase la vuelta de Cuba, para rehacerse de los medios con que se debía emprender tercera vez aquella grande facción que dejaban imperfecta. Ejecutóse luego esta resolución, y volviendo las naves a desandar los rumbos que habían traído, y a reconocer otros parajes de la misma costa con poca detención y alguna utilidad en los rescates, arribaron últimamente al puerto de Santiago de Cuba en quince de noviembre de mil y quinientos y diez y ocho.

Había llegado pocos días antes al mismo puerto Pedro de Alvarado, y fue muy bien recibido del gobernador Diego Velázquez, que celebró con increíble alborozo la noticia de aquellas grandes tierras que se habían descubierto; y sobre todo los quince mil pesos de oro que apoyaban su relación sin necesitar de su encarecimiento.

Antonio de Solís. Historia de la conquista de México

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