que es mozo, y cordobés Cid,
hacer, señor, adalid.
REY: Sea, pues vos lo queréis.
BUSTO: Sólo quiero –la razón
y la justicia lo quieren–
darlos a los que sirvieron
debida satisfación.
REY: Basta; que me avergonzáis
con vuestros buenos consejos.
BUSTO: Son mis verdades espejos,
y así en ellas os miráis.
REY: Sois un grande caballero,
y en mi cámara y palacio
quiero que asistáis de espacio,
porque yo conmigo os quiero.
¿Sois casado?
BUSTO: Gran señor,
soy de una hermana marido,
y casarme no he querido
hasta dársele.
REY: Mejor
yo, Busto, se le daré.
¿Es su nombre…?
BUSTO: Doña Estrella.
REY: A Estrella que será bella
no sé qué esposo le dé
si no es el sol.
BUSTO: Sólo un hombre,
señor, para Estrella anhelo;
que no es Estrella del cielo.
REY: Yo la casaré en mi nombre
con hombre que la merezca.
BUSTO: Por ello los pies te pido.
REY: Daréla, Busto, marido
que a su igual no desmerezca;
y decidle que he de ser
padrino y casamentero,
y que yo dotarla quiero.
BUSTO: Ahora quiero saber,
señor, para qué ocasión
Vuestra Alteza me ha llamado,
porque me ha puesto en cuidado.
REY: Tenéis, Tavera, razón.
Yo os llamé para un negocio
de Sevilla, y quise hablaros
primero para informaros
dél; pero la paz y el ocio
nos convida; más de espacio
lo trataremos los dos;
desde hoy asistidme vos
en mi Cámara y palacio.
Id con Dios.
BUSTO: Los pies me dad.
REY: Mis dos brazos, Regidor,
os daré.
BUSTO: (Tanto favor Aparte
no entiende mi actividad;
sospechoso voy: quererme
y, sin conocerme, honrarme
más parece sobornarme,
honor, que favorecerme.)
Vase
REY: El hombre es bien entendido,
y tan cuerdo como honrado.
ARIAS: De estos honrados me enfado.
¡Cuántos, gran señor, lo han sido
hasta dar con la Ocasión!
Sí, en ella son de estos modos
todos cuerdos; pero todos
con ella bailan a un son.
Aquél murmura hoy de aquél
que el otro ayer murmuró;
que la ley que ejecutó
ejecuta el tiempo en él.
Su honra en una balanza
pone; en otra poner puedes
tus favores y mercedes,
tu lisonja y tu privanza,
y verás, gran señor, como
la que agora está tan baja
viene a pesar una paja;
y ella, mil marcos de plomo.
REY: Encubierto pienso ver
esta mujer en su casa;
que es sol, pues tanto me abrasa,
aunque Estrella al parecer.
ARIAS: Mira que podrán decir.
REY: Los que reparando están,
amigo, en lo que dirán
se quieren dejar morir.
Viva yo, y diga Castilla
lo que quisiere entender;
que Rey Mago quiero ser
de la Estrella de Sevilla.
Vanse. Salen Don SANCHO, Doña ESTRELLA,
NATILDE, y CLARINDO
SANCHO: Divino ángel mío,
¿cuándo seré tu dueño,
sacando de este empeño
las ansias que te envío?
¿Cuándo el blanco rocío
que vierten mis dos ojos,
sol que alumbrando sales
en conchas de corales,
de que ha formado Amor los labios rojos,
con apacibles calmas
perlas harán que engasten nuestras almas?
¿Cuándo, dichosa Estrella
–que como el sol adoro,
a tu epiciclo de oro
resplandeciente y bella,
la luz que baña y sella
tu cerbelo divino–
con rayos de alegría
adornarás el día,
juntándonos amor en sólo un sino,
para que emule el cielo
otro Cástor y Pólux en el suelo?
¿Cuándo en lazos iguales
nos llamará Castilla
Géminis de Sevilla
con gustos inmortales?
¿Cuándo tendrán mis males
esperanzas de bienes?
¿Cuándo, alegre y dichoso,
me llamaré tu esposo
a pesar de los tiempos que detienes,
que en perezoso turno
caminan con las plantas de Saturno?
ESTRELLA: Si como mis deseos
los tiempos caminaran,
al sol aventajaran
los pasos giganteos;
y mis dulces empleos
celebrara Sevilla,
sin envidiar celosa,
amante y venturosa,
la regalada y tierna tortolilla,
que con arrullos roncos
tálamos hace en mil lacivos troncos.
En círculos amantes
ayer se enamoraban
do sabes, y formaban
requiebros ignorantes;
sus picos de diamantes
sus penachos de nieve
dulcemente ofendían,
mas luego los hacían
vaso en que amor sus esperanzas bebe,
pues, los picos unidos,
se brindaban las almas y sentidos.
SANCHO: ¡Ay, cómo te agradezco,
mi vida, esos deseos!
Los eternos trofeos
de la fama apetezco;
sólo el alma te ofrezco.
ESTRELLA: Yo con ella la vida,
para que viva en ella.
SANCHO: ¡Ay, amorosa Estrella,
de fuego y luz vestida!
ESTRELLA: ¡Ay, piadoso homicida!
SANCHO: ¡Ay, sagrados despojos,
norte en el mar de mis confusos ojos!
CLARINDO: ¿Cómo los dos no damos
de holandas y cambrayes
algunos blandos ayes,
siguiendo a nuestros amos?
SANCHO: ¿No callas?
CLARINDO: Ya callamos.
¡Ay, hermosa muleta
de mi amante desmayo!
NATILDE: ¡Ay, hermano lacayo,
que al son de la almohaza eres poeta!
CLARINDO: ¡Ay, mi dicha!
NATILDE: ¡Ay, dichoso!
CLARINDO: No tiene tantos ayes un leproso.
SANCHO: ¿Qué dice al fin tu hermano?
ESTRELLA: Que, hechas las escrituras
tan firmes y seguras,
el casamiento es llano,
y que el darte la mano
unos días dilate
hasta que él se prevenga.
SANCHO: Mi amor quiere que tenga
mísero fin; el tiempo le combate.
Hoy casarme querría;
que da el tiempo mil vueltas cada día.
La mar, tranquila y cana,
amanece ya en leche,
y, antes que montes eche
al sol por la mañana,
en círculos de grana
madruga el alba hermosa,
y luego negra nube
en sus hombros se sube
vistiéndola con sombra tenebrosa,
y los que fueron riscos
son de nieve gigantes basiliscos.
Penachos de colores
toma un almendro verde,
y en un instante pierde
sus matizadas flores;
cruzan murmuradores
los arroyuelos puros,
y en su argentado suelo
grillos les pone el hielo;
pues si éstos dél jamás están seguros,
¿cómo en tanta mudanza
podré tener del tiempo confïanza?
ESTRELLA: Si el tiempo se detiene,
habla a mi hermano.
SANCHO: Quiero
hablarle, porque muero
lo que Amor le entretiene.
CLARINDO: Busto Tavera viene.
Sale BUSTO
BUSTO: ¡Sancho amigo!
ESTRELLA: ¡Ay! ¿Qué es esto?
SANCHO: ¿Vos con melancolía?
BUSTO: Tristeza y alegría
en cuidado me ha puesto.
Éntrate dentro, Estrella.
ESTRELLA: ¡Válgame Dios, si el tiempo me atropella!



















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